The Project Gutenberg EBook of El deseo, by Hermann Sudermann

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Title: El deseo

Author: Hermann Sudermann

Release Date: July 18, 2008 [EBook #26078]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA DE LA NACION

H. SUDERMANN

EL DESEO

BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACIN.--Buenos Aires.


Este libro, cuyo argumento es puro, como una corriente de agua
cristalina, ser, sin duda, apreciado en todo su valor por los lectores
de la Biblioteca de LA NACIN.

Sudermann, como todos los escritores de las razas del Norte, es
hondamente intenso bajo la aparente sencillez de los temas que
desarrolla, que encierran curiosos y emocionantes casos de morbosidades
morales.

En _El Deseo_, una de las mejores obras del novelista germano, la trama
gira, principalmente, alrededor de tres personajes, y, en esencia,
dentro del alma de una muchacha, de origen humilde, extraordinariamente
dotada por la Naturaleza, mental y fsicamente, pero a quien profundos
desequilibrios nerviosos, le forman una vida de tortura, mezcla de
pasin, de cario, de iracundias y de bondades, predominando siempre una
sensibilidad casi enfermiza, casi mstica, para los impulsos y actos
nobles.

Y, sugerido, provocado, proseguido por esa alma intranquila y sufriente,
brota, crece y estalla el drama, lleno de dolor y de piedad.




EL DESEO




I


Un vivo fuego llameaba en el dormitorio del anciano mdico.

Estaba l todava en el lecho, y embargado por el sentimiento de
bienestar del hombre que ve terminada la labor de su existencia. Cuando
se ha estado, durante medio siglo, sentado doce horas por da en un
cabriol de mdico de campo, sacudido y zangoloteado por los guijarros y
los mogotes de tierra, bien se le pueden pegar a uno las sbanas alguna
vez, sobre todo cuando ha dejado su tarea a salvo en manos de otro ms
joven.

Alarg y estir sus miembros cascados y volvi a hundir en las almohadas
su rostro gastado y amarillento, salpicado de speros vellos blancos,
cual un viejo granito por el musgo de Islandia. Pero la costumbre, esa
ama imperiosa que, durante tantos aos, fuera indispensable o no, lo
haba sacado de su cama antes del amanecer, no le permiti descansar ni
aun entonces.

Suspir, bostez, se avergonz de su pereza y tom la campanilla puesta
a su cabecera, en la mesa de noche.

Su ama de llaves, vieja ruina, tan canosa y destruida como l, apareci
en el umbral.

--Qu hora es, seora Liebetreu?--le grit.

Al venerable reloj de la Floresta Negra que estaba colgado cerca de la
cama del doctor, y cuyo despertador estridente haba interrumpido ms de
una vez de un modo desagradable sus sueos de la maana, no se le haba
dado cuerda desde el da en que el joven mdico adjunto haba llegado a
Gromowo, para que yo sepa bien--se complaca en decir el doctor--que en
lo sucesivo mi vida est en reposo.

--Las ocho menos cuarto, seor doctor--respondi la anciana, ocupndose
en arreglar la tapa de la estufa.

--Vaya! vaya!--exclam l, enderezndose.--Qu perezoso me he vuelto!
Y... han llegado cartas?

--S, varias por correo y una que trajo personalmente el joven seor
Hellinger hace dos horas.

--Pero, si hace dos horas, era todava de noche!

--S; me dijo que tena que ir hasta la granja y que no poda esperar
ms. Ya anoche, cuando el seor doctor estaba en _El guila Negra_,
vino y se qued esperando casi dos horas.

--Y por qu no me mand usted llamar?--grit el doctor con el tono
grun de un anciano bonachn pero bilioso.

--Acaso no nos lo prohibi l?--replic la ama de llaves, exactamente
en el mismo tono, sin que esto pareciera indicar ninguna arrogancia de
su parte: era ms bien el eco del carcter del anciano.--Estuvo sentado
en el gabinete de trabajo hasta las diez (o mejor dicho no se sent) iba
de un lado a otro como una fiera, se rea, hablaba solo; yo desconoca a
nuestro tranquilo y apacible joven; entonces le llev cerveza, seis
botellas; se las bebi todas, y tuve que beber con l... En fin, tena
algo de trastornado.

--Eh! eh!--murmur el anciano rindose por lo bajo.--Me parece que
all hay algo de Olga. Al fin, ella se habr... Y son para hoy esas
cartas?--exclam de repente, como si estuviera lleno de furor, aun
cuando su rostro permaneca sonriente.

Y cuando la ama de llaves, refunfuando, hubo satisfecho su deseo, sin
vacilar tom de entre las cartas la que no llevaba estampilla, y no
concedi siquiera una mirada a las dems.

Una alegre emocin haca temblar sus manos, mientras desdoblaba el
papel, y con su viejo rostro encanecido, radiante de gozo, ley:

* * *

Querido viejo to:

Debes ser el primero en saberlo... Si siquiera te tuviera a mi lado, si
pudiera estrechar tus viejas y leales manos y decirte, mis ojos en los
tuyos, todo lo que siento en el corazn... Todava no lo creo, la cabeza
me da vueltas cuando pienso en ello. To querido, en los peores das de
prueba me ayudaste y protegiste. T solo tendiste los brazos a Marta
cuando todos--y hasta mis mismos padres--le volvan la espalda, llenos
de frialdad y de desconfianza. No pudiste conservrmela, to querido!
Dios la llam a s, y cuando, cerca del cuerpo de mi mujer, mi razn
amenazaba extraviarse, t me tomaste la cabeza entre tus brazos y me
hablaste como habra podido hacerlo un sacerdote.

Y triunfaste. No creo que yo pueda volverle a tomar gusto a la vida,
que pueda volver a ser lo que era antes de que las preocupaciones
materiales y mi pasin por Marta hubieran entorpecido y vaciado mi pobre
cabeza. La misma Marta, mi misma querida mujer, en los tres aos que
dur nuestra apacible dicha, no pudo obtener este resultado. Pero la
vida parece querer darme ahora todo lo que todava puede tener para m
de alegra y de tranquilidad.

T sabes, to, cmo, en medio de mi dolor, me dej llevar por un afecto
sin cesar creciente por la hermana de mi querida muerta, mi prima Olga.
Todo te lo confes, busqu consuelo cerca de ti cuando me atormentaba,
cuando me reprochaba mi infidelidad para aquella cuyo luto an llevaba.
Y me dijiste entonces:

--Si la muerta pudiera buscar una segunda madre para su hijo, elegira
a otra que a esa hermana, que era, despus de ti, lo que ella ms
quera en el mundo?

Me qued espantado hasta el fondo del alma, pues jams me habra
atrevido a alzar los ojos hacia ella. Pero t no cesaste de exhortarme,
tanto, que por fin, hace ocho das, armndome de todo mi valor, le ped
que compartiera mi suerte. Ella se neg, t lo sabes.

Se puso plida como una muerta; en seguida me tendi la mano y me dijo,
resistindose:

--Renuncia a esa idea, Roberto; yo no puedo ser tu mujer.

Y yo, al retirarme, muy avergonzado, me deca: esto no es ms que lo
que mereces, presuntuoso!

Y he aqu que hoy, querido to... no puedo escribirlo... Mi mano se
detiene. Es tal la felicidad y tan inesperada, que casi me abruma!
Maana, to, maana te lo contar todo!

Por la maana tengo que ir a la granja. Volver como a las doce, e
inmediatamente har la penosa diligencia ante mis padres. Mi madre nada
sospecha todava: he aqu sus proyectos trastornados una vez ms, por lo
cual Olga tendr mucho que sufrir. Hasta temo que concluya por
despedirla de la casa. Con tal de que yo la tenga bajo mi techo antes!

Son las tres de la maana: basta por hoy.

Tu muy agradecido y muy feliz, _Roberto Hellinger_.

* * *

El viejo mdico enjug una lgrima que rodaba por su mejilla. El buen
muchacho!--murmur.--Cmo remolinean los sentimientos en su cerebro
acalorado, y qu franqueza en todo esto, qu rectitud en la menor
palabra! Verdaderamente, es muy digno de ti, mi buena y noble nia: es
el nico a quien yo te dara con placer. Y ahora voy a ver si t tambin
tienes confianza en el viejo to. Voy a cerciorarme de ello
inmediatamente.

Y rindose y gruendo escondi la cabeza entre las almohadas. Luego, de
repente, grit con voz que reson en toda la casa como un trueno:

--Mil millones!... Dnde est mi pantaln?

Se lo llevaron, y cinco minutos despus, el anciano se hallaba ya listo,
delante de su espejo; slo le faltaba su peluca de un gris amarillento.

--Mi sombrero... mi abrigo... mi bastn...--grit en el corredor.

--Pero el caf, Dios mo, el caf!--grit la vieja desde la cocina, ms
fuerte an, si esto era posible.

--Bueno, pero pronto entonces!--replic l, siempre en el mismo
tono.--Es preciso que est aqu antes de que yo haya concluido de leer
mis cartas.

Y, refunfuando de impaciencia, tom el montn de cartas que se haba
quedado hasta entonces en la mesa de noche sin que l le hiciera caso.
Eran ofertas de vino, el anuncio de un nacimiento en casa de Cohn,--un
pobre ciego con un hijo recin nacido!--y de repente se estremeci,
mientras una sonrisa apareca de nuevo en su rostro.

--Diantre! No me esperaba esto--murmur con satisfaccin.--Ella tampoco
ha podido dormirse sin hacer al viejo to el confidente de su dicha. Eso
est bien, hijos mos; os lo tendremos en cuenta.

Y con la misma alegre prisa con que haba abierto la carta de Roberto
Hellinger, rompi el nuevo sobre.

Pero apenas haba comenzado a leer, cuando con un grito ahogado
retrocedi dos pasos, tambalendose, como un hombre que recibe un golpe
por sorpresa. Su rostro gris se volvi de una palidez gredosa, sus ojos
salieron de sus rbitas, y sus viejos y secos dedos apretaron como
garras el papel que temblaba.

Cuando la ama de llaves entr con el caf, encontr a su amo sentado
como una mole inerte en un ngulo del sof, con la frente cubierta de
gruesas gotas de sudor y mirando fijamente con sus ojos apagados el
papel que sus manos estrujaban todava con un apretn casi convulsivo.

--Dios mo! Dios mo! Seor doctor!--exclam la anciana dejando caer
con estrpito la bandeja sobre la mesa.

Estas exclamaciones le hicieron volver en s. Se hizo dar agua, de la
cual bebi vidamente dos grandes tragos, se humedeci la frente y las
sienes con el resto, e hizo seas a la ama de llaves para que se
alejara.

Y entonces, despus de haber echado el cerrojo a la puerta, recogi la
carta y se puso a leer con voz ahogada y temblorosa:

* * *

Mi querido amigo, mi segundo padre:

Cuando lea usted estas lneas, habr cesado de vivir. He reunido y
conservado cuidadosamente las pociones de morfina que usted me dio,
cuando despus de la muerte de Marta, perd el sueo; habr lo
suficiente, as lo espero, para asegurarme el descanso.

Usted que me protegi como un segundo padre, ser el nico en saber por
qu he tomado esta extrema resolucin. En las largas noches de invierno,
cuando la tempestad sacuda mi ventana y yo no poda dormir, he escrito
en todos sus detalles lo que me atormenta desde hace largo tiempo, lo
que no me dejar un instante de reposo hasta que me haya dormido para
siempre. En mi estante de libros encontrar usted, escondido detrs de
los volmenes de Heine, un cuaderno azul. Gurdeselo usted, sin que los
dems lo noten; y cuando lo haya usted ledo todo, vaya usted a mi tumba
y rece un Padre Nuestro.

Cuide usted de que me entierren al lado de Marta. Mucho la he querido.
Ella es quien me arrastra detrs de s.

Usted lo comprender todo cuando haya ledo mi historia: quiz hasta
sabe usted de mi secreto ms de lo que yo sospecho. Alguna vez, en el
delirio de la enfermedad, debo haber revelado feas cosas. Por qu si
no, habra usted alejado de mi lecho a todos mis parientes?

Se horroriz usted de lo que dejaba escapar mi miserable boca? Me
compadece usted? Me desprecia usted? Pero no, seguramente, usted no me
desprecia; si as fuera, me habra usted podido demostrar tanto afecto?
Por otra parte, lea usted mi cuaderno, all est todo.

Al principio no le estaba destinado a usted. Yo quera enviarlo,
despus de muchos aos, cuando a nuestra vez hubiramos sido viejos, al
hombre a quien pertenece mi alma, para que supiera por qu lo haba
rechazado.

Las cosas han cambiado de rumbo: hoy, en un momento de olvido, me dej
caer en sus brazos. He visto, demasiado tarde, que ya no haba manera de
escaprmele. Pero antes que ser suya, prefiero darme la muerte.

Y todava tengo que dirigir a usted una splica. Es la splica de una
moribunda y, si est en poder de usted, acceder usted a ella.

Oculte usted al mundo entero--y ante todo a aquel a quien amo--que me
he dado la muerte. Ojal crea que lo que me ha matado es la alegra!
Destruir todo lo que pudiera revelar un suicidio: los nicos signos
aparentes sern los de una muerte de aneurisma o de congestin.

Se lo suplico a usted desde el fondo del corazn; otrgueme usted
todava esta satisfaccin suprema. Muero sin pesar y no tengo miedo.
Hace tanto tiempo que no duermo bien, que necesito reposo.--_Olga
Bremer._

* * *

El anciano experimentaba un sentimiento de angustia absoluta. Se
bamboleaba, apretaba los puos y se golpeaba la frente; en seguida
volvi a caer sobre una silla.

--Es una locura, una completa locura--gimi enjugndose las gotas de
sudor que cubran su frente.--Hija ma, qu es lo que ha pasado por ti?
Qu te ha obscurecido as la razn? Mi pobre, pobre y querida nia!

Luego se levant de un salto y busc con sus manos temblorosas su
sombrero y su abrigo.

Socorrer! socorrer! arrancar su vctima a la muerte! He ah el
pensamiento que, por el momento, le llenaba el espritu. Un instante
tuvo la idea de que quiz la joven no haba puesto seriamente su
proyecto en ejecucin; pero la desech inmediatamente. Haba aprendido a
conocerla demasiado en otras circunstancias para poder creerla capaz de
una falta de valor, de un desfallecimiento de la voluntad.

Pero quiz la dosis que haba tomado era demasiado dbil, quiz el
tiempo--haca ms de un ao que Marta haba muerto de parto, y en esa
poca era cuando l haba dado a Olga la pocin calmante--quiz el
tiempo haba atenuado la fuerza del veneno. S, s, as era; era preciso
que as fuera. Mal conservada, la morfina puede descomponerse y volverse
inofensiva.

Adelante, pues, para salvarla, si no es demasiado tarde! El doctor daba
vueltas en su cuarto, buscando algo, sin saber qu. Luego tom de nuevo
la carta.

--Y qu es lo que me pides? Hija, hija ma, te figuras que sea cosa
tan fcil violar un juramento, renunciar, como se arrojara un cascarn
vaco, a los deberes a los cuales uno ha permanecido fiel durante medio
siglo? Nia, no sospechas lo que pides a un hombre de honor.

En seguida, acercando mucho el papel a sus ojos, volvi a leer una vez
ms este pasaje: Es la splica de una moribunda... se lo suplico a
usted desde el fondo del corazn; otrgueme usted todava esta
satisfaccin suprema.

Por sus ajadas mejillas rodaban gruesas lgrimas.

--Es imposible, hija ma, es imposible, por bien que sepas suplicar. Y
aun cuando lo quisiera, me traicionara yo mismo. No soy ya ms que una
pobre y vieja ruina, y no soy dueo de mis nervios. Lo notaran a la
primera ojeada. Mas, para que no hayas... suplicado... en vano... a tu
to... quiero... por lo menos... ensayar. Por ti y por Roberto, es
necesario ante todo salvarte. Da de Dios! Viejo, s hombre todava por
lo menos una vez en tu vida. Es preciso que la salves, es preciso, es
preciso, es preciso!

Y tan ligero como sus piernas cascadas podan llevarlo, se
precipit--empujando a su paso a la ama de llaves que escuchaba en la
puerta--y ech a andar por la escarcha helada y punzante de la maana de
invierno.




II


La pareja de los viejos Hellinger, sentados a la mesa para el desayuno,
presentaba la imagen de la tranquilidad y de la serenidad ms perfectas.
Del tubo del aparato de cobre para hacer caf, cuyo vientre, bruido y
lustroso, reflejaba el fulgor rojo del fuego, se elevaba un ligero vapor
azulado que volva a bajar hacia la mesa, en nubecillas, empaaba el
azucarero de plata y coronaba con un roco las tazas de caf.

El seor Hellinger llevaba toda la barba, bien cuidada y blanca como la
nieve; sus facciones regulares y todava jvenes, sus mejillas
sonrosadas, respiraban la bondad y el gozo de vivir. Cmodamente
extendido en su silln azul floreado, con la bata recogida sobre las
rodillas, pareca esperar con una resignacin apacible lo que el
destino, bajo la forma de su mujer, le reservaba para ese da.

Esta acababa de echar un poco de caf en el filtro, y se limpiaba
minuciosamente los dedos con su delantal de tela blanca adamascada,
adornado, a la rusa, con anchas tiras de bordadura roja. Su cofia alba,
cuyas cintas estaban slidamente atadas bajo su carnosa barba, se
inclinaba un poco sobre la oreja izquierda, y su rudo y spero rostro de
viejo dragn, de facciones ligeramente hinchadas como se ve en las
mujeres de edad que beben de buen grado un trago de coac en la copa de
sus maridos, brillaba lleno de energa y de decisin en su marco de
encajes. Se vea en su aspecto que estaba acostumbrada a dominar, a
doblegarlo todo, y aun la sonrisa de perpetua amargura que vagaba por su
ancha boca, demostraba hasta qu punto acostumbraba a perseguir, sin
dejarse detener, la realizacin de sus planes.

Y, para no permanecer inactiva hasta que el caf hubiera pasado, tom el
tejido de gruesa lana que en su condicin de Presidenta de la
Asociacin de las mujeres y de Directora de la comisin de los
pobres, no se permita jams abandonar, y con una rapidez inaudita hizo
deslizar las agujas brillantes en sus manos huesosas y habituadas al
trabajo.

--Adalberto, no tienes noticias de Roberto?--pregunt con voz ruda y
metlica, que deba penetrar hasta en los menores rincones de la casa.

La pregunta pareci desagradar al anciano, quien movi la cabeza como si
hubiera querido rechazarla lejos; ella turbaba su quietud matinal.

--Un hijo muy afectuoso, hay que confesarlo--continu ella, y su amarga
sonrisa se acentu an ms.--Hace ocho das que no se ha dejado ver ni
ha dado seales de vida. Si habitara en la luna, no vendra con ms
rareza!

El seor Hellinger refunfu algo en su barba y se prepar a tomar su
larga pipa.

--Parece que todava hay algo que no va bien,--continu ella.--En estos
ltimos tiempos, sobre todo, se ha vuelto tan raro: suele dar vueltas en
mi derredor sin decirme una palabra amable. Me imagino que debe tener
encima algn pago que no puede hacer.

--Pobre muchacho!--dijo el anciano, e hizo chasquear su lengua, sin
duda para desechar ese pensamiento desagradable.

--S, pobre muchacho!--repuso ella en tono burln.--Todava lo
compadeces, quiz? Eres capaz de haberle dado otra vez algo a
hurtadillas?

l, en seal de protesta, levant sus manos blancas y bien cuidadas,
pero no tuvo sin embargo el valor de mirarla de frente.

--Adalberto--dijo ella en tono amenazador,--no quiero que eso vuelva a
suceder. Lo que le das a l nos lo quitas a nosotros y nuestros dems
hijos. Si todava fuera digno de ello! Pero quien no quiere escuchar
debe padecer. Si por arrogancia y por obstinacin corre a su prdida...

--Permite, Enriqueta...--insinu el seor Hellinger tmidamente.

--Yo nada permito, querido Adalberto--replic ella.--Quien no quiere
escuchar, digo, debe padecer! Si, en su negra ingratitud, no quiere
seguir los consejos de su madre, tan llena de ternura que se inquieta
slo por l, que pasa las noches cavilando y atormentndose...

Y se frot los ojos con su delantal, como si hubieran estado llenos de
lgrimas.

--Pero Enriqueta!--volvi a decir l.

--Adalberto, no me contradigas! Ya sabes que te paso todas tus locuras;
te permito quedarte en _El guila Negra_ todo el tiempo que quieres; te
dejo beber de ese mal vino tinto que cuesta tan caro, todo lo que puedes
soportar; te preparo la cena cuando vuelves tarde a casa; y, a
propsito, bien podras evitar el volcar tres sillas como lo hiciste
ayer. En resumen, me parece que tienes muy poca consideracin por tu
vieja y fiel esposa; pero qu era lo que quera decir? S, en cuanto a
mis planes, me hars el servicio de no mezclarte en ellos, por que no
los comprendes. Tienes siquiera una idea de todo lo que he hecho ya por
ese bribn de Roberto? Correr y viajar de un lado a otro, hacer visitas,
escribir cartas, y sabe Dios cuntas otras cosas. Lo present a cinco o
seis jvenes extremadamente ricas, se las traje en una bandeja, de modo
que no tena ms que extender la mano. Pero qu hizo? Supongo que
todava te acuerdas del ataque que tuve cuando, hace cuatro aos, nos
trajo a Marta, a esa pobre y enfermiza criatura! Todos mis achaques
vienen de all.

--Pero, Enriqueta!

--Mi querido Adalberto, te ruego que no me vuelvas a cantar tu antfona:
Marta era mi carne y mi sangre; ya lo sabemos. Pero, si quera
mostrrseme como una sobrina afectuosa y agradecida, por qu no le
trajo la dote necesaria? Porque nada tena, naturalmente, nada! Mi
hermano muri indigente como una rata de iglesia. Es esto decente en un
miembro de mi familia? Pero, en fin, que hiciera de sus bienes lo que se
le antojara, poco me importa; slo que no tena necesidad de echarnos a
su hija en los brazos.

--Pero... ya est muerta--observ el seor Hellinger.

--S, ya est muerta--replic su esposa juntando las manos.--Yo no dir:
alabado sea Dios, porque eso sera pecado; pero ya que el buen Dios lo
ha decidido as, quiero por lo menos aprovechar y tratar de reparar la
locura de Roberto. Mientras estabas en _El guila Negra_, bebiendo tu
vino tinto, me puse nuevamente en campaa, trabaj, tom nuevas
informaciones; ya no tiene ms que elegir. Tiene a Gertrudis Lenzmann,
con una dote de ocho mil pesos al contado, y otro tanto a la muerte de
su padre; tiene a la chica Versen, todava muy joven, es cierto, pues
acaba de ser confirmada, pero esa tendr an ms. Y todava me quedan
otras tres o cuatro. Pero qu crees que contesta a mis proposiciones?
Madre, dice, si vuelves a acometerme con eso, conseguirs no volver a
verme. Hase visto jams? No faltara ms que una cosa: que, despus de
Marta, tomara todava a su hermana, y entonces a su vieja y bondadosa
madre no le quedara ms que morir. A propsito, dnde se ha metido
hoy la seorita? Son cerca de las nueve, y no se ha presentado todava.
Puede ser que en la casa de mi seor hermano, que tena costumbres
polacas, cultivaran el hbito de quedarse en la cama hasta las
doce--pero en una casa bien manejada como la ma, no habra que pensar
en eso, Adalberto! Yo sabr poner orden.

--No comprendo, mi querida Enriqueta, por qu me diriges los reproches
que son para tu sobrina.

--Si consintieras en no volver a tomarla bajo tu proteccin, Adalberto!
Pero, naturalmente, ya yo no tengo derecho de decir nada: se me
desobedece y traiciona en mi propia casa. Por otra parte, dentro de poco
voy a poner fin a todo esto. Hace un ao entero que la tengo a mi lado,
y ya comienza a ser perfectamente intil.

--Pero acaso no trabaja de la maana a la noche en cuidar la casa de
Roberto? Se pasa un solo da sin que vaya a la granja? No seas tan
injusta con ella, Enriqueta!

Ella le lanz una mirada de compasin:

--Si no fueras tan nio, como lo has sido siempre, Adalberto, se podra
conversar contigo. Eso mismo es lo que comienza a parecerme peligroso
ves? Crees, entonces, que ella no tiene sus motivos para ir a
pavonearse todos los das en la granja y darse tonos de ama delante de
l y de los sirvientes? Oh! Es muy lista, mi sobrina Olga! Ya habr
hecho todo lo que depende de ella para acostumbrarlo a la idea de que a
ella--slo a ella--le toca de derecho el lugar de la muerta! Si no es
eso qu tendra que ir a hacer todos los das a la granja?

--Creo que el hijo de Marta justifica suficientemente su conducta.

--Naturalmente! Naturalmente! Cuntas cosas te hacen creer con
cuentos de nodriza! Ella sabe bien por qu lo hace y por qu ama a ese
pobre nio hasta comrselo a caricias: conoce el camino que lleva al
corazn del padre!

--Pero tal vez no lo quiere--insinu el viejo Hellinger.

Ella solt la risa.

--Mi querido Adalberto! Cuando un hombre posee una propiedad a las
puertas de la ciudad, una muchacha pobre lo quiere siempre, y, si yo no
pongo fin a todos estos manejos mostrndole la puerta, podra muy bien
suceder que un da Roberto la tomara por la mano y nos dijera: Ahora,
pap y mam, tengan ustedes la bondad de darnos su bendicin. Pero,
antes que ver una cosa semejante, Adalberto...

En el mismo instante, un gran ruido de pasos reson en el vestbulo; y
casi en seguida golpearon con fuerza a la puerta.

--Toma!--dijo la seora Hellinger.--He ah uno que hace tanto estruendo
como un alguacil. Todava no estamos en ese estado, sin embargo!

Y con mucha suavidad, y mucha tranquilidad, dijo: Adelante!

El viejo mdico penetr en la habitacin. Tena el sombrero echado hacia
atrs, la bufanda le colgaba de los hombros, y su pecho jadeaba como
despus de una carrera desenfrenada. Se olvid de dar los buenos das y
no hizo ms que lanzar en torno suyo una mirada hosca e investigadora.

--En nombre del Cielo, doctor!--le grit el seor Hellinger
precipitndose a su encuentro.--Nos embistes como un toro!

La seora Hellinger, al contrario, asumi su aspecto spero y refunfu
algo como: modales de fumadero.

Cuando el doctor vio la tranquila mesa del desayuno y a sus amigos que,
con la cara de todos los das, lo miraban con estupor, se dej caer en
una silla con un suspiro de alivio. As, pues, la terrible cosa no se
haba realizado! Pero, un instante despus, la ansiedad volvi a
apoderarse de l.

--Dnde est Olga?--tartamude alzando los ojos hacia la puerta, como
si fuera a verla entrar en ese instante.

--Olga?--dijo la seora Hellinger encogindose de hombros.--Qu s yo!
Sin duda va a venir de un momento a otro; es por algo urgente?

--Alabado sea Dios!--exclam el doctor juntando las manos.--De modo
que ya ha bajado!

--No, eso no--dijo la seora Hellinger.--La seora Duquesa se ha dignado
dormir hoy un poco ms.

--Dios del Cielo!--exclam de nuevo l.--Y nadie ha ido a verla!
Nadie sabe nada de ella?

--Doctor qu te pasa?--grit el viejo Hellinger que comenzaba a
inquietarse.

Sin duda, el doctor se acord en ese momento de la splica que terminaba
la carta de despedida de Olga; comprendi que, de ese modo, su deseo de
respetar la voluntad de la joven iba necesariamente a quedar sin efecto,
e hizo un ltimo y lastimoso esfuerzo para guardar el secreto.

--Qu me pasa?--balbuci con una sonrisa dolorosa.--Pues nada! Qu
haba de tener? Mil millones!...

Y, en seguida, abandonando todo fingimiento grit:

--Dios mo! Dios mo! Has permitido la espantosa desgracia! La has
dejado de tu mano!

Y poco le falt para dejar correr sus lgrimas; pero, reuniendo toda la
energa que quedaba en su cuerpo gastado, se enderez recto como una I:

--Venid al cuarto de Olga--dijo,--y no os asustis, cualquiera que sea
el estado en que la encontris.

El viejo Hellinger palideci y su mujer se puso a gritar y sollozar: se
aferraba al brazo del doctor y quera saber lo que haba sucedido, pero
ste no deca una palabra ms.

As subieron los tres la escalera que conduca al cuarto de Olga,
mientras que en el vestbulo los sirvientes se reunan y los
contemplaban curiosamente con los ojos muy abiertos.

Delante de la puerta de la habitacin de Olga, la seora Hellinger tuvo
un ataque de desesperacin.

--Toque usted, doctor--dijo con un sollozo.--Yo no puedo.

El anciano toc.

Nadie contest.

Toc una vez ms y puso el odo en el agujero de la cerradura.

Siempre el mismo silencio.

Entonces la seora Hellinger se puso a gritar:

--Olga, querida hija ma, abre; somos nosotros, tu to, tu ta, y tu
viejo to el doctor. Puedes abrir sin temor, querida ma.

El doctor dio vuelta al botn; la puerta estaba cerrada. Quiso mirar por
el agujero de la cerradura; estaba tapado.

--Manda buscar al cerrajero, Adalberto!--dijo.

--No!--grit la seora Hellinger, mandando de repente al diablo toda su
pena.--Yo no lo sufrir; no ha de suceder as: la vergenza sera
demasiado grande; yo no podra sobrevivirle. Qu vergenza! qu
vergenza!

El doctor le lanz una mirada en que se lean el asco y el desprecio.
Pero ella no le hizo caso.

--T eres fuerte, Hellinger--dijo.--Apyate contra la puerta, quiz
consigas romper la cerradura.

El seor Hellinger era un coloso. Apoy uno de sus robustos hombros en
la tabla cuyas junturas, al primer esfuerzo, comenzaron a crujir.

--Despacio--le dijo su mujer.--Los sirvientes estn en el vestbulo.

--Idos a hacer algo en la cocina, montn de perezosos!--grit en la
escalera su voz regaona.

Abajo se oyeron golpes de puertas. Un segundo empujn, y una de las
tablas se parti por en medio; por la rendija, un rayo de luz se filtr
en la semiobscuridad del corredor.

--Djeme mirar por all--dijo el doctor, el cual, esperando lo peor,
haba recuperado su serenidad y su sangre fra.

Hellinger arranc algunas astillas de madera, de manera que, por la
abertura, se pudiera ver todo el cuarto.

Frente a la puerta, a pocos pasos de la ventana, estaba la cama. La
sobrecama arrojada a los pies formaba un montn blanco detrs del cual
brillaba la lnea rubia de las trenzas de Olga; tambin se alcanzaba a
ver una parte de la frente, que resaltaba tan blanca como la sbana. Los
pies estaban descubiertos; parecan haberse estirado en convulsiones
contra la madera de la cama y despus haber vuelto a caer sin fuerza.

A la cabecera, la ropa estaba cuidadosamente doblada en una silla; las
enaguas y las medias puestas las unas sobre las otras muy en orden, y
sobre la pequea alfombra del lado de la cama las zapatillas dispuestas
de manera de poder deslizar en ellas los pies al levantarse.

Sobre el mrmol de la mesa de noche, medio apoyado contra la lmpara,
reposaba un libro, todava abierto, como si se le hubiera dejado all
en el momento de apagar la luz. Sobre todo aquello pareca cernerse esa
paz serena e indefinible que revela el alma pura de una nia. La que
all moraba se haba dormido la vspera con una plegaria para
despertarse en la maana con una sonrisa.

Cuando el doctor hubo hecho su examen en silencio, se apart de la
abertura.

--Pasa tu brazo por all, Adalberto--dijo,--y procura alcanzar la
cerradura. Ella la ha cerrado por dentro.

Pero la seora Hellinger, apretndose contra la puerta, suplic a
grandes gritos a su querido tesoro que se despertara y abriera ella
misma. Al fin, se consigui apartarla y abrir la puerta.

Los tres se acercaron a la cama.

El rostro blanco como un mrmol pareca mirarlos con sus ojos vidriosos,
medio cerrados, en los labios una sonrisa exttica.

La encantadora cabeza, de lneas firmes y nobles, se inclinaba un poco
sobre el hombro izquierdo, y su abundante cabellera suelta se
desparramaba en brillantes rizos sobre el fresco pecho que la camisa de
noche, desgarrada, dejaba en descubierto. El botn de ncar, al cual se
adhera un jirn de tela y que se haba quedado en el ojal, era lo nico
que indicaba que, antes de dormirse, la joven haba debido ser presa de
una violenta agitacin.

--Duermes, tesoro mo, dime que duermes,--dijo la seora Hellinger
sollozando.--Dime que no has hecho semejante afrenta a tu ta, a tu
querida ta que te ha criado y cuidado como a su propia hija.

Y, al mismo tiempo que hablaba, se apoder de la mano lvida que colgaba
y trat de levantarla.

Su marido, ms sensible, se haba ocultado el rostro entre las manos y
lloraba.

El doctor no se dej llevar por la emocin. Haba sacado de su bolsillo
su estuche, y, rechazando a la seora Hellinger con un ademn apenas
corts, se inclin sobre el pecho que, con un movimiento brusco, haba
descubierto por completo.

Cuando se enderez su rostro estaba mortalmente plido.

--Una ltima tentativa!--dijo.

E hizo una rpida incisin horizontal en el brazo, en el sitio en que
una arteria se dibujaba en lnea azulada en la blancura nvea de la
carne. Los bordes de la herida se apartaron sin llenarse de sangre; slo
al cabo de unos segundos, dos o tres gotas negras rezumaron lentamente.

Entonces el anciano arroj lejos de s el luciente bistur, y con las
manos juntas, luchando con las lgrimas, se puso a rezar un _Pater
Noster_.




III


El mismo da, a eso de las doce, a travs de los terrenos pantanosos que
se extienden en varias millas al norte de Gromowo, un ligero carruaje de
un caballo se diriga hacia la pequea ciudad.

Tan tupidas y pesadas que pareca que se las pudiera tocar con las
manos, las nubes se extendan sobre la llanura. De trecho en trecho se
alzaba en el aire cargado de vapor un nudoso tronco de sauce,
completamente saturado de humedad, cubierto de gotitas brillantes,
colgadas en largas filas de las desnudas ramas.

Las ruedas se hundan profundamente, en el barro del camino, que corra
entre las marchitas hierbas del lodazal, y el agua saltaba a cada
instante hasta la caja del coche. El que lo conduca poco se preocupaba
del paisaje que lo rodeaba: sumido en sus pensamientos, permaneca
sumido en su rincn, y slo se enderezaba a ratos, cuando las riendas
amenazaban escaparse de sus manos indolentes. Entonces se diseaba la
estructura poderosa de sus miembros, su pecho levantado se ensanchaba
como si fuera a hacer estallar la gruesa capa gris que lo encerraba
dentro de sus pliegues.

