Project Gutenberg's La araa negra, t. 5/9, by Vicente Blasco Ibez

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Title: La araa negra, t. 5/9

Author: Vicente Blasco Ibez

Release Date: May 30, 2014 [EBook #45833]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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 En esta edicin se han mantenido las convenciones ortogrficas del
 original, incluyendo las variadas normas de acentuacin presentes en
 el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.)




                         VICENTE BLASCO IBAEZ

                            LA ARANA NEGRA

                                NOVELA

                              TOMO QUINTO

                        [Illustration: colofn]

                         EDITORIAL COSMPOLIS

                            APARTADO 3.030

                                MADRID

      Imprenta Zoila Ascasbar. Martn de los Heros, 65.--MADRID.




                             CUARTA PARTE

                          EL CAPITAN ALVAREZ

                            (CONTINUACIN)




XXVIII

Do de amor


Desde las siete que el capitn Alvarez, fumando cigarrillo tras
cigarrillo, estaba en su cuarto, ocupado en escribir a la luz de un
mezquino quinqu.

En fino papel de seda escriba con gran cuidado largas cartas que
firmaba con un complicado garabato y que iban dirigidas a otros tantos
nombres simblicos, sacados en su mayora de la antigua historia romana.

Aquello ola a conspiracin, y los prrafos numerados que formaban
aquellas cartas, deban ser instrucciones dirigidas a los conjurados.

As era, efectivamente. Alvarez, que era el secretario de la Junta
Militar Revolucionaria, haba recibido del general Prim, aquella misma
tarde, una minuta encargndole sacase copias en la forma acostumbrada, y
las remitiera, por tal sistema de comunicacin que los conspiradores
haban establecido, a todos los compaeros de provincias que estaban
dispuestos a desenvainar su espada contra la reaccin imperante.

Alvarez, cuando escriba, fumaba automticamente, sin darse cuenta del
prodigioso nmero de cigarros que consuma, y en torno de su persona
formbase una espesa nube de humo, que empaaba la luz del quinqu y
envolva todos los objetos de la habitacin en una vaguedad brumosa.

Nada molestaba tanto al capitn como ejercer de amanuense, copiando un
sinnmero de veces las mismas palabras. Su imaginacin se rebelaba
contra aquella montona y embrutecedora tarea, y como su memoria, a las
pocas copias, retena ya todo el contenido del original, poda
entretenerse silbando y canturreando mientras la fina pluma corra
diligente sobre el tenue papel.

Tena ya escritas el capitn cerca de la mitad de las copias encargadas,
cuando en la cerrada puerta del cuarto sonaron los discretos golpes.

Alvarez levant la cabeza con cierta alarma, instintivamente puso su
mano sobre los papeles, y grit enrgicamente:

--Quin va?

--Soy yo, mi capitn--contest la voz algo bronca de Perico, su
asistente--. Ah fuera le buscan a usted.

--Quin es?

--Una seora vestida de negro.

--La conoces?

--No, mi capitn. Lleva el velo echado a la cara. Dice que le es muy
urgente hablar con usted.

--Djala pasar.

Y el capitn se levant a abrir la puerta, volviendo despus a su mesa
para ocultar las copias bajo un montn de libros.

--Pase usted, seora--dijo el asistente--. En esa habitacin est el
capitn.

Cuando ste mir a la puerta vi en ella a una mujer de gallarda figura,
con el rostro velado.

El nebuloso ambiente de aquella habitacin pareca turbarla y apareca
inmvil en la puerta, sin atreverse a avanzar un paso.

El capitn crea ver brillar bajo aquel velo unos ojos fijos en l.

--Pase usted, seora--dijo con galante acento--. Pase usted y tome
asiento. Dispense el desorden de esta habitacin. Ya ve usted, en mi
estado nadie es, por lo regular, un modelo de arreglo.

Y Alvarez se esforzaba en aparecer galante y ofreca a la desconocida un
silln viejo y descosido, que era el mejor asiento que tena en su
cuarto.

Avanz aquella mujer, y antes de sentarse, ech atrs su velo, diciendo
con voz dulce y tmida:

--Soy yo.

El capitn Esteban Alvarez no supo hasta aquel momento lo que era
experimentar una de esas sorpresas en que lo inverosmil se convierte en
real.

Retrocedi como si se encontrara en presencia de una visin, y mirando
con ojos de espanto a Enriqueta, slo supo decir:

--T!..., pero eres t?

Rein un largo silencio. Enriqueta estaba con la vista fija en el suelo,
como avergonzada de su atrevimiento al llegar hasta all, y el capitn
la contemplaba con ansia. Despus de una ausencia para l tan larga, sus
ojos tenan hambre de contemplar al ser querido.

Estaba hermosa como siempre, pero la expresin dolorosa impresa en su
semblante y las huellas que en ste haba dejado el llanto, daban a su
belleza tan esplendorosa un tinte ideal.

Los dos amantes permanecieron silenciosos. Enriqueta estaba avergonzada
al verse en presencia del hombre amado, y el recuerdo de su injusto y
cruel rompimiento la martirizaba ahora. El capitn se hallaba tan
emocionado por aquella situacin inesperada, que no saba qu decir y
pareca abstrado en la contemplacin de Enriqueta.

Esta fu la que por fin rompi aquella situacin embarazosa,
levantndose del silln y dirigindose a la puerta.

--Me voy--dijo con tmida voz.

Aquello hizo que el capitn recobrara la serenidad.

--Eh! Qu es esto? Dnde vas, Enriqueta?

Y avanz hacia la joven, cogiendo con suavidad una de sus manos.

--Me voy, s--continu diciendo Enriqueta--. Veo que te molesto y que mi
presencia te es embarazosa. Tal vez me hayas olvidado. Haces bien; fu
tan vil contigo cuando te escrib por ltima vez!...

Y la joven, llevndose una mano a los ojos, pugnaba por desasir la otra,
que cada vez oprima ms cariosamente el capitn.

--No, ngel mo, no te irs--deca ste--. Despus de tanto tiempo sin
verte, crees que voy a dejarte marchar hoy que apareces aqu como
llovida del cielo? Vamos, reina ma, s razonable, sintate otra vez,
permanece tranquila. Es posible que yo te olvide? Si supieras cunto
he pensado en ti!...

Y Esteban, turbado por la dulce emocin, sin saber apenas lo que deca,
y dejando escapar palabras sin ilacin, pero que respiraban profundo
cario, tiraba dulcemente de la mano de Enriqueta, conducindola al
silln en que la joven volvi a sentarse.

El capitn colocse junto a ella, y estrechando sus manos entre las
suyas, sintise como embriagado por la mirada triste de la joven.

Otra vez no saba qu decir; pero de pronto se le ocurri pensar en lo
extraa que era la aparicin de Enriqueta, y se fij en su semblante de
afliccin.

--Pero qu te sucede, ngel mo? Cmo es que has venido aqu? Qu
misterioso encanto es ste? D, qu te ocurre? Yo soy tu amante, tu
esclavo; d lo que quieres, para qu me necesitas, e inmediatamente te
obedecer.

Alvarez senta un entusiasmo sin lmites. Aquella inesperada aparicin
tena mucho de novelesco, y l, creyendo adivinar una aventura
prodigiosa, se senta capaz de los mayores esfuerzos y adoptaba un tono
caballeresco. Todo lo haba olvidado: las rdenes del general, la
conspiracin y la tarea que todava le quedaba por hacer.

Enriqueta, al escuchar aquel ofrecimiento ingenuo, lanz una dulce
mirada de agradecimiento a su amante, y murmur:

--Cun bueno eres, Esteban!

--Pero d, qu te sucede?

Aquella pregunta sac a la joven de la felicidad que senta entregndose
a la contemplacin de su amado, y la arroj en la horrible realidad. Una
densa palidez vel su rostro, y, sollozando, dijo al capitn:

--Mi padre ha muerto esta maana.

Alvarez experiment una terrible impresin. Todo lo esperaba menos
aquello, y su asombro subi de punto cuando la joven le fu relatando
que el conde haba sido conducido a un manicomio y cmo ella haba odo
horas antes la conversacin de la baronesa con el padre Claudio.

Aquella espantosa tragedia pasmaba al capitn, a pesar de ser hombre
incapaz de impresionarse por el terror.

Despus la joven, siempre sollozando y con voz balbuciente,
interrumpindose muchas veces y volviendo a hablar cuando el capitn se
lo rogaba con cariosas palabras, expuso la idea que la haba arrastrado
hasta all.

Ella no quera ser monja. Por cario a su padre haba escrito aquella
malhadada carta que produjo el rompimiento de sus relaciones amorosas y
de la que tan arrepentida estaba: pero ahora que su padre no exista,
ella quedaba libre en sus compromisos, no tena ya por quin violentar
su pasin ni sacrificarla, y vena a buscar su amor, huyendo de su
hermana y del poderoso jesuta, de aquellos seres ttricos, que la
causaban terror, sin poder explicarse el por qu.

Ella era una hurfana desamparada, que vea su libertad en peligro, y
corra a ponerse bajo el amparo del nico hombre que la amaba y poda
protegerla.

Y al hablar as interrogaba con triste mirada al capitn, como temerosa
de que aquel hombre no la amara ya y la abandonase a su triste suerte.

--Oh, s, pobre Enriqueta ma! Yo te proteger. Descuida; tu hermana y
todos los jesutas juntos no lograrn meterte en un convento; me basto
yo para todos.

Y Alvarez levantaba con arrogancia su cabeza, como si tuviera enfrente a
toda la Compaa de Jess y la desafiara con sus ojos.

Tan grande era la fe que le inspiraba su amor, que no vea en el
porvenir obstculo alguno; y l, pobre, humilde y sin otra proteccin
que la que a s mismo se pudiera proporcionar, crease capaz de vencer a
aquellos poderosos enemigos que perseguan a Enriqueta.

--Has hecho bien, vida ma, en venir a buscarme. No entrars en un
convento, y vivirs eternamente conmigo. Sers mi esposa. Tu
hermanastra, ya sabemos que se opondr; pero como ella desea hacerte
monja, y t, antes que entrar en un convento, quieres unirte al hombre
que tanto te ama, es seguro que saldremos vencedores, a pesar de la
ayuda que prestar a la baronesa ese padre Claudio, redomado perilln,
que un da me ofreci su proteccin, y que ahora conozco es uno de
nuestros ms temibles enemigos. Yo no conozco las leyes; pero, qu
diablo!, algo habr en ellas que se pueda aplicar al presente caso y que
libre a una hurfana de las persecuciones de esa gentuza devota, que,
sin duda, al preocuparse tanto de tu salvacin eterna, va en busca de
tus millones.

Enriqueta sentase dominada por la optimista confianza que demostraba su
amado y comenzaba ya a tranquilizarse.

Se felicitaba de su enrgica resolucin, que la haba arrastrado all, y
crea que en adelante no tendra ya que luchar con nadie. La ley
protegera sus amores, se casara ella con el capitn y seran
eternamente felices. Era aquello un cuento de color de rosa, que
Enriqueta se relataba a s misma, all en su imaginacin.

La joven, acariciada por tales ilusiones, comenz a considerarse ya como
en su propia casa, en un nido de amor fabricado por ellos, para ocultar
al mundo los arrebatos de su pasin, y librando sus manos de las del
capitn, que las oprima cariosamente, quitse la mantilla, y, despus
de colocarla doblada sobre una silla, volvi a ocupar aquel silln, con
una graciosa majestad de duea de casa.

Alvarez la contemplaba embelesado, y al ver en su propia habitacin, en
aquel desarreglado cuarto de soltero, a la misma a quien algn tiempo
antes slo vea furtivamente bajando de su coche en el vestbulo del
teatro Real o a la puerta de algn palacio, donde se verificaba
aristocrtica fiesta, dudaba que aquello fuera verdad y haca esfuerzos
de pensamiento para convencerse de que estaba despierto.

Enriqueta, tranquilizada ya, paseaba su vista por la habitacin,
fijndose en todos los detalles, con esa complacencia que inspira lo
perteneciente al ser amado.

Aquel nido de amor resultaba bastante desarreglado y tena demasiado
humo. Varias veces tosi por no poder respirar bien en una pesada
atmsfera, que ola a tabaco.

--Abrir, vida ma--dijo el capitn dirigindose al cerrado balcn--.
Debe incomodarte el humo del cigarro.

--No; no abras. Fuma cuanto quieras. Me parece, envuelta en este humo,
que estoy rodeada de ti por todas partes.

Enriqueta deca la verdad. Todo lo que era de aquel hombre, al que tan
injustamente haba abandonado, y al que amaba ahora con un
recrudecimiento de pasin, agradbale en extremo; le pareca un avance
en su intimidad, y por esto, aquel humo que produca grande molestia en
sus pulmones, parecale a su imaginacin grato perfume que causaba
vrtigos de placer.

Los dos amantes, con las manos cogidas, las miradas fijas y
embriagndose con sus alientos, entregbanse a esa charla insustancial
del amor, compuesta las ms de las veces por palabras estpidas, pero
que despiertan hondo eco en el corazn.

Ambos sentan verdadera ansia por saber lo que haba sido del otro,
durante el tiempo que permanecieron alejados.

Enriqueta, con graciosa ingenuidad, peda cuentas al capitn sobre su
conducta en dicho tiempo, y contrayendo lindamente su entrecejo con
cmico furor, le preguntaba cuntas novias haba tenido desde que ella
accedi a escribir aquella maldita carta por satisfacer a su padre.

Esteban, por su parte, le asediaba a preguntas sobre el gnero de vida
que su hermana la haba hecho sufrir desde el rompimiento amoroso:
interesbale tambin saber cmo ella haba llegado hasta all, y
escuchaba con atencin el relato de Enriqueta, verdadera odisea
callejera que comprenda desde que sali, loca de dolor, de su elegante
vivienda, hasta que entr en aquella modesta casa de huspedes.

Enriqueta haba sufrido mucho en aquella peregrinacin por las calles de
Madrid, que nunca haba corrido sola. Recordaba la calle y el nmero de
la casa donde viva Alvarez, por habrselo odo a ste y a Tomasa en
varias ocasiones; pero no saba a punto fijo a qu lado de Madrid se
hallaba; y conocedora nicamente de las principales vas de la capital,
vag sin rumbo fijo y sin darse cuenta de lo que haca, antes de que se
le ocurriera rogar a un viejo guardia que la orientara.

Para hacer mayor su desdicha, estaba en las primeras horas de la noche,
el momento en que el vicio levanta todas sus esclusas y lanza en plena
sociedad tropeles de desgraciadas, pasto cotidiano de las virtudes
hipcritas. Su aspecto misterioso de enlutada joven, con el rostro
cubierto, haca que se fijaran en ella con marcada predileccin los
transentes, y dos mozalbetes la siguieron mucho tiempo, asedindola con
infames proposiciones y deslizando en su odo palabras cuyo solo
recuerdo la haca enrojecer.

Qu repugnante himno de obscenidades, de insultos y de horribles
proposiciones la haba acompaado en su desesperada carrera por las
calles de Madrid, siempre en busca de aquel protector, de aquel hombre
amado, que le pareca ahora ms adorable, comparndolo con el tropel de
lobos lujuriosos que le salan al paso! Qu repugnancia le producan
aquellos hombres, que ella, desde su carruaje y a la luz del sol, haba
visto siempre graves, estirados y con todo el aspecto de virtuosos
incorruptibles! Estaba horrorizada y aceleraba su paso, marchando
siempre en la direccin indicada por el viejo guardia, y as, despus de
muchas cavilaciones y no pocos equvocos, consigui encontrar la tan
buscada casa de huspedes, amparndose en ella como en un refugio contra
la impudencia pblica.

El capitn Alvarez estaba admirado del valor y la energa de una
criatura tan delicada y dbil, y esto aumentaba su amor. Aquel hombre,
nacido para la guerra, senta inmensa satisfaccin al ver que su futura
compaera era tan fuerte como l.

Hablaban los dos amantes sin pausa alguna, como si temieran que acabasen
sus existencias antes que ellos pudiesen decirse todo cuanto pensaban, y
as transcurri veloz el tiempo, sin que llegasen a notarlo.

El "cuc-cuc" que la patrona de la casa tena en lo que llamaba la gran
sala, di las diez.

--Cmo pasa el tiempo!--murmur Alvarez.

Y despus, como si quisiera reparar una distraccin lamentable, dijo a
Enriqueta:

--Pero t no habrs comido. Quieres algo? Habla con entera confianza:
piensa que en adelante hemos de vivir juntos.

No; Enriqueta no quera nada, no senta la menor necesidad; pero Alvarez
crea que era una prueba de que la joven iba a quedarse all y a no
desvanecerse como las apariciones fantsticas de las leyendas el que
comiese algo, y mostr tal empeo, repitiendo varias veces lo que su
asistente podra traer a aquellas horas, que al fin accedi a tomar una
copa de Jerez con bizcochos.

Sali el capitn a dar sus rdenes al asistente, que, muy preocupado por
aquella visita extraa, estaba ya dos horas pasendose y atisbando cerca
de la habitacin.

Cuando Perico, un cuarto de hora despus, entr con su botella de Jerez
y su paquete de bizcochos, al ver a aquella linda seorita, experiment
una sorpresa, nicamente comparable con la grotesca impresin que en el
"Don Juan" sufre Ciutti sirviendo a la mesa, al verse ante la viviente
estatua del comendador.

El conoca bien a aquella seorita, y, al verla, se qued inmvil en la
puerta, con un aire de admiracin tan estpida, que aqulla y el capitn
no pudieron menos de rerse. Falt poco para que la bandeja, con su
botella y sus copas, se escapara de las trmulas manos de Perico.

--Qu!, conoces a esta seorita?--dijo el capitn posedo de
satisfaccin infantil, al notar el asombro que causaba en su asistente
ver en el cuarto una mujer tan hermosa.

--S, mi capitn, la conozco. He visto muchas veces a la seorita,
aunque de paso, cuando iba en busca de mi ta Tomasa.

Enriqueta sonrea complacida por aquella turbacin respetuosa del
sencillo muchacho.

--En adelante--continu el capitn--has de considerarla como tu duea y
obedecerla en todo.

--Est bien, mi capitn--contest Perico con la misma expresin que si
recibiera una orden en el cuartel.

Sali el asistente muy preocupado por aquel inesperado suceso, y
calculando nicamente la parte que le hara perder en el afecto de su
amo aquel ser que se introduca en la inquebrantable sociedad formada
por el seor y el criado.

El capitn sirvi a Enriqueta una copa de Jerez, en la que la joven
apenas si moj ms de un bizcocho.

Pasada ya la primera impresin, la grata novedad que en su nimo haba
producido la presencia del hombre amado y aquella intimidad protectora,
volvan a su memoria los tristes recuerdos, y el suicidio de su padre la
obsesionaba de nuevo, hacindola en ciertos momentos arrepentirse de su
audaz resolucin.

Alvarez la vea palidecer y cmo de su rostro desapareca aquella
animacin que tanto la hermoseaba poco antes.

--Qu tienes, vida ma?--preguntaba con ansiedad--.Por qu esa
tristeza?

Pero Enriqueta, con la cabeza inclinada, negbase a responder, y, por
fin, comenz a llorar.

Aquel llanto desconcert al capitn.

--Pero, qu te ocurre?--pregunt con angustia--.Te incomoda algo? He
podido yo ofenderte?

No; ella no senta el menor resentimiento contra l, y bien lo
demostraba estrechando cariosamente sus manos. Era que los ms tristes
recuerdos le asaltaban, que su imaginacin evocaba sin cesar el trgico
fin de su padre, y que a ella le pareca un crimen encontrarse en la
misma noche en una casa extraa, en una habitacin cerrada y al lado del
hombre a quien quera. Cmo sufra su honradez! Qu diran de ella al
saberlo las gentes de su clase! Y si su padre se levantara de la tumba
y la viera en tal situacin?

Y mientras la joven, despus de decir esto con voz entrecortada por los
suspiros, gema y lloraba, el capitn haca esfuerzos por alejar de su
imaginacin tan tristes ideas.

Por qu recordar desgracias que ya no podan remediarse?

Haba que tener calma y despreciar lo que el mundo pudiera decir. Ellos
se amaban, no tardaran en ser esposos, y todas las murmuraciones
acabaran muy pronto: el da en que los dos se unieran con el lazo del
matrimonio. Para conquistar la felicidad, haba que despreciar lo que
las gentes pudieran decir en sus murmuraciones.

Adems, l no pensaba oponer ningn obstculo a la voluntad de su amada,
ni quera que su honra sufriera en lo ms mnimo. Si estaba arrepentida
de su radical resolucin, an se hallaba a tiempo para remediar lo
hecho; l llorara su decepcin, su dicha, que slo haba durado algunos
instantes, pero se encontraba pronto a acompaarla a su casa, dejndola
en poder de la baronesa.

El infeliz deca esto con el mismo desaliento del que se cree en plena
felicidad y, al despertar, conoce que todo ha sido un sueo. Se
estremeca de temor al pensar que Enriqueta pudiera aceptar su
proposicin, alejndose de su lado para siempre; pero, a pesar de esto,
segua valerosamente instando a su amada a que se decidiera, si es que
senta escrpulos y permaneca violenta en aquel lugar.

La joven, al or el nombre de su hermana, experiment una reaccin.
Volver a aquella casa para vivir en una guerra continua, ser
martirizada, e ir, por fin, a encerrarse en un convento donde llorar un
amor perdido voluntariamente? No; antes la deshonra y sufrir todos los
mordiscos de la maledicencia social.

Y Enriqueta, con un ademn, indic a su amado que no estaba dispuesta a
salir de all.

Aquello di a Alvarez nuevas fuerzas para seguir persuadiendo a su
amada, instndola a que desechase todos sus escrpulos. Por qu temer a
su padre? Los muertos nunca volvan a este mundo, y, adems, si el conde
vea desde la tumba lo que a su hija la ocurra, tal vez se
tranquilizara y durmiera mejor el sueo eterno contemplndola al lado de
un hombre honrado, que sabra protegerla. Esto siempre le satisfacera
ms que verla sometida a la direccin de la baronesa con su cohorte de
jesutas, que bien pudieran ser los verdaderos autores de su muerte.

Y al llegar aqu, Alvarez manifest que, aunque careca de pruebas,
tena la conviccin de que doa Fernanda y el padre Claudio haban sido
los que por sus fines particulares haban declarado loco al conde sin
estarlo. Quin sabe si su suicidio haba sido hijo de la desesperacin,
propia de quien con sano entendimiento se ve encerrado en un manicomio?
El capitn se expresaba as nicamente por aumentar el odio que
Enriqueta senta contra la baronesa y el poderoso jesuta; ignoraba que
aquello era la verdad de todo lo ocurrido.

Tanto se extrem Alvarez en desvanecer los escrpulos de Enriqueta, que
al fin sta pareci ms tranquila. nicamente, mir a su adorador con
timidez, como si no se atreviera a formular una exigencia.

--Qu quieres?--dijo con acento apasionado Esteban--. Ordena lo que
gustes, que te obedecer inmediatamente. Pide, vida ma..., pero no me
abandones.

--Esteban--contest la joven con gravedad--. S bien lo que el mundo
dir de esta audaz aventura, de la que t no tienes culpa alguna. Pero
aunque todos me injurien con sus murmuraciones, quiero tener mi
conciencia tranquila. Me basta ser honrada para ti, aunque a los ojos de
los dems no lo parezca. Jrame, por la memoria de mi padre, que me
respetars, que no te acercars a m hasta el instante en que seamos
esposos! Si no te sientes capaz de este juramento, me ir
inmediatamente.

--Te lo juro--se apresur a contestar el capitn con solemne acento.

El no haba pensado, ni por un solo momento, aprovecharse de aquella
desesperacin de su amada, que la arrastraba hacia l; era en todos sus
actos un caballero y respetaba su amor lo suficiente para no mancharlo,
valindose de los medios que le proporcionaban las circunstancias.

Hablaba el capitn con tal calor e ingenuidad, que la joven le
contemplaba con admiracin, comparndolo interiormente con aquellos
hombres que en la calle la haban insultado con infames proposiciones.

--S, alma ma--sigui diciendo el capitn--: juro respetarte y puedes
descansar tranquila con la seguridad de que no intentar nada contra ti.
Maana mismo comenzar a ocuparme de nuestro casamiento; no faltar
quien me ilustre sobre tal punto y pronto sers mi esposa. Yo no s cmo
se arreglan esta clase de asuntos, pero no he de descansar hasta dejarlo
todo ultimado. Entretanto, vivirs aqu, pero separada de m. Dormirs
en esta habitacin, yo ya pedir a la patrona que me coloque en otro
sitio de la casa. Nuestra situacin no es muy hermosa, pero, qu
diablo!, todo se arreglar con el tiempo, y ya vers cmo un porvenir
feliz nos compensa de todos los contratiempos actuales. Si supieras
cuan brillante porvenir me est reservado!

Y Esteban Alvarez, posedo de entusiasmo, di a conocer a su amada todas
sus gloriosas ambiciones, que iba a ver realizadas despus de la
revolucin que se estaba fraguando. El general Prim lo estimaba como uno
de sus ms inteligentes y atrevidos subalternos; la revolucin tena en
l su ms activo y audaz agente; estaba decidido a hacer heroicidades en
la prxima lucha por la libertad; en una palabra, era un hombre que, o
dejara su cadver tendido a la puerta de su cuartel, o llegara a
general muy joven.

Y Alvarez, al hablar as, estaba magnfico, con su mirada centelleante y
sus nerviosos ademanes, que delataban una gran agitacin interior.
Enriqueta segua contemplndolo con admiracin, y senta cierto orgullo
al pensar que iba a ser la esposa de un futuro hroe.

Ella, en su carcter de aristcrata de nacimiento, no comprenda bien
aquello de morir por el pueblo, que en su limitado concepto era una masa
de gentes desharrapadas y sin educacin; no saba lo que significaba la
palabra democracia, que tantas veces repeta Esteban; pero, en cambio,
le pareca muy bien que l fuese general dentro de breve plazo, y le
lisonjeaba mucho la ilusin de que algn da podra presentarse en los
salones del brazo del hombre amado, convertido ya en personaje ilustre,
excitando la envidia de las mismas amigas, que ahora tanto murmuraran
contra ella, al saber que haba abandonado su casa para ir en busca de
su amante.

Aquellas risueas ilusiones sobre el porvenir, que an aumentaba Alvarez
con sus optimismos revolucionarios, contribuyeron a que Enriqueta
comenzase a olvidarse de las tristes ideas que la obsesionaban momentos
antes.

A los veinte aos, y sintiendo un verdadero amor, se desechan con
pasmosa facilidad los pensamientos fnebres.

Enriqueta, acariciada por aquella sinfona de amorosas ilusiones, fu
entrando en un perodo de restablecimiento moral. Sus ojos, amortiguados
por el llanto, volvan a recobrar su hermosa brillantez, y sus mejillas
se tean nuevamente de un carmn plido.

La momentnea alegra pareca devolverle algo de su vigor, y como si con
esto se diera cuenta de las necesidades de su estmago, mojaba bizcochos
en el Jerez que le serva su amante.

La conversacin resultaba interminable, pues los dos se enfrascaban cada
vez ms en embellecer su porvenir, presagiando la felicidad que les
esperaba.

As transcurri veloz el tiempo, sin que el capitn pensara en
retirarse, como lo haba prometido, ni Enriqueta se lo exigiera.

Era ya la una; en la solitaria calle slo sonaba la estridente voz de
algn vecino trasnochador llamando al sereno, para que le abriera la
puerta, y dentro de la casa se haba extinguido ya todo ruido, pues la
mayora de los huspedes acababan de entregarse al sueo.

Aquel silencio absoluto envolva a los dos amantes en un misterio que
les complaca, por dar a sus palabras cierto tono de solemnidad.

Enriqueta, despus de las continuas crisis de dolor que haba sufrido en
pocas horas, se encontraba ahora decada, y cierta plcida languidez se
posesionaba de todo su cuerpo.

Tena los ojos abiertos y el rostro animado, pero las impresiones
sufridas en aquel da dormitaban ya; senta su cerebro embargado por un
dulce sopor, y, a travs de un velo de color de rosa, vea a su amante,
que segua hablando con creciente apasionamiento.

El amor, la hora y aquel misterioso silencio que les rodeaba, contribua
a que la joven fuese perdiendo lentamente su dolorosa preocupacin y
olvidase qu serie de terribles acontecimientos la haba arrastrado
hasta aquel lugar.

Ella misma era la que, soolienta, inconsciente y sin preocuparse de lo
que haca, haba apoyado un brazo en los hombros de Alvarez, e inclinaba
hacia l su encantadora cabeza, como atrada por el brillo viril de sus
ojos, y deseosa de or sus palabras de ms cerca.

Aquella situacin iba tomando el aspecto de una noche de bodas, y ya no
pareca la tranquila conversacin de dos amantes a los que separaban
recientes tristezas y un juramento de respeto.

Esteban, agitado por el contacto del brazo robusto y tibio, cuya
satinada piel se notaba a travs de la ropa, y embriagado por aquella
atmsfera de sana y atrayente belleza que envolva a su amada, senta
desvanecerse la fuerza de voluntad que poco antes posea, y como un
nio, poco a poco, sin que se aperciba la madre, va acercndose a la
golosina que acaricia, iba lentamente, y sin cesar de hablar, llevando a
sus labios aquella mano pequea y suave, que al fin roz con ligeros
besos.

Enriqueta sonrea. Aquello la pareca natural. Besos en las manos! Esto
era lo mismo que ocurra en aquella novela de Joaquinito Quirs, que,
por tener un eplogo moral, y ser el autor amigo de la casa, era el
nico libro profano que le dejaba leer la baronesa de Carrillo.

La joven no hizo la menor resistencia, antes al contrario, sintise
halagada por el homenaje, y se crey toda una herona de novela, al
estilo de aquella Eulalia que, ojerosa, plida y siempre vestida de
blanco, ejerca de protagonista en el soporfero libro de Quirs.

Aquel silencioso consentimiento de la joven, y su languidez marcada,
excitaron la pasin de Alvarez, que se mostr cada vez ms audaz.

Adis tristes ideas y formal juramento de respeto! El fuego de la
juventud, el ardor de los cuerpos exuberantes de vida derrite las ms
firmes promesas.

Enriqueta no supo cmo fu aquello, pero despert de aquel ensueo de
amor que la acariciaba despierta, al sentir en sus labios una impresin
ardiente.

Esteban la estrechaba entre sus brazos; Esteban la besaba en la boca con
interminable frenes.

Enriqueta se revolvi como una fiera herida, y librndose de aquellos
brazos, que la opriman cariosamente, irguise plida, altiva, y
llevando en sus ojos la llamarada de la indignacin.

Pero esta impresin no dur mucho tiempo. Vi casi a sus pies al
capitn, que pareca avergonzado y confuso, por su arranque, y se sinti
conmovida.

--Mrchate! Sal de aqu inmediatamente!--haba gritado en el primer
arranque; pero al ver a Esteban en aquella actitud humilde, y como
pidindole perdn, se conmovi, y las lgrimas asomaron a sus ojos.

Lloraba una decepcin sufrida, la prdida de una ilusin.

Ella haba credo a Esteban un hombre diferente a todos, un ser incapaz
de dejarse dominar por la pasin y firme hasta el punto de domar la
carne y cumplir sus juramentos caballerescos, y ahora encontraba que era
semejante a la vulgaridad de su sexo; un organismo que se sublevaba,
ebrio de pasin, al sentir el contacto de un brazo femenil.

Enriqueta crea encontrarse con un ngel, y se hallaba al lado de un
hombre.

Desalentada por aquella decepcin, profundamente ofendida por lo que
crea un abuso de su situacin, y llorando con el desconsuelo de ver que
el protector slo era un amante, se dirigi al fondo del cuarto, sin
saber lo que haca, y se dobl, dejando caer su hermoso busto sobre la
cama de Esteban.

Su hermoso rostro choc con aquellas ropas, e inmediatamente sinti algo
que la conmovi de pies a cabeza. Pareca como que sus msculos y sus
venas estallaban, abriendo infinitos orificios por donde entraba algo
extrao, punzante y embriagador, como esos licores fuertes que abrasan
en la garganta, pero que provocan una feliz locura en el cerebro.

Era el olor del macho. Su organismo virgen, pero robusto y sanguneo,
abrase como la rosa que hace estallar sus rojos ptalos a las caricias
del ardiente sol.

El sexo se revelaba en ella con una fuerza incontrastable, y pareca que
de aquella cama surga un vapor venenoso, que se esparca por sus venas
como torrente de fuego.

Enriqueta se irgui loca y llevando en sus ojos una extraa luz. Pareca
una mujer fenicia, poseda de la lujuriosa demencia de las fiestas de
Adonis.

Alvarez segua en el fondo de la habitacin, en actitud suplicante.

La voz trmula de Enriqueta le sac de tal situacin.

--Ven, alma ma. Para qu resistir?... Ya que el mundo ha de hablar,
que sea verdad.

Esteban corri a ella.

Descansad en paz, juramentos de respeto! Ahora podan hablar ya las
lenguas maldicientes, seguras de que, por mucho que dijeran, ni
Enriqueta ni Esteban las desmentiran.




XXIX

Los planes de Quirs.


A las diez de la noche sali Joaquinito Quirs del Ministerio de la
Gobernacin.

Haba esperado al ministro ms de dos horas, por estar ste reunido con
sus compaeros en Palacio, y cuando al fin lleg, retuvo al joven
escritor catlico otra hora larga, hacindole que repitiera varias veces
la delacin, como si temiera que algn detalle importante quedase
olvidado.

El alto funcionario despidi por fin a Quirs, a quien haba tratado
algo en los aristocrticos salones, y le prometi hacer que el Gobierno
premiase con largueza sus servicios.

El escritor catlico estuvo elocuente. Oh! El no haca la delacin
nicamente por ser recompensado, sino que le impulsaban sus principios
polticos y religiosos, su afecto inmenso a la virtuosa Reina, su
adhesin incondicional al Gobierno, su amor a la causa del orden y del
catolicismo, puesta en peligro por los pcaros revolucionarios, su...

Y as sigui el hipcrita agente de los jesutas, enjaretando mentiras y
lugares comunes. Despus de dejar sobre la mesa ministerial el papel en
que estaban las seas del capitn Alvarez y el domicilio donde se
reunan los conspiradores, sali Quirs del despacho, y an pudo or,
antes de atravesar la sala, cmo el ministro daba rdenes para que
fuesen llamados con urgencia su colega en la cantera de la Guerra y el
gobernador de Madrid.

Cuando Quirs, pisando la gran acera de la Puerta del Sol, mir el reloj
del Ministerio y vi que eran ms de las diez, psose a pensar cmo
pasara la noche.

No estaba de humor para asistir a ninguna reunin aristocrtica, pues le
faltaba fuerza para vestirse, y prefera pasar la noche de un modo ms
divertido que bailando con seoritas insufribles, que al fin y al cabo
no haban de casarse con un pobre como l, o entreteniendo a las devotas
mams, que le consideraban como un juguete entretenido, con sus puntas y
ribetes de preceptor moral.

Ya estaba decidido lo que hara. Hasta media noche se entretendra en
un teatrillo por horas, donde se representaban piezas bufas, con gran
exhibicin de pantorrillas, algunas de las cuales haba manoseado con
intimidad el escritor catlico, y despus ira a charlar hasta las
primeras horas de la madrugada con los redactores de "La Voz del
Catolicismo", diario en el que publicaba de vez en cuando artculos
crticos, y en los cuales magullaba a todos los grandes hombres
revolucionarios, aun cuando stos nunca llegaban a enterarse.

Cuando a media noche sali Quirs del teatro, iba pensativo y
malhumorado.

Aquel gnero escnico, punzante afrodisaco, que conmova de lujuria a
todo el pblico culto, sensato y conservador que ocupaba las butacas, no
haba conseguido divertirle, como en otras noches.

Le preocupaba la idea de que a aquellas horas la autoridad estaba
preparando la red para apresar al capitn objeto de su denuncia. Y no es
que l experimentase compasin alguna. Lo nico que le interesaba era la
recompensa que le dara el Gobierno, y le era indiferente que aquel
desgraciado militar fuese fusilado, o, cuando menos, saliera para los
presidios de Africa; pero no dejaba de causarle cierto escozor la idea
de que haba contribudo a la eterna ruina de un joven que, como l, era
pobre y trabajaba por conquistarse una posicin.

El aventurero aristocrtico no poda evitar cierta simpata a favor de
aquel desconocido que, audazmente y con riesgo de su vida, buscaba el
engrandecerse. Quirs no se senta capaz de buscar la fortuna de un modo
tan franco y peligroso.

Aquella preocupacin era, pues, producto del espritu de clase y de la
admiracin que le inspiraba el valeroso desconocido.

Absorto en tales pensamientos caminaba Quirs, hasta que una sensacin
de fro le hizo volver en s. Soplaba un vientecillo helado que punzaba
la cara, y el joven levantse el cuello del gabn, al mismo tiempo que
pensaba en la conveniencia de entrar en el caf Suizo, ya que se
encontraba frente a l.

Con aquel fro no vendran mal unas copitas de ron. Adems, en aquel
caf siempre se encontraban algunas tertulias de compaeros, jvenes
periodistas, que, aunque liberales y poco afectos a la hipocresa, eran
buenos muchachos, y hacan pasar agradablemente el rato con sus chistes.

Quirs entr en el caf, y all permaneci hasta las dos de la
madrugada, hora en que se disolvi la tertulia. Aquella noche no estaban
en el Suizo ms que unos cuantos escritores de perversas ideas, mordaces
hasta la crueldad, que se recrearon "tomndole el pelo" al publicista
catlico, cuyas verdaderas costumbres conocan al dedillo.

El joven abandon el caf con un humor endiablado. El fastidio le
persegua, y se encamin a su querida Redaccin con la esperanza de
pasar all mejor el rato.

Cuando despus de subir casi a tientas la mal alumbrada escalera,
tropezando con un aprendiz de la imprenta, que se llevaba el ltimo
original, entr en la sala comn de la Redaccin, vi a sus compaeros
enfrascados en una discusin que deba ser violenta, a juzgar por el
calor con que se expresaban.

--Aqu est Joaqun--dijo con alegra uno de los redactores, al verle
entrar--. Es el amigo de la casa, y podr ilustrarnos con su opinin
mejor que nadie.

--De qu se trata?--pregunt con tono indiferente Quirs, que esperaba
ser consultado sobre alguna murmuracin del gran mundo.

--Vas a hablarnos con franqueza--continu el periodista--.Cul es tu
opinin verdadera sobre lo del conde de Baselga?

El joven hizo un gesto de extraeza.

--Y qu es lo que le ha ocurrido al conde?

--Vamos, hombre, no te hagas el lila y contesta. Estos dicen que Baselga
se ha matado en un momento de locura, y yo aseguro que ese suicidio ha
sido preparado hbilmente por alguien. Es muy raro entrar en un
manicomio y matarse inmediatamente.

--Pero el conde de Baselga se ha suicidado?

Quirs dijo esto con tal expresin de sorpresa, que los periodistas se
convencieron de que reciba por primera vez la fatal noticia.

Conque no lo saba Joaqun, a pesar de ser ntimo de la familia?

Pues, s, seor; el conde se haba suicidado an no haca diez y seis
horas, y su hija, la baronesa de Carrillo, haba enviado la esquela
mortuoria para que la publicasen al da siguiente en la primera plana
del peridico, y al mismo tiempo rogaba al director, con una conmovedora
cartita, que se ocupara con gran prudencia del suceso y defendiera el
honor de la familia, si algn diario indiscreto, a pesar de sus
splicas, se atreva a decir que el conde habase suicidado.

Quirs escuchaba con el mayor asombro aquellas noticias que le
comunicaban sus amigos.

Su sorpresa no tena lmites, y en su interior surga una sospecha que,
poco a poco, iba adquiriendo certidumbre.

El no quera mediar en la discusin de los periodistas, y se negaba a
decir si el suicidio haba sido por voluntad propia y espontneo, o
hbilmente preparado por enemigos; pero, en su interior tena ya la
opinin formada, y senta cierto respetuoso temor al pensar en el padre
Claudio. Oh, gigantesco maestro! Y con qu limpieza saba barrer a un
hombre del mundo, cuando le estorbaba!

A Quirs no le caba duda de que en aquella tragedia haba intervenido
el diablico talento del padre Claudio. El no poda precisar la
verdadera causa de aquel hbil crimen y los procedimientos de que se
haba valido el poderoso jesuta, pero presenta la verdad del hecho y
vea el invisible brazo del padre Claudio moviendo la mano del conde,
que empuaba la pistola suicida.

Las sospechas que le haban acometido al saber que a Baselga lo
declaraban loco y que iba a ser conducido a un manicomio, volvan a
reproducirse ya en su imaginacin, como hechos indiscutibles. El tena
la solucin del obscuro problema. La Compaa deseaba los millones de
los hijos de Baselga, y era capaz el padre Claudio de suprimir a cuantos
se interpusieran en su camino.

Sentado junto a la gran mesa de la Redaccin, con la cabeza entre las
manos, bajo la mancha de amarillenta luz de gas que arrojaba una gran
lmpara con colgantes de percalina verde, y dejando vagar su mirada por
el montn de peridicos de provincias revueltos con tinteros y plumas,
permaneci Quirs mucho tiempo, entregado a sus pensamientos y arrullado
por aquella discusin interminable que excitaba la bilis de los
periodistas.

Qu hara l? Esto era lo que se ocupaba en reflexionar Quirs, pronto
siempre a pensar en sus negocios, aun en los momentos ms difciles.

El haba tenido ciertos planes en otro tiempo, que despus desech por
imposibles. Viviendo el conde, resultaba absurdo abrigar, un pobre como
l, ciertas pretensiones acerca de Enriqueta; mas ahora, libre ya de tal
estorbo, y quedando la joven bajo la direccin de su hermana, tal vez
pudiera lograr algo. El se tena por el hombre de confianza de la
baronesa; saba que sta le apreciaba, y no era aventurado esperar algn
xito en sus pretensiones; pero... maldicin!, estaba en medio el padre
Claudio, aquel diablico jesuta, a quien siempre encontraba
obstruyndole el camino y al que eternamente tendra que pedir permiso
para intentar el menor avance. No poder l librarse de tal servidumbre!
Verse obligado a no trabajar jams por su cuenta y riesgo!

Pero Quirs no quera dejar pasar aquella ocasin, que pareca venrsele
a las manos, con la muerte del conde. Crea l que la fatalidad
colaboraba con sus ambiciones, y que sera una necedad imperdonable
despreciar sus favores.

Adelante, pues; ya se entendera con el padre Claudio cuando llegase el
momento, y buscara el mejor medio de engaarlo, si es que la baronesa
acoga bien su plan. Ahora lo importante era tener de su parte a la
hermana de Enriqueta.

Y pensando en esto se le ocurri a Quirs cun triste deba ser el
estado de nimo de doa Fernanda a aquellas horas.

Era una verdadera desgracia que l no hubiese tenido antes noticias del
triste fin del conde. En aquella casa deba reinar la desolacin, y en
tales instantes es cuando se conocen los amigos verdaderos. Su puesto,
desde aquella tarde, estaba en la casa de Baselga, al lado de la
baronesa y de Enriqueta, prodigndolas cristianos consuelos. Diablo!
Por qu haban tenido tan oculta aquella noticia?