Su estatura recordaba la del viejo Hellinger, quiz en mayor proporcin,
y el rostro tambin presentaba una semejanza que no poda engaar; pero
las facciones, que en el padre haban conservado, hasta bajo los
cabellos blancos, una amable dulzura, se haban acentuado en l en
pliegues duros y graves que indicaban, al mismo tiempo que la altivez,
un humor sombro y siempre inquieto. Una barba rizada y desaliada
envolva las mejillas bronceadas con sus vellos rudos y enredados, y
adquira en las extremidades de la boca un matiz ms claro y caa sobre
el pecho en dos puntas de un rubio apagado.

Era Roberto Hellinger, el propietario de la granja de Gromowo, el
prometido de Olga.

De la felicidad que le haba llegado la vspera, su frente no dejaba
adivinar gran cosa. Sus ojos grises, medio velados, miraban fijamente a
lo lejos, y una arruga de inquietud le juntaba sin cesar las cejas. Era
que saba que tendra todava mucho que hacer antes de poder llevarse a
su novia a su casa; largas horas de luchas penosas lo esperaban, y la
victoria misma no le llevara ms que inquietudes y tormentos. Volva a
ver con el pensamiento los tiempos difciles que haba atravesado, y que
apenas alumbraron algunos rayos de sol.

Haca seis aos ya que su padre le dej solemnemente, en su condicin de
hijo mayor, la granja, la antigua propiedad familiar, para retirarse a
la pequea ciudad y llevar en ella una vida apacible y cmoda. Desde ese
da comenz su vida de miseria, pues desde entonces llevaba un yugo tan
pesado, que sus mismos hombros de gigante amenazaban romperse bajo la
carga: todo lo que consegua ganar con sus manos encallecidas, todo lo
que ahorraba en sus gastos personales, desapareca absorbido por las
reclamaciones de los suyos. Y no poda quejarse; todo suceda conforme
al derecho ms estricto, pues la herencia fue exactamente distribuida
hasta el ltimo centavo entre l y sus seis hermanos y hermanas--sin
hablar de la reserva que haban estipulado para ellos los padres.

Cada teja de su techo y cada terrn de sus campos estaba empeado; sobre
cada espiga que maduraba estaban fijos los ojos desconfiados de su
madre, que vigilaba severamente para que los rditos no se atrasaran un
minuto.

Acaso no estaba en su derecho? Poda l exigir que lo quisiera con
mayor cario que a sus otros hijos? Sus hermanos tenan que seguir una
carrera, sus hermanas se haban casado, gracias a la dote; todos y todas
fijaban en l miradas ansiosas y vidas como en el autor y el sostn de
su dicha.

Los rditos! Tal era la palabra aterradora que en lo sucesivo resonaba
a toda hora, amenazante, en sus odos, y por la noche le haca
despertarse sobresaltado y llenaba sus sueos de visiones espantosas.

Los rditos! Cuntas veces, por causa de ellos, se haba golpeado la
frente con los puos cerrados! Cuntas veces haba corrido,
obsesionado, atontado, a travs de los campos fangosos, para escaparse
de esa tropa de demonios chispeantes; cuntas veces, en un acceso de
loco furor, rompi con el puo algn utensilio, arado o vara de coche,
como si cualquier arma le hubiera parecido buena para combatirlos! Pero
ellos no le dejaban reposo; lejos de eso, le seguan con ms tenacidad y
ms de cerca, le chupaban ms y ms vidamente, hasta la mdula, todo el
vigor de su juventud.

Y de qu le serva dominarlos, si alguna vez lo consegua? A esa hidra
le brotaban sin cesar nuevas cabezas. De trimestre en trimestre se
alzaba, ms temible, hinchndose ms desmesuradamente ante sus ojos
llenos de angustia, y dispuesta a precipitarse sobre l, a aplastarlo
con el peso de su mole gigantesca.

As se haba arrastrado su vida de plazo en plazo, como la de un
condenado, desde el da solemne que fue alegremente celebrado y rociado
con vino y con champaa en _El guila Negra_.

Si siquiera su madre se hubiera mostrado indulgente! Pero no le
perdonaba uno solo de los esprragos que se haban reservado en la
primavera, ni tampoco el carruaje para sus paseos, en la poca de la
cosecha, cuando los caballos tienen tanto que hacer en los campos.

Quien no quiere escuchar debe padecer, era su mxima predilecta, y l
nada escuchaba oh! absolutamente nada. Con una palabrita, con un simple
s, habra podido poner trmino a todos sus tormentos, habra podido
vivir hasta el fin de sus das en la abundancia y en la alegra; y que
no quisiera pronunciarlo, por una obstinacin estpida e inconcebible,
que todas sus diligencias para casarlo quedaran infructuosas, era lo que
su madre no poda perdonarle.

Dos aos transcurrieron as. Entonces sinti que, si continuaba esa
existencia, iba forzosamente, tarde o temprano, a sucumbir del todo. La
vacilacin, el temor, lo enervaban ms y ms: resolvi, pues, buscar un
fin, y exigir del destino la parte de felicidad razonable que le haban
prometido la mirada leal de dos ojos azules y el silencio de dos labios
plidos.

Y lleg el da en que llev como esposa bajo su techo a la amada de su
juventud, que haca poco se haba quedado hurfana y sin hogar.

Era un sombro y triste da de noviembre; las nubes grises corran en el
cielo como siniestros pjaros. Temblorosa y muy plida con su vestido
negro, la delicada y enfermiza criatura se suspenda de su brazo y se
estremeca bajo las miradas con que la examinaban los extraos, en las
cuales se mezclaban la compasin y el desdn.

Su suegra la haba acogido con reproches e imprecaciones, y transcurri
casi un ao antes que entre ellas se establecieran relaciones algo
tolerables.

Marta se haba mostrado valerosa y activa, y haba, no obstante su mala
salud, trabajado de la maana a la noche para poner en orden todo lo que
un amo, largo tiempo soltero, haba dejado ir a la deriva.

Y cuando, despus de tres aos de vida comn, llena de paz y de
consuelo, el Cielo prometi bendecir su unin, ella no ces, aunque su
estado exiga los mayores cuidados, de ir y venir, arreglndolo y
dirigindolo todo, en la cocina, en la bodega y en la casa. Casi pareca
que hubiera querido ganar as para su marido la dote que no haba podido
llevarle.

En tales circunstancias--dos das despus del nacimiento del nio,--Olga
haba llegado de improviso a Gromowo. Roberto no la haba visto desde el
da de su casamiento; y casi se asust de su aspecto al verla dirigirse
hacia l tan altiva, dura e impenetrable, tan maravillosamente se haba
desarrollado su hermosura.

Y esa mujer era la que ahora iba a ser suya! Qu mundo de
sufrimientos, sin embargo; cuntos das de sorda desesperacin, y
cuntas noches de horripilantes fantasmas haban transcurrido entre
aquel da y el presente!

Roberto se estremeca; no quera pensar ms en ello; ahora todo pareca
arreglado. La imagen transfigurada de Marta le sonrea apaciblemente
desde arriba y lo bendeca, y, como una flor brotada de su tumba, la
dicha pareca abrirse de nuevo para l.

Las torres de la pequea ciudad se acercaban progresivamente; se
destacaban cada vez ms detrs de los bosques de alisos. Un cuarto de
hora despus, el carruaje rodaba en la calle mal pavimentada.

Apenas Roberto hubo pasado la puerta de la ciudad, not que a su paso la
gente lo trataba de manera enteramente singular. Los unos lo evitaban,
los otros levantaban su gorra con ademn torpe, y tan pronto como
podan, decentemente, se alejaban de l. Por el contrario, en todas las
casas por delante de las cuales pasaba, las ventanas se cubran de
rostros que lo observaban gravemente y que, al ser saludados por l,
desaparecan tmidamente detrs de las cortinas.

Movi la cabeza pensativamente; sin embargo, como su espritu estaba
ocupado con la lucha a la cual se preparaba, no hizo gran caso de
aquello y ya no mir ni a derecha ni a izquierda.

En la esquina de la plaza del mercado--en el sitio donde estaba antes la
casilla de impuestos--se hallaba la vieja ama de llaves del doctor:
tena las manos ocultas bajo su delantal azul y una cara de entierro.

Cuando el coche se acerc, ella le hizo sea de que se detuviera.

--Vamos, seora Liebetreu!--dijo l alegremente.--Al fin me encuentro
con alguien que no huye al verme!

La anciana alz los ojos al cielo para no verse obligada a mirarlo.

--Ah, mi joven seor!--dijo, se le llamaba siempre el joven seor, para
distinguirlo de su padre, aunque haca tiempo que haba cumplido los
treinta.--El seor doctor ruega a usted que entre en su casa: querra
hablar primero con usted, pues tiene algo que decirle.

--Es muy urgente lo que tiene que decirme?

La vieja se asust; crey que a ella iba a incumbirle el cuidado de
darle la penosa noticia.

--Ah! Qu s yo!--exclam.--No me ha dicho ms que eso.

--Bueno, salude usted afectuosamente a mi to, y dgale que tengo que
hablar primero con mis padres--l sabe de qu se trata--y que
inmediatamente despus ir a verlo.

La anciana murmur algo, pero las palabras se ahogaron en su garganta.

El carruaje continu su camino hacia la casa del viejo Hellinger,
situada bajo la sombra de viejos y soberbios tilos, como bajo un dosel.
Los vidrios de las ventanas le dirigan miradas amistosas; las lustrosas
tejas del techo brillaban; se senta, como siempre, que ese techo
abrigaba el reposo de una vejez rodeada de amplias comodidades. At su
caballo en la verja del jardn y subi con paso pesado y ruidoso la
pequea escalinata, a lo largo de la cual, en grandes tiestos, los
steres medio muertos bajaban lamentablemente la cabeza.

La campanilla hizo or su ruidoso repique en toda la casa, pero nadie se
present a recibirlo. Arroj su capa empapada por la lluvia sobre uno de
los grandes cofres de roble en que estaban sepultados los tesoros de la
ropa maternal. Despus entr en la sala, estaba desierta.

--Los viejos son muy capaces de estar durmiendo la
siesta--murmur;--creo que hoy ser prudente dejarlos dormir.

Se dej caer en el rincn de un sof y mir a la puerta, pues esperaba,
en sus adentros, que Olga hubiera visto su coche a la entrada, y bajara
para tenderle la mano.

No tard en impacientarse. Y si Olga haba ido a la granja? Pero no;
ella saba que l deba venir para hablar con sus padres.

Por fin se decidi: Voy a ir a llamar a su puerta, y se levant.

Contuvo una sonrisa al estirar sus robustos miembros. Cuando, desde la
vspera por la tarde, haba aspirado sin tregua a encontrase con ella,
se senta invadido, en el momento de volver a verla, por una especie de
aprensin singular. Esa timidez, esa confusin que en otros tiempos se
apoderaban siempre de l en su presencia, volvan a dominarlo. Era
posible que hubiera tenido la vspera a esa mujer en sus brazos? Y si
se haba arrepentido, si fuera a devolverle su palabra?

Pero en ese instante, toda su audacia se despert. Abri los brazos en
toda su extensin, y, sonriendo a ese reflejo de felicidad con que lo
inundaba el recuerdo de las recientes horas, exclam:

--Que haga la prueba! Con estas mis manos la alzo y me la llevo a
casa! Puesto que Marta ha dicho s, yo querra ver que alguien se
opusiera!

Y de puntillas, para no despertar a sus padres, subi la escalera que no
por eso dejaba de gemir bajo su peso.

Delante de la puerta del cuarto de Olga, se detuvo estupefacto: vea la
raya de luz que penetraba en el corredor por la rotura de la madera.

Toc la puerta sin obtener respuesta: no obstante, entr.

* * *

Un segundo despus, la casa se conmova hasta sus cimientos, como si el
techo se desplomara.

Los dos ancianos que se haban retirado a su dormitorio para recuperar
las fuerzas despus de las horas dolorosas de la maana, se levantaron
espantados.

Llamaron a los sirvientes; pero stos haban volado a hacer que la
ciudad no quedara por ms tiempo privada de las ltimas noticias del
triste acontecimiento.

--Sube t--dijo a su marido la mujer, tan resuelta de ordinario.

Y, estremecindose, extendi la mano hacia el frasco de gotas de
Hoffman, que estaba siempre a su alcance. Era la primera vez en su vida
que tena miedo.

Cuando el viejo Hellinger penetr en la habitacin de arriba, el
espectculo con que se encontr le hel la sangre en las venas.

El cuerpo de su hijo yaca en el suelo, cuan largo era. Deba, en su
cada, haberse agarrado de los montantes de la parihuela sobre la cual
haban puesto a la muerta y arrastrado todo consigo, pues, sobre l,
entre tablas rotas, el cadver estaba extendido, en su larga camisa, con
su rostro helado sobre el de Roberto, y los desnudos brazos sobre la
frente de ste.

En ese momento, Roberto recuper el sentido y se enderez. La cabeza de
la muerta se desliz y golpe el suelo...

--Roberto, hijo mo!--grit el anciano precipitndose hacia l.

Este, con los ojos muy abiertos, paseaba en su derredor una mirada
vidriosa; pareca no haber vuelto en s todava. De repente descubri
uno de los brazos de Olga que, en el momento en que el cuerpo resbalaba
hacia un lado, se haba atravesado sobre su pecho. Su mirada recorri
aquel brazo hasta el hombro, hasta el cuello, hasta el blanco rostro que
sonrea fijamente.

Sostenido por los dos brazos de su padre, se levant. Vacilaba sobre sus
piernas, como un toro que ha recibido un hachazo.

--Por Dios, hijo mo, vuelve en ti!--exclam el anciano tomndolo por
los hombros.--La desgracia se ha consumado. Somos hombres, tenemos que
resignarnos.

Roberto le lanz una mirada tmida, desesperada, como un nio. Luego se
inclin hacia el cadver, lo levant y lo puso en la cama rechazando
con el pie la parihuela destrozada. En seguida se sent junto a ella, a
la cabecera, y maquinalmente enrollaba en su dedo ndice un mechn de la
suelta cabellera.

El viejo comenz a temer por la razn de su hijo.

--Roberto--dijo acercndose a l.--Tranquilzate, sal de aqu, con
quedarte no le devolvers la vida.

El joven prorrumpi en una risa tan estridente y tan siniestra, que su
padre se estremeci hasta la mdula de los huesos.

Su estupor acababa de disiparse de improviso; salt con los ojos
brillantes, e hinchadas las venas de las sienes.

--Dnde est mi madre?--grit avanzando hacia el anciano.

Este trat de calmarlo.

--Por piedad, tn un poco de paciencia! Todo te lo contaremos.

La seora Hellinger, quien, desde haca ya un momento, escuchaba en la
escalera, introdujo en ese momento la cabeza por la puerta. Pasando por
delante de su padre, Roberto se precipit hacia ella con violencia, como
si fuera a empuarla por el cuello. Pero tena todava suficiente razn
para comprender lo monstruoso de su conducta. Dej caer sus brazos,
inertes; se senta sofocado, como si la clera, que trataba de contener,
fuera a ahogarlo.

--Madre--dijo,--es necesario que me rindas cuentas; quiero una
respuesta... Por qu ha muerto Olga?

La anciana se le acerc con expresin de tierna compasin, e hizo un
movimiento como para arrojarse a su cuello llorando; pero, con un ademn
rudo, l la apart.

--Dejemos eso, madre--dijo.--Devulvemela!...

--Pero, Roberto--gimi ella,--es as cmo un hijo trata a su madre?
Adalberto, dile t cules son las consideraciones que un hijo debe a su
madre!

Roberto se apoder de las manos de su padre.

--No te mezcles en esto, padre--dijo...--La cuenta que hoy tengo que
arreglar con mi madre, slo a nosotros dos concierne. Madre, te lo
pregunto una vez ms: por qu ha muerto Olga?

Se haba apoyado contra la pared y miraba a su madre fijamente con los
ojos inyectados de sangre.

Mientras tanto, la seora Hellinger se haba echado a llorar.

--Acaso lo s?--dijo sollozando.--Acaso puede saberlo alguien? La
hemos encontrado en su cama, nada ms. La infeliz criatura ha trado la
vergenza a nuestra casa, en seal de agradecimiento...

--No la ultrajes, madre--dijo l con un gruido feroz.--Muy bien sabes
que era mi novia!

Ella lanz un grito de sorpresa, y su marido hizo un ademn de
extraeza.

--Cmo, madre! No lo sabas?--grit Roberto golpendose la frente con
ambos puos.--Ella nada te dijo? No fue a buscarte anoche para
contarte lo que haba pasado entre nosotros durante el da?

--Nada me dijo!--gimi ella.--Apenas si me dirigi una slaba, y se
encerr en su cuarto...

--Madre--dijo l acercndose hasta tocarla,--cuando te hube confesado
todo, no te dirigiste a su conciencia? No le predicaste que, si me
amaba verdaderamente, deba renunciar a m, porque haca mi desgracia, y
sabe Dios cuntas otras cosas? Madre no has hecho eso?

--Mi propio hijo no me cree! Mi propio hijo me acusa de
falsedad!--gimi la vieja.--He ah el agradecimiento que obtengo hoy de
mis hijos!

l le tom la mano.

--Madre--dijo,--mucho me has hecho sufrir en todos estos ltimos aos.
Los peores dolores, los ms amargos que he tenido que padecer, te los
debo a ti.

--Dios de misericordia!--exclam ella con voz aguda.--He ah el
agradecimiento! He ah el agradecimiento!

--Pero todo el mal que nos has hecho, a Marta y a m, te lo perdonar,
madre,--continu Roberto,--s y aun ms! Te pedir perdn de rodillas
por haber alimentado a veces malos pensamientos contra ti, pero es
necesario que me otorgues una cosa: es preciso que me jures aqu, sobre
este cadver, que nada sabas, que en todo me has dicho la verdad.

Y la acerc al cadver que pareca contemplarlo con su sonrisa de
beatitud, como una novia que sonre a su novio.

--Acaso es necesario semejante juramento entre nosotros?--dijo ella en
tono dolorido dirigindole, con sus hinchados ojos, una mirada amarga y
furiosa.

Pero le dej hacer. Roberto puso la mano derecha de su madre sobre la
frente de la muerta; ella la acarici diciendo entre sus sollozos:

--Lo juro, mi querida! Bien lo sabes t, t, que yo ignoraba todo y
que jams te he exigido nada malo!

Entonces exhal un suspiro de alivio, como si descubriera de improviso
lo ventajoso que era para ella y para su familia ese lgubre
acontecimiento. En la tierna caricia con que roz el rostro de la muerta
haba un agradecimiento sincero.

En el mismo instante el viejo mdico entr precipitadamente en la
habitacin. Haba querido ir al encuentro de Roberto para prepararlo a
la espantosa noticia, y vea con terror que llegaba demasiado tarde.

El viejo Hellinger se adelant vivamente a recibirlo y le cuchiche en
el odo:

--Llveselo usted, est como un loco! Aqu nada podremos obtener de l.

Roberto se haba quedado inmvil, abrazado a las columnas de la cama; su
pecho jadeaba; su rostro pareca petrificado por un dolor sombro, sin
lgrimas.

El doctor frot su ruda barba gris contra el hombro del joven y gru
con ese tono de consuelo spero que, mejor que cualquier otro, llega al
corazn de los hombres enrgicos:

--Ven, hijo mo. No hagas locuras; no turbes su reposo!

Roberto se estremeci e inclin dos o tres veces la cabeza.

Y, de repente, como vencido por el dolor, cay de rodillas delante de la
cama gritando:

--Por qu has muerto?




IV


Por qu haba muerto Olga?

Tal era la cuestin que, en lo sucesivo, preocup exclusivamente a toda
la ciudad. En la calle, en las mesas de los cafs, en los bancos de las
cerveceras, no se hablaba de otra cosa. Todos se lanzaban en las ms
extravagantes conjeturas, aventuraban las hiptesis ms osadas, pero no
por eso estaba nadie ms adelantado.

Unos hablaban de amor desgraciado, otros de amor demasiado feliz, y
otros pretendan absolutamente haber dicho siempre, desde mucho antes,
que Olga concluira mal, seguramente.

Ya en vida, su actitud altiva, sombra y taciturna, haba sido un enigma
para aquellos buenos burgueses, y su muerte se les presentaba como un
enigma an ms difcil. Era imperdonable.

Entretanto, descubrieron que el doctor haba sido el primero en recibir
la noticia del suicidio, y el nico a quien ella hubiera confiado su
proyecto.

La gente se apiaba en torno suyo, le sitiaba su casa, pero l se
obstinaba en guardar silencio. Con una aspereza, de que l slo era
capaz, mostraba la puerta a los preguntones importunos. El mismo da
haba echado al fuego la carta de Olga, pues tema que la justicia
viniera a pedrsela. Por otra parte, la causa de la muerte era tan
evidente, que se haba podido renunciar a hacer la autopsia. Como era de
prever, la muerta no haba logrado hacer desaparecer completamente las
huellas de su suicidio: en el vaso encontrado en su mesa de noche,
quedaban adheridas al vidrio, gotas de un lquido cuyo sabor indicaba
claramente, aun a los profanos, que se trataba de una solucin de
morfina. El descubrimiento fue completo cuando encontraron en el jardn,
en el suelo, entre unos matorrales de oxiacanto, los fragmentos de un
frasco, en cuyo cuello una parte del veneno disuelto haba dejado un
reguero blanco, de cambiantes reflejos. Manifiestamente, haba sido
arrojado por la ventana, y tena an el rtulo que indicaba, con la
fecha de la receta, la manera de tomar la pocin.

En estas condiciones, habra sido pura locura de parte del viejo mdico,
aun cuando a ello se hubiera atrevido, querer ocultar la intencin del
suicidio, pues toda suposicin de un simple abuso de narctico quedaba
descartada.

No por eso dejaba de abrumarse con reproches por no haber podido cumplir
el ltimo deseo de la muerta, y se juraba a s mismo guardar ms
fielmente que nunca el secreto sobre los motivos de esa resolucin
desesperada.

Si siquiera hubiera podido saberlo l mismo! Pero los das pasaban y
todava no haba podido entrar en posesin del legado que le haba hecho
Olga.

La seora Hellinger desconfiaba de l, le deca en su cara que siempre
haba maquinado intrigas con la muerta, y a sus espaldas agregaba que,
si no hubiera prescripto soluciones de morfina de una violencia
inconsiderada, la pobre Olga habra vivido en paz mucho tiempo todava.
Poco faltaba para que echara sobre el viejo amigo de la casa la
responsabilidad de la muerte de su sobrina.

En todo caso, no permita que se quedara solo, ni siquiera por un
segundo, en el cuarto de la muerta. Tena la puerta cuidadosamente
cerrada: no tolerara--deca ella para explicar su conducta,--que los
objetos dejados por Olga, considerados por ella como reliquias sagradas,
fueran profanados por manos y miradas extraas.

Y as creca de hora en hora el peligro de que ese cuaderno en que Olga
haba escrito su confesin, cayese en manos de su ta.

Que se le antojara escudriar entre los volmenes que guarnecan el
estante, y suceda la desgracia!

A esa zozobra, que llevaba todos los das al anciano a casa de los
Hellinger, se agregaba la inquietud creciente que le inspiraba Roberto
quien, desde ese da de espanto, haba cado en un abatimiento profundo
y desesperante.

Pareca haber perdido por completo el uso de la palabra, no soportaba a
nadie a su lado y evitaba an a su viejo amigo; hurao y mudo, vagaba
das enteros por los campos; permaneca noches enteras sentado junto a
la cuna de su hijo, mirndolo fijamente con sus ojos enrojecidos y
quemados por el llanto.

Esto es por lo menos lo que contaban los criados, quienes, en tres
ocasiones, lo haban encontrado por la maana en esa actitud.




V


En torno del atad de Olga los cirios haban concluido de arder. Los
invitados, que haca largo rato se mantenan en religioso silencio
alrededor del catafalco, comenzaban a agitarse y a preocuparse de la
cena.

La seora Hellinger, que reciba los psames y ensalzaba con gran
refuerzo de lgrimas y de pauelo las virtudes de la difunta, se revel
de improviso, en medio de su dolor, ama de casa previsora y de primer
orden. Los invitados respiraron con alivio cuando las puertas del
comedor se abrieron y, de una mesa resplandeciente, asados, compotas y
ensaladas de arenques, les enviaron sus sabrosos perfumes.

El viejo Hellinger, despus de haber alabado al Seor, bebi con algunos
amigos privilegiados el vino superior que reservara para la solemnidad
de la noche. Pero no estaban de acuerdo sobre si una inocente partida de
Boston lastimara el dolor general, y resolvieron enviar una diputacin
a la duea de casa para pedirle su autorizacin.

Haba tanta vida y movimiento en casa de los Hellinger, que pareca que
se celebrara all una boda.

El doctor, que no lleg sino muy tarde a la alegre reunin, busc por
todas partes a Roberto con mirada ansiosa, sin descubrirlo.

Entonces dirigiose en particular a uno de los invitados, le pregunt si
lo haba visto. S; haba venido, haba lanzado en su derredor miradas
extraas y feroces, luego se haba esquivado en silencio cuando se le
tenda la mano. Minutos ms tarde, se not su desaparicin.

El doctor fue al vestbulo y busc, entre los abrigos de los convidados,
el de Roberto: todava estaba all.

Con la familiaridad de un viejo pariente, se puso en busca suya en las
habitaciones de atrs, vacas y silenciosas, pues los criados estaban
ocupados en servir.

Encontr al joven en un pequeo y obscuro cuarto, donde estaban
amontonados los muebles que haba sido necesario sacar de las otras
habitaciones, sentado en un cofre de madera volcado, meditando, con la
cabeza entre las manos.

--Roberto, amigo mo, qu haces ah?--le grit.

--Ustedes siempre tan alegres por all, verdad?

El doctor le puso las manos sobre los hombros:

--Me inquietas, amigo mo. Hace tres das que no nos diriges la
palabra... si continas as, vas a perder la razn.

--Qu quieres?--replic Roberto con un suspiro que se escap de su
pecho como un grito.--Estoy tranquilo, completamente tranquilo.

Volvi a dejar caer entre las manos su enmaraada cabeza y pareci
sumergirse de nuevo en su meditacin.

El anciano se sent a su lado y se puso a prodigarle buenas palabras.

Nada olvid de lo que se acostumbra a decir en casos semejantes,
agregndole, de su parte, ms de una enrgica palabra de consuelo.

Roberto permaneca inmvil; apenas con un signo manifestaba que
escachaba. Sin embargo, como el anciano no acababa, le interrumpi
dicindole:

--Deja eso, to; esos son consuelos buenos para los chiquillos. A la
nica pregunta, de la cual depende para m la muerte o la vida, no
puedes, t tampoco, darme una respuesta.

--Qu pregunta?

--To querido, ve, estoy tranquilo en este momento, extraordinariamente
tranquilo, no tengo indicio de fiebre ni de locura, y me creers si te
digo que no s cmo podr sobrevivir a esta noche!

--En nombre del Cielo! Qu quieres hacer?

El joven sacudi los hombros.

--Lo ignoro--dijo;--lo que el momento me sugiera. Lo nico que me apena,
es ese pobre pequeuelo que tendr que crecer sin padre; quiz lo lleve
conmigo, no s. No s ms que una cosa y es que no puedo continuar
viviendo as.

El anciano, temblando de ansiedad, lo llen de reproches. Eso era una
cobarda slo digna de un miserable, de un espritu debilitado.

--Tendras razn, to, si fuera su muerte la que me hiciera dudar de m
y de mi dicha. Pero Dios del Cielo!--lanz una carcajada penetrante y
amarga,--hace tiempo que renunci a toda pretensin a la felicidad. Por
lo que me atae, sobrellevar tranquilamente el dolor de su prdida;
conozco eso, s; ya he puesto a una en la tumba, y continuar
amontonando y economizando dinero, como ya lo he hecho durante tanto
tiempo, y eso en medio de los ms profundos pesares; porque los
intereses, sabes? no se preocupan de lo que tiene uno dentro de la
cabeza, ni de si la tristeza y la desesperacin le adormecen a uno la
mano; hay que pagarlos. Pero no es eso, to, lo que me trastorna el
alma, pues la tengo bien trastornada, puedes crermelo; ante mis ojos
brotan chispas sin interrupcin; los calofros me estremecen todo el
cuerpo y la sangre me bulle en las venas, como fuego. Y al mismo tiempo
estoy muy tranquilo; veo con claridad y precisin las cosas. Slo hay
una que no puedo descubrir; que se alza noche y da ante mis ojos como
un espectro, como una sombra espantosa, y cuando quiero asirla se me
escapa, y esa cosa es: Por qu ha muerto Olga?

El anciano se estremeci. Recordaba la carta y la promesa que la muerta
haba exigido de l.

Roberto continu:

--Una voz me grita sin cesar en los odos: Tuya es la culpa! Cmo?
No lo s, pues por muy profundamente que escudrie en mi alma, no
encuentro que le haya hecho ningn mal, y sin embargo no puedo hacer
callar la voz. Yo me digo: Es una idea fija. Te forjas tormentos,
eres un loco, un criminal, un criminal para contigo mismo y para tu
hijo. Pero de nada me sirve todo eso, to querido! No puedo hacerla
callar. Y, en fin, acaso no tiene razn? Acaso, sin m, Olga no
estara todava viva? Si lo que pas la noche anterior no hubiera...

Se detuvo estremecindose y se ocult el rostro entre las manos. Un
sollozo sin lgrimas sacudi todo su robusto cuerpo.

En seguida dijo:

--To, quisiera--no puedo pensar en ello, me hace perder la razn,--me
parece... que es necesario que con mis manos destruya todo lo que me
rodea, que lo haga pedazos todo.

--Sin embargo, es necesario que reunas tus ideas, amigo mo--dijo el
doctor,--y que me cuentes todo, punto por punto; slo de ese modo
podremos aclarar este enigma.

El silencio rein en la habitacin obscura. El anciano temblaba de pies
a cabeza; vea la silueta de aquel cuerpo vigoroso destacarse negra
sobre el fondo claro de la ventana; vea los movimientos del pecho que
suba y bajaba alternativamente, que silbaba y gema como un volcn;
senta el hlito ardiente de la respiracin de Roberto en su rostro.

--Rene tus ideas, amigo mo--repuso suavemente.

El joven luchaba por tomar una determinacin. Al fin, volviendo a
encontrar su energa, se enderez y dijo:

--Pues bien, to, vas a saberlo todo... Desde el da en que Olga
rechaz mi pedido tan altiva y framente, no me haba vuelto a encontrar
con ella. Sin duda continuaba yendo como antes a la granja, para
ocuparse del nio y de la casa, ya entonces saba que lo haca por amor
a Marta y no por m, pero haba como un acuerdo tcito entre nosotros
para evitarnos. Ella elega las horas en que saba que yo estaba afuera,
en los campos o en los establos, y yo no volva a casa antes de haberla
visto desaparecer detrs del portn.

El martes tuve imperiosamente que salir para ir a los campos. Media
legua ms all de la ciudad, a causa del mal estado del camino, el eje
se rompe. Como no haba llevado cochero y no alcanzaba a ver alma
viviente, monto en el caballo con arneses y todo, y vuelvo a casa en
busca de ayuda. En el patio, el mayordomo me dice que haca rato que la
seorita se haba marchado. Comenzaba ya a caer la noche.

--Muy bien, no hay ningn peligro, pienso, y entro en la casa.

En el momento en que abro la puerta de la sala, distingo en el
crepsculo una sombra que se desliza precipitadamente hacia afuera.

--Quin puede ser?--me digo.

Y la sigo.

En el cuarto del nio, a quin encuentro? A ella, muy ocupada en
correr el cerrojo de la puerta del corredor, que, como sabes, est
siempre cerrada para evitar la corriente de aire. Espantado, quiero
retirarme; imposible; me siento completamente paralizado. Al verme, ella
se detiene, y, como sobrecogida de vergenza, se oculta el rostro entre
las manos.

Entonces, to, me siento atrado, voy a precipitarme hacia ella; pero
me contengo a tiempo al pensar en quin es ella y quin soy yo.

Veo que sus manos tiemblan.

--No tienes por qu enojarte, Olga--le digo balbuciendo,--no he querido
causarte un desagrado. Si estoy aqu es por casualidad; en lo sucesivo
tomar mis medidas para que no vuelvas a encontrarme.

Entonces deja caer sus manos y me dirige una mirada tal, que me siento
estremecer. Marta nunca me mir as--pienso.--Quiero hablar, pero no
encuentro las palabras, tan turbado y sobrecogido estoy. Su elevada
estatura se alza delante de la puerta, como si all quisiera buscar un
amparo contra m. Yo oa su respiracin oprimida. Por fin reno todo mi
valor.

--Olga--digo,--ha sido presuncin de mi parte el atreverme a tenderte
la mano: s muy bien que no soy digno de ti, te suplico desde el fondo
del corazn, olvdalo, yo nunca te lo recordar.

Y en ese instante, to--cmo pintarte lo que pas?--djame un
instante... el recuerdo!... Pero para qu? ser fuerte, querido to,
voy a dominarme.

En ese instante, ella se precipita hacia m, me rodea con sus brazos y
me cubre el rostro de besos; despus, de improviso, cae con un suspiro,
y all se queda desplomada a mis pies, como herida por un rayo. Y yo,
como en un sueo, la miro fijamente.

--No es posible--me grita una voz,--es una locura; t apenas te
atrevas a alzar los ojos hacia ella como hacia una divinidad, y ella es
quien ahora se arroja al cuello de un hombre que no la merece!

Tena miedo de tocarla; sin embargo, fue necesario que la levantara, y
cuando la tuve en mis brazos, se puso a sollozar amargamente, como si
hubiera querido llorar hasta morir.

--Olga, por qu lloras?--le digo.--Todo queda arreglado ahora.

Pero he ah que yo tambin, gran tonto, me pongo a llorar como un nio.

--Perdname, Roberto--dice su voz en mi odo.--Mucho te he hecho
sufrir, pero nunca ms lo har, nunca ms.

--Y ahora me amars?--pregunto, pues todava no puedo creerlo.

--Oh, Roberto! Roberto! Te amo! Oh, s! Te amo ms que a todo en
el mundo!--y oculta su rostro en mi hombro.

S, to, pero escucha lo que sigue. Al ver aquella cabeza con sus
rubios rizos descansar, llena de abandono, sobre mi hombro, una pregunta
se me presenta: es sta la misma Olga que, hace ocho das, se volva
tan plida y tan altiva, mientras que, humilde y tmido, t implorabas
su consentimiento?

Y le digo entonces:

--Olga, cmo has podido torturarme as? Acaso he cambiado en tan poco
tiempo?

La veo ponerse ms blanca que el yeso que cubre la pared y su voz
murmura en mi odo:

--Nada me preguntes, en nombre del Cielo, nada me preguntes!

Y una angustia nace en m; quizs la perder maana como la he
conquistado hoy.

--Olga--le digo,--si eres tan inconstante en tus resoluciones, quin me
responder de que...

Me interrumpo, pues la expresin de su rostro me impone silencio. Ella
se desprende de mis brazos y se deja caer en una silla.