El era un ser imprescindible en ciertas familias, tanto en las
desgracias como en las alegras. Por cosas menos importantes, por un
casamiento o un bautizo, lo llamaban, lo consultaban y encargbanle las
invitaciones, las formalidades consiguientes en los Centros pblicos, y
hasta el arreglo de la mesa; y ahora que se trataba de una familia por
la que tanto inters senta, no encontraba hasta aquel momento una buena
alma que le avisara lo sucedido!

Cunta falta hara all, para aliviar a doa Fernanda de las enojosas
tareas de arreglar el entierro y dems formalidades! Cmo hubiera l
adquirido nuevo realce a los ojos de la baronesa, que le consultaba
continuamente sobre asuntos de las cofradas, encargndose de todas esas
comisiones engorrosas que produce la muerte en una familia del gran
mundo!

Pero nada se haba perdido; an era tiempo de acudir; y apenas Quirs
formul tal pensamiento en su mente, psose en pie.

Que era tarde? Que resultara extempornea su visita? Mejor an; as
podra parecer espontnea e hija del cario, y doa Fernanda la
agradecera ms.

Quirs, sin despedirse apenas de sus amigos, abandon la Redaccin, y
con paso apresurado dirigise a la calle de Atocha.

Al llegar frente a la casa de Baselga detvose algo cohibido al ver la
obscura fachada, en la que no se notaba el menor signo de vida
interior.

De seguro dorman, y su visita iba a resultar inoportuna en extremo.

Pero en Quirs la duda duraba muy poco y no era hombre capaz de
retroceder as que adoptaba una resolucin.

Empu el pesado aldabn de bronce y di un golpe, no muy fuerte, como
si procurara atenuar su inoportunidad.

--De seguro, no me oyen--pens Quirs al dar el golpe.

Pero, con gran sorpresa, oy inmediatamente tardas pisadas en el portal;
abrise el postigo y el obeso portero, sin otro traje que pantalones,
camisa y bordados tirantes, apareci con una luz en la mano y tiritando
de fro.

--Ah! Es usted, don Joaqun--dijo el portero, despus de cerrar el
postigo tras el recin llegado--. Hace ya ms de una hora que lo espero
a usted. Suba usted en seguida; la seora baronesa le espera con gran
impaciencia. Hace ya ms de una hora que el ayuda de cmara fu a
buscarle a su casa. Qu desgracias, Dios mo, qu desgracias! Cuando el
diablo se mete en una casa, tarde sale.

Y el obeso portero expresaba con ademanes trgicos su desesperacin,
mientras suba la escalera, alumbrando a Quirs.

Este se senta satisfecho y adquira mayor confianza al saber que la
baronesa se haba acordado de l mandando que le llamaran. Por esto se
felicitaba de su resolucin, que resultaba oportuna.

La baronesa recibi a su amigo en un gabinete que serva de antecmara a
su dormitorio, y al verla Quirs no pudo reprimir un movimiento de
sorpresa.

Doa Fernanda tena un aspecto de quebrantamiento que, a los ojos del
joven escritor, demostraba la cruel y profunda impresin que en ella
haba producido la muerte de su padre.

Toda la casa estaba en conmocin, pues Quirs, en las habitaciones
exteriores, haba visto a los criados que, vestidos y prontos a acudir
al servicio de la seora, aunque apoyndose en la pared o medio tendidos
en los divanes, cabeceaban de vez en cuando, entregndose al sueo.

La baronesa, que contraa su rostro con una mueca natural e indefinible
entre el dolor y la rabia, estrech lnguidamente la mano que le tenda
el joven con ceremoniosa afliccin.

--Baronesa, he venido sin perder tiempo, porque en estas ocasiones es
cuando se conocen los verdaderos amigos.

--Gracias, Joaquinito. Ya sabr usted mi desgracia en toda su extensin.
En esta casa se repiten los sucesos tristes con una rapidez abrumadora.

--Efectivamente, baronesa. La muerte del conde es una desgracia...

--Pues, y lo otro?--exclam la baronesa, interrumpiendo a su amigo.

Este hizo un gesto de extraeza, como preguntando qu era lo otro. La
baronesa le comprendi.

--Cmo! Usted no sabe lo ocurrido aqu esta noche? Pero, Dios mo,
cun loca soy! Usted no puede saberlo, pues ninguno de mis amigos, ni
aun el padre Claudio, tiene noticia de lo sucedido.

--Pero, qu ocurre, baronesa? Otra desgracia, despus de la muerte del
conde?

--S, Joaquinito. Mi hermana Enriqueta ha hudo de casa esta misma
noche.

Quirs an qued ms asombrado al escuchar aquello que al saber el
suicidio del conde.

Le resultaba el mayor de los absurdos la fuga de aquella joven tan
humilde y recatada, que l consideraba poco menos que tonta.

El inesperado suceso dej absorto por mucho rato al joven, que vi por
el suelo sus ms risueas ilusiones. Despus de esto resultaba imposible
aquel magnfico proyecto de casamiento que le haba de hacer rico y
poderoso.

--Pero, baronesa! Cmo ha sido eso?--pregunt Quirs, cuando se repuso
de aquella primera impresin.

--Dios mo! Si yo misma no puedo explicrmelo! Quin haba de esperar
semejante cosa de Enriqueta? Yo no puedo comprender qu idea ha
enloquecido a esa muchacha hasta el punto de hacerla abandonar su casa.

--Sabe Enriqueta la muerte de su padre?

--No; es decir, yo creo que no, pues nadie en esta casa le ha hecho la
menor indicacin. Vea usted lo que ha sucedido.

Y la baronesa relat a Quirs la inmensa y dolorosa sorpresa que haba
producido en la casa la desaparicin de Enriqueta.

Justamente a las ocho de la noche haba llegado de las posesiones que el
conde tena en Castilla la antigua ama de llaves, Tomasa, a la cual la
baronesa segua profesando un odio irreconciliable. Haba hecho el viaje
alarmada por cierta carta que una persona de la servidumbre (la doncella
de la baronesa) la haba enviado, dndola cuenta de la locura del conde
y acuda presurosa la sencilla aragonesa, creyendo que con su presencia
poda aliviar el triste estado de doa Fernanda.

Cuando Tomasa supo la desgracia que acababa de ocurrir y la habladora
doncella le hubo relatado el suicidio con tantos detalles como si lo
hubiera presenciado, la pobre mujer, que era ruidosa en extremo, tanto
en sus alegras como en sus tristezas, comenz a dar alaridos, al mismo
tiempo que sus ojos se cubran de lgrimas.

El nico deseo que manifest, en medio de su dolor, fu ver a su
seorita, a su querida Enriqueta; pero la baronesa se lo prohibi, por
no querer que su hermana conociera repentinamente el trgico fin de su
padre. A la hora de cenar, doa Fernanda no se alter al ver que su
hermana no bajaba, y di a las once y media orden a toda la servidumbre
para que fuera a descansar; pero entonces fu cuando la antigua ama de
llaves, antes de ir a recogerse en el cuarto de la doncella, se desliz
hasta la habitacin de Enriqueta.

Momentos despus volvi asombrada, gritando que en el cuarto no estaba
la seorita.

A la baronesa, segn sus propias palabras, le di un vuelco el corazn
cuando supo que su hermana no estaba en el cuarto. Corri a ste, y al
verlo vaco se lanz con presteza por toda la casa, llamando a gritos a
Enriqueta.

Nada; el silencio ms completo en todas partes; no haba ya duda:
Enriqueta habase fugado de la casa paterna.

Cuando la baronesa se convenci de aquella terrible verdad, su
indignacin no tuvo lmites, y deseosa, sin duda, de hacer responsable a
alguien de aquel suceso, fij sus ojos en Tomasa, cuya inesperada
aparicin ya le resultaba muy extraa.

Aquella mujer tena, sin duda, su parte en la fuga, y por evitar
responsabilidades haba ido all a hacer una comedia, lamentndose de un
suceso que con anterioridad conoca.

Doa Fernanda, presa de una terrible indignacin, dirigise contra
Tomasa, insultndola con soeces palabras; pero procur no irse con ella
a las manos, como en otras ocasiones haba hecho, pues recordaba an los
golpes que recibi el da en que el difunto conde hubo de separarlas a
viva fuerza, cuando se tiraban de los pelos por cuestin de los amoros
de Enriqueta.

Tomasa apenas si contest a los insultos de la baronesa.

La muerte del conde y la fuga de su hija eran terribles noticias que la
haban dejado atolondrada, y por esto apenas si desminti con algunas
palabras a la procaz doa Fernanda.

La suerte de Enriqueta era lo que a ella le preocupaba, y nicamente
pensaba en encontrarla, aunque para ello tuviera que correr medio
Madrid.

De pronto, y cuando la baronesa ms recrudeca sus injurias, Tomasa
sonri, como si hubiese visto el cielo abierto. Qu torpe era! No
habrsele ocurrido antes dnde podra estar Enriqueta!

Y apenas apareci en su imaginacin la figura del amo de su sobrino,
sali corriendo para su casa. Era entonces la una de la madrugada.

La baronesa, ante tan rpida fuga, se convenci ms an de que la vieja
sirvienta tena participacin en aquel suceso, que ella calificaba de
rapto.

Deseosa de vengarse y de evitar el escndalo que producira la fuga de
Enriqueta al hacerse pblica, quiso adoptar alguna resolucin que
hiciera volver a la fugitiva a su hogar antes que amaneciera.

Para doa Fernanda no haba duda sobre el lugar donde estaba su hermana.
Desde el primer momento haba pensado en aquel odiado capitn, cuya
correspondencia amorosa tan grande indignacin le haba producido, y la
precipitada fuga de Tomasa haba ratificado sus sospechas. Acudir a la
polica en demanda de auxilio era el medio ms apropiado para que el
suceso se hiciera pblico, y por esto la baronesa pens en sus amigos
ms ntimos, para encargarlos de la delicada misin de volver la joven a
su casa.

Al principio pens en el padre Claudio, pero hacer que despertasen a
ste a altas horas de la noche, era empresa difcil, pues el poderoso
jesuta daba a los suyos severas rdenes para que no turbasen su
descanso, y, al fin, la baronesa pens que sera mejor llamar en su
auxilio al amable Quirs, y envi un criado a su casa.

--Mucho ha tardado usted, Joaquinito--sigui diciendo la baronesa con
precipitacin--; pero an es tiempo. Sobre todo, no se entretenga usted.
Piense que la honra de mi hermana va en ello. Dios mo! Cunto
agradecer a usted cuanto haga en esta ocasin!

Quirs, que an se senta turbado por aquella inesperada noticia, no
pudo menos de fijarse en lo mucho que aumentara la simpata de la
baronesa hacia l si lograba devolverle a su hermana.

Adems, por egosmo, le interesaba mezclarse en aquel asunto. Si
Enriqueta era de otro, todos sus ms hermosos planes, que le hacan
entrever un porvenir de grandezas, caeran inmediatamente, faltos de
base.

El joven estaba resuelto a hacer cuanto le mandara la baronesa, y as se
lo manifest, con entusiasmo teatral.

--Pues bien--dijo doa Fernanda--, corra usted inmediatamente a casa de
ese capitn, donde indudablemente se encuentra mi hermana, y trigala
usted, sin reparar en medios. No vacile usted si ha de emplear la
fuerza; ya sabe usted que tenemos buenos amigos.

--Est bien, baronesa. Voy all inmediatamente. Pero, dnde vive ese
capitn?

Doa Fernanda hizo un cmico gesto de admiracin.

--Dios mo! Cun loca soy!... Pues no lo s. Olvidaba que ignoro dnde
vive el tal capitn.

--Esto no fuera obstculo si el asunto no fuese tan urgente y tuviramos
ms tiempo; pero conviene encontrar a Enriqueta antes del nuevo da, y
esto es imposible, no sabiendo el lugar donde se encuentra. Si usted
pudiera proporcionarme algn otro detalle! Por ejemplo, cul es el
nombre de ese capitn?

--Oh, eso s que lo s! Permtame que lo recuerde. Le llaman... ah!,
ya me acuerdo. Le llaman Esteban Alvarez.

Unicamente por su gran fuerza de voluntad pudo evitar Quirs hacer un
movimiento de sorpresa; pero, a pesar de esto, murmur con extraeza y
admiracin:

--Esteban Alvarez!

--S, seor; ese es su nombre. Lo recuerdo perfectamente, pues lo le en
varias cartas que l diriga a mi tonta hermana. Mientras yo estaba de
viaje tuvieron ciertas relaciones, de las que Tomasa era cmplice.
Cosas de nios! Tonteras ridculas, que yo evit a tiempo!

El joven estaba pensativo. Preocupbale aquella extraa coincidencia. El
que haba delatado pocas horas antes para lograr un ascenso en su
carrera, salale ahora al paso, como raptor de la mujer en que l
cifraba su definitivo engrandecimiento.

Pero una sbita alarma desvaneci inmediatamente sus pensamientos. La
polica caera de un momento a otro sobre el domicilio de Alvarez, tal
vez estara ya all en aquel momento, y Enriqueta sera detenida,
hacindose visible su deshonra y quedando complicada en una causa por
conspiracin, que seguramente sera ruidosa.

El joven quera evitar tal desgracia, no porque le doliese la deshonra
de la joven, sino porque tras un escndalo tan grande era ya imposible
que l la hiciese su esposa, quedando dueo de sus millones.

Haba que obrar cuanto antes, y por esto Quirs se despidi de la
baronesa, dicindola al salir:

--Descuide usted, antes que sea de da Enriqueta estar aqu. Podr
costarme encontrar el sitio donde se ocultan, pero yo dar con ellos.

--Adis, Joaquinito! Que Dios le ayude y cuente usted con mi
agradecimiento. Estos servicios no se olvidan nunca.

Cuando Quirs se encontr en la calle, el fro viento de la noche
pareci refrescar sus ideas, desvaneciendo la preocupacin que en l
haba producido la noticia de aquella fuga.

Suba la calle de Atocha sin tener an ningn plan formado, y sin otra
idea que ir a casa de Alvarez, cuyas seas haba dado algunas horas
antes en el Ministerio de la Gobernacin.

Haca el joven los mayores esfuerzos intelectuales por encontrar una
idea que le gustase, y su cerebro slo saba producir disparates, por lo
que se indignaba contra s mismo.

La soledad lbrega de las calles pareca reinar en su cerebro, y sus
pasos, que resonaban con gigantesco eco sobre las desiertas aceras,
repercutan en la bveda de su crneo, como un taconeo incesante y
diablico.

Urgale formar un plan antes de llegar al punto donde se diriga, y su
inteligencia, siempre tan pronta a servirle, se mostraba ahora rebelde.

De repente Quirs encontr la solucin a aquel conflicto en que se
hallaba.

Si avisaba al capitn de la llegada de la polica y le incitaba a huir,
fracasaba su plan, pues el Gobierno no le dara recompensa alguna, y si
dejaba que Alvarez cayese en poder de la autoridad, se descubrira la
falta de Enriqueta, en cuyo caso sta sera objeto de la maledicencia
social, y ningn hombre incapaz de romper con las pblicas
conveniencias, se atrevera a solicitar su mano.

El haba adivinado el medio de salvar aquel conflicto.

--La combinacin es infalible--se deca el elegante aventurero,
apresurando el paso--. Con tal que llegue antes que la polica, lograr
que el amante se escape, dejndome en depsito la dama. Despus ya sabr
yo arreglarme, y el temor al escndalo har todo lo dems.

Y Quirs, halagado cada vez ms por su plan, que conceptuaba magnfico,
corra por las desiertas calles, temeroso de llegar demasiado tarde.

En su interior senta la sonrisa de la fortuna anhelada, que, aunque
tarde, llegaba por fin a favorecerle.




XXX

Desenlace inesperado


La fiel Tomasa, al encontrarse frente a la casa donde viva el capitn
Alvarez, hubo de sostener una breve discusin con el vigilante de la
calle y desprenderse de una peseta para que le abriera el portal, y
despus pas ms de un cuarto de hora en la escalera, tirando del cordn
de la campanilla, sin que ninguno de los durmientes en aquella casa
acudiese a su llamamiento.

Por fin, oy unos pasos pesados con acompaamiento de bostezos, y tras
la consiguiente pregunta de "quin va?", dada por una voz soolienta,
abrise la puerta, apareciendo su sobrino Perico, casi en paos menores,
y alumbrndose con una candileja.

La sorpresa que experiment el muchacho fu grande al ver a su ta, a
quien crea lejos de Madrid, a una hora tan intempestiva.

Tomasa entr prontamente en la habitacin, preguntando con ansiedad:

--Dnde estn sos?

--Quines son sos, ta?

--Por quin he de preguntar, grandsimo tonto? Por tu seorito y mi
seorita Enriqueta.

--Ah! Luego sabe usted...--exclam con sorpresa el asistente.

--Yo lo s todo--contest Tomasa, interrumpindole--. Dime al momento
dnde estn.

--En su cuarto, ta.

--Pues llammosles inmediatamente.

Y la vieja y su sobrino encaminronse a la habitacin del capitn, cuya
puerta golpearon repetidas veces.

Reinaba un silencio absoluto en el interior del cuarto, y la mortecina
luz del quinqu apenas si lograba disipar la densidad de aquella
nebulosa atmsfera que lo envolva todo en espesa penumbra.

Despus de golpear muchas veces la puerta y de llamar Perico a su seor,
ste se levant, abriendo aqulla, aunque cuidndose de obstruir con su
cuerpo la entrada.

Al ver el capitn a la vieja aragonesa, experiment una sorpresa an
mayor que su asistente.

--Tomasa! Usted aqu!--dijo avergonzado.

--S; aqu estoy. Dnde est la seorita?

No necesitaba hacer tal pregunta, pues dentro son un suspiro ahogado y
el ruido de un cuerpo al caer sobre la cama.

--Oh, mi pobre seorita! Qu le sucede? Por Dios! Don Esteban, djeme
usted el paso franco, o no respondo de m.

Y la enrgica aragonesa, empujando rudamente al capitn, entr en la
habitacin. Enriqueta estaba all, tendida sobre la cama, inerte e
inanimada como un cadver.

La pobre joven haba despertado de su delirio de amor al or aquellos
golpes en la puerta y notar que su amado se levantaba para abrir.

Cuando la voz de Tomasa lleg a sus odos, experiment una emocin sin
lmites.

Toda la enormidad de la falta cometida aparecise rpidamente en su
imaginacin; sintise arrepentida y avergonzada, y el rubor pudo sobre
ella lo que el dolor no logr alcanzar.

Tan vehemente era su deseo de ocultarse a los ojos de todos, tanto tema
las acusadoras miradas de aquella antigua y cariosa domstica, que,
despus de incorporarse sobre la cama, cay nuevamente en ella
temblorosa y desalentada, sintiendo que rpidamente perda la nocin de
su ser.

Aquel valor que la sostuvo al or la relacin del trgico fin de su
padre y que la impuls a abandonar su casa, faltbale ahora, quebrantada
como estaba por la revelacin de secretos de la Naturaleza, que hasta
poco antes le eran desconocidos y por el remordimiento de su falta. El
recuerdo de su padre y la consideracin de que estando todava caliente
su cadver, ella haba perdido su honra en los brazos de un hombre, fu
lo que produjo aquel desmayo, desvaneciendo los ltimos restos de su
energa.

Tomasa acudi inmediatamente en auxilio de su seorita, a la que prodig
toda clase de cuidados.

Alvarez, en un extremo de la habitacin, permaneca absorto y como
avergonzado de su anterior conducta. La presencia de aquella vieja le
llenaba de rubor, a pesar de que sta no le habia dirigido la menor
recriminacin.

En cuanto al fiel asistente, habia desaparecido para demostrar su
discrecin, pero andaba por las habitaciones inmediatas, pronto a acudir
al menor llamamiento.

Por fin, volvi Enriqueta en si, y al ver junto al lecho a su antigua
domstica, prorrumpi en tristes lamentos y se abraz a ella llorando
copiosamente.

--Vamos; calma, seorita Enriqueta--dijo Tomasa con expresin
bonachona--. No se entristezca usted, pues al fin, lo mismo que usted ha
hecho, lo hacen otras muchas y con menos motivo. Todo tiene arreglo en
este mundo, y no es muy aventurado pensar que dentro de poco, usted
podr pasearse del brazo de ese guapo mozo que ah est, presentndose
en todas partes como su legtima esposa. No se apure usted, seorita,
Quin sabe si todo esto que le sucede ser por su bien! Tal vez ste
sea el nico medio de que usted se vea libre de aquella arrastrada
baronesa.

Y Tomasa segua consolando a su seorita, que bien fuese por las
palabras de la animosa vieja o porque el dolor moral comenzaba a
calmarse naturalmente en ella, recobr un tanto su tranquilidad.

Aquel lecho pareca quemarle, pues le recordaba su reciente deshonra, y
plida, ojerosa y quebrantada, se incorpor, bajando de l apoyada en
los hombros de Tomasa.

La embriaguez del amor se haba disipado por completo, y tanto Enriqueta
como Esteban evitaban mirarse como avergonzados de su falta.

Transcurri mucho tiempo sin que ninguno de los tres hablara; pero por
fin, Tomasa rompi aquel silencio embarazoso:

--Vamos a ver! Y qu piensan hacer ustedes? Vamos a permanecer de
este modo hasta el da del juicio? Urge adoptar una resolucin, y es
preciso que usted, don Esteban, que tanto sabe, nos diga qu ser lo ms
conveniente. Aquella mujer--continu aludiendo a la baronesa--est hecha
una furia, y es muy capaz de llamar a la justicia para que les eche el
guante a ustedes, y esto... (y solt un taco redondo, como era su
costumbre cuando se enfadaba), esto no lo puedo yo consentir. Ver yo a
mi Enriqueta tratada como una cualquiera! Vamos, don Esteban; diga usted
algo; aconsjenos qu es lo que se ha de hacer.

Bueno estaba el capitn para dar consejos! Encontrbase aturdido por
lo que acababa de sucederle, y los gozados placeres del amor, en vez de
halagar su memoria, punzbanle como terribles recuerdos. Sin embargo,
tena que satisfacer las incesantes reclamaciones de Tomasa, y por esto,
contest:

--Yo creo que debamos aguardar el nuevo da para hacer algo. A la
madrugada nos presentaremos a la autoridad y Enriqueta quedar bajo su
proteccin mientras yo sufrir todas las consecuencias. Yo creo que la
ley nos apoyar y a su amparo nos uniremos para siempre.

Tomasa acept aquella proposicin como otra cualquiera, pues con tal de
que Enriqueta no volviera a casa de la baronesa, cuyo genio conoca,
todo le resultaba perfectamente bien.

Decidise, pues, entre los tres, dejar que transcurrieran las ltimas
horas de la noche, y sumidos en un embarazoso silencio, permanecieron
cerca de media hora, hasta que algunos vigorosos campanillazos en la
puerta de la escalera, los sacaron de su abstraccin.

Momentos despus, Perico asom prudentemente la cabeza, y dijo con gran
alarma:

--Seorito, salga usted inmediatamente. Ah fuera le busca un amigo.

Sali el capitn muy extraado por tal visita, y en el comedor, que era
una pieza inmediata, vi a un hombre envuelto en una capa andaluza.

La luz de la lamparilla que el asistente haba puesto sobre la mesa, y
que apenas si consegua trazar en aquella sombra un dbil crculo de
claridad no dejaba ver el rostro del recin llegado, pero ste se
adelant diciendo al capitn:

--Soy yo, Esteban. Vengo de prisa, y nicamente por hacerte un favor.

Alvarez reconoci a su amigo el insustancial alfrez Luidoro, vizconde
del Pinar. Esto aument an ms su sorpresa:

--Qu te trae por aqu a estas horas?

--Tu salvacin, desgraciado. Mira, no pierdas tiempo, pues la polica va
a llegar de un momento a otro, y si no quieres ir a Melilla o morir
fusilado, debes poner inmediatamente pies en polvorosa.

--Pero, qu maldita broma se te ha ocurrido? Qu es eso? Por qu debo
huir?

--Ya sabes, Esteban, que te conozco bien, y hace tiempo que noto te
encuentras metido en terribles compromisos. Si nada te he dicho, es
porque no quera meterme voluntariamente en tus los; pero ahora, que te
veo en peligro, el compaerismo me arrastra a intervenir en tus
asuntos; conque escpate sin perder tiempo.

--Pero, por qu? Explcate, con mil demonios!

--Pues bien; t eres de los que conspiran con Prim, y hasta creo que
posees todos los secretos de la conjuracin. Esto lo sabe el Gobierno, y
a estas horas ya habr dado orden para que te prendan.

Al capitn Alvarez le pareci que el cielo caa sobre su cabeza, y como
si sintiera una necesidad imprescindible de protestar contra los
sucesos, lanz una terrible maldicin contra la Providencia, capaz de
hacerla palidecer de horror, si es que realmente existiese.

Descubrirse sus trabajos revolucionarios, justamente cuando tan
comprometido se hallaba en una aventura amorosa! Verse obligado a huir,
teniendo a pocos pasos de all a la desconsolada Enriqueta, que acababa
de sacrificarle su honor!

El capitn se llev las manos a la frente, como si no pudiera con
aquella fatalidad que sobre l caa.

El terror que mostraba en su rudo rostro aquel fiel asistente, que mudo
y sombro presenciaba la conversacin de los dos militares, demostraba a
Alvarez lo terrible de su situacin.

Sin embargo, el infeliz capitn, como todos los desgraciados, no se
convenca por completo de su infortunio, y se asa a un rayo de
esperanza con la tenacidad desesperada del nufrago.

--Pero, cmo sabes t eso? No te habrn engaado?

--No; mal rayo me parta si lo que te digo es mentira! An no hace media
hora que, cenando en Fornos con algunos amigos, uno de stos, que es
ayudante del ministro de la Guerra, me ha dicho cmo su superior haba
conferenciado con el de la Gobernacin, ordenando, en vista de pruebas
claras y concluyentes, que te detuvieran esta misma noche. Ya ves que la
noticia no puede ser ms autntica. Conque no pierdas tiempo y escapa.

Alvarez estaba aturdido por la noticia. La idea de que para salvarse
haba de abandonar a Enriqueta, le tena clavado en aquel sitio, y su
indecisin pareca molestar mucho al aristocrtico alfrez.

--Mira, Esteban; yo no voy a estarme aqu como un papanatas, esperando
que llegue la Guardia civil y me prenda a m tambin, sin tener culpa de
tus calaveradas. Ya sabes que mis convicciones de familia y mi posicin
social me impiden mezclarme en aventuras revolucionarias y que sera
para m un terrible descrdito el aparecer complicado en tu proceso.
Ahora ya ests avisado de lo que ocurre, y no puedes decir de m que he
sido un mal amigo. Conque... que Dios te proteja!

Y el vizconde, sin aguardar contestacin de su amigo, sali del comedor,
y abriendo a tientas la puerta de la habitacin, se lanz en la oscura
escalera, bajndola con una rapidez no exenta de peligro en aquellas
tinieblas.

Preocupbale la idea de que los agentes del Gobierno le pillasen dentro
de aquella casa, y justamente en el instante que ms pavor senta, oy
el ruido producido por la puerta de la calle al ser abierta y en los
primeros peldaos tropez con un individuo que, a juzgar por cierto
roce, estaba ocupado en encender un fsforo.

El alfrez, creyndose ya cogido, tuvo un arranque de firmeza, y
empujando rudamente al desconocido, pas adelante y gan el portal,
desapareciendo inmediatamente.

Aquel desconocido qued por algunos instantes inmvil y como indeciso,
pero por fin encendi el fsforo y continu subiendo la escalera.

Mientras tanto, el capitn Alvarez segua en el comedor, absorto, con la
cabeza inclinada, y creyendo que aquella calamidad que sobre l caa,
por ser tan inmensa, no poda ser real, sino producto de una pesadilla
que le dominaba en aquel instante.

--Pero, qu hacemos, mi capitn?

--Qu hacemos?--contest Alvarez con desesperacin--. Pues no lo s.

--Yo creo que debemos huir inmediatamente.

--Abandonar a Enriqueta!

--Bah! La vida es antes que todo. Piense usted en que si lo cogen, lo
fusilan antes de tres das. Bien mirado, esa gente que ahora manda tiene
motivos de sobra. Conque... qu es lo que hago?

--Lo que quieras.

--Pues huir. Voy a arreglarlo todo en un momento y usted, entretanto,
puede despedirse de la seorita, si es que tiene fuerzas para ello.

Desapareci el asistente, e iba ya a entrar el capitn en la habitacin,
cuando oy en la antesala ruido de pasos.

La polica! Este fu el pensamiento que se le ocurri inmediatamente a
Alvarez. Ya estaban all sus aprehensores. Sin duda, el aturdido
vizconde haba dejado abierta la puerta de la habitacin, y la polica
entraba encontrando el paso franco.

Entr un hombre en el comedor con el gabn abrochado, y al ver a
Alvarez, que vesta de paisano, se quit cortsmente su sombrero de
copa, preguntndole con rapidez:

--Don Esteban Alvarez? Est visible a estas horas?

--Soy yo, caballero; quin es usted?

--Mi nombre es Joaqun Quirs, y soy empleado en el Ministerio de
Estado. Vengo aqu comisionado por mi amiga, la baronesa de Carrillo,
para buscar a su hermana Enriqueta, y al mismo tiempo, por el deseo de
hacer un bien. Si dispusiramos de ms tiempo, le dira los motivos de
simpata que me impulsaron a dar este paso; pero en vista del peligro
inmediato que le amenaza, me limito a rogarle que escape usted
inmediatamente.

--Escapar!--dijo Alvarez con desesperacin--. Y cmo! Voy a dejar
abandonada a esa mujer, que est ah dentro? Eso sera impropio de un
caballero.

--Huya usted; todo tiene arreglo en este mundo. Lo que no tendra apao
posible es que usted se dejase prender, pues antes de tres das lo
fusilaran. Pero, por qu est usted tan quieto? Piense que la polica
va a llegar dentro de poco, tal vez ahora mismo, y que un hombre slo
debe despreciar su vida hasta cierto punto. Usted tendr papeles
comprometedores en su poder, y dejando que caigan en manos de la
polica, puede causar la ruina de muchas familias. Vamos, seor Alvarez,
ms decisin, y a huir inmediatamente.

La consideracin de que quedndose en aquel lugar causaba la prdida de
algunos centenares de compaeros, fu lo que hizo salir al capitn de su
inercia moral.

--Para huir--dijo mirando con expresin suplicante a aquel
desconocido--, necesito que alguien se encargue de Enriqueta. Si yo
tuviera un verdadero amigo!

--No me tiene usted a m?--contest Quirs como escandalizado de que se
dudase de su afecto--. Es verdad que usted no me conoce; pero da
llegar en que, modestia aparte, me aprecie usted en lo que valgo. En
casa de Enriqueta me conocen bien y saben que me desvivo por servir a
todo el mundo. Adems, entre jvenes como nosotros, debe reinar siempre
cierta simptica solidaridad. Hoy por ti, maana por m. Yo me encargo
de todo; pero no perdamos el tiempo y resulte todo esto infructuoso. La
polica va a llegar, y no es cosa de que nos pille a todos aqu.
Vayamos listos, seor Alvarez!

--Oh! Gracias, gracias!--dijo el capitn enternecido, estrechando con
efusin la mano de aquel joven que se le apareca como un ngel
salvador.

Alvarez, decidido ya a escapar, se dirigi a su cuarto; pero en la
puerta encontr a Tomasa, que haba estado escuchando la conversacin.

La llegada del vizconde haba excitado ya su curiosidad, y cuando oy
que en el comedor entraba otro hombre, no pudo permanecer sentada por
ms tiempo, y sali a escuchar.

El capitn la interrog con la mirada, al mismo tiempo que deca
angustiosamente:

--Qu hago, Tomasa?

--Huir sin perder tiempo. La vida es lo primero; despus, como ha dicho
muy bien el seor Quirs, todo se puede arreglar.

Joaquinito salud con una ceremoniosa inclinacin de cabeza al ama de
llaves, a pesar de que sta siempre lo haba mirado con marcada
antipata al verle visitar la casa del conde de Baselga.

Los dos hablaron con gran animacin del peligro que amenazaba al
capitn, y ste, entretanto, entr en su cuarto, saliendo al poco rato
con un abultado fajo de papeles.

--Quin guarda esto?--pregunt--. Es lo ms comprometedor que tengo, y
en ello va la muerte de muchos pobres infelices. Pueden prenderme en la
calle, y no conviene que me encuentren encima tan terribles pruebas.

--Vengan aqu los papeles--dijo Tomasa con energa--. Una mujer, en
estos casos, resulta menos sospechosa que un hombre.

--Pero, sabe usted a lo que se expone?--pregunt Alvarez.

--Bah!--contest la vieja con sencillez heroica--. De cosas ms grandes
me siento capaz.

El capitn reflexionaba, temeroso de que se le olvidase algn otro
documento acusador.

No se haba despedido de Enriqueta. Para qu? Sera aumentar su dolor,
y ya haba sentido honda impresin de tristeza, cuando buscando aquellos
papeles, la haba visto en un extremo de la habitacin, cabizbaja,
llorosa y con todo el aspecto de un ser infeliz, sin razn ni voluntad.

No; l no se senta con fuerzas para decirla que, perseguido por los
ideales polticos, hua de ella, tal vez para siempre.

Quirs y la vieja aragonesa, mientras el capitn se arreglaba su traje
en desorden y buscaba la capa y el sombrero, ponanse de acuerdo sobre
el medio de salir de all.

Ella iba a ocultar los comprometedores papeles, y saldra sola de all,
para ir a esperarlos a la puerta de la casa de Baselga. El joven la
haba convencido de la necesidad de que fuese completamente sola, para
ser menos notada, encargndose l, por su parte, de conducir a Enriqueta
por otras calles a casa de su hermana, en cuya puerta se reuniran los
tres.

Tomasa aceptaba el plan, pues estaba tranquila de la fidelidad de aquel
beato, al que ella llamaba siempre en sus murmuraciones con la
servidumbre, "el perro de la baronesa".

Acababan los dos de convenirse de este modo, cuando entr Perico,
embozado en su bufanda, y llevando en un pequeo fardo el poco dinero y
los escasos objetos de algn valor que constituan el tesoro de aquella
asociacin de amo y criado.

El pobre muchacho tena en su curtido rostro una expresin de tranquila
fiereza. Mientras recoga y empaquetaba efectos, habase hecho el
propsito de morir antes de ver cmo su seorito caa en manos de sus
perseguidores.

--Adis, hijo mo! S fiel siempre a tu seorito y no le abandones, ni
aun en los mayores peligros.

Algunas lgrimas se le escaparon a la valerosa mujer, y su voz se hizo
temblona por la emocin; pero inmediatamente hizo un esfuerzo por
recobrar su serenidad, y sealando la puerta de salida, dijo al capitn:

--Huya usted al momento. No perdamos el tiempo tontamente.

Alvarez estrech nuevamente la mano de Tomasa, y la de aquel til amigo
que tan inesperadamente acababa de presentrsele, y encargndoles con
entrecortada voz que se interesaran por Enriqueta y la explicasen el
motivo de aquella huda, sali de la habitacin, seguido de su
asistente.

--Ahora, don Joaqun--dijo la enrgica aragonesa, cuando ya los pasos de
los fugitivos sonaban en la escalera--, hagamos lo que nos toca. No hay
tiempo que perder.

Y seguida de Quirs, entr en el cuarto del capitn.

Enriqueta, al ver al amigo y confidente de su hermana, apenas si hizo el
menor ademn de sorpresa.

Estaba tan quebrantada por su dolor y su remordimiento, que ningn
suceso poda herir vivamente su inteligencia, que pareca embotada y
dormida por la desgracia.

Tomasa, vuelta de espaldas, y mientras se esconda aquel fajo de
comprometedores papeles en el pecho, relataba en breves palabras a su
seorita el peligro que amenazaba a Alvarez y la necesidad en que ste
se haba visto de hur, pero la vieja domstica no estaba muy segura de
que Enriqueta la entendiese, segn se mostraba de fra e indiferente.

Quirs presenciaba silencioso la escena, y se deca que aquella muchacha
era una idiota rematada.

Unicamente cuando Tomasa, acabando de acomodarse los papeles sobre el
pecho, le repiti la necesidad que haba de hur de all cuanto antes,
aquella mujer, que pareca una mueca con sus ojazos brillantes y fros,
fijos, sin expresin alguna, en el suelo, di muestras de pensar y
entender, levantndose inmediatamente del asiento y colocndose el velo,
que an estaba sobre una silla, tal como ella lo haba dejado algunas
horas antes.

--Ya estamos arregladas, don Joaqun--dijo la aragonesa, acabando de
cruzarse la mantilla sobre el pecho--. Ahora, en marcha.

--Salga usted antes, seora Tomasa--contest Quirs--, pues usted es la
ms comprometida por llevar esos papeles. Ya sabe usted dnde nos
juntaremos.

--Hasta luego, seorita--dijo la vieja, besando a Enriqueta--. Tenga
usted confianza en don Joaqun, que es un buen amigo, y todo cuanto hace
es nicamente en bien de usted y de don Esteban.

Se fu la vieja, y Jos dos jvenes permanecieron algunos minutos en
aquel cuarto, completamente solos y en el ms absoluto silencio, hasta
que, por fin, dijo Quirs:

--Ahora nos toca a nosotros, Vamos, Enriqueta! Mucho nimo, y
obedzcame en todo, que cuanto haga ser por salvarla.

Al pasar por el comedor, agarr Quirs la candileja que haba dejado
encendida el asistente, y alumbrndose con ella baj la escalera,
precediendo a Enriqueta, que andaba torpemente.

La patrona de la casa de huspedes no haba percibido nada de aquella
larga escena, en que tantas personas haban intervenido. Tena la buena
costumbre de no inmiscuirse en las cosas de sus huspedes, y menos en
las del capitn, que era su mejor pupilo. Haba odo por dos veces los
campanillazos en la puerta de la escalera; pero sigui tranquila en su
lecho, pues en las llamadas nocturnas de tal clase se encargaba siempre
de acudir el servicial Perico, que tena el sueo ligero. La pobre mujer
estaba muy lejos de pensar que el cuarto del capitn quedaba vaco a
aquellas horas, y que dentro de poco rato iba a recibir una desagradable
visita.

Al hallarse los dos jvenes en la calle, Quirs ofreci su brazo a
Enriqueta, que se apoy en l trmula y silenciosa, dejndose llevar con
la paciente obediencia de un autmata.

Doblaron la esquina de la calle, y al entrar en otra, encontrronse
frente a un grupo de hombres, que marchaban apresuradamente. Iban
delante un teniente de la Guardia civil y un caballero con bastn de
autoridad, y tras ellos seguan algunos guardias civiles, con su capilla
azul y el fusil terciado, y un buen nmero de agentes de polica, unos
con uniforme y otros con descomunales garrotes y gorras de pelo, que an
hacan ms horrible su catadura de presidiarios.

Aquel encuentro pareci reanimar y volver en s a Enriqueta, cuyo brazo
tembl convulsivamente.

Pas la joven pareja junto al grupo, sufriendo las recelosas miradas del
oficial y el comisario, y cuando se hubo alejado un poco del armado
tropel, Enriqueta dijo con dbil voz a su acompaante:

--Son sos?

--S, sos son. Buscan a Alvarez; pero llegan ya tarde. A no ser por mi
aviso, lo pillan, y en tal caso, tal vez pasado maana lo hubieran
fusilado.

--Oh, Dios mo!--exclam la joven, llevndose una mano a los ojos,
aunque sin dejar de andar, como si deseara alejarse lo antes posible de
aquel horrible grupo.

--Vamos, Enriqueta; ahora no es momento de llorar. Hay que tener
serenidad, y, sobre todo, obedecerme en este trance supremo. Ha de
callar usted y aprobar cuanto hago, o, de lo contrario, su suerte y la
de Alvarez corren peligro.

--Qu, adonde vamos?--objet tmidamente la joven.

--Tenga usted en m confianza; recuerde lo que hace poco le dijo esa
vieja criada que tanto la quiere. Vamos a salvar el buen nombre de
usted, y a evitar que la situacin de Alvarez se empeore. Gurdese usted
de no aprobar cuanto yo diga, pues, de lo contrario, sera ya imposible
que yo pudiera seguir ejerciendo estas funciones de amigo desinteresado
y servicial.

Quirs comprendi que aquella desgraciada criatura estaba dispuesta a
obedecerle en todo, y que en su interior senta un tierno agradecimiento
por el inters que la manifestaba a ella y al fugitivo capitn.

Esta conviccin hizo asomar al rostro del elegante aventurero una
sonrisa de alegra diablica.

Atravesaron calles y plazas, sin que Enriqueta supiera darse cuenta de
dnde estaba. La infeliz pareca en aquellos momentos una idiota, y tal
era su decaimiento, no slo moral, sino fsico, que comenzaban ya a
flaquearle las piernas, y casi se arrastraba cogida de aquel brazo, que
tiraba de ella hacia adelante.

Ella recordaba al da siguiente que se detuvieron frente a una puerta
abierta, alumbrada por un farol rojo, y que entraron en un portal,
donde, sentados en bancos de madera, estaban soolientos y silenciosos
algunos hombres con uniforme.

Quirs pregunt por el inspector, y Enriqueta se vi sentada en una
vieja butaca en el interior de una sala pequea y fea, alumbrada por
amarillenta llama de gas.

Un caballero calvo, de ojazos claros y bigote gris, apareca sentado
tras una gran mesa, teniendo a su lado un joven barbudo, muy entretenido
en hacer pasar el contenido de una cafetera por el colador.

Eran el inspector de polica del distrito y un amigo trasnochador, que
iba a hacerle compaa.

Quirs estaba de pie junto a la mesa.

--Seor inspector--dijo--; antes de que maana se ordene a ustedes
nuestra captura, venimos a presentarnos espontneamente.

El funcionario hizo un gesto de extraeza, no pudiendo comprender por
qu clase de delitos seran perseguidos una joven tan hermosa y de porte
distinguido, y un muchacho tan elegante.

--Nos presentamos voluntariamente--continu Quirs--, arrepentidos de
una falta que no tiene remedio. Yo me llamo don Joaqun Quirs y
pertenezco al ministerio de Estado; mi nombre es bien conocido en la
alta sociedad de Madrid. Esta seorita es la hija del conde de Baselga,
que anoche huy conmigo de su casa, cediendo voluntariamente a mis
excitaciones.

El inspector mir a su amigo con malicioso guio, y despus pase su
mirada de Quirs a la joven, y viceversa.

Dbale ganas de reir aquella presentacin; pero logr conservar su
serenidad, y se limit a decir:

--Eran ustedes novios, eh?

--S, seor--contest Quirs con aplomo--, nos amamos hace ya mucho
tiempo.

Enriqueta dirigi su vaga mirada al amigo de su hermana; pero ste
permaneca impasible. La joven, aunque sumida en aquel anonadamiento
doloroso, que apenas si la dejaba discurrir, crey comprender el
significado de tan extraas afirmaciones. Aquello era para salvar a su
idolatrado Esteban. Ella no comprenda la razn de tales embustes; pero
recordaba el sacrificio de asentir a todo, que poco antes le haba
recomendado Quirs, y al mismo tiempo, senta profundo agradecimiento
por el inters que ste se haba tomado en salvar a su amante.

--Y usted, seorita--dijo el inspector--, qu dice a esto? Reconoce
como verdad cuanto declara este caballero?