--Puesto que quieres saber--me dice, fijando los ojos en el suelo, como
sumida en una meditacin sombra,--me ha faltado el valor, he dudado de
tu amor y credo que me haras sentir que no te llevaba ms que mi
pobreza.

Pero su mentira, como una llamarada, le enrojece la frente.

--Olga!--exclamo.--Has podido pensar eso de m? No te acuerdas?...

Y lo que le record fue cierta noche, en casa de su padre, cuando fui a
pedir la mano de Marta y en que estuve a punto de retirarme tristemente
con una negativa, pues Marta quera sacrificarse y sacrificar su dicha,
para que yo pudiera elegir a otra. Y entonces, ella, Olga, en medio de
la noche, haba ido a buscarme y me haba abierto los ojos, a m, pobre
insensato y ciego, dicindome palabras, palabras llenas de desprecio por
el dinero y que haban sonado en mis odos como el canto de triunfo del
amor. Se las repet textualmente, pues cada una de ellas se haba
grabado en mi alma, inolvidable: As, pues, en otros tiempos te sentas
llena de valor, de grandeza de alma cuando hablabas por Marta, y ahora
que se trata de ti...

Y al gritarle esto la miraba de frente, to. Ella se esforzaba en
sonrer, y sonrea constantemente; pero esa sonrisa se hel en sus
labios y de repente la vi desplomarse como una mole, sin sentido.

Mucho trabajo me cost hacerla volver en s, pues no quera llamar a
nadie en mi ayuda. Un buen cuarto de hora permaneci tendida en el
suelo, ms o menos como est ahora, luego abri los ojos y me examin
por largo rato en silencio con una expresin tan dolorosa, tan cansada y
desesperada, que la angustia y la inquietud me invadieron. Despus junt
las manos y me dijo en voz baja y suplicante:

--Dame tiempo, Roberto; he presumido demasiado de mis fuerzas; es
necesario que me acostumbre a esta idea.

Pero me senta tan embargado por mi reciente dicha, por una alegra tan
loca, que crea poder obligarla por fuerza a ser ella tambin dichosa.

--Si nos amamos, Olga--le grito,--y si nuestra querida muerta aprueba
este amor, yo quisiera ver si alguien podra censurarlo! Algrate, pues,
querida nia, recupera tu valor.

Pero ella no tena alegra ni valor. Y slo ahora, ahora que est
muerta, comprendo claramente hasta qu punto se senta miserable y
quebrantada, all tendida sobre los cojines, ella que ordinariamente se
mostraba para s y para los dems tan altiva y estricta. Era como si
algn prodigioso dolor hubiera roto en ella el resorte ntimo de la
vida. Hoy veo todo eso claramente; entonces nada vea, nada quera ver.
Y continuaba animndola con todas las palabras consoladoras que poda
encontrar. Ella me escuchaba sin decir palabra--a veces me aprobaba con
un movimiento de la cabeza--y una sonrisa que expresaba tristeza y
cansancio indecibles, vagaba por sus labios. Todo eso lo atribua yo a
la emocin violenta del momento y a los pesares de los ltimos aos;
deban presentarse en su alma con una intensidad tanto ms grande,
cuanto que senta apuntar para ella una nueva felicidad que iba a
borrarlos para siempre.

--Y nuestra primera visita, Olga--le digo,--ser al cementerio. Cuando
hayamos orado sobre la tumba de Marta, la resistencia de mi madre o la
malevolencia del mundo entero, no tendrn ya por qu inquietarnos.

Ella dej caer las manos que cubran su rostro, y, mirndome con ojos
dilatados por el espanto, me dijo con voz apenas perceptible:

--Al cementerio... conmigo?

--S, contigo--repliqu,--y en seguida, si lo quieres.

Un estremecimiento recorri todo su cuerpo, y, con voz singularmente
alterada, replic:

--Tn paciencia hasta maana, maana har lo que quieras.

--S, mi nia muy amada--le digo entonces,--y de aqu a maana desecha
tus ideas negras y piensa en que ella no nos guarda rencor. Nosotros no
la olvidaremos, ciertamente. Y el comn dolor que nos causa su prdida,
no debe unirnos ms estrechamente para toda la vida? Su imagen no nos
abandonar, y no crees que ella bendecira nuestra unin desde el fondo
de su corazn, si de lo alto del Cielo pudiera vernos? No nos ha legado
al nio para que juntos velemos por l y que nunca lo confiemos a gente
extraa?

Entonces se dej caer de rodillas delante de la cuna en que la dbil
criatura dorma con el sueo de los bienaventurados y apoy la frente
sobre su cabecita.

As permaneci por largo rato sin que yo intentara perturbarla.

Cuando se levant, su rostro haba vuelto a tomar esa serenidad
impasible que siempre le habamos conocido hasta entonces. Me tendi la
mano dicindome:

--Vete, amigo mo, djame sola.

Y me alej, pues quera complacerla en todo; ni siquiera la tom en mis
brazos.

Un cuarto de hora despus, la vi cruzar el patio. Yo la acechaba desde
mi ventana, pero ella no volvi la cabeza.

Al da siguiente por la maana... t sabes, querido to, cmo la
encontr; y en aquel instante se descarg sobre m un rayo. Podr
encanecer y envejecer, ese momento me ha quitado para siempre toda
alegra; helar para siempre toda sonrisa en mis labios. Pero por lo
menos podra vivir todava; podra arrastrar todava esta miserable
existencia para que el nio no se viera privado de la mezquina parte de
felicidad a que tiene derecho; pero para eso sera necesario que yo
supiera una cosa, que me viera libre de un espantoso tormento; de lo
contrario, es imposible. Con la mejor voluntad del mundo, es imposible;
si no fuera as, me consumira vivo. Es necesario que alguien venga,
aunque sea de ultratumba, a decirme por qu ha muerto Olga.

* * *

Nuevamente el silencio rein en la habitacin obscura; no se oa ms que
la respiracin de los dos hombres y la fuga precipitada de una rata que
haba acompaado el relato de Roberto con el ruido montono de sus
dientes.

El anciano sostena una violenta lucha consigo mismo. Deba acaso
revelar el secreto de la vida de Olga como haba ya vendido el de su
muerte? Pero no se trataba de una buena accin en este caso? No se
trataba de libertar a aquel a quien ella haba amado sobre todo de las
torturas en que se agitaba, ya fueran producidas por una loca idea o por
una secreta conciencia de su responsabilidad? Un milagro, un favor
divino, segn pareca, permitan a la boca cerrada para siempre abrirse
una vez ms para devolver el reposo al muy amado.

El doctor exhal un profundo suspiro: haba tomado su resolucin.

--Y si ella lo hubiera pensado, Roberto--dijo,--si hubiera pensado en
contestarte desde el fondo de su tumba?

Roberto lanz un grito y lo asi por la mueca.

--Qu quieres decir con eso, to?

--Si no te hubieras soterrado en tu dolor como un topo en su cueva, si
no hubieras huido ante todo rostro humano, sabras desde hace tiempo lo
que hasta los gorriones se cuentan en los techos: que en la maana de su
muerte, yo recib una carta de ella...

--T, to, de ella...

--Oh, amigo mo! Me ests rompiendo los huesos. Escchame primero
tranquilamente.

Y le cont lo que contena la carta.

Roberto haba dado un salto y se mesaba los cabellos. Sus ojos, fijos en
el anciano, resplandecan en la obscuridad.

--Ese cuaderno, dmelo; dnde est?

El doctor le explic el peligro que corra el secreto de Olga y la
inquietud que esto le causaba a l mismo.

--Esprate, voy a ir a buscarlo!--exclam Roberto dirigindose hacia la
puerta.

El anciano lo detuvo.

--Tu madre tiene la llave; cuida de que nada sospeche.

La puerta est rota a medias; acabar de romperla...

--Te oirn de abajo...

--Estn demasiado divertidos!--replic Roberto con risa aguda.--Ven,
vamos juntos.

Y por una puerta de atrs, a lo largo del corredor obscuro y de la
escalera que cruja, los dos se deslizaron como dos ladrones que se
hubieran introducido en la casa aprovechndose de la ceremonia.

Consiguieron abrir la puerta ms fcilmente de lo que esperaban; la
cerradura, ya floja, cedi como si se abriera sola.

Ambos se detuvieron en el umbral, sobrecogidos de emocin, cuando el
cuarto obscuro, iluminado solamente por el fulgor dudoso de las
estrellas, se abri ante sus ojos. Toda huella de la muerta haba
desaparecido; slo la cama vaca, cuyos montantes se dibujaban negros
sobre la pared gris, haca ver que la que lo ocupaba haba elegido otro
lecho. Un ligero perfume emanado de su ropa, un olor fino de jabn,
flotaba an en la habitacin. Las mismas toallas de las cuales se haba
servido, todava colgadas de la pared, formaban, al lado de la estufa de
loza, una mancha blanca de fantstica apariencia.

Roberto, incapaz de tenerse en pie, se dej caer en una silla y, a
grandes bocanadas, vidamente, como si sollozara, aspir el perfume que
llenaba el aire. Se habra dicho que as quera absorber los ltimos
efluvios de su amada.

Un fulgor breve, brillante, vacil de improviso a travs del cuarto,
bailando por las paredes, vagando en reflejos amarillentos sobre el
escritorio, e hizo brotar de la obscuridad, como un espectro agazapado,
la mesa de tocador cubierta de blanco.

El doctor haba encendido un fsforo y buscaba la pequea lmpara de
pantalla verde que ilumin las noches sin sueo de Olga. Todava estaba
en la mesa, en el mismo lugar en que Olga la apag para sumirse en la
noche eterna. El recipiente de vidrio estaba todava lleno de petrleo;
su dueo se haba dado prisa para entregarse al descanso.

Con precaucin, levant el tubo para encender la mecha; la llama,
atenuada por la pantalla, ilumin con un resplandor apacible y suave el
espacio silencioso.

Entonces se acerc al estante sobre el cual se alineaban los volmenes
de lomos lucientes y dorados. Su mano busc a tientas durante un momento
por la pared y sac algo azul en forma de rollo.

--Aqu est, Roberto!--exclam triunfante.--Vmonos.

El joven mene silenciosamente la cabeza.

El anciano insisti de nuevo y entonces Roberto dijo:

--Aqu es donde vamos a leerlo, to; aqu, donde ella lo ha escrito.

--Y si alguien nos sorprendiera?--observ el doctor, atemorizado.

Roberto se encogi de hombros y con el dedo seal el piso. En el
silencio, un ruido confuso de voces suba hasta ellos, con risas
moderadas, ahogadas, como lo requieren las conveniencias en una casa en
que hay un muerto.

El doctor cedi de buen grado; entonces acercaron suavemente sus sillas
al crculo luminoso de la lmpara, y ya no se oy ms que el silbido del
viento de invierno que agitaba las peladas copas de los tilos y la voz
montona y velada del lector acompaada por el coro de invitados al
velorio, que por momentos se elevaba hasta un sordo estruendo para
extinguirse en seguida en un murmullo.




VI


Perdname, querida hermana, si evoco tu sombra que ha transfigurado la
muerte, y sufre que en memoria del amor que tuviste por m y del
ardiente afecto que haca palpitar mi corazn por ti, trate de expiar la
falta que gravita pesadamente sobre m y cuya carga tendr sin embargo
que soportar hasta el fin de mi existencia. Djame revivir una vez ms
todo lo que me diste de ternura y de bondad, y olvidar con este recuerdo
el fro de la soledad que hiela mis miembros como un soplo exhalado de
tu tumba.

Qu loca era y qu impa, en sentirme sola mientras t viviste! Tu amor
era la atmsfera que me envolva, la sonrisa de tus ojos el rayo de sol
que me daba la vida, y tu palabra, que consolaba y exhortaba, era esa
voz divina que todos llevamos en nosotros, esa voz sublime que
escuchamos sin comprenderla.

Y cmo te he agradecido todo eso, hermana querida? He llegado a ser una
extraa para ti. Me veo reducida a pensar en ti con angustia, con
tortura, y la conciencia de mi falta me hace palidecer cuando el
murmurio del viento trae tu nombre a mis odos. Entre nosotras se alza
un espectro feroz, de miradas ardientes, horroroso y grotesco a la vez,
con serpientes entrelazadas en sus cabellos, y que extiende hacia m sus
manos armadas de garras para separarme eternamente de ti.

Si en vez de ser un fantasma fuera un ser de carne y de sangre, si lo
que he cometido fuera una falta, un crimen, luchara contra l, lo
derribara con las ltimas fuerzas de mi voluntad desfalleciente, o me
dejara ahogar por sus manos sangrientas, pero es algo inasible que se
desvanece en el vaco: es un demonio que se burla de m, un vapor que me
rodea... y cuyo veneno sin embargo me mata lentamente.

Es un deseo...

Un simple deseo, nada ms!

Lo notaste? Se reflej en tus ojos moribundos? Viste el espectro
alzarse a tu cabecera, cuando, santa y buena criatura, exhalabas el
ltimo aliento de una existencia que no fue ms que amor, a ese espectro
que haban engendrado la Envidia y la Ingratitud, y que haba
introducido, yo, desdichada, en tu apacible interior?

Si tuviera todava la fe del nio que balbuca, confiara la angustia de
mi alma al Dios Todopoderoso, al buen Dios--pero a nadie tengo en el
Cielo ni en la tierra que pueda compadecerse de m, a nadie ms que a tu
imagen transfigurada.

Pobre de m! Ella tambin se aparta de m, ella tambin se oculta
llorando cuando este demonio se presenta a mi alma.

Y, sin embargo, no era muy humano lo que sent. Por qu no somos unos
seres de luz, sin deseos y puros como el ter? Por qu no somos ms que
polvo, ligados al polvo, viviendo del polvo y volviendo al polvo cuando
nos desprendemos de esta gran falta que es la existencia? Es la gran
falta de mi vida la que quiero contar aqu, la falta de la cual hemos
sido vctimas, t, yo y tambin un tercero, que es puro y bueno, y que
sin embargo ha sido la causa de todo.

* * *

Yo era una nia pacfica y predispuesta a la soledad.

Quien se ha visto siempre rodeado de amor y nunca ha conocido otra cosa
que el amor, aprende a menudo ms fcilmente que nadie, a bastarse a s
mismo; y, sin embargo, yo llevaba en el corazn una inagotable reserva
de amor. Lo prodigaba a los animales, acariciando a los perros, besando
a los gatos y ahogando a los gansos por cario. Una de mis pasiones era
jugar en la caballeriza. Me senta a mi gusto en la litera elstica y
flexible, entre los cascos de mis caballos predilectos, que nunca me
hacan dao; o bien me trepaba al pesebre donde permaneca horas enteras
mirndome en los ojos pardos de mis queridos amigos.

Pero el nicho del perro era el lugar donde mejor me hallaba. All me
encontraba dormida con frecuencia a eso del medioda, y no era cosa
fcil sacarme del nicho, pues Nern, que por lo dems era un perro tan
bueno y tan carioso, enseaba los dientes a cualquiera que franqueaba
el crculo que su cadena le permita recorrer, aun cuando ste fuera su
amo.

Mi cario se extenda hasta las plantas. Las rosas me hacan el efecto
de princesas cautivas, y exhalaba quejas para que las libertaran, los
girasoles eran sacerdotes revestidos con sus hbitos sacerdotales, y las
dalias, jvenes polacas con papalinas rojas. Saba reunir as en mi
derredor en el jardn a la humanidad entera, y encontraba la copia ms
bella que el original, pues se mantena muy quieta cuando yo desempeaba
el papel del Destino ante ella.

La propiedad que mi padre haba arrendado, antiguo feudo de un magnate
polaco, estaba inmediata a la frontera prusiana, en una montaa, uno de
cuyos lados descenda en suave declive por un parque inculto, hacia unos
campos desnudos, mientras que el otro caa a pico en una pequea
corriente de agua, en cuya orilla opuesta se hallaba una miserable aldea
polaca.

Cuando uno se colocaba al borde de la pendiente, la mirada caa sobre
los ruinosos techos de bardas cuyas grietas dejaban pasar el humo; se
vea claramente el movimiento de la sucia callejuela, donde los nios
medio desnudos chapoteaban en los charcos cenagosos, y las mujeres
permanecan perezosamente agachadas en el umbral de sus casas, mientras
que los hombres cubiertos de harapos se dirigan, con la pala en el
hombro, hacia el despacho de bebidas.

En verdad, nada tena de muy seductor aquel pequeo agujero, y la chusma
de cosacos de fronteras, que trotaban de ac para all amodorrados sobre
sus rocines extenuados, no era como para realzar su prestigio. Y, sin
embargo, para mis ojos de nia, aquel lugar estaba cubierto de un
encanto indecible, cuya sensacin experimento an, cuando me vuelvo a
ver fascinada por esos cuadros maravillosos, sentada durante horas
enteras en la hierba, inmvil, contemplando de lo alto aquel hormiguero
cuyas formas no eran ms grandes que los hombrecillos de madera de mis
cajas de juguetes.

Bajar all me estaba prohibido, y tampoco tena deseos de ello, desde
que, en la baranda de un da de mercado en que mi padre me haba
llevado, me vi casi aplastada entre las ruedas de un carro.

Pero era muy hermoso cuando, desde arriba y muy por encima de las
inmundicias y del tumulto, se sumerga la mirada en ese mundo de
hormigas, que pareca tan nfimo, que se poda, como el mismo Dios,
abarcarlo de una ojeada, pero que creca cada vez ms hasta tomar
proporciones gigantescas e inquietantes, a medida que se trataba de
penetrarlo.

Por una rareza singular, no he conservado de esa poca ms que un
recuerdo vago de las personas cuya vida ha estado ms estrechamente
asociada a la ma; sin duda porque las impresiones siguientes han
borrado las primeras. Mi padre era un hombre pequeo, robusto y
rechoncho, de barba y cabellos negros y cortos, calzado con altas botas
lucientes y vestido de una hopalanda de basto pao verdoso. Me sonrea
desde que me vea, me daba una palmadita amistosa en el cuello, o me
pellizcaba los brazos, y en seguida desapareca. Estaba siempre ocupado,
el pobre pap; mientras vivi, no lo vi reposar un solo instante.

Mam era desde aquella poca muy corpulenta, coma continuamente
confituras y era devota de la siesta. Pero eso no le impeda estar en
activa ocupacin de la noche a la maana, aunque se arrastrara de mala
gana de un lado a otro y no le gustara que anduvieran detrs de ella y
la abrumaran a preguntas.

Entre la familia estaba, en aquel tiempo, el primo Roberto, a quien
nuestros parientes de Prusia haban enviado para que aprendiera con pap
a dirigir una granja. Era un mozo alto, de anchas espaldas y vigoroso
cuello, con unas barbas rubias que me gustaba tirar cuando me pona en
sus rodillas para meterme en la cabeza el A, B, C, con gran esfuerzo de
trozos de regaliz. Creo que siempre fui su buena amiga, aunque l no
haya debido quererme ms que a los otros discpulos, pues la cara que
tena entonces ha desaparecido en la niebla como todas las dems.

No recuerdo exactamente ms que una escena: una tarde de verano Roberto
haba cogido a Marta por sus rubias trenzas, y rindose y gritando
corra tras de ella por el patio, por la casa y por el jardn.

--Qu es lo que le haces a Marta, bribonzuelo?--le grit pap.

--Me ha hecho una travesura--respondi l, sin soltarla, mientras ella
continuaba gritando.

--Cuando yo tena tu edad, saba vengarme de una muchacha mejor que
t--dijo rindose pap, quien nunca desperdiciaba la ocasin de decir
una broma.

--Y cmo se hace?--pregunt mi primo.

--Bah! Si no lo sabes!--replic pap.

--Se le da un beso, seor Roberto--dijo un viejo jardinero que pasaba
justamente con sus regaderas.

Todava lo veo delante de mis ojos quedarse de repente inmvil, rojo de
rubor, y dejar caer de sus manos las trenzas sin saber dnde dirigir sus
miradas. Pap se mora de risa; en cuanto a Marta, se escap a la
carrera.

Cuando fui a sacudir su puerta, se haba encerrado: no volvi a aparecer
sino a la hora de la cena. Bajo los cabellos que le caan sobre la
frente, en desorden, pareca perdida en sus pensamientos y muy
intimidada.

Cuando comparo hoy el rostro plido, flaco y resignado que me llena el
alma entera, con esa cara pcara, de mejillas llenas y sonrosadas, que a
veces se me aparece, resplandeciente, desde el fondo de mi pequea
infancia, me cuesta trabajo concebir que hayan realmente pertenecido a
una sola y misma persona.

--Cmo le flotaban sobre las espaldas sus largas trenzas rubias! Con
qu expresin atenta de precoz ama de casa, recorran sus ojos la
extensin de la gran mesa, en torno de la cual todos juntos,
condiscpulos y celadores--una galera de mandbulas
hambrientas--esperbamos impacientes la comida! Y, con qu alegra
extenda la mano cada uno, cuando, con una sonrisa maliciosa, ella
alcanzaba los platos!

Slo hoy comprendo qu camino doloroso tena que recorrer, hoy que me
preparo yo misma para el largo y penoso viaje al cabo del cual se abre
para m una tumba solitaria, ms triste an que la suya.

Entonces yo no era ms que una nia y alzaba los ojos, sin sospechar
nada, hacia la que vino a ser mi maestra, casi antes de haber abandonado
ella misma los vestidos cortos.

Efectivamente, fue en aquella poca cuando nuestros negocios comenzaron
a declinar. Pap tena que hacer frente a sus deudas; malas cosechas e
inundaciones, tres aos consecutivos, le quitaron toda esperanza de
volver a levantarse, y las penas se amontonaron cada vez ms sobre
nuestra casa.

Hubo que economizar en nuestros gastos, todo aquello de que fuera
posible privarse; las relaciones con los propietarios vecinos fueron
limitadas, el personal reducido, y la anciana institutriz que haba
educado a Marta, y que deba terminar su tarea conmigo, tuvo tambin que
dejarnos.

Marta, que era siete aos mayor que yo, y se dispona a estrenar su
primer vestido largo, tom su lugar.

De este modo las relaciones que se establecieron entre nosotras no
podan ser puramente las de hermana a hermana; ella fue la protectora y
yo la protegida, hasta que cambiamos nuestros papeles.

Poda yo tener once aos, cuando advert por primera vez que Marta haba
cambiado singularmente de modales y de aspecto. Habra debido notarlo
antes, pues tena la costumbre de mirar en mi derredor con los ojos muy
abiertos; pero en la monotona de los das que se deslizan uno tras
otro, las alteraciones que producen en torno nuestro el tiempo y las
penas, se escapan fcilmente.

Pero entonces puse atencin, y vi adelgazarse su rostro cada vez ms, de
da en da borrarse los colores de sus mejillas, y hundrsele los ojos
ms profundamente.

Ya no cantaba, y su risa tena una entonacin de cansancio y velada, tan
particular que me haca sufrir al orla, y ms de una vez estuve a punto
de gritarle: No te ras!

Hacia la misma poca, se puso enfermiza; se quejaba de dolores de
cabeza, de calambres en el estmago, y le costaba trabajo ir de un lado
a otro por la casa. Naturalmente, pap y mam no podan dejar de notar
su estado. Un da la envolvieron en gruesas mantas, y no obstante su
resistencia, la llevaron a Prusia a consultar a un mdico; ste se
encogi de hombros, prescribi pldoras de hierro y aconsej un cambio
de aire.

Deba haber aconsejado algo ms, que preocupaba mucho a nuestros padres,
al menos a pap, pues ya haca mucho tiempo que nada poda sacar a mam
de su apata.

A menudo, cuando Marta, meditabunda, miraba fijamente frente a ella, l
la observaba de reojo, meneaba la cabeza, exhalaba un suspiro, sala del
cuarto cerrando la puerta con estrpito.

Pero cualesquiera que fuesen los sufrimientos que padeca, su trabajo no
se resenta de ello; de tan lejos como la recuerde, jams la vi un
segundo desocupada. Muy nia an, permaneca al lado del fogn con su
libro de lecciones o vigilaba la leja al mismo tiempo que haca sus
redacciones. Desde que fue mujer, agreg todos los deberes que le
impona mi instruccin a las preocupaciones sin nmero que da una gran
casa a la que la dirige. Mam se haba retirado por completo y la dejaba
ordenar y dirigir a su antojo, con tal que las compotas y otras
golosinas obtuvieran su aprobacin.

Yo, que era horriblemente mimada por toda la casa, tena vergenza de mi
inaccin y trataba de aliviarla en parte de sus trabajos, pero ella me
rechazaba suavemente y me despeda.

--Deja, queridita--me deca acaricindome las mejillas,--eres la
princesa de la familia; contina.

Eso me ofenda. Habra soportado todo salvo que me despidiera cuando
iba a ofrecerme con el corazn desbordante de ternura.

Una noche la vi llorar. Me deslic afuera, al jardn, y sostuve un rudo
combate. El deseo de ir en su ayuda me ahogaba; pero no me atreva a
acercrmele y echarle los brazos al cuello para consolarla. Cuando
estuve en cama, la necesidad de brindarle mi ternura se apoder de m
con nuevas fuerzas: me levant, y en camisa, como estaba, me aventur
por el corredor obscuro.

Permanec largo rato delante de su puerta, temblando de fro y de miedo,
con la mano sobre el botn. Al fin me arm de valor y entr muy
suavemente en su cuarto.

La encontr arrodillada junto a la cama, con el rostro oculto en la
almohada, y pareca orar.

Me qued inmvil en el umbral, pues no me atreva a perturbarla.

Al fin, se volvi y al verme se levant estremecindose.

--Qu quieres?--balbuci.

Yo me colgu de ella y mis sollozos habran enternecido a un corazn de
piedra.

--En nombre del Cielo, querida! Qu tienes?--grit.

No me hallaba en estado de proferir una palabra. Pero ella, con un
movimiento maternal, tom una gruesa manta de lana, me envolvi en ella
y me coloc en su regazo, aunque yo ya era ms grande que ella.

--Vamos, confisate, tesoro mo. Qu ocurre?--me pregunt acaricindome
las mejillas.

Reun todo mi valor, y con la cara oculta en su cuello, le dije en un
sollozo:

--Marta, quiero ayudarte.

Sigui un largo silencio, y cuando alc los ojos, vi vagar por sus
labios una sonrisa indeciblemente amarga y triste. Entonces me tom la
cabeza entre sus manos, me bes en la frente y me dijo:

--Ven, voy a acostarte, querida. Yo nada tengo, pero t, me parece que
tienes fiebre.

De un salto me puse en pie.

--Oh! Haces mal, Marta!--exclam.--No me dejar despedir as. No estoy
enferma y tampoco soy tan tonta para no ver que te ests consumiendo y
que, cada da, encierras en ti nuevos pesares. Si no tienes ninguna
confianza en m, acabar por creer que nada quieres tener de comn
conmigo, y que todo ha concluido entre nosotras.

Ella junt las manos mirndome con sorpresa.

--Qu te pasa, querida? Ya no te reconozco... Ven, ven, voy a
acostarte--repiti.

--Es intil, puedo ir sola--dije.

Entonces ella vio que era necesario acordar a la nia una palabra de
explicacin.

--Mira, Olga--dijo atrayndome hacia s,--tienes razn. Tengo muchas
penas, y si tuvieras ms edad y pudieras comprenderlas, seguramente
seras la primera a quien se las confiara. Pero antes es necesario que
aprendas tambin a conocer la vida.

--Y en qu conoces la vida mejor que yo?--exclam, siempre con
altanera.

Ella se content con sonrer, y esa sonrisa de una tristeza tan dulce,
me dio un golpe en el corazn. Tuve un vago presentimiento, apenas
perceptible, como el que se podra experimentar al ver un templo cerrado
o islas lejanas rodeadas de palmeras. Y Marta continu:

--Pero de aqu all, y para eso falta mucho todava, debo llevar sola el
peso que me oprime. Te agradezco mucho, hermanita, tu buena voluntad, y
te amar an ms por ello si esto es posible. Ahora, vete, y duerme
bien, tenemos mucho que estudiar maana...

Y dicho esto, me empuj afuera.

Me qued en el corredor, como una rproba, contemplando la puerta que
acababa de cerrarse tan duramente tras de m. Despus apoy la cabeza en
la pared y llor silenciosa y amargamente. A partir de ese da, Marta
redobl su cario y su bondad hacia m, pero yo no quera verlo;
permaneca impenetrable para ella como ella lo haba sido para m, y en
mi alma se arraig, cada vez ms profundamente, el sentimiento penoso de
que el mundo no necesitaba de mi amor.

Es evidente que un incidente como ste, por s solo, no poda tener una
influencia decisiva sobre mi carcter. Una nia tan joven como yo lo era
entonces, se deja arrastrar con demasiada facilidad por la corriente de
impresiones nuevas para que unos minutos de este gnero puedan producir
sobre ella un efecto durable, y el hecho es que no necesit mucho tiempo
para olvidar aquella noche. Pero lo que no olvidaba, era la idea de que
nadie haba en la tierra que estuviera dispuesto a compartir sus penas
conmigo y que estaba reducida a m misma y a mis libros, hasta el da en
que se me encontrara bastante madura para participar de la existencia de
los vivos.

Y ms y ms, me sumerga en los tesoros de los poetas, ninguno de los
cuales me rechazaba de su ms ntimo santuario. Aprenda con Tasso a
sentirme miserable y sublime; saba lo que Manfredo iba a buscar a las
heladas cimas de los Alpes; me lamentaba con Tecla de la felicidad
terrestre de la cual yo haba gozado, de la vida y del amor, que haban
concluido para m. Pero, por sobre todo, Ifigenia era mi herona y mi
ideal.

Con ella llenaba mi joven alma solitaria de toda la poesa que hay en no
ser comprendida; pasar por el mundo como ella, como sacerdotisa
bienhechora y en un renunciamiento sublime, me pareca la vocacin
claramente designada para mi existencia. Si para realizarla hubiera
podido llevar, yo tambin, los blancos velos de la virgen griega, cuyos
pliegues noblemente dispuestos habran convenido tan bien a mi cuerpo de
nia desarrollada antes de tiempo, mi felicidad habra sido completa.

A juzgar por las apariencias, yo era en aquellos aos una criatura
intratable e imperiosa, que sin el menor empacho contestaba con
impertinencia y que gustaba levantarse de la mesa en plena comida cuando
algo me desagradaba.

A pesar de todo eso, o quiz a causa de eso mismo, todos me mimaban, y
mi voluntad, si esta palabra tiene un valor aplicable a un nio, tena
fuerza de ley en toda la casa.

A los quince aos era tan grande y tan fuerte como ahora, y no faltaba
de vez en cuando algn joven campesino galante que me dijera que yo era
muy bonita, mucho ms bonita que todas las otras, y que Marta en
particular.

Eso me chocaba, pues todava la vanidad no tena cabida en m.

En esa poca so una noche que Marta haba muerto. Cuando me despert,
mi almohada estaba inundada de lgrimas; en todo el da no hice ms que
ir y venir en torno de mi hermana como una criminal: me pareca que
tena sobre la conciencia una falta grave cometida contra ella.

Despus de la comida Marta se haba recostado por un rato en el canap,
otra vez con su dolor de cabeza. Cuando entr en la habitacin en ese
momento, y vi sobre el brazo del sof su rostro, plido como la cera,
con los ojos cerrados, qued como si me hubiera herido un rayo.

Cre ver en realidad su cadver ante mis ojos.

Ca de rodillas delante del canap y le cubr de besos la boca y la
frente. Su rostro se transfigur, abri los ojos y me contempl como si
viera una visin; pero luego que volvi en s, sus facciones
readquirieron su expresin de gravedad y de tristeza.

--Vaya, vaya! Qu tienes, hijita?--dijo.--Estas no son cosas que haces
todos los das.

Me rechaz suavemente, y tambin esta vez permanec parada, abandonada a
m misma, con el corazn desbordante. Sin embargo, cuando ya me iba, me
llam y murmur:

--Te quiero mucho, hermanita.

La noche de ese mismo da not en cierto momento que pareca sonrerse
interiormente. Pap tambin lo not, porque aquello no era usual, y,
tomndole la cabeza con las manos, le dijo:

--Qu te ha ocurrido, Martita? Ests hoy fresca como una flor!

Marta se ruboriz hasta la raz de los cabellos, pero yo le tom la mano
a hurtadillas por debajo de la mesa, dicindome:

--Ya sabemos lo que nos hace tan felices!

Al da siguiente por la maana, cuando tombamos nuestro caf, pap
entr con una carta abierta en la mano.

--Una ave forastera viene a albergarse en nuestro nido--dijo
rindose.--Adivinen cmo se llama!

Y dicho esto, mir a Marta de reojo con expresin un tanto cmica. Me
pareci que ella se pona ms plida que de costumbre y la taza que
tena en la mano tembl perceptiblemente.

--Esa ave ha venido ya alguna vez?--pregunt lentamente y en voz baja,
sin alzar los ojos.

--Vaya si ha venido!--dijo pap sin dejar de rerse.

--Entonces, es... Roberto Hellinger--dijo.

Y exhal un profundo suspiro como si le hubiera costado mucho decir
aquello.

--Mil truenos! Adivinas bien, chicuela!--dijo pap amenazndola con el
dedo.

Ella nada contest, y con su paso lento y cansado se dirigi hacia la
puerta; en toda la tarde nadie la volvi a ver.

Por mi parte, la visita del primo me dejaba bastante indiferente. Su
imagen de otros tiempos, tal cual se me presentaba confusamente, no era
como para llenar de ensueos ardientes una romntica cabeza de quince
aos.

Pero la actitud de Marta me haba llamado la atencin.

Al da siguiente, desde muy temprano, la o ir y venir a pasos
precipitados, en el piso superior, por los cuartos de huspedes.

Fui a buscarla, pues tena curiosidad de ver lo que la ocupaba en esas
habitaciones habitualmente cerradas.

Haba abierto todas las ventanas, sacado las sobrecamas y las cortinas,
y en chanclas, corra en medio del desorden, de un cuarto al otro. Se
coga el rostro con ambas manos y se rea sola con una risa tan extraa,
que no se saba si era llanto.

Cuando le pregunt: Qu haces ah, Marta? se estremeci, me mir muy
confusa y slo entonces pareci darse cuenta del lugar en que se
encontraba.

--Ya lo ves: preparo las camas--balbuci al cabo de un instante.

--Para quin?--pregunt.

--Acaso no sabes que esperamos una visita?

--Y eso es lo que te regocija tan terriblemente?--repliqu,
encogindome ligeramente de hombros.

--Y por qu no haba de regocijarme? Es nuestro primo.

--Y nada ms?--dije yo amenazndola con el dedo, como lo haba visto
hacer la vspera a pap.

Entonces, de improviso, ella se puso muy grave y me dirigi con sus
grandes ojos tristes una mirada tan llena de reproche, que sent que la
sangre me aflua, ardiente, al rostro. Volv la cara a un lado, y como
ya no poda seguir representando el papel de mujer superior, me dirig a
la puerta.

A partir de ese instante, el primo Roberto me dio mucho qu pensar. Me
pareca evidente que l y Marta se amaban, y sobrecogida por la
vibracin misteriosa con que la idea del gran desconocido llena a los
seminios de mi edad, comenc a representarme la manera cmo haba
podido nacer ese amor.

Corra a travs de los bosquecillos silvestres del parque y me deca:

--Aqu es donde se han paseado secretamente.

Me deslizaba en la sombra de los follajes y me deca:

--Aqu es donde se han dado cita.

Me dejaba caer en los bancos de csped hmedo y me deca:

--Aqu es donde han cambiado dulces palabras.

El jardn entero, la casa, el patio y todo lo que conoca desde que
haba venido al mundo, se iluminaba de repente con una nueva luz que se
difunda por todas partes con un reflejo purpreo. Una vida maravillosa
pareca haber surgido all. Me haba sumergido de tal modo en esas
imaginaciones, que conclua por creer que era yo quien haba vivido ese
amor. Cuando volv a ver a Marta, no osaba alzar los ojos a ella, como
si yo hubiera llevado el secreto oculto en mi seno y ella fuera quien no
debiera adivinarlo.

Pero, cuando, a la maana siguiente, me di exacta cuenta de que Marta
haba realmente vivido todo lo que yo no haca ms que soar, eso me
turb por completo, y desde un rincn obscuro, la examin sin
interrupcin, con mirada temerosa y escrutadora, como a un ser que
perteneciera a otro mundo.

Me fij en que cada cinco minutos sala al terrado, desde donde se poda
ver la puerta de entrada, pero entonces me guard muy bien de dirigirle
preguntas indiscretas. Me imaginaba ser ya una confidente, una cmplice.

Era un da claro de septiembre, de una hermosura maravillosa. Sobre el
llano y en el bosque flotaban como velos rosados; hilos plateados
temblaban silenciosos en el aire; el ro llevaba un manto de vapor, una
paz religiosa se cerna sobre todo el paisaje. Me fui al bosque, pues
jams poda encontrar suficiente soledad para soar a mis anchas. En las
ramas de los lamos se oa ya el roce de las hojas amarillentas, y los
helechos dejaban caer sus tallos como criaturas heridas que apenas
pueden tenerse en pie.

--Me entristec: La Naturaleza entera va a morir--dije;--Ah! Si se
pudiera morir con ella!

Entonces me acord de todas las burlas que haba ledo u odo sobre las
impresiones sentimentales del otoo.

--Qu odiosas son esas bromas--me dije.--Pero de m nadie se burlar;
sabr esconderme y sabr ocultar lo que siento. A nadie interesa lo que
pasa dentro de m; y bien se me puede considerar como una muchacha fra
y sin corazn, con tal de que sepa yo que este corazn palpita lleno de
ardor y de amor por la humanidad.

--S, aquel fue un da henchido de encanto, da admirable; y dara con
gusto todo lo que me queda de vida, si pudiera volver a l.

Y la noche... la veo todava como si fuera hoy. Las ventanas estaban
abiertas, los tallos flexibles de la via virgen se mecan con el
viento, y, desde muy lejos, un trote de caballos, un chasquido de lanzas
y de sables llegaban hasta mis odos. Nada poda ver, pues la obscuridad
lo cubra todo, pero yo saba que era una tropa de cosacos que recorra
la frontera.

Entonces cerr los ojos y so: un grupo de jinetes avanza; a su cabeza
viene el hijo del Rey, rubio y magnfico, sobre su blanco palafrn. Yo
soy la Princesa y estoy sentada en la torrecilla de la antigua mansin;
el renombre de mi hermosura se ha extendido de tal modo en la comarca,
que el hijo del Rey se ha decidido a venir, escoltado por lo ms selecto
de sus cortesanos, para verme y pedir mi mano al viejo caballero, mi
padre.

Y en eso me acuerdo de Marta, y me pregunto si a ella, en su calidad de
primognita, no le corresponde la primaca. Pero, para consolarme, me
digo que, como ella ama a su Roberto, no necesita de ningn Prncipe.

Y me figuro entonces lo que dar a todos los mos cuando haya subido al
trono: a Marta, un esplndido aderezo; a pap, un cofre de hierro lleno
de oro; a mam, una gran caja de pias azucaradas.

El chasquido de lanzas desaparece a lo lejos, y con l mi sueo.

* * *

Roberto lleg al da siguiente.

En el momento en que el carruaje que lo conduca, rod bajo el portn,
Marta estaba al lado del fogn. Corr a buscarla y le susurr en el
odo:

--Marta, creo que ah est.

Pero ella me demostr en seguida que yo no era su confidente: me mir un
instante fijamente y me pregunt, como si su espritu estuviera lejos:

--De quin quieres hablar?

--De quin? Pues del primo, naturalmente.

--Y por qu me dices eso tan misteriosamente?

Y como al or eso me encog de hombros, ella tom la espumadera que
haba dejado caer y volvi a su tarea.

--Y esa es toda la alegra que sientes?--continu, encogiendo el labio
con expresin despreciativa.

Pero ella me apart con la mano izquierda, con una brusquedad
inacostumbrada.

--Vete, chiquilla, te lo ruego!

Y he ah cmo yo recib al primo Roberto en su lugar.

En el instante en que sal al terrado, l bajaba del carruaje.

No es mucho mejor que pap, fue mi primer pensamiento. Era alto, de
estatura gigantesca, el pecho y las espaldas anchas, el rostro moreno,
con dos ojillos azules, y encuadrado por una barba rubia, erizada, una
de aquellas barbas que llevaban los antiguos lasquenetes.

--No falta ms que la yugular,--pens para mis adentros.

De un salto salv varios escalones y rindose vino a m:

--Hola! Buenos das, Marta!--grit.

Luego, de improviso, se estremeci, me mir de los pies a la cabeza y se
qued como petrificado en medio de la escalera.

--Yo no me llamo Marta, sino Olga!--dije un poco humillada.

--Ya me lo deca yo!...--exclam sacudindose, y, adelantndose hacia
m, me alarg una mano roja y tosca de trabajador, toda encallecida y
agrietada.

--Qu palurdo!--me dije mentalmente.

Cuando ya estuvimos dentro de la casa, me examin nuevamente.

--Todava eras una pequeuela, cuando sal de aqu, y me parece
verdaderamente extraordinario que te asemejes tanto a Marta.

--Yo, parecerme a Marta?--pens--Cundo me habr parecido a Marta?

--Pero no--continu,--ella no era tan alta, sus cabellos eran ms
claros, no tena esa expresin tan altiva, y... no miraba con ojos tan
severos.

--Ah, Dios del Cielo!--me dije.--Acaso nunca has visto los ojos de
Marta?

En ese instante se abri muy suavemente la puerta de la cocina, y por la
abertura, no ms ancha que la mano, ella se escurri en la habitacin.
No se haba quitado el delantal; su rostro estaba tan blanco como l, y
los labios le temblaban.

--Bienvenido seas, Roberto--le dijo tmidamente por detrs, pues l se
haba vuelto hacia m.

Al primer sonido de esa voz, Roberto se dio media vuelta bruscamente, y
entonces se quedaron un rato frente a frente sin hacer un movimiento,
sin articular una slaba.

Yo temblaba; haca dos das que acechaba ese momento, y he ah que el
resultado burlaba lastimosamente mi espera.

Al fin se acercaron lentamente el uno al otro y se besaron. Pero ese
mismo beso no me gust; a m no me habra besado de otra manera.

--S, pero ni siquiera lo ha hecho--agregu para mis adentros.

Despus permanecieron nuevamente inmviles y silenciosos. Mi corazn
lata con tanta violencia, que tuve que apretarme el pecho con las dos
manos.

Al fin, Marta le dijo:

--No quieres sentarte, Roberto?

l hizo un ademn de asentimiento y se dej caer en un rincn del sof
que cruji bajo su peso. Continuaba mirndola incesantemente; al cabo de
un largo rato, dijo:

--Mucho has cambiado, Marta!

Al or esto me pareci que me daban una bofetada.

Una sonrisa de una tristeza indecible roz los labios de Marta:

--S--dijo.--Mucho debo haber cambiado!

Nuevo silencio. Se habra dicho que Roberto necesitaba mucho tiempo para
encontrar palabras capaces de expresar su pensamiento.

--Cmo es que jams he sabido que estabas enferma?--concluy por decir.

--No lo s--replic ella con una dulzura en que se descubra un poco de
amargura.

--No podas escribrmelo?

--Pero, acaso nos escribimos?

Roberto empuj con irritacin el pie de la mesa.

--Pero cuando uno no est bien... entonces... entonces...

No supo decir ms.

Yo apret los puos: habra sabido concluir tan bien la frase por l!

--T sabes--dijo Marta,--que el enfermo es siempre el ltimo en saber
que no est bien.

--Yo crea que l deba saberlo mejor que nadie.

--Y si uno juzga que no vale la pena hacerle caso?

Esta vez Marta habl sin amargura, en el tono tranquilo y moderado que
le era habitual, y, sin embargo, cada palabra me parta el corazn.

--Oh, Marta!--gritaba una voz dentro de m.--Por qu me has rechazado?

En eso ella solt una risa breve y pregunt a Roberto cmo estaban en su
casa, y lo que hacan mi to y mi ta.

--Pero primero, quisiera saber lo que hacen mi to y mi ta--dijo
mirando en su derredor hasta en los rincones.

Yo estaba tan contenta de ver disiparse el embarazo que los oprima, que
al verlos buscar por el cuarto tan cmicamente, prorrump en una risa
estrepitosa.

Ambos se volvieron hacia m, sorprendidos, como si slo entonces notaran
mi presencia.

--Y qu dices de nuestra Olguita?--pregunt Marta, tomndome por la
mano con ademn maternal.--Te gusta?

--Ahora un poco ms--dijo examinndome.--Antes me pareci demasiado
enseorada.

--Sin embargo, no poda saltarte al cuello en seguida--repliqu.

--Y por qu no?--repuso con una sonrisa.--Crees que no habra habido
bastante lugar para ti?

--No--dije, para que supiera de una vez cmo haba que tratarme.--Ese no
es mi lugar.

Entonces me mir muy azorado, y dijo meneando la cabeza:

--Cspita! La chiquilla es mordaz.

Yo iba a replicar, pero pap entr.

En la mesa no los perd de vista, pero nada sospechoso hubo que
observar; apenas si cambiaron algunas miradas.

--Ms tarde, cuando nuestros padres duerman--me dije,--tratarn de
escaparse.--Pero me equivoqu. Se quedaron tranquilamente en la sala y
ni una sola vez trataron de alejarme. l fumaba, sentado en un rincn
del canap; ella estaba sentada cinco pasos ms all, junto a la
ventana, con su bordado.

--Quiz son demasiado tmidos--me dije,--y esperan que la ocasin se
presente sola.--Hice dos o tres observaciones, para ver si cambiaban de
lugar, y sal de la habitacin. Luego, con el corazn palpitante, esper
media hora, encerrada en mi cuarto y contando los minutos antes de
atreverme a volver.

--Ahora--me dije,--l se le acercar, le tomar la mano y la mirar por
largo rato en los ojos. Me amas siempre?--le preguntar,--y ella,
ruborizndose, con una mirada hmeda, se dejar caer sobre su pecho.

Cerr los ojos y suspir. Las sienes me palpitaban, me senta cada vez
ms embriagada por las imgenes que me representaba y me figuraba su
continuacin; lo vea caer de rodillas delante de ella, y, con miradas
ardientes, balbucir juramentos apasionados de amor y de fidelidad.

Me saba de memoria lo que l le deca en ese momento, y no menos bien
lo que ella le contestaba: habra podido soplarle las palabras.

Cuando pas la media hora, me consult para saber si les otorgara
todava algunos instantes: yo era entonces su providencia, y, en esta
calidad, les acord graciosamente mi proteccin, con una sonrisa.

--Ojal puedan vaciar hasta el fondo la copa del deleite!--pens, y
resolv ir todava a dar una vuelta por el jardn. Pero la curiosidad me
dominaba a tal extremo, que a la mitad del camino volv sobre mis pasos.

Me acerqu sin ruido hasta la puerta, pero apenas hall el valor
necesario para dar vuelta al botn: la idea de lo que iba a presenciar
me oprima el pecho hasta ahogarme.

Y qu fue lo que vi?

Roberto estaba todava sentado, como yo lo haba dejado, en una esquina
del canap; haba fumado su cigarro, del que no le quedaba ya ms que la
punta entre los dedos, y el bordado de Marta contena una flor que antes
no exista.

--Por qu te encoges de hombros con ademn tan despreciativo?--me
pregunt Marta.

Y Roberto agreg:

--Parece que no tengo la aprobacin de la seorita.

--As, pues, siempre mis buenas intenciones son objeto de insultos--me
dije, y sal golpeando violentamente la puerta detrs de m.

Toda esa noche, loca de m, me la pas despierta hasta el amanecer,
representndome la manera cmo yo, Olga Bremer, habra procedido en el
lugar de uno y otro. Unas veces era Roberto y otras Marta; senta,
hablaba, obraba por ellos, y en el silencio de mi dormitorio resonaba el
murmullo apasionado de un amor ardiente, desdeoso del mundo entero.

Como para mi gusto, las cosas se presentaban demasiado simples, invent
un montn de dificultades: negativa de los padres, cita nocturna en la
frontera y sorpresa por los cosacos, encarcelamiento, maldicin
paternal, fuga, y, por fin, muerte comn en las aguas, pues un verdadero
amor no me pareca dignamente sellado y concluido sino por la muerte.

Cuando me levant, al da siguiente por la maana, tena zumbidos en la
cabeza, y ante mis ojos bailaban manchas de luz verdes y amarillas.

Al ver mi semblante, Marta junt las manos por encima de su cabeza, y
Roberto, que otra vez estaba sentado en la esquina del sof, envuelto
nuevamente en nubes de humo, exclam:

--Has pasado la noche llorando o bailando?

--Bailando--repliqu,--en el Brocken con otras brujas.

--No se puede sacar una palabra racional de esta chiquilla,--dijo
moviendo la cabeza.

--A preguntas necias...--repliqu.

--Vaya! no volver a abrir la boca--dijo rindose;--de lo contrario se
me servira desde por la maana un plato de necedades como en mi vida he
comido.

Marta me dirigi una mirada de reproche. Yo hu al fondo del parque, al
lugar ms sombreado, y ocult mi encendida cara entre el fresco follaje.

Poco me faltaba para llorar.

--He ah, pues, mi destino--me deca:--desconocida por todo el mundo,
aislada y desdeada con mi corazn ardiente de amor, marchitndome en mi
rincn sin que nadie me solicite, mientras que en torno mo todo se
entrelaza y satisface su pasin en ardientes besos.

S, en sueo, haba substituido tan bien a Marta en su amor, que haba
llegado a tomarme por la herona: el desencanto no poda hacerse
esperar.

Si por lo menos a ellos dos se les hubiera ocurrido, ms tarde, seguir
los vuelos de mi imaginacin! pero mientras ms tiempo Roberto
permaneca entre nosotros, ms observaba las relaciones de Marta con l,
y ms me convenca de que el inters que yo les prodigaba, se perda
totalmente.

Ella, encarnacin de la ama de casa, fra y tmida, sometida a todas las
fatalidades de la existencia cuotidiana; l, encarnacin del
propietario, pesado y obtuso, incapaz de toda pasin. Discurra en esta
forma, mientras mi corazn estuvo lleno del sentimiento amargo de que yo
pasaba inadvertida y era intil. Entonces ocurri un incidente que no
slo suaviz mi humor, sino que hasta modific sensiblemente mi juicio
sobre nuestro primo.




VII


Haca cuatro das que Roberto estaba en casa, cuando vino a buscarme de
improviso y me dijo:

--Olguita, quisiera pedirte algo; no vendras a hacer un paseo a
caballo conmigo?

--Qu honor!--repliqu.

--No, no hay que volver a empezar en ese tono--dijo con una risa en la
cual se notaba algo de enfado.--Tratemos de ser buenos camaradas por
media hora, quieres?

Su ingenua franqueza me agrad: dije que s.

Cuando nuestros caballos pasaron el portn, Marta estaba en la ventana
de la cocina y nos hizo seas con su delantal blanco.

--Ves, Marta--dije para mis adentros,--as es cmo me ira con l a
travs del vasto mundo, si fuera su querida.

Yo no tena entonces ms que una nocin bastante confusa de lo que es
una querida y no vacilaba en elevar a Marta a esa dignidad.

--Monta bien--pens en seguida;--mi hijo del rey no sera mejor
jinete.

Y entonces me sorprend al ver que me haba erguido, orgullosa y alegre,
en mi silla, invadida por un indefinible sentimiento de bienestar que me
haca correr un estremecimiento por todo el cuerpo.

Roberto nada deca, pero con frecuencia se inclinaba hacia m y me haca
una sea amistosa, como si juzgase prudente consolidar nuestro pacto
cada cinco minutos: trabajo intil, pues nada estaba ms lejos de mi
imaginacin que la idea de romperlo. Cuando hubimos trotado una media
hora a un paso bastante vivo, detuvo su caballo y me dijo:

--Bueno, chiquilla?

--Qu hay, grande?

--Regresamos?

--Oh, no!

No estaba dispuesta a renunciar tan fcilmente a lo que me llenaba de
una satisfaccin tan completa.

--Entonces, al bosque de Illowo!--dijo l sealando la mancha azulada
que cerraba el horizonte a lo lejos.

Hice un signo afirmativo, y di tal latigazo a mi caballo, que ste se
irgui y parti dando saltos.

--Bravo, por la chica de quince aos!--grit l detrs de m.

--Dispense, diecisis!--repliqu, volvindome a medias hacia l.--Por
otra parte, si me vuelves a echar en cara mi juventud, se acab
nuestra camaradera!

--En nombre del Cielo!--dijo l rindose.

Y continuamos nuestra carrera sin decir palabra.

El bosque de Illowo est dividido por una pequea corriente de agua,
cuyas orillas se hallan tan cerca la una de la otra, que las ramas de
los lamos que las pueblan a cada lado, se entrelazan y forman por
encima del espejo obscuro de las aguas una alta bveda de verdura que, a
cada desvo del riachuelo, termina en un muro de follaje, para volver a
formarse inmediatamente despus.

Bajo esa bveda, junto al borde del agua, conoca desde mi infancia ms
de un escondrijo, donde me pasaba las horas enteras, leyendo o soando,
mientras mi caballo, un poco ms arriba, paca tranquilamente en el
bosque.

Y como esta vez bamos lentamente, por entre los troncos de rbol, se me
ocurri hacerle conocer uno de mis retiros.

--Quiero bajar--le grit,--ven a ayudarme a echar pie a tierra.

De un salto baj de su caballo e hizo lo que yo le peda.

--Qu quieres hacer?--me pregunt.

--Vas a verlo--dije,--pero primero suelta los caballos...

--No faltaba ms!--dijo Roberto rindose.--Me haces el efecto de quien
quiere coger las liebres ponindoles un grano de sal bajo la cola.

E hizo ademn de atar las riendas a un tronco de rbol.

--Sultalos!--orden.

Y como l no obedeca castigu a los caballos con mi varilla: antes que
l hubiera pensado en sostener ms fuertemente las bridas, los caballos
galopaban ya libremente en el bosque.

--Y ahora?--dijo mi primo ponindose las manos en los bolsillos.--Te
imaginas que van a dejarse coger otra vez?

--Por ti, no--respond rindome, pues estaba segura de mis favoritos.

Y cuando al or un ligero silbido de mis labios, ambos acudieron desde
lejos dando brincos y vinieron a rozar suavemente mi cuello con sus
hocicos, esperando una caricia, mi corazn se dilat: me senta
orgullosa de que hubiera en la tierra criaturas, aunque privadas de
razn, que se inclinaban ante mi poder y me eran sumisas por afecto, y
alc hacia Roberto una mirada triunfante: ahora l deba saber quin era
yo y qu pretenda.

Pero vi muy bien que todava yo no le impona.

--Maravilloso, chica!--dijo l, y nada ms.

En seguida me dio un golpecito paternal en el hombro y se recost
perezosamente en el csped. Los rayos de sol que pasaban a travs de las
ramas, relucan en su barba: me pareci un gigante en reposo, semejante
a los que nos pintan las leyendas del Norte.

Pero en el momento en que, al contemplarlo, iba a sumergirme en mis
visiones romnticas, se puso a bostezar terriblemente, de tal modo que
volv a caer repentina y bruscamente en la prosa.

--Pero no nos vamos a quedar aqu, mi seor primo!

--No seas loca, chiquilla--dijo l cerrando los ojos.--Haz como yo,
vamos a dormir.

Tuve un impulso de alegra, y, acercndomele, lo cog por el cuello y lo
sacud fuertemente.

Quiso asir mi vestido, pero yo me escap, lo que le hizo levantarse
vivamente para correr tras de m.

Entonces, tranquilamente me adelant hacia l y le dije:

--Bueno, ahora, ven.

Por entre espesos matorrales, lo conduje a la base de la pendiente
escarpada, al pie de la cual reposaba el agua profunda semejante a un
espejo obscuro. All, los rboles de anchas hojas y toda clase de
plantas trepadoras formaban, al engancharse a una salida de la roca, una
cuna natural, donde haba sombra aun en pleno medioda.

All fue donde le hice entrar.

--Mil truenos! He aqu un lindo rincn, chica--dijo l al mismo tiempo
que se extenda cmodamente sobre la piedra, tanto que sus pies caan
casi al nivel del agua.

--Ven, ponte a mi lado; hay sitio para los dos.

Lo obedec, pero me sent de manera que mi mirada pudiera dominarlo.

l finga dormir, y de cuando en cuando, por entre sus prpados medio
cerrados, alzaba los ojos hacia m.

De repente se me ocurri esta idea:

Si fueras Marta, qu haras en este momento?

Y un pavor tal se apoder de m, que la sangre me subi hirviente a la
cara.

--Eres miedosa, chiquilla?--me pregunt.

Yo sacud la cabeza.

--Entonces, ven.

--Ya estoy a tu lado.

--Ponte all, delante de m.

Hice lo que me peda: mis pies tocaban casi el borde de la piedra.

De pronto, se levant, me asi, rpido como el rayo, por la cintura, y
en el mismo instante me sent suspendida sobre el agua.

Lo mir rindome.

--Cmo!... Cmo!...--dijo.--No hay de qu rerse! Si te dejara
caer...

--Me ahogara... Pues bien, djame caer!

--No. Antes quiero que me confieses algo.

--Qu?

--Por qu no puedes sufrirme?

Respir profundamente. Al mismo tiempo sent que las suelas de mis
botines tocaban ya la superficie del agua: l no poda dejarme caer ms.
Una deliciosa sensacin de desfallecimiento me invadi.

--Pero yo puedo sufrirte--le dije.

--Por qu entonces me contestas siempre de tan mala manera?

--Porque soy una muchacha mal criada.

--Enhorabuena!--dijo l, rindose.

Y, con un movimiento brusco, me alz como una pluma: yo me volv a
encontrar de pie sobre la piedra.

--Bueno, ahora sintate; vamos a conversar seriamente.

Me tom la mano y continu:

Mira, soy un hombre sencillo, he trabajado mucho y pensado poco en
ejercitar mi espritu. T, con tu vivacidad, me ganas fcilmente; por
eso es que siempre me cuesta trabajo hablarte. T no lo haces con mala
intencin, bien lo s, pues en nuestra familia no se conoce la maldad;
pero de todos modos eso no conviene. Tengo casi doce aos ms que t, t
eres todava una chiquilla, o poco menos... Tengo razn?

--Tienes razn...--respond humildemente.

Y me preguntaba aparte lo que se haba hecho mi altivez.

--Por qu, pues, procedas as?

--Porque quera agradarte.

Y exhal un profundo suspiro.

l me mir en los ojos con asombro.

--Porque quera mostrarte que no soy una tontuela, que tengo la cabeza
muy a plomo, que yo...

Me detuve muy confusa. Roberto se morda la barba y miraba frente a l,
pensativo.

--Miren eso!--dijo.--Pues bien, creo que yo te estaba tomando por el
mal lado. Qu suerte que haya seguido el consejo de Marta!

--De Marta? Qu consejo te ha dado?

--Tmala aparte, uno de estos das--me ha dicho,--y explcate con ella.
Cuando Olga no quiere a alguin, lo aborrece, y me dara mucha pena que
no te tuviera cario.

--Marta ha dicho eso?--exclam, y las lgrimas me asomaron a los
ojos.--Qu corazn, qu corazn de oro!

--S, ha dicho eso y muchas otras cosas ms para explicar tu
temperamento y excusarte. Y como amo a Marta...

--La amas?--dije, interrumpindolo, vida de saber ms.

--S, profundamente--respondi l pensativo, con los ojos fijos en el
agua que corra a sus pies.

Mi corazn lata tan precipitadamente, que apenas poda respirar. As,
pues, l me tomaba por confidente, me converta en su aliada! Habra
querido saltarle al cuello, inmediatamente, tan agradecida me senta
hacia l.

--Y... ella lo sabe?

--Debe saberlo... es una cosa que no se puede ocultar...

--Cmo?...--balbuc.--T no... no... se lo has dicho?

Roberto sacudi tristemente la cabeza.

Yo ca desde lo alto de las nubes. De modo que los bosquecillos de
nuestro jardn nunca haban prestado su abrigo a dos enamorados; la
luna, que brillaba por entre las ramas, nunca haba sido testigo de
besos clandestinos! Puras quimeras todas mis imaginaciones!

Pero, en medio de mi desilusin, senta una profunda compasin por ese
gigante, que, sin ms fuerzas que un nio, buscaba amparo en m. Me jur
que su confianza en m no sera vana.

--Y por qu has guardado silencio?--insist.

Pareci que consideraba mi extrema juventud con un poco de desconfianza;
sin embargo, dijo con un profundo suspiro:

--En aquel tiempo, yo era un muchacho tmido y no encontraba el valor
necesario para hablar. En esos primeros aos de locura se siente uno
tan transportado, si obtiene siquiera un apretn de manos a hurtadillas!
Se figura uno que el mismo matrimonio no podr ofrecer un deleite mayor.
Pero en realidad t no puedes comprender eso.

--Quin sabe?--repliqu en mi inocencia.--Mucho he ledo ya sobre eso.

--En resumen--prosigui l,--yo era entonces ms o menos tan ingenuo
como t ahora. Y hoy, sabes? hoy, si hablo, la menor palabra me vincula
a ella, con cadena indisoluble, y para siempre.

--Entonces, no quieres vincularte?--le pregunt con sorpresa.

--No tengo derecho para ello--grit,--no tengo derecho. No s si podr
hacerla feliz.

--Oh! Francamente... si no lo sabes!...

Encog el labio con desprecio y dentro de m, llegu a esta conclusin:
Entonces, no la ama!

Pero l, con los ojos chispeantes, se anim ms:

--Comprndeme, nia. Si eso dependiera de m, no pedira ms que
llevarla toda mi vida en mis brazos, para que su pie nunca tropezara con
las piedras del camino. Pero... oh! esta miseria, esta miseria!

Y se mesaba los cabellos de tal modo, que yo me senta realmente
turbada. Nunca habra credo posible que ese hombre tan tranquilo y
grave pudiera volverse tan apasionado.

--Confame tus tormentos, Roberto--dije, ponindole la mano en el
hombro.--No soy ms que una chica, muy sencilla, pero eso desahogar tu
corazn.

--No puedo!--gimi,--no puedo!

--Y por qu?

--Porque sera mortificante... hasta para ti. No puedo decirte ms que
una cosa: Marta es una criatura delicada, tierna e impresionable; jams
podra resistir al torrente de penas y de tormentos que caera sobre
ella: se doblara como una frgil caa al primer soplo de la tormenta.
De qu me servira tener que llevarla al cementerio pocos aos despus
de nuestro matrimonio?

Un helado calofro me pasa por todo el cuerpo cuando pienso en la
horrible manera en que deba realizarse esa frase, llena de
presentimiento, pero en aquel momento nada vino a advertrmelo: slo
experimentaba un vivo deseo de dar a ese amor, por dems prosaico para
mi gusto, un giro tan romntico como fuera posible. Desgraciadamente no
haba gran cosa que hacer. Por lo menos asum una expresin capaz y
busqu en mi memoria algunas de las frases que las venerables sibilas o
los confesores dan ordinariamente como vitico a los amantes
desgraciados.

Y l, como un gran nio que era, bebi esas tontas palabras de consuelo
con la avidez de un hombre que se muere de sed.

--Pero tendr paciencia ella tambin?--me pregunt, y pareca perder
nuevamente el valor.

--S, la tendr! Confa plenamente!--grit con arrebato.--Puesto que
espera desde hace tanto tiempo, podr muy bien tener paciencia uno o dos
aos ms. Ya vers cmo se somete de buen grado.

--Y si, aun ms tarde, ese casamiento no pudiera realizarse!--objet
Roberto.--Si yo defraudara su esperanza, si hubiera jugado con su
corazn! No, no hablar; antes me arrancarn la lengua, no hablar!

--Si no queras hablar, para qu viniste entonces?

Dios sabe cmo ese pensamiento de doble filo vino a mi espritu de joven
aturdida. Sent confusamente que al pronunciar esas palabras cometa un
acto de crueldad, pero... ya era tarde.

Vi palidecer su rostro, sent que su respiracin ardiente se exhalaba en
un suspiro.

--Soy un hombre de honor, Olga--murmur entre dientes;--para qu
atormentarme? Pero, ya que has hecho la pregunta, tendrs una respuesta.
He venido porque ya no poda vivir sin ella, porque quera beber en sus
ojos el consuelo y la fuerza necesarios para las tristezas venideras, y
porque... porque, en el fondo, acariciaba siempre la secreta esperanza
de que las cosas aqu pudieran tomar otro giro, que todo pudiera
arreglarse para que yo me la llevara conmigo.

--Y las cosas no se arreglan?

--No!... No preguntes por qu. Contntate con esta respuesta: no!

De repente se inclin hacia m, se apoder de mis manos y me dijo desde
el fondo del corazn:

--Ves, Olga, cmo nuestro compaerismo ha tenido mejor resultado que el
que podamos esperar uno y otro hace media hora. Querras asistirme
fielmente, y ayudarme en cuanto estuviera en tu poder?

--S, te ayudar--respond, y al decir esto me sent penetrada de la
solemnidad de mi promesa.

--Veo que ya no eres una nia--continu l,--eres una joven enrgica e
inteligente, y si emprendes algo, no flaquears. Quieres velar por
ella, para que no se desaliente, si todava esta vez me voy sin haber
hablado? Lo quieres?

--S, velar--repet.

--Y quieres escribirme de cuando en cuando para decirme cmo est, si
se siente bien, si sigue animosa? Quieres?

--Te escribir--volv a contestar.

--Entonces, ven, dame un beso, y seamos buenos amigos en lo sucesivo y
para siempre.

Y me bes en los labios...

Cinco minutos despus estbamos a caballo, y trotbamos rpidamente
hacia la casa, pues ya comenzaba a obscurecer.

--Cunto han tardado!--dijo Marta que estaba en el terrado, con su
delantal blanco, y nos sonrea desde lejos.

Cuando la vi, experiment el sentimiento de que toda la ternura que yo
pudiera prodigarle, sera poca. Me precipit hacia ella y la bes
impetuosamente. Pero, al mismo tiempo tuve pena, pues me pareca que as
borraba de mis labios el beso de Roberto. Me desprend de sus brazos,
con el corazn oprimido, y me alej. En la mesa, esa misma noche, no
ces de mirar a mi primo, pues me imaginaba que me recordara con una
sea nuestro convenio secreto. Pero l no pens en ello; slo cuando
todos se levantaron desendose buena digestin, me estrech la mano de
un modo muy particular, como nunca lo haba hecho antes.

Esto me hizo tan feliz como si hubiera recibido un magnfico presente.

Esa noche, me cost mucho trabajo esperar el momento en que me
encontrara en mi cama, con la vela apagada. Me gustaba quedarme as,
una hora por lo menos, con los ojos bien abiertos en la obscuridad, y
soando: tena la facultad de poder quedarme despierta todo el tiempo
que quera, y de dormirme tan pronto como me pareca conveniente; para
ello no tena ms que hundir la nariz en la almohada, y era cosa hecha.
Esta vez me estir en mi cama con un sentimiento de bienestar que nunca
haba conocido en mi vida. Todos los deseos de mi existencia me parecan
colmados. Mis mejillas ardan y en mis labios tena, todava sensible,
la picazn ligera del primer beso con que un hombre--pap, naturalmente,
no contaba,--los hubiera rozado.

Y si, contemplndolo de cerca, ese beso se diriga tambin a otra, qu
me importaba? Era tan joven todava, que no poda pretender semejante
cosa para m sola.

Volv una vez ms a mi idea predilecta: Qu hara yo si estuviera en el
lugar de Marta? De esta suerte, no necesitaba desgarrar el tejido de
imaginaciones, que no eran ms que puras quimeras--ese da me lo haba
probado bien,--pero poda trabajar en l con toda tranquilidad, y fue lo
que hice en mi desvelo o en mis sueos, hasta la maana siguiente.

Dos das despus, Roberto parti. Algunas horas antes de marcharse tuvo
una larga conversacin con Marta en el jardn.

Los vi internarse en l sin sentir celos, y fue para m un placer
indecible el guardar la puerta para que nadie los sorprendiera.

Cuando reaparecieron, estaban silenciosos y fijaban en el suelo sus
miradas serias y tristes.

No, no se haba declarado, bien lo vi a la primera ojeada, pero haba
hablado del porvenir e insinuado sin duda algunas palabritas de tmida
esperanza.

En el momento en que iba a subir al carruaje se encontr por casualidad
solo conmigo algunos segundos. Me tom la mano y murmur:

--No revelars una sola palabra? Puedo contar con ello?

Hice un signo de afirmacin enrgica.

--Y me escribirs pronto?

--Seguramente.

--Adnde debo dirigirte la respuesta?

Me qued azorada: no haba pensado en ello. Pero, como los minutos eran
contados, nombr al azar a un viejo mayordomo que me haba demostrado
siempre ms afecto que nadie.




VIII


El tiempo transcurra. Lo mismo que antes, los das sucedan a los das,
y sin embargo, cun nuevo y particular se haba vuelto el mundo para
m!

Ya no necesitaba estudiar el amor en los libros, ni mirarlo de lejos;
haba penetrado en persona en todo mi ser, sus dulces enigmas me
envolvan por todas partes y poda--oh deleite!--divertirme con ellos:
estaba sumergida hasta la cabeza en la intriga que deba asegurar la
felicidad de mi hermana.

Era maravilla ver, despus de esa visita de Roberto, cmo Marta volva a
la vida y recuperaba a la vez fuerzas, colores y salud. Esos pocos das
de existencia en comn con l haban obrado sobre ella como un bao
fortificante, y ms aun la milagrosa fuente de la esperanza, de la cual
haba bebido furtivamente a grandes tragos.