Hizo Enriqueta una seal afirmativa con la cabeza, y contest con voz
casi imperceptible:

--S, seor.

El funcionario reflexion algunos instantes, y al fin dijo a los dos:

--Muy bien. Ahora mismo enviar a por un coche y los conducir a ustedes
al Gobierno civil.

Crey el inspector notar una expresin de terror en el rostro de
Enriqueta, y por esto aadi con benevolencia:

--No hay por qu asustarse. Usted, seorita, desde el Gobierno civil
ser conducida a su casa, y en cuanto a este caballero, quedar
arrestado, aunque creo no ser por muchas horas. Estas cosas se arreglan
siempre en familia. Un pequeo escndalo, y nada ms.

Y despus, volvindose a su barbudo amigo, y como si no estuvieran
presentes los dos jvenes, aadi en voz baja:

--Lo mismo que en las comedias, chico. Estos lances acaban siempre en
casamiento. Es el nico arreglo posible.




XXXI

Maestro y discpulo.


Cuando el criado del padre Claudio entr en el despacho de ste,
anuncindole la visita de don Joaqun Quirs, el poderoso jesuta, a
pesar del gran dominio que tena siempre sobre sus impresiones, no pudo
evitar un gesto de sorpresa e indignacin.

--Cmo!--exclam--. Ese canalla se atreve an a venir aqu? Es ms
cnico de lo que yo crea.

Y despus de reflexionar largo rato, di orden al criado para que dejase
pasar al visitante, y volvindose a su secretario, que segua
escribiendo como si no hubiese odo a su superior, djole as:

--Antonio, mrchate. Conviene que hable a solas con ese ingrato pillete.
Tal vez sin testigos se espontanee y sepamos nosotros cules son sus
verdaderas intenciones, que tanto nos preocupan.

El padre Antonio obedeci, como un autmata; dej de escribir, sin
terminar la palabra que estaba apuntando, hizo una reverencia, y grave,
estirado y con acompasado andar, sali por una puertecilla que estaba en
el fondo del despacho.

Entr Quirs, tranquilo, sonriente y con una expresin de alegra en el
rostro, como si fuera a comunicar a su poderoso amigo la ms grata de
las noticias.

Eran las cuatro de la tarde, y el joven, que haba estado detenido en el
Gobierno civil hasta bien entrada la maana, acababa de levantarse de la
cama, despus de resarcirse con algunas horas de sueo de aquella noche
de aventuras.

--Pase usted, granuja, pase usted--dijo el padre Claudio al verle,
aunque en su rostro no se not ninguna seal de ira--. Se necesita
desvergenza para venir aqu, despus de lo ocurrido.

Quirs aguardaba un recibimiento todava peor, y por esto no se inmut
gran cosa al or estas palabras.

Adopt una actitud encogida; la sonrisa de su rostro fu reemplazada por
una expresin de arrepentimiento, y con voz compungida dijo al jesuta:

--Padre Claudio, vengo arrepentido, a solicitar su perdn.

--Mi perdn! Buena es esa!... A un pillo como usted no se le perdona,
pues resulta indudable que, perdonado o no, volver a hacer otra mala
jugada as que se le presente ocasin. Nos conocemos, Quirs, nos
conocemos muy bien. Qu!... Y cmo fu el rapto?--continu, con
expresin sarcstica--. Desde cundo era usted novio de Enriqueta?
Cmo se las arregl usted para estar al mismo tiempo en casa de la
baronesa y en el sitio donde se hallaba Enriqueta? Ah, farsante
indigno! Canalla redomado!

Y el padre Claudio, sin cuidarse ya de disimular sus impresiones, miraba
al joven con la expresin de un canbal que siente deseos de devorar al
enemigo, y le lanzaba con voz entrecortada las mayores injurias.

Quirs sonrea cnicamente.

--Muy bien! As lo quiero ver a usted, reverendo padre. Tena deseos de
contemplarlo alguna vez enfadado y sin esa sonrisita que crispa los
nervios. Me recreo en mi obra de anoche, viendo la indignacin que ha
producido en usted. Qu tal ha sido el golpecito? Eh! Le parece a
usted bueno? Vuestra paternidad debe estar orgulloso de mi hazaa. Las
glorias del discpulo honran al maestro, y yo todo cuanto hago en estos
casos lo he aprendido de usted.

El padre Claudio se incorpor en su asiento, iracundo y amenazador al
or tales palabras; pero volvi a su primitiva posicin, murmurando:

--Miserable!

--Comprendo su enfado, reverendo padre--continu Quirs, siempre en el
mismo tono irnico--. Soy un pedante insufrible al querer compararme con
usted, que es mi maestro. Mis actos nada valen comparados con los de
vuestra reverencia. Querr creer vuestra paternidad que anoche me sent
posedo de santa admiracin cuando supe la muerte de Baselga? Vaya un
modo limpio de librarse de los enemigos! La mitad de esa sublime astucia
quisiera yo tener para apoderarme de los millones apetecidos. Mi negocio
de anoche nada vale comparado con ese trabajo lento, pero seguro, de
vuestra paternidad, para quitar de en medio al conde de Baselga.

El padre Claudio salt de su silln. Aquella hermosura serena y aliada
que ostentaba en todas partes, haba desaparecido; y estaba horrible
ahora, con sus ojos centelleantes, sus labios, que titilaban a impulsos
de la ira, y su palidez verdosa, que se transparentaba a travs del
colorete de las mejillas.

Con las manos crispadas, y rugiendo, fu a caer sobre Quirs; pero ste,
que estaba preparado para todo, haba retrocedido dos pasos,
introduciendo su diestra en el bolsillo del pantaln, con ademn poco
tranquilizador.

--Quieto ah, padre Claudio! Si avanza usted un paso, cae
inmediatamente.

Y la culata de un revlver asomaba al bolsillo del pantaln.

El jesuta se detuvo ante la actitud resuelta del joven, y despus
retrocedi lentamente, hasta volver a ocupar su silln.

Quirs, aunque muy complacido al ver la fiera domada, segua afectando
una humilde sencillez.

--Hace usted mal, reverendo padre, en irritarse de tal modo. Yo he
venido aqu a solicitar humildemente su perdn, y siento verme obligado
a adoptar cierta actitud violenta, por mi propia seguridad. Comprendo
que lo que hice anoche no puede ser del gusto de vuestra reverencia, y
que forzosamente me ha de odiar usted; pero, no habra algn medio de
que nos entendiramos? Yo deseo ver realizado el negocio que anoche
emprend; pero al mismo tiempo no quiero hacerme antiptico a vuestra
paternidad, ni atraerme su odio, siempre terrible.

El padre Claudio, comprendiendo la clase de enemigo que tena enfrente,
con el cual nada poda la violencia, habase serenado, recobrando su
calma al ver que el miserable aventurero, despus de serle infiel,
buscaba nuevamente su amistad.

Por esto, al escuchar aquellas proposiciones de transaccin, el padre
Claudio lanz a su antiguo discpulo una mirada de desprecio, y le
contest con insolente expresin:

--Mira, nio; eres demasiado atrevido, y la fortuna no siempre va con
los audaces. El negocio de anoche no te saldr bien. Le falta la
principal condicin: la sencillez.

Y el jesuta sonrea, con expresin de superioridad, como retando a su
insolente discpulo a que llevase a cabo su repugnante intriga sin
contar con su apoyo.

--Oh, reverendo padre! Est usted en un error, y no conoce a fondo mi
negocio si dice que no es sencillo. Yo ser de aqu a poco el marido de
Enriqueta. La baronesa, y hasta usted mismo, vendrn a pedrmelo.

--Est usted muy bien, Joaquinito! Despus de ingrato e insolente,
ahora chistoso. Es usted un hombre como hay pocos.

--Rase usted cuanto quiera; esto no evitar que yo salga con la ma. He
tomado bien mis precauciones; el escndalo no puede ser mayor, y
Enriqueta, o tendr que ser mi esposa, o sufrir el peso de una deshonra
por todos conocida. Juntos hemos estado en el Gobierno civil hasta esta
maana, como dos amantes fugados de la casa paterna; los peridicos
comentarn pronto el suceso, en la alta sociedad no se habla de otra
cosa que de tal rapto, y tan conocida es la noticia, que ha quitado ya
toda novedad e importancia al suicidio del conde de Baselga. La fuga de
Enriqueta Baselga con Joaquinito Quirs pasa hoy como artculo de fe
entre la gente del gran mundo, y todos hablan ya de la necesidad de una
boda, para poner a salvo el honor de una familia respetable. A ver,
padre Claudio, si usted con todo su inmenso podero, logra desvanecer
esta creencia, que hoy est arraigada en la opinin pblica. Supe bien
lo que me haca al presentarme a la autoridad, acompaado de la joven en
cuestin. O el matrimonio conmigo, o el deshonor. Me parece que el
asunto no puede ser ms sencillo.

El jesuta oy estas palabras con aparente impasibilidad, pero al
terminar Quirs, le dijo con desprecio:

--Joaquinito, es usted un canalla.

--Digno discpulo de mi querido maestro, reverendo padre.

--El negocio no es tan sencillo y de xito seguro como usted cree. La
baronesa dir que no era usted el novio de Enriqueta, sino el capitn
Alvarez.

--Nadie lo creer.

--Ella probar cmo usted, despus de la fuga de Enriqueta, estuvo en su
casa, sin saber nada de lo ocurrido.

--Y qu?... Yo dir que la tal visita fu una estratagema para saber lo
que la baronesa pensaba, despus de haber verificado yo el rapto.

--Haremos saber que el amante de Enriqueta era el capitn Alvarez.

--Y nadie lo creer, porque resulta inverosmil atribuir a Enriqueta
relaciones amorosas con un militar pobre y desconocido de la alta
sociedad, y que, adems, est fugitivo por revolucionario. Lo ms lgico
es creer que tales relaciones las sostena conmigo, que he bailado con
ella en los salones y soy asiduo visitante de su casa. Adems, no hay
que perder de vista que yo fu quien me present con ella en la oficina
de la polica, declarando ser su raptor.

--Todas esas suposiciones estn muy bien, pero falta lo principal, o sea
que Enriqueta afirme que era usted su novio. Tenga usted la seguridad
que ella, as que se reponga de sus emociones de anoche, dir la verdad.

--Me tiene sin cuidado, reverendo padre. Al presentarse a la autoridad,
lo mismo en la comisara de polica que en el Gobierno civil, ella
asinti a todas mis palabras, declarando que voluntariamente haba huido
de su casa conmigo. La primera declaracin es la que ms vale, por ser
espontnea y natural, y si despus Enriqueta dice eso que usted llama la
verdad, el mundo se encargar de no creerla y de decir que sus palabras
se las dictan usted o la baronesa. Qu ms obstculos puede usted
presentarme, padre Claudio?

Y el perilln sonrea irnicamente, complacindose en la confusin que
su triunfo causaba en el poderoso jesuta.

Este se convenca cada vez ms de la ventaja que le llevaba Quirs.
Buen discpulo haba sacado! Poda estar orgulloso de l!

--Oiga usted, Joaquinito, y no teme usted la venganza de ese militar a
quien ha robado la dama?

--Bah! A estas horas debe hallarse ya muy lejos de aqu, y no es fcil
que vuelva para darse el gusto de que la polica lo prenda y el Gobierno
lo fusile. Adems, si nuestro hombre tuviera algn da ocasin de
vengarse, no estara usted tampoco muy seguro, pues alguien se
encargara de decirle que quien le haba delatado al Gobierno, causando
su perdicin, era el reverendo padre Claudio, de la Compaa de Jess.

--Y no me teme usted a m?--dijo el jesuta sonriendo ferozmente.

--A usted le temo ms que al capitn, pero estoy a cubierto de todas sus
asechanzas. No conspiro, y, por tanto, no puede usted buscar otro
"perdis", como yo, para que me delate al ministro de la Gobernacin.

--Tengo otros procedimientos para vengarme--dijo el padre Claudio, con
expresin poco tranquilizadora.

--Los conozco; pero tambin estoy a cubierto de ellos. Llevo siempre un
revlver conmigo; en adelante ser ms astuto y prudente, pensando
siempre que al menor descuido puede alcanzarme el pual de algunos de
los muchos brazos que dirige el padre Claudio; y por si, a pesar de todo
esto, caigo vctima del furor de vuestra paternidad, he tenido la buena
idea, antes de venir aqu, de escribir un documento, que est ya en
lugar seguro, y que se publicara despus de mi muerte, en el cual
sealo a quin debe hacerse responsable de mi desgracia, y relato
ciertos secretillos en los que yo he mediado como simple instrumento, y
que ni a usted ni a la Orden convienen que se hagan pblicos.

Y Quirs mir con aire triunfante al jesuta, que murmuraba:

--Canalla! Canalla!

Quedaron silenciosos maestro y discpulo.

El padre Claudio deseaba variar el tema de la conversacin, y por esto
pregunt a Quirs, tras un largo silencio:

--Y quin avis al capitn Alvarez del peligro que le amenazaba?

--Fu yo.

--Y por qu? Cmo se atrevi usted a sacrificar la recompensa del
Gobierno, que tanto ambicionaba?

--Me interesaba espantar al milano para apoderarme de la paloma, y por
esto fu tan generoso con el capitn Alvarez.

--El registro que anoche efectu en aquella casa la autoridad, result
infructuoso. No se encontr nada comprometedor, y, por tanto, el
Gobierno slo puede agradecer a usted una falsa delacin.

--Nada me importa el premio que pudiera darme el Gobierno. Valiente
recompensa! Un ascenso en la carrera! Yo pico ms alto, reverendo
padre. Ahora aspiro a hacerme millonario por medio del matrimonio, y lo
lograr, aunque usted crea lo contrario. Adems, a la hora que quiera,
lograr que el Gobierno agradezca mis servicios. Tengo en mi poder los
papeles del capitn Alvarez, y cuando lo juzgue pertinente podr
entregarlos al Gobierno, exigiendo la consabida recompensa.

--Cuidado, Quirs. Juega usted con el fuego, y se expone a que el
Gobierno, conociendo esa conducta extraa, lo considere a usted como
complicado en la conspiracin.

--Bah! Aunque usted me niegue su proteccin, no por esto carezco de
buenos y poderosos amigos, que sabrn defenderme. Mire usted qu pronto
he encontrado esta maana un duque que saliera fiador por mi persona,
pidiendo al gobernador de Madrid que me dejara en libertad. Adems,
puedo acreditar mi adhesin inquebrantable a las instituciones.

--Todos sus hbiles preparativos no lograrn oscurecer la verdad y que
triunfe ese error, tan diablicamente combinado. Queda an otra persona,
que puede acreditar quin fu el verdadero raptor de Enriqueta, y es esa
testaruda aragonesa, antigua ama de llaves de casa de Baselga.

--Esa no hablar, reverendo padre. Si dijera la verdad, sera
indirectamente a usted y a la baronesa, y ella, con tal de no dar gusto
a ustedes, a quienes odia con toda su alma, es capaz de coserse la boca.
Piense usted, reverendo padre, que ella, segn yo creo, ha venido a
Madrid alarmada por lo ocurrido al conde de Baselga, y como de antiguo
le tiene cierta inquina a la Orden, nada tendra de extrao que, despus
de declarar ante los Tribunales en mi asunto, y puesta ya a hablar,
promoviera un escndalo, manifestando la mucha intervencin que la
Compaa, o ms bien dicho, usted, ha tenido en los asuntos de aquella
casa.

El padre Claudio perda terreno ante aquel discpulo rebelado, y vea
arrollados todos los obstculos con que procuraba atemorizarlo.
Reconoca en l facultades que hasta entonces no haba adivinado, y se
lamentaba de no haber sabido emplearlo en asuntos de gran importancia
para la Orden. Casi se reconoca vencido, pero su orgullo y la necesidad
de sostener sus planes que estaban prximos a zozobrar, por la audacia
de aquel aventurero, le obligaban a permanecer altivo, negndose a toda
transaccin.

No; l no concedera ninguna proteccin al que tan insolentemente se
rebelaba, antes al contrario, le hara una guerra ruda, en la cual no
tardara el desgraciado en pedir clemencia.

--Hace usted mal, reverendo padre--dijo Quirs--en ser tan inexorable
conmigo. Qu gran discpulo va usted a perder! Juntos podramos hacer
muy grandes cosas, y combatindonos resultar al fin que nos devoraremos
recprocamente, como el gato y el ratn de la fbula. Y a la verdad!,
no s por qu me ha de tratar usted con tanta rudeza. Reconozco que he
sido un mal discpulo, un miembro rebelde de la Compaa trabajando por
mi propia cuenta y sin la autorizacin de usted; pero... qu diablo!,
algn da haba yo de emanciparme de esa tutela en que usted me tena y
que resultaba odiosa. Hombres como yo, que se sienten con fuerzas para
llegar sin descanso a la cumbre, no pueden sufrir que un superior les
vaya marcando a palmos lo que deben avanzar. He visto una ocasin
propicia para coger de los pelos a la fortuna, y la he aprovechado. He
aqu mi crimen. Usted, en mi lugar, hubiese hecho lo mismo.

--Quirs, no se esfuerce usted. Es imposible que yo transija con esa
superchera inventada por usted.

--No transigir porque es contra sus negocios.

--Mi conciencia me impide aceptar como buena una falsedad tan
censurable.

--No es su conciencia, sino su deseo de coger los millones de Enriqueta,
esos millones que yo tambin busco.

--Joaquinito, es usted un insolente; pero, a pesar de todo su cinismo,
no saldr usted triunfante. Enriqueta se negar siempre a ser su esposa.

--Tal vez me pidan que lo sea la baronesa y usted dentro de poco tiempo;
y hasta, si usted mucho me apura, la misma Enriqueta.

--Cuenta usted con algn mgico talismn para operar tal prodigio?

--No se burle usted, padre Claudio. Cuento con un suceso que tal vez
ocurra dentro de pocos meses, y que har llegar el escndalo a su
perodo lgido.

El jesuta call, y por algunos momentos pareci entregado a la
reflexin. Quirs segua en pie, pues el jesuta no le haba invitado a
sentarse, y sonrea, mirando a su superior, como si gozara al verle tan
mortificado por sus palabras.

--Joaquinito--dijo el padre, saliendo de su meditacin--, usted ha dicho
que la antigua ama de llaves est indignada contra la baronesa y contra
m, y que se propone declarar cosas en perjuicio de nuestra Orden.

--As es, reverendo padre. Ella misma me lo ha dicho.

El joven menta, pues en la noche anterior slo haba cruzado breves
palabras con Tomasa; pero de algunas de stas haba sacado la
consecuencia de que la vieja vea en aquella continua serie de
desgracias la mano de los jesutas, y, adems, conoca l el odio que
profesaba a la baronesa.

--Usted, querido Quirs--continu el padre Claudio--, aunque en estos
momentos se halle frente a m, no por esto debe mirar con indiferencia
la honra y el prestigio de la Orden, que tanto le ha protegido, y de la
que es hermano laico hace mucho tiempo.

Quirs hizo una seal de asentimiento. Le agradaba el tono de dulzura
que tomaba la voz del padre Claudio, y, ms an, que le llamase
"querido". Aquello haca ya esperar una reconciliacin.

--Celebro mucho--continu el jesuta--que usted est dispuesto, como
siempre, a ayudar a la Orden. Esta necesita librarse cautelosamente de
esa vieja aragonesa, que puede comprometerla con sus declaraciones. Nada
puede probar contra nosotros, pero seguramente hablar de ciertas
indiscreciones que el ya difunto padre Renard cometi en cierto negocio
con los Avellanedas, o sea con el abuelo y la madre de Enriqueta, y
aunque sus palabras no produciran resultado, siempre conviene evitar el
escndalo. Esta maana, Tomasa, que no se separa de la cama de su
seorita desde que sta, enferma y avergonzada, lleg del Gobierno
civil, ha tenido una disputa con la baronesa, y a gritos nos ha
amenazado a ella y a m, diciendo que somos los asesinos del conde de
Baselga. Vea usted qu lenguas tan pecadoras hay en el mundo! Que Dios
perdone a la infeliz tan infernal pensamiento!

--As sea--contest Quirs, conteniendo a duras penas una sonrisa
sarcstica.

--La pobre Fernanda est indignada contra la insolente vieja, y me ha
llamado para rogarme que la libre de tal energmeno. A m me sobran
medios para alejarla y castigar su procacidad, pero no quiero valerme
para ello del poder de la Compaa, y deseo que sea otro, usted, por
ejemplo, el que se encargue de tal misin.

--Mndeme usted cuanto guste. Con tal de que vuestra paternidad me
devuelva su afecto, soy capaz de todo.

--Ya hablaremos de esto ltimo ms adelante. Por ahora, lo que importa
es librarse de esa vieja. Hace un rato, ha dicho usted que posea los
papeles de la conspiracin perseguida, y esto me ha sugerido una idea.
No podramos hacer que esos documentos los encontrase la Polica en
poder de Tomasa? Esto sera suficiente para que nos librramos de esa
importuna, que ira a dar con su cuerpo en la galera de Alcal.

Quirs qued sorprendido por esta idea... No habrsele ocurrido a l!
Rpidamente la apreci en todo su valor, y la tuvo por la ms favorable
a sus planes. Librndose de la pobre vieja por tan villano
procedimiento, suprima la nica persona que poda acreditar con datos
quin era el verdadero amante de Enriqueta, y que era capaz de
desbaratar su negocio. Esta consideracin, ms an que el deseo de
congraciarse con el padre Claudio, fu lo que decidi a Quirs a aceptar
la idea.

--Estoy conforme, padre Claudio; prestar ese servicio, y no es
necesario devanarse los sesos buscando el medio de que los papeles de
Alvarez aparezcan en poder de la vieja. La verdad es que ella los tiene
en su poder y que los oculta en el pecho.

--Oh, magnfico!--exclam el padre Claudio--. Entonces slo falta que
repita usted su delacin de ayer, sealando a Tomasa como un agente
secundario de la conspiracin, que se encargaba de llevar los documentos
y avisos de un revolucionario a otro. La Polica ir a prenderla a casa
de la baronesa, la registrarn, y despus ya me encargar yo de que la
castiguen con mano fuerte. No pierda usted tiempo; haga la delacin
inmediatamente, y evitemos que esa mujer siga por ms tiempo dando
escndalo e insultando a nuestra Orden.

--Obedezco inmediatamente a vuestra paternidad--dijo Quirs,
disponindose a salir--. Pero antes quisiera saber si quedamos amigos o
enemigos.

--Vaya usted; cumpla lo que le he dicho, y de su negocio ya hablaremos
ms adelante.

Quirs adopt una entonacin zalamera:

--Vamos, padrecito; una palabra nada ms, y me voy. Puedo contar con su
afecto y su proteccin?

--Veremos; ya se hablar de ello.

--Pero, qu inconveniente tiene usted en transigir? Es verdad que yo
puedo hacerme dueo de los millones de Enriqueta, pero siempre me tendr
a sus rdenes; y un agente rico y poderoso vale ms que un pelagatos
como hoy soy yo. Adems--aadi el joven guiando un ojo--, siempre le
quedan a usted los millones de Ricardito, mi futuro cuado, a quien
usted trabaja hbilmente para enfardarlo en la sotana de la Compaa.

El padre Claudio sonri forzadamente, murmurando:

--Pero qu gracioso es este canalla!

--Honro a mi maestro.

Y Quirs, despus de decir esto, haciendo una reverencia, sali del
despacho.

--Anda, pillete insolente!--murmur el padre Claudio, al quedarse
solo--. No tendrs t mala proteccin! Bien has urdido la trama, pero
yo buscar el medio de anularte.

Quirs tambin murmuraba al salir de aquella casa:

--Rabia, perro ladrn! Serpiente despellejada! Te sirvo porque me
conviene eso mismo que me encargas. Ests fresco si crees que me fo de
tus medias palabras... Veremos! Veremos!... Siempre veremos... Lo que
t vers es cmo yo me enriquezco, terminando mi negocio, a pesar de
cuanto contra mi hagas.




QUINTA PARTE

LA SEORA DE QUIRS




I

Propaganda jesutica


En marzo de 1866, una de las notabilidades ms de moda en Madrid, era un
reverendo padre jesuta, que en las principales iglesias predicaba
sermones conmovedores, tomando por tema la aflictiva situacin en que se
hallaba el Papa, y fustigando de paso con mano fuerte el espritu del
siglo, que se alejaba rpidamente de la benfica sombra de la Iglesia,
para arrojarse en el torrente de impiedad revolucionaria que inundaba al
mundo.

Sus sermones valan tanto como las peras del teatro Real, y si para la
alta sociedad era un sacrilegio no haber odo al tenor Tamberlick, no se
crea menos censurable ser mujer a la moda, buena cristiana y amiga de
las santas tradiciones, sin haber ido nunca a escuchar la ardiente
palabra de aquel buen padre jesuta, que saba ensartar los ms
manoseados lugares comunes, poniendo los ojos en blanco y empleando
todas las rebuscadas artes de un actor afeminado y dulzn.

La iglesia donde el jesuta dejaba oir su voz dos veces por semana,
vease completamente llena desde algunas horas antes de la anunciada
para las conferencias, que tal ttulo daba el buen jesuta a sus
sermones.

El elocuente padre Luis vi, desde su primer discurso, acrecentarse
rpidamente su fama oratoria, gracias al reclamo hbil que haca fijarse
en su persona la atencin pblica.

Era la mano del padre Claudio quien mova aquella mquina que haca caer
sobre la persona del orador de la Orden una lluvia de aplausos y gloria.
Haba que batir a la revolucin, que se mostraba ya prxima y
amenazante, y para ello convena excitar el fervor y la devocin en las
clases poderosas y conservadoras por medio de tales predicaciones.

El padre Claudio lograba los fines que se haba propuesto, pues los
sermones de su subordinado alcanzaban un xito colosal, y aquel pblico
elegante, perfumado y vestido de riguroso luto, para dar ms solemnidad
al acto, sala del templo ms dispuesto que nunca a resistir la
impiedad, defendiendo sus santos y tradicionales privilegios, y pidiendo
a los Poderes pblicos que no perdonaran ocasin alguna de zurrar al
populacho, revolucionario e irrespetuoso con los que gozaban de todas
las delicias del mundo sin deshonrarse con el trabajo.

La penltima conferencia del padre Luis vise an ms concurrida que
todas las anteriores, a pesar de que la tarde era muy lluviosa y
soplaba, un vientecillo helado que pona en dispersin a los
transentes.

A las tres el templo estaba lleno por completo. Desde el altar mayor al
centro de la gran nave, estaba ese "todo Madrid" que los revisteros de
salones consignan en sus artculos; conjunto de mujeres elegantes, con
ttulo nobiliario, o sin l, que antes de ir al templo del Seor
pasbanse media hora en su tocador pensando qu traje negro favorecera
mejor su hermosura y de qu modo sentara bien a su rostro la clsica
mantilla. El resto de la iglesia ocupbalo la beatera de baja estofa:
viejas rezadoras, ancianos con facha de cura, obreros de rostro obtuso,
infelices mujeres de aspecto resignado, toda esa demagogia fantica, mil
veces ms terrible que las turbas revolucionarias, y que vive a la
sombra del clero, en la mayor miseria, mirando sin odio el lujo y
despilfarro de las clases elevadas, convencida por sus protectores de
que hasta en el cielo hay jerarquas, y de que eternamente han de
existir en el mundo ahitos y hambrientos, seores y esclavos.

Haban ya comenzado los cnticos que precedan siempre a la conferencia,
cuando entr en el templo una joven seora vestida de negro y con
mantilla de blonda, llevando en sus manos devocionario y rosario de
ncar y oro.

Para que no existiera en el templo una lamentable confusin de clases y
evitar que el pueblo, con su rudeza maloliente, incomodara al pblico
privilegiado, los padres de la Compaa, organizadores de aquellas
fiestas, haban colocado en la puerta algunos devotos oficiosos, que,
con gran medalla sobre el pecho y una prtiga rematada en cruz, iban a
guisa de bastoneros de baile, de un extremo a otro de la iglesia,
alineando a la gente y procurando embutirla en aquel espacio, que,
aunque grande, resultaba mezquino para tal aglomeracin.

Uno de estos sacros celadores, vejete sonriente y de cabeza blanca y
sonrosada, sali al encuentro de la joven seora, justamente cuando
sta, despus de santiguarse junto a la pila del agua bendita,
permaneca indecisa ante un grupo de mujeres del pueblo, no sabiendo
cmo romper aquella apretada muralla de carne.

--Pase usted, seora--dijo el vejete--. Sgame, que yo la conducir al
lugar de costumbre. Hoy se ha retrasado usted.

--S, seor--contest la joven, con voz queda, no atrevindose a
producirse en el templo con la desenvoltura que al viejo devoto daba la
costumbre--. He tardado un poco. Ocupaciones.

--Y la seora baronesa? Cmo no ha venido?

--Est algo enferma. Por esto he tardado. Est muy disgustada por no
poder or esta vez al padre Luis.

--Lo comprendo. Es una seora modelo de cristianas. Yo me honro siendo
amigo de ella. Hemos trabajado juntos en varios asuntos de cofrada.

Y el devoto, que mientras deca esto iba haciendo sonar su prtiga
contra el suelo con aire de autoridad y repartiendo sendos empujones a
diestro y siniestro, consigui abrirse paso y conducir a la joven, a
quien trataba con gran consideracin, a un pequeo claro que exista
entre aquellos grupos de aristocrticas damas esparcidos al pie del
plpito.

La seora, despus de arrodillarse y rezar breve rato, sentse en una
silla que le busc el oficioso viejo, y una vez habituada a la difusa
claridad que exista en el interior de la iglesia pase su mirada por
las personas que la rodeaban, y contest con graciosa inclinacin de
cabeza al mudo y sonriente saludo de algunas caras conocidas.

Aquella aparicin de la recin llegada pareca, entretener e interesar
mucho a las aristocrticas damas, que slo en fiestas como aquella
conseguan ver a la joven seora de Quirs. Todas aquellas mujeres que,
mientras llegaba el instante de escuchar la palabra de Dios, se
entretenan en despellejarse unas a otras interiormente, examinando los
trajes de las dems y buscndoles los defectos, tenan idntico
pensamiento contemplando a hurtadillas a la recin llegada.

Pobrecilla! Cun cambiada estaba! Todava era hermosa; eso s; pero en
ella no quedaba nada de aquella frescura juvenil, de aquella vivacidad
graciosa, que tan atractiva la hacan tres aos antes.

Desde su casamienito, que tanto ruido produjo en la alta sociedad
madrilea, a causa de las circunstancias novelescas de que fu
precedido, la vida de la seora de Quirs se haba oscurecido,
encerrndose en lo ms sagrado del hogar. La hija del conde de Baselga
procuraba el menor contacto posible con la sociedad, como si se sintiera
avergonzada ante aquellas gentes que conocan el secreto de su vida.

Este mismo rubor envalentonaba a todas aquellas damas que tenan en su
vida faltas mayores que la cometida por Enriqueta, a pesar de lo cual
elogiaban con aire de compasin a aquella infeliz (as la llamaban), que
sufra el remordimiento producido por la ruidosa ligereza que la haba
conducido al matrimonio.

Para nadie era un secreto la existencia que haca la seora de Quirs.
Viva separada por completo de su marido, que ya no era el alegre y
servicial Joaquinito de otros tiempos, pues desde que tena millones las
echaba de personaje grave, haba fundado un peridico ultramontano y
figuraba en las Cortes entre la minora reaccionaria, con la que
transigan todos los Gobiernos, as los presidiera O'Donnell como
Narvez, por saber stos que el tan grupo poltico estaba protegido por
la gente del Palacio.

Enriqueta pasaba su existencia entregada al cuidado de su hija, la
pequea Mara, que ella criaba, a pesar de que su naturaleza se mostraba
rebelde a cumplir las funciones de la maternidad.

Su cario a aquella nia prueba palpable del escndalo deshonroso que la
haba obligado a casarse con Quirs rayaba en los lmites de lo absurdo,
y haca creer a muchos que los incidentes novelescos de su vida la
haban perturbado la razn. No se separaba un solo instante de su hija
sin tomar antes grandes precauciones, v rea muchas veces con su
hermana, la baronesa, cuando sta mostraba empeo en acariciar a la nia
o en conservarla en sus habitaciones.

Tena Enriqueta, en concepto de aquellas elegantes seoras, la mana de
las persecuciones, y por esto, sin duda, se mostraba tan recelosa al
tratarse de su hija, y profera ciertas palabras que hacan pensar que
la joven madre crea en alguna absurda conspiracin fraguada para
robarle aquel pedazo de sus entraas.

La historia de la joven, su novelesco casamiento, la vida retirada y
modesta que haca, a pesar de sus riquezas y sus continuas disensiones
con la baronesa, aunque eran cosas que slo incompletamente y
desfiguradas por la murmuracin, conocan las gentes elegantes, hacan
que Enriqueta fuera mirada con inters, o, ms bien, con curiosidad,
siempre que se presentaba en pblico entre las personas de su clase.

Aquella curiosidad resultaba justificada por la conducta que observaba
la joven. Si despus de su casamiento hubiese vuelto a los dorados
salones solicitando con una sonrisa alegre el olvido de todo lo
anterior, Enriqueta hubiese sido una de tantas, y el bullicio de la vida
elegante, como onda de agua lustral, hubiese pasado sobre su vida,
borrndolo todo: pero era altiva obstinbase en no pedir clemencia a
aquella sociedad hipcrita, deslumbrante por fuera y corrompida por
dentro, que tan mal haba hablado de ella, y esta soberbia era la
principal causa de la despreciativa y curiosa compasin que la rodeaba,
siempre que se confunda entre las gentes de su clase.

Aquellas mujeres, elegantes figuras de baile cuando solteras y ornato de
los salones y consuelo de clibes hermosos cuando casadas, no podan
comprender los sentimientos de una joven que, por cuidar una nia, fruto
de unos amores que tardaron en legalizarse ms de lo conveniente,
renunciaba a todos los placeres y atractivos de la vida elegante.

La curiosidad de aquellas damas, sus cuchicheos y miradas de
inteligencia, no tardaron en extinguirse.

Haban ya terminado los cnticos en el coro, y a los acordes misteriosos
de un armonium, que entonaba una dulce meloda, acababa de subir al
plpito el padre Luis, ni ms ni menos que en el pasaje culminante de
una pera aparece el tenor acompaado por vigoroso y fantstico trmolo
de violines.

Qu buena mano tenan los padres de la Compaa para revestir la
devocin de un aparato potico y teatral!

Las elegantes damas fijaron enternecidas sus ojos en aquella figura
cortesana, de rizado y alto sobrepelliz, que se ergua en el plpito,
mirando como un sublime inspirado el rayo de luz blanquecina y difusa
que, filtrndose por un ventanal, vena a caer sobre su cabeza,
rodendola de una aureola brillante.

Guapo mozo era el tal padre Luis, y razn tenan las aristocrticas
devotas para dividirse en bandos al tratar de sus prendas fsicas,
discutiendo en los salones con gran calor qu era en l ms notable: si
sus ojos grandes y ardientes, como los de un moro; su boca fresca y
entreabierta, como una rosa, que, en vez de perfumes, exhalaba torrentes
inagotables de mstica elocuencia, o aquella postura majestuosa, que le
haca lucir la sotana con la misma majestad que un patricio romano
ostentara su toga viril.

El padre Claudio haba sabido escoger bien el hombre encargado de
conducir al cielo a aquellas buenas y delicadas catlicas, que no
reconocan a Dios ms que sentadas cmodamente en un templo bien
iluminado, que permitiera ver los trajes de las compaeras y al arrullo
de una msica de opereta.

La voz meliflua del padre Luis, que modulaba todos los sonidos de una de
aquellas flautas pastorees de los melosos idilios sumi de pronto al
ilustrado concurso en un dulce estado de somnolencia, a travs del cual
llegaban las palabras del orador vagas y halagadoras, como las notas
sueltas de una sinfona fantstica.

Qu elocuencia tan dulce! Qu facilidad para convencer los nimos ms
obstinados, hacindoles comprender las ventajas de ser fieles a Dios y
lo poco que cuesta estar en gracia! Se necesitaba tener el corazn muy
duro y estar posedo del demonio, para no cumplir lo mandado por el
Seor y ganarse un puesto en el cielo.

El autor de todo lo creado, del que era en aquellos momentos fiel
representante el padre Luis, no quera el castigo del pecador, sino su
arrepentimiento; no era tan inexorable que por un crimen ms o menos
cerrara para siempre a una criatura la puerta de la misericordia; el
Seor era iracundo, inflexible y justiciero algunas veces; pero sus
cleras slo las guardaba para los impos que le desconocan, yendo
contra la Iglesia v contra sus ministros, que eran sus sacerdotes. Poco
importaba ser bueno, si a esta condicin no iba unida la de hijo fiel y
sumiso de la Iglesia. Se poda ser un honrado padre de familia, un buen
ciudadano, un hombre respetuoso con sus semejantes e incapaz de cometer
contra stos el menor atentado, y, sin embargo, caer de cabeza, en el
infierno por el horripilante delito de no creer en el dogma que ensea
la Santa Madre Iglesia, y mirar con la mayor indiferencia la triste
suerte del Papa y denigrar a los sacerdotes representantes del Altsimo;
en cambio, se poda arrastrar una vida indigna, de maldicin, atentar
contra todo lo humano, ser un peligro para la sociedad, y, a pesar de
esto, no desconfiar de la eterna salvacin. Al ms criminal le bastaba
para entrar en el cielo un acto de verdadera contricin, un
arrepentimiento de ltima hora, y, sobre todo, no haber atacado nunca la
legitimidad de la Iglesia y sus sacrosantos derechos; con esto, la
salvacin era segura, pues Dios es tan infinitamente misericordioso con
el pecador que nunca duda de las buenas ideas que le inculcaron en su
niez, como inexorable con el impo, aunque ste no cometa en su vida
ningn acto reprobable. Con el escndalo basta para que arda eternamente
en las llamas del infierno.

Pero qu bien hablaba, el padre Luis! No haba que dudar que en la
Compaa de Jess estaban los sacerdotes de mayor talento, santos
varones, que no contentos con salvar las almas, cubran de blandas
alfombras y de olorosas flores el camino del cielo, para que las gentes
distinguidas pudieran hacer con ms comodidad el viaje.

Una emocin enternecedora se difunda por todos aquellos aristocrticos
pechos, cubiertos de raso y terciopelo, y las lgrimas velaban las
dulces miradas, que algunos cientos de ojos femeniles lanzaban al
elocuente orador.

Oh, qu delicia! Si Arturo, Pepito o algn otro pollo de sangre azul,
en vez de hablar en el fondo de la alcoba, entre beso y beso, de la
yegua recin comprada, o del traje que fulanita iba a estrenar en el
prximo baile de la embajada, supiera expresarse con aquella dulce
elocuencia, que haca amar ms an las cosas mundanas y reconciliaba con
las divinas!

En cuanto a los hombres, no se enternecan menos. Aquellos condes y
marqueses que, confundidos con banqueros y polticos de oficio y
formando grupos en torno de las columnas, o en el fondo de las capillas,
escuchaban el sermn, mirando a las mujeres, entre las que estaban sus
esposas e hijas, sentanse invadidos por una serfica tranquilidad
oyendo las palabras del padre Luis. Oh, no deban ya tener miedo! Para
ellos no estaban cerradas las puertas del cielo. Nunca se les haba
ocurrido dudar de lo que la Iglesia predica, ni atacar a sus sacerdotes;
les bastaba, pues, con arrepentirse a ltima hora, y entretanto podan,
con toda tranquilidad, escarbar por hbiles medios la bolsa del
prjimo, jurar en falso, mentir a todas horas y mirar sin clera su
casa convertida en un burdel, mientras ellos iban en busca de la msera
obrera, para seducirla, o robaban el pan a sus hijos para satisfacer los
caprichos de una mundana. Oh cun bueno era aquel Dios, bonachn y
sencillo, que cerraba sus ojos a todos los crmenes de sus criaturas,
esperando pacientemente la hora de su arrepentimiento! Qu divino
consuelo proporcionaba al alma aquella santa doctrina! Que se
presentaran all esos impos revolucionarios, que en su afn demoledor
quieren privar a las almas catlicas de los consuelos que proporciona la
religin.

Ni con los muchos millones que representaban unidas las fortunas de
todos aquellos aristocrticos seres, poda pagarse la dulce emocin, el
anglico placer, producido por las palabras del orador de la Compaa.

Y qu sencillez la suya al sealar los vicios de la poca, los escollos
que levantaba el pecado para que naufragase toda virtud, y de los cuales
l rogaba a sus oyentes que se alejasen!

Huid, oh, cristianos!, del teatro, de ese centro de perversin y malas
costumbres, donde se excitan las pasiones y se tienta de mil modos la
carne, siempre flaca; no presenciis las representaciones de esas
operetas francesas, obras inmorales y corruptoras que bailando conducen
a un hombre al infierno; no repitis esas canciones infames, que hacen
asomar el rubor a las mejillas: ese "ay, mam, qu noche aquella!...",
y otras que hacen pensar en cosas sucias y pecaminosas.

Y el elocuente jesuta, deseoso de dar color a su peroracin, repeta
las mismas canciones que anatematizaba, produciendo gran contento en sus
oyentes.

Francia, la impa Francia, la nacin que produjo al infernal Voltaire y
a la horripilante Revolucin del pasado siglo, era culpable de aquella
corrupcin universal llevada a cabo por medio del "can-can" y de las
inmorales canciones, y el predicador se deshaca en denuestos contra el
pueblo galo, como si en l hubiese surgido espontneamente tal
podredumbre, guardndose de hacer caer la responsabilidad sobre el
segundo Imperio, que era su verdadero autor, y sobre todo, aquel
Napolen III, al que respetaba la Iglesia a pesar de todos sus crmenes,
por ser el asesino de la segunda Repblica francesa y el protector
interesado de Po IX.

Pero cuando el padre Luis se remontaba a las alturas de la sabidura y
haca la crtica histrica de las naciones impas y de todas las
religiones falsas, el auditorio sentase conmovido y apreciaba una vez
ms la ciencia sublime de los padres de la Compaa.

Con qu sencillez y rpidos rasgos saba retratar el elocuente jesuta
todas las creencias que hacan la guerra al catolicismo! Con qu stira
tan fina las ridiculizaba, desentraando su verdadero significado! Para
el padre Luis no existan problemas histricos, y todas las creencias, a
excepcin de la suya, eran producto del egosmo o de las ms bajas
pasiones.

La revolucin religiosa del siglo XVI era para l la obra de un
frailecillo ignorante, llamado Lutero, gran aficionado al escndalo que
revolvi el mundo porque el Papa le haba negado el monopolio de las
indulgencias, que produca muy buenos cuartos, y porque estaba harto de
ser clibe y buscaba casarse con una monja; el islamismo era una
doctrina fantstica inventada por un hombre sensual y lujurioso como un
mico, que soaba en hures de eterna virginidad, y quiso consagrar su
insaciable apetito, dndole un carcter religioso; los adoradores de
Brahma eran unos indios imbciles, que se sentan posedos de santo
respeto en presencia de una vaca; y todos los sectarios, en fin, de
todas las religiones conocidas, eran una turba de malvados o estpidos,
a juzgar por las palabras del padre Luis, quien punzaba todos los dogmas
con el fin de librarlos de la hinchazn del error y hacer que el
catolicismo surgiera victorioso por encima de ellos.