Sin duda, no haba recobrado su brillante alegra de otros tiempos, que
esos siete aos de ansiosa espera parecan haberse llevado
irrevocablemente; ni cantos ni risas se escapaban ya de sus labios,
pero un brillo suave y clido animaba sus facciones como si una luz
salida del alma, las iluminara. Ya no se arrastraba por la casa a pasos
lentos y cansados, y cuando alguien se le acercaba, ella lo acoga con
una sonrisa amistosa.

Como su dicha necesitaba desahogarse en afecto, se me acercaba ms y ms
y procuraba penetrar en mi pensamiento taciturno y solitario. Eso no
haca ms que aumentar mi cario e impulsarme a rogar a Dios para que
derramara sus bendiciones sobre ella, pero no le daba mi confianza.

Mientras no me abriera su corazn ella misma, no poda ni quera
confesarle cun profundamente mis ojos haban penetrado ya en l.

Ms de una vez me sorprend contemplndola con un sentimiento maternal,
si puedo decirlo, pues desde que estaba en correspondencia seguida con
Roberto, me figuraba que verdaderamente tena la felicidad de ambos en
mis manos.

En mi presuncin, me consideraba fcilmente como un buen genio, vestido
de blanco, con una palma en la mano, y cuya sonrisa verta bendiciones.
Mientras tanto, contaba los das hasta la llegada de una carta de
Roberto, y corra de ac para all, con las mejillas encendidas, cuando,
al fin, la llevaba sobre mi corazn.

Esas cartas se me haban hecho tan necesarias, que me era difcil
concebir cmo haba podido vivir antes sin ellas. So pretexto de
contarle los hechos y dichos de Marta, saba muy bien ahuyentar las
penas de su corazn con mi charla, infantil y loca como gusta a los
hombres, para poder sentirse superiores a nosotras, o seria y llena de
madurez, como se haba vuelto mi corazn. Le agradaba mi chchara,
cualquiera que fuera su tono, como se escucha con gusto el gorjeo de un
pjaro cantor, y yo no peda ms. Le estaba tan agradecida porque me
haba asociado a su grande y sincera pasin, a m, a la chicuela a quien
todava hacan salir de la habitacin cuando la gente grande quera
hablar de cosas serias! Toda mi dignidad, toda la importancia que yo
tena a mis propios ojos, me venan de ese papel de protectora.

As creca yo con ese amor, me alimentaba con esa pasin, de la que
nunca la menor migaja deba caer para m de la mesa.

* * *

Cuando lleg el otoo, not que Marta manifestaba una agitacin
extraordinaria. Andaba con paso febril por su cuarto, permaneca a veces
la mitad de la noche en la ventana, hablaba en voz alta haciendo
ademanes cuando crea estar sola, y se estremeca violentamente cuando
se vea sorprendida.

Inform fielmente a Roberto de lo que haba observado y le pregunt
adems si no haba hecho quiz esperar su visita para aquella poca,
pues toda la manera de ser de Marta me pareca provocada por una
sobreexcitacin enfermiza de la espera.

Tuve ocasin de estar satisfecha de los conocimientos psicolgicos de
mis diecisiete aos, pues mis previsiones eran justas.

Profundamente abatido, me escribi que efectivamente, al separarse de
ella, haba expresado la esperanza de poder volver en el otoo siguiente
con cara ms alegre; pero se haba equivocado: estaba, ms que nunca,
sumergido en las penas y en las deudas, y trabajaba como un esclavo sin
ver brillar el menor fulgor de esperanza.

Por lo menos--le contest,--lbrala del tormento de la espera e informa
a nuestros padres, con miramientos, de tu situacin.

As lo hizo: dos das despus, pap, muy apenado, trajo la carta que a
causa de mi juventud, todava demasiado irracional, yo no deba leer.

Esa carta tuvo sobre el nimo de Marta una influencia que me asust y me
conmovi. La sobreexcitacin de las ltimas semanas desapareci
repentinamente, como barrida de golpe, y dej el lugar a ese abatimiento
desesperado que, ya una vez antes de la venida de Roberto, la haba
convertido en una sombra: nuevamente se enflaqueci, y dos surcos
profundos se abrieron en torno de sus ojos, otra vez tuvo que recurrir a
las gotas de valeriana en los momentos frecuentes en que se retorca en
crisis dolorosas, otra vez tambin le haba vuelto ese perpetuo deseo de
llorar que, a la menor ocasin, se daba curso en torrentes de lgrimas.

Esta vez, pap no mand buscar al mdico: poda fijar el dianstico l
mismo. Hasta mam se compadeci de los sufrimientos de la desdichada,
tanto como se lo permita su apata, y sta no consenta que se alejase
de la estufa para atender a su hija enferma.

En cuanto a m, encontr entonces por primera vez la ocasin de mostrar
a los mos que ya no era una criatura y que mi voluntad tena algn
valor, aun cuando se tratara de cosas serias.

Asum toda la direccin de la casa, y por ms que todos sonrieron
maliciosamente y protestaron, y Marta me explic repetidas veces que
jams consentira que yo, la ms joven, la suplantase, me las compuse
tan bien que al cabo de quince das yo era quien manejaba toda la casa.

Fue aquella la nica poca en que tuviramos todos que disputar con
Marta; pero poco a poco fuerza le fue reconocer que lo que yo haca era
por amor a ella, y finalmente concluy por ser la primera en
agradecrmelo. Por otra parte, se acostumbr a cederme en ms de un
punto, aunque tratando de disimularse a s misma mi influencia y dando a
entender que haba que dejar hacer su voluntad a los nios.

En mi correspondencia con Roberto, aprend por primera vez que se puede
mentir por amor. Le disimul el triste efecto que haba producido su
carta; s, no me ruborizaba de escribirle que todo marchaba
perfectamente. Proceda as porque estaba persuadida de que la verdad lo
habra sumido en una multitud de nuevos cuidados y pesares, que no
dejaran de abatirlo, puesto que nada poda remediar. Pero entonces se
me haca terriblemente difcil conservar el tono de charla ligera, y muy
a menudo las bromas se helaban en la punta de mi pluma.

Y todo se ensombreca de da en da en torno nuestro. Pap estaba
cabizbajo, porque las malas cosechas haban defraudado sus ms bellas
esperanzas; mam murmuraba, porque nadie iba a distraerla, y Marta se
marchitaba cada vez ms.

Las fiestas de Navidad llegaron, tan tristes como nunca hasta entonces
nuestro apacible interior haba visto otras.

En torno del flamante rbol de Navidad, que esta vez yo haba adornado e
iluminado en lugar de Marta, permanecamos inmviles sin saber qu
decirnos, tan oprimido tenamos el corazn. Y, como nadie se decida a
hacerlo, tuve que esforzarme en rer y hacer lo posible para borrar las
arrugas de inquietud que surcaban todas las frentes. Pero casi no
encontr eco y por ltimo nos dimos la mano desendonos buenas noches
para retirarnos cada uno a nuestro cuarto, puesto que no sabamos cmo
entrar en materia los unos con los otros.

Cuando llegu al lado de Marta, que estaba sentada en un rincn, con los
ojos fijos en las velas que comenzaban a apagarse, sent que un doloroso
estremecimiento me atraves el pecho, como si le hubiera hecho un
agravio que debiera reparar; pero ignoraba cul poda ser ese agravio.

Ella me dijo al besarme en la frente;

--Que Dios te conserve tu valiente corazn, Olguita! Te agradezco mucho
las bromas que te has esforzado en decir hoy.

No supe qu contestar, pues ese sentimiento de culpabilidad que no poda
definir, me desgarraba el corazn.

Cuando me encontr sola en mi cuarto, me dije: Bueno, ahora vas a
festejar la Navidad! Saqu las cartas de Roberto de la gaveta en que
las tena cuidadosamente escondidas y resolv leerlas hasta una hora
avanzada de la noche.

La tempestad sacuda los postigos, la nieve, empujada por las rfagas
del viento, barra los vidrios con un roce ligero y la lmpara de
pantalla verde suspendida del cielo raso, esparca sobre m su fulgor
apacible.

En el momento en que colocaba cmodamente delante de m el paquetito de
cartas, o junto a m, en el dormitorio de Marta, el ruido sordo de una
cada, y luego un murmullo indistinto que me pareci el de una oracin
mezclada con sollozos.

He ah cmo celebra la noche de Navidad!--pens juntando
involuntariamente las manos. Sent otra vez un dolor en el corazn, como
si mi conducta hacia mi hermana fuera falsa y cruel. Y continu
devanndome los sesos hasta que vi claramente que slo las cartas eran
culpables.

No es por su bien por lo que escribo y por lo que guardo
silencio?--me pregunt.

Pero mi conciencia no se dej seducir. No. Aquello fue como si un rayo
me hiriera en la cara, pues sent con qu delicias mi corazn acariciaba
esas cartas.

Qu no dara ella por una de estas hojas?--me dije en seguida.--Ella
que comienza a dudar del amor de Roberto, que lucha con la angustiosa
idea de que, si no ha venido, es nicamente porque quiere arrancarla de
su corazn.

Y t oyes sus sollozos--continuaba una voz dentro de m,--y la dejas
presa de sus torturas mientras que t te deleitas pensando en que tienes
un secreto con l, con l, que pertenece slo a _ella_.

Me escond la cara entre las manos: la vergenza se apoderaba de m tan
violentamente, que tuve miedo de la luz que me alumbraba. Dale esas
cartas!--me grit repentinamente una voz, y me lo grit tan alto y con
tanta claridad, que me pareci que era la tempestad la que me haba
lanzado esas palabras al odo.

Entonces tuve que sostener una lucha terrible. Sin embargo, cada vez que
mi buena voluntad ceda, instada por el temor de faltar a la palabra que
haba dado a Roberto, y por el deseo de seguir todava en
correspondencia secreta con l, el ruido de los sollozos y de la oracin
de Marta llegaba hasta m ms claro, y me trastornaba a tal punto los
sentidos, que me pareca que iba a verme obligada a huir hasta el fin
del mundo, para no orlo ms.

Y conclu por cumplir conmigo misma. Tom las cartas, las reun en un
elegante paquete que at con una cinta y me dispuse a llevrselas a su
cuarto.

Este ser su regalo de Navidad!--dije pensando en que ese ao no
haba podido hacerle, como de costumbre, un bordado o un tejido; y, como
siempre agrada, cuando se hace un regalo, cierto aparato para ocultar la
alegra que desborda del corazn, resolv representar todava un poco la
comedia, antes de entregrselas.

Baj a medio vestir, tal como estaba, a la sala del piso inferior, donde
se encontraban nuestros regalos, bajo el rbol de Navidad. Tanteando en
la obscuridad, busqu su plato, recog los objetos que estaban al lado
de ste, y por encima de todo coloqu el paquete de cartas.

Cargada de esta manera, me acerqu a su puerta y toqu.

O un roce, el ruido que hace una persona que se levanta bruscamente, y,
al cabo de un intervalo bastante largo--sin duda el tiempo necesario
para enjugarse los ojos,--su voz reson muy cerca de la puerta,
preguntando quin estaba all y qu queran.

--Soy yo, Marta--dije.--Te traigo tu plato; lo habas dejado abajo.

--Llvalo a tu cuarto, ir a buscarlo maana--respondi ella.

Y en la voz tena sollozos que se esforzaba en disimular.

--Pero un nuevo regalo ha venido a agregarse a los dems--dije.

Y tambin mis palabras estaban medio ahogadas por las lgrimas.

--Bien! Me lo dars maana--replic,--ya estoy desvestida.

--Pero ese regalo es mo--dije.

Y, como en la bondad de su corazn, temi ofenderme, no obstante su
inmenso dolor, me abri la puerta.

Me lanc hacia ella y llor sobre su hombro, apretando convulsivamente
el plato con la mano izquierda.

--Qu tienes, querida?--me pregunt acaricindome.--En toda la casa
eras la nica que conservabas tu buen humor, y ahora...

Me arm de valor y, acercndola a la luz, le mostr el plato. A la
primera ojeada reconoci la letra; se puso blanca como el yeso que
cubra las paredes, y, con sus ojos enrojecidos por las lgrimas, me
mir fijamente como si hubiera perdido la razn.

--Tmalo, pues--dije,--tmalo.

Ella extendi la mano, pero la retir con un ademn brusco: se hubiera
dicho que haba tocado un hierro candente.

--Ves, Marta--dije, deseando vengarme de su silencio y para darme cierta
importancia,--no has querido tener confianza en m, me has tratado
siempre como a una criatura, pero todo lo he adivinado, y, mientras t
te desesperabas, yo he obrado.

Ella continuaba mirndome fijamente, desconcertada, sin comprender.

--Crees que Roberto no se inquieta por ti--continu.--Sin embargo, he
tenido que darle cuenta de tu vida, de tu salud, cada semana
regularmente.

Marta retrocedi tambalendose, se llev las manos a la cabeza, y, de
improviso, una especie de calofro la sacudi. Se adelant hacia m, me
tom las manos y con voz singularmente velada, dijo:

--Mrame de frente, Olga! Quin de los dos ha escrito la primera
carta?

--Yo!--dije asombrada, no sabiendo todava adnde quera ir a parar.

--Y t le has... le has revelado mi estado, me has... ofrecido... Olga?

--Qu idea es esa?--dije.--El mismo fue quien me confes todo, cuando
estaba aqu... Oh! Me conoca mejor que t--agregu, no queriendo dejar
escapar de mi juego ese ligero triunfo,--no se avergonz de tomarme de
confidente.

--Alabado sea Dios!--murmur ella con un profundo suspiro, juntando las
manos.

--Pero ven, Marta--dije llevndola a la mesa.--Vamos a festejar la
Navidad.

Entonces lemos juntas las cartas, una tras otra, y, en cada una de
ellas, en cada una de las frases sencillas y desmaadas, apareca el
corazn afectuoso de Roberto, su corazn de oro; arrojaba en nuestras
almas abrumadas por el dolor una llamarada ardiente que nos consolaba y
nos devolva la alegra. Reamos y llorbamos, con las mejillas apoyadas
una contra otra, y nos estrechbamos con fuerza las manos, como para
procurarnos recprocamente la sensacin de esas vivas y vigorosas
presiones, que prodigaba su tosca mano roja.

Y de pronto, estbamos en uno de esos prrafos en que l me rogaba
encarecidamente que cuidara a Marta, que velara sobre ella, sta se
sinti abrumada bajo el peso de su felicidad, y, me ruborizo al decirlo,
se dej caer delante de m y apoy sus labios en mi mano.

Pero, por violenta que fuera mi emocin, ya no senta trazas de ese
dolor punzante que, haca poco todava, junto al rbol de Navidad, me
oprima el corazn. Haba cancelado mi deuda y fue en completa libertad,
con el corazn aligerado, como me jur velar en lo sucesivo como un
ngel tutelar sobre mi hermana que, mucho ms que yo, nia simple y sin
experiencia, necesitaba apoyo y proteccin.

Y ella lo sinti tambin, pues, aunque hasta entonces me hubiera tratado
como a una criatura, se abandon a mi direccin sin resistencia.

Al fin haba conseguido lo que deseaba mi corazn. Exista un ser humano
a quien poda mimar y acariciar a mi gusto, y como entonces nada nos
separaba ya, dediqu a mi hermana toda la ternura que durante tanto
tiempo haba dormido inactiva en el fondo de mi alma.

No fue poca la sorpresa de mi padre y de mi madre al ver en nuestras
relaciones, que en los ltimos tiempos sobre todo dejaban mucho que
desear, esa intimidad, esa cordialidad nuevas, y a la misma Marta le era
difcil acostumbrarse a ello.

Me miraba siempre con extraeza y deca a menudo:

--Cmo habra podido adivinar nunca que haba en ti tanto afecto!

Si hubiera sabido qu sacrificio haba hecho revelando mi secreto,
habra dado an ms valor a mi cario.

En verdad, mis presentimientos no me haban engaado: desde el momento
en que Marta tuvo las cartas en sus manos, se acab para siempre la
dicha que me causaba ese convenio secreto con Roberto.

Ya no era para m ms que un extrao y, cuando me sentaba a escribirle,
me pareca ser una simple mquina encargada de copiar los pensamientos
de otros: as me suceda a menudo entregar a Marta una carta sin haberla
ledo, tal como acababa de recibirla de manos del mayordomo.

A veces senta remordimientos al pensar que abusaba de la confianza de
Roberto, pues l no sospechaba que Marta estuviera en el secreto; pero,
cuando la miraba, cuando vea desplegarse su sonrisa, y brillar en sus
ojos soadores la paz y la felicidad, me deca que era imposible que
hubiera procedido mal, y mis escrpulos se acallaban.

Hasta entonces no haba engaado ms que a l; muy pronto mi traicin
deba alcanzar tambin a Marta.




IX


El invierno y la primavera pasaron velozmente y lleg el momento en que
las gavillas comenzaron a amontonarse en los trojes.

Roberto deba venir tan pronto como la cosecha hubiera terminado; pero
hasta entonces--escriba,--habr que vencer ms de una grave
dificultad.

Un da, pap entr en la cocina donde estbamos, y tomando una expresin
indiferente, se pase un instante por entre los calderos, resoplando y
golpeando con su varilla las largas caas de sus botas.

--Te has vuelto inspector de cocinas hoy, pap?--dije.

l solt una risa breve y dijo:

--S, me he vuelto inspector de cocinas.

Y despus de haber andado todava algunos minutos en silencio, se detuvo
de improviso delante de Marta y dijo:

--Si tuvieras tiempo, hija ma, podras quiz venir un momento? Tu
madre y yo tenemos que hablarte.

--Vaya, vaya, ahora comprendo esos largos preliminares! Puedo asistir
yo tambin a la entrevista?

--No--respondi l,--t te quedars en la cocina.

Durante un instante el silencio rein en la casa; en torno mo el vapor
silbaba, las cacerolas cantaban, la sirvienta haca gran ruido al
limpiar los cuchillos, pero de repente se oy, dominando todo ese ruido,
un grito breve y estridente que no poda provenir ms que de Marta.

Temblorosa aguc el odo, y en el mismo instante pap se precipit en la
cocina gritando:

--Agua!

Pas a su lado como una exhalacin, y encontr a mi hermana tendida en
el suelo, sin conocimiento, con la cabeza sobre las rodillas de mam.

--Qu le han hecho ustedes a Marta?--grit dejndome caer de rodillas
junto a sta.

Nadie me contest. Mam, desatinada, se retorca las manos, y pap se
morda el bigote, sin duda para retener las lgrimas.

Entonces, al inclinarme hacia mi hermana, vi en el suelo, junto a ella,
una hoja de papel de carta rayado de azul; me apoder de l tan
vivamente como pude, sin que nadie notara ese movimiento. Despus me
apresur a hacer lo ms urgente, que era hacer volver en s a Marta y
acompa a su cuarto a la desdichada, que diriga en su derredor miradas
atontadas.

Una vez all la acost. Con los ojos fijos en el cielo raso, me peda
de cuando en cuando de beber; pareca no haber recuperado sus sentidos
todava.

Pero yo saqu en secreto la carta de mi bolsillo y le lo que transcribo
aqu literalmente, pues he conservado cuidadosamente ese monumento del
amor de una madre y de una hermana:

Mi hermano muy querido, mi muy querida cuada!

Una circunstancia muy triste para m me obliga a escribiros hoy. Estis
persuadidos, no lo dudo, de que os quiero mucho y de que mi corazn no
tiene deseo ms vivo que el de conservar con vosotros y vuestros hijos
las relaciones ms cordiales. Desde que estoy en el mundo, no os he
hecho ms que bien, no os he atestiguado otra cosa que afecto y vosotros
me habis correspondido siempre. En nombre de ese afecto os dirijo hoy
una splica, dictada por mi corazn de madre torturado por la angustia.
Esta maana mi hijo Roberto vino a casa y nos declar, a mi marido y a
m, que tena la intencin de pediros la mano de vuestra hija Marta; al
mismo tiempo solicitaba nuestro consentimiento, del cual no poda
abstenerse, como buen hijo y buen amo de casa, pues, ay de m! todava
necesitar ms de una vez nuestra ayuda.

Si hubiera escuchado la voz de mi corazn, le habra saltado al cuello
con lgrimas de gozo, pero me fue necesario conservar toda mi sangre
fra, por mi marido y por mi hijo, que no son uno y otro ms que dos
nios, y me vi obligada a decirle que ese casamiento no poda hacerse.

Mi querido hermano, no quiero reprocharte el que no hayas sabido
conservar tu fortuna: lejos de m el pensamiento de mezclarme en cosas
que no me importan; pero, en el punto en que estamos, me permitiris os
diga que vuestra propiedad est gravada de deudas y que vuestras hijas,
fuera de un ajuar que, quiero creerlo, ser rico, no podrn contar con
un centavo de dote.

Por otra parte, los bienes de mi hijo Roberto estn tambin cargados de
deudas; efectivamente, ha tenido que pagar fuertes sumas para
desinteresar a sus hermanos y hermanas, y adems nosotros hemos
conservado sobre la propiedad una hipoteca cuyos intereses nos hacen
vivir, lo mismo que a mis otros hijos. En estas condiciones un
casamiento con una joven pobre lo llevara infaliblemente a la ruina.

No hablo de la salud de vuestra hija Marta, que, a juzgar por vuestras
cartas, debe ser una persona dbil y enfermiza, incapaz por consiguiente
de llevar con vigor el peso de una labor tan grande y de hacer la
felicidad de Roberto; tan slo el pensamiento de verla entrar en casa de
mi hijo con las manos vacas basta para convencerme de que sera
desgraciada y no podra menos que hacerlo desgraciado a l mismo.

Si vuestra hija Marta ama realmente a mi hijo, no le ser difcil, en
el inters mismo de la felicidad de su primo, renunciar a l, esto en el
caso de que Roberto tuviera el valor de pedir su mano, no obstante la
prohibicin de sus padres; pero no preveo, ni siquiera puedo concebir,
en un hijo, semejante desobediencia a la voluntad paternal.

Conozco demasiado, mis queridos amigos, el afecto que profesis a
vuestra hermana, para no estar persuadida de que negaris como yo, desde
hoy, y para siempre, vuestro consentimiento a esa unin funesta e
irracional.

Vuestra hermana que os querr siempre,

_Juana Hellinger._

P. S.--La cosecha es buena por all? Aqu el centeno de invierno ha
dado, pero las patatas sufren mucho de la enfermedad.

Al leer esa prosa vulgar e hipcrita, me acometi un furor tal, que
solt una violenta carcajada, y tirando la carta al suelo me puse a
pisotearla.

Un ligero suspiro de Marta, a quien, sin duda, mi risa haba hecho mal,
me volvi a la razn.

All yaca ella, desesperada, como quebrantada por el golpe que habra
debido, por el contrario, retemplar su valor y darle nuevas fuerzas para
la resistencia. Y, mientras yo la miraba, torturada por el pensamiento
de estar condenada al papel de espectadora impotente, mi corazn dej
escapar una vez ms, con un suspiro, ese lamento de otras veces: Que
no est yo en su lugar! Pero cuntas cosas nuevas encerraba hoy! Lo
que antes no haba sido ms que una locura, una niada, haba hecho
lugar a sentimientos serios: el valor del sacrificio y la confianza en
mi fuerza.

Entonces resolv obrar, si acaso era todava tiempo. Quise primero ir a
buscar a mis padres, decirles lo que haba hecho, que estaba desde haca
mucho tiempo al corriente de la situacin, y finalmente exigir de ellos
que me diesen en el consejo de familia el lugar al cual tena derecho, a
pesar de mi juventud.

Pero desech en seguida esta idea. Tan pronto como hubiera tomado parte
en las deliberaciones de familia, mi deber sera no proceder en contra
de sus designios. Y no poda contribuir a la salvacin de mi pobre
hermana, como lo entenda y siguiendo el plan que haba concebido, sino
a condicin de fingir una ignorancia absoluta.

Muy pronto vi en qu estado estaban las cosas. Cada uno haba guardado
de la carta lo que responda mejor a su temperamento.

Pap, herido en su orgullo de hombre pobre, habra en lo sucesivo
considerado como una vergenza el dejar entrar a su hija en una familia
en que se la mirara con malos ojos. Mam, por su parte, se haba dejado
enternecer por los testimonios de afecto de que la carta estaba
sembrada, y estimaba que no se deba burlar la confianza de su cuada.

Y Marta?

Aquella noche, mientras yo velaba junto a su cama, sent que su mano
ardiente se posaba sobre la ma y su dbil brazo me atraa suavemente
hacia ella.

--Tengo que hablarte, Olga--murmur, con la mirada siempre tristemente
fija en el cielo raso.

--Si esperramos hasta maana?--respond.

--No--dijo ella,--en el intervalo podran suceder cosas que no deben
producirse. A partir de hoy, todo ha concluido entre l y yo.

--Entonces conoces muy mal a Roberto--dije.

--Pero yo me conozco bien--dijo ella.--Yo soy quien rompe.

--Marta!--grit espantada.

--Bien s que esto me matar--dijo ella.--Pero qu importa? Mi vida
poco vale. Eso es mejor que hacerlo desgraciado.

--La fiebre es la que te hace hablar as, Marta--exclam,--pues no te
creo tan tonta como para dejarte hechizar por los melindres de esa vieja
bruja.

--Siento demasiado que dice la verdad--dijo ella.

Un helado calofro recorri todo mi cuerpo al orla proferir, con el
tono tranquilo de un colegial que recita una leccin, esas palabras de
una tristeza desesperante.

--No protestes--continu,--no es slo de hoy que lo s; siempre tuve ese
presentimiento, y verdaderamente no necesitaba asustarme tanto hoy.
Pero, qu quieres, causa siempre impresin el ver de repente escrita con
todas sus letras la sentencia que hasta entonces uno no se atreva a
confesar a su propia conciencia.

Trat de consolarla con toda la elocuencia de que era capaz, hund a la
ta en el abismo ms negro del infierno, y demostr a Marta menudamente
que ella haba nacido para desempear en la casa de Roberto el papel de
ngel bienhechor. Pero todo fue intil, no consegu hacer revivir su fe
en s misma; el golpe la haba herido demasiado profundamente. Por
ltimo me pidi que no escribiera una sola carta ms a Roberto y que
rompiera para siempre toda relacin con l.

Me sent espantada hasta el fondo del alma por m misma quiz tanto como
por ella; me negu con toda la energa que pude encontrar en m; pero
ella insisti, y, ante la amenaza que me hizo de revelar a la familia mi
correspondencia con Roberto, tuve que consentir de grado o por fuerza.

Entonces vinieron das tristes; Marta vagaba, semejante a un fantasma.
Pap, siempre a caballo, recorra como un montaraz los campos y los
bosques, no asista regularmente a las comidas y para ninguna de
nosotras tena una buena palabra. Mam, nuestra bonachona mam, teja
sentada en su rincn y de cuando en cuando enjugaba sus lgrimas,
echando en su derredor miradas inquietas para ver si nadie lo haba
notado. Ah, s, aquella fue una poca bien triste!

Yo haba recibido de Roberto dos cartas apremiantes. Me deca que la
inquietud lo devoraba y me suplicaba que le enviara noticias a vuelta
de correo. No se lo dije a Marta, pero cumpl mi promesa.

Ocho das pasaron; entonces not que mis padres deliberaban acerca de la
respuesta que deban enviar a la ta. Pap era de opinin, para que no
se pudiera siquiera sospecharlo de querer obtener ese casamiento por
medios desleales, de comprometerse definitivamente por una promesa, y
mam deca: s, como deca s a todo lo que no tena relacin con
las jaleas o las confituras.

Ese da Marta declar que le era imposible levantarse de la cama; no
senta vivos dolores--deca,--pero sus piernas se negaban a llevarla.

As vea yo adelantar el desastre, cada vez ms amenazador. No poda
esperar ms: Ven a cumplir tu compromiso mientras todava es
tiempo--escrib a Roberto. Y, para mayor seguridad, baj yo misma a la
ciudad y entregu la carta al postilln que justamente se preparaba a
partir para Prusia.

En el momento en que el sobre se escap de mis manos, sent como una
pualada en el corazn; se habra dicho que con esa carta entregaba mi
alma a potencias desconocidas.

Tres veces quise volver sobre mis pasos para recoger la carta, pero
cuando ya estuve decidida a hacerlo, el postilln estaba lejos.

A mi vez, cuando ascend la colina que conduce a la casa, me ocult
entre las malezas y llor amargamente.

A partir de ese momento, fui presa de una agitacin como nunca la he
sentido en mi vida. Me pareca que una fiebre abrasadora me consuma;
durante la noche, iba y vena en mi cuarto sin poder encontrar descanso;
de da, estaba continuamente en acecho y cada vez que oa el ruido de un
carruaje, toda mi sangre se retiraba de mi corazn.

A mis padres les contestaba disparatadamente y las criadas, en la
cocina, comenzaban a sacudir la cabeza con expresin inquieta.

Una joven que espera a su prometido no habra estado ms loca.

Esa fiebre dur cuatro das, y fue una felicidad que los mos estuvieran
absortos en sus propios pensamientos, sin lo cual mis modales no habran
dejado de despertar sospechas.




X


Esta vez no fui yo quien recibi a Roberto. Cuando reconoc su silueta
en el carruaje tirado por cuatro caballos que, cubierto de lodo, pasaba
con estrpito la puerta del patio, hu al granero y me escond en el
rincn ms apartado.

Tena la cara encendida, temblaba de pies a cabeza y nubes rojas
bailaban por delante de mis ojos.

O que, abajo, las puertas se abran y se cerraban, o pasos que suban
y bajaban precipitadamente la escalera, o las voces de las criadas que
gritaban mi nombre; no me mov.

Y cuando todo volvi a quedar en silencio, baj sin hacer ruido por las
escaleras de atrs, que eran bastante obscuras, y fui a sentarme en el
lugar ms desierto del parque. Mi alma era presa de un extrao
sentimiento de amargura y de vergenza. Me pareca que deba levantarme
y huir para no volver a encontrar la mirada de esos ojos que haba
esperado, sin embargo, con tan loca impaciencia.

Luego me represent lo que poda ocurrir en ese momento en la casa.

Pap se haba encontrado sin duda algo desconcertado al ver a Roberto,
pues, seguramente, tena todava sobre s el peso de la prfida carta de
la ta; haba hecho un ademn de negativa al orle formular su peticin;
pero, en el mismo instante, Marta se haba presentado. Cun pronto
haba vuelto a encontrar sus fuerzas, la pobre enferma, que, pocos
minutos antes, yaca agotada en el sof; cun pronto haba olvidado las
penas, los dolores que sufri durante aos! Y ahora, estn en brazos uno
de otro y no tienen siquiera un pensamiento para m.

Entonces, de improviso, se despert en m un orgullo fiero. Por qu te
escondes?--gritaba una voz en el fondo de m misma.--No has hecho tu
deber? Todo esto no es obra tuya?

Con un movimiento brusco me par, ech hacia atrs mis cabellos en
desorden y, con paso firme, apretando los dientes, me dirig a la casa.

Al acercarme no o ningn grito de alegra. Todo estaba silencioso, todo
estaba como muerto...

En el comedor encontr a mam sola. Tena las manos juntas y exhalaba
profundos suspiros, mientras gruesas lgrimas rodaban hasta su blanca
papada.

--Es el efecto de la emocin--pens al sentarme frente a ella.

--Dnde estabas, Olga?--dijo, enjugndose esta vez tranquilamente los
ojos.--Es necesario que hagas matar algunos pollos para la comida y que
pongas a refrescar el moselle. El primo Roberto ha llegado.

--Ah!--dije con mucha calma.--Dnde est?

--En el gabinete de tu padre conversando con l.

--Y dnde est Marta?--pregunt con una sonrisa.

Ella me dirigi una mirada de censura como para reprocharme mi demasiada
sagacidad; despus dijo:

--Est con ellos.

--Entonces puedo ir a felicitarlos ahora mismo--dije.

--Tontuela--dijo ella.

Pero antes de que pudiera poner mi proyecto en ejecucin, vi que la
puerta del cuarto contiguo se abra, y por ella salir lentamente, como
si saliera de un atad, a Roberto, al primo Roberto, con el rostro
terroso, la frente cubierta por gruesas gotas de sudor. Yo tambin sent
al verlo que la sangre se retiraba de mi cara. Un siniestro
presentimiento me asalt.

--Dnde est Marta?--exclam adelantndome hacia l.

--No lo s.

Se hubiera dicho que cada una de las palabras que pronunciaba iban a
ahogarlo. Ni siquiera me dio la mano.

Pap sali detrs de l. Mam se haba levantado y los tres se quedaron
all parados, estrechndose las manos como en un entierro.

--Dnde est Marta?--grit otra vez.

--Ve a ver lo que hace--dijo pap;--sin duda te ha de necesitar.

Sal de un brinco y a saltos sub la escalera que conduca a su
habitacin. Esta estaba cerrada.

--Marta, abre! Soy yo.

Nadie se movi. Rogu, supliqu, promet repararlo todo, le prodigu mil
nombres cariosos: todo fue intil. Nada se oa, a no ser de vez en
cuando un hlito, parecido a la respiracin silbante que se escapa de
una garganta medio sofocada. Entonces me encoleric al verme rechazada
de todas partes.

--Sin duda ser bastante buena para preparar esta fnebre comida--dije
soltando una carcajada.

Y fui en busca de las criadas, hice matar seis tiernos pollos y me qued
mirando tranquilamente a esas pobres aves, mientras la sangre brotaba de
sus pescuezos abiertos.

Daba lstima ver cmo uno de ellos, un gallito, bata las alas mientras
la angustia de la muerte le arrancaba gritos y trataba de herir con sus
espolones los dedos de la criada.

Hasta este pobre animalito, dbil como es, se defiende cuando quieren
degollarlo--pens,--mientras mi seorita hermana besa humildemente la
mano que la amenaza con el cuchillo.

La muerte de esos inocentes animales fue casi un alegre espectculo
comparado con la comida en que fueron servidos. La ltima comida de un
condenado no habra sido ms lgubre. Cada cinco minutos alguien tomaba
bruscamente la palabra y hablaba como quien cumple una faena
obligatoria. Los dems asentan con la cabeza misteriosamente, pero bien
vea yo que los que escuchaban no saban lo que oan, lo mismo que el
que hablaba no saba lo que deca.

Marta no se haba presentado.

En el momento de separarnos para retirarnos cada uno a nuestro cuarto,
Roberto me tom las dos manos y me llev a un rincn.

--Te agradezco, Olga--dijo, y sus labios temblaban,--te agradezco tu
exactitud y tu cario. Ahora se acab nuestra correspondencia...

--Por amor de Dios, Roberto!--balbuc.--Qu ha pasado?

l se encogi de hombros.

--Quiz la he hecho esperar demasiado. Ha concluido por cansarse de m.

--Eso no es verdad! eso no es verdad!

Pero pap estaba detrs de nosotros e informaba a Roberto que, segn su
deseo, el carruaje estara listo al da siguiente al amanecer.

--Entonces no te volver a ver--exclam espantada.

l sacudi la cabeza.

--Despidmonos desde ahora--dijo estrechndome la mano.

Una voz me gritaba que no poda, marcharse as, que yo deba hablarle a
toda costa. Pero ahogu valerosamente las palabras que me opriman la
garganta.

Entonces nos dimos un ltimo apretn de manos y nos separamos.

Todava tena yo que hacer en la casa, y, mientras sacaba el caf de la
despensa y pesaba la harina y el tocino para la sopa de la maana, oa
siempre la misma voz que me gritaba en el odo:

--Es necesario que le hables.

Despus, cuando me dirig a mi cuarto con mi luz en la mano, di una
vuelta para pasar por delante de su puerta, con la esperanza de
encontrarlo en el corredor, pero todo estaba desierto y la puerta
cerrada con llave. Slo el ruido de sus pasos que sacudan la casa,
resonaba en el interior.

En el cuarto de Marta reinaba un silencio de muerte. Apliqu el odo al
agujero de la cerradura: nada se oa. Se habra podido creer que haba
muerto o bien que se haba fugado.

Una inquietud me asalt, me puse de rodillas delante del ojo de la
llave, y rogu, supliqu, hasta amenac con llamar a nuestros padres si
ella persista en no dar signos de vida.

Entonces se decidi a contestarme. O una voz: Apidate de m,
querida, apidate de m slo por hoy! Y esa voz estaba tan cambiada,
que no la reconoca.

Me alej, pero senta crecer en m el temor de que Roberto se fuera
desengaado, con el rencor en el corazn, sin una palabra de
explicacin, sin haber sospechado siquiera todo el alcance del amor de
Marta.

El fuego de la fiebre me subi a la cabeza y cada pulsacin de mis
arterias me gritaba: Es necesario que le hables! Es necesario que le
hables!

Me desvest a medias y me recost en el sof. El reloj toc las once;
toc las once y media. Todava se oa resonar en la casa el ruido de sus
pasos, pero mientras ms tarde se haca, menos posible me era poner en
ejecucin mi proyecto.

Si una criada me sorprendiera, si me viera penetrar en la habitacin de
un husped! Al pensarlo, la sangre se paraliz en mis venas.

El reloj toc las doce. Abr la ventana y mir a lo lejos frente a m.
Todo pareca dormir; hasta en el cuarto de Roberto, lo mismo que en el
de Marta, ninguna luz brillaba. Ambos sepultaban su dolor y su pena en
el seno de la obscuridad.

El viento de la noche, que golpeaba las hojas de la ventana, me
murmuraba: Es necesario! es necesario! Al mismo tiempo una voz
ligera, suave y acariciadora como una meloda, me deca: Lo vers otra
vez, sentirs su mano en la tuya, oirs el sonido de su voz, quiz oirs
hasta su risa; no es la felicidad lo que vas a llevarle, la felicidad
de su vida?

De repente tom una resolucin, cerr bruscamente la ventana, me puse
precipitadamente una bata, y con mis zapatos en la mano me aventur en
el obscuro corredor.

Oh! Cmo me lata el corazn, cmo me arda la sangre en las sienes!
Me tambaleaba, tuve que apoyarme en la pared.

Por fin llegu a su puerta. Los pasos continuaban haciendo temblar el
piso, pero el ruido sordo haba desaparecido. Seguramente se haba
quitado las botas.

--No hay que tocar--pens de pronto,--Marta oira.

As el botn. Me estremec.

Cmo abr la puerta? No lo s. Me pareci que otro lo haba hecho por
m.

O alzarse delante de m su alta y vigorosa silueta.

Un leve grito se escap de sus labios; de un salto estuvo a mi lado.
Luego sent mis manos entrelazadas, y sobre mi frente el hlito de una
respiracin ardiente.

En el primer momento, la loca idea de que Marta se haba acordado
bruscamente de su antiguo amor, le pas quiz por el cerebro; pero un
minuto despus, me haba reconocido.

--Por amor de Dios, criatura!--exclam.--Qu ocurre? Qu es lo que te
trae? Nadie te ha visto? Di, nadie te ha visto?

Sacud la cabeza. Te considera todava muy tonta, pens, volviendo a
recobrar el aliento, pues senta desaparecer de mi alma los terrores que
me haba causado mi peligrosa empresa.

Se apart de m para encender la luz. Yo busqu con la mano el sof y me
dej caer en una de sus esquinas.

Las velas esparcieron un vivo fulgor que me deslumbr. Me volv hacia la
pared y ocult mi cara.

Un sentimiento de debilidad, un ardiente deseo de estrecharme contra l,
se haba apoderado de m. Me senta tan feliz de estar a su lado que me
olvidaba de todo lo dems.

--Olga, mi querida, mi buena Olguita--dijo,--habla, qu quieres de m?

Alc los ojos hacia l. Vi su rostro tostado y serio, en el que los
sufrimientos de ese da haban labrado arrugas profundas y me qued
sumida en una muda contemplacin.

--Qu quieres? Me traes noticias de Marta?

--S, eso es, Marta!

Me levant vivamente. Basta de debilidades! Haba recuperado esa fuerza
indomable que era mi orgullo.

--Escucha, Roberto--dije,--no te marchars maana por la maana.

--Por qu?--dijo, apretando los dientes.

--No quiero!

--Tu voluntad es muy respetable, querida nia--respondi l con risa
mordaz,--pero no cambiar en nada mi resolucin.

--Entonces quieres perder a Marta para siempre?

En ese instante me sent otra vez tan fuerte y tan feliz en mi papel de
protectora que, para unirlos, habra aceptado la lucha con el mundo
entero.

Qu loca y cun poco perspicaz era!

--Acaso no est ya definitivamente perdida para m?--replic l, con la
mirada fija hacia adelante.

--Qu te dijo hoy?

--Para qu repetirlo? Sus palabras eran sabias, sensatas; tan sabias,
tan sensatas, que no poda ser sino el lenguaje de una persona que ya
no ama.

--Y lo crees realmente?--pregunt.

--No estoy obligado a creerlo? Y luego, en fin, qu importa! Aun
suponiendo que ella me hubiera guardado un resto de cario, ha hecho
bien en aprovechar la ocasin para deshacerse de l completamente. Ms
vale as, para ella como para m. Nada tengo que ofrecerle, ni
felicidad, ni alegra, ni siquiera la sombra de un placer, nada ms que
trabajo, penas y miseria, de un extremo del ao al otro. Y por sobre
todo esto, una suegra que le es hostil y le hara sentir duramente que
se haba presentado con las manos vacas.

Sent que una oleada de sangre me suba a la cara. Me ruborizaba, no por
Marta ni por m, pues yo era tan pobre como ella; me ruborizaba por l
al orle hablar as de su propia madre.

--Y ahora, confisalo t misma, nia--continu,--no te parece que hace
bien, ante esta perspectiva, en quedarse a cubierto en el fondo de su
nido calentito y en dejarme partir, puesto que no puedo traerle ms que
la desgracia?

Se pasaba la mano por los cabellos yendo de un lado para otro en el
cuarto como un animal perseguido.

--Roberto--dije,--te engaas a ti mismo.

l se detuvo, y me mir de frente soltando una carcajada:

--Qu quieres, por fin? Debo exigir antes de marcharme que se me
confirme esa negativa por escrito?

--Roberto--continu sin dejarme desconcertar,--con toda sinceridad,
amas a Marta?

--No seas nia--respondi l.--Si no la amara, estara aqu en este
momento?

Estaba delante de m y abra sus brazos de gigante. Me pareca que al
cerrarse iban a aplastarme--sent un deslumbramiento--me arrincon ms
profundamente en el sof.

Entonces me vinieron a la memoria los pensamientos que acariciaba desde
haca varios aos: me represent cmo lo habra amado si yo hubiera sido
Marta y cmo habra querido que l me correspondiera.

--Mira, Roberto--dije,--en resumidas cuentas, no soy ms que una
tontuela; pero s muy bien lo que es el amor, y no son slo los poetas
los que me lo han enseado. Hace tiempo que lo siento en el fondo de mi
corazn.

--Amas a alguien?--me pregunt.

Yo me ruboric y sacud la cabeza.

--Cmo puedes entonces sentirlo en el fondo de tu corazn?

--Sin duda eso me ha cado del Cielo--respond bajando los ojos hacia el
suelo.--Pero, en todo caso, amara de diferente manera que vosotros. No
me sumira en el desaliento, no huira vergonzosamente como lo haces t,
diciendo: Ms vale as! Pondra para vencerla, todo el ardor de mi
alma, para conquistarla, toda la fuerza de mis brazos. La atraera hacia
mi pecho y me la llevara, poco importa adnde! en la noche, al fondo
del desierto, si el sol se negaba a alumbrarnos, si ninguna casa quera
darnos el abrigo de techo. Preferira morir de hambre con ella a la
orilla del camino, a implorar al mundo que quiere separarme de ella. Eso
es lo que hara, Roberto, si me hallara en tu lugar, y, si estuviera en
el lugar de Marta, me echara a tu cuello rindome y te dira: Ven,
mendigar para ti si no tienes pan, te dar mi seno para reposar tu
cabeza si no tienes cama, y baar tus heridas con mis lgrimas, sufrir
mil muertes por ti, dando gracias a Dios, al Seor, de poder hacerlo.
Ves, Roberto? as es cmo me represento el amor y no como no s qu
sentimiento mezclado, en el que entra el temor de una suegra y el horror
de los intereses atrasados!

Haba hablado con pasin. Senta fuego en mis mejillas y de repente me
avergonc al pensar que haba descubierto as delante de l el fondo de
mi corazn. Me ocult la cara entre las manos, luchando contra las
lgrimas.

Cuando me atrev a levantar la cabeza, l estaba delante de m,
mirndome fijamente, con ojos chispeantes.

--Criatura--dijo,--de dnde te vienen esas ideas?--Me pareca or el
cntico de los cnticos.

Apret los dientes y guard silencio. Saba yo misma de dnde me
venan?

Pero l se sent junto a m y me tom las manos.

--Olga--continu,--lo que acabas de decir no era precisamente muy
prctico, pero era hermoso, era sincero, y me ha conmovido hasta el
hondo del alma. Me pareca or una voz de otro mundo y casi tengo
vergenza de haber sido dbil y cobarde. Pero, aun cuando levantara la
cabeza, aun cuando pensara como t, de qu me servira puesto que ya
ella no me ama?

--Ella, no amarte!--exclam. Si la abandonas, Roberto, se morir!

--Olga!

Vi que la alegra iluminaba su rostro y yo tuve en ese momento como la
sensacin de una mano extraa que me oprima el pecho; pero no me
desconcert, y recurriendo a todo mi orgullo, continu:

--Roberto, s que me despreciars cuando sepas lo que voy a decirte;
pero es necesario que te lo diga, para que te convenzas de que no debes
partir. No he sido franca contigo, Roberto; he burlado tu confianza.

Y con la respiracin jadeante, arrancando penosamente las palabras de mi
garganta, le cont lo que haba hecho con sus cartas.

Estaba lejos de haber concluido, cuando de pronto me tom en sus brazos
y me atrajo hacia l.

--Olga, es verdad?--exclam fuera de s en su gozo.--Puedes jurarme
que es la verdad?

Hice un signo afirmativo, pues el miedo, que haca pasar por todo mi
cuerpo un calofro delicioso, me haba quitado el uso de la palabra.

--Que Dios te lo pague, buena e inteligente nia!--exclam
estrechndome contra su pecho.

Y mi respiracin se cort en una deliciosa angustia. Dej caer mi cabeza
sobre su hombro y cerr los ojos. Entonces me estremec al sentir que
su boca se posaba en mis labios. Me pareci que una llama me haba
quemado. Y me bes otra vez, otra y otra: el gozo y el agradecimiento le
haban hecho perder la razn.

Pero yo pensaba: Ojal nunca concluya este instante! Y los calofros
me sacudan sin interrupcin mientras mi cuerpo yaca inerte y sin
fuerzas entre sus brazos. Una sola vez me pas por la cabeza este
pensamiento: Puedo devolverle sus besos? Pero no me atrev.

Cunto tiempo me tuvo as? No lo s: de repente sent que mi cabeza
chocaba rudamente con el borde del sof. El dolor me hizo salir como de
las profundidades de un sueo.

Me qued all sin movimiento, tratando de recobrar aliento.

Roberto lo not y exclam muy asustado:

--Ests muy plida, nia, te has hecho dao?

Dije que s por seas, y agregu que aquello no era nada, que pronto
pasara. Pero bien saba que no haba de pasar, que esa impresin se
grabara en mis sentidos y en mi corazn con letras de fuego, que la
llama de ese instante retemplara mi corazn durante ms de una larga y
fra noche de invierno, esa llama que no era sin embargo sino el reflejo
de su amor por otra. Saba todo eso y me pareca que me iba a ahogar
bajo el peso de ese pensamiento. Pero pronto me repuse, pues haba
aprendido a dominar mis nervios.

--Roberto--dije,--voy a darte un consejo, y despus dejars que me
vaya, porque estoy algo cansada.

--Habla, habla--exclam,--har ciegamente lo que quieras!

Y cuando lo mir, no pude impedir exhalar un profundo suspiro de dolor y
de jbilo, pues pensaba: Te ha tenido en sus brazos!

Habra querido dejarme caer nuevamente con los ojos cerrados en la
esquina del sof y fingir todava un poco el desvanecimiento, pero me
levant vivamente y dije:

--Creo que Marta no cerrar los ojos esta noche; esperar el momento en
que salgas de la casa. Querr verte partir; como su habitacin da al
jardn, vendr a la tuya o a la que est al lado. Cuando ests al pie de
la escalera, espera un poco y luego haz como si hubieras olvidado algo,
y entonces... entonces...

No pude decir ms, pues oa resonar en m con demasiada violencia, ya
como un sollozo, ya como un grito de alegra, estas palabras: Te ha
tenido en sus brazos!

Tuve miedo de no poder dominar mi emocin por ms tiempo y quise huir
precipitadamente, sin una palabra de despedida.

Cuando abr la puerta, vi delante de m a Marta.

All estaba ella, descalza, a medio vestir, plida como una muerta y
temblorosa. No pudo hacer un movimiento; sin duda le faltaron las
fuerzas.

Y en el mismo instante o detrs de m un grito de gozo; vi que Roberto
se lanzaba, pasaba a mi lado y reciba en sus brazos a la desdichada
que se tambaleaba.

--A Dios gracias, ahora eres ma!

Estas fueron las ltimas palabras que o; hu a mi cuarto como si las
furias me hubieran perseguido, me encerr y derram lgrimas, lgrimas
amargas.




XI


Salvar rpidamente los aos que siguieron con sus desgracias
fulminantes y su largo cortejo de sufrimientos. Ellos me dieron la
madurez y me hicieron mujer.

Ocho meses despus de aquella noche, trajeron a pap a la casa en un
adral; se haba cado del caballo y sufra de graves lesiones internas.

A los tres das muri. En medio de las calamidades que cayeron entonces
sobre la casa, fui la nica que conserv toda su sangre fra. Marta,
aniquilada, se abism en su dolor y mam--la pobre y querida
mam!--haba permanecido durante tantos aos sentada cmodamente y en
paz al lado de la estufa tejiendo medias y mascando frutas azucaradas,
que no quera ni poda concebir que aquella existencia cambiara. No dijo
una palabra, apenas derram una lgrima, pero el mal que la roa
interiormente, hizo rpidos progresos y, aun cuando hubiera salvado de
la fiebre tifoidea que la acometi cuatro semanas ms tarde, el pesar se
la habra llevado seguramente.

Ambos reposaban entonces en el cementerio, Marta y yo, hurfanas,
abandonadas, nos quedamos en la granja desierta, esperando el momento en
que se nos expulsara. Por mi parte saba el camino que tena que
seguir, saba que el porvenir no me ofreca otra perspectiva que la de
ganar duramente mi pan al servicio de otros. No vacilaba y no discuta
con mi destino: tena suficiente energa, suficiente orgullo para vivir
sola aun en el extranjero. Pero temblaba por Marta, que, menos que
nunca, poda vivir sin consuelo ni afecto.

El da de su casamiento pareca todava muy lejano. Roberto no poda
hacerla esperar mucho ms sin exponerse a verla extinguirse un da
agotada por la pena, como una lmpara que ya no tiene aceite.

No me equivocaba en mis clculos. l no haba podido asistir a los
entierros, sin embargo, cada vez haba mandado una palabra de consuelo a
Marta para ayudarla a pasar las horas ms penosas. De vez en cuando
caan de sus cartas algunas migajas para m, de las cuales me apoderaba
con avidez, como quien se siente morir de hambre.

Un da, l mismo se present.

--Esta vez vengo a buscarte!--le grit a Marta.

Ella se dej caer sobre el pecho de Roberto y llor. Cun feliz era!
Pero yo me retir al emparrado ms sombreado del jardn y, abandonndome
a mis reflexiones, me pregunt si mi corazn no tendra tambin algn
da un hogar en que pudiera refugiarse tanto en las horas felices como
en las horas de angustia. Bien senta que esos eran vanos sueos, pues
el nico lugar en el mundo... en fin, sent nacer en m un orgullo y una
amargura tales, que todo mi ser se llen de hiel, y me desprend con
sombra aspereza de los brazos de los mos para encerrarme sola en mi
dolor.

Queran llevarme con ellos, hacerme compartir lo poco de felicidad que
les quedaba todava: me creara un interior en la casa de mi cuado;
pero rechac su ofrecimiento con fiera obstinacin.

Ambos trataron en vano de resolver el enigma de mi conducta, y Marta,
que se desesperaba al pensar que no me tocara la menor partcula de su
dicha, vena a menudo por la noche junto a mi cama y lloraba sobre mi
hombro. Entonces me ruborizaba de mi obstinacin, le diriga mil
palabras afectuosas como a una criatura, y no la dejaba irse sino cuando
haba visto brillar por entre sus lgrimas una sonrisa de esperanza.

Durante ocho das, Roberto trabaj sin descanso en poner orden en
nuestros negocios y en buscar un comprador. No nos qued sino muy poca
cosa; pero tampoco necesitbamos nada.

En seguida, se realiz sin ruido la ceremonia del casamiento. El viejo
mayordomo principal y yo fuimos los testigos, y a guisa de comida de
bodas hicimos una visita al cementerio, para despedirnos de las tumbas
recientemente cerradas, cuya arena amarilla comenzaba a desaparecer
bajo dbiles tallos de yedra.

Durante las ltimas semanas, haba buscado en secreto una situacin que
me conviniera. Se me haban hecho diversos ofrecimientos; no tena ms
que elegir. Cuando Roberto vino a buscarme y, con una arruga de
inquietud en la frente, me hizo esta pregunta: Qu vas a hacer ahora,
Olguita? le expuse con una sonrisa tranquila mis proyectos para el
porvenir. Sobrecogido de admiracin junt las manos y exclam:

--Verdaderamente, te envidio! Hars camino, t!

Y la misma Marta me envidiaba, bien lo vea en los ojos tristes que
fijaba en l y en m; habra deseado, para sacrificarlas a Roberto, toda
la fuerza, toda la energa que me daba la juventud. La bes, trat de
alentarla, y en la mirada suplicante que dirigi a su marido, le este
pensamiento: Te doy todo lo que soy; perdona que sea tan poca cosa.

Al da siguiente por la maana nos separamos; la joven pareja se dirigi
a su nuevo domicilio y yo part para el extranjero.




XII


No hablar de los tres aos que pas en tierras extraas. Todas las
vejaciones, todas las humillaciones que sufr durante ese tiempo, se han
grabado en mi alma con caracteres indelebles; han endurecido
completamente mi corazn y me han inspirado la indiferencia y la
desconfianza para con todas las criaturas humanas. He aprendido a
despreciar su odio y ms aun su amor; he aprendido a sonrer, cuando el
dolor me desgarraba el corazn con sus garras de acero; he aprendido a
llevar la frente alta, cuando habra querido, de vergenza, ocultarla en
el polvo.

Los largos das vacos, lejos de todo afecto, que pesan como plomo sobre
los hombros, la carga aplastadora de las tinieblas durante las noches
sin sueo, las adulaciones dictadas por la codicia, que suenan a falso y
dan nuseas, los celos de rivales cuyo mutismo obstinado irrita: todo
eso he conocido.

En verdad, era duro el pan que com en el extranjero, y cuntas veces
lo moj con mis lgrimas!

El nico consuelo, la nica alegra que me quedaban, eran las cartas de
Marta. Me escriba con frecuencia, en ciertas pocas hasta todos los
das, y las ms de las veces encontraba en ellas un post-scrptum de la
letra desigual y atormentada de Roberto. Oh, cmo me echaba sobre
ellos, cmo devoraba su menor palabra!

Gracias a esas cartas, viva con ellos, por decirlo as.

Su vida no era alegre--Dios sabe que no--pero en fin era la vida! A
menudo la desgracia caa sobre ellos; entonces ambos, Roberto con toda
su fuerza, Marta en su debilidad, parecan dos nios sin apoyo,
abandonados, y yo tena que intervenir para ayudarlos con mis consejos y
darles valor.

Al fin estuve a tal punto familiarizada con su crculo, que habra
podido reconocer por su aspecto y por su voz a cada uno de sus criados,
de sus amigos, de sus conocidos. Senta por la ta Hellinger el odio ms
vehemente, por el viejo mdico el afecto ms profundo; en cuanto a la
multitud indiferente de los burgueses, de miradas indiscretas y
prfidas, que computaban tan exactamente y calculaban con sus dedos la
ruina de Roberto, les reservaba mi desprecio ms glacial.

--Oh! Si yo estuviera en su lugar--me deca con frecuencia rechinando
los dientes, cuando Marta se lamentaba y me pintaba todo lo que tena
que sufrir en sus relaciones,--cmo les mostrara la puerta a esos
_lonjistas_ fros y altaneros; cmo los hara arrastrarse a mis pies, en
el polvo, domados con el ltigo de mis sarcasmos y de mi desdn!

Pero tambin tomaba parte en sus pequeos goces. La vea reinar como ama
en la granja, vea en su derredor a la pequea tropa de servidores a
quienes animaba la mejor voluntad, y habra querido mostrarme ms
bondadosa, ms caritativa aun que ella lo era, ella que ocultaba una
alma de ngel bajo una apariencia humana.

La vea sentada al sol en el balcn, inclinada sobre su costura; la vea
gozar del descanso de medioda bajo los frondosos tilos del jardn; la
vea, mientras la voz de su marido retumbaba en el patio y junto a ella
la cafetera cantaba su dulce cancin; la vea, esperando que l entrase,
seguir con mirada soadora los copos de nieve que revoloteaban en el
aire.

Viva as con ellos, mientras mis das se sucedan vacos y sin gozo,
como los anillos de una cadena sin fin.

En el curso del tercer ao, Marta me confi que el deseo ms ardiente de
Roberto iba a realizarse, que la plegaria que tan a menudo ella haba
rezado en el silencio de la noche, haba sido oda: se senta madre.
Pero al mismo tiempo creca en ella el temor de que su frgil y dbil
cuerpo no pudiera soportar la grave prueba que la esperaba. Yo comparta
su esperanza y sus temores; quiz estaba an ms inquieta que ella, pues
la soledad y la distancia abultaban y desfiguraban las escenas que
creaba mi imaginacin.

Ms de una vez por la noche me despert con la cara baada en lgrimas,
pues la haba visto ya muerta en sueos. Un recuerdo de los primeros
aos de mi juventud me volva a la memoria: la haba encontrado un da
tendida en el sof, rgida, plida, semejante a un cadver, y no poda
apartar esa imagen de mi pensamiento. Mientras ms se acercaba el
momento crtico, ms me consuma la inquietud. Mi salud comenzaba a
resentirse de las extravagancias de mi cerebro, y las personas extraas
entre las cuales viva--no pronunciar su nombre, no merece figurar en
estas pginas--no existieron ya para m sino como fantasmas.

Las ltimas cartas de Marta revelaban orgullo, respiraban jbilo y
esperanza. Sus temores parecan haberse disipado, nadaba ya en las
delicias que le prometa la maternidad.

Despus siguieron tres das en que estuve sin noticias, tres das de
tortura y de fiebre; al fin lleg el telegrama de mi cuado:

Marta dio luz varn con felicidad. Te reclama, ven pronto.

Con el telegrama en la mano corr en busca de mi patrona y le ped
permiso para ausentarme por el tiempo necesario. Ella me lo neg.
Inmediatamente, encolerizada, le arroj mi dimisin a la cabeza y exig
en el acto mi libertad. Buscaron excusas: mi presencia era indispensable
en ese momento, deba por lo menos rendir cuentas y entregar, segn las
reglas, la direccin de la casa a la persona que me reemplazara; en
resumen, me retuvieron dos das enteros bajo los pretextos ms ftiles;
se habra dicho que queran hacer sentir una vez ms a la sirvienta que
se haba mostrado tan altiva, toda la ignominia de su humilde situacin.

En seguida vino una noche en ferrocarril, una noche de pesado
embotamiento, en el ruido ensordecedor del vagn; una maana pasada
tiritando entre bales y cajas de sombreros, en una sala de espera
desierta, cuyo olor a cerveza me daba nuseas. Despus seis horas ms,
oprimida entre un comerciante viajero y un judo polaco, en los
calientes cojines de una diligencia, y al fin surgieron ante mis ojos,
en los fuegos de una tarde de otoo, las torres de la pequea poblacin
en que los seres que me eran ms caros, los nicos a quienes quera en
este mundo, haban edificado su nido.




XIII


Poco faltaba para la puesta de sol cuando baj de la diligencia; entre
las ruedas, las hojas muertas revoloteaban en pequeas trombas.

Mi corazn lata con violencia. Mir en torno mo. Crea ver adelantarse
a mi encuentro la gigantesca silueta de Roberto, pero no haba all ms
que algunos papanatas que me miraron con los ojos muy abiertos,
extraados de esa aparicin desconocida. Pregunt el camino al conductor
y, contando para lo dems con las descripciones de Marta, me puse sola
en marcha.

En las puertas bajas de las tiendas haba grupos de personas que
conversaban. Por delante de m, algunos paseantes avanzaban
tranquilamente, a pasos lentos. Al acercarme se detuvieron, me miraron
de pies a cabeza como a un animal curioso y, tan pronto como les di la
espalda, o detrs de m cuchicheos y risas ahogadas. Me invadi un
calofro al observar esa curiosidad malevolente de aldea.

Me sent aliviada cuando vi alzarse frente a m las torres de la
puerta. Conoca muy bien esa puerta: Marta en sus cartas la llamaba la
_puerta del infierno_, porque tena que pasar por ella cuando iba a la
ciudad, llamada por su suegra.

Al penetrar bajo la obscura bveda, vi de improviso el castillo, en
medio del arco de la puerta que le formaba como una especie de marco
negro.

Estaba apenas a una distancia de mil pasos. Las blancas paredes de la
casa, que los rayos del sol poniente baaban con un matiz purpreo,
surgan de entre un grupo de rboles de onduloso follaje. Los techos
cubiertos de zinc relumbraban; se habra dicho que de ellos caa una
cascada de agua hirviente. Las ventanas parecan lanzar llamaradas, y
por encima de la techumbre se amontonaba una espesa nube, semejante a un
palio formado por un torbellino de humo negro.

Me oprim el corazn con las manos; cre que sus latidos iban a romperme
el pecho, tan violenta era la impresin que experimentaba ante ese
espectculo. Durante un segundo tuve el sentimiento extrao de que deba
retroceder, huir a toda prisa, sin tregua ni reposo hasta que me
sintiera protegida por la distancia.

Toda mi inquietud acerca de Marta desapareca ante esa angustia
misteriosa que me oprima la garganta hasta ahogarme. Me trat de
cobarde y de insensata, y, reuniendo todas mis fuerzas, entr en el
camino, donde el paso de los coches haba dejado pequeos charcos, ya
medio secos, que lucan como espejos. El viento que pasaba por las cimas
de los lamos, haca or un sordo murmurio que me acompa hasta la
puerta de la granja. En el mismo instante en que la pasaba, el ltimo
rayo de sol desapareci detrs de las paredes de la casa y la sombra de
los grandes tilos, que del parque se inclinaban sobre el camino, me
envolvi tan bruscamente, que cre que haba llegado la noche.

Viejas paredes en ruinas, cubiertas de celedonia medio marchita, salan
a derecha e izquierda de una confusin de escaramujos y de espinos: eran
los restos del antiguo castillo, sobre cuyos escombros se haba
instalado la granja. De todo aquello se exhalaba como un soplo de muerte
y de putrefaccin.

Dirig una mirada medrosa al vasto patio que el crepsculo comenzaba a
envolver con un velo azulado. Al menor ruido me estremeca, me figuraba
or que la voz poderosa de Roberto me deseaba la bienvenida. El patio
estaba desierto, era la hora del descanso y en l reinaba un silencio
profundo. Slo oa, por el lado de las caballerizas, el crujido
particular que se hace al aguzar una guadaa. Un olor de heno recin
cortado llenaba el aire con ese perfume a la vez dulce y acre que le es
peculiar.

Tmida y miedosa, como una intrusa, me deslic lentamente a lo largo de
la empalizada del jardn hasta la casa, que con sus montantes de
granito, sus torrecillas y sus piones que el tiempo haba cubierto de
un matiz gris, pareca lanzar sobre m una mirada sombra y
amenazadora. De trecho en trecho la capa de yeso haba cado y dejaba
aparecer las piedras negruzcas de las paredes. Se habra credo que el
tiempo, como una larga enfermedad, haba cubierto de llagas ese cuerpo
respetable.

La puerta de entrada estaba abierta.

Penetr en un gran vestbulo obscuro, del que se desprenda un olor de
cal y de moho. Por unas lumbreras de vidrios multicolores y cubiertas de
telaraas, que, abiertas muy junto al cielo raso, parecan nidos
luminosos, entraba a la sala un dbil resplandor, apenas suficiente para
permitir que se distinguieran en la obscuridad los grandes armarios que
se alineaban a lo largo de las paredes. Una raya de luz ms clara caa
sobre una ancha escalera cuyas gradas gastadas descansaban en pilastras
de piedra. Altas puertas de roble, arqueadas, conducan a diferentes
habitaciones, pero no me atrev a acercarme a ninguna de ellas: se me
figuraban las puertas de una prisin. All estaba todava, con el
corazn oprimido, buscando un camino, cuando la puerta de entrada se
abri bruscamente y dos grandes molosos, manchados de amarillo, se
precipitaron hacia m.

Lanc un grito. Los monstruos me saltaron encima, olfatearon mis ropas y
volvieron a salir lanzando furiosos aullidos.

--Quin est ah?--grit una voz, cuyo timbre grave y poderoso haba
credo or a menudo, en mis desvelos como en mis sueos.

Una sombra apareci en el umbral: era l.

Nubes rojas flotaron delante de mis ojos. Me pareci que mis pies
haban echado races en el suelo. Respiraba con dificultad y me apoy en
el pilar de la escalera.

--Quin est ah? Qu diablos!--grit otra vez, tratando en vano de
ver en la obscuridad.

Toda mi arrogancia me volvi. Estaba tranquila y altiva cuando me haba
despedido de l algunos aos antes, quera ser la misma para
presentrmele entonces. Acaso necesitaba saber todo lo que yo haba
sufrido en el intervalo?

--Olga... en verdad... Olga, eres t.

El jbilo ahogado que revelaba su voz hizo pasar en mis venas una
sensacin de calor y de bienestar. Cre por un instante que iba a
echarme a su cuello y a llorar sobre su hombro para aliviar mi corazn,
pero guard mi reserva:

--No me esperabais?--pregunt, tendindole maquinalmente la mano.

--Pues s, naturalmente, desde hace dos das te esperbamos por
momentos; es decir que comenzbamos a creer...

Haba encerrado mi mano en las suyas y trataba de verme la cara. En su
actitud haba una mezcla particular de cordialidad y de embarazo:
pareca que trataba en vano de encontrar en m a su antigua amiga, su
antigua confidente.

--Cmo est Marta?--pregunt.

--Ya lo vers--respondi l;--yo en esto nada entiendo. Me parece tan
dbil, tan frgil! Me digo que ser un milagro si se salva. Pero el
mdico pretende que va bien, y lo que es l debe saberlo.

--Y el nio?--pregunt en seguida.

Ri con una ligera risa interior que lleg hasta m en el crepsculo.

--El nio, hum, el nio!...

Y en vez de concluir la frase, dio un puntapi a los molosos que de un
brinco abandonaron la casa.

--Ven--dijo en seguida,--voy a llevarte.

Subimos la escalera, en silencio, sin mirarnos.

Ahora eres una extraa para l!--me dije.

Y me sent sobrecogida de angustia, como si acabara de perder una
felicidad acariciada desde mucho tiempo.

--Espera un momento--dijo l indicando con el dedo una de las puertas
ms prximas,--voy a decirle una palabra para prepararla; de lo
contrario, podra hacerle dao la alegra.

Un instante despus, me encontr sola en un largo corredor obscuro, de
bveda elevada. Muy al fondo brillaban en llamaradas de un rojo sombro
los ltimos resplandores del da moribundo que arrojaba sobre las
pulidas baldosas un largo surco de luz. Sonidos vagos, que recordaban la
voz de un nio, heran mi odo cuando el viento se colaba bajo la
bveda.

Un leve grito de gozo lleg hasta m, a travs de la puerta, y me hizo
estremecer. Una oleada de sangre ardiente invadi mi corazn; cre que
iba a ahogarme. En seguida la puerta se abri y la mano de Roberto me
asi en la obscuridad: me dej llevar sin tener conciencia de lo que
haca, y no sal de mi estupor sino en el momento en que ca de
rodillas, sollozando, junto a la cama, y ocult la cara en las
almohadas, mientras una mano hmeda y caliente me acariciaba la cabeza.

Una sensacin que ya no conoca desde haca aos, una dulce sensacin de
calor, como la que se experimenta en el hogar paterno, penetraba y
embriagaba mis sentidos. No osaba alzar los ojos, de miedo de que se
disipara.

La mano reposaba siempre en mi cabeza como una bendicin del Cielo. Un
agradecimiento infinito inund mi corazn: me apoder de esa mano que
temblaba en la ma, y pos en ella larga y tiernamente mis labios.

Qu haces, hermanita, qu haces?--dijo Marta con su voz cansada,
ligeramente velada.

Me levant. La vi delante de m, plida, con las mejillas huecas, y los
ojos, donde brillaban lgrimas, profundamente hundidos en las rbitas.
Estaba blanca y delicada como un copo de nieve; azules e hinchadas venas
surcaban su enflaquecido cuello, y su frente, de una blancura tan
transparente que pareca que una luz lo iluminara interiormente, estaba
cubierta de gotas de sudor.

Haba envejecido y enflaquecido mucho desde que yo no la haba visto, y
las crisis por las cuales acababa de pasar, no parecan ser las nicas
en haber ejercido sobre ella su obra destructora; pero haba conservado
su sonrisa consoladora y bienhechora que serva de alivio a todos, aun
cuando ella misma estuviera en el ms completo abandono.

--Y ahora no te volvers a ir--dijo ella, alzando los ojos hacia m,
como si no pudiera saciarse de mirarme.--Te quedars con nosotros, para
siempre; promtemelo, promtemelo inmediatamente!