Su crtica de las creencias impas, que germinaban dentro de las
naciones cristianas, no era acogida por aquel auditorio con menos
entusiasmo y respeto. Qu inspirados acentos de indignacin le
arrancaba la Revolucin francesa, aquel nido de horribles ideas que como
voraces serpientes, se enroscaban a las ms santas y tradicionales
doctrinas, intentando exterminarlas con el veneno de la impiedad! El
republicanismo combatalo con una fiereza sin lmites, demostrando hasta
la saciedad al honorable concurso que le escuchaba, cmo era imposible
que las naciones subsistieran sin reyes que se encargaran de guiarlas
como el pastor a sus rebaos.

La Repblica! Horror! Haba que estremecerse ante tal nombre, pues
recordaba el ao 93 con todos sus crmenes.

La ms cruel inflexibilidad no era an suficiente para los que
defendan tan absurda forma de gobierno; haba que sellar para siempre
sus bocas; haba que exterminar a sus audaces propagandistas, que, no
contentos con despreciar a los reyes, atacaban a los sacerdotes de
Cristo, o, de lo contrario, se corra el peligro de que, por arte del
demonio, triunfase tan horripilante doctrina algn da, vindose
obligadas a emigrar a Marruecos todas las personas decentes.

Y dnde estaba la causa infernal de aquella propaganda revolucionaria e
impa, que tanto agitaba a Espaa?... Dnde estaba?

Y el padre Luis, despus de hacer estas preguntas con voz atronadora a
su silencioso auditorio, que le escuchaba cada vez ms fervoroso y
convencido, miraba a la bveda del templo, paseaba sus ojos de guila
por aquel mar de cabezas, que, a impulsos de la emocin, se agitaba bajo
el plpito, y, por fin, con la misma expresin de Arqumedes al hacer su
inmortal descubrimiento, manifestaba que el motivo de todos los males de
la Patria resida en la masonera, institucin infernal que viva en la
sombra, congregndose en lbregos subterrneos, y all, con el mismo
aparato que las antiguas brujas en los aquelarres, en torno de una
peluda efigie de Satans, juraban, pual en mano, todos los iniciados,
el exterminio de los buenos, la destruccin de la religin y hacer una
guerra a muerte a Dios y a la virtud.

Qu imaginacin la del padre Luis! Con qu colores tan vivos saba
pintar todos los crmenes y desafueros de los masones! Cun listamente
haba procedido para enterarse de todos los misterios de la horrible
sociedad secreta!

Lgrimas de triste emocin y suspiros angustiosos escapbanse a todas
aquellas seoras oyendo al predicador, y ms de una condesa delicada
hubiera dado algo por tener al alcance de sus uas a uno de aquellos
masones que se imponan la obligacin de cometer un crimen todos los
das; que deseaban triunfasen sus ideas para comerse a los curas, y que
en sus infernales francachelas aullaban de placer cuando, en vez de
vino, beban la sangre de algn aclito recin degollado o de un nio
cristiano inmolado por saber al dedillo el catecismo.

Oh! Aqullo era abominable y produca escalofros de terror. Bien haca
el padre Luis en dolerse de que la impiedad del siglo hubiese suprimido
la Inquisicin y en pedir a Dios que iluminase a los monarcas
cristianos, impulsndolos a exterminar a tales monstruos.

La muchedumbre que llenaba el templo estaba agitada por la ebullicin
del entusiasmo. Nunca el sacro orador se haba mostrado tan elocuente, y
entre l y los oyentes exista esa corriente simptica que hace que con
la menor palabra se inflame al auditorio.

Poda ser momentneo aquel entusiasmo, pero resultaba altamente
consolador para todo buen catlico. Aquellos ojos brillantes, aquel
sordo rugido de indignacin que se elevaba sobre la confusa masa y
aquella voz meliflua en unos pasajes y en otros tonante, como la
trompeta del Juicio, recordaban a Pedro el Ermitao, predicando la
primera Cruzada.

Eran aquel tropel de hombres y mujeres los cruzados de las santas ideas,
prontos a caer sobre la impiedad, para exterminarla a la voz de su
tribuno; pero..., ay!, haba algo en aquella muchedumbre que ola a
muerto.

La fe se mova, se agitaba; pero con los inconscientes y rgidos
movimientos de un cadver galvanizado.

Tal vez entre aquella demagogia negra, que estaba en ltimo trmino,
surgieran hombres ignorantes y rudos, capaces de obedecer
automticamente a la Iglesia y de defender su religin con todas las
intransigencias del fanatismo; pero bajo aquellas blondas que se movan
a impulsos de agitados pechos, no haba un solo corazn que pudiera
conservar mucho tiempo el entusiasmo que all senta.

Cuando aquel pblico elegante y sensible se viera en la calle, la
insustancialidad de su existencia se encargara de borrar las
impresiones recibidas en el templo, y, como nico comentario, recordara
a la noche en los aristocrticos salones el sermn del padre Luis junto
con el "do de pecho" de Tamberlick o la ltima estocada del Tato.

Sobre flojos cimientos elevaba la Compaa el edificio de la nueva fe.

En medio de aquel entusiasmo, de aquella santa agitacin que predominaba
en el templo, slo una persona permaneca indiferente.

Era la seora de Quirs.

Gustbale a Enriqueta la oratoria del padre Luis; acuda a todas sus
conferencias, ansiosa de gozar de cierta emocin artstica y de ser
acariciada por aquella elocuencia dulzona y pegajosa, que le produca el
efecto de una embriaguez de jarabe; pero, en aquella tarde, se senta
tan obsesionada por una idea, que apenas si atenda ni se daba cuenta
del lugar donde estaba.

Las palabras del jesuta se estrellaban en sus odos, pues el
pensamiento se negaba a admitirlas, ocupado, como estaba, en ciertas
reflexiones.

Al salir Enriqueta de su casa, y al ir a subir en su elegante berlina,
haba visto parado en la acera de enfrente un hombre que,
inmediatamente, llam su atencin, sin que ella pudiera explicarse la
causa.

Nada tena aquel hombre que excitase la curiosidad. Iba embozado en una
capa, con vueltas de grana y llevaba el sombrero hongo tan encasquetado,
que apenas si se le vean los ojos.

En una tarde tan fra, no era extrao ver a un hombre cubrindose el
rostro con tanto cuidado; pero, a pesar de esto, Enriqueta le mir
varias veces antes de entrar en su carruaje.

Parecale adivinar en aquella figura que se ocultaba bajo la nube de
pao, algo que despertaba en ella antiguos y adormecidos pensamientos.
Pero apenas estuvo algunos minutos en el interior abrigado de su
berlina, que corra veloz por las calles de Madrid, se fu borrando
aquella impresin.

Cun loca estaba! Pensar que aquel hombre pudiera ser...! Bah!
Aquello haba sido un hermoso sueo de la juventud que se desvaneci
para no reproducirse jams.

Qu ideas tan extraas la acometan en aquella tarde! Ya adivinaba lo
que ocurra. Eran los nervios excitados por la temperatura. Aquella
lluvia incesante y el cielo oscuro y montono la excitaban de un modo
horrible. Pronto pasara aquello; necesitaba distraerse, y en la iglesia
lograra calmarse.

Cuando ya estaba prxima a la iglesia, pas rozando su berlina un veloz
coche de alquiler, a travs de cuyos cristales, empaados por el fro y
la lluvia, crey distinguir la misma capa de embozos grana y algo ms,
que le produjo un repentino estremecimiento.

Todava aquella absurda ilusin?

Pas el carruaje como visin fantstica, arrastrando lejos, muy lejos,
los retazos de grana y aquellos ojos que ella haba visto brillar por un
instante, y cuando la joven seora, transcurridos algunos minutos, se
ape a la puerta de la iglesia, vi, prximo a sta, al mismo hombre de
la capa, en igual posicin que lo haba mirado por primera vez en la
calle de Atocha.

Enriqueta tuvo miedo al desconocido, y apresuradamente entr en el
templo, temorosa de que aqul fuese tras sus pasos.

Crea ella que la fiesta religiosa y aquella oratoria, que otras veces
tanto la deleitaba, borraran de su nimo la extraa preocupacin
causada por tal encuentro; pero no pudo ni por un solo momento
despojarse del recuerdo de aquel embozado, que crea conocer.

Si fuera el!... Y Enriqueta, al formular tal pensamiento, estremecase,
unas veces de alegra y otras de terror.

Parecale grato el recordar aquella poca pasada, que haba sido la mas
feliz de su vida; pero, al mismo tiempo, experimentaba un interno terror
al imaginarse que se poda encontrar frente al hombre que tanto haba
amado.

Reconocase dbil para resistir la impresin que el antiguo amante
causara en ella, y su pudor sublevbase anticipadamente ante el peligro
que pudiera correr su virtud.

--Por fortuna--decase Enriqueta, deseosa de aplacar aquella indignacin
de mujer honrada que se apoderaba de ella al pensar en la posibilidad de
ser dbil ante el amor--, por fortuna, todas estas ideas no son ms que
ilusiones absurdas. Cun loca estoy! Por qu ha de ser l ese embozado
desconocido que he visto? Algo hay en ese hombre que interesa a mi
corazn y le hace latir como en presencia de un ser conocido. Pero
no...; esto son locuras, cosas de mis nervios, que estn hoy ms
excitados que de costumbre. Aqul se halla muy lejos; nunca volver, y
tal vez a estas horas no se acuerde de que yo existo en el mundo...

Y Enriqueta se esforzaba en tranquilizarse, demostrando con valiosas
razones a su exaltada imaginacin, lo infundadas que eran sus sospechas.

Preocupada con tales pensamientos, transcurri para Enriqueta ms de
hora y media, que fu el tiempo que el padre Luis invirti en su
conferencia.

Por fin, el orador lanz su prrafo final con los brazos extendidos y
los ojos fijos en la bveda, pidiendo a Dios el exterminio de la
impiedad y que derramase su santa gracia sobre aquel cristiano
auditorio, y sus ltimas palabras fueron acogidas con un gigantesco
murmullo de satisfaccin, que exhal aquella multitud, libre ya del
encanto que obraba sobre ella la elocuencia del jesuta.

El pblico comenz a desfilar, encaminndose a las puertas del templo,
en las cuales se estrujaba la muchedumbre, ansiosa de salir. Tras la
gente menuda, que ocupaba el fondo de la iglesia, sali el pblico
elegante, no sin antes formar corrillos en la nave central, en los que
se cambiaban saludos y se daban citas para las diversiones de la noche.

Enriqueta segua inmvil y cabizbaja en su asiento, no habindose an
dado cuenta exacta del final del discurso.

El vaco que se fu extendiendo en torno de ella hzole salir de su
abstraccin, y al ver la iglesia desocupada y casi desierta, levantse
de su asiento, disponindose a salir.

Slo quedaban algunos grupos de beatas, que, arrodilladas cerca del
altar mayor, rezaban las oraciones, y el sacristn, que, seguido de sus
aclitos, iba de una capilla a otra, apagando las luces de las lmparas
de cristal.

Enriqueta se arrodill, para rezar una corta oracin, y un vez terminada
sta, dirigise a la puerta del templo.

--Es tarde--iba pensando--; Fernanda me esperar, y, adems, sabe Dios
cmo habrn cuidado a la nia!

El temor que la inspiraba su hermana, la baronesa, y sus alarmas
maternales, la hicieron olvidar la impresin producida por la presencia
del desconocido.

Avanz rpidamente, y en la obscuridad proyectada por las dos columnas
que orlaban la puerta interior, y al lado de la pila de agua bendita,
vi marcarse la silueta confusa de un hombre.

Enriqueta se estremeci, sintiendo que los anteriores terrores volvan a
reaparecer; pero sigui adelante, dirigindose a la pila bendita y
procurando aparentar indiferencia.

Conforme se acercaba iba aumentando su alarma.

No haba duda. Era l: el hombre cuya misteriosa presencia tanto la
preocupaba aquella tarde, y que, aunque ahora, por hallarse dentro del
templo, tena la cabeza descubierta, ocultaba su rostro inclinado, entre
los embozos de su capa, que sostena con una mano.

La agitacin de Enriqueta iba en aumento.




II

A la puerta de la iglesia


Fingiendo la joven seora de Quirs una serenidad que no tena, y con la
vista fija en el suelo, para no ver a aquel hombre, lleg a la pila, y
al avanzar su mano para tomar agua, sinti en sus dedos el contacto de
una mano ardiente.

Levant la cabeza, y a pesar de que despus de las anteriores
reflexiones se encontraba preparada para recibir la ms inesperada
emocin, no pudo contener un ligero grito de sorpresa, ni evitar el
retroceder algunos pasos.

Pareca fascinada por aquel hombre, que haba dejado caer el rojo
embozo, mostrando su rostro y figura.

Era l; era Esteban Alvarez, que an conservaba en su rostro aquella
belleza varonil, que ahora pareca realzada por las huellas dolorosas
que tremendas aventuras y luchas gigantescas haban impreso en su
rostro.

Silencioso, inmvil y erguido, miraba a Enriqueta fijamente, sin que en
sus ojos se notara el menor signo de reproche, y la joven, por su parte,
no se atreva a moverse, como si estuviera sugestionada por la
inesperada aparicin de aquel hombre.

Transcurrieron algunos momentos, que parecieron interminables a
Enriqueta, y slo recobr algo de su serenidad cuando Esteban le dirigi
la palabra.

--Soy yo, Enriqueta. Comprendo tu sorpresa; no es fcil encontrar en una
iglesia a un revolucionario emigrado, sobre el que pesa una sentencia de
muerte. Tranquilzate, Enriqueta. No vengo aqu a dar una escena. Quera
verte..., hablarte: nada ms. Ahora mismo me ir.

La joven seora, aunque intranquila y temblorosa, haba ido acercndose
a su antiguo amante, como cediendo a un poder irresistible que la
empujaba.

A pesar de esto, permaneca muda.

--Nada temas, Enriqueta, tranquilzate--continu el conspirador--.
Crees acaso que voy ahora a recordarte tiempos pasados, que son ya para
nosotros como bellos sueos, que se desvanecieron para no volver? No;
demasiado comprendo nuestra respectiva situacin. T eres la seora de
Quirs, de un hombre respetable y digno, y no puedes permitirte volver
la vista atrs, para contemplar, aunque slo sea por una vez, el corazn
que pisoteaste, y yo soy un desgraciado, un criminal fugitivo, que se
oculta al ir por las calles, con el que no se puede hablar, so pena de
comprometerse, y que no puede pedir cuentas a nadie de su conducta, pues
se expone a ser conocido y a morir inmediatamente. Hoy ni t ni yo somos
ya lo mismo. T eres un sol esplendoroso y yo un astro errante y muerto;
nos hemos encontrado en nuestro camino, nos vemos, cruzamos un saludo, y
a seguir cada uno su ruta para no volver a tropezamos en toda una
eternidad. Qu importa lo que entre nosotros pueda haber existido?
Qu importa que nos hayamos amado? Ya te he visto, ya he podido
recordarte que existo an... Era mi nico deseo. Ahora... adis!

Y el desgraciado Alvarez no poda contener en su pecho la amargura que
rebosaban sus palabras, y sus ojos comenzaron a empaarse de lgrimas.

Iba ya a alejarse con paso lento, pero la miraba con indecisin, como
esperando una palabra, un suspiro, algo que le demostrase que su
recuerdo no haba muerto en la memoria de Enriqueta.

Esta se sinti ms conmovida por el desaliento de su amante que por la
alarma que antes haba experimentado.

Le pareci que en su interior se rompa algo, inundando su pecho de
sbita ternura; el pasado surgi con fuerza en su imaginacin, borrando
el presente; se olvid de su esposo y de la familia, pensando nicamente
en el desgraciado conspirador, y avanzando ms, cogi sus manos,
diciendo con acento de ruego:

--No huya usted: antes tenemos que hablar.

Enriqueta not el gesto de extraeza que hizo su antiguo amante al oir
un tratamiento tan ceremonioso, y como si temiera que se escapara, dijo,
instintivamente, y sin comprender a lo mucho que se comprometa con
tales palabras:

--Esteban!... Esteban mo! Qudate, te lo ruego. No huyas de m sin
oirme antes.

El rostro de Alvarez se ilumin con una sonrisa de alegra.

Tambin para l pareca haberse desvanecido el pasado, y oprimiendo las
manos de Enriqueta, se crea an en aquella feliz poca en que ambos se
sentan acariciados por las ms risueas ilusiones.

Transcurrieron algunos minutos, sin que los dos se atrevieran a hablar.
Despus de su separacin haban ocurrido sucesos que ambos teman
abordar, aunque no por esto estaban menos deseosos de hablar de ellos.

La importuna presencia de dos beatas que, cuchicheando y mirndolos
maliciosamente, se dirigan hacia la puerta, los oblig a retirarse al
fondo de una capilla lateral, cuya oscuridad apenas si disipaba el rojo
chisporroteo de una lmpara de aceite.

Alvarez fu el primero en romper aquel silencio, que se haca
embarazoso.

--Somos unos nios al permanecer de este modo, mudos y temerosos, sin
atrevernos a hablar de lo que deseamos. Cunto tiempo sin vernos! Es
posible que t creyeses que ya jams volveramos a encontrarnos en este
mundo; pero la vida tiene sorpresas inesperadas, y a lo mejor surge a
nuestro paso la persona, a quien creamos haber perdido para siempre.
Hace una semana estaba yo muy lejos de imaginarme que podra volver a
verte como ahora te veo. Si supieras cunto he sufrido desde que nos
separamos de un modo tan extrao en aquella aciaga noche!

Y el acento con que Alvarez deca estas palabras, era todo un poema de
tristeza. Quin sabe las aventuras, las empresas abortadas con riesgo
de la vida y las audaces comisiones que habran constitudo la
existencia azarosa y novelesca de Esteban Alvarez en aquellos aos de
ausencia!

--T, en cambio--continu--, no debes haber sufrido. Te casaste y eres
feliz, porque de otro modo, no comprendo cmo te decidiste a unirte con
un hombre que no amabas. Oh! No te alteres por esto que te digo; no
vayas a llorar. Te engaas si crees que abrigo algn resentimiento
contra ti. Todo pas ya, y en las cosas que no tienen remedio, lo mejor
es no hablar de ellas.

Enriqueta lloraba al oir expresarse de tal modo a su antiguo amante.

--Oh! Si supieras!...--murmur--. Si supieras todo lo sucedido desde
aquella noche en que me abandonaste para ponerte en salvo! Si
conocieras todos mis sufrimientos desde entonces!

--Enriqueta, yo lo s todo.

--T?--pregunt con extraeza la joven.

--S, yo; all en la triste emigracin procur enterarme de tu suerte, y
supe que ese... seor Quirs haba fingido ser tu raptor, logrando
casarse mediante tan villana estratagema. Esto me hizo comprender tu
conducta, que no quiero calificar. Para que l apareciera como tu raptor
en aquella terrible noche, preciso es que t accedieras a todo; que
afirmaras cuanto l dijera, y esto, Enriqueta, me ha producido an mayor
dolor que la consideracin de que ahora eres de otro. Esto me ha
enseado, para siempre, la fuerza que el juramento tiene en los labios
de mujeres.

La joven, que de vez en cuando se llevaba su pauelo a los ojos para
secar las lgrimas, no protest al escuchar las ltimas palabras, y
nicamente dijo con ansiedad:

--Y no sabes ms?

--Nada ms. Slo de tarde en tarde han llegado hasta m noticias de tu
vida, y stas siempre confusas. Estando en Pars, supe tu casamiento;
que habas tenido una nia y que tu marido iba en camino de ser un
personaje de estos que ahora se usan; pero estas fueron las nicas
noticias. Te escrib varias veces, y en vista de tu silencio, decidme a
hacer lo mismo. Aunque entonces todava eras soltera, comprenda que, o
interceptaban las cartas, o t no queras saber ms de m. Esto ltimo
era lo ms probable. Es poco grato amar a un hombre perseguido por el
Gobierno, sentenciado a muerte y que se halla en extranjero suelo.

Enriqueta lloraba ms an al escuchar estas palabras.

--Oh! Si yo hubiese recibido esas cartas! Tal vez hubiese repetido el
sobrehumano esfuerzo que me condujo hasta tu casa en aquella noche
fatal. Yo no saba nada de ti, Esteban. Puedes creerme. Ignoraba cul
era tu suerte, y hasta muchas veces llegaba a dudar si existas. Desde
el instante en que me abandonaste, he ignorado tu paradero, sin duda
porque en torno de mi persona existan seres muy interesados en
conservarme en tal ignorancia. Ah! Si conocieses mi historia!... De
qu distinto modo me juzgaras!...

Y Enriqueta, deseosa de justificarse ante aquel hombre del que le
separaba su presente estado, pero al cual todava amaba, psose a
relatar su vida desde el instante en que Alvarez la abandon en la casa
de huspedes.

Ella se haba confiado por completo a la caballerosidad de Quirs, haba
obedecido todas sus rdenes, creyendo que as salvaba a su novio, como
su acompaante le aseguraba, y nicamente cuando en la maana siguiente,
en el despacho del gobernador de Madrid, este funcionario la dirigi un
largo sermn de moral, reprochando la conducta que haba observado
huyendo de su casa con Quirs, y explicndola las consecuencias que
forzosamente haba de tener la fuga, fu cuando comenz a comprender
algo de aquella horrible trama de la que era vctima.

Las emociones sufridas en la noche anterior y el abatimiento moral que
la produca el conocer, aunque vagamente, el conflicto en que haba
puesto a su honra por obedecer fielmente las indicaciones de Quirs,
hicironla caer enferma en su lecho apenas lleg a su casa.

La fiel Tomasa, que en vano haba estado aguardndola toda la noche a la
puerta de la aristocrtica vivienda, era la nica persona que permaneca
junto a su lecho, prodigndola los ms exquisitos cuidados, y sin
separarse de ella un solo instante.

Infeliz Enriqueta! Su nico consuelo no tard en serle arrebatado.

--Aquella misma tarde--sigui diciendo la joven seora de Quirs--, unos
hombres de aspecto horrible, que, segn supe despus, eran de la
polica, entraron en mi cuarto, para arrebatarme casi a viva fuerza a la
desgraciada Tomasa, que gritaba y se defenda como una loca.

--Conozco ese suceso--dijo Alvarez con voz temblorosa por la emocin.

--Cmo! Sabes t lo ocurrido?

--Mi fiel compaero, Perico, averigu en la emigracin todo lo ocurrido
a su ta, y, del mismo modo, su triste fin. La pobre Tomasa llevaba mis
papeles comprometedores ocultos en el pecho; la Polica los encontr,
sentencindola un Consejo de guerra a reclusin perpetua, como agente de
nuestra conspiracin, y la infeliz fu conducida a la crcel-galera de
Alcal, donde muri al poco tiempo. La desgraciada, quebrantada por el
dolor, falta ya de su primitiva energa y agobiada por los achaques de
la vejez, no pudo resistir tan inmenso infortunio.

El recuerdo de su fiel domstica, a la que consideraba como una segunda
madre, sumi a Enriqueta en un doloroso silencio, del que le sac la voz
de su antiguo amante.

--Fu aquello un crimen, a cuyo autor le ha de pesar algn da, pues
hechos como ste no deben quedar sin venganza. T conoces al criminal
ms an que yo, y, acurdate bien de lo que te digo: ese miserable ser
castigado.

--A quin te refieres? De quin sospechas?

--De ese hombre que se llama tu esposo, y cuyo repugnante nombre llevas.
Quirs era el nico que saba dnde estaban mis papeles y cmo los
guardaba Tomasa. El hecho de haber buscado al da siguiente la Polica a
la pobre vieja, sabiendo ya que los papeles los ocultaba en el pecho, da
a entender que tu marido fu quien hizo la delacin.

--Tal vez sea as--dijo Enriqueta pensativa--. En ese hombre todo es
creble, pues est acostumbrado a la delacin. Es un monstruo.

Y los dos, impresionados por el recuerdo de la infeliz vieja, quedaron
en silencio algunos instantes, hasta que, por fin, Enriqueta reanud su
relacin.

Tard mucho en salir de aquella enfermedad, que, por ser ms moral que
fsica, los mdicos no saban cmo combatir.

Cuando entr en una penosa y difcil convalecencia, la baronesa y el
padre Claudio fueron las nicas personas con las que pudo tratarse y que
intentaban ejercer sobre ella una influencia sin lmites.

Al principio hablaron sencillamente de cosas religiosas, olvidando el
hacer la menor alusin a su huida, que tantos y tan desfavorables
comentarios haba producido en el gran mundo; pero cuando ella estuvo ya
completamente restablecida, los dos compadres religiosos acometieron
francamente la realizacin de su plan, aconsejndola con acento dulce,
pero imperioso, lo que deba hacer. Ella haba agraviado mucho a Dios
con aquella fuga impdica, indigna de una joven cristiana y bien
educada; por pecados menos importantes iba un alma al infierno por toda
una eternidad, y para que ella alcanzase la salvacin era preciso que
expiase su crimen, cumpliendo, por fin, aquella vocacin religiosa que
tan general estimacin le vala antes de que fuera tentada por el
diablo, e ingresando en un convento, como ya se lo haba prometido al
padre Claudio en el sagrado tribunal de la penitencia.

Enriqueta no opuso ninguna objecin. Estaba demasiado abatida su
voluntad por las desgracias para poder presentar una oposicin enrgica,
y, adems, comprenda que estando completamente sola y a merced de la
baronesa y su director, sera intil su resistencia.

Por esto se limit a responder evasivamente a todas aquellas
excitaciones, y con una astucia que sus dos consejeros no podan recelar
en ella, diles a entender que estaba dispuesta a abrazar la vida
monstica, pero que deseaba un plazo para dedicarse a preparar su alma y
fortificar su dbil cuerpo.

Enriqueta haca una vida casi claustral, pues su hermanastra era una
especie de cancerbero que, interponindose entre ella y el mundo,
impeda a la joven todo contacto con la sociedad.

Quirs no visitaba ya a la baronesa, y Enriqueta sorprendi a sta
hablando un da con su poderoso director y aplicando los ms denigrantes
calificativos al escritor catlico.

Dos meses despus de aquella fatal noche, Enriqueta sali por fin a la
calle, acompaada de su hermanastra, la cual acceda por fin a los
consejos del doctor Pelez, que peda para la joven muchos paseos y
ejercicios corporales, so pena de que volviese a aparecer la enfermedad
con ms terrible carcter.

Enriqueta, a poco de entrar en el paseo de la Castellana, conoci su
situacin social. Sus antiguas amigas volvan el rostro por no
saludarla; cientos de ojos se fijaban en ella insolentemente, con
maliciosa curiosidad, y varias veces sorprendi a muchas personas
sealndola con expresivo ademn, que la llenaba de rubor. La presencia
de Quirs, que, con aire triunfal, se paseaba a pie, siendo objeto de la
curiosidad de la gente que ocupaba los coches, di a entender a
Enriqueta el significado de aquella general murmuracin.

La virtuosa sociedad aristocrtica, clase digna del mayor respeto, por
lo bien que sabe sofocar el escndalo, poniendo a un lado el amante y al
otro el confesor, sealaba a Enriqueta con el dedo, como la amante de
una noche del simptico Quirs, indignndose santamente al ver que su
familia no se apresuraba a remediar por medio del matrimonio aquel
suceso, que redundaba en desprestigio de la privilegiada clase.

La joven, irritada por aquel engao general, hubiese querido protestar;
crea preciso decir que Quirs era un falsario, y que el nico hombre a
quien ella haba amado era el revolucionario Esteban Alvarez...; pero,
para qu? Nadie la creera; resultaban muy novelescos e inverosmiles
los amoros de una joven aristocrtica con un conspirador que estaba
sentenciado a muerte, y, adems, era ya tarde para hacer tal
declaracin. Ella, vigilada por su hermana, no poda ir de una en otra
persona dando explicaciones que nadie la peda, y Quirs haba sabido
manejarse tan hbilmente, que era general y arraigada la opinin que le
consideraba como raptor de Enriqueta.

Tan terrible fu la impresin que experiment la joven, que ya no quiso
salir ms de paseo, y permaneci encastillada en su cuarto, evitando
hasta el entrar en el saln de la baronesa, como si las pocas personas
que visitaban a sta pudieran hacer al verla los mismos comentarios
infamantes que la producan un terrible remordimiento.

Pero entonces comenz a experimentar con mayor fuerza ciertos sntomas
que ya se haban marcado antes en su organismo, aunque ella no les daba
gran importancia.

Tuvo continuamente nuseas, vomit con frecuencia, y algunas noches
sinti algo extrao y doloroso en sus entraas.

Enriqueta no era tan inocente que no llegase a comprender lo que aquello
significaba, y por eso su terror fu inmenso cuando, a pesar de todas
las precauciones martirizantes a que obligaba su cuerpo, para ocultar su
estado, doa Fernanda se enter de lo que ocurra.

La ira de la baronesa no tuvo lmites. Di dos soberbias bofetadas a
Enriqueta, y en este mismo tono hubiera seguido, a no ser porque la
detuvo alguna oculta consideracin. Pero de palabra supo desahogar su
rabia.

--Ah, grandsima cochina! En buena nos has metido! Ahora te salen a la
cara tus porqueras con aquel pillete, que deba estar en Espaa para
que le dieran garrote.

As nombraba doa Fernanda al capitn Alvarez, por primera vez, despus
de la clebre noche de la fuga.

Desde que la baronesa hizo tan fatal descubrimiento no hubo ya
tranquilidad en aquella casa.

Sus conferencias con el padre Claudio fueron numerosas, y Enriqueta no
tard en notar que algo muy importante inquietaba al director y su
penitenta.

Las desgracias, y, ms que todo, aquella existencia rida y montona,
haban modificado el carcter de la joven, hacindola curiosa hasta la
imprudencia. Por mil medios procuraba ella escuchar los dilogos entre
el jesuta y la baronesa, y as pudo saber lo que ocurra.

Aquel Quirs o era el mismo diablo, o, por lo menos, tena hecho pacto
con Satans, pues nicamente de este modo poda comprender doa Fernanda
que sin entrar en la casa ni mantener con su persona la menor relacin,
tuviera conocimiento del estado en que se hallaba Enriqueta.

--Ese canalla--deca el padre Claudio a su penitenta, refirindose a
Quirs--se da buena maa en deshonrar a Enriqueta para conseguir sus
fines. Ahora va proclamando por todas partes el estado en que se halla
la nia, y dice a cuantos le quieren oir, que nosotros, por nuestro
egosmo, nos oponemos a que l y Enriqueta se casen, a pesar de lo mucho
que se aman.

La baronesa desesperbase al saber las tretas de su antiguo amigo, que
demostraba ser un perfecto aventurero.

Lo que ms excitaba su rabia era el reconocer que el padre Claudio se
declaraba impotente para combatir a aquel travieso enemigo. Recordaba el
jesuta lo mucho que el escritor catlico poda decir contra la Orden y
sus negocios, y esto haca que se limitase a lamentarse de su audacia,
sin atreverse a poner en juego contra l su poderosa influencia.

La cnica propaganda de Quirs di pronto sus resultados.

La baronesa apenas si poda salir de su casa sin verse obligada a tratar
tan enojoso asunto, emprendiendo agrias discusiones con sus antiguas
amigas, que en nombre de la moral, y para evitar un escndalo deshonroso
para la clase, la pedan que casase a la nia cuanto antes. En las
juntas de cofrada vease obligada a disputar muchas veces con beatas
aristocrticas, a las que consideraba como amigas inseparables, las
cuales, llevadas de esa falsa bondad que obliga a mezclarse en todos los
negocios que nada importan, tomaban la defensa de Quirs, al cual
elogiaban como buen muchacho y de sanos principios, y dando por seguro
que Enriqueta y l se amaban desde mucho tiempo antes, pedan a doa
Fernanda que remediase el terrible escndalo e hiciese la felicidad de
aquellos muchachos, casndolos.

Bien haba sabido urdir su plan aquel infame Joaquinito, impidiendo a la
baronesa que lo deshiciera relatando la verdad de todo lo ocurrido.

Doa Fernanda, para desenmascarar a aquel farsante, poda decir que el
verdadero amante de su hermana, el hombre tras el cual sta haba hudo,
era un pobre militar, y, por aadidura, revolucionario; pero el orgullo
de clase--circunstancia sabiamente prevista por Quirs--se rebelaba,
impidiendo a la baronesa hacer tal declaracin, que atacaba el prestigio
de la familia y su tradicin religiosa y monrquica, y una vez que,
hablando con la ms ntima de sus amigas, se atrevi a iniciar algo de
lo ocurrido, revelando el nombre del verdadero seductor, se detuvo, al
ver la sonrisa incrdula con que sus palabras eran acogidas.

Era intil decir la verdad, pues aquel pblico, preocupado de antemano y
hbilmente infludo por Quirs, la acogera como una pura novela.

Conforme crecan el escndalo y la murmuracin, la rabia del jesuta y
su penitenta iban en aumento. Urgales tomar una resolucin para poner
trmino a aquel estado de cosas, que era el continuo tema de
conversacin en los salones.

Llevar a Enriqueta a un convento, era imposible. La joven se resista,
y, adems, esto hubiera recrudecido la cruzada que Quirs levantaba
contra la baronesa y su director, pintndolos como monstruos que, por
egosmo, se oponan a la unin santa de dos jvenes amantes.

Pero el padre Claudio, conforme aumentaban los obstculos, se revolva
ms furioso contra ellos, y, adems, le pona fuera de s el aire
triunfal y la sonrisita de superioridad que Quirs ostentaba cada vez
que lo encontraba a su paso.

No eran ya sus planes sobre el porvenir de Enriqueta lo que le haca
defenderse tercamente de las maniobras de aquel aventurero; era su
orgullo herido, pues la consideracin de que el maestro pudiera ser
vencido por aquel intrigantuelo audaz, le pona fuera de s.

Casi al mismo tiempo se le ocurri a l y a la baronesa idntica idea.
Llamaron al doctor Pelez, y el padre Claudio, con la "superi" confianza
que le daba la superioridad sobre el protegido, ordenle, sin duda el
aborto; pero Enriqueta estaba sobre aviso. Palabras sueltas, odas al
descuido, y su instinto de mujer, que pareca haberse aguzado con tan
continuas peripecias, le hacan presentir lo que contra ella se tramaba,
y por esto se neg rotundamente a tomar cuantas medicinas le ordenaba
Pelez, ni cumplir muchos de los mandatos de su hermanastra.

Hubo a diario escandalosos altercados y golpes a granel en la casa de
Baselga; la servidumbre, siempre curiosa, se enter de cuanto ocurra
entre las dos hermanas, y aquel endiablado Quirs, que estaba al
corriente de todo lo que suceda (como si algn duende, en forma de
doncella o de lacayo, fuera a hablarle al odo a cambio de un billete de
cinco duros), extrem ms que nunca sus ataques contra la baronesa y su
director, diciendo que queran envenenar a la pobre Enriqueta, o, por lo
menos, hacerla abortar, para lo cual reciba los ms brbaros
tratamientos.

El daba detalles a cuantos se los pedan en los salones, sobre los
tormentos sufridos por Enriqueta, y aseguraba que la infeliz cediendo a
las amenazas de sus tiranos, tercos en su propsito de impedir el
casamiento, aseguraba que no era con l con quien se haba fugado, sino
con un capitn que ahora estaba emigrado. Y todos los oyentes de Quirs
sonrean sarcsticamente al escuchar esto, confesando que la baronesa
demostraba poca imaginacin al inventar una historia tan ridcula e
inverosmil como era la de los amores de su hermana con un
revolucionario.

Por aquella afirmacin, que la infeliz Enriqueta haca para contentar a
su hermana, de que Quirs no haba sido su raptor, permaneca inactivo
el escritor catlico y no solicitaba el auxilio de los Tribunales; pero
ya que le era imposible valerse de su derecho, se defenda con la pluma,
su nica arma, y ya estaba preparando un folleto, en el que relatara
todo lo ocurrido, demostrando quines eran la baronesa y su director.

Creca con esto la importancia de Quirs que considerado por muchos
como un segundo Abelardo, separado violentamente de su Elosa, paseaba
por los salones su romntica aureola de amante desgraciado.

El padre Claudio ruga de furor contra aquel farsante, que pareca
gozarse en su desesperacin.

Intent poner en juego todos los ocultos resortes de que dispona, para
mover y transformar la opinin; pero fu en vano. Sus subordinados, en
los confesonarios, en las visitas y hasta en el plpito, con alusiones
bastantes claras, intentaron hacer saber toda la verdad al aristocrtico
pblico; pero el trabajo result infructuoso. Aquella sociedad elegante
respetaba mucho al padre Claudio, pero no tena en menos aprecio el
satisfacer su curiosidad maligna, hambrienta de escndalos, y entre el
jesuta y el placer que la proporcionaban el comentar aquella lucha,
despreciaba al primero y se pona resueltamente al lado de Quirs.

Mientras tanto, adelantaba el embarazo, y aquel escndalo del cual
Enriqueta apenas si tena noticias, se haca cada vez ms intolerable
para la baronesa, que casi haba roto las relaciones con todas sus
amigas y evitaba el presentarse en pblico como si ella fuese la que se
hallaba en un estado deshonroso.

Un da Enriqueta recibi del padre Claudio, y como a quemarropa, la
proposicin de casarse con Joaquinito Quirs.

Ella jams supo la causa de aquella rpida transformacin, ni la
baronesa pudo explicarse claramente el rpido cambio que experiment su
director, antes tan tenaz en combatir a Quirs y "su infame canallada",
como deca en sus momentos de desesperacin impotente; pero todo se
explicaba sabindose que Joaquinito haba estado el da anterior en el
despacho del padre Claudio.

Audaz era ste, y, sin embargo, qued pasmado ante la insolencia de
aquel mozo, que, sin inmutarse, al ver la acogida casi feroz que le
haca el jesuta, le dijo as:

--Creo que ya nos hemos hecho bastante la guerra, y que no es necesario
pasemos adelante para saber quines son el vencedor y el vencido. No es
lstima, querido maestro, que dos hombres de nuestro valor se hagan la
guerra y se destrocen para servir de diversin a toda esa gente
aristocrtica, estpida de nacimiento? Que esto cese y a ver si nos
arreglamos. Yo lo necesito a usted para que me proteja y encumbre y a
vuestra paternidad le resultan muy buenos mis servicios en ciertas
ocasiones. Recuerde usted hace pocos meses lo bien que le serv en el
asunto de Tomasa, aquella vieja gruona, Vaya, querido maestro! Nos
acreditamos esta vez de imbciles si no nos entendemos. Usted le busca a
Enriqueta sus millones y yo tambin; en este punto estamos de perfecto
acuerdo; a ver si nos ponemos del mismo modo en los dems. Usted tiene
ya seguros los millones de Ricardito Baselga, a quien ya me parece
testar viendo embutido en la sotana de la Compaa. Los de Enriqueta
sern tambin de usted con el tiempo; pero cseme usted con ella: djeme
que goce sus riquezas en usufructo y me proporcione otras con audaces
especulaciones, que yo le aseguro ser su ms fiel discpulo, y antes que
defraudarle, cuidar de administrar acertadamente los bienes de mi
mujer. La fortuna de Enriqueta, ser de la Orden: todo consistir en que
ingrese en el tesoro de la Compaa algunos aos despus de lo que usted
haba pensado. Qu!... Estamos acordes, querido maestro? Volveremos a
ser otra vez buenos amigos?

Y el aventurero tendi su mano al poderoso jesuta.

Pudo ser convencimiento de la propia impotencia, simpata por un
discpulo tan hbil y aprovechado, o ambas cosas a un mismo tiempo, pero
lo cierto es que el padre Claudio, cediendo repentinamente, estrech la
mano de Quirs, y la unin de tambos qued pactada.

El resultado de esta escena, que qued en secreto aun para la misma
baronesa, fu que el jesuta se declarara partidario repentinamente de
una solucin antes tan odiada, como era la de casar a Enriqueta con
Quirs.

Doa Fernanda, acostumbrada a obedecer sin rplica a su poderoso
director, ayudle en la tarea de convencer a Enriqueta, y hasta el padre
Felipe, el bonachn "caballo padre" de la Compaa, que, como de
costumbre, pegado a las faldas de la baronesa era el ms slido lazo que
una a sta con la Orden, puso de su parte cuanto pudo para convencer a
la joven de que deba dar su mano a un muchacho tan honrado y buen
catlico.

Enriqueta que, aunque no por completo, conoca algo del escndalo que
haca trizas su nombre, y que saba que el mundo la supona enamorada de
Quirs, odiaba a ste, a pesar de que en aquella noche fatal l haba
sido el salvador del capitn Alvarez.

La consideracin de que aquel hombre apareca a los ojos del mundo
ocupando el lugar que nicamente corresponda a Alvarez, era suficiente
para que ella lo mirase con marcada antipata, y por esto, cuando el
jesuta la propuso el casamiento con Quirs, contest con una negativa
rotunda.

Cuando Enriqueta, en el fondo de la obscura capilla, al relatar a su
antiguo amante su vida durante tan larga ausencia, lleg al punto de su
matrimonio con Quirs, su voz se hizo an ms dbil y temblorosa, y las
lgrimas volvieron a correr por su rostro.

Ella saba bien que no poda justificar la locura y la infidelidad con
que haba procedido al dar su mano a Quirs; pero quera demostrar que
no era por completo culpable de tal veleidad, y que a las circunstancias
era a quien deba hacerse responsables antes que a ella.

El padre Claudio la asedi a todas horas con sus consejos, dichos en
tono paternal, demostrando, bajo los ms diversos aspectos, que su
casamiento con Quirs era lo nico que poda poner a salvo su honra y la
de la familia. Era intil que ella se extremase en demostrar que el
capitn Alvarez era su verdadero seductor, y que en aquella noche
infausta Quirs no haba desempeado otro papel que el de amigo
oficioso. La sociedad crea tenazmente lo contrario, y consideraba los
amores de Enriqueta con un revolucionario como una fbula ridcula
inventada por la baronesa y su director. Tomasa, que era el nico
testigo que poda probar lo contrario, haba muerto.

Comprenda el jesuta que la resistencia de la joven descansaba
principalmente en el amor que an senta por Alvarez, y a combatir esta
pasin dirigironse todos sus esfuerzos.

Con aquella facilidad de expresin que tan convincentes hacia sus
palabras, el padre Claudio turb la firmeza amorosa de la joven,
hacindola ver que era una locura seguir adorando a un hombre que la
abandon en crticas circunstancias, y que ahora, viviendo en Pars,
halagado por todas las impdicas seducciones de la gran metrpoli, no se
acordaba de ella.

Esto produca mucho dao a Enriqueta, la cual, condolindose de que
Alvarez no la hubiera escrito desde que huy, se inclinaba a creer en
aquel olvido que, para martirizarla, le recordaba el padre Claudio.

Ignoraba la infeliz que la baronesa llevaba ya quemadas unas cuantas
cartas de Alvarez.

Conforme se desvaneca la fe de la joven, el jesuta redoblaba sus
ataques, pintando a Quirs como un dechado de perfecciones y
caballerosidad. El padre Claudio se enfadaba al notar la antipata que
la joven profesaba a Joaquinito. Pobre muchacho! Odiarlo, justamente
por una de sus nobles acciones! Porque ahora resultaba, segn las
afirmaciones del jesuta, que si Quirs haba mentido, presentndose en
pblico como el raptor de Enriqueta, era tan slo por salvar a sta, a
la que amaba en silencio desde mucho tiempo antes, y evitar que fuese
complicada en la causa que se haba formado a Alvarez como conspirador.