Guard silencio. La felicidad me rodeaba, abrasadora como el fuego del
cielo: era para m un sufrimiento, una tortura.

--Insiste t tambin, Roberto!--repuso ella.

Me estremec. Lo haba olvidado totalmente y ahora su presencia haca en
m el efecto de un reproche.

--Dame tiempo para reflexionar, espera hasta maana--dije enderezndome.

Senta en m el vago presentimiento de que mi residencia en esa casa no
sera de larga duracin: habra sido demasiada dicha para m, pobre
infeliz a quien un destino despiadado condenaba a vivir en casa ajena.

Le en el rostro de Marta el deseo de no lastimar mi susceptibilidad.

--Entonces hasta maana--dijo en voz baja apretndome los dedos,--y
maana vers la falta que nos haces, comprenders que sera necesario
que furamos locos, para dejarte partir nuevamente. No es verdad,
Roberto?

--Seguro, con toda seguridad!--dijo l soltando una carcajada que me
pareci singularmente forzada.

Era evidente que se senta mortificado en presencia de nosotras dos.
As, pues, no tard en tomar su gorra como para retirarse, sin decir una
palabra.

--Ensale nuestro hijo--murmur Marta, al mismo tiempo que una sonrisa
de indecible felicidad pasaba por su rostro enflaquecido.

--Ven--dijo Roberto;--el nio duerme en la habitacin contigua.

Me precedi, y escurri con gran trabajo su ancho y pesado cuerpo por la
puerta entreabierta.

La cuna se alzaba all en la luz rosada de la tarde. Entre los cojines
apareca una cabecita roja, apenas ms grande que una manzana. Sus
prpados arrugados estaban cerrados y tena en la boca uno de sus
puitos, con los dedos crispados como por una convulsin.

Mis miradas se apartaron del nio y a hurtadillas se fijaron en el
padre. Este haba juntado las manos y contemplaba con piadosa atencin a
esa pequea criatura humana. Una sonrisa indecisa, que expresaba tanto
el embarazo como el jbilo, vagaba por sus labios.

Slo en ese momento pude observarlo a mis anchas. El fulgor purpurino de
la tarde caa directamente sobre su rostro y haca resaltar claramente
los pliegues y las arrugas que se haban grabado en l durante esos tres
ltimos aos. Penas sombras parecan asediar su frente; sus ojos haban
perdido el brillo y sus labios estaban agitados por un movimiento
nervioso en que cre leer a la vez una melanclica sumisin y una
impotente rebelda.

Me sent presa de una compasin infinita; tena ganas de tomarle las
manos y decirle:

--Tn confianza en m, soy fuerte; djame participar de tu dolor.

Cuando alz los ojos, tuve miedo de que hubiera notado mi mirada; me
puse rpidamente de rodillas delante de la cuna y apoy mis labios en el
tierno rostro del nio que se estremeci a mi contacto, como si hubiera
experimentado un dolor.

Cuando me levant, vi que Roberto haba salido del cuarto.

Marta me esperaba con los ojos brillantes de impaciencia y de inquietud:
quera saber que yo admiraba a su hijo.

--No es verdad que es lindo?--balbuci, alzando hacia m sus dbiles
brazos.

Y cuando su corazn de madre estuvo saturado de orgullo, me hizo sentar
a su lado en las almohadas, apoy su cabeza en m y concluy casi por
ponerla sobre mis rodillas.

--Oh! Qu frescura!--murmur.

En seguida cerr los ojos, respirando tranquila y regularmente, como si
durmiera.

Enjugu con mi pauelo el sudor que cubra su frente.

Ella me agradeci por seas y dijo:--Estoy todava un poco dbil, me
parece que tuviera los miembros rotos; pero espero que maana podr
levantarme y atender a la casa.

--Gran Dios, qu ideas tienes!--exclam espantada.

Ella suspir.

--Es necesario, es necesario. No tengo derecho de reposar.

--Por qu no tienes derecho de reposar?

Marta no contest, poro de repente se puso a llorar amargamente.

La calm, bes sus mejillas y sus ojos preados de lgrimas, y le
supliqu que me abriera su corazn.

--No eres feliz? Roberto no es bueno contigo?

--Es bueno conmigo, como el buen Dios; sin embargo no soy feliz, soy muy
desdichada, hermanita, ms desdichada de lo que puedo decirte.

--Y por qu, Dios mo?

--Tengo miedo!

--De qu?

--De hacerlo desgraciado, de no ser la mujer que le convena.

Sent, de improviso, que un fro glacial me invada, como si, emanado de
su cuerpo, se trasladara al mo.

--Ves? T misma sientes que tengo razn!--murmur, alzando hacia m
sus grandes ojos inquietos.

--Ests loca--dije, esforzndome por rer.

Continuaba sintiendo en todo mi cuerpo ese helado calofro. Un vago
sentimiento me deca que Marta poda muy bien no equivocarse. Pero por
el momento se trataba de consolarla.

--Cmo puedes ser tan tonta para atormentarte as t misma? Acaso su
actitud no te dice noche y da que ests en un error?

--S lo que s--replic ella, suavemente, con esa resignacin altiva que
es el arma de los dbiles.--Y esto que te digo no data de hoy. Ese temor
tiene muchos aos: estaba ya en mi corazn aun antes de que furamos
novios, y yo saba bien lo que haca cuando me negaba entonces a ser su
mujer; era el amor, slo el amor lo que me guiaba!

--Marta! Marta!--exclam en tono de reproche.--Me parece que me has
ocultado muchas cosas.

--Todo te lo dije en aquella poca--respondi ella;--pero t no queras
creerme, queras por fuerza hacer mi felicidad; y ms tarde, por qu
habra hablado? En el papel las cosas toman otro significado que el que
se les ha querido dar; habras concluido por ver en mis palabras un
reproche a Roberto, quiz hasta a ti misma, y yo no poda dar lugar a
semejante equivocacin. Mi desgracia data del da en que llegamos aqu.
Cuando lo vi reir con su madre, o que una voz me gritaba: Tuya es la
culpa! Cuando de da en da lo vi ponerse ms sombro y ms triste, me
repeta nuevamente en el fondo del corazn: Tuya es la culpa! Durante
la noche me quedaba despierta a su lado, atormentada por este
pensamiento:

Por qu ests tan triste y tan melanclica, por qu no sabes sino
arrojarte en sus brazos llorando, y sufrir doblemente cuando lo ves
sufrir?

Por qu no has aprendido a echarte a su cuello cantando, desde que
vuelve a su casa y, con la sonrisa en los labios, a borrar con un beso
las arrugas de su frente? An ms, por qu te faltan el orgullo y la
fuerza? Por qu no puedes decirle: Refgiate a mi lado; si tu corazn
tiembla, en m encontrars nuevas fuerzas, velar sobre ti y sostendr
tus pasos. He ah lo que habras hecho t, hermana; no, no me
contradigas. Con frecuencia me he representado la actitud que habras
tenido t, con tu alta estatura; le habras abierto los brazos para que
pudiera refugiarse en ellos, como en un puerto donde las tempestades no
se atreven a penetrar... pero, mrame--y al decir esto diriga una
mirada de lstima a su cuerpo delicado y dbil, cuyos flacos contornos
se delineaban bajo la cobija.--Ese lenguaje no sera ridculo en mi
boca? Yo que casi me pierdo en sus brazos, que soy tan pequea, tan
frgil, no sirvo sino para que me protejan; proteger a los otros no es
cosa ma... Mira, he reflexionado en todo eso durante largas noches, en
las tinieblas, y el desaliento se ha apoderado cada vez ms de m. Por
la maana me esforzaba en rer, quera fingir la indiferencia y la
alegra de un pjaro, creyendo que ese era el papel que mejor me
convendra y ms le agradara; pero los cantos y la risa se ahogaban en
mi garganta, y l lo notaba muy bien, pues sonrea con expresin
compasiva, y yo senta redoblar mi vergenza.

Sin fuerzas, Marta se detuvo y ocult el rostro en mis faldas; luego
continu:

--Y como este medio no me dio el resultado que esperaba, trat por lo
menos de indemnizarlo de otra manera. T sabes que nunca en mi vida he
tenido miedo al trabajo, pero hasta ahora jams haba tenido sobre m
una labor tan penosa como durante estos tres aos. Y, cuando ya no
poda ms, cuando mis rodillas casi se doblaban bajo mi peso, segua
adelante, sin embargo, sostenida por este pensamiento: Haz ver que eres
por lo menos til para algo, arrglate de modo que nunca sepa cun poca
cosa posee en realidad en tu persona... Pero, de qu sirve todo eso?
Todos mis esfuerzos son enteramente intiles. Tan pronto como vuelvo las
espaldas todo se trastorna. Tiemblo sin cesar de que un da mi trabajo
le parezca insuficiente.

As se quejaba la desdichada, y yo misma tena el corazn despedazado al
ver tanto dolor.

--Escucha, tengo que hacerte una splica--dijo ella finalmente,
tomndome ambas manos:--sondea a Roberto, procura saber si est contento
de m, y despus me lo dirs.

La atraje hacia m, le prodigu mil palabras cariosas, y trat de
alejar con mis caricias el temor, la inquietud de su espritu. Ella
beba con amor cada una de mis palabras; su rostro febricitante estaba
pendiente de mis labios y de vez en cuando un dbil suspiro se escapaba
de su pecho.

--Oh! Por qu no has estado siempre a mi lado?--exclam, acaricindome
las manos.

En ese momento, un nuevo pensamiento pareci desalentarla otra vez.
Insist para que hablara, pero no quera decidirse a hacerlo; al fin
dijo, balbuciendo y tartamudeando:

--T hars todo mil veces mejor que yo; le ensears lo que habra
podido tener y lo que tiene; ver qu pobre criatura soy a tu lado!

Un espanto se apoder de m; luego comprend.

Haba soado en poseer un hogar, pero ese sueo se desvaneca. Cmo
poda permanecer en esa casa, cuando mi propia hermana se consuma de
dolor y de celos por causa ma?

Marta sinti que me haba hecho mal; alzando sus delgados brazos hasta
mi cuello, me dijo:

--Comprndeme, Olga; no son celos los que experimento; soy tan poco
celosa, que mi deseo ms ardiente es que os entendis ambos despus de
mi muerte, y que...

--Despus de tu muerte!--exclam espantada.--Marta, no digas eso! Es
un crimen!

Ella se sonri, triste y resignada.

--Lo s mejor que t--dijo.--Mis fuerzas se han agotado desde hace
tiempo. Ya antes, esa larga espera me haba aniquilado. Por eso deseaba
verte tan ardientemente, porque pensaba que muy pronto todo concluira;
antes de partir quera arreglar todo entre vosotros dos. Pero, sea como
fuere, tarde o temprano tendr que pasar por eso, y quiero antes estar
segura de que dejo a ambos, al nio y a l, en buenas manos.

Me estremec y en seguida sent que una gran laxitud me invada. Me
pareci que iba a caerme delante de la cama y a llorar, a llorar hasta
rendir el alma.

En ese momento se oyeron en la habitacin contigua los gritos del
pequeuelo que se haba despertado y reclamaba a su nodriza. Respir
largamente y reflexion acerca de m misma y de los deberes que me
incumban.

--Oyes, Marta?--grit.--Te desesperas, y el Cielo te ha acordado la
dicha ms grande que puede pretender una mujer. Renacers por tu hijo;
tu vida sacar de su juventud un nuevo vigor.

Un relmpago pas por sus ojos; luego se dej caer suavemente y cerr
los prpados, sonrindose. Slo el sentimiento de la maternidad poda
dar alas a su esperanza.

Abri la boca una vez ms y murmur algunas slabas. Me inclin hacia
ella y pregunt:

--Qu tienes, hermana querida?

--Deseara ser til para algo en este mundo--dijo, con un suspiro.

Y con este pensamiento, se durmi.




XIV


Haba cerrado ya la noche cuando Roberto penetr sigilosamente en la
habitacin. Yo me sobresalt: sent de repente que me iba a ver reducida
a esconderme, a huir de l hasta el fin del mundo: Es necesario que no
te encuentre, no te encontrar!--me gritaba una voz interior.--Mis
mejillas estaban encendidas y me vino un vago temor de que el rubor
traicionara mi emocin a pesar de la obscuridad.

Se acerc a la cama, escuch un instante la respiracin apacible de
Marta y en seguida me dijo en voz baja:

--Ven, Olga. Ests cansada; tomars algo y despus irs a descansar.

Quise protestar, pues tema mucho encontrarme sola con l, pero, para no
despertar a mi hermana que dorma, lo segu sin decir una palabra.

El comedor era una vasta habitacin, blanqueada, con muebles antiguos
que parecan estar de guardia a lo largo de las paredes, semejantes a
negros gigantes agazapados. Bajo la araa haba una mesa redonda con dos
cubiertos.

--He hecho comer antes al personal de la granja--dijo Roberto,
volvindose hacia m,--pues no he querido darte el disgusto de ver caras
extraas.

Y, al decir esto, se dej caer pesadamente en una silla, apoy la barba
en su mano y fij la mirada en el salero.

--Pero t no comes!--dijo al cabo de un instante.

Sacud la cabeza: no habra sido capaz de comer un bocado, aun cuando el
hambre me desgarrara las entraas. Su presencia me paralizaba por
completo.

Sigui un nuevo silencio.

--Cmo la encuentras t?--pregunt l al fin.

--No s--dije, violentndome para hablar,--si debo sentir alegra o
inquietud.

--Por qu inquietud?--pregunt bruscamente.

Y vi pasar por sus ojos un vago fulgor de angustia.

--Marta se atormenta a s misma.

Me dirigi de pronto una mirada de inteligencia, una mirada que deca:
T tambin lo sabes ya? Luego levant el puo desperezndose y exhal
un suspiro. Su cabellera enmaraada le caa sobre la frente y en las
extremidades de sus labios las arrugas labradas por la amargura se
acentuaban an ms.

Tuve miedo, miedo de m misma. Lo que acababa de decir no pareca una
acusacin a Marta, no lo invitaba a acusarla?

--Te ama demasiado--repuse, apretando los dientes.

Saba que iba a hacerle mal y era lo que quera.

l se sobresalt y me mir un instante, con una extraeza sincera,
inclin repetidas veces la cabeza y dijo:

--Tu reproche es justo; Marta me ama demasiado.

Yo habra querido en seguida pedirle perdn. Verdaderamente no mereca
esa maldad de mi parte. Su alma era pura y transparente como un rayo de
sol: slo en mi corazn reinaban las tinieblas.

Cre que las lgrimas que me esforzaba en reprimir, iban a ahogarme.

Vi que no podra contenerme por ms tiempo, y me levant bruscamente.

--Buenas noches, Roberto--dije, sin tenderle la mano.--Estoy extenuada,
necesito acostarme; deja, un criado me indicar el camino. Deja, te
digo!

Grit esas ltimas palabras como impulsada por el enojo: l se detuvo,
cortado.




XV


En la penumbra del corredor, el aire fresco me calm muy pronto. Di
algunos paseos y despus fui en busca de una criada para que me indicara
mi habitacin.

--La seora ha arreglado todo ella misma en el cuarto y ha prohibido que
lo toquen; hay tambin una carta para la seorita.

Cuando me qued sola, pas revista a la habitacin. Querida y excelente
hermana! Haba pensado en mis menores deseos, se haba acordado
fielmente de mis menores costumbres de otros tiempos para dar a mi
aposento toda la comodidad y todo el encanto que se pueden imaginar.
Nada faltaba all, de lo que mi corazn ms apreciaba antes. Sobre la
cama caan cortinas de flores encarnadas, semejantes a las que haban
abrigado mis primeros sueos de nia; en el borde de la ventana haba
geranios y artanitas que yo siempre cultivaba; adornaban las paredes
algunos cuadros sobre los cuales mis miradas descansaban en otros
tiempos al despertarme, y en los estantes encontr los libros en que
haba aprendido las primeras nociones del amor.

El drama de _Ifigenia_, que, en aquellos das claros y sin nubes, haba
sido mi poema predilecto, estaba abierto sobre la mesa. Oh, bondad del
Cielo! Cunto tiempo haca que lo haba ledo, cunto tiempo haca que
lo evitaba temerosamente, de tal modo que la tranquila majestad de la
santa sacerdotisa haca sufrir a mi alma!

Entre las pginas del libro encontr la carta de que me haba hablado la
criada. Tuve un dulce presentimiento, el presentimiento de que iba a
encontrar una nueva prueba de afecto inmerecido, y, rasgando el sobre,
le:

* * *

Hermana muy querida!

Cuando entres en este cuarto no podr desearte la bienvenida: estar
enferma y quiz hasta mis labios se habrn cerrado para siempre. Todo lo
encontrars como tenas la costumbre de verlo en casa; todo esto estaba
preparado para ti, y te esperaba desde hace mucho tiempo. Que sea el
dolor o el gozo lo que te acoja en el umbral de esta casa, descansa en
paz y durmete con el sentimiento de estar en tu casa. Esfurzate en
amar a Roberto, como l mismo te amar. Entonces todo ir bien todava,
ya sea que Dios me deje con vosotros o que me llame a l. Tu hermana,
_Marta_.

* * *

Nada nuevo haba en lo que all me deca y, sin embargo, me sent tan
violentamente conmovida por esa sencilla y enternecedora prueba de su
cario, que no tuve en el primer momento ms que un pensamiento: ir a
arrojarme al pie de su cama, y confesarle cun indigna era aquella a
quien ofreca el asilo de su corazn y de su techo.

Ciertamente, ya no me caba ninguna duda. Esa fatal pasin, que yo crea
haber arrancado de mi alma con todas sus races, se haba cubierto de
una nueva y frondosa vegetacin; las heridas cicatrizadas desde haca
tiempo se haban vuelto a abrir con la presencia de Roberto; me pareca
sentir que mi sangre ardiente se escapaba de ellas a torrentes.

Ya era intil ocultar o disimular. Se haban acabado, desde haca largo
tiempo, ese fulgor inseguro y seductor que colora los sentimientos
nacientes, y ese dulce abandono que permite la embriaguez inconsciente
de la juventud; en su lugar estaban la luz brillante y cruda de un
conocimiento madurado por los aos, la actitud fra y rgida que impone
una conducta severa.

S, lo amaba, lo amaba con una pasin tan ardiente, tan dolorosa como
slo el corazn retemplado en el fuego del odio y del sufrimiento puede
amar. Y eso no databa de hoy, eso no databa de ayer.

Haba crecido con ese amor, me haba aferrado a l en la pasin secreta
de mi corazn; mi ser haba encontrado en l su vigor: era mi fuerza y
mi debilidad, era mi vida y mi muerte.

Lo mereca Roberto? Me comprenda? Qu importaba! Nunca lo
comprendera despus de todo. Y luego, no era l sino yo la que tena
que conquistar un derecho a su amor. A esa hora saba que jams podra
desterrar de mi pecho esa pasin. Se trataba de someterse a ella como
uno se somete al eterno destino, pero era necesario que no se hiciera
criminal: deba reinar pura en el fondo de mi corazn puro.

Y, en verdad, no me haban llamado a esa casa para labrar su desgracia.

Una gran misin, una misin sagrada me esperaba. Marta vera en breve
que un genio bienhechor reinaba en torno de ella en la casa: aprendera
conmigo a emplear de una manera eficaz, para la salvacin de su marido
muy amado, el amor que la consuma en vano. Su valor, a mi lado, iba a
rehacer, su alma iba a tomar nuevas fuerzas. Cmo me prometa
sostenerla y consolarla en las horas de dolor y de abatimiento; cmo me
violentara para rer cuando la melancola la envolviera con su velo
sombro! Sabra, con mis bromas alegres y vivas, disipar las nubes,
devolver a las frentes su serenidad, y hara de modo que siempre
brillara entre esas paredes un ltimo rayo de sol.

Mi vida transcurrira sin deseo, feliz tan slo de la dicha de los mos,
en una abnegacin discreta y resignada.

Ya no necesitaba vagar en torno de la estatua de Ifigenia, pues yo
tambin iba a desempear el papel augusto y sublime de la sacerdotisa.

Este piadoso pensamiento hizo caer la agitacin de mi alma, y con l me
dorm.




XVI


Cuando me despert esa primera maana, me sent satisfecha, casi feliz.
En m reinaba una paz casi religiosa que no conoca ya, desde haca un
nmero infinito de aos. Saba que en lo sucesivo no tena por qu temer
el encontrarme con l.

Marta dorma todava. Cuando mir a la habitacin por la abertura de la
puerta, la vi hundida en las almohadas, con la cabeza echada hacia
atrs, y o una respiracin corta y oprimida.

Tranquilizada, me alej para entrar inmediatamente en mis funciones de
ama de casa.

--Ya no necesitar extenuarse en el trabajo--pens, penetrada de una
secreta alegra.

Hice, para tomar oficialmente la direccin de la casa, una inspeccin
que dur casi una hora. La vieja ama de llaves dio pruebas de cierta
docilidad y los criados me trataron con respeto. Por otra parte, yo no
habra tardado en imponrselo.

A la hora del almuerzo me encontr con Roberto. Sent al entrar al
comedor una leve palpitacin del corazn, la que desapareci tan pronto
como me acord de mi juramento de la vspera. Me le acerqu, serena,
mirndolo de frente, y le extend la mano.

--Marta duerme todava?--pregunt.

l sacudi la cabeza.

--He mandado buscar al mdico--dijo.--Ha pasado una mala noche... la
emocin de tu llegada parece haberle hecho dao.

Sent un poco de temor; pero mi gran resolucin me haba llenado de tal
alegra, que no haba ya lugar en m para una inquietud.

--Quieres servirte t mismo? Mientras tanto ir a verla.

Cuando entr en la habitacin, la encontr en la misma posicin en que
la haba dejado por la maana, y, acercndome a la cama, vi que tena
los ojos muy abiertos y miraba fijamente el techo.

Tuve miedo y la llam por su nombre; entonces una ligera sonrisa pas
por su rostro; se volvi penosamente y me mir de frente.

--No te sientes bien, Marta?

Sacudi la cabeza con expresin dolorida y cerr un poco la mano. Eso
quera decir: Ven, sintate a mi lado.

Tom su cabeza entre mis brazos y de repente un calofro sacudi su
cuerpo; o que sus dientes castaeteaban.

--Dame una frazada gruesa--murmur,--tengo mucho fro.

Hice lo que me haba pedido y me sent de nuevo a su lado. Ella se
apoder de mis manos y las estrech como si hubiera querido calentarse
con su contacto.

--Has dormido bien?--pregunt con esa misma voz de ronco falsete que no
le conoca.--Hice un signo afirmativo y al mismo tiempo sent nacer en
m un vivo sentimiento de vergenza. Qu era mi gran proyecto de
renunciamiento comparado con esa especie de abnegacin, de olvido de s
misma, que se manifestaba en las ms pequeas como en las ms grandes
circunstancias, y que encontraba para todo el mismo amor? Y yo, egosta
y orgullosa, me envaneca todava de esa sublime resolucin de mi
corazn!

--Te ha gustado el arreglo de tu cuarto?--continu ella, al mismo
tiempo que por sus ojos dulces y tristes pasaba un dbil fulgor de
malicia.

A guisa de respuesta pos humildemente en sus labios un beso de
agradecimiento.

--S, bsame, bsame otra vez!--dijo ella.--Tu boca es tan bella, tan
ardiente: da calor al cuerpo y al alma.

Y un nuevo calofro la sacudi.

Un instante despus entr Roberto.

--Preprate, querida--dijo acariciando la mejilla de Marta;--el mdico,
nuestro to, ha llegado.

En seguida me hizo una sea y sal detrs de l. Junto a la cuna del
recin nacido encontr a un hombre ya viejo, cuya barba gris no haba
sido afeitada por varios das, la nariz chata y roja y dos ojos vivos e
inteligentes que me miraban sonriendo detrs de los brillantes vidrios
de sus antiparras.

--Entonces, es ella?--dijo extendindome la mano.

Una oleada de sangre me subi al corazn; a la primera ojeada comprend
que tena delante de m a un amigo, a quien podra confiarme sin
reserva.

--Quiera Dios que haya usted venido en el buen momento!--continu
l.--De todos modos, vamos a saberlo ahora mismo. Llvame a su lado,
Roberto; sin duda la cosa no es tan grave.

Me qued sola con la nodriza y el nio, que se agitaba y lanzaba a
derecha e izquierda sus puitos.

--Adquirir tambin el derecho de contribuir a tu felicidad--pens
mientras acariciaba su pequeo crneo redondo y luciente, sobre el cual
temblaban al soplo del aire algunos cabellos apenas visibles, finos como
la seda. La vspera, haba apenas dirigido una mirada a esa criaturita;
ese da, al verlo, mi pecho se dilataba y se llenaba de una ternura
infinita.

--Desde ayer te has vuelto ms pura y mejor--me dije mentalmente.

La visita fue larga, de una duracin inquietante. Al fin, la puerta de
la habitacin contigua se abri; el mdico sali solo. Pareca irritado,
furioso; sus mandbulas se agitaban como si hubieran querido triturar
algo.

--He alejado a Roberto--dijo.--Necesito hablar a solas con usted.

Entonces me tom la mano y me condujo al comedor, donde la cafetera
humeaba todava.

--Tengo por usted un respeto muy grande, seorita--comenz enjugando las
gotas de sudor de su frente.--Por todo lo que he odo decir, es usted
una joven animosa, capaz de recibir sin flaquear un golpe inesperado.

--Basta de prembulos, se lo ruego, doctor--dije, sintindome palidecer.

--Bueno! A m tampoco me gustan los prembulos. Su hermana...

Y al decir esto, sin embargo, se detuvo.

--Mi hermana... est en... peligro de muerte, doctor!

Haba querido parecer fuerte, pero las piernas se me doblaban. Me as
del borde de la mesa para no caer.

--Vamos! valor, valor!--murmur l ponindome la mano en el
hombro.--La fiebre, ese terrible husped, est all y no es tan fcil
despedirla.

Yo apret los dientes: no quera que me viera temblar. Ya haba odo
hablar con frecuencia del peligro de la fiebre puerperal, aunque no
pudiera formarme una idea de sus terrores.

--Roberto lo sabe?

Ese fue el primer pensamiento que me vino.

El doctor se encogi de hombros rascndose la cabeza.

--He tenido miedo de que perdiera la calma, no le he dicho ms que la
mitad de la verdad.

--Y cul es la verdad entera?

Y enderezndome lo mir en los ojos.

l guard silencio.

--Va a morir?

Cuando vio que yo encaraba en el acto con firmeza la alternativa ms
temible, respir con mayor libertad. Pero no o su respuesta, pues, en
el mismo instante en que pronunciaba con tranquilidad aparente esas
horribles palabras, vi desarrollarse ante mis ojos con una terrible
vivacidad aquella escena de mis aos de infancia en que Marta se me
haba aparecido tendida en el sof, semejante a un cadver. Cre sentir
que una mano de muerta me hunda las uas en el pecho; ante mis ojos
pasaron relmpagos sangrientos; lanc un grito... luego cre or que una
voz me gritaba: Vuela a socorrerla, vuela a socorrerla, slvala, d tu
propia vida para conservar la suya! Bruscamente me ergu; haba vuelto
a encontrar mis fuerzas.

--Doctor--dije,--si Marta se muere, perder todo lo que poseo en este
mundo y yo misma habr concluido. Pero, mientras pueda serle til, no
flaquear: necesito una certidumbre.

--Una certidumbre, querida nia--repuso l apoderndose de mis
manos,--no la habr hasta la curacin o hasta el momento fatal. Por
desesperada que sea la situacin, puede siempre producirse una reaccin
y ahora ms que nunca, puesto que la enfermedad est todava en sus
primeras fases. Ciertamente, a la enferma no le sobran fuerzas, y esa es
la parte ms triste. Sin embargo, quiz conseguiremos ahogar el mal en
su germen, y entonces todo se habr salvado.

--Qu puedo hacer por ella?--exclam, extendiendo hacia l mis manos
juntas.--Exija usted lo que quiera! Aun cuando diera mi propia vida
para salvar la suya, no le habra dado todo lo que le debo.

l me mir sorprendido.

Cmo habra podido comprenderme?




XVII


Y ahora he llegado a la parte ms difcil de mi relato. Desde hace ocho
das, doy vueltas en torno de estas pginas sin atreverme a tomar la
pluma. Un calofro de espanto me invade al pensar en lo que me espera.

Y, sin embargo, me har bien el acordarme una vez ms de esos tres das
y esas tres noches terribles, precisamente ahora que un sentimiento ms
tierno, una melancola ms dulce, parecen saturar mi corazn. Atrs,
atrs, todo pensamiento lisonjero que me hable de dicha y de paz! Estoy
destinada a vivir sola y a renunciar a los goces de este mundo, y si
alguna vez lo olvido, la historia de esos tres das sabr hacerme
recordarlo...

Cuando acerqu mi silla a la cama de mi hermana para comenzar mis
funciones de enfermera, la encontr dormida; pero ese no era el sueo
que fortifica y prepara la convalecencia; era un sueo que pesaba sobre
ella como una pesadilla y le cerraba por fuerza los prpados. Cuando su
pecho se levantaba o se bajaba, se habra dicho que obedeca a una
fuerza extraa que lo dilataba y lo comprima alternativamente. Su
rostro plido, color de cera, surcado por venas azules, estaba medio
hundido en las almohadas y algunas delgadas guedejas rubias lo cruzaban,
semejantes a reptiles. Ocult mi cara entre las manos: no poda soportar
ese espectculo.

Las horas del da pasaron. Ella dorma, dorma sin pensar en
despertarse.

De vez en cuando oa afuera el paso ligero de las criadas; aparte de
eso, todo estaba silencioso y desierto en derredor nuestro. De Roberto,
ni trazas.

A medioda no pude dejar de preguntar por su paradero. Le haban visto
por la maana salir a los campos, seguido por sus perros. Y as, desde
haca horas, vagaba bajo la lluvia.

El reloj toc las tres; en ese momento entr l, chorreando agua, con la
mirada empaada, los cabellos mojados, pegados en desorden en su frente.

Deba haber sufrido horriblemente.

Quise acercarme a l, quise decirle una palabra de consuelo, pero no me
atrev. La mirada huraa y sombra que me lanz, me deca con bastante
claridad: Qu quieres? Djame solo con mi dolor.

Haba asido una de las columnas de la cama y permaneca all, con los
ojos fijos en Marta, mordindose los labios. Despus sali, como haba
venido, sin decir una palabra.

Pasaron dos horas ms en el silencio y la espera. Los vapores de fenol
que se desprendan del plato colocado frente a m, principiaban a darme
dolor de cabeza. Apoy la frente en los vidrios para refrescarla,
siguiendo maquinalmente el movimiento de las hojas muertas que el viento
levantaba y haca revolotear hasta la ventana.

Comenzaba ya a obscurecer, cuando o de repente afuera, en el corredor,
una voz de mujer que se lamentaba y daba gritos tan violentos, que la
enferma, dormida, se estremeci dolorosamente.

La clera me subi a la cara. Quise correr para echar de la casa a la
persona que haca tanto ruido, pero, al abrir la puerta, me tropec con
ella.

A la primera mirada reconoc esa cara colorada e hinchada, esos ojillos
perversos. Quin poda ser sino _ella_, la mejor de todas las tas y de
todas las madres!

--Al fin--exclam para mis adentros,--al fin voy a verte de frente, mis
ojos en los tuyos!

--De modo que t eres Olga--exclam siempre en el mismo tono estridente
y llorn que llenaba la casa.--Buenos das, mi queridita! Oh! Qu
desgracia! Entonces es verdad? La noticia me ha trastornado!

--Le ruego, querida ta--le dije cruzndome de brazos,--que vaya usted a
trastornarse a otra parte y no aqu, y que a la cabecera de la enferma
modere usted el tono de su voz.

Ella se qued cortada. La mirada envenenada que me lanz entonces, no
la olvidar en mi vida.

Pero ya saba con quin tena que habrmelas. Por otra parte, ella
recogi el guante en seguida.

--Haces muy bien, hija ma--dijo, y su voz tom de pronto un sonido
metlico, como una trompeta de guerra,--haces muy bien en atender a tu
pobre hermana enferma, pero puedes marcharte, tu presencia es intil
ahora; soy yo quien va a quedarse aqu.

Esprate, ahora mismo vas a encontrar la horma de tu zapato--exclam
mentalmente.

E irguindome cuanto pude, le respond con mi sonrisa ms fra:

--Se equivoca usted, querida ta; se le ha prohibido a mi hermana de la
manera ms formal que la visiten personas extraas. Le ruego, pues, que
se retire a la habitacin contigua.

Su cara se puso terrosa, sus dedos se crisparon, creo que habra sido
capaz de estrangularme all mismo. Pero se march y el buen to, sin
voluntad, que se arrastraba siempre a tres pasos detrs de ella, la
sigui.

En mi triunfo solt una gran carcajada.

Pero tambin, qu vens a hacer, almas codiciosas, en el templo del
dolor? Atrs!




XVIII


Vino la noche. Una banda roja, ltimo vestigio del sol poniente, se
extenda sobre la ciudad cuyas torres puntiagudas se destacaban negras
en el cielo de fuego. Durante largo rato segu con los ojos las
llamaradas, que la obscuridad concluy tambin por absorber.

El reloj dio las nueve y el viejo doctor entr. Permaneci mucho rato
sentado en mi silla, silencioso, despus me acarici la mano al
despedirse y dijo:

--Contine usted con el fenol, toda la noche.

A la pregunta que ley en mi mirada inquieta, no respondi sino con un
vago encogimiento de hombros.

No s dnde, dos o tres habitaciones ms lejos, o la voz de Roberto que
discuta con el anciano. Era una prueba de que l tampoco se alejaba de
la cama de la enferma. Pero por qu se contenta con quedarse
afuera?--me preguntaba.--Casi se dira que le est prohibida la
entrada.

El reloj toca las diez, todo est solitario en los alrededores, la casa
parece entregada al reposo.

El viento sacude la reja del jardn, hace el ruido de un husped
atrasado que quiere entrar. La muerte rondara ya en derredor de la
casa? Contara ya los granos de arena en su ampolleta?

El furor de la desesperacin se apoder de m.

Sin saber lo que haca, me precipit hacia la puerta, como para cerrar
el paso a ese demonio amenazador.

Desgraciada que no sospechaba que otro demonio me acechaba, instalado
antes que aqul en el umbral de la puerta!

Minutos despus entr Roberto. Ni una palabra, ni un saludo, nada ms
que esa mirada rpida y sombra que ya me haba herido una vez como una
pualada.

Con su paso pesado y balanceante avanz hacia la cama, tom la mano de
Marta, su mano flaca y ardiente, cuyas uas tenan un matiz azulado, y
la mir fijamente. Despus se sent en el rincn ms obscuro, detrs de
la estufa, y permaneci all encogido durante dos horas, dos largas
horas.

Yo esperaba, con el corazn palpitante, que l me dirigiera la palabra,
pero guard silencio como antes.

Poco despus de media noche sali del cuarto.