Adems, su abnegacin era sublime y digna de las mayores
consideraciones. Slo un alma grande, un hombre verdaderamente
enamorado, era capaz de ofrecer su mano y su honor a una joven que casi
haba visto en los brazos de otro.

Todo esto impresionaba poco a Enriqueta; pero ltimamente el jesuta la
conmovi profundamente con una proposicin que le hizo en nombre de la
baronesa.

El honor de una familia tan ilustre no haba de quedar por los suelos. O
se casaba con Quirs, lo que hara terminar tan vergonzosa situacin,
cortando de raz las murmuraciones, o entraba inmediatamente en un
convento, para expiar su falta con continuas oraciones.

Enriqueta, al llegar a este punto de su relacin, se detuvo, como si la
vergenza le impidiera seguir adelante, y al fin dijo con voz
temblorosa:

--Fu dbil y ced. Los placeres del mundo me atraan y temblaba
solamente al pensar que poda verme encerrada en un convento para
siempre. Por otra parte, me mova una consideracin de fuerza
irresistible. Senta agitarse en mis entraas un ser al que amaba con
delirio antes de haberlo visto, y con el cual conversaba como una loca
en la soledad de mi cuarto. Iba a ser, por mi culpa, un desgraciado,
sin nombre y sin padres conocidos, al cual mirase la sociedad como un
fruto de deshonra? Esto fu lo que me impuls a ser perjura, a olvidarme
de ti por el momento, unindome a un hombre a quien aborrezco. Fu
traidora, te ofend del modo ms villano; pero todo lo hice con tal de
borrar el deshonor de la frente de mi hija. Sacrifiqu tu amor a cambio
de la felicidad de un ser que lleva tu sangre.

Esteban, impresionado por las ltimas palabras, pareci olvidarse de
todo lo dicho anteriormente por Enriqueta.

Pareca dudar ante una felicidad inesperada.

--Pero, esa nia!... Es realmente hija ma?

--S, Esteban. Mi Mara es tan hija tuya como ma. Te lo juro por la
memoria de mi madre, cuyo nombre lleva ella.

--Ah! Hija ma!--murmur Alvarez, con acento inexplicable.

Y las lgrimas asomaron a los ojos de aquel hombre enrgico, cuyo frreo
carcter no haban logrado nunca enternecer las ms supremas emociones.




III

El presente de Enriqueta.


Quedaron silenciosos los dos antiguos amantes durante algunos minutos,
como saboreando el placer que les produca pensar en el ser inocente
venido al mundo, cual recuerdo de aquella noche de amor, tan
trgicamente interrumpida.

Enriqueta fu la primera en romper aquel silencio, pues senta deseos de
hacer olvidar el pasado a Alvarez, hablando nicamente de su hija.

--Si vieras cun hermosa es! Su parecido contigo es tan exacto, que
hasta Fernanda, que te ha visto pocas veces, lo not desde el primer
instante. Bastara que vieses a mi Marujita un solo momento, para que
inmediatamente te convencieras de que es tu hija. Hay algo en aquellos
ojitos que es una chispa de la misma luz que brilla en los tuyos.

Alvarez segua pensativo, y de vez en cuando frunca las cejas, como
agobiado por una idea penosa. Por fin habl para preguntar a Enriqueta
con cierta rudeza:

--Y t, amas mucho a tu esposo?

--Quin!... Yo? Le aborrezco. Es un infame.

--Entonces sers muy desgraciada.

--Tengo a mi hija, y esto me basta. Nunca he amado a Quirs. En los
primeros das de nuestro matrimonio, le miraba con indiferencia
benvola. Le consideraba como una persona amable, con la que estaba
obligada a vivir, y procuraba tratarle con cierto afecto, aunque
evitando siempre la menor intimidad.

--Y las costumbres matrimoniales?--pregunt Alvarez con tono de
incredulidad.

--No han existido nunca para nosotros. Cuando, preparado ya el asunto
por el padre Claudio, vino Quirs a casa a pedir mi mano a Fernanda, yo
le habl con entera claridad, recordndole el amor que a ti te
profesaba. Fingi l gran desesperacin por mis palabras; pero con todo
se conform, con tal de ser mi esposo, diciendo que el tiempo se
encargara de hacerle justicia y de procurar que yo le amase, aunque
slo fuese un poco. Las condiciones que entonces pactamos se han
observado hasta hoy. A la vista de la sociedad somos un matrimonio cual
todos, con nuestras alternativas de cario y enfado; pero, en la
intimidad, dentro del hogar, Quirs y yo nos tratamos con toda la
ceremoniosa frialdad de los prncipes que, por razn de Estado, se unen
para siempre. Mis habitaciones estn a un extremo de la casa y las suyas
al otro; pasan das sin que crucemos ms palabras que las que nos obliga
a fingir la presencia de algn extrao. Los dos tenemos muy diversas
ocupaciones, que nos obligan a no pensar en nuestra situacin. El slo
se ocupa de la poltica, de su peridico y de todos los medios propios
para convertirse en un personaje importante, y yo dedico el da entero
al cuidado de mi hija.

--Pero ese hombre nunca ha intentado hacer valer sus derechos de
marido?

--S; hubo una poca, a raz de nuestro casamiento, en que emprendi la
conquista de mi afecto en toda regla. Mostrbase amable hasta la
impertinencia, y me asediaba de mil modos; pero de entonces data el odio
que le profeso y que reemplaz a la antigua indiferencia con que le
miraba. Un da, creyendo con ello halagarme y demostrarme la intensidad
de su amor, me hizo una confesin monstruosa, horrible. Desde entonces
le detesto, considerndolo como un ser abyecto y repugnante.

--Qu te dijo?--se apresur a preguntar Alvarez--Dudas decrmelo? No
tengo yo derecho para saber todas tus cosas?

Enriqueta no disputaba a su antiguo amante el derecho de saber cuanto le
ocurra, aun aquello de carcter ms ntimo; pero se resista a
revelarle aquella declaracin de Quirs, que pona al descubierto toda
la ruindad de su alma.

Ella no quera crear conflictos ni aumentar la desesperacin de su
antiguo amante. Aunque odiase a Quirs, al fin era su marido ante el
mundo, y no deba concitar contra l las iras de nadie.

Alvarez, como si adivinase lo mucho que le importaba aquella
declaracin, importunaba a Enriqueta para que hablase.

Rog, amenaz, manifestse ofendido en su dignidad, y, al fin, despus
de muchas vacilaciones y de hacerle prometer que no intentara nada
contra Quirs, se decidi Enriqueta a hablar, vencida por la curiosa
tenacidad de su amante.

--Pues bien; ese hombre, que ahora se llama mi esposo, es el autor de tu
desgracia, y por tanto, de la ma. El fu quien te delat al Gobierno
como conspirador, facilitndote despus la huda, para, apoderarse mejor
de m.

Alvarez no esperaba aquella revelacin; as es que hizo un marcado
ademn de sorpresa. Pero pronto la reflexin le hizo creer que era
imposible aquello que Enriqueta le revelaba.

--Eso no puede ser--dijo--. Quirs no me conoca, ni saba que t me
amabas, y mal pudo averiguar mis compromisos polticos, que yo ocultaba
con tanto cuidado.

--Mi marido fu el delator. Es intil que te empees en reflexionar
sobre la certeza de lo que te digo. El mismo me confes su crimen un da
que yo resista, como siempre, a sus halagos amorosos. Me dijo entonces
que me amaba desde el primer da que entr en casa, hacindose amigo de
mi padre, y, adems, que conociendo mis relaciones contigo, y
enloquecido por los celos, te haba delatado, con el deseo de que
huyeses o perdieras la vida, pudiendo l entonces dedicarse con entera
libertad a mi conquista. El me hizo tan horrorosa confesin con el
propsito de demostrarme la inmensidad de su amor, que le haba
conducido hasta el crimen; pero yo, desde entonces, le odio, y siento
ante l la misma repugnancia que en presencial de una inmunda alimaa.
Debe l haber conocido el horror que me inspira, por cuanto desde
entonces ha cesado de importunarme con sus demandas amorosas, y se
dedica en absoluto a sus aficiones polticas.

Esteban estaba convencido de la maldad de Quirs. Aunque no poda
comprender por qu medios el repugnante aventurero haba averiguado sus
compromisos revolucionarios, la declaracin de Enriqueta borraba todas
las dudas que pudieran ocurrrsele.

El, durante la poca de su emigracin en Pars, y recordando sus
desgracias, haba llegado a creer que el delator era el padre Claudio,
terriblemente ofendido y ansioso de venganza por la conferencia, algo
violenta, que ambos haban tenido en la plaza de Oriente; pero ahora
desechaba sus anteriores sospechas, para hacer caer toda la
responsabilidad sobre Quirs.

Ignoraba que el jesuta y su discpulo iban ntimamente unidos en el
asunto de la delacin.

Enriqueta, despus de hacer aquella declaracin, mostrbase arrepentida
de su femenil ligereza, y procuraba convencerse de que su antiguo amante
no intentara nada contra Quirs.

--No te preocupes tanto en favor de ese canalla--dijo Alvarez con
rudeza--. Por ms que te empees y ruegues en su favor, da ha de llegar
en que yo le exija severas cuentas por su infame conducta. Mas por el
momento, permanece tranquila. Pesan sobre m peligros muy terribles y
tengo demasiado inters en permanecer oculto, para que vaya yo a
comprometerme y a poner en peligro una empresa casi santa presentndome
ante ese miserable. Ya vendr el tiempo en que a la luz del da podr
retar a tu marido, concedindole la honra de morir como un caballero.

El inters que manifestaba Alvarez en permanecer oculto, hizo pensar a
Enriqueta en la situacin aventurada que atravesaba su amante.

--Haces bien en ocultarte--le dijo--. Segn he odo varias veces a mi
hermana, una sentencia de muerte pesa sobre ti, y es realmente una
imprudencia que te presentes en las calles en pleno da... A qu has
venido a Madrid?

Alvarez sonri con expresin algo feroz.

--No tardars en saberlo, y contigo todo Madrid. Mi presencia en Espaa
nada bueno indica para lo existente. Soy como esas aves funestas que
vuelan delante de la tempestad, anuncindola, y pronto estallar el
trueno sobre esas santas instituciones de que hablaba hace poco ese
jesuta empalagoso, que no s cmo escuchis con calma. Ya veremos si
todo ese pblico distinguido, que tanto se entusiasmaba hace poco, sabe
salir a la defensa de lo que va a perecer.

Enriqueta, que, a pesar de todo su amor, estaba influda por las
preocupaciones de clase, se estremeci al escuchar tales palabras, y
mir alarmada a Alvarez.

--Pero, Dios mo! Qu vais a hacer?

Esteban no contest, limitndose a sonrer del mismo modo que antes.

Quedaron silenciosos los dos amantes, y oyeron sonar en el fondo de la
iglesia un ruido de hierros que, poco a poco, iba acercndose.

Era el sacristn que, agitando un gran manojo de llaves, iba por las
capillas, diciendo en alta voz a las beatas rezagadas:

--Se va a cerrar! A la calle, pronto, que voy a cerrar!

--Nos tiran de aqu--dijo Esteban.

--S; separmonos antes que nos vean juntos en esta capilla oscura.
Adis, Esteban.

--Eh! Aguarda. Crees que podemos separarnos as? No he de volver a
verte? O es que quieres que pase espiando unas cuantas tardes la puerta
de tu casa, aguardando con ansia una ocasin propicia para hablarte?

--No, Esteban; no conviene que nos veamos. En mi estado no son muy
regulares estos encuentros, y aunque yo permanezca fiel a mis deberes,
como estoy dispuesta a hacerlo siempre, nuestras entrevistas sern
conocidas y darn pbulo a la murmuracin. Adems, a ti te conviene
permanecer oculto.

--Y mi hija? Crees t que podr yo permanecer tranquilo sabiendo que
tengo una hija, y sin haberla visto nunca? No, Enriqueta, es preciso que
yo la vea, para besarla, para experimentar ese goce paternal que hasta
ahora slo conozco a medias. Enriqueta, ya sabes que yo nunca me detengo
cuando me empeo en conseguir lo que deseo. Djame ver a nuestra hija, o
me siento capaz de entrar en tu casa a viva fuerza y hacer una locura,
aunque esto me descubra y ponga en peligro mi vida.

Enriqueta saba que Alvarez era capaz de cumplir su promesa, y como al
mismo tiempo viese en su rostro una expresin conmovedora de splica, se
decidi en favor de lo que le peda.

--Bien: vers a Mara. No debamos hablarnos ms; pero ya que as te
empeas, volveremos a repetir muestras conferencias, aun cuando tengo la
conviccin de que esto ha de producirnos alguna desgracia.

--Cundo ver a la nia?

--No puedo decrtelo; pero buscar ocasin propicia para ello. Por de
pronto, quedemos acordes sobre el punto donde volveremos a vernos.

--Aqu mismo: es el lugar ms seguro para m.

--Est bien. Pasado maana dar el padre Luis su ltima conferencia.
Esprame como hoy, en este mismo sitio, y ya te dir entonces lo que
hemos de hacer para que t veas a nuestra hija.

--Seores! Que voy a cerrar! Que se va a cerrar!--grit el sacristn,
prximo a la capilla, agitando sus llaves resonantes.

Los dos antiguos amantes se estrecharon las manos, dndose un mudo
adis.

Alvarez, conmovido sin duda por la dulce tibieza de aquellas finas
manos, acerc su rostro al de Enriqueta; pero sta se desasi,
separndose rpidamente, con las mejillas teidas por el rubor.

--Aqu!... Oh, no! Qu horror! Piensa en mi estado actual, y no
intentes la menor cosa, si quieres que sigamos vindonos. Seremos dos
buenos amigos, o, de lo contrario, si eres malo, te odiar. Adis,
Esteban!

Cuando el sacristn agit sus llaves frente a la capilla, los dos
amantes, uno en pos de otro, salan ya de la iglesia.




IV

Renuvanse las relaciones.


Poco a poco fu restablecindose entre los dos antiguos amantes un
afecto que, si no eran igual a la pasada pasin, equivala a algo ms
que a una intimidad amistosa.

El adormecido amor volva a renacer en Enriqueta, y aun cuando ella, en
su interior, se diriga a s misma sermones morales, recordando sus
deberes y el peligro que corra cediendo a la pasin, lo cierto es que
muchas veces se olvidaba de que a los ojos de la sociedad perteneca a
otro hombre, y se entregaba sin reserva al trato de Alvarez.

La vigilancia de la baronesa y el gnero de vida que hasta entonces
haba hecho, no la permitan salir con frecuencia de su casa
completamente sola; pero aprovechaba todas las ocasiones que se le
ofrecan para cambiar unas cuantas palabras con Alvarez, unas veces ante
el escaparate de una tienda elegante, otras en las alamedas del Retiro,
y las ms en alguna iglesia donde no fuera muy grande la concurrencia de
fieles.

Tanto atrajo a Enriqueta aquel hombre, cuya presencia y palabra parecan
transportarla a la poca ms feliz de su vida, que comenzaba a vigilar
con menos cuidado a su idolatrada nia, y a permitir que la baronesa la
tuviera horas enteras en su saln, a pesar de que tema que aquel
pequeo ser fuera vctima de alguna asechanza infame.

Enriqueta recordaba an con horror aquel perodo de su embarazo, durante
el cual su hermana y el doctor haban empleado todos los medios para
matar la criatura que llevaba en sus entraas.

Aquella nia estorbaba a doa Fernanda, y, como Enriqueta, conociendo
los sentimientos de su hermana, saba de lo que era capaz, de ah que
temiera que con su hija se repitieran las mismas criminales tentativas
que contra ella.

El vehemente deseo que Alvarez senta de ver a su hija, cumplise por
fin una tarde, en que Enriqueta, aprovechando una ausencia de su
hermana, sali en coche con la pasiega encargada del cuidado de la nia.

En el paseo, Alvarez, fingiendo ser un amigo ntimo de la familia, para
no excitar las sospechas de los cocheros y de las domsticas, salud a
Enriqueta, y despus de una conversacin sin importancia, subi al
carruaje, tomando en sus brazos la nia, que contemplaba aquel rostro
desconocido con marcada alarma.

Cun dolorosos esfuerzos hubo de hacer aquel padre para ocultar sus
impresiones y no derramar lgrimas de alegra al estrechar la nia en
sus brazos!

Aunque muy torpemente, fingi esa indiferencia cariosa propia de las
personas que por cortesa acarician nios ajenos; pero cuando, molestada
por el roce de sus recios bigotes, la nia rompi a gimotear, agitndose
furiosa en sus brazos, el infeliz padre estuvo prximo a llorar de pena.

Parecale que su hija se negaba a reconocerle, y sinti impulsos de
decirle, en acento de dulce reproche:

--Cllate, pequeuela! No sabes que soy tu padre?

Varias veces vi del mismo modo el emigrado a su hija, y en todas
ocasiones se separ entristecido, pues notaba en la pequea Mara un
desvo y una alarma que le causaban dao.

Durante el tiempo que se verificaron aquellas entrevistas, algunas de
las cuales resultaban audaces, pues eran en puntos donde Enriqueta poda
ser fcilmente conocida, la joven seora not en su antiguo amante algo
que, despertando sus preocupaciones de clase, la llenaba de terror.

Semanas enteras transcurran a veces sin que Enriqueta, que sala muchas
veces con la esperanza de ver a Alvarez, que siempre surga a su paso
como un personaje fantstico, le hallara por parte alguna.

Despus, Esteban, durante muchos das, volva a rondar la calle,
recatndose de ser visto, y aprovechaba la menor ocasin para hablar con
Enriqueta, y cuando sta se atreva a interrogarle sobre aquellas
extraas ausencias, el conspirador sonrea de un modo feroz y hablaba de
tempestades que estaban prximas.

Enriqueta, a pesar de su inocencia en asuntos polticos, comprenda que
algn suceso grave iba a verificarse, y al pensar en el peligro que iba
a correr Alvarez, la figura de ste se agrandaba de un modo heroico en
su imaginacin.

Ella, que por haber odo muchas veces a la escogida sociedad que reuna
su hermana hablar de los furores de la demagogia y del salvajismo de las
turbas, odiaba todo lo que significara revolucin, no poda menos de
alterarse al ver al hombre adorado expresndose de un modo tan terrible;
pero la pasin haca enmudecer todas sus preocupaciones, y Alvarez era
siempre para ella aquel ser que la haba revelado la existencia del
amor.

Poda ella, escudada en su estado, y recordando sus deberes, oponerse
con tenacidad indomable a aquellas pretensiones atrevidas que renacan
en Alvarez como retoos de la antigua pasin, y que la hacan acoger con
expresin ceuda todos sus osados avances; pero, a pesar de esto, el
terrible conspirador era el nico hombre que moralmente la posea, y
cuya imagen ocupaba por completo su imaginacin.




V

Mal encuentro.


Se hallaba Esteban Alvarez haca ya dos horas en la calle de Atocha,
espiando desde alguna distancia la casa de Enriqueta.

Era domingo, haban ya dado las diez de la maana, y Alvarez esperaba,
confiando en que Enriqueta saldra a misa, sola, como otras veces, y
podra cambiar con ella algunas palabras a la puerta de la iglesia.

Paseaba el conspirador embozado en su capa, para no llamar la atencin,
y en una de sus vueltas, que le alej bastante de casa de Enriqueta, al
desandar lo recorrido y volver hacia su punto de partida, o sea cerca de
la casa de Baselga, vi a pocos pasos, en el centro de la acera, a un
caballero que envolva en un rico gabn de pieles una obesidad extraa
en un hombre joven.

A aquellas horas en que el Madrid elegante todava estaba en la cama,
descansando de los placeres de la noche anterior, resultaba algo raro
ver en la calle un personaje tan elegantemente vestido, y tal vez por
esto Alvarez fij en l su atencin.

Parecile en el primer momento al conspirador encontrar algo en aquel
hombre que le era conocido, y le recordaba algn suceso del pasado, que
l no poda explicarse tan de repente; pero pasado el efecto que le
produjo la primera ojeada, aquella reminiscencia fu desvanecindose, y
al cruzarse con el bien portado personaje, ya no notaba en l nada
conocido.

No ocurra lo mismo a aquel caballero.

Cuando estaba an separado de Alvarez por algunos pasos de distancia,
mirbalo con indiferencia, como a un transente desconocido; pero, al
encontrarse junto a l, y fijarse en las facciones de Alvarez, que en
aquel instante dejaba al descubierto el embozo, su rostro palideci, y
toda su persona agitse con esa conmocin que produce un encuentro
inesperado.

Esta impresin no pas desapercibida para Alvarez, que volvi a fijarse
en el desconocido, haciendo esfuerzos mentales para recordar quin era.

Ya haba pasado el caballero de las pieles, y se alejaba, volviendo la
espalda, a pesar de lo cual, todava Alvarez, parado y con la mirada
fija, sigui examinndolo.

Volvi la cabeza un poco el desconocido, para ver si le miraba Alvarez,
y entonces, al presentar su rostro de perfil, fu reconocido
inmediatamente.

Los rasgos tpicos de Quirs surgieron a los ojos de Alvarez,
destacndose de aquel rostro grasoso y prematuramente marchito.

Aquel descubrimiento conmovi profundamente al conspirador.

Era la primera vez que vea a aquel hombre despus de la triste noche en
que le conoci, y el recuerdo de su infame traicin surgi
inmediatamente en su cerebro.

Aqul era el hombre que le haba robado la mujer amada; el cnico
aventurero que ahora gozaba la opulencia conquistada por medio de sus
infamias, y que sala de su casa contento y satisfecho, como un
ciudadano que siente tranquila su conciencia.

Esteban experiment una repentina indignacin, que rpidamente se
apoderaba de l, hasta embriagarlo de rabia, e instintivamente, sin
darse cuenta de lo que haca, sigui a Quirs, quien haba apresurado el
paso al notar que acababa de reconocerle aquel hombre a quien tanto
tema.

En la plaza de Antn Martn fu alcanzado por Esteban, quien se coloc
familiarmente a su lado.

Quirs temblaba al sentir a sus espaldas los pasos de aquel hombre que
se acercaba rpidamente; pero al verle a su lado, hizo, como vulgarmente
se dice, de tripas corazn, y asom a sus labios la ms amable de las
sonrisas.

--Me conoce usted?--pregunt Alvarez con voz que enronqueca la ira.

--No tengo el honor...--contest Quirs, siempre sonriente, y deseoso de
prolongar aquella situacin difcil con amables palabras.

--Pues soy Esteban Alvarez--le interrumpi el conspirador--. Ya sabe
usted que tenemos una antigua cuentecita que saldar y aprovecho la
ocasin de encontrarle. A un canalla como usted hay derecho de sobra
para aplastarlo aqu mismo; pero soy generoso, y le doy tiempo para
morir como un caballero. Cundo estar dispuesto a romperse el
bautismo conmigo?

--Pero, por Dios!, seor Alvarez. Por qu hemos de reir dos buenos
amigos, como nosotros lo somos? Usted est en un error; no conoce mis
actos, y me toma por algo que yo no soy. Comprendo que usted est
enfadado conmigo, pero esto es porque no conoce mi verdadera conducta.
En el momento que usted sepa la verdad de cuanto yo hice, me lo
agradecer, y hasta es posible que se convierta en mi mayor amigo.

Alvarez qued pasmado ante el cinismo de aquel hombre.

--Cmo, miserable!--dijo indignado--. Qu es lo que yo te he de
agradecer? Me pasma tu sangre fra, gran canalla! Basta de palabras. O
te bates conmigo hoy mismo, o te estrangulo inmediatamente.

--Pero, seor Alvarez, por la sangre de Cristo! No se sulfure usted ni
me trate de un modo que no merezco. Es cierto que yo soy hoy el esposo
de la mujer que usted amaba; pero esto ha sido contra mi voluntad; a las
circunstancias hay que culpar ms que a mi persona. Por evitar
compromisos a Enriqueta, y buscando que no apareciera complicada en la
causa que a usted le formaron, cre til el fingir que era yo su raptor;
esto, sin ninguna intencin malvada; despus, el mundo, con sus
murmuraciones, agrav lo que yo haba hecho, sin proponerme ningn fin
determinado, y merced a las gestiones de respetables personas que
queran evitar el escndalo, me vi en la precisin de optar entre la
deshonra de Enriqueta o el darla mi mano. Qu hubiera usted hecho en mi
caso? Lo mismo que yo, indudablemente. Haba que salvar el honor de una
mujer, a quien usted no poda devolvrselo, y usted mismo deba
agradecerme este noble sacrificio que hice.

--Mientes, miserable falsario!--rugi Alvarez, cada vez ms indignado
por el cinismo de aquel hombre--. Con qu facilidad sabes disimular tus
repugnantes traiciones! Cmo intentas justificar tus actos, que excitan
la clera de toda persona honrada! T eras un aventurero hambriento de
poder y de riqueza; pusiste tus ojos en Enriqueta, y aprovechaste una
ocasin suprema para perderme a m y apoderarte de una pobre joven, para
ser dueo de su fortuna. Te has valido de todo cuanto de malo existe en
el mundo para realizar tus ambiciones. Has sido delator, cobarde,
hipcrita y, sobre todo, embustero; pero te ha llegado ya tu hora, como
les llega a todos los canallas, y te vas a ver conmigo, que he sido la
vctima de tus infamias. Admite este reto con que te honro, o te aplasto
aqu mismo.

--Reprtese usted, seor Alvarez; sernese usted y piense que estamos en
la calle, llamando la atencin, y que yo no tengo por qu ocultarme ni
estoy interesado en que nadie me conozca.

--An me insultas!--dijo Alvarez acercando su rostro, congestionado por
la ira, al de Quirs, que estaba cada vez ms plido--. An te atreves
a hablar de mi desgraciada situacin, que me obliga a vivir oculto
cuando t eres el autor de mi infortunio!

--Yo, seor Alvarez!--exclam Quirs abriendo sus ojos cuanto pudo,
para demostrar su extraeza e inocencia--. Yo el culpable de que usted,
por revolucionario, se halle fugitivo y sentenciado a muerte!

--S, t--afirm Alvarez con energa--. T, que fuiste quien me
denunci; t, que entregaste a la infeliz Tomasa a la Polica, causando
su muerte; que hiciste llegar a manos del Gobierno mis papeles
polticos, por los cuales muchas familias lloran hoy a sus padres, que
viven en presidio, y que has hecho caer sobre m una sentencia de
muerte.

Y Alvarez, al recordar el cmulo de desgracias que haba producido la
traicin de aquel hombre, y al verlo ante l, con la expresin de un
hombre feliz y la prosopopeya de un personaje, sinti que su indignacin
llegaba al paroxismo, y, sin darse cuenta de lo que haca, avanz sus
manos, intentando estrujar aquel cuello grasoso y blanducho, que se
hunda en la solapa de ricas pieles.

Quirs se libr, retrocediendo algunos pasos, y en sus mejillas plidas
notse un temblor nervioso.

--Reprtese usted, seor Alvarez. Por inters a usted se lo advierto:
estamos llamando la atencin de la gente, y a usted no le conviene un
escndalo en medio de la calle.

El conspirador recobr un poco la calma con esta observacin, y mirando
a su alrededor vi parados a pocos pasos de distancia algunos chicuelos
y criadas de servicio, que esperaban con plcida curiosidad que aquellos
dos seoritos se dieran de mojicones.

Esta expectacin le haca correr el peligro de ser detenido por los
agentes de la autoridad, y tal pensamiento bast para que inmediatamente
fingiera una fra calma, que estaba muy lejos de sentir.

--Es verdad--dijo el ex capitn--; estamos llamando la atencin, y esto
no es conveniente. Acabemos pronto.

--Acabemos--dijo Quirs, que estaba ms deseoso que nunca de terminar
aquella situacin, saliendo escapado inmediatamente.

--Dnde ventilamos nuestro asunto?

--Ahora no puedo. Me esperan para una cuestin poltica de gran
importancia.

--Siento que retardemos el placer que indudablemente ha de producirnos
vernos los dos frente a frente. Sin embargo, me hallo dispuesto a
complacerle, retardando el encuentro. Nos veremos esta noche. Seale
usted punto y hora.

--Pero, seor Alvarez, esto es usurpar la misin de nuestros respectivos
padrinos. Ellos se encargarn de arreglar todos estos detalles.

--Qu est usted diciendo? Cree usted acaso que vamos a perder un
tiempo precioso incomodando a cuatro amigos con el asunto de nuestras
enemistades, que a ellos nada les importan? Qudense los padrinos y las
negociaciones de honor para aquellos lances que son susceptibles de
arreglo; aqu no son necesarios tales preparativos. Uno de nosotros
sobra en el mundo. El asunto no puede ser ms sencillo; se trata de ver
si un hombre honrado puede matar noblemente a un pillo a quien poda en
este mismo momento estrangular. Tome usted un revlver esta noche y
acuda al sitio que tenga a bien sealar.

--Pero... don Esteban! Eso es brutal! Eso es salvaje! Los caballeros
como nosotros deben arreglar sus cuestiones de un modo ms distinguido.
Dgame usted dnde vive, y yo le enviar mis padrinos.

--Ea, basta de farsas! Cree usted que un hombre fugitivo, como yo, y
sentenciado a muerte, est en circunstancias para perder el tiempo y
exhibirse en negociaciones que, por ms que ocultramos, no tardaran en
ser pblicas? Yo, fugitivo, oculto y comprometido en importantes
empresas, no dispongo de amigos para mezclarlos en estos asuntos; ni
puedo dar mis seas a un hombre acostumbrado a las delaciones
policacas. Acabemos ya! O viene usted esta noche a matarse, o le
abofeteo y le doy de puntapis aqu mismo.

Y Alvarez se adelantaba hacia su enemigo, dispuesto a unir la accin a
la palabra.

Quirs, a pesar del miedo que experimentaba, sinti sublevarse su
dignidad ante aquella agresin, y cobrando valor contest con cierta
firmeza.

--Est bien. Basta ya de insultos! Nos batiremos como a usted le
parezca mejor. Estoy a sus rdenes esta noche.

--Punto y hora?

--Si le parece a usted, podramos reunimos a las nueve de esta noche,
frente a las Caballerizas reales. De all podemos dirigirnos a la Casa
de Campo, y junto a sus tapias podremos cambiar algunos tiros, sin temor
a que nadie nos estorbe.

--Conforme. Ahora slo falta que usted me prometa no olvidar ese
compromiso que ahora contrae.

--Caballero! Cree usted que yo falto en asuntos de honor?

--Yo tengo derecho a esperarlo todo del hombre que me delat, Jreme
usted no faltar esta noche a la cita!

--Lo juro--dijo Quirs, que deseaba cuanto antes terminar aquella
conversacin, aunque para ello tuviera que aceptar las mayores
humillaciones.

--Est bien. Por su inters le advierto que si usted falta a su
juramento, no ser sta la ltima vez que nos veremos, y entonces ser
ms exigente. Buenos das.

Apenas Alvarez volvi la espalda, Quirs se apresur a alejarse.

El diputado ultramontano estaba an agitado por aquella dbil
indignacin que le haban producido los insultos de Esteban Alvarez;
pero, conforme se iba alejando, se desvaneca la animacin que le haba
sostenido momentos antes, y al llegar a la calle de Carretas. Quirs ya
comenzaba a estremecerse, pensando en lo prometido.

El esposo de Enriqueta aterrbase al imaginarse la posibilidad de que
aquella misma noche, en la obscuridad, y junto a una tapia solitaria, se
viera, revlver en mano, frente a Alvarez, que tena para l la
supremaca del hombre honrado sobre el canalla.

El miedo le aturda de tal modo, que le haca discurrir torpemente.

El no se batira de aquel modo tan brutal y desprovisto de
probabilidades de arreglo, aunque una legin de hombres como Alvarez le
pateasen las costillas en medio de la calle.

Ante el mundo tena l, para poner a salvo su honor, el pretexto de que
un personaje de su importancia no poda batirse con un revoltoso,
sentenciado a muerte. Esto encubra perfectamente su cobarda, y aun
aadira a su persona una gran dosis de dignidad.

Pero apenas aceptaba la consoladora solucin de no acudir a la terrible
cita, conmovase pensando que al da siguiente, al salir de su casa,
volvera a encontrar a aquel enemigo, ms amenazante e inflexible que
nunca.

Dios santo! Qu iba a hacer? Qu resolucin sera la ms acertada?

Ah!... Ya lo tena pensado. Ira inmediatamente a consultar con el
padre Claudio, que estaba tan interesado como l en librarse de Alvarez,
y entre los dos encontraran el medio ms adecuado de suprimir a tan
tenaz e iracundo enemigo.




VI

En demanda de auxilio


El padre Claudio estaba aquel da dado a todos los diablos, segn se
deca Quirs al salir de su despacho.

Apenas el diputado cambi con l las primeras palabras, conoci que
algn asunto de gran importancia, y no muy grato, preocupaba al poderoso
jesuta, hasta el punto de hacerle olvidar aquel disimulo sonriente, que
era en l caracterstico.

El padre Claudio, contra su costumbre, se mostraba brusco y malhumorado,
y tal era su distraccin, que se le haban de repetir muchas veces las
mismas palabras para que llegase a fijarse en ellas.

Nunca haba visto Quirs en tal estado al reverendo padre, y no poda
comprender que existiesen en el mundo asuntos suficientemente graves
para turbar de tal modo a aquel genio de la intriga, carcter frreo,
creado para salir invencible de las ms difciles luchas.

Sin embargo, aquel disgusto que experimentaba el poderoso jesuta, no
poda ser ms justificado.

Segua dirigiendo los asuntos de la Orden en Espaa; era poderoso en el
real Palacio, y ninguno de sus subordinados opona la menor resistencia
a su desptica autoridad; pero, a pesar de esto, el padre Claudio
mostraba cierto azoramiento, y miraba a todas partes con aire de alarma,
presintiendo que en aquella atmsfera de tranquilidad y sumisin que le
rodeaba, exista algo hostil y amenazante, que no tardara en
condensarse sobre su cabeza, como una nube tempestuosa.

Su fino odo crea percibir los sordos golpes de ocultos zapadores, que
lentamente iban minando su poder, para, en un momento dado, hacer que le
faltase tierra bajo los pies, y hbil para adivinar de dnde proceda el
peligro, as como enterado perfectamente de los procedimientos y
costumbres de la Orden, miraba a Roma, cerebro y centro directivo del
jesuitismo universal.

All estaba el peligro, al lado del general de la Compaa, y apenas se
convenca una vez ms de que en Roma diriga aquellos subterrneos
trabajos contra su autoridad, estremecase de miedo, con la certeza de
que su ruina era segura, teniendo enfrente tan poderosos enemigos.

El padre Claudio repasaba toda su vida, deseoso de encontrar el motivo
que concitaba contra l las superiores iras.

El era en la Orden el personaje ms apreciado por los valiosos trabajos
que haba llevado a cabo, y recordaba el recibimiento afectuoso con que
siempre haba sido acogido en sus viajes a Roma, para conferenciar con
el general.

Por qu, pues, aquella guerra sorda e inexorable que le hacan desde la
capital del mundo catlico? Conocera acaso el general sus gigantescas
ambiciones y sabra ya los trabajos llevados a cabo por l para acelerar
su muerte y sucederle en la direccin de la Compaa?

Aquel bandido teocrtico, incapaz de conmoverse ante el crimen ms
horroroso, con tal que le sirviera para la consecucin de sus fines,
senta un miedo sin lmites al pensar que en Roma podan conocer sus
planes y ocultas maquinaciones. El haba procedido con gran sigilo,
hasta el punto de abandonar procedimientos muy tiles, por temor a que
se hicieran pblicos; pero esto no le proporcionaba tranquilidad alguna.
Haba trabajado en el seno de la Compaa, y en sta el espionaje y la
delacin constituyen las mayores virtudes. Saba que la fidelidad y el
cario entre jesutas eran absurdos mitos, y tena el convencimiento de
que su secretario, el padre Antonio, aquel jesuta al cual tanto haba
protegido, le hara traicin apenas se le presentara una ocasin
favorable.

De aqu su intranquilidad y que se considerase vencido a todas horas,
sin otro apoyo que el que l mismo pudiera proporcionarse con su
diablico talento, y a merced de las delaciones de aquellos mismos
sacerdotes que comparecan ante l humildes, con la frente inclinada y
los ojos bajos.

El da en que Quirs, despus de su encuentro con Alvarez, se present
en el despacho del superior de la Orden en Espaa, ste se encontraba
ms intranquilo y malhumorado que de costumbre.

Haba llegado a Madrid, procedente de Roma, un jesuta italiano, el
padre Toms Ferrari, varn de aspecto sencillo y cndido, pero en quien
el experto ojo del padre Claudio adivin inmediatamente lo que se llama
un pjaro de cuenta.

Haba estado ejerciendo sus funciones durante muchos aos en la
secretara del generalato, y llegaba a Madrid, segn las rdenes del
supremo director de la Orden, desterrado por ciertos pecadillos; pero el
padre Claudio saba bien el grado de credulidad con que deba acoger
tales manifestaciones.

El jesuta italiano hablaba el espaol con bastante correccin, y sin
otro defecto que su acento; y Madrid no era el punto ms indicado para
desterrar a un subordinado infiel. Pensando en esto, adivinaba a lo que
aquel hombre vena a Madrid, y aunque lo trataba con paternal
benignidad, no le perda de vista, y en la casa-residencia tena algunos
jesutas fieles, que lo vigilaban de cerca.

Pensaba el padre Claudio sondear hbilmente su nimo, con el intento de
adivinar sus propsitos; pero, por adelantado, se prometa una derrota,
pues comprenda que aquel italiano no era hombre capaz de dejarse
sorprender.

El hbil intrigante reconoca a su cofrade, bajo la mscara hipcrita de
mansedumbre y humildad con que se ocultaba el taimado italiano.

Preocupado estaba el padre Claudio con las reflexiones que le sugera la
inesperada llegada del padre Toms a Madrid, cuando entr en su despacho
su protegido Quirs.

Su aspecto azorado y la palidez de su rostro llam inmediatamente la
atencin del jesuta, quien con una mirada pareci preguntar a su
discpulo lo que le ocurra.

--Reverendo padre--dijo el diputado con precipitacin--, ya tenemos aqu
otra vez a se.

--Ah!--contest el jesuta con displicencia--. Y quin es se?

--Quin ha de ser? Esteban Alvarez, ese descamisado, enemigo de Dios y
de los reyes, que se encuentra en Madrid, sin temor a la sentencia
terrible que pesa sobre l.

Quirs esperaba que aquella noticia producira honda sensacin en el
padre Claudio, y por esto su sorpresa fu grande cuando vi que la
reciba sin pestaear y con una desesperante frialdad.

--Bueno, pues que est en Madrid cuanto guste--dijo el jesuta con
acento despreciativo--. Poco me importa su suerte, y, adems, bastante
le ha castigado Dios convirtindolo en fugitivo sentenciado a muerte,
para que nosotros volvamos a ocuparnos de l.

La llegada del padre Toms era lo que preocupaba al jesuta, y pensando
en sus asuntos ntimos, todo lo dems le tena sin cuidado.

--Pero qu tranquilo est usted, reverendo padre! Parece mentira que
conserve esa flema! No recuerda usted lo terrible que es el tal
personaje, y el inters que usted tena en otro tiempo en anularlo para
siempre?

--S, s; lo recuerdo--contest el jesuta bastante distrado--; pero
ahora me tiene sin cuidado la tal persona. Vaya, Joaquinito, deje usted
en paz a ese infeliz, y pasemos a hablar de otra cosa, si es que usted
quiere algo de m.

--Pero, reverendo padre! Dejar en paz a ese demagogo! A ese
energmeno! Yo bien lo dejara tranquilo, pero sera con tal que l no
se acordase de m. Mas lo terrible es que l, a pesar de estar cado,
nos busca camorra, y dice que no ha de descansar hasta que consiga
vengarse de los que le han conducido a tan triste situacin. Si usted
supiera lo que acaba de sucederme! Lo encontr en la misma calle de
Atocha, me abord..., y aquello fu escandaloso.

Y Quirs comenz a relatar con lenguaje animado a su poderoso protector
todo lo ocurrido, cuidando de disimular el miedo que sinti al hablar
con Alvarez, y adornando con algunas mentiras su relacin, con el objeto
de hacer creer al jesuta en un valor que haba estado muy lejos de
demostrar.

El padre Claudio, al or a Quirs, se haba interesado algo,
desapareciendo en l la anterior distraccin.

--En resumen--dijo, cuando el diputado ces de hablar--, que Alvarez
desea vengarse de las perreras que usted hizo para casarse con
Enriqueta, y que le esperar esta noche con la intencin de meterle una
bala en el crneo.

--Eso es. Qu le parece a usted que debo hacer?

--Asistir a la cita--contest el padre Claudio con cierta sorna--. Es lo
propio en un caballero.

--Pero, padre Claudio: cree usted que as puedo yo exponer mi vida, ni
ms ni menos que porque se le ocurra matarme a un demagogo, furioso por
ciertos actos que ya no tienen remedio? Cualquiera, al orle hablar a
usted de ese modo, creera que tiene ganas de librarse de m, y que
aprovecha la ocasin.

Quirs haba adivinado el pensamiento del padre Claudio, y ste que,
preocupado por sus asuntos dentro de la Orden, olvidaba el disimulo,
contest con brutalidad:

--Tal vez acierta usted.

--S, eh?--exclam el diputado, indignado por aquella ruda franqueza--.
Pues en justa reciprocidad, tambin se me puede ocurrir el librarme de
un protector tan enojoso como lo es vuestra paternidad en ciertas
ocasiones, y, para ello, tal vez no tenga ms que decir a ese energmeno
toda la verdad, o sea que, si yo lo delat al Gobierno, fu por mandato
del reverendo padre Claudio, de la Compaa de Jess.

El jesuta no se inmut, limitndose a contestar con desprecio:

--Bah! Estoy yo demasiado alto para que llegue hasta m la mano
vengativa de ese sujeto.

--No hay enemigo pequeo. Ms altos que vuestra paternidad estn los
reyes, y, sin embargo, muchas veces ha llegado hasta ellos la bala de
una pistola.

El padre Claudio volvi a hacer un gesto de desprecio.

--No sea usted tan altivo y confiado--continu Quirs--. Yo s bien lo
ocurrido entre usted y Alvarez, y tengo el convencimiento de que el
hombre que en medio de la plaza de Oriente estuvo a punto de
abofetearle, no vacilar en tratarlo de un modo ms terrible as que se
convenza de que a usted debe todas sus desgracias y de que yo slo he
sido un ejecutor de todos sus mandatos. Si a usted le parece bien,
haremos la prueba, revelando yo al tal Alvarez la participacin que
usted tuvo en todo cuanto le ocurri.

El padre Claudio permaneci en apariencia inmutable; pero Quirs
comprendi que sus palabras le haban producido alguna mella, cuando,
poco despus, le oy expresarse de este modo, con acento fingidamente
burln:

--Pero qu farsante es usted! Cmo exagera las cosas cuando se cree en
peligro y ve en estado crtico la integridad de su persona! A qu
hablar tanto! Tiene usted miedo a Alvarez? Quiere usted no verse
frente a l pistola en mano? Conforme; por ah deba haber empezado.
Teme usted a ese enemigo y viene a buscar una ayuda, que yo no le puedo
negar.

Quirs, conociendo que el jesuta, por la solidaridad que entre ambos
exista, estaba dispuesto a ayudarle, y seguro ya de su valioso apoyo,
intent echarlas de valiente, protestando contra aquella opinin de
cobarda en que le tena el padre Claudio; pero ste le impidi seguir
adelante, dicindole con la misma brusquedad de antes:

--Tonteras aparte, amigo Quirs: tiene usted miedo, y no es necesario
que se extreme en demostrarme lo que no es verdad. Por eso mismo que lo
veo tan apocado, me decido a prestarle mi auxilio.

--Es que usted tambin est interesado en librarse de ese hombre.

El padre Claudio sonri con expresin tan cnica como feroz.

--Bah! Si yo no vistiera esta sotana y fuese lo que usted es, ya sabra
librarme por mi propia mano de un hombre que me estorbara, sin necesidad
de implorar la ayuda de nadie.

Y al hablar as, haba tal expresin en el rostro del jesuta, que se
adivinaba cmo, a pesar de sus aos, era capaz aquel perfumado bandido
de cometer los ms horripilantes actos sin el menor remordimiento.

Quirs, que una vez ms comprenda la superioridad de aquel hombre,
nacido para el mal, se abstuvo de reclamaciones y fingimientos.

--Tranquilcese usted--continu el jesuta--, que yo le librar esta
misma noche de ese enemigo que le ha salido. Adems, prestaremos un gran
servicio al Gobierno y a la causa del orden. La aparicin de ese hombre
en Madrid, nada bueno indica.

--Eso mismo he pensado yo. Alvarez debe haber entrado en Espaa para
hacer algn trabajo revolucionario.

--El general Prim, despus del levantamiento fracasado que le oblig a
refugiarse en Portugal, conspira desde Pars con los militares
emigrados, y nos prepara otra insurreccin. El Gobierno est sobre la
pista, y, prendiendo a un agente revolucionario tan acreditado como
Alvarez, tal vez se descubra todo el plan.

--Haga usted, pues, que lo prendan, padre Claudio, y as me evitar yo
otro abordaje como el de hoy.

--Pero, dnde est, criatura? Dnde est ese hombre, para que la
Polica pudiera echarle el guante? Usted no sabe dnde se oculta, y hay
que aprovechar la cita de esta noche para prenderle. Yo creo conocer su
carcter, y tengo la seguridad de que no dejar de acudir al punto
citado y a la misma hora fijada por usted.

--Qu es, pues, lo que usted me aconseja que haga?

--Usted debe estar esta noche frente a las Caballerizas Reales a la hora
indicada, y all aguardar la llegada de Alvarez. Sin mostrar miedo
alguno le recibir usted, diciendo que est dispuesto a ir junto a las
tapias de la Casa de Campo, y, no tema usted!, pues antes de emprender
la marcha, ya caer sobre l la Polica, que estar oculta en las
inmediaciones. Yo me encargo de que el gobernador enve all esta noche
los ms listos de sus agentes.

A Quirs no le agradaba la combinacin.

--Mire usted, padre. Francamente, no me gusta eso de que tenga yo que
desempear siempre los ms odiosos papeles, y repugnante resulta el que
en mis propias barbas prendan a un hombre que acude a un punto citado
por m. Eso es proceder del mismo modo que un traidor de melodrama.

--Vaya unos escrpulos! Est usted hecho un diablo predicador, y, desde
que es rico y aspira a convertirse en personaje poltico, todo le parece
denigrante y poco digno.

--Yo lo que quisiera es no mezclarme en el asunto, tanto ms cuanto que
mi presencia no es necesaria. No poda estar la Polica oculta, y al
ver llegar a Alvarez, buscndome en vano por el lugar indicado,
arrojarse sobre l?

--Eso estara muy bien si la Polica conociera a Alvarez; pero, aunque
su nombre sea conocido por todos los agentes del gobernador, como
temible revolucionario, no hay uno solo que sepa cmo es l
personalmente.

--Poda dar sus seas.

--Eso no basta, y con ellas podra la Polica equivocarse y prender a
otro individuo, al primer transeunte que se le ocurriera detenerse en la
calle de Bailn, frente a las Caballerizas. Total, que por un necio
escrpulo de usted, daramos un golpe en vago, del que maana hablara
la prensa de oposicin, y advertiramos a Alvarez, el cual se pondra en
salvo.

Quirs pareci convencido.

--Bien! Conforme, reverendo padre! Lo que usted quiera. Vuestra
reverencia siempre hace de m lo que mejor le parece, y me maneja como a
un nio. Estar en la calle de Bailn a la hora indicada. Usted se
encargar de enviar la Polica, no es eso?

--S, seor. Est usted tranquilo, que antes de que ustedes se dirijan
hacia la Casa de Campo, apenas la Polica vea a usted hablando con
Alvarez, se arrojar sobre ste, maniatndole, para que no se escape ni
se defienda.

El diputado ultramontano manifestse muy alegre por aquella solucin,
que evitaba todo peligro para su vida y le libraba de un temible
enemigo; pero, de pronto, sus ojuelos brillaron con cierta malicia, y se
rasc su colgante y grasosa sotabarba con expresin de incertidumbre.

Mir fijamente al padre Claudio, y despus dijo con lentitud:

--Reverendo padre: hablemos claro. Es seguro que la Polica vendr esta
noche?

El jesuta extra mucho la pregunta.

--Y por qu no ha de ir? Yo en persona ir a hablar con el gobernador.
Me extraan sus palabras.

--Tengo bastante memoria y recuerdo la franqueza con que me habl usted
hace poco. A vuestra paternidad no le parecera mal el librarse de m, y
sera una jugada bonita el dejarme solo esta noche en poder de ese bruto
de Alvarez, para que me espachurrara sin compasin. Sera un golpe que
hara honor a la travesura de vuestra reverencia.

--Bah! Es usted un malicioso sin objeto. Yo nunca empleo tales
procedimientos para librarme de mis enemigos, y si usted me estorbase
realmente, crea que no me faltaran medios mejores para anularlo. Vaya
usted tranquilo esta noche, que yo no faltar. Lo que dije antes fu
solamente un arranque propio del mal humor que hoy me domina. Aunque
usted no quiera creerlo, le aprecio a usted, por lo mismo que lo
necesito, y an podemos hacer muchas cosas juntos.

Poco despus, Quirs, ya ms tranquilizado, sala de la casa del padre
Claudio.

Crea que ste cumplira su palabra por estar tan interesado como l en
librarse de Alvarez.

Y si lo engaaba? Y si no acuda la Polica, y l, cumpliendo su
palabra, se vea obligado a ir hasta la Casa de Campo para cambiar
algunos tiros?

Todo menos eso. Estaba l dispuesto a todo antes que a ponerse en tan
apurado trance, y con tal de no verse ante el revlver de Alvarez, se
crea capaz de echar a correr as que se convenciera de que su protector
no haba preparado una Polica providencial que cortase el lance,
llevndose preso al temible revolucionario.




VII

La abnegacin de Perico


Comenzaba el crepsculo a dejar flotante su manto de sombras, y todava
don Esteban Alvarez, junto a la abierta ventana, escriba sobre una
mesilla cuyo tablero estaba manchado de tinta y de grasa.

La habitacin era tan modesta, que le faltaba poco para ser una msera
buhardilla.

No haba encontrado el conspirador asilo ms seguro que aquella
habitacin, perteneciente a la vivienda de un pobre obrero, entusiasta
por las ideas avanzadas y comprometido en cuantos movimientos
revolucionarios se preparaban en Madrid.

Aquel pobre carpintero y su familia afanbanse por servir al fugitivo
capitn, y lo ocultaban con tanto cuidado como si se tratase de un
tesoro.

Cada una de las salidas que haca Alvarez, produca hondo disgusto al
dueo de la casa, que tema que fuese el militar reconocido por la
Polica. El entusiasta obrero hablaba de esto a Perico con la esperanza
de que ste obligase a su amo a ser ms prudente.

En dicha tarde, por ser da de fiesta, haba salido el carpintero con su
familia a dar un paseo, como la mayora de los vecinos que ocupaban
aquella calle de la Ronda, y Alvarez se haba quedado en la casa
acompaado de su fiel asistente.

Haca ya ms de una hora que escriba, teniendo a la vista gran nmero
de papeles, y Perico le contemplaba, observando un respetuoso silencio,
pues conoca bien el significado de aquellos trabajos.

El antiguo asistente haba cambiado mucho. Ya no era aquel mocetn
aragons, tan rudo en el carcter como en presencia, pues su estancia en
Pars haba obrado en l grandes modificaciones.

En la gran metrpoli francesa habase visto obligado a desempear varios
oficios, para atender a su subsistencia y muchas veces a la de su amo, y
el trato continuo con gentes de esmerada cultura, haba ido limando poco
a poco las asperezas de su carcter, revestido de virginal rudeza.

Hasta su exterior se haba modificado mucho, y en la actualidad era un
muchacho de agradable aspecto, que vesta con esa distincin propia de
los domsticos extranjeros. Su rostro, antes curtido y de rasgos
sobradamente enrgicos, estaba ahora atenuado por las sombras de una
barba fina y escrupulosamente cuidada.

Se encontraba, como ya hemos dicho, el fiel criado observando cmo su
amo, a pesar de las sombras que invadan la habitacin, segua
trabajando en aquellos papeles revolucionarios, y, sentado en una silla
desvencijada, segua atentamente todos los movimientos de su seor, con
la misma fruicin del que contempla al ser amado.

Al ver que la oscuridad se haca cada vez ms densa, y que Alvarez
segua escribiendo casi a tientas, sin darse cuenta de lo que le
rodeaba, sali Perico de la habitacin, y, poco despus, volvi trayendo
una palmatoria con una vela de sebo encendida, la cual coloc sobre la
mesa, procurando no distraer a su amo.

El capitn pareci volver en s al sentir el roce de su asistente y le
habl con aquel acento breve e imperioso que le era peculiar, y que al
muchacho aragons le pareca el ms carioso del mundo:

--Perico, todos estos papeles los guardars inmediatamente.

El aragons pareci extraar aquella orden. Claro era que deban
guardarse con cuidado aquellos documentos tan comprometedores. Pero,
acostumbrado a obedecer ciegamente a su seor, se abstuvo de hacer la
menor objecin.

--Los guardars, como te digo--continu Alvarez--; y por toda esta noche
permanecers en casa. Si maana al amanecer no he vuelto, los llevars a
la redaccin de "La Iberia", para entregarlos al director del peridico,
un seor cuyo apellido es Sagasta.

Perico acoga las rdenes de su superior con seales de obediencia; pero
aquello de que su amo poda no volver a la maana siguiente, causbale
cierta inquietud.

Deseaba hacer una pregunta para desentraar aquel misterio; pero
nicamente se atrevi a preguntar a su amo si deseaba alguna otra cosa.

--Nada ms. Recoge estos papeles inmediatamente, gurdalos en lugar
seguro, y ya sabes mis rdenes. Si maana amanece sin que yo est aqu,
entrgalos al director de "La Iberia", que es de la confianza del
general Prim. Yo voy a marcharme ahora mismo.

El asistente se mostr an ms alarmado e indeciso que antes, y, por
fin, haciendo un supremo esfuerzo, como si rompiese una barrera
gigantesca que se opusiera a su paso, pregunt a Alvarez con expresin
humilde:

--Seor, me permite usted una pregunta?

El capitn mir con sorpresa a su asistente, al ver que, por fin, una
vez se atreva a preguntarle, y con un gesto le indic que poda hablar.

--Ya sabe usted, mi capitn, que nunca me he tomado la menor libertad,
que pudiera interpretarse como falta de respeto, ni me he atrevido a
preguntarle jams lo que pensaba hacer. Me he limitado a obedecerle y a
seguirle a todas partes, y as ser en todas cuantas ocasiones se
presenten.

--Bien! Adelante! Haz la pregunta pronto y djate de rodeos.

--Pues bien, mi capitn. Quisiera saber adnde va usted esta noche, y
porqu cree que es posible que maana no se halle aqu. Esto no me
parece muy tranquilizador, y como usted es la nica persona que tengo en
el mundo...

Y Perico, profundamente conmovido, terminaba su oracin con un gesto de
dulce humildad, con el cual pareca pedir perdn por su atrevimiento, y
solicitar de su seor la revelacin del peligro que, indudablemente, iba
a arrostrar en aquella noche.

Alvarez, que al principio haba escuchado con expresin ceuda las
palabras de su asistente, se humaniz al ver de un modo tan patente el
inmenso cario que le profesaba.

--No hay motivo para asustarse, muchacho--dijo el conspirador,
intentando dar a sus palabras una expresin alegre--. Voy esta noche a
cambiar unos cuantos tiros con un canalla, y como uno de los dos ha de
quedar all, y nadie est exento de sufrir una desgracia, de ah que te
haya hecho el anterior encargo.

No era la primera vez que Perico vea partir a su amo para ir a exponer
su vida en un duelo; en dos distintas ocasiones haba tenido Alvarez
iguales lances en Pars; pero, a pesar de esto, en la presente
circunstancia, el fiel aragons senta mayor alarma, como si su instinto
le anunciase un inmediato peligro.

--Pero, mi capitn--dijo con tono de reconvencin respetuosa--: ha
pensado usted en la situacin en que estamos? Usted no se pertenece y
tiene graves compromisos con el general, que est all, confiando en sus
servicios. Un hombre, en la situacin que usted se encuentra, no debe
mezclarse en esos llamados lances de honor.

--Bah! Saldr con fortuna de l, como he salido de otros; tengo la
seguridad de ello, y slo por una prudente medida de precaucin te he
hecho el encargo antes.

Perico call, pero an manifestaba deseos de seguir preguntando, por lo
que le habl as su amo, el cual se rea de su confusa actitud:

--Qu ms quieres saber?

--Lo que quisiera es que usted me permitiese asistir a ese encuentro.

--Imposible! El lance ha de ser sin testigos. He sido yo mismo el que
he obligado a mi enemigo a aceptar esta condicin.

--Pues al menos, dgame usted quin es el hombre con el que va a luchar.

--Para qu quieres saberlo? Bstete saber que t no eres ajeno a la
cuestin, y que al meterle a ese hombre una bala en la cabeza, tal vez
te vengo a ti.

Perico qued pensativo al escuchar estas palabras, y, poco despus,
sonri con satisfecha expresin.

--Me parece que s quin es ese hombre.

--De veras? Hara honor a tu penetracin el haberlo adivinado.

--Indudablemente, ha tenido usted una cuestin con aquel pillete, que es
causa de nuestras desgracias y de la muerte de mi pobre ta.

Alvarez no pudo desmentir la apreciacin de su asistente, y se limit a
decir:

--No te parece que tengo motivos de sobra para matar a ese pillete,
como t dices?

--S, mi capitn. Vaya usted a castigar a ese malvado, y crea que siento
no encontrarme en situacin para poder hacer lo mismo.

Despus de una breve pausa, continu el asistente:

--Tengo la seguridad de que volver usted maana antes del amanecer.
Indudablemente, debe existir algo tejas arriba, que castigue a los
pillos y proteja a los hombres de bien, pues, de lo contrario, sera
imposible la vida en este mundo. No me cabe la menor duda: usted matar
a ese canalla.

Estas palabras halagaban a Alvarez, quien, entretanto, arreglaba los
papeles en un paquete, para que los guardase su asistente, y despus
examinaba un revlver americano que haba sacado del cajn de la
mesilla.

--Permtame usted otra pregunta, capitn, ya que tan tolerante es
conmigo. Dnde va usted a encontrar a ese hombre?

--Frente a las Caballerizas Reales.

--No se batirn ustedes all, por supuesto.

--No; iremos a matarnos junto a las tapias de la Casa de Campo. As lo
hemos convenido Quirs y yo.

--Y es ese seor quien ha marcado el punto y la hora?

--S; he dejado este asunto a su eleccin. Miserable canalla! Y cun
cobarde es! Apenas si el temblor le dejaba hablar en mi presencia.

Perico quedse pensativo, y por fin, dijo con conviccin:

--Mi capitn, rame usted cuanto quiera, dgame bruto e imbcil; pero
le aseguro a usted que har muy mal si acude a esa cita.

--Y por qu no he de acudir? Un hombre como yo va a dejar que un
Quirs pueda el da de maana tacharle de cobarde, por no haber acudido
a una cita?

--Ese Quirs es un pillo redomado, que no debe tener muchas ganas de
verse otra vez frente a usted, y que, adems, est acostumbrado a
librarse de un enemigo por medio de la delacin. Qu cosa ms fcil
para l que librarse de un hombre que le amenaza de muerte, y que es
buscado por la Polica como prfugo y sentenciado a la ltima pena?
Usted es muy cndido, mi capitn, y cree que todos proceden como usted,
con idntica nobleza. No me cabe duda alguna; me lo dicta el corazn. A
estas horas ese Quirs le ha delatado a usted a la Polica, que tiene ya
armada la trampa para cogerlo entre sus garras.

Estas afirmaciones de Perico produjeron gran confusin en el capitn.

Su carcter, noble y resuelto, incapaz de imaginar la menor traicin, no
haba podido abrigar tales sospechas; pero las palabras de su asistente
tenan tal tinte de verosimilitud, que comenz a recelar algo malo en
aquella cita de honor a la que iba a asistir.

Pero no tard su carcter caballeresco en rebelarse contra lo que le
dictaba su instinto de conservacin.

--Tal vez sea Quirs tan traidor como t lo pintas; pero, a pesar de
todo, no faltar a la cita.

--Pero es una locura, mi capitn. No hay hombre en el mundo, por
valiente que sea, que se presente solo y confiado en un punto donde sabe
le aguarda la traicin para hacerlo su vctima. Usted no debe asistir a
la cita, y aunque me insulte y me golpee, yo me opondr a ello. Don
Esteban! Seorito! Amo mo! Mteme usted, acabe conmigo, y nicamente
as podr consentir que vaya adonde le ha citado ese granuja, digno de
la horca.

Y el pobre muchacho deca estas palabras casi llorando, y en actitud
suplicante, avanzando sus manos como para impedir que se moviera su
seor.

Perico agot todos los argumentos que en poco rato pudo proporcionarle
su cerebro, para decidir al capitn a que no acudiese a la cita.

La traicin era clara. Aquel hombre infame le tena miedo, y nada ms
fcil para uno de su clase que una delacin, tanto ms cuanto que saba
que Alvarez era muy buscado por la Polica. Y si por un falso
sentimiento de honor, y presintiendo lo que iba a ocurrirle, acuda a la
cita, y la Polica le apresaba, cul iba a ser la suerte de los
preparativos revolucionarios? No producira una terrible impresin en
los conspiradores ver en poder de la autoridad al poseedor de todos los
secretos de la insurreccin? Adems, el general Prim le haba enviado a
Madrid como hombre de confianza, para que preparase un movimiento
revolucionario y no para comprometerse en asuntos particulares,
dejndose arrastrar por una quijotada de su carcter, que poda terminar
en desastrosa prisin primeramente y despus en el cadalso.

Alvarez mostrbase convencido de la verdad que encerraban las palabras
de su asistente; pero, a pesar de esto, segua obsesionado por aquella
idea que Perico calificaba de quijotesca.

--Y si no existiera esa traicin que t supones? Y si Quirs asistiera
a la cita completamente solo, y con la intencin de batirse noblemente
conmigo? Comprende en qu situacin tan terriblemente desairada quedara
yo en tal caso... No te opongas, Perico. Forzosamente he de asistir a
esa cita. Lo exige mi honor, y no faltar.

El asistente, que conoca perfectamente la tenacidad de su superior, al
escuchar estas palabras se convenci de que era intil insistir en
impedirle la salida, y mud inmediatamente de actitud.

--Puesto que usted se empea, acuda a la cita, aun sabiendo que va a ser
vctima de la traicin; pero, al menos, permtame, seor, que yo le
acompae.

--Para qu?

--Para evitar en lo posible las malas artes de ese canalla.

--Imposible. Quirs ir solo, y nadie, por tanto, debe acompaarme. El
lance es entre los dos; ninguna persona extraa debe mezclarse, y si yo
te llevara conmigo, es indudable que si, por desgracia, me tocara caer a
m, ese miserable tendra luego que batirse contigo, y eso no lo juzgo
digno.

--Bien pudiera suceder as--dijo el asistente con malicia--; pero yo le
prometo a usted no mezclarme para nada en el duelo. Yo solicito
acompaarle con distinto objeto.

--Qu es lo que deseas?

--Quiero ir con usted, desempeando el mismo papel que las descubiertas
en campaa. Djeme acompaado hasta el lugar donde le espera ese hombre,
y si all me convenzo de que realmente es l slo quien aguarda, y de
que no existe apostada gente dispuesta a caer sobre usted, entonces le
prometo retirarme, esperando con la consiguiente intranquilidad el fin
del lance.

Alvarez se mostraba indeciso.

--Me negar usted esto que le pido?--se apresur a decir el fiel
muchacho--. No merezco, por el inters y fidelidad con que siempre le
he servido, que usted me permita el acompaarle?

Alvarez estaba conmovido por aquellas muestras de cario que le daba su
asistente; pero, a pesar de esto, no pareci dispuesto a concederle el
permiso solicitado con tanto ahinco.

--Pero, muchacho--dijo el capitn--: t ests loco y no piensas que si,
efectivamente, ese hombre prepara una traicin, el resultado ser ms
desastroso acompandome t. Los dos seremos entonces cogidos por la
Polica, y a la causa revolucionaria conviene que, por lo menos, quedes
t libre, pues de lo contrario se perderan esos papeles, cuya
importancia ya conoces.

El asistente sonri con expresin de confianza:

--Qui, mi capitn! Yendo yo con usted no hay cuidado de que a ninguno
de los dos le agarre la Polica. Djeme usted que le acompae y, aunque
slo sea por una vez, permtame que le ordene lo que debe hacerse. Yo
salgo garante del xito.

Transcurri ms de media hora importunando Perico con fervientes
splicas a su amo, y ste sin querer ceder; hasta que por fin, Alvarez,
cansado sin duda de la tenacidad de su fiel servidor, o pesaroso de
negarle aquel favor que tan cariosamente le peda, se decidi a darle
el anhelado permiso.

Perico di muestras de la mayor satisfaccin ante la conformidad de su
amo.

--Ahora va usted seguro. Usted es demasiado valiente y confiado, y esto
es lo que le pierde. Djese guiar por m, pues el mundo, con todas sus
perreras, me ha enseado a ser malicioso, y tenga la seguridad de que
si ese hombre le ha preparado alguna encerrona, va a quedar chasqueado.
Yo me encargo de ver por m mismo lo que ese seor Quirs tenga
dispuesto, y le avisar si existe algn peligro.

Alvarez guard su revlver en el bolsillo del pantaln envolvindose
despus en su capa, y Perico se visti un hermoso palet azul, prenda
que constitua su orgullo, y que era producto de sus ahorros en Pars.

Poco despus salieron amo y criado de la casa, con gran alarma del
obrero revolucionario y su familia, que, vueltos ya de su paseo, estaban
en el taller, situado en la planta baja.




VIII

El fracaso de Quirs.


Aquella noche haba gran funcin en el teatro Real, y por todas las
calles principales afluan a la plaza de Oriente lujosos carruajes, en
cuyo interior iban las ms encopetadas familias de la aristocracia
madrilea.

En las puertas del clebre coliseo agolpbase gran gento, y los agentes
de Polica se afanaban en establecer un turno riguroso en la numerosa
fila de carruajes que, lentamente, avanzaba hacia el vestbulo, para
depositar en l sus elegantes cargamentos.

Contrastaba el bullicio, la animacin y la luz que existan en los
alrededores del aristocrtico coliseo, con la soledad, la sombra y la
quietud que reinaban en el resto de la plaza.

Alrededor del jardincillo, y en torno del cinturn de estatuas, slo se
destacaba alguna que otra sombra, que marchaba veloz hacia el teatro, o
permaneca inmvil, en actitud sospechosa; y frente al Real Palacio,
bajo los grandes faroles, paseaban cadenciosamente, y con el fusil al
brazo, los centinelas, y, de vez en cuando, haciendo retemblar el
empedrado bajo las resonantes herraduras, transcurran veloces los
jinetes encargados de la ronda por las cercanas del regio Alczar.

La noche era bastante apacible, para ser de invierno, y nicamente el
vientecillo helado que enviaba el Guadarrama haca incmodo el
permanecer al raso paseando sobre aquel empedrado, que pareca sudar
fro.

A aquella hora llamaba la atencin de los escasos transentes que
pasaban por la calle de Bailn, un caballero que paseaba con lentitud
por la acera existente a lo largo de las reales Caballerizas.

Era el diputado don Joaqun Quirs.

Tan confiado estaba en la promesa del padre Claudio, que, no queriendo
perder la funcin de aquella noche en el Real, se haba vestido con
traje de etiqueta, que ocultaba su rico gabn de pieles.

El asunto era para l muy sencillo. Dentro de poco rato llegara el
temible Alvarez; le entretendra l diciendo que estaba dispuesto a ir
al lugar del combate, aunque retardando en lo posible el momento de la
partida; llegara, mientras tanto, la Polica, se apoderara por
sorpresa del conspirador y l ira tranquilamente a or la pera y a
visitar en su palco a una duquesa, muy religiosa y todava apetecible,
con la cual estaba prximo a entrar en relaciones.

Era tan cmodo y fcil aquel sistema de librarse de un temible enemigo,
que apenas si impresionaba a Quirs, el cual estaba esperando que
llegase cuanto antes Alvarez, para terminar el asunto, y entrar en el
teatro.

Cuando lleg a la plaza y comenz a pasearse por el lugar que l mismo
haba indicado, no pudo evitar una impresin de miedo, al ver lo
desierta que estaba la calle de Bailn y el trozo de plaza que desde
ella se vea.

Quirs, predispuesto siempre a imaginarse lo ms malo, no tard en
pensar que el padre Claudio se haba olvidado de avisar a la Polica, o
que, intencionadamente, le dejaba desamparado en aquel punto peligroso,
para que Alvarez saciase en l su afn de venganza.

Esta ltima consideracin le produjo tal pavor, que estuvo a punto de
huir, como si ya viera apuntando a su pecho el revlver de Alvarez;
pero, afortunadamente para el prestigio valeroso del reaccionario
diputado, pronto vi algo que fu devolvindole una parte de su perdida
tranquilidad.

Varias veces destacronse en la embocadura de la calle, por la parte de
Palacio, algunos hombres, que, por fin, desaparecieron, como si se
hubieran emboscado en la sombra que exista en las inmediaciones del
regio alczar.

Aquellos hombres deban ser la Polica, y Quirs, seguro ya del auxilio,
continu su paseo con el aplomo y la confianza de un hroe, seguro de
sus fuerzas.

Oy pisadas tras l y se apart, apoyndose en la pared de las
Caballerizas, para dejar paso franco a un embozado, que llevaba sombrero
de copa alta.

--Espere usted tranquilamente, don Joaqun--dijo el embozado, sin
detenerse--. Tengo ah mi gente, y no tardaremos en aparecer, as que el
pjaro se presente.

Quirs reconoci en aquel hombre que se alejaba a un comisario de
Polica que gozaba de cierta celebridad, por ser el esbirro a quien
todos los Gobiernos reaccionarios encargaban la persecucin de los
delincuentes polticos.

La tranquilidad que desde entonces goz el diputado fu completa, y, a
pesar de aquella soledad que le rodeaba, se sinti seguro y omnipotente,
como si en la sombra tuviera ejrcitos enteros dispuestos a acudir en su
auxilio al menor llamamiento.

Sonaron horas en el reloj de Palacio, y antes que Quirs acabara de
contarlas, se detuvo al ver que por el lado de la plaza de San Marcial
avanzaba un hombre de buen aspecto, que vesta un largo gabn.

Examinlo atentamente el diputado, y, cuando lo tuvo cerca, convencise
de que no era Alvarez, por lo cual se apart para dejarle franco el
paso; pero, con gran extraeza, vi que aquel desconocido se diriga
rectamente a l.

Quirs, temiendo que un importuno viniera a estorbar su asunto, intent
evadirse, pasando a la otra acera; pero antes de que pusiera el pie en
el arroyo, ya tena a su lado a aquel hombre.

Tuvo entonces que mirarlo, y vi que era un hombre joven, de rostro
enrgico, que acerc su boca para hablarle, lanzndole a las narices su
resuello, que ola a vino.

Parecile a Quirs un extranjero importuno, perturbado por el alcohol
madrileo y dispuesto a incomodar con sus palabras al primer transente
que encontrase.

--"Cabagerro"...--dijo tartamudeando, y con pronunciacin extranjera y
dificultosa--. "Decirme ost ou est la Port del Sol."

Quirs se impacient al verse detenido por aquel francs borracho, que
le cortaba el paso y pareca dispuesto a entretenerle con su charla.

Su primer impulso fu enviar al extranjero enhoramala; pero aquel buen
mozo pareca adivinar su pensamiento y se asa familiarmente a sus
solapas de piel repitiendo siempre con aquella voz dificultosa, que ola
a vino:

--"La Port du Sol, cabagerro... Diga ost ou est la Port du Sol."

Quirs se senta cada vez ms impaciente por la pesadez de aquel
borracho, que no quera soltarle, y que oa sus explicaciones sin
comprenderlas, volviendo nuevamente a hacer la misma pregunta.

En vano le marcaba el diputado a aquel ebrio francs la ruta que deba
seguir para llegar a aquella "Port du Sol", que repeta como un pesado
estribillo, pues el maldito se empeaba en no comprender, y, siempre,
agarrado a las solapas del rico gabn, se estaba all plantado,
zarandeando a Quirs, que algunos momentos sintise dominado por la
clera y estuvo prximo a dar una bofetada a aquel importuno.

Pero, no... Qu iba a hacer? Golpear a aquel hombre sera llamar
inmediatamente la atencin de la Polica y espantar a Alvarez, que iba a
llegar de un momento a otro.

Esta consideracin aturda a Quirs ms an que las pegajosas libertades
que se tomaba aquel borracho.

Y si llegaba Alvarez en aquel momento? Maldito francs! No poder
librarse de l dndole dos buenos mojicones que le hiciesen medir el
suelo.

Pero, quin era aqul que se acercaba? Indudablemente Alvarez, que
llegaba en la peor ocasin... Pero no; le seguan de cerca cuatro
hombres, y otros surgan de las sombras de la plaza, apostndose en la
desembocadura de la calle.

Maldicin! Era la Polica, que, al ver a Quirs hablar acaloradamente
con un hombre que, cogindole de las solapas, lo zarandeaba, haba
credo que ste era el revolucionario Alvarez.

Condolase Quirs interiormente de aquella torpeza, que pona al
descubierto su plan, e intentaba alejar con seas a aquellos hombres,
que avanzaban cautelosamente a espaldas del extranjero; pero todo fu
intil.

El borracho se sinti de pronto cogido fuertemente por sus dos brazos, y
una voz le dijo con acento imperioso:

--Dese usted preso. Si intenta resistirse, es muerto.

Era el inspector quien hablaba as, asomando por bajo de la capa su
diestra, armada de un revlver.

Dos agentes tenan fuertemente agarrado al francs, que miraba con
estupefaccin a Quirs y al comisario de Polica.

El diputado estaba tan colrico, que, a pesar de toda su religiosidad,
lanz una blasfemia.

--Qu es eso, don Joaqun?

--Que es usted un torpe, seor inspector. Quin le mandaba a usted
venir tan pronto? Buena la hemos hecho!

--Pero este seor no es...?--pregunt el polica con asombro.

--Este seor--le interrumpi Quirs--es un borracho impertinente, que ha
venido a incomodarme, y del que yo me hubiera librado sin necesidad de
que ustedes se movieran.

El borracho afirm, y solt otra vez su resuello vinoso, en el que iban
envueltas palabras tan pronto espaolas como francesas. El peda perdn
una y mil veces al seor polica y a todos los presentes; pero l no era
ningn criminal para que le prendiesen: era un sbdito francs, como
podia acreditarlo con su pasaporte y el certificado del cnsul, y se
haba permitido el preguntar a aquel caballero por dnde ira ms pronto
a la Puerta del Sol.

Tan marcada era la expresin de desaliento en el rostro del inspector, y
tan evidente la embriaguez e inocencia de aquel extranjero, que los dos
agentes, sin esperar orden alguna, soltaron los brazos del detenido.

El comisario, furioso por la decepcin sufrida, que le pona en ridculo
ante un personaje como Quirs, y deseoso de venganza, intent dar un
puntapi al francs; pero ste supo sortearlo hbilmente, y mir a los
dos agentes, como para ponerse a cubierto de una lluvia de golpes.

--Eh, seor inspector!--dijo Quirs, con acento spero--. No vayamos a
empeorar su desacierto dando un escndalo. Ese hombre an no ha venido,
y aunque esto empieza mal, podemos tener todava alguna esperanza. Cada
uno a su puesto, y aguardemos.

El comisario acept sumiso la orden de Quirs, y sealando
imperiosamente el extremo de la calle, dijo al extranjero:

--Largo de aqu, borrachn, o por Cristo vivo que...!

Y fu nuevamente a golpearle; pero el francs anduvo listo, y sali
escapado, marchando con direccin a la plaza de Oriente, con el paso
vacilante propio de un hombre que, aunque ebrio, no tiene an vencida
completamente su energa por la fuerza del alcohol.

Los policas, que estaban apostados al extremo de la calle, le dejaron
escapar, y vieron cmo aquel hombre pasaba junto a los carruajes que
estaban a la puerta del teatro Real, cmo contemplaba un buen rato, con
expresin estpida, la iluminada fachada, y cmo, por fin, despus de
dudar un buen rato, cual hombre que no sabe el camino y teme preguntar,
se entraba en la calle de Felipe V.

Nadie pens en seguirlo, y cuando el extranjero, guarecindose tras la
esquina del coliseo, se convenci de que no iban tras sus pasos
espindole, dirigise a la plaza de Isabel II, con paso firme.

Apoyado en la verja del jardinillo, y con el embozo de la capa subido
hasta los ojos, estaba un hombre, que, al verle, se acerc a l,
ponindose a su lado y marchando a su mismo paso.

--Perico--pregunt el embozado--, aguard solo ese hombre?

--Solo! Buena soledad nos d Dios--dijo Perico, con su acento
natural--. Ese canalla tiene all apostada toda la Polica de Madrid.
Acabo de verlo.

Y el fiel asistente, sin dejar de andar, y remontando la calle del
Arenal, relat en voz baja a su amo, que marchaba a su lado, todo lo que
acababa de ocurrirle.

--Pero, cmo te has hecho pasar por extranjero? No te habrn conocido?

--Bah! Hablaba aquel francs psimo que tanto haca rer a usted cuando
estbamos en Pars, y, adems, haba tenido la precaucin de entrar en
cuantas tabernas encontr al paso desde que nos separamos, enjuagndome
la boca con un vaso del tinto. Ola a vino y chapurreaba como un diablo;
ni ms ni menos que uno de esos gabachos que vienen aqu y se
entusiasman demasiado con el caldo del pas.

--Y dices que me esperan an?

--S, all estn aguardando que aparezca usted para echarle la zarpa.
Puede creer que de buena se ha salvado siguiendo mi consejo.

--Gracias, Perico. No olvidar que te debo la vida una vez ms.

--Bah! Mucho he de hacer todava para pagarle lo que por m hizo en
Africa.

--Yo buscar a ese miserable--dijo el conspirador, tras un largo
silencio--, y as que lo encuentre, no le valdrn sus malas artes. Lo de
esta noche es una traicin ms que he de aadir, a la cuenta de sus
infamias.

--Bsquelo usted, mi capitn; estoy conforme con ello; pero no ser por
ahora. Con lo de esta noche, la autoridad sabe ya que usted se halla en
Madrid, y redoblar las persecuciones. Debe usted reservarse para el
asunto que ms importa; lo dems, todo se alcanzar. En resumen, amo
mo: vmonos a casa, ocultmonos con ms cuidado que antes, y pise usted
la calle nicamente en caso de necesidad, que el diablo anda suelto para
nosotros en forma de polica.




IX

Triste amanecer.


Transcurrieron algunos meses, y lleg el verano.

La vida de Enriqueta, que antes se deslizaba tranquila y montona,
dedicada por completo al cuidado de su hija, estaba ahora turbada por un
recuerdo tan continuo, que tomaba el carcter de una obsesin.

Mientras, Esteban Alvarez le sala al encuentro, y conmovido por los
recuerdos de la antigua pasin, intentaba, para recobrar la felicidad
pasada, audacias que eran siempre mal recibidas, y merecan enfados y
reprimendas, Enriqueta slo haba sentido por aquel hombre una tierna
simpata y una imprescindible necesidad de hablar con l, para recordar
el perodo ms dichoso de su vida; pero cuando, de repente, dej de
verlo; cuando transcurrieron semanas enteras sin que ella, desde la
ventana de su gabinete o tras los vidrios de su berlina, columbrara la
airosa capa con embozos de grana, comenz a sentir un hondo malestar que
la mortificaba a todas horas.

Ella era honrada, se haba jurado no faltar nunca a sus deberes,
accediendo a aquellas splicas apasionadas que continuamente la diriga
Esteban; no haba pasado por su imaginacin, ni aun remotamente, la idea
del adulterio, comprendiendo que con esto se rebajara al nivel de
Quirs, perdiendo la superioridad moral que sobre ste tena; pero
Alvarez se haba hecho necesario para ella; senta hacia l el mismo
atractivo que la beldad hacia el espejo que retrata su hermosura, pues
hablando con l vea reflejarse en su imaginacin su pasado amoroso, con
todas sus dulces impaciencias y sus palabras celestiales.

Era Enriqueta como una nia que estima poco el juguete cuando lo tiene
en sus manos y lo trata a golpes, para llorar despus con desconsuelo
cuando lo ve perdido.

Conforme transcurra el tiempo sin que Esteban apareciera, Enriqueta
senta crecer el afecto hacia aquel hombre, y en sus horas de soledad su
imaginacin se forjaba las ms absurdas suposiciones, para explicarse
tan extraa ausencia.

Sala de casa con una frecuencia que alarmaba a la baronesa, y el objeto
de sus correras por Madrid, que, aparentemente, eran con un fin devoto,
o para ir de compras, no tenan otro fin que el de encontrar a Alvarez y
reanudar las relaciones amistosas, interrumpidas tan extraa e
inesperadamente.

Nunca se le ocurra a la joven seora de Quirs dudar de que Esteban se
hallaba en Madrid.

Conoca ella, aunque superficialmente, el motivo que haba llevado a
Esteban a Madrid, hacindole trocar las seguridades de la emigracin por
un continuo peligro, y esto mismo aumentaba las inquietudes de
Enriqueta, que se figuraba a Alvarez amenazado por los ms terribles
peligros.

Tales pensamientos slo servan para aumentar el amor que senta la
joven. La figura del conspirador, oculto y perseguido, agrandbase ante
sus ojos, revestida de un ambiente de sublime herosmo, y Enriqueta se
senta atrada por un sentimiento que no saba si era amor o admiracin.

Obsesionada por aquel afecto, no se daba ya cuenta exacta de sus
sentidos, y muchas veces se crea juguete de absurdas ilusiones. Ms de
una vez, al entrar en una iglesia, o al subir a su coche a la puerta de
una tienda, haba credo ver entre el gento aquella capa que se le
apareca en sueos, y los ojos de Alvarez, fijos en ella; pero todo
desapareca inmediatamente, y Enriqueta quedbase indecisa pensando si
sera vctima de una ilusin, o realmente Esteban, por el placer de
verla, la segua algunas veces de lejos, recatndose para no llamar la
atencin de los que, indudablemente, le perseguan.

As transcurri para Enriqueta todo el resto del invierno y la primavera
entera.

Su marido segua siendo para ella un ser indiferente en unas ocasiones y
antiptico en otras, y Quirs poda hacer la vida que mejor le placiere,
sin miedo a recriminaciones de su esposa ni a tragedias conyugales.

No proceda de igual manera la baronesa. Entre sta y Quirs se haba
efectuado una reconciliacin, que borr la malevolencia que a raz del
casamiento mostraba doa Fernanda contra su cuado.

Cuando la aristocrtica seora olvid un poco la maquiavlica conducta
observada por el aventurero para obtener la mano de Enriqueta, y lo vi
en camino de convertirse en un personaje importante de "la buena
causa", doa Fernanda sinti renacer la antigua simpata, y se propuso
ser nuevamente su directora, llevada de su ambicin devota.

En los salones hablbase alguna vez que otra de las brillantes defensas
del catolicismo y las sanas ideas que el diputado Quirs haca en el
Congreso, y esto bastaba para trastornar los sentimientos de la
baronesa, que, ganosa siempre de figurar al lado de las personas que
eran el ncleo del movimiento religioso en Espaa, senta una inmensa
satisfaccin al pensar que tena en su casa un hombre destinado a ser,
segn decan las aristocrticas beatas, el sucesor de Donoso Corts y el
rival de Aparisi y Guijarro.

El orgullo, ms que el cario, hizo que la baronesa buscase el reanudar
su antigua amistad con Quirs, y en adelante, los dos cuados tratronse
como buenos camaradas que, de sobremesa, hablaban del medio mejor para
salvar al mundo, volvindolo, como oveja descarriada, al redil del
catolicismo.

Doa Fernanda experimentaba una satisfaccin sin lmites al pensar que
algunas de las ideas que ella emita para hacer la felicidad de Espaa
las poda repetir algn da en las Cortes el simptico Joaquinito, y
tanto la dominaba la pasin que ahora senta por l, que hasta trataba
con menos cario al padre Felipe, del que deca que era un santo varn,
muy ignorante, y no se afliga por las largas ausencias del padre
Claudio.

Tanto era el cario que senta por Quirs, que la irritaba la frialdad
que Enriqueta mostraba a su marido, no pudiendo comprender cmo no se
conmova ante el saber, la elocuencia y la naciente fama del diputado
ultramontano.

La fundacin del peridico clerical que diriga Quirs, idea fu de doa
Fernanda, la cual, todas las maanas, al tomar el chocolate, gozaba lo
que no es decible leyendo, mientras se llevaba distradamente las sopas
a la boca, las mismas ideas vertidas por ella el da anterior,
encerradas ahora bajo la berroquea envoltura del estilo amanerado,
convencional y soporfero, propio del artculo doctrinal.

Unidos por esta fraternidad polticoliteraria, los dos cuados
tratbanse del modo ms carioso; en la intimidad de aquella familia,
lejos de las miradas de los intrusos, doa Fernanda ms pareca la
esposa de Quirs que aquella Enriqueta que miraba a su marido y a su
hermana, unas veces, con fro desprecio, y otras, con ira, como si con
su presencia turbasen su recogimiento interno, cuyo objeto era recordar
aquel amor que constitua las pginas ms felices de su pasada vida.

Quirs, por su parte, comprendiendo que la superioridad tenala en
aquella casa la dominante baronesa, halagbale estar en tan buenas
relaciones con ella, pues as tena la seguridad de no ver turbada la
tranquilidad de su vida.

Pero aquel afecto tena tambin sus inconvenientes, y de stos, el ms
principal era que doa Fernanda, con su genio arrebatado, haba venido a
convertirse para l en una especie de amante moral, que se mostraba
celosa y quera tenerlo a todas horas a su disposicin.

La vida agitada que llevaba Quirs, entregado de lleno a la poltica y
al periodismo, irritaba a la baronesa, que no poda acostumbrarse a la
idea de que el elocuente diputado volviera a casa todas las madrugadas a
las cuatro, por estar hasta tal hora en la Redaccin, despus de la
salida del teatro.

Adems, pronto vinieran unas traidoras noticias a exacerbar la bilis de
la baronesa. Interesbala tanto su cuado, cada vez ms reacio a
conferenciar con ella y a pedirla humildemente consejos, que se dedic a
averiguar la vida que haca, y pronto supo, por boca de unas amigas de
la aristocracia, cosas que, segn ella deca, ponanle los pelos de
punta.

Quirs haca el amor, o estaba en relaciones poco santas (existan
diversos pareceres en las noticieras), con una duquesa vieja, que gozaba
de gran fama por su estrecha amistad con la reina, y su gran prestigio
poltico, y, adems, pasaba algunas noches con algunos chicos de las
principales familias, haciendo locuras en compaa de algunas coristas y
bailarinas del Real.

Doa Fernanda sinti un santo horror al saber tales cosas; mas no por
esto el diputado de la buena causa perdi en su concepto; antes bien,
pareci que adquira un nuevo prestigio a los ojos de la baronesa, pues
en sta, a pesar de toda su mojigatera, los calaveras siempre haban
producido cierta atraccin.

Pero, a pesar de esta complacencia, senta amargo despecho al ver a
Quirs en relaciones con una mujer como la duquesa, dedicada a la
poltica, y considerando que era su proteccin lo que buscaba en ella el
diputado, experimentaba gran indignacin al imaginarse que algn da
Joaquinito llegara a ser clebre, no por sus consejos, sino por la
ayuda de aquella vieja rival.

Tan furiosa estaba doa Fernanda, y tal deseo senta de recobrar su
superioridad sobre aquel futuro personaje, que, ansiosa por hacerlo
volver a la buena senda, lleg a cometer la tontera de revelrselo todo
a Enriqueta.

Doa Fernanda, a pesar de su aficin a curiosear y de su perspicacia,
ignoraba el verdadero estado de los dos esposos.

Crea que stos constituan uno de los tantos matrimonios
aristocrticos, que se tratan con frialdad; pero estaba lejos de
imaginarse que entre los dos no haba mediado la menor intimidad
cariosa, y que el dormitorio de Enriqueta haba sido siempre para
Quirs una regin desconocida.

En la creencia, pues, de que su hermana, aunque falta de amor hacia su
esposo, no dejara de irritarse por sus infidelidades, y pondra en
juego todos sus derechos para separarlo de la duquesa, y volverlo a la
vida del hogar, revel a Enriqueta todo cuanto saba, aunque dando a sus
palabras un carcter desinteresado, propio de quien hace tan penosas
declaraciones por el honor de la familia y por restablecer la paz y la
moralidad en el seno de un matrimonio.

Fu aquello en la noche del 21 de junio; bien se acordaba la baronesa
muchos aos despus.

Acababan de cenar las dos hermanas y estaban en el saln, donde la
baronesa acostumbraba a recibir las visitas.

Haba poca luz, y los balcones estaban abiertos, para que el viento de
la noche refrescase las caldeadas habitaciones.

Enriqueta haba acostado a su hija, dejndola al cuidado de una criada
fiel, y, sentada en una mecedora junto al abierto balcn, contemplaba
con expresin soadora el trozo de cielo estrellado y lmpido que
quedaba visible entre las dos filas de tejados que formaban la calle.

Doa Fernanda abord inmediatamente la cuestin.

Habl primero de lo agradable que era en verano la vida nocturna, y esto
fu como el exordio con que prepar la declaracin de que Quirs volva
siempre a casa muy entrada la maana.

Enriqueta hizo un gesto de desprecio, para indicar lo indiferente que le
era la conducta que pudiera seguir su marido; pero la baronesa, para
remover el fuego de los celos en aquello que ella crea frialdad
aparente, aadi que Quirs, algunos meses antes, volva de la Redaccin
a las tres de la madrugada, pero que ahora tocaban muchas veces las
siete sin que l hubiese entrado en su cuarto.

Y puesta ya doa Fernanda en camino de hacer revelaciones, desembuch
todo cuanto saba de las relaciones del periodista con la duquesa, no
olvidando las bacanales famosas con las bailarinas del Real.

Enriqueta segua mostrando la misma frialdad, y nicamente acoga
algunas de aquellas revelaciones, demasiado subidas de color, con un
gesto de asco.

Su indiferencia exasperaba a la baronesa, que aguardaba una ruidosa
explosin de celos.

--Haces mal, hija ma--deca a su hermana--, en tomar las cosas con
tanta calma. Yo bien s que t y Joaquinito no os queris gran cosa;
pero, al fin, tu marido es, llevas su nombre, y no es muy grato hacer un
papel ridculo a los ojos de la sociedad, que conoce las locuras de tu
seor marido. Tus amigas manifiestan lstima al hablar de ti; pero ten
la seguridad de que en su interior se ren del desairado papel que
haces. Es necesario que evites este escndalo, sobre todo porque, como
mil veces te he dicho, en nuestra esfera social es ms preferible
inspirar envidia que lstima.

Doa Fernanda, sin saberlo, haba encontrado el medio de interesar a
Enriqueta, cuyo carcter era muy sensible a las heridas del ridculo.

La joven seora de Quirs, a pesar de aquella indiferencia natural que
senta hacia su esposo, y de que por nada del mundo hubiese consentido
franquearle la entrada de su dormitorio, sentase indignada por las
revelaciones de su hermana, y estremecase de rabia al pensar los
comentarios que ocasionara en la alta sociedad aquella infidelidad
conyugal.

La causaba repugnancia aquel aventurero, que por medio de una
maquiavlica trama haba conseguido su mano; le era indiferente que se
encenagase con otras mujeres a puerta cerrada, en todas las
asquerosidades de una orga sin trmino; pero lo que no poda consentir
era el escndalo, eran aquellas relaciones con una vieja duquesa, a la
vista de todos, para hacerla a ella, objeto de una compasin general,
que la irritaba.

Haba heredado de su padre aquel carcter susceptible, que se
descompona a la menor suposicin de hallarse en ridculo.

Adems, la irritaba el libertinaje de aquel hipcrita, que en pblico
tena siempre en sus labios las palabras religin y moral catlica,
tildando a todos sus enemigos de monstruos de impudicia y maldad, y
senta una secreta complacencia en poder arrojar al rostro de aquel
antiptico personaje toda la doblez de su conducta. Causbala nuseas la
hipocresa de aquel campen de la fe.

La baronesa adivinaba el efecto que sus palabras producan en su
hermana, y repeta las noticias que haba adquirido para convencer
plenamente a Enriqueta de lo ciertas que eran las adlteras relaciones.

Escuchndola, la seora de Quirs forjse rpidamente, un plan. La
halagaba el confundir a aquel miserable, sobre el cual la importaba
mucho tener cierta superioridad, y por esto se determin a esperar hasta
la madrugada la vuelta de Quirs, para echarle en cara su conducta.

Adivinaba ella que su esposo podra excusar su libertinaje, fundndose
en el desvo y alejamiento que ella mostraba; pero Enriqueta prepar su
contestacin.

Ella no se opona a que su esposo fuese un libertino, un hipcrita que
en pblico predicase la moral catlica y en la vida privada sirviera de
perro de lanas a las bailarinas de la pera; lo que ella, como esposa,
no poda consentir, es que la pusiera en ridculo con unos amores
conocidos por todos y que tenan por ideal una duquesa vieja, una
cortesana averiada por las lides del amor, y que poda competir en
impudicia con las ms degradadas mujeres que surgen de las sombras
nocturnas para pegarse al primer transente desconocido.

Ese alarde de cinismo que Quirs haca, sosteniendo tales relaciones, no
lo consentira ella, y as se lo manifest a doa Fernanda con tono
enrgico e imperioso. Aquella misma noche sabra su marido quin era
ella.

La baronesa estaba muy satisfecha de la energa de su hermana. Conoca
por experiencia los arranques tardos, pero violentos, de aquella
mosquita muerta, como ella llamaba a Enriqueta; estaba segura de que la
reyerta conyugal sera tan grande como se la haba imaginado, y sentase
halagada por la esperanza de que Quirs abandonara sus relaciones con
la duquesa, volviendo a ponerse bajo su proteccin y a seguir sus
consejos.

Hasta despus de media noche acompa la baronesa a su hermana, y
cuando, satisfecha de su triunfo, se retir a descansar, Enriqueta
abandon el saln, entrando en un lindo gabinete inmediato a la
antecmara, y que tena ventana a la calle.

Estaba decidida a aguardar a su marido, sin reparar en la hora a que
volviese, y desde all, aunque la rindiera el sueo, oira perfectamente
el ruido producido por Quirs al abrir con su llavn la puerta de la
escalera.

A la velada luz de una elegante lmpara, psose a leer "Los tres
mosqueteros", de Dumas, padre, nica novela con la que transiga su
hermana, la devota baronesa, sin duda por su aficin a las intrigas, y
as permaneci algunas horas procurando aturdirse en el torbellino de
aquella accin interesante, y haciendo muchas veces involuntariamente
internas comparaciones entre Athos y D'Artagnan y su amante de otros
tiempos, Esteban Alvarez. Donde no existan puntos de similitud, ella se
encargaba de crearlos con su imaginacin.

Cuando llevaba ya leda una tercera parte del volumen, la pesadez que
senta en su cerebro y el cansancio de sus ojos, la obligaron a levantar
la cabeza, y entonces not que la lmpara alumbraba con dbil luz.

Una claridad lvida se difunda por la estancia, y los vidrios de la
ventana brillaban como lminas de plido azul, dejando adivinar
confusamente los perfiles de las casas fronterizas.

Era la luz del nuevo da.

Enriqueta, fatigada, entumecida y molesta en aquella habitacin,
caldeada por la luz artificial, abri la ventana, para respirar la brisa
matutina.

El fresco hlito de la maana la seren, y sinti la misma impresin de
una sonmbula que despierta de improviso y no puede explicarse cmo se
halla fuera de su lecho.

Por qu estaba all? Dirigise esta pregunta, y entonces record su
conversacin con la baronesa en la noche anterior, arrepintindose de la
resolucin que haba tomado, Cun tonta era! Valiente cosa le
importaba a ella la conducta de su marido!

Cierto era que la escoca un poco la ridcula situacin en que la
colocaba Quirs; pero, al mismo tiempo, ruborizbase de vergenza al
pensar que aquel fatuo poda llegar de un momento a otro, y, al ver que
le haba estado aguardando toda la noche, creyese que se hallaba
enamorada de l.

Era ya de da, y Quirs todava, no haba llegado. Bueno estara que
aquel libertino hipcrita la viese a ella asomada a la ventana, lo
mismo que una mujer enamorada, que, tras larga noche de llanto e
insomnio, aguarda ansiosa al esposo querido!

--Ahora mismo me acuesto--se deca Enriqueta; pero permaneca inmvil en
la ventana, halagada por aquella frescura y el espectculo del amanecer,
completamente desconocido para una joven aristocrtica, que jams se
haba levantado de la cama a tal hora.

Qu bonita estaba la calle completamente desierta, con sus dos filas de
grandes casas, con sus puertas cerradas y sus ventanas, de las cuales
slo la suya estaba abierta!

Tena cierta sublime grandeza aquel silencio que se deslizaba majestuoso
por entre las casas, que encerraban un tesoro de vida y animacin,
muerto ahora, y que, al resucitar pocas horas despus, se derramara por
todas partes, como ola de agitacin y de estruendo.

La luz perda poco a poco sus tonos de azulada lividez; el cielo se
aclaraba, y unas nubecillas que asomaban poco antes, pardas y feas,
sobre los lejanos tejados del extremo de la calle, tomaban ahora cierta
transparencia de grana y oro. Era el sol, que comenzaba a salir,
embellecindolo todo con sus caricias de fuego.

Enriqueta, ante aquel silencio, senta caprichos de nia, y casi estuvo
a punto de gritar; pero otros se encargaron de esto: los gorriones, en
alegres bandadas, saltaban sobre los aleros de los tejados, aleteaban en
las copas de los rboles y bajaban hasta el desierto pavimento de la
calle, acompaando todas sus infantiles travesuras con un incesante piar
en infinitos tonos. Eran los violines que preludiaban la gran sinfona
del amanecer.

Despertaba la vida con aquel toque de diana de la Naturaleza, y
Enriqueta vea ya por la parte de la plaza de Antn Martn pasar alguna
que otra mujer, con la cesta de buuelos y el aguardiente, en busca de
parroquianos.

Una taberna de la calle acababa de abrir sus puertas, pintadas de rojo,
y el muchacho, gallego, de gruesos zapatos y puntiagudos pelos,
arreglaba en una mesilla las botellas de anisete y bala rasa, para tomar
la maana.

A Enriqueta le encantaba aquel espectculo.

De pronto avanz la cabeza con expresin de sorpresa, y como queriendo
or mejor.

Haban sonado a lo lejos sordos estampidos, semejantes a descargas de
fusilera. Esper, para convencerse de la realidad de aquellos ruidos,
y stos no tardaron en repetirse.

Enriqueta no poda explicarse qu era aquello; pero, sin saber por qu,
experiment cierta inquietud, y pens en Esteban.

Qu hara a aquellas horas? Estara an amenazado por terribles
peligros y empeado en sus difciles empresas?

El recuerdo de Alvarez sumi a la joven en honda meditacin, del que le
sac el estrpito producido en la desierta calle por varios soldados de
caballera que, en desorden y con visible azoramiento, iban a todo
galope de sus cabalgaduras.

Eran ordenanzas del Ministerio de la Guerra, y Enriqueta los sigui con
la vista, hasta que al extremo de la calle perdironse en diversas
direcciones.

La joven presenta algo terrible. Nada de extrao tena ver a tales
horas un pelotn de jinetes; pero aquellos soldados llevaban en sus
rostros una marcada expresin de intranquilidad y marchaban con
demasiada rapidez, como temerosos de llegar tarde a su destino o de que
alguien les cortase el paso.

Poco despus vi pasar, uno tras otro, varios oficiales, con el mismo
aspecto de intranquilidad, llevando en sus rostros un gesto de
inquietud, y en sus ojos las seales del sueo recientemente
interrumpido.

Marchaban apresuradamente, casi corran, seguidos de sus asistentes, y
algunos de ellos todava iban abrochndose el uniforme, puesto con
precipitacin, o ajustndose el cinturn de la espada.

Pronto comprendi Enriqueta lo que aquello significaba.

Por la plaza de Antn Martn entr en la calle un grupo de hombres
armados. Eran, en su mayora, obreros; llevaban al hombro viejos
fusiles, escopetas de caza y algunos trabucos; y al frente de ellos, con
el revlver en la mano, iba un joven de rostro simptico, adornado por
bigote, perilla y melena romntica, y que vesta levita y sombrero de
copa. Tena el tipo de un hombre dedicado a la literatura, y pareca el
jefe de aquel pelotn, que marchaba bulliciosamente, mirando a todas
partes con expresin de triunfo.

Aquel grupo revolucionario, al entrar en la dormida calle, prorrumpi en
gritos:

--Viva la libertad!... Viva Prim!... Muera Isabel II!... Y los ms
humildes del grupo, los que llevaban en su rostro las huellas del
sufrimiento, y en sus ropas los desgarrones de la miseria, intercalaban
en dichos gritos otro, que produca cierta alarma en aquellos del grupo
que tenan cierto aspecto burgus:

--Viva la Repblica!

El grupo pas frente a la ventana que ocupaba Enriqueta, la cual senta
miedo al ver algunos de aquellos rostros, endurecidos por esa expresin
feroz que da la miseria.

El jovenzuelo de aspecto romntico, al ver una mujer hermosa
contemplando el paso del revolucionario pelotn, estirse con la
petulancia de un mozo guapo, y la salud con una amable sonrisa,
creyndose un hroe.

Enriqueta pensaba en Alvarez, y cuando el grupo se detuvo a la puerta de
la taberna que estaba ms abajo de su casa, fu fijndose, uno por uno,
en todos los hombres, como si esperase encontrar al ex capitn
disfrazado y confundido entre aquellos revolucionarios.

En esto la distrajo la presencia de un hombre que vena, indudablemente,
del Prado, y suba la calle apresuradamente. Era un viejo general,
conocido de Enriqueta, por haber sido amigo y compaero de armas de su
padre, el conde de Baselga.

Acababa de ser despertado, y an iba por la calle abrochndose la
galoneada levita, sin dejar de correr.

Al verle se produjo un terrible movimiento a la puerta de la taberna.

Muchos de aquellos hombres apuntaron con sus fusiles a la acera de
enfrente, por donde pasaba el general, y el anciano se detuvo, plido y
altivo, llevando instintivamente la mano a la empuadura de la espada.

Fu una escena muda y terrible, que angusti a Enriqueta, nica
espectadora, y que dur solamente algunos segundos.

El jefe del grupo, aquel joven de aspecto interesante, psose ante los
fusiles de los suyos, y grit con una energa que no haca esperar su
delicadeza fsica:

--Qu vais a hacer? Ahora que empieza la revolucin vamos a
deshonrarnos, matando a un hombre que va solo? Somos acaso asesinos?
Abajo las armas!

Y aquel "dandy" literario hablaba con tan imperiosa energa, que las
armas asestadas contra el general se bajaron inmediatamente.

--Pase usted, general, y siga su camino--grit el jovenzuelo--. De aqu
a un rato nos combatiremos; pero ahora le respetamos a usted, porque es
un hombre que va a cumplir con su deber, y nosotros no somos asesinos.

El general qued indeciso y como confuso ante aquella inesperada
nobleza, y, por fin, quitndose el galoneado ros, y sonriendo con
paternal benevolencia, les salud, diciendo:

--Gracias, seores! Son ustedes unos valientes dignos del nombre de
espaoles. Que Dios les d buena suerte!

Y saludando otra vez al grupo popular con visible enternecimiento,
sigui su camino apresuradamente, hasta que, al llegar frente al palacio
de Baselga, se fij en Enriqueta, a la que conoca.

--Qu hace usted aqu, hija ma?--la grit--. Adentro en seguida, que
va a haber tiros. Los artilleros del cuartel de San Gil se han sublevado
contra la reina, y Madrid est que arde. Escndase, que la sarracina va
a ser gorda.

Y el anciano fu a seguir su marcha; pero an se detuvo, como cediendo a
una necesidad interna de desahogar su pensamiento.

--Pero, ha visto usted, Enriqueta, lo que acaba de hacer esa gente? El
diablo son esos descamisados y los escritores boquirrubios que les
levantan los cascos... Lstima de valientes! Crea usted que me remuerde
la conciencia de tener que ametrallar a una gente que as procede.

Sonaron a lo lejos nuevas y ms fuertes descargas, y el general sigui
su camino apresuradamente, sin despedirse de Enriqueta.

Mientras tanto, el grupo revolucionario continuaba su marcha, y las
dormidas gentes despertaban con gritos inesperados.

--Abajo los Borbones! Viva la libertad!




X

El 22 de junio.


Comenzaba a clarear el alba, y los centinelas del cuartel de la Montaa
paseaban por las terrazas, para librarse del entumecimiento que produce
el fro del amanecer.

En el vasto edificio militar reinaba un silencio absoluto, y nicamente
las ventanas del cuarto de banderas estaban iluminadas, sin duda porque
en tal habitacin se hallaban an despiertos y vigilantes los oficiales
de guardia.

Un hombre de rostro enrgico, con gran barba, era el nico ser que
rondaba por las inmediaciones del cuartel, que a aquella hora estaban
completamente desiertas.

Era don Jos Rivas Chaves, dueo de un acreditado establecimiento de
lencera y el principal hombre de accin del partido progresista. Su
fortuna y los grandes sacrificios que haba prestado en varias ocasiones
a la causa revolucionaria, dbanle gran prestigio entre la gente
dispuesta a empuar las armas, y como decidido propagandista en el
elemento militar, era el agente encargado de sostener las relaciones de
los organismos directores de la conspiracin con los sargentos
comprometidos.

Chaves, situndose a la espalda del cuartel de San Gil, agit su
pauelo, y desde una de las ventanas altas del edificio, le contest un
sargento de la artillera acuartelada, haciendo ondear una sbana. Era
sta la seal convenida.

Pas despus al cuartel de la Montaa, y parndose junto a una reja,
cambi breves palabras con otro que estaba dentro, y al dirigirse al
otro extremo del gran edificio, tropez con un centinela, con el que
entabl conversacin, ofrecindole un cigarro, y mientras el soldado lo
encenda, el conspirador sacudi su sombrero con el pauelo, sea a la
que alguien contest tambin, agitando un lienzo blanco en las ventanas
altas.

El aviso haba circulado ya; no haba novedad alguna, y el volcn
revolucionario iba a estallar, despus de una preparacin tan larga como
lenta.

Los sargentos de los Cuerpos de Artillera acuartelados en San Gil,
iban, por fin, a ver satisfecha aquella impaciencia sediciosa que
mostraban en todas las reuniones revolucionarias.

Chaves, satisfecho de la buena marcha que segua la conspiracin, y
agitado por esa emocin que siente todo hombre en un momento decisivo,
sentse al borde de un abrevadero que exista en la plaza de San
Marcial, frente a la puerta del cuartel, esperando con nerviosa
impaciencia los acontecimientos.

El gigantesco edificio permaneca silencioso, y no se notaba en l
ningn signo que denunciase interna agitacin.

El conspirador miraba con ansiedad las largas filas de ventanas
cerradas, de las cuales, las ms bajas, estaban casi cubiertas por una
hilera de rboles que rodeaba el edificio, y fijaba su vista en la
cerrada puerta, a cuyos dos lados alzbanse, solitarias y desiertas, las
blancas garitas de madera.

De pronto, en aquellas ventanas, comenzaron a verse soldados a medio
vestir, que se asomaban con aire risueo, para volver a ocultarse, y, de
vez en cuando, algn sargento, ya uniformado y con armas, lanzaba una
mirada de inquietud a la desierta plaza.

Reinaba en sta la calma y la soledad propias del amanecer, y slo un
grupo de hombres del pueblo interrumpi con sus pasos aquel silencio
matinal, bajando por la calle de Bailn.

Iban todos ellos armados, y al frente marchaba un caballero de rudo
aspecto, con la capa terciada, quien los gui por la escalerilla de la
calle del Ro.

--All va don Manuel Becerra con su gente!--murmur Chaves, viendo cmo
desapareca el armado grupo.

Transcurrieron algunos minutos, son en el interior del cuartel el toque
de diana, e inmediatamente se oyeron algunos tiros.

Se haba iniciado ya la insurreccin de los artilleros del cuartel de
San Gil.

El Gobierno, que haca mucho tiempo sospechaba la conspiracin existente
en Madrid, haba ordenado grandes precauciones militares, y entre stas,
la ms importante era que una parte de la oficialidad de los regimientos
durmiese en los cuarteles, para evitar una insurreccin.

Los oficiales de Artillera haban pasado toda la noche en el cuarto de
banderas, jugando al tresillo, sin que les rindiera el sueo. Esperaban
los sargentos comprometidos en el movimiento sorprenderlos adormecidos a
la madrugada; pero, en vista de que era llegada la hora de iniciar la
insurreccin y los oficiales seguan entregados al juego, entraron los
conspiradores en el cuarto de banderas, apuntndoles con sus carabinas e
intimando la rendicin.

No queran los sargentos derramar sangre; pero la voz imperiosa del
deber inclin a los oficiales a la resistencia, y sobrevino la
catstrofe.

Dispar un oficial su revlver, e inmediatamente son una descarga, que
mat o hiri a casi todos los jugadores.

Horroroso era el hecho; pero no caba ya retroceder, y los sargentos,
enardecidos por la vista de aquella sangre, se apresuraron a poner en
prctica el plan revolucionario.

En pocos minutos cambi el aspecto del cuartel, que, conmovido de arriba
abajo, comienzo a vomitar por sus puertas hombres, mulas y caones.

Iban los sargentos al frente de los pelotones de los artilleros,
revueltos por la indisciplina y la estupefaccin que les produca ver el
cadver de un oficial tendido en la puerta del cuarto de banderas. El
desorden era completo, y el entusiasmo que comenzaba a apoderarse de los
soldados, excitados por la proximidad del combate, contribua a que las
rdenes de los sargentos apenas pudiesen ser odas y que costase mucho
verlas ejecutadas.

Por fin, los tiros de mulas fueron enganchados a los caones,
contribuyendo a acelerar la operacin, la presencia del general Pierrad,
jefe militar de la insurreccin, quien areng a los artilleros, y las
rdenes del capitn Hidalgo, nico oficial de Artillera comprometido en
el alzamiento.

Momentos despus, las calles de Madrid conmovanse con el estruendo
producido por los caones que los artilleros sublevados llevaban de una
parte a otra, sin saber qu hacer de ellos, por falta de direccin.

La capital estaba ya en plena insurreccin, y grupos de paisanos armados
aparecan en todas las calles, saludando con vivas a aquellos soldados,
que, rojos por el entusiasmo, inclinados sobre el cuello de sus mulas, y
dejando flotar los encarnados cordones de sus roses, galopaban,
arrastrando las terribles bocas de hierro, cuyas ruedas botaban sobre el
empedrado, produciendo un sordo estremecimiento, semejante a la lejana
tempestad.

Surgan de todas partes los hombres armados; el entusiasmo era general;
haba en la atmsfera esa agitacin nerviosa propia de las grandes
revoluciones; veanse esas caras feroces y extraas cataduras que slo
aparecen en los das de gran tormenta, cuando la esptula revolucionaria
revuelve hasta las ltimas heces del lquido social; adivinbanse en un
rasgo, en una palabra, hroes y mrtires, entre aquella entusiasmada
muchedumbre, que con una pistola vieja o un trabuco, se sentan capaces
de luchar contra toda la guarnicin de Madrid; pero se notaba algo, por
fortuna todava oculto, y que, de ser conocido, poda producir
inmediatamente el desaliento: la falta de un plan bien ejecutado, la
carencia de una direccin rpida y acertada.

Muchos de los regimientos comprometidos, acuartelados en diferentes
puntos de la capital, no podan unirse a los insurrectos, por estar ya
sus sargentos arrestados y tener al frente a sus jefes, fieles al
Gobierno.

Los oficiales designados por el Comit revolucionario para ir a ponerse
al frente de dichos Cuerpos, haban esperado en vano la orden, y cuando,
por fin, cansados de aguardar, fueron a los cuarteles, los soldados, a
la voz de sus jefes, que habian sido ms activos, recibieron a tiros a
los mismos que hubieran aclamado y seguido a llegar algunos minutos
antes.

Fu aquella revolucin la ms anrquica de cuantas han ocurrido en
Espaa. Todos mandaban y ninguno obedeca. Los artilleros emplazaban sus
caones donde mejor les pareca, y el pueblo levantaba barricadas sin
aguardar rdenes, con ese instinto estratgico que la masa
revolucionaria desarrolla, en los momentos difciles.

Se saba, a la media hora de haberse iniciado la revolucin, que sta no
poda contar ya con ms fuerza que la artillera de San Gil, y se tena
la certeza de que toda la guarnicin iba a caer sobre los sublevados;
pero esto no lograba amilanar a ninguno de aquellos combatientes por la
libertad.

El pueblo no retrocede una vez iniciada una revolucin, aun teniendo
conciencia de su derrota; y los sublevados del 22 de junio nicamente
experimentaban una amarga decepcin, al ver aquella artillera, que,
como ruidoso meteoro de hierro y fuego, iba de un punto a otro, sin
saber qu hacer, ni en qu emplearse, por falta de direccin.

Mientras tanto, el Gobierno organizaba certeramente la resistencia, y
tomaba con rapidez la ofensiva.

El aviso de lo ocurrido en el cuartel de San Gil lleg a la Presidencia
del Gobierno cuando O'Donnell despus de pasar la noche en vela,
disponase a acostarse. El caudillo de Africa mont inmediatamente a
caballo, y con un batalln de Ingenieros se dirigi a la Puerta del Sol,
de la cual haban intentado apoderarse los revolucionarios sin xito
alguno.

Desde all dirigise a Palacio, para poner a la Reina a cubierto de un
golpe de mano; pero ya se le haba adelantado su eterno rival, el
general Narvez, quien lleg al regio alczar casi a medio vestir,
organizando inmediatamente la resistencia, y ametrallando, con dos
caones emplazados en la calle de Bailn, la fachada del cuartel de la
Montaa.

El hroe de Arlabn y verdugo de sus compatriotas, excitado por el
grandioso espectculo de aquella revolucin, que l mismo calificaba de
la ms terrible que haba conocido, recobr el valor ciego, impetuoso y
temerario de su juventud, y fu a colocarse en los puntos de mayor
peligro, sin temor al fuego que haca el paisanaje desde las calles
inmediatas.

Una bala perdida derrib a Narvez del caballo, causndole una herida de
poca gravedad; pero la dbil senectud reapareci en el veterano, al
verse baado en su propia sangre, y el general fu conducido a Palacio,
exnime, con la creencia de una prxima muerte.

La reina, consternada y temerona de una insurreccin que estallaba casi
a las mismas puertas de su alczar, se encarg del cuidado de aquel
antiguo amigo y defensor, que plido, exnime y cubierto de sangre,
apareca a sus ojos con todo el prestigio de un hroe de la causa
monrquica.

Narvez estaba alejado algunos aos del Poder, por el triunfo de la
Unin Liberal, cada vez ms omnipotente; pero, a pesar de esto, las
gentes de Palacio no se equivocaron:

--He aqu una bala--dijo un cortesano--que ha dado en el general Narvez
y ha matado al general O'Donnell.

La profeca fu exacta. Pocos das despus la reina destitua a
O'Donnell, y la reaccin, simbolizada por Narvez, volva a ocupar el
Poder.

En el primer momento, el Gobierno no supo cmo combatir aquella
insurreccin, que, a pesar de sus escasas fuerzas militares, se
presentaba imponente y magnfica.

El pueblo de Madrid se mostraba tan belicoso y dispuesto al herosmo,
que nicamente poda ser comparada su insurreccin con aquella otra que
inmortaliz la fecha del 2 de mayo.

El cuartel de San Gil habase convertido en una fortaleza, para cuya
conquista se necesitaba derramar mucha sangre, y en los barrios del
norte y sur de la capital, miles de combatientes acosaban por todas
partes a las tropas del Gobierno, las cuales, despus de sostener
terribles combates, donde crean encontrar vencidos, tropezaba con
nuevos y tenaces obstculos.

Nada significaba que el coronel Camino se hubiese apoderado de algunas
piezas de artillera de los insurrectos, deshaciendo muchas barricadas;
nuevos baluartes amasados con piedras, tierra y muebles, volvan a
cortar las calles, y desde balcones y ventanas se haca sobre los
asaltantes un fuego mortfero.

El ejrcito se revolva como el len, acosado por infinito enjambre de
avispas, que, mientras destruye un venenoso insecto con su robusta
zarpa, recibe las picaduras de mil.

Pero, a las pocas horas de lucha, O'Donnell haba adivinado ya el punto
flaco de aquella imponente insurreccin. La falta de relaciones entre
unos puntos y otros, la carencia de direccin y la nulidad de los jefes
revolucionarios, salt inmediatamente a su vista, y se propuso ahogar la
rebelin por partes, dirigiendo todas las fuerzas sucesivamente sobre
las diversas zonas donde se haba localizado la resistencia.

El cuartel de San Gil era el ms temible ncleo revolucionario, y contra
l se dirigi el primer ataque de la mayor parte de las fuerzas. Los
artilleros insurrectos haban cometido la torpeza de encastillarse en el
cuartel, a excepcin de las fuerzas que haban salido en el primer
momento a recorrer las calles, y pronto se vieron bloqueados por las
fuerzas del Gobierno, y cortadas todas sus comunicaciones con los
revolucionarios, que se batan en el resto de Madrid.

El general Serrano haba salvado al Gobierno y decidido la victoria con
un rasgo de temerario valor. La actitud de la infantera acuartelada en
la Montaa, junto al cuartel de San Gil, era enigmtica para el
Gobierno, y para convencerse de su fidelidad, o, en caso contrario,
decidir a los batallones en favor de la reina, Serrano sali de Madrid,
di un rodeo, hasta encontrarse frente al cuartel de la Montaa, y
subiendo con gran trabajo por una pendiente casi vertical, se introdujo
en el edificio, siendo recibido por los Cuerpos con vivas al Gobierno.

Esta hazaa fu la seal de derrota para los sublevados de San Gil, que
se vieron atacados por el frente por las tropas que mandaba Zabala,
teniendo a la espalda a Serrano, con toda la infantera del inmediato
cuartel.

Aquellos insurrectos, cogidos entre dos fuegos, despreciaron todas las
intimaciones que se les hicieron, y supieron resistirse y perecer con
esa sublime tenacidad que desarrolla el soldado espaol cuando se ve
frente a frente con la muerte.

Caones y fusiles cruzaban en el espacio una granizada de plomo; el
rugido de las descargas ensordeca a los combatientes, y en las
bocacalles inmediatas, as como en las ventanas del cuartel, flotaban
jirones de blanco humo, que parecan vellones arrancados a las
nubecillas que adornaban un cielo hermoso y esplendente, propio de un
da de verano.

Haca abominar de la humanidad ver cmo ante la divina sonrisa de la
naturaleza en todo su esplendor, se exterminaban centenares de hombres,
por los intereses de una familia de tiranos, degradada y repugnante.

Un batalln de Zapadores, desafiando la fusilera y la metralla, ech
abajo la puerta del cuartel, y por aquella brecha arrojse la
infantera, con bayoneta calada, a apoderarse del edificio.

La lucha tom entonces un carcter horrible. Callaron los caones,
cediendo el puesto al fusil y al machete, a la bayoneta y al sable.

Combatase cuerpo a cuerpo, hacase fuego a quemarropa, y el instinto de
conservacin, unido a la rabiosa sed de venganza, utilizaba como
baluarte y fortaleza el quicio de una puerta, el saliente de una
columna, la revuelta de un corredor, localizando el combate en estos
detalles arquitectnicos.

Cada habitacin del piso bajo costaba ros de sangre, y los asaltantes
atravesaban un umbral, esperando la descarga a quemarropa, que aclaraba
las filas, o el salvaje machetazo, que henda el crneo.

Las oficinas, los armeros, los almacenes, eran teatro de las ms
horrorosas escenas, y en las desiertas cuadras, chocando contra los
vacos pesebres y tropezando con los montones de paja, se buscaban los
hombres con ciego furor, se heran con brbara complacencia, y muchas
veces, rotas las armas o perdidas, caan fuertemente abrazados, y
mordindose en el rostro, se revolcaban a los pies de alguna mula vieja
o caballo abandonado, pobres bestias que, amedrentadas por la tempestad
que ruga fuera, miraban con ojos melanclicos aquellas escenas de
horror, no pudiendo comprender, sin duda, las locuras de una raza
superior, que del asesinato en masa hace un ttulo de gloria.

Los asaltantes se hicieron, por fin, dueos del piso bajo; pero la
resistencia continu arriba, en los pisos superiores, en aquellos vastos
dormitorios, cuyas paredes estaban acribilladas por los metrallazos que
enviaban las bateras sitiadoras, y de cuyas ventanas no quedaban ms
vestigios que los rotos goznes y algunos jirones de madera, que se
bamboleaban al estrpito de cada descarga.

Las escaleras fueron crteres de volcanes invertidos, que despedan
fuego hacia abajo, y los peldaos desaparecieron bajo los cadveres. El
humo cegaba a los asaltantes; las paredes trepidaban con el ruido de las
descargas; las voces de mando apenas si se oan en aquella confusin, y
los asaltantes, cegados por el picante hlito de la plvora, rabiosos
por aquella resistencia y enloquecidos por el peligro a que les
empujaban sus jefes, suban como una marea de agudas bayonetas, sin
fijarse en lo que ocurra a su lado, destrozando al muerto con sus pies
y desoyendo al compaero herido, que exhalaba alaridos de dolor...

Ya estaban las tropas del Gobierno en el primer piso; ya cargaban a la
bayoneta por los dormitorios, y los horribles detalles de una lucha
parcial volvan a reproducirse.

Las bayonetas hurgaban furiosas bajo las camas, de donde salan tiros de
revlver; el soldado reciba moribundo sobre su pecho al compaero que
le preceda al atravesar una puerta, y sobre las revueltas sbanas y los
rotos jergones, caa fusilado el mocetn que, machete en mano, se
defenda como una fiera acorralada.

Cost mucho a las tropas del Gobierno apoderarse del cuartel de San Gil.

En cada piso fu necesario, primero, un asalto para llegar a l, y
despus, una batalla para apoderarse de sus acribilladas habitaciones.

En el segundo piso, defendironse los artilleros con igual fiereza que
en el primero, y cuando se vieron desalojados de l, an quedaron
trescientos desesperados que se fortificaron en las buhardillas,
causando gran dao a los sitiadores.

Por fin, las tropas del Gobierno se hicieron dueas del edificio, y los
insurrectos que sobrevivieron a la lucha, quedaron desarmados y
prisioneros.

O'Donnell respir al ver vencida la insurreccin militar, y antes de
dirigirse contra los elementos civiles que sostenan la bandera
revolucionaria, encaminse a Palacio, para tranquilizar a Isabel II y a
su pusilnime y afeminado esposo, Don Francisco de Ass, que temblaba
como una damisela, a pesar de su categora de capitn general del
Ejrcito.

La reina di las gracias a O'Donnell por el servicio que acababa de
prestarle, y le excit a que, cuanto antes, exterminase al paisanaje,
que, en los barrios populares, defenda su terrible red de barricadas.
Hablando as, aquella mujer pensaba ya en destituir a O'Donnell, que por
ella expona la vida, sustituyndolo por Narvez. Tan perfectamente
saba mentir Isabel II, que nadie poda dudar que era legtima hija de
Fernando VII.

El duque de Tetun dirigi el grueso de sus tropas contra los barrios
del norte de Madrid, y tras un combate de muchas horas consigui vencer
las fuerzas populares, que mandaba Contreras.

En el sur de la capital, la lucha se desarroll en las ltimas horas de
la tarde, y al anochecer, era tomada por las tropas la barricada de la
plaza de Antn Martn, ltimo baluarte de los revolucionarios.

As termin la insurreccin popular ms heroica y entusiasta y peor
dirigida que ha existido en Espaa.

Las tropas, enfurecidas por aquel combate tenaz que diezmaba sus filas,
fusilaron, al pie de las destrudas barricadas, a todos aquellos
prisioneros cuyo aspecto denunciaba el carcter de jefes
revolucionarios, y O'Donnell an permaneci algunos das en el Poder,
para encargarse de la deshonrosa misin de "escarmentar" a los
revolucionarios, ejecutando sesenta y seis sargentos y cabos.

Despus de esta hecatombe, la Monarqua, como el bandido que luego de
cometido el crimen arroja lejos de s el pual ensangrentado, derrib a
O'Donnell del Poder, lanzndolo al olvido, y acelerando con sus desdenes
el fin de su existencia.




XI

La barricada de la plaza de Antn Martn


Era el ms terrible de todos aquellos confusos amontonamientos de
adoquines, tierra, carruajes y muebles que la revolucin haba hecho
surgir, soplando sobre las calles de Madrid.

Sus diferentes baluartes, que por lo irregularmente construdos parecan
montones de basura, hacinados por colosal escobazo, cerrando las
diferentes entradas a la plaza, convertan a sta en una ciudadela, en
cuyo interior estaba todo lo ms granado de Madrid en punto a guapeza
revolucionaria y entusiasmo poltico a prueba de decepciones.

All estaba la representacin genuina de aquella edad heroica de la
democracia en sus diversas y conmovedoras manifestaciones.

El viejo menestral, que an guardaba en su casa el morrin de miliciano,
de tiempos de la regencia de Espartero, y que hablaba, como si fuesen
sucesos del da anterior, de las tres jornadas del 54 y de la protesta
armada del 56; el agitador, de levita rada, que se haba tuteado con
Sixto Cmara; el tendero, fervoroso progresista, que pona a todos sus
hijos el nombre de Baldomero, y en la anaquelera de su tienda, tras las
piezas de tela o las cajas de azcar, ocultaba las armas pertenecientes
al club del barrio; el obrero, que pasaba las veladas con su familia
haciendo cartuchos, y al acostarse ocultaba los paquetes de plvora
entre los colchones, para igualarse con esto al Gobierno, que a todas
horas dorma sobre un volcn; el escritor bohemio, de msero pelaje, que
no saba ya qu decir a la libertad, cuya figura haba ensalzado en cien
odas, y que estaba ansioso de que los suyos "fuesen pronto Poder", para
mudar de vida; el aprendiz entusiasta, gran aficionado al barbero de su
barrio, a quien oa leer los peridicos de oposicin, y le preguntaba
cundo llegaba "la gorda"; todos, en fin, los entusiastas y los ilusos,
los hroes y los desesperados, representando la parte del pueblo espaol
a la que an le quedaban fuerzas y energa para atacar a una familia que
llevaba uncida a la nacin al carro de sus vicios y sus crmenes,
hallbanse all en aquella barricada, sin saber qu hacer, ni cul era
la suerte de sus compaeros en los restantes distritos de Madrid, pero
dispuestos a resistir mientras les quedase un cartucho.

Los barrios populares, de los que era puerta la clebre plaza, haban
arrojado en tal punto su gente de ms vala, que acuda al olor de la
plvora, los ms de ellos instintivamente y sin aviso alguno.

Predominaba en aquella barricada el elemento avanzado. Eran pocos los
progresistas y muchos los demcratas; y all con el fusil en la mano,
figuraban todos los entusiastas que ms gritaban y aplaudan en las
reuniones pblicas del partido, cuando Orense, a quien llamaban por
antonomasia "el marqus", soltaba alguna de sus agudas chuscadas, o Pi y
Margall y Castelar pronunciaban sus magnficos discursos.

El triunfo no era seguro; mas no por esto decreca el entusiasmo;
adems, aquellos revolucionarios confiaban en una providencia extraa, y
tenan la conviccin de que, permaneciendo ellos a pie firme,
resistiendo los ataques de la tropa, no faltara alguien que a sus
espaldas decidiera la victoria.

Desde las primeras horas de la maana estaba levantada aquella
barricada, y, sin embargo, hasta muy entrada la tarde no recibi ninguna
embestida formal.

No por esto los que la defendan permanecan en la inaccin.

Algunos pelotones de la Guardia Civil la tiroteaban desde puntos
lejanos, y los insurrectos apenas si contestaban con alguno que otro
disparo, comprendiendo, sin duda, que necesitaban las municiones para
ms adelante.

Durante horas enteras cesaban estas dbiles agresiones; pero, en cambio,
los insurrectos estuvieron oyendo durante toda la maana un continuo y
apagado estruendo, semejante al de una lejana tempestad.

--Se baten en la Montaa--decan los defensores de la barricada en las
primeras horas de la insurreccin.

Despus, el estruendo cesaba de sonar en el mismo punto, trasladndose a
otro lugar.

Esto haca torcer el gesto a muchos, pues indicaba que un foco de la
revolucin haba sido extinguido y comenzaba a combatirse a otro.

--Ahora deben estar batindose por la parte de Fuencarral.

Y as era, pues el Gobierno se hallaba dedicado a atacar la revolucin
en el norte de Madrid.

Aquella lucha lejana, excitaba a muchos de los defensores de la
barricada, que, irritados de permanecer inactivos, mientras all abajo
mataban a sus hermanos, saltaban aquellos hacinamientos confusos, que
constituan los baluartes, y con el fusil al hombro perdanse en las
vecinas calles, siempre con direccin al punto donde sonaban las
descargas.

Era expuesto y difcil querer pasar de un extremo a otro de Madrid, y,
adems, la plaza de Antn Martn era el punto avanzado de la
insurreccin en el sur, y ms all de sus barricadas, resultaba lo ms
probable recibir un traidor balazo o encontrarse con una patrulla de
Guardia Civil, que prenda a los transentes sospechosos, conducindolos
a los stanos del Ministerio de la Gobernacin.

Estos avances, hijos de la impaciencia y el entusiasmo, disminuan el
nmero de defensores; pero la calma que, a pesar de los preparativos
insurreccionales reinaba en la calle de Atocha, difunda cierta
confianza en el vecindario de los pisos bajos, y algunos
establecimientos de comidas y bebidas decidanse a abrir sus puertas a
los revolucionarios.

Reinaba tal calma en aquella parte de Madrid, y con tanta tranquilidad
se paseaban los insurrectos por la plaza, que, a no ser por el silbido
de alguna bala que, de vez en cuando, enviaban los guardias posicionados
por la parte de la plaza de Santa Cruz, se hubiera credo que la
revolucin haba terminado y que el pueblo era el vencedor.

En las primeras horas de la tarde cambi por completo la situacin.

Vironse llegar a todo correr algunos de los hombres que antes haban
abandonado la barricada, los cuales mostraban una expresin de alarma, a
la que se una cierta alegra feroz.

--Ya estn ah!--gritaban--.Ya tenemos encima a la tropa!

Y a estas palabras, aquel hacinamiento confuso, levantado por el huracn
revolucionario, conmovase y pareca adquirir vida.

Los revolucionarios preparaban sus armas y escogan a su gusto el lugar
de la barricada desde donde haban de hacer fuego a los asaltantes, y
haba quien buscaba estar lo ms cmodamente posible, tomando asiento en
un montn de piedras y apoyando la carabina en algn saliente de la
dentada barricada.

Un grupo de jvenes obreros, que, a causa del calor, se haban quitado
sus chaquetas e iban de un lado a otro en cuerpo de camisa, con la
carabina al hombro, saltaron fuera de la barricada, pues les pareca
poco digno batirse tras aquellos obstculos y no dar francamente su
pecho al enemigo.

Reinaba en la plaza la misma animacin que en la cubierta de un buque
cuando est prxima la tempestad, slo que all cada uno se mova por
impulso propio, y eran muy pocos los que obedecan las rdenes de los
jefes revolucionarios.

Entre los hombres que en revuelto grupo haban asaltado la barricada,
anunciando la proximidad de las tropas, llam la atencin un caballero
de arrogante figura, al que saludaron con afectuosidad los ms
caracterizados de los insurrectos.

Los defensores de la plaza de Antn Martn tenan; por principales jefes
a don Nicols Mara Rivero y al abogado valenciano don Jos Cristbal
Sorn, hombres importantes del partido democrtico y polticos de
accin, que, revlver en mano, iban rectamente al peligro, para poner en
prctica lo que mil veces haban predicado en el Club.

Bast que los dos y algunos otros revolucionarios de prestigio,
cambiasen un apretn de manos con el recin llegado, para que al momento
todos los insurrectos lo calificasen de personaje de importancia, y se
mostrasen dispuestos a obedecerle.

Era Esteban Alvarez, que seguido de su asistente, estaba desde las
primeras horas de la maana en los puntos de mayor peligros dando
muestras del ms temerario valor, y librndose milagrosamente de la
muerte.

Haba estado con otros oficiales expulsados del Ejrcito por
conspiradores, aguardando al amanecer la orden del Comit
revolucionario, para ir a los cuarteles de Infantera a sacar las
fuerzas; y cuando, en vista de la fatal tardanza, se decidi a no
esperar ms, trasladndose a los puntos indicados, encontrse con que
los jefes afectos al Gobierno haban sido ms activos, llegando antes
que l.

Desesperado por el mal sesgo que tomaba el movimiento, haba intentado
llegar al cuartel de San Gil para ponerse al frente de la Artillera y
organizar la defensa; pero era tarde ya tambin, pues O'Donnell tena
bloqueado el edificio, y al fin el conspirador hubo de resignarse a
batirse como un simple soldado, pues en las barricadas reinaba tal
confusin que nadie obedeca sus indicaciones acertadas, hijas de su
genio militar.

Estaba convencido del fracaso de aquella insurreccin, pero ni un solo
instante pens en retirarse, y durante todo el da estuvo en los puntos
de mayor peligro.

Batise en la plaza de Santo Domingo, donde vi caer del caballo y
quedar herido al general Pierrad; arrostr el fuego en la calle de
Hortaleza, y estuvo prximo a quedar prisionero en la puerta de Bilbao,
donde el general Contreras, con algunos centenares de paisanos y dos
caones se defendi con gran bizarra; y al fin, cuando vi vencida la
insurreccin en el norte de Madrid intent pasar al sur, para unirse a
los elementos democrticos, temibles y valerosos, que a las rdenes de
Rivero y Sorn prolongaban aquella resistencia desesperada, expendiendo
su lnea de combate desde la plaza de Antn Martn a la calle de
Segovia.

Era dificilsimo pasar de un extremo a otro de Madrid, y, sin embargo,
logrronlo Alvarez y su asistente, despus de arrostrar muchos peligros.

El centro de la capital estaba ocupado por las tropas, que impedan la
circulacin; pero Alvarez se dirigi al sur por la Ronda, y unas veces
ocultndose al paso de una patrulla de caballera, y otras sintiendo
silbar junto a su cabeza las balas que dirigan a los escasos
transentes los pelotones de Guardia Civil posicionados en varios
edificios fuertes, el militar revolucionario pudo llegar al punto donde
se propona, y despus de una hora de continuos peligros, encontrse en
la barricada de la plaza de Antn Martn.

El y Perico haban tirado sus armas en la ltima barricada que
defendieron, para no hacerse sospechosos al transitar por la Ronda, y
nicamente Alvarez conservaba su revlver, que llevaba escondido en el
bolsillo del pantaln.

El asistente no tard en proporcionarse un viejo fusil, y se coloc
respetuosamente a corta distancia de su amo, que, subido en lo ms alto
de la barricada que cerraba la calle de Atocha por la parte del Prado,
contemplaba la casa de Enriqueta.

A Alvarez, conmovido todava por las terribles escenas de que haba sido
actor en aquella maana, y zumbndole an los odos con el estruendo de
la fusilera, parecale muy extrao encontrarse sano y libre cerca de la
casa habitada por la mujer querida.

Un presentimiento triste se revolva en su interior: habrase salvado
de tantos peligros para venir a morir all, a la vista de aquellos
balcones, que otras veces haba espiado, con la esperanza de contemplar
un solo instante el rostro de Enriqueta? Sera su destino agonizar
sobre aquella acera, por la que tantas veces haba paseado, imaginndose
las ms risueas esperanzas de amor?

Negra tristeza invada el nimo de Alvarez, quien, sintiendo por primera
vez en su vida tan extrao malestar, crey ser vctima del miedo.

Esto le avergonz, y como si tuviera el convencimiento de que la vista
de aquella casa era lo que desvaneca todo su valor, baj de la
barricada, y confundindose en la plaza con los grupos revolucionarios,
dijo a su asistente, que le segua silencioso:

--Animo, Perico; aqu dispararemos el ltimo tiro por la revolucin, y
quin sabe s en esta parte de Madrid seremos ms afortunados que en la
otra!

El pobre muchacho, que estaba de mal humor, por haberse rasgado en las
barricadas un traje de verano comprado das antes, no participaba de ese
esforzado optimismo.

Bien conoca l que aquello no marchaba regularmente, y que la tropa iba
a zurrarles la badana, como l deca; pero, ciego observador de su
deber, permaneca al lado de su amo, sin atreverse a decirle que l
pensaba que, supuesto la revolucin haba perdido la partida, lo ms
prudente era ocultarse en cualquier parte, sin arrostrar nuevas
aventuras.

Pero con Alvarez no valan tales razonamientos, y buena prueba de ello
era el ardor con que se dedicaba a organizar la defensa de la plaza.

El fu quien, saltando fuera de la barricada, oblig a entrar en sta a
los audaces obreros que pretendan batirse a cuerpo descubierto.

El baluarte que cerraba la calle de Atocha, por la parte que conduca a
la plaza Mayor, estaba erizado de caones de fusil, que apuntaban
aquella desierta va.

Esperbase por tal parte el ataque, y reinaba en la barricada el
silencio que precede siempre a las grandes catstrofes.

Aquellos patriotas armados, que tan audaces se mostraban antes, sentan
en su mayora una impresin semejante al miedo que se experimenta ante
lo desconocido. La mayora de ellos no se haban batido nunca, y
empuaban un fusil por primera vez; pero a pesar de su emocin, tenan
conciencia del sublime deber que cumplan, y estaban inmviles y firmes
en sus puestos, sin pensar en retroceder, y procurando cada uno ocultar
sus sentimientos, para no excitar las burlas de los compaeros.

Alvarez, con el revlver en la mano, iba de un punto a otro, para
aconsejar con su larga prctica de soldado, y como un padre carioso
cuidaba de los inexpertos, alejndolos de los puntos donde quedaban al
descubierto, y colocndolos en otros, para que pudiesen hacer fuego,
ocultndose a las balas enemigas.

Todos, con el fusil apuntando, miraban aquella larga y desierta calle,
que, con sus casas cerradas e iluminadas por los plidos rayos de un sol
que estaba ya en el ocaso, tena el mismo aspecto de una avenida de
elegante cementerio.

El silencio que reinaba en la calle fu turbado por un rumor sordo e
imponente, que reson al extremo de ella. Nada se vea; pero Alvarez
adivin lo que era aquello.

--Atencin, ciudadanos--grit con su poderosa voz--. La tropa est
tomando posiciones y va a atacarnos.

As era. Algunas compaas ocupaban las casas de posicin estratgica,
desde las cuales haba disparado antes la Guardia civil, y al extremo de
la calle apareci la cabeza de una columna, brillando vivamente los
fusiles y los uniformes a la luz del sol.

Los insurrectos no llegaron a darse cuenta de cmo empez aquello.

Apenas aparecieron los soldados, una mano impaciente dispar un tiro
desde la barricada, e inmediatamente el revolucionario baluarte se
coron de humo, y estall un trueno sordo y prolongado, como si se
rasgase una colosal pieza de tela.

El combate se generaliz, y desde el fondo de la calle sali una
descarga, y despus otras, sin interrupcin.

En un breve momento de calma, se oy en la barricada la voz de Alvarez,
que deca:

--Nos honran mucho, ciudadanos. Tenemos enfrente tres regimientos, por
lo menos.

En ninguna barricada se haba hecho un fuego tan horroroso. Las tropas
del Gobierno, deseosas de terminar aquella revolucin, que se prolongaba
demasiado, y comprendiendo que sta poda revivir si llegaba a la noche
sin ser extinguida, extremaban su ataque de tal modo, que arrojaban
sobre aquella barricada, ltimo baluarte de la insurreccin, un
verdadero diluvio de plomo, antes de decidirse a tomarla a la bayoneta.

Por su parte, los insurrectos contestaban a la agresin de los
sitiadores con un fuego incesante.

La vista de algunos compaeros que haban cado a las primeras
descargas, manchando con su sangre los montones de adoquines, y las
balas, que zumbaban como abejas, junto a sus odos, enloquecan a
aquellos bisoos de la revolucin, que, aturdidos por la rabia y el
peligro, tiraban a ciegas y con fiera tenacidad, buscando el olvidar el
peligro, embriagndose con el estampido y el humo de la plvora.

Tan continuas eran las descargas, y tantos disparos se cruzaban entre
ambas partes, que la calle pareca combatida por un huracn de granito.

Las balas llegaban a todas partes. Chocaban contra la barricada,
levantando la tierra y haciendo saltar a esquirlas el borde de los
adoquines; acribillaban las paredes de las casas y rompan los cristales
de los balcones, que venan abajo con argentino estruendo e hiriendo con
sus fragmentos a algunos de los insurrectos.

A pesar de los cuidados con que stos se ocultaban tras las
desigualdades de la cresta de la barricada, las bajas eran ya muchas a
los pocos momentos del combate, pues aquel aguacero de plomo se
introduca por todas partes, y las balas lo mismo rozaban el dentellado
borde del baluarte, que penetraban por todas las rendijas y claros que
los revolucionarios utilizaban como aspilleras.

Alvarez, que tan cuidadoso se mostraba por la vida de sus compaeros,
procurando ponerlos a cubierto del fuego enemigo, se olvidaba de su
propia existencia, y, atento a los movimientos del enemigo, estaba en el
punto ms elevado de la barricada, exponindose a ser blanco de algn
certero tirador.

--Pero, mi capitn--deca con acento angustiado su fiel asistente, que
haca fuego al lado de l--. Baje usted de ah; ocltese, si no, es
muerto.

--Bah!--contestaba con desprecio Alvarez, que tena las supersticiones
propias de los soldados--. Si all abajo est en alguna cartuchera la
bala que ha de matarme, lo mismo me alcanzar ocultndome que estando al
descubierto.

El capitn, al hablar as miraba en derredor, y el espectculo no poda
ser ms horrible.

En el centro de la plaza, tendido de espaldas, y con los brazos en cruz,
desabrochada la levita y el sombrero de copa cado a alguna distancia,
estaba el cadver de un jovencillo melenudo, con bigote y perilla. Sobre
el pecho tena una gran mancha de sangre. Tal vez era el mismo que
aquella maana haba visto pasar Enriqueta al frente del primer grupo
revolucionario. Lo ms probable es que a aquellas horas, una madre,
all, en una alejada provincia, pensase con fruicin en el hijo que
tena en Madrid, escribiendo en los papeles pblicos y en camino de
convertirse en un grande hombre, y que una seorita de aldea releyese
las cartas, ilustradas con versos, que de vez en cuando le enviaba el
futuro personaje.

A los pies de Alvarez, un viejo obrero haba cado con la boca deshecha
de un balazo, cuando apuntaba su fusil tras la estrecha aspillera, y un
chicuelo con blusa fresco y sonrosado como una muchacha, se revolva en
el suelo, agarrndose el vientre con ambas manos, y dejando tras s un
reguero de sangre.

Pero eran pocos los que tales horrores vean. Los ms hacan fuego como
autmatas, y cediendo a una interna e imperiosa necesidad de expansin,
gritaban como unos condenados, acompaando cada disparo con vivas a Prim
y a la Libertad, y maldiciendo a la p... de la reina.

En medio de aquella confusin, cuando en la barricada estaba en su
perodo lgido la rabia popular, fu cuando Alvarez grit con voz de
trueno:

--Atencin! Van a atacarnos a la bayoneta. No hagis fuego. Esperad a
que estn cerca.

Fuese instintiva obediencia de los insurrectos, o prontitud de los jefes
revolucionarios en imponer esta orden, lo cierto es que la barricada
ces de disparan, quedando muda y silenciosa bajo aquel torbellino de
plomo que los sitiadores la enviaban con mayor furia.

Al amparo de este fuego, dos columnas avanzaban por ambas aceras a todo
correr, con las bayonetas bajas, como toros que al embestir humillan sus
terribles cuernos, mientras que por el centro de la ancha va, una
batera que acababa de ser emplazada, enviaba algunos proyectiles.

Alvarez era el nico que, despreciando el fuego, y asomando su cabeza
por encima de la barricada, espiaba en conjunto aquel avance, al mismo
tiempo que hablaba a los compaeros que tena abajo:

--No disparis hasta que yo os lo diga. Conviene dejarlos que se
acerquen.

Y cuando las cabezas de las dos columnas estaban a unos cincuenta pasos
de la barricada, y los jefes, agitando sus sables, daban ya la voz de
asalto, Alvafez grit con energa:

--Fuego!--y dispar su revlver, apuntando al coronel, que, con la
espada desnuda, iba al frente de los asaltantes.

Vomit la barricada toda la ira y la muerte que haba estado conteniendo
durante algunos minutos, y el efecto fu terrible.

Cuando se hubo extinguido el ltimo eco del horroroso trueno, y se
disip la nube de humo, vieron los insurrectos muchos soldados tendidos
sobre las aceras, y a las dos columnas que revueltas y confusas,
retrocedan hasta el extremo de la calle, donde se detenan, para hacer
nuevamente un fuego graneado contra la barricada.

Los trabucos de que se servan algunos insurrectos, y que hasta
entonces, en el fuego a regular distancia slo haba servido para
aumentar el estruendo, eran los que ms dao causaron a los asaltantes,
disparando sobre ellos a boca de jarra su terrible metralla.

Despus de este asalto frustrado, las tropas cesaron en sus
hostilidades, y hasta los destacamentos que ocupaban las lejanas casas,
y que apoyaban con su fuego a los asaltantes, continuaron el tiroteo muy
dbilmente.

Algunos insurrectos entusiastas, llevados de su inexperiencia, creanse
ya vencedores y hablaban de salir en persecucin de las tropas que,
indudablemente, se retiraban.

Alvarez sonrea ante tanta candidez.

--No os hagis ilusiones y preparaos, que ahora viene lo bueno--deca a
todos aquellos entusiastas, que, admirados de su sereno valor, le
miraban con respeto--. Yo me engao pocas veces en asuntos de esta
clase, y tengo la seguridad de que si han cesado de hacer fuego, es
porque se preparan a atacarnos por varios puntos a la vez.

Y Alvarez, a quien todos obedecan, coloc una parte de los defensores
en la barricada que cerraba la entrada de la calle del Len, donde hasta
entonces slo haban estado dos centinelas.

Ya no alumbraba el sol, y comenzaba uno de esos lentos y claros
crepsculos del verano.

Alvarez, seguido de Perico, se traslad a la tercera barricada, que era
la que cerraba la calle de Atocha por la parte del Prado, y que, por ser
la ms grande y tener los sublevados escasos materiales para su
construccin, resultaba la ms difcil de defender.

El capitn, teniendo al lado a su asistente, exploraba con la vista
aquel hermoso trozo de calle, con sus edificios cerrados y sus dos filas
de rboles con las ramas desgajadas por las balas perdidas que hasta
ellos haban llegado.

Algunas casas de aquella parte, a pesar de que an no haba llegado
hasta all el combate, tenan en sus puertas y persianas visibles
huellas del fuego enemigo; pero el palacio de Enriqueta, desviado un
poco del otro lado de la calle, no haba sufrido ningn desperfecto.

Esto alegraba a Alvarez, para el cual el choque de una bala en aquellas
paredes, tras las cuales se ocultaba el ser querido, hubiera sido tan
sensible como si la hubiera recibido l mismo.

Para aquel hombre, calenturiento por la lucha, agitado por las terribles
escenas de las que haba sido actor, y que surta desordenadas por las
circunstancias sus facultades mentales, el vasto y aristocrtico
edificio, cerrado y silencioso, era como la imagen, de Enriqueta, que,
muda y melanclica, estaba all para recibirle en sus brazos, si mora.

Un hombre vino a turbar la soledad que reinaba en la calle.

Era un caballero obeso, que caminaba pegado a la pared, por la acera de
enfrente a la casa de Enriqueta, y que, al llegar ante el aristocrtico
edificio, mir con terror a la barricada, y, por fin, como quien cede a
una fuerza superior, atraves a saltos la calle, yendo a llamar en la
gran puerta, con repetidos golpes de aldabn, al mismo tiempo que
gritaba algunas palabras y daba patadas en el postigo, para decidir a
los de dentro a que abriesen.

Alvarez y su asistente se miraron con sorpresa, y en sus ojos leyse el
mismo pensamiento.

Haban conocido a aquel hombre que tan angustiosamente llamaba: era
Quirs.




XII

El ltimo da de Quirs


Despus de cenar, a la salida del Casino, en un gabinete reservado del
caf de Fornos, don Joaqun Quirs acompa a su casa a Lolita Prez,
una muchacha andaluza, algo averiada, pero muy graciosa, que durante el
invierno serva de figuranta en el Real y en el verano se quedaba en
Madrid o iba a San Sebastin, segn la situacin financiera, y en todo
tiempo se dedicaba a buscar un protector, porque, segn ella, a una
artista le era imposible prosperar sin tener un arrimo.

Haba estado de francachela con dos amigos de Quirs, acompaados
tambin de otras prjimas de la misma clase, y disuelta la reunin a ms
de las tres de la madrugada, el diputado, como hombre de orden, fuese
con su querida a casa, mientras que las otras dos parejas, trastornadas
por el "champagne", cantando y besuquendose en medio de la calle de
Alcal, diriganse hacia el Retiro, pausadamente, para ver amanecer y
tomar un vaso de leche.

La figuranta viva en la calle de Hortaleza, en un segundo piso,
ricamente amueblado a expensas de Quirs, quien dejaba tragarse a la
graciosa andaluza gran parte de los fondos destinados al peridico.

Aquel aventurero a quien la obesidad haba quitado algo de su antigua
travesura, gustaba de ser acariciado, mimado y engaado como un pach,
por aquella odalisca de guardarropa.

Despus de sus entrevistas con la duquesa influyente, ambicioso demonio
con faldas, que conservaba una ternura diplomtica en medio de los
transportes de amor, y que entre beso y beso hablaba del estado de la
poltica y de lo que pensaba la reina, gustbale a Quirs el amor de
aquella muchacha, viva como una ardilla y que con las ajadas mejillas
embadurnadas de polvos y colorete y los ojos pintados de negro, armaba
escndalos fenomenales en los restaurantes, rompa los platos y
pellizcaba a los camareros, y acababa por bailar el zapateado a los
postres, sobre la blanca mesa, todo para volver a recobrar su aspecto de
sencillez y humildad, apenas pona los pies en la calle.

A Quirs, hipcrita en poltica y en religin, gustbale
extraordinariamente la falsa de aquella muchacha.

Cogidos del brazo, con paso reposado y todo el aspecto de un matrimonio
honrado y feliz, que se retiraba tarde a casa, aquel par de buenas
piezas llegaron a la calle de Hortaleza y se metieron en su habitacin.

Reinaba en la calle la calma propia de las ltimas horas de la noche, y
Quirs pens quedarse all hasta las siete de la maana, como lo haca
otros das, para irse a tal hora a su casa y abrir con su llavn, sin
que la baronesa ni Enriqueta se apercibierais de nada, como vena
ocurriendo haca mucho tiempo.

Acostronse en la magnfica cama, capricho de "la nia", que el diputado
haba comprado en el principal almacn de muebles de Madrid,
disputndosela a una rica condesa; y transcurridas dos horas, cuando ya
haba amanecido y el sol se filtraba por las rendijas de la cercana
ventana, Quirs oy algo que le hizo saltar de los mullidos colchones.

Era que empezaba la revolucin, y que all lejos, por la parte del
cuartel de San Gil, sonaban las primeras descargas.

El diputado, a pesar de las splicas vehementes de la andaluza, que por
su "salusita" le peda que permaneciese quieto, abri la ventana, para
enterarse de lo que ocurra, y vi la calle ocupada por varios grupos
armados, que, con febril actividad, estaban levantando barricadas.

En aquel mismo momento, unos cuantos artilleros, dando vivas a la
Libertad, colocaban un can al extremo de la calle, apuntando a la
Puerta del Sol.

Quirs palideci, experimentando mayor susto que la andaluza, que, por
la Virgen, de la "Soled", le peda que cerrara pronto.

Ya estaba en pie la canalla; ya haba salido de su cubil el monstruo
revolucionario, aquella hidra que tanto manoseaba en sus discursos,
cuando amenazaba al Gobierno con el diluvio final si no extremaba las
medidas revolucionarias y volva a Espaa a aquellos felices tiempos en
que todo le arreglaban y dirigan los frailes y jesutas.

El, que con tan soberano desprecio hablaba desde su asiento en el
Congreso de la canalla revolucionaria; l, que conmova a las damas
catlicas de la tribuna, irguindose con audacia sublime a la mitad de
sus discursos, para desafiar las iras de la chusma masnica y avanzada,
enemiga de los reyes y los sacerdotes; ahora que tena ante sus ojos a
aquel enemigo, tantas veces despreciado cuando lo vea lejos, sentase
agitado por tal miedo, que se apresur a seguir los consejos de su
querida, y cerr la ventana.

Tan importante y temible se crea, que lleg a pensar que alguno de
aquellos "andrajosos" poda conocerle y caer en la tentacin de subir
hasta all, para degollarlo a l y a su Lolita, y hacer morcillas con su
sangre. Todo poda, esperarse de gentes sin religin y sin moral.

Temblando de miedo volvi a meterse en la cama, y, oprimido por los
brazos de la andaluza, y sudando con el calor y la angustia, pens en
aquel suceso, cuya importancia se agrandaba en su imaginacin.

La presencia de aquellos artilleros entre los sublevados, hacale creer
que toda la guarnicin de Madrid se haba adherido al movimiento, y al
imaginarse la posibilidad de que la revolucin triunfase, el diputado
ultramontano estremecase de horror, viendo ya a las turbas sin freno
armadas de latas de petrleo, y a l buscando un medio para escapar y
refugiarse en el extranjero, como si fuese un terrible personaje sobre
el que iban a descargar las cleras populares.

Transcurri una media hora, que a Quirs le pareci un siglo, entregado,
como estaba, a tan terrorficos pensamientos, y, de pronto, retumb la
calle con una horrorosa descarga, que hizo temblar al diputado y
prorrumpir a la andaluza en una serie interminable de invocaciones a
todas las vrgenes conocidas.

Comenzaba el ataque de las barricadas, y ninguno de los dos se atreva a
moverse de la cama, como si temiesen que una bala llegase y tuvieran a
la sbana que los cubra como un blindaje impenetrable.

Estrechamente abrazados, con las cabezas escondidas bajo las almohadas y
temblando a cada descarga, pasaron las dos largas horas de la maana,
que en aquella parte de Madrid fueron de continua lucha.

A medio da ces el combate; los insurrectos se desbandaron y las tropas
del Gobierno ocuparon las barricadas de aquel distrito.

Quirs, a pesar del pavor que le dominaba, comprendi lo que ocurra, y
cuando, despus de vestirse y de tomar grandes precauciones, se asom
tmidamente a la ventana, respir ruidosamente al ver en la calle los
rojos pantalones de la Infantera.

Se haba salvado la causa del orden, la revolucin estaba agonizante y
el diputado se sinti convertido en otro hombre.

Recobr su habitual insolencia, avergonzse al pensar que haba tenido
miedo, se demostr a s mismo que era una locura el creer en la
posibilidad del triunfo de la revolucin y que forzosamente haba de
salir siempre victorioso el Gobierno y, ansioso por gozar tan consolador
espectculo, se despidi de Lolita y sali a la calle.

Pensaba l que a su prestigio de hombre poltico convena que le viesen
en las calles cuando an estaba reciente la lucha, pues esto sera
motivo para que al da siguiente hablase la Prensa de l, pintndolo
como un hombre de accin, que, aunque no estaba conforme con la marcha
del Gobierno, saba acudir al puesto de honor cuando estaban en peligro
la Monarqua y el orden.

Las angustias y temblores que haba experimentado en casa de su querida,
eran detalles sin importancia, que quedaran en el tintero.

Discutiendo con los jefes de los destacamentos que ocupaban las calles,
rogando a unos y dndose a conocer a otros, lleg hasta la Puerta del
Sol, y tuvo buen cuidado en hacerse visible ante varios generales que
estaban reunidos en el portal del Ministerio de la Gobernacin, y a los
cuales conoca, relatndoles proezas aisladas que l haba llevado a
cabo en varios puntos, y no teniendo el honor de que ninguno de ellos
escuchase sus sandeces y mentiras.

La insurreccin continuaba an en el ms apartado extremo de los barrios
del Norte, y Quirs, entretenido en presenciar las disposiciones
militares, y deseoso de que le vieran los generales y los altos
polticos que continuamente llegaban al Ministerio de la Gobernacin,
permaneci en la Puerta del Sol hasta bien entrada la tarde.

Hasta entonces, la excitacin producida por el espectculo
revolucionario y la magnfica cena de la madrugada anterior, le haban
sostenido, no dejndole sentir necesidad alguna; pero a tal hora comenz
a experimentar desfallecimiento y dese verse en su casa, en su lujoso
comedor, y ante una mesa bien servida. Adems, el cansancio producido
por una moche en vela, aturda a aquel hombre, a quien una obesidad cada
vez ms creciente haba hecho egosta, y que no poda permanecer
tranquilo as que le faltaba alguna de sus habituales comodidades.

Sinti el deseo de verse cuanto antes en su casa, y nicamente le detuvo
la idea de que su distrito era el ltimo refugio de la insurreccin, y
que all todava estaban los revolucionarios dispuestos a resistir al
Gobierno.

Pero tan vehemente era la ansiedad que senta por verse en su domicilio,
que casi estaba dispuesto a arrostrar los peligros que poda correr al
atravesar la ltima zona de la insurreccin.

Adems, segn los informes que le daban, los revolucionarios slo
ocupaban la plaza de Antn Martn, dejando libre la calle de Atocha,
hasta el Prado, y l, bajando hasta la plaza de las Cortes y siguiendo
la calle de San Agustn y la Costanilla de los Desamparados poda llegar
casi al frente de su casa, sin tener que atravesar ninguna barricada.

Este plan, que acababa de aconsejarle un oficial de Estado Mayor,
conocedor de la topografa de la insurreccin, parecale a Quirs muy
acertado; pero todava dudaba, pensando en la posibilidad de ser
alcanzado por una bala perdida o de tropezar con algn aislado grupo de
revolucionarios, que, reconocindole, hiciesen con l una hereja.

Pronto le sac de su incertidumbre el movimiento que se not en la
Puerta del Sol. Las tropas, que haban descansado ya de la refriega en
el norte de la capital, se disponan a emprender la marcha hacia el sur,
para batir los ltimos baluartes de los insurrectos.

Segn las noticias que llegaban, ya haban comenzado el fuego en dichos
puntos, y los revolucionarios presentaban tal resistencia, que era muy
posible que la lucha se formalizase de un modo terrible, prolongndose
hasta la noche.

Quirs, que comenzaba a experimentar un creciente aturdimiento, slo
sabia pensar en la necesidad de llegar a su casa cuanto antes, y, sin
darse cuenta exacta de lo que hacia, sali de la Puerta del Sol,
siguiendo el itinerario que le haba marcado su amigo, el oficial de
Estado Mayor.

Mientras andaba instintivamente, pensaba en la conveniencia del acto
audaz que realizaba, marchando hacia el punto donde estaba en pie la
insurreccin, y donde los hombres se exterminaban.

Pero... haba que ser atrevido y llegar a casa antes que, avanzando
todas las tropas sobre el sur de Madrid, cortasen las comunicaciones y
se viera l obligado a pasar la noche al raso.

Cuando Quirs lleg a la calle de San Agustn sonaron las primeras
descargas de la tropa, que atacaba la barricada de la plaza de Antn
Martn, y se detuvo horrorizado al escuchar tan terrible estruendo.

Refugiado en el quicio de una puerta, como si temiese que hasta all
llegase el plomo del combate, permaneci Quirs todo el tiempo que dur
la lucha, hasta que, por fin, al restablecerse el silencio, se decidi a
salir de aquel escondite.

Ya no tena duda alguna. Aquella calma demostraba que la insurreccin
haba sido vencida, y que las fuerzas del Gobierno ocupaban victoriosas
las posiciones del enemigo.

Baj corriendo la Costanilla de los Desamparados y entr en la calle de
Atocha.

Ah!... Por fin! All estaba su casa, aquella casa tan deseada durante
todo el da.

Pero la calma que reinaba en la calle le produjo inmenso pavor. No vea
los rojos pantalones de la tropa, que eran garanta de seguridad para
l, y, en cambio, ante sus recelosas miradas, apareca la barricada en
pie, y, sobre ella, dos hombres, en los que no se fij, a causa de la
precipitacin pavorosa que le embargaba.

La conviccin de que los insurrectos estaban an triunfantes, a poca
distancia de l, y que podan enviarle un balazo a guisa de saludo, di
fuerzas a sus temblorosas piernas para pasar rpidamente de una acera a
otra, y agarrando el aldabn de su casa, di furiosos golpes en la
puerta.

Cunto tardaban en abrir! Y el terrible enemigo all, a su vista, y
pudendo hacer fuego sobre l, que estaba por completo al descubierto!

Esto aumentaba su miedo, y haca que golpease con sus pies la puerta, al
mismo tiempo que, mirando arriba, a los cerrados balcones, gritaba con
angustia:

--Enriqueta!... Abre, Enriqueta!...

Si Quirs hubiese sabido quines eran aquellos dos hombres que le
miraban desde lo alto de la barricada, de seguro que el pavor le hubiese
hecho caer al suelo. Alvarez y su criado le haban reconocido
instantneamente, y as ge lo dieron a entender con la mirada que
cambiaron.

El capitn, a la vista de aquel cobarde enemigo, sinti que una oleada
de furor invada su cerebro, e inmediatamente fu a saltar desde lo alto
de la barricada, para correr al encuentro de Quirs; pero en el mismo
instante sus odos se ensordecieron con una detonacin que estall junto
a ellos, y sinti un ligero zumbido en el espacio, al mismo tiempo que
vea pasar ante sus ojos una nubecilla de humo.

Perico acababa de disparar su fusil, y el diputado, dando un salto
prodigioso, haba cado de bruces sobre la acera.

Alvarez qued estupefacto ante aquel suceso.

Despus mir a su asistente, con aire de reconvencin, y vi que Perico,
con una calma feroz, volva a cargar su fusil.

--Perdone usted, mi capitn--dijo el aragons con calma--. Ese canalla
tambin tena cuentas conmigo: no poda yo olvidar lo que hizo con mi
pobre ta. Ahora ya est todo pagado. El tiro ha sido bueno.

Alvarez no se atrevi a decir nada a su asistente, y con un gesto de
resignacin, murmur:

--As haba de ser.

El tiro haba sido certero, y el enorme cuerpo de Quirs, tendido, con
el rostro sobre la acera, permaneca inmvil al pie de un rbol.

Alvarez estuvo contemplndolo durante algunos minutos con estpida
fijeza, pero pronto le sac de su abstraccin una nutrida descarga, a la
que contestaron con otra los insurrectos.

La barricada era atacada por dos puntos, y las tropas iban a entablar el
ataque decisivo.




XIII

La ltima escena de la revolucin


Rein durante todo aquel da en el palacio de Baselga la consternacin y
la alarma propia de las circunstancias.

Los criados, reunidos en la antecmara, hacan animados comentarios
sobre lo que ocurra en las calles, o se manifestaban dominados por un
cmico terror, y las seoras de la casa estaban en una habitacin
apartada, evitando el peligro de alguna bala que atravesase los cerrados
balcones.

La baronesa sufra una terrible agitacin nerviosa. El ruido de las
descargas producala grandes estremecimientos, y su doncella haba de
frotarle las sienes con ter, para evitar los desmayos.

Ella, tan animosa siempre que se tratabas en teora de combatir a la
impa revolucin, y que se desataba en denuestos contra los "pcaros
descamisados", haba perdido en aquel da todo su valor, y tan grande
era su carencia de fe, que daba ya por seguro el triunfo de la
insurreccin, diciendo que Dios, o se haba olvidado de Espaa, o quera
hacerla pasar por las ms rudas pruebas.

Si la revolucin triunfaba, qu iba a ser del desgraciado pas,
dominado por la impiedad y el atesmo?

Estas lamentaciones de la baronesa eran la nica distraccin de
Enriqueta, que estaba junto a su hermana, en aquella apartada
habitacin, con el odo atento para escuchar lo que ocurra en la calle.

Senta una curiosidad tan grande, que varias veces haba querido
dirigirse a las habitaciones que daban al la calle, para ver lo que
ocurra en la cercana plaza; pero las aisladas detonaciones que durante
toda la maana estuvieron sonando, y el lejano fragor de la lucha
entablada al otro extremo de Madrid, aterrorizaban de tal modo a la
baronesa, que se opuso tenazmente al capricho de su hermana.

Esta no experimentaba inquietud alguna por la ausencia de su esposo.

A pesar de que en un momento de excitacin de su amor propio se haba
mostrado ofendida por la conducta de Quirs, ahora le era indiferente
la suerte de este hombre. Su pensamiento estaba fijo en Alvarez, que en
aquellos instantes deba estar en verdadero peligro, exponiendo su vida
en defensa de sus ideales.

Agitada por tales pensamientos, pas Enriqueta casi todo el da al lado
de su hermana o en la habitacin donde estaba, al cuidado de la nodriza,
su hija, la pequea Mara, que escuchaba con infantil curiosidad el
estrpito de la lejana lucha.

Cuando fu atacada la plaza de Antn Martn, las descargas de fusilera
y el fuego de can, hicieron llegar al perodo lgido el terror que
experimentaban todos los habitantes de aquella casa...

Enriqueta, cuyo carcter desplegaba en los momentos supremos toda la
energa de su padre, era la que mayor serenidad mostraba, y, con varonil
curiosidad, lleg hasta las cerradas habitaciones que daban a la calle,
para escuchar mejor los terribles incidentes de la lucha.

Despreciando los consejos de su servidumbre, que le rogaba no
permaneciera en unas habitaciones donde podan entrar los proyectiles,
se mantuvo en aquella parte de la casa, oyendo las descargas y los vivas
que daban los insurrectos en los momentos en que el fuego se debilitaba.

El silencio que se estableci despus, y que slo fu interrumpido por
aclamaciones a la libertad, la di a entender el triunfo momentneo de
los revolucionarios.

Ella, impulsada por su educacin y las ideas que le haban inculcado,
estremecase de horror al escuchar los gritos revolucionarios, y, sin
embargo, no poda evitar cierto instintivo movimiento de gozo ante
aquella ventaja que acababa de alcanzar la insurreccin.

Era que el amor borraba las preocupaciones de clase, y que haba en ella
un poderoso instinto que le anunciaba cmo entre aquellos vencedores
hallbase Esteban Alvarez.

Pensaba Enriqueta en lo raro de aquellos sentimientos que la dominaban,
cuando el aldabn de la calle son con ruidosa precipitacin,
acompaando a sus golpes furiosas patadas dadas en la puerta.

La joven, seora de Quirs pens inmediatamente en Esteban, sin que se
la ocurriera imaginar que quien llamaba pudiera ser el aventurero odioso
que a los ojos del mundo era su marido.

--Enriqueta!... Abre, Enriqueta!

As gritaba unja voz que ella no poda conocer, a causa de que el miedo
la desfiguraba, hacindola temblona e insegura.

Dirigase ella a un balcn para abrirlo y ver quin llamaba, cuando son
un tiro, y el aldabn ces de tocar.

Enriqueta retrocedi, adivinando el crimen que acababa de perpetrarse;
pero se repuso prontamente, y volvi de nuevo hacia el balcn; pero, en
el mismo instante, el trueno de la fusilera volvi a sonar, ms
horroroso que antes.

Imposible asomarse. La barricada era atacada por segunda vez, y el
combate, a juzgar por el estrpito, era ms tenaz y empeado que el
anterior.

Sin saber qu resolucin tomar, como un ser imbcil, y oyendo sin
inmutarse el continuo estampido, que, escuchado en el centro de aquella
sala cerrada y oscura, semejaba el fragor de una horrorosa tempestad que
descargaba sobre Madrid, permaneci Enriqueta ms de un cuarto de hora,
que fu el tiempo que dur el decisivo combate.

La idea de que aquella voz desfigurada por el miedo, poda ser la de
Alvarez, que en un momento de peligro para su vida no haba vacilado en
pedir su auxilio, martirizaba a Enriqueta de tal modo, que, a no ser
porque el instinto de conservacin, alarmado ante aquella horrorosa
lucha, aprisionaba sus miembros y la impeda moverse, hubiera corrido a
aquel balcn, para ver quin era el desgraciado que acababa de caer
muerto ante su puerta.

Cuando cesaron las descargas, Enriqueta, como una loca, y cediendo a un
impulso instintivo, corri al balcn, abri sus maderas y asom todo su
busto, sin miedo a un disparo traidor.

En lo alto de la barricada aparecan los rojos pantalones de la tropa, y
algunos hombres del pueblo, con la camiseta rota, sudorosos,
ennegrecidos por la plvora y en el ltimo paroxismo de furor,
disputaban el terreno palmo a palmo a los vencedores, riendo a
bayonetazos.

Enriqueta vi el cadver tendido ante la puerta, y al reconocer a
Quirs, no pudo evitar un grito de dolorosa sorpresa.

El triste fin de aquel miserable borraba todo resentimiento, y le haca
simptico a las ojos de la mujer que tanto le haba despreciado.

Enriqueta, anonadada por aquella emocin terrible, sinti que las
piernas le flaqueaban y se agarr a la balaustrada del balcn, para no
caer.

Fue visin o realidad lo que entonces pas ante sus ojos, anublados por
las sombras del desmayo?

Dos hombres bajaban corriendo la calle. Enriqueta los reconoci: eran
Alvarez y su asistente; pero ajados por la lucha, tiznados por el humo y
con las ropas en desorden.

Los soldados, desde lo alto de la conquistada barricada, hacan fuego
sobre los fugitivos, y el revolucionario capitn, al ver a su amada en
el balcn, se detuvo un instante, para saludarla con un desesperado
ademn de despedida.

Fueron los dos, amo y criado, a escapar por una callejuela que
desembocaba en la calle de Atocha, pero en el mismo instante un pelotn
de la Guardia civil dobl la esquina, y los fugitivos vironse envueltos
y cogidos.

Enriqueta exhal un grito de horror, y fu ya muy poco lo que vi.

Con la vaguedad incierta y fantstica de un sueo, le pareci ver que
los guardias colocaban, apoyados en la pared, a Alvarez y su asistente,
siempre erguidos y serenos, y que, retirndose algunos pasos, una fila
de fusiles apuntaba a sus pechos.

Despus crey distinguir que una compaa de Infantera entraba por la
misma callejuela, y que el oficial que la mandaba, haciendo un
movimiento de sorpresa, se arrojaba sobre el terrible grupo...

Y ya no vi ms. Sus piernas se doblaron, su cabeza se inclin sobre el
pecho, como si dentro sintiera un peso inmenso; sus ojos se cerraron,
sinti una suprema y avasalladora necesidad de descanso, y cay,
chocando su crneo contra los hierros del balcn.

FIN DEL TOMO QUINTO

       *       *       *       *       *

Los errores corregidos por el transcriptor:

formalidaddes=> formalidades {pg 21}

actos nadan valen=> actos nada valen {pg 42}

ocurido=> ocurrido {pg 49}

vagoroso=> vigoroso {pg 55}

la produjo=> le produjo {pg 62}

como si=> oomo si {pg 78}

insureccin=> insurreccin {pg 99}

su dos filas=> sus dos filas {pg 123}

ordear una sbana=> ondear una sbana {pg 126}

sosprenderlos=> sorprenderlos {pg 128}







End of Project Gutenberg's La araa negra, t. 5/9, by Vicente Blasco Ibez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAA NEGRA, T. 5/9 ***

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