Por mucho tiempo todava lo o pasearse afuera en el corredor, y el
ruido sordo de sus pasos me record otra noche en que, no menos
temblorosa, haba odo ese mismo ruido, dividida entre el temor y la
esperanza.

Todo un mundo nos separaba de aquel tiempo, y la joven criatura
insensata que, presa del vehemente deseo de ayudar a los dems y de
sacrificarse, escuchaba entonces en la obscuridad, me pareca en ese
momento como un ser perteneciente a una de las estrellas que centellean
all arriba en la inmensidad.

El ruido de los pasos se atenu: Roberto haba entrado en su cuarto.

Volver?--me pregunt, aplicando el odo al ojo de la
cerradura.--Seguramente no puede dormir.

Y me estremec de gozo al or que el ruido se acercaba de nuevo.

Pero por mi cabeza pas este pensamiento:

Qu te importa que vuelva o no? Acaso es por l por quien ests aqu?
No tienes all, delante, a tu felicidad, tu vida, todo lo que amas?

Me dej caer ante la cama, y cubriendo de besos las manos de Marta, le
supliqu que tuviera compasin de m, quera hablarle, le deca, tena
un peso que me aplastaba el pecho, que me sofocaba: iba a ahogarme.

Ella no se despert. Recogida en su dolor, yaca, triste esqueleto. En
sus pmulos se encendan pequeas llamaradas. La respiracin silbaba.

Por un instante sus labios se agitaron; pareca querer hablar, pero las
palabras se paralizaron en su garganta en un rumor sordo.

Qu terrible silencio reinaba en derredor nuestro! El reloj haca or
su tic tac; de la pared en que se encontraba la ventana vena el ligero
quejido del viento y en el interior de la habitacin resonaba el ruido
de los pasos de Roberto; fuera de esto, ni el menor ruido.

Y de improviso me pareci or, en medio del silencio, que mi sangre se
agitaba y herva dentro de mi cuerpo. Escuch con atencin.
Evidentemente, era mi sangre que pasaba con impetuosidad por mis venas.
Por qu no circula apaciblemente como de costumbre--me pregunt,--y
como lo exige mi gran resolucin? No he extirpado de mi corazn con
todas sus races la idea de un crimen? No lo he purificado con ayuda de
mil fuegos? No estoy aqu para desempear el papel de sacerdotisa, de
sacerdotisa inaccesible al deseo, pura y bienhechora?

Y escuch nuevamente!

Son alucinamientos--me dije.

Pero a pesar de ello tena miedo de todo ese movimiento y de todo ese
estrpito, que pareca aumentar a cada instante. Vea que un torrente me
llevaba en sus remolinos, un torrente de sangre. De l surga una roca
de puntas escarpadas. En esa roca, una palabra estaba escrita en letras
de fuego, la palabra: Asesinato.

El ruido de pasos se dej or ms. De un salto me par... Roberto vino,
se sent al borde de la cama; con la mano enjug el sudor que cubra la
frente de Marta, e hizo deslizar los cabellos de sta por entre sus
dedos.

Yo lo observaba de reojo y a hurtadillas. Apenas osaba respirar. Sus
ojos enrojecidos y fatigados brillaban en el fondo de las rbitas; sus
labios apretados revelaban amargura e irritacin. All estaba,
petrificado en un dolor mudo. El deseo de acercarme a l me sacudi como
un calofro de fiebre. Pero, cuando quise levantarme, sent como dos
manos de hierro que pesaban sobre mis hombros y me hicieron caer de
nuevo en mi asiento.

Al fin pronunci su nombre y me sobrecog de espanto, de tal modo que el
sonido de mi propia voz me pareci extrao y lgubre.

l se volvi y me mir.

--Roberto--dije,--por qu no me hablas? Si hicieras compartir a otro el
dolor que te oprime, eso te aliviara.

Se levant bruscamente, se me acerc y me tom ambas manos. A ese
contacto sent que todo mi cuerpo se abrasaba y se helaba
alternativamente. Pero hice un esfuerzo para sostener su mirada y lo
mir con firmeza, de frente.

--Es la primera palabra bondadosa que me diriges, Olga--dijo l.

--Qu quieres decir con eso, Roberto?--balbuc.--Me he mostrado
desatenta para contigo?

--Si slo fuera desatenta!--replic l.--Pero me has tratado como a un
extrao, como a un intruso, me has alejado del lecho de mi mujer.

--Que Dios me libre de ello!--grit deshacindome, pues senta que iba
a caer en sus brazos.

Y l contina:

--Olga, si alguna vez te he hecho dao... cul, no lo s? Pero debe de
ser as, de lo contrario no me rechazaras de esa manera; tu mirada, tu
actitud entera, seran menos duras para m... Si, pues, te he hecho
dao, Olga, no ha sido culpa ma; nunca he tenido sino buenas
intenciones para ti. He... habra querido que siempre estuvieras aqu
como en tu casa, que no tuvieras necesidad de ir a vivir entre gente
extraa... entonces bajo las miradas de Marta, de aquella a quien ambos
amamos...

Para qu pronunciara su nombre? Senta nacer en m una fiera alegra,
me pareca que me brotaban alas; y he ah que su nombre me hera como un
latigazo. Me mord los labios hasta que brot la sangre. Pero a pesar de
todo quise permanecer serena, quise desempear el papel de ngel
protector.

--Roberto--dije,--te has equivocado gravemente con respecto a m: nada
he tenido nunca contra ti. Me he vuelto temerosa y arrogante en el
extranjero, eso es todo. Debes armarte de paciencia para tratarme, debes
tener confianza en m... quieres?

Entonces vi resplandecer en sus ojos como un rayo de sol.

--Te estoy tan agradecido, Olga!--dijo.--Por qu no haba de continuar
teniendo confianza en ti? Mira, desde el da en que hicimos juntos en el
bosque ese paseo a caballo, te acuerdas? (Oh, si me acordaba!) desde
ese da te he querido como a una hermana, an ms que a todas mis
hermanas. Y al mismo tiempo te respetaba, te veneraba como a mi ngel
tutelar. Y de hecho, lo has sido, lo sers todava en el porvenir, no
es verdad?

Hice sea de que s sin decir nada y me oprim el pecho con las dos
manos; en seguida, cuando l lo not, las dej caer, pero retroced tres
pasos tambalendome y fue un milagro si consegu mantenerme en pie.

Inquieto, l se me acerc.

--Estoy cansada--dije, esforzndome por sonrer.--Ven, vamos a
sentarnos, la noche es larga.

Nos quedamos, pues, sentados el uno frente al otro, separados por el
angosto madero de la cama, con los brazos apoyados en el borde, mirando
al otro extremo el rostro de Marta, que un movimiento nervioso sacuda a
cada instante; sus prpados parecan cerrados, las sombras de sus
pestaas descendan hasta muy abajo en sus mejillas; pero, cuando uno se
inclinaba hacia ella, vea brillar en el fondo de las obscuras cavidades
el blanco de los ojos, con un lustre de ncar plido. l lo not, lo
mismo que yo.

--Se dira que ya est muerta--murmur, ocultando la cabeza entre sus
manos.--Y si muere--continu,--no ser a consecuencia de su parto, no
ser de esa miserable fiebre; slo yo ser la causa de su muerte.

--Por el amor de Dios, qu dices?--exclam, extendiendo hacia l mis
brazos.

l inclin la cabeza sonriendo amargamente.

--Bien lo he visto durante estos tres aos: es doble, triple mi culpa.
Primero, la dej esperar y consumirse durante siete aos, dividida entre
la esperanza y el desaliento, agotando as su energa y sus fuerzas, y
Dios sabe que no tena muchas! Despus la arrastr, dbil de cuerpo,
abatida de espritu, a este infierno donde todo el mundo le era hostil,
y aun ms hostil que todos, la que mejor habra debido sostenerla. Y yo
mismo! Si hubiera dado pruebas de valor y de alegra, si hubiera velado
para que su pie no tropezara con las piedras del camino, si hubiera
puesto un poco de sol en su existencia, quiz habra podido vivir feliz
a mi lado. Pero con frecuencia me mostraba brusco y chabacano; juraba y
echaba pestes en torno de ella sin acordarme de que me bastaba alzar la
voz para hacerla estremecer y que el menor pliegue que arrugaba mi
frente, la haca palidecer. Ve ah, delante de nosotros, ese cuerpo que
no tiene ms que el aliento, y mrame a m, gigante rudo y tosco! Ms de
una vez, durante la noche, me he despertado, temblando, al pensar que
quiz la haba ahogado entre mis brazos. Y, finalmente, la he ahogado en
realidad. Lo que me convena era una mujer fuerte y...

Espantado se detuvo y dirigi al rostro de Marta una mirada que peda
humildemente perdn; pero yo complet su frase con el pensamiento.

Cuando Roberto sali de la habitacin, un sentimiento de jbilo se
apoder de m, una loca alegra que desencadenaba un huracn en mi
cabeza, sembraba la turbacin en mis sentidos y pareca querer
absorberlo todo, mi orgullo, mi independencia, el respeto a m misma.

La atmsfera del cuarto de la enferma estaba pesada y envolva mi cabeza
como un manto sofocante; los vapores de fenol me quemaban el cerebro; la
respiracin comenzaba a faltarme.

Corr a la ventana y apoyando mi frente en el marco, aspir el aire fro
de la noche que penetraba en el cuarto por las rendijas.

El da apareci a travs de las cortinas, un da fro y gris, sumido en
la niebla. Nubes descoloridas suban pesadamente en el horizonte, y
arrojaban un plido fulgor sobre los rboles que chorreaban de humedad,
y que parecan haberse despojado todava durante la noche, de una parte
de sus hojas.

Qu noche!

Y cuntas otras ms terribles que esa, van a sucederle! Qu fantasmas,
engendrados por las tinieblas, nacidos en la angustia, van a aparecer, a
favor de esas noches, en mi espritu febricitante!

Me sent tiritar y me retir a un rincn: tena miedo de m misma.

Pasaron las horas de la maana y poco a poco me fui calmando. El
recuerdo de esa noche se borr y con l los desrdenes de la fiebre y
los tormentos de la conciencia. Lo que haba visto, lo que haba
sentido, no me pareca ms que un sueo. Una laxitud aplastadora me
invadi; cerr los ojos y ces de pensar.

Luego vino un momento de felicidad. A eso de las diez, Marta abri de
improviso sus grandes ojos azules y me dirigi una mirada llena de
dulzura y de bondad. Me pareci que era el ojo de Dios que se volva
hacia m, infeliz pecadora, y que en l lea la piedad y el perdn.

Un gozo puro, un gozo santo, me inund. Me arroj en los brazos de mi
hermana y escond mi cara sobre su hombro.

En medio de sus dolores ella se puso a sonrer, y, posando penosamente
su mano en mi cabeza, murmur con voz apenas perceptible:

--Sin duda os he asustado mucho?

Sus palabras, ligeras como un soplo, me embriagaron como un canto de
paz; por un instante cre que iba a quedar libre del peso que me oprima
el pecho, pero me fue imposible llorar.

--Cmo te encuentras?--pregunt.

--Bien, enteramente bien--respondi ella.--Pero la sbana me parece tan
pesada!

Era la ms ligera que haba podido encontrar. As se lo dije; entonces
suspir, diciendo que haba que tener paciencia con ella.

Despus se qued completamente inmvil, sin cesar de mirarme como en un
sueo. Al fin inclin la cabeza varias veces y dijo:

--Est bien as, muy bien.

--Qu est bien?--pregunt.

Ella se sonri y guard silencio.

En seguida le volvieron los dolores; se agit, rechin los dientes, pero
no exhal una queja.

--Quieres que llame a Roberto?

Ella dijo que s por seas.

--Traedme tambin al nio--murmur.

Acced a su pedido. Hizo colocar a la criaturita en su cama a su lado y
la contempl por largo rato. Trat tambin de besarla, pero estaba
demasiado dbil.

Antes de que Roberto llegara, haba vuelto a caer en su sueo.

l me dirigi una mirada de reproche diciendo:

--Por qu no me has hecho llamar ms pronto?

--Tn la seguridad de que ms vale as. Tu presencia le habra causado
una emocin demasiado fuerte.

--Tienes razn, como siempre--dijo l.

Y sali, sin notar felizmente el rubor que su elogio me haba hecho
subir a la cara.

Marta se hallaba de nuevo sin conocimiento, las mejillas rojas, la
frente cubierta de sudor, y siempre ese movimiento siniestro de los
labios que se agitaban y chasqueaban sin interrupcin.

A eso de la una vino el doctor; le tom la temperatura y not una
disminucin de la fiebre.

--Aumentar y disminuir todava ms de una vez--dijo.

Tampoco comparti la alegra que nos haba causado el despertar de
Marta.

--No le hablis cuando vuelva en s--agreg,--y sobre todo no la dejis
hablar. Necesita de la menor porcin de sus fuerzas.

Antes de marcharse me mir largamente y mene la cabeza con expresin
inquieta. Sent que el rubor que revela a los culpables, me invada de
improviso la cara; me pareca que su mirada penetraba hasta el fondo de
mi alma...

Por la tarde fui a buscar un libro a mi cuarto, cualquiera que fuese, el
primero que me vino a la mano, y trat de leer, pero las letras bailaban
delante de mis ojos y la cabeza me zumbaba: se habra dicho que mil
murcilagos se recreaban en l.

Necesit mucho tiempo para descifrar tan slo el ttulo: lea
_Ifigenia_. Entonces, con un brusco movimiento de espanto, arroj el
libro lejos de m, a un rincn, como si hubiera tenido en mi mano un
carbn encendido.

Al anochecer los dolores de Marta parecieron acentuarse. Repetidas veces
lanz un grito estridente, retorcindose en convulsiones.

Mientras me hallaba ocupada en atenderla, durante una de esas crisis, vi
de pronto junto a m a la madre de Roberto.

Al observar su mirada envenenada, al verla retorcerse las manos con
afectacin y bajar las extremidades de sus labios para simular un dolor
hipcrita, me viene de repente este pensamiento:

He aqu una que espera la muerte de Marta, que la desea.

Una especie de velo rojo obscurece mi vista, mis puos se crispan, poco
falta para que le arroje su crimen a la cara.

Y mientras esa idea me deja inmvil y helada, ella me toma por el brazo
y trata de apartarme para colocarse a la cabecera de Marta. Quiz
esperaba intimidarme con ese proceder brutal.

--Querida ta--dije, desasiendo mi brazo,--ya le he hecho notar a usted
una vez, que ste es mi lugar y que nadie en el mundo me lo tomar. Le
ruego, pues, encarecidamente, que limite sus visitas a las otras
habitaciones.

--Ah! Eso es lo que vamos a ver, seorita!--grit ella con voz
chillona.--Voy a preguntarle al dueo de esta casa quin tiene ms
autoridad aqu, si su anciana y buena madre, o esta aventurera polaca.

Y se retir sin cesar de gritar.

Temblando de clera, comenc a pasearme por el cuarto. Nunca me habra
imaginado que esa madre abrumada por el dolor pudiera cambiarse tan
brusca y completamente en una arpa. No le faltaba ms que expresar
abiertamente sus deseos ms secretos.

--Oh, si fuera verdad!--exclam, sacudida por un calofro de
horror.--Desear la muerte de Marta! Marta, lo oyes? Desear tu muerte!
A quin has ofendido nunca? A quin has estorbado nunca? Hay alguien
en el mundo a quien hayas demostrado otra cosa que afecto e
indulgencia?... Si eso fuera verdad, si pudiera haber, pasendose
impunemente por la tierra, un ser tan infame, vaya! sera como para
desesperar de Dios y del destino.

He ah lo que yo deca, sin poder acumular suficiente vergenza e
ignominia sobre la cabeza de la vieja. Y luego tuve conciencia de que me
dejaba llevar de un furor indigno.

Pero senta que eso me desahogaba, respiraba ms libremente y, cuando
vi, tirada en el suelo, a la pobre _Ifigenia_ a quien yo haba
maltratado, fui a recogerla.

--Qu crimen he cometido--me deca yo,--para que tenga que ocultarme de
mi modelo? He hecho otra cosa que prodigar consuelos a un desesperado?
Hemos cambiado una sola palabra, una sola mirada que mi hermana no
hubiera podido ver u or? Eso que me quema aqu, eso que me ruge en el
fondo del pecho, a quin importa si s guardarlo para m?

Me deca eso y me crea casi justificada, aun ante mi propia
conciencia, ciega de m!




XIX


Y el crepsculo volvi: el sol poniente abras una vez ms el horizonte
por encima de la ciudad, arrojando por las ventanas, a las habitaciones,
su luz rojiza.

El rostro de Marta estaba baado por un matiz purpreo; en sus cabellos
brillaban pequeos resplandores, y la mano que reposaba en la colcha,
pareca iluminada por dentro.

Acerqu el biombo a su cama para evitar que el reflejo de la luz la
molestara.

Vi entonces, suspendida del biombo, una corona de yedra que no haba
visto hasta ese da, una corona igual a la que yo tena costumbre de
enviar los das de gran fiesta a la tumba de mis padres. Quiz provena
de all. En ese momento pareca trenzada de llamas; todo en ella tomaba
una vida fantstica. Y, cuando la mir con ms atencin, me pareca que
se pona a dar vueltas lanzando una cascada de chispas, como una
verdadera girndula.

--Vamos, ahora vas a ponerte a tener visiones--me dije; y trat de
recobrar las fuerzas pasendome por el cuarto. Pero tuve que apoyarme a
los respaldos de las sillas, de tal modo me tambaleaba. La respiracin
me faltaba.

Oh! Ese olor de fenol, ese vapor dulzn, repugnante! Me daba el
vrtigo, pona como un velo sobre mis pensamientos y esparca un
presentimiento de muerte y de espanto.

El anciano doctor lleg; me mir a la cara y me orden, con ese tono a
la vez paternal y brusco que le era habitual, que saliera en el acto a
respirar aire fresco: l mismo cuidara a la enferma hasta mi regreso.

Quise resistir, pero l me empuj hacia afuera.

Si hubiera sospechado lo que me esperaba, no hay poder en el mundo que
me hubiera hecho pasar el umbral de ese cuarto.

Sal, pues, al patio, respirando el aire a pleno pulmn. El viento de la
tarde produjo sobre mis mejillas ardientes el efecto de un bao helado.

El ltimo fulgor del da desapareca. Una noche de otoo descenda sobre
la tierra y la envolva con un velo de niebla azulada.

Los dos molosos saltaron a mi encuentro, y volvieron a partir al galope
hacia las ruinas del castillo.

Maquinalmente, segu la direccin que ellos haban tomado, caminando
medio dormida, pues los vapores que llenaban el cuarto de la enferma me
haban aturdido.

Un olor de humedad, de hierbas marchitas y de piedras en ruinas, se
desprenda de las paredes. Una vieja puerta extenda por sobre m el
arco de su bveda.

Penetr en el interior. En todo mi derredor se alzaban las paredes,
destacndose negras en el cielo de la noche, cuya luz azulada brillaba
aqu y all por encima de mi cabeza.

Cerca de m vi, agazapada en la sombra, en medio de los escombros, una
forma humana, cuya silueta reconoc en seguida.

--Roberto!--grit sorprendida.

l se par de un salto.

--Olga!--grit a su vez.--Me traes acaso malas noticias?

--No--le dije.--El doctor me ha mandado a tomar aire.

Y, de repente, cre sentir que el suelo ceda bajo mis pies.

--Tn cuidado!--me grit para advertirme.

Pero, en el mismo instante, resbal y ca en un hoyo obscuro, tan
profundo como para sepultar a un hombre, arrastrando conmigo algunas
piedras que se desprendieron y rodaron.

--Por el amor de Dios, no te muevas! De lo contrario caers todava ms
abajo.

Medio aturdida, me apoy en las paredes del foso. A mis pies entrev una
estrecha banda de tierra sobre la cual estaba en pie; detrs el abismo
negro, sin fondo...

A mi lado, vi a Roberto que vena a socorrerme, bajando lentamente y con
precaucin las gradas de lo que me pareca una escalera.

--Dnde ests?--grit l.

Y al mismo tiempo sent que su mano, buscndome, avanzaba hacia m.

Entonces me arroj contra l y me aferr a su cuello. En seguida me
sent levantada, suspendida entre sus brazos. Me pareca que me haban
abierto las venas: cre, en ese instante de abandono y de embriaguez,
que mi sangre ardiente se esparca sobre m hasta la ltima gota.

Senta en mi cara el calor de su aliento. Por un instante tuve la
impresin de que haba rozado mi frente con un ligero beso.

Despus regresamos en silencio a la casa. Yo me apartaba de l lo ms
que poda, pero en el fondo de mi corazn resonaba este grito de gozo:

Me ha tenido en sus brazos!

En el umbral de la puerta, el anciano mdico sali a nuestro encuentro y
nos tendi las manos diciendo:

--Marta est mejor, hijos mos, mejor de lo que esperaba.

En el fondo de mi corazn resonaba este grito de gozo:

Me ha tenido en sus brazos!




XX


Y ahora, la noche terrible!

Cada minuto se alza todava ante mis ojos como una furia y clava en m
su mirada de fuego.

Esa noche, voy a evocarla y a hacerla pasar por delante de m como se
evocan fantasmas para avivar con su testimonio un asesinato sobre el
cual han pasado aos.

Y qu crimen he cometido? Ninguno.

Mis manos estn puras, y en el da del juicio final, cuando se pesen
nuestros actos, podr presentarme osadamente ante el trono de Dios
Todopoderoso y decirle: Cbreme con tus ms blancos ropajes, pn en mis
hombros las alas de cisne ms delicadas y djame colocarme en la primera
fila, pues poseo una hermosa voz, a la cual slo falta un poco de
ejercicio para honrar al paraso.

Pero hay crmenes que no han sido cometidos con actos ni con palabras,
que penetran en el alma como un soplo pestilencial, y la envenenan tan
completamente, que hasta el cuerpo concluye por perecer.

Era una noche poco ms o menos como la de hoy. El hmedo viento de otoo
pasaba por delante de la casa en cortas rfagas, y haca estragos en las
cimas medio deshojadas de los lamos que se inclinaban con un crujido
los unos sobre los otros. Ni una sola estrella en el cielo; sin embargo,
una luz incierta permita distinguir las nubes ms obscuras, que
pasaban, arrastradas en rpida carrera, desgarradas en jirones.

La lamparilla no quera arder, su resplandor vacilante luchaba contra
las sombras que bailaban sin interrupcin en la cama y en las paredes.
Frente a m penda la corona de yedra, negra y puntuosa; pareca una
corona de espinas.

Eran ms o menos las diez, cuando Marta se puso a delirar. Se irgui en
su cama y dijo con voz clara y distinta:

--Verdaderamente, tengo que levantarme; esto es ya demasiado!

En el primer momento sent que me invada una gran alegra, pues me
pareca que haba recobrado su conocimiento.

--Marta!

Me levant de un salto y le tom la mano.

--Pero yo haba preparado todo, las camisas, las medias y los zapatos;
un ciego dormido los habra encontrado. Y tampoco necesitis tomar
medidas; nada de ceremonias, nada de ceremonias.

Y diciendo eso me miraba fijamente con sus ojos vidriosos, como si
hubiera visto un fantasma. Despus, de improviso, lanz un grito
estridente diciendo:

--Quitadme estas piedras que me aplastan el cuerpo. Por qu me habis
sepultado bajo estas piedras?

Tom la sbana ms delgada que pude encontrar y la extend sobre ella en
lugar de la frazada; pero eso no le procur ningn alivio. Gritaba y
hablaba sin interrupcin y de vez en cuando marmoteaba con volubilidad,
como una persona que estudia una leccin a media voz.

As transcurri como una hora. Yo estaba sentada junto a la mesa, con
los ojos fijos en ella, pues en m se agitaba el temor de ver a cada
instante surgir una nueva aparicin, an ms horrible. De rato en rato,
cuando se calmaba un poco; senta un aflojamiento en mis miembros;
cerraba entonces los ojos y me dejaba ir hacia atrs, y cada vez me
imaginaba que caa en los brazos de Roberto. Sin embargo, no tena sino
muy vagamente el sentimiento de cometer una falta; mi laxitud era
demasiado grande. Me pareca tambin ver sin cesar estallar en mi cabeza
burbujas de las cuales salan rosas que producan siempre nuevas coronas
de flores. Todava despus oa un silbido de un odo a otro; se habra
dicho que una mecha azufrada me atravesaba la cabeza y que la haban
encendido.

Fue en ese estado de sobreexcitacin nerviosa, presa, ya de espantos
repentinos, ya de un abatimiento irresistible, cmo me encontr Roberto
cuando entr en el cuarto, a eso de media noche. Quiso recostarse un
poco en su cama, para velar despus el resto de la noche conmigo; pero
los gritos de Marta lo haban arrancado bruscamente al descanso.

Al verlo, todo cansancio desapareci de mi cuerpo; sent como si una
nueva oleada de sangre se hubiera esparcido en mis venas, y de un salto
me levant para ir a su encuentro.

--Procura descansar un poco--dijo l, bajando hacia m la mirada de sus
ojos cansados, hinchados por las lgrimas.--Vas a necesitar de todas tus
fuerzas.

Sacud la cabeza y le indiqu a mi hermana, que, precisamente entonces,
blanda las manos en torno suyo como si hubiera querido, en su delirio,
alejarme de su marido.

--Tienes razn--continu.--Sera posible tener suficiente tranquilidad
para dormir con semejante espectculo ante los ojos?

Y se acerc a la cama juntando las manos, e inclinndose hacia ella,
pos un ligero beso en su frente color de cera.

A m tambin me ha besado as--gritaba una voz en m.

Despus se sent al pie de la cama, tan cerca de mi silla, que su brazo,
que apoyaba en la mesa, tocaba casi mi hombro.

Tena los ojos fijos en ella, en la inmovilidad sombra de la
desesperacin.

--Vuelve en ti, Roberto!--le murmur.--Todo puede componerse todava.

l solt una risa aguda.

--Qu entiendes por componerse?--exclam.--Quieres decir que vivir
para arrastrar un cuerpo invlido, una alma quebrantada, una carga para
ella misma y para los dems? No sabes que tenemos que elegir entre
estas dos alternativas?

Un calofro helado me penetr hasta la mdula de los huesos. Pero al
mismo tiempo crea ver que las paredes se apartaban y una perspectiva
luminosa, infinita, se abra ante m.

No queras desempear el papel de sacerdotisa en esta casa?--me deca
en tono de reproche una voz interior; pero se extingui ahogada por el
ruido de mi sangre.

--De qu sirve discutir?--continu l.--Ya hace tiempo que me he
resignado a permanecer impasible cuando los golpes del Cielo me hieren
sin descanso: me he vuelto un ser miserable, sin energa y sin voluntad;
me he dejado atar de pies y manos por el destino, y por ms que me agito
hasta hacer brotar sangre de las articulaciones, eso de nada sirve:
impotente soy, impotente seguir y... nada ms! Pero no quiero
excitarme con mis palabras y dejarme arrastrar por el furor; una clera
vana como sta es ms despreciable que una hipcrita sumisin.

Sent encenderse en m el deseo de arrojarme a sus pies y de gritarle:
Haz de m lo que quieras; sacrifcame, aplstame bajo tus pies, djame
morir por ti, pero recupera tu valor y cree en tu dicha... cuando de
repente, o que de los labios de Marta sali un gemido tan lastimero,
tan dolorido, que me estremec, como si me hubieran dado un latigazo.

Quise lanzar un grito, pero el miedo que Roberto me inspiraba me oprimi
la garganta; slo un suspiro se escap de mi pecho, y lo contuve por
fuerza, al ver que su mirada inquieta se fijaba en mis ojos.

--No te preocupes de m--dije violentndome para sonrer.--Con tal de
que ella siga mejor!

l cruz los brazos sobre su rodilla y repetidas veces inclin
dolorosamente la cabeza.

Luego cesaron los gemidos de Marta. Haba dejado caer la barba sobre el
pecho y sus ojos estaban medio cerrados. Casi se habra podido creer que
dorma; pero continuaba divagando y marmoteando.

Un gran silencio rein en el dormitorio dbilmente alumbrado. No se oa
ms que un ligero silbido del viento contra la ventana y el ruido de los
ratones que corran entre los tirantes del techo.

Roberto haba hundido la cabeza en sus manos y escuchaba con espanto el
lenguaje incoherente de Marta. Poco a poco pareci calmarse, su
respiracin se hizo ms regular y ms espaciada; de rato en rato su
cabeza se inclinaba hacia un lado para volverse a levantar
inmediatamente despus, con un brusco movimiento.

Un irresistible sueo se haba apoderado de l.

Quise obligarlo a que fuera a descansar, pero tena miedo del sonido de
mi voz y guard silencio.

A intervalos cada vez ms cercanos, la parte alta de su cuerpo se
balanceaba hacia un lado; a veces sus cabellos rozaban mi mejilla, y con
la mano buscaba en torno suyo si no encontrara en alguna parte un
apoyo.

Al fin, de pronto, su frente se inclin y cay sobre mi hombro, donde
permaneci inmvil.

Me puse a temblar de pies a cabeza, como si me hubiera acaecido una
felicidad inaudita. Se posesion de m un deseo irresistible de
acariciar su abundante cabellera, que tocaba mi cara. Muy cerca de mis
ojos vi brillar algunos hilos plateados.--Ya comienza a
encanecer--pens,--es tiempo de que pruebe lo que llaman la
felicidad.--Y lo acarici efectivamente.

l suspiraba dormido, y trataba de dar a su cabeza una posicin ms
cmoda.

--No est bien as--me dije,--es necesario que te le acerques.

Y lo hice. Su hombro se apoy en el mo y su cabeza se inclin sobre mi
pecho.

--Tienes que pasar tu brazo en torno de su cuerpo--me gritaba una voz
interior,--de lo contrario no descansar bien.

Dos veces, tres veces, trat de hacerlo, pero retroceda de espanto.

Si Marta fuera a despertarse bruscamente! Pero no, sus ojos nada vean,
sus odos nada oan.

Y me decid...

Entonces se apoder de m una alegra desatinada. Me estrech contra l
a hurtadillas, dicindome con ardor: Oh, cmo quisiera cuidarte y velar
sobre ti; cmo quisiera hacer desaparecer con mis besos las arrugas de
tu frente y las penas de tu alma! Cmo luchara por ti con toda la
fuerza de mi juventud, sin descansar nunca hasta no haber vuelto la
alegra a tus ojos y el sol a tu corazn! Pero para eso...

Mis miradas se volvieron hacia Marta. S, viva, viva siempre. Su seno
se levantaba y se bajaba bajo la accin de una respiracin corta y
precipitada. Pareca ms viva que nunca.

Y, de repente, vi una llamarada que pas ante mis ojos y cre leer,
enfrente, en la pared, estas palabras:

_Oh, si ella muriera!_

S, era eso, esas eran las palabras.

_Oh, si ella muriera! Oh, si ella muriera!_




XXI


El mdico interrumpi su lectura y exhal un profundo suspiro, al
enjugar el sudor de su frente.

Roberto se haba parado de un salto; por un instante mir fijamente,
como cegado por un rayo, el crculo luminoso de la lmpara, luego se
precipit hacia el anciano; pareca querer arrancarle el papel de las
manos.

--Est escrito all?--balbuci.

--Lee t mismo!

Sigui un largo silencio.

La lmpara esparca su luz tenue y risuea, como si hubiera alumbrado
una escena de las ms alegres, y suavemente el viento soplaba, rozando
las ventanas con una caricia. Abajo, el ruido pareca calmarse: se oan
risas a intervalos cada vez ms lejanos, el runrn de las voces se
trasformaba en un murmullo uniforme y confuso. Los comensales estaban
cansados, digeran.

El mdico se haba vuelto para ver lo que haca Roberto. Este, abatido,
al borde de la cama vaca, y con la cabeza hundida en sus manos,
permaneca inmvil.

Slo su respiracin oprimida, que se escapaba de su pecho en soplos
cortos e irregulares, revelaba la tempestad que se agitaba en su
interior.

--Vuelve en ti, chico--dijo el doctor posando la mano en el hombro de
Roberto.

--To, es evidente que Olga no estaba en su juicio cuando escribi eso.

--Nunca lo ha estado ms que en ese momento!

--Cmo puedes afirmarlo? No insultes a una muerta!

--Nada est ms lejos de mi pensamiento, hijo mo. Quin se atrever a
arrojarle la primera piedra? Pero, si has escuchado atentamente,
comprenders sin pena que su vida entera transcurri en preparar, en
llevar, por decirlo as, a madurez ese instante nico. Sus sueos de
nia encerraban ya los grmenes de ese criminal deseo; se desarrollaron
bruscamente en esa famosa roca en que te sentaste con ella en el bosque,
y dieron una planta vigorosa cuya flor se abri precisamente en el
momento en que Olga penetr en tu cuarto para unirte a Marta.

--Por qu hizo eso si quera tomar el lugar de Marta?

--Eh! Acaso saba lo que quera? Todos los esfuerzos que hizo para
asegurar la felicidad de vosotros dos, no eran ms que la lucha de su
naturaleza honrada y pura contra el deseo que haba crecido en su
corazn, a partir del da en que, nia an, te volvi a ver. Pero ella
no lo saba. Ni siquiera se dio cuenta de su amor por ti, sino el da en
que entr en tu casa; razn de ms para que no pudiera sospechar las
consecuencias que dormitaban en las profundidades ms secretas de su
alma.

--Y, sin embargo, dices que ella combata ese amor, que trataba de
arrancarlo de su corazn?

--Sin que su espritu influyera en nada, sin que tuviera conciencia de
ello. Su pensamiento permaneci puro hasta aquella terrible hora de
media noche. En ella el sentimiento, solo, luchaba con el mal deseo.
Cada da sacaba del fondo de su naturaleza sana y vigorosa nuevos
recursos para eliminar el virus, o, por lo menos, para contenerlo y
hacerlo inofensivo: por eso se desterr al extranjero, por eso en el
momento en que vio tu casa pens en huir lo ms pronto. Por el tono
general de sus recuerdos ves cun poca conciencia tena de los combates
que, durante aos, hubo en el fondo de su alma. Habla, sin la menor
intencin, de mil detalles secundarios, que nada tienen que ver con la
marcha de la accin, pero que son preciosos para demostrar cunto se
desarroll ese deseo. No sabe por qu lo hace; todava es slo el
sentimiento el que le dice: eso se relaciona con mi falta.

--No creo en una falta--grit Roberto en el colmo de la agitacin.--Si
ese deseo no es una simple ilusin, el resultado de un momento de
sobreexcitacin nerviosa y enfermiza; si, al contrario, se hallaba desde
mucho tiempo atrs en preparacin en el fondo de ella misma, cmo es
posible que, seis horas antes de formularlo, haya manifestado tanta
indignacin contra mi madre, a quien sospechaba de acariciar quiz el
mismo deseo?

--Y para m--replic el mdico,--no hay mejor argumento en apoyo de mi
tesis que esa misma indignacin. Era para descargar su propia conciencia
del peso que la aplastaba, por lo que arrojaba a tu madre todas las
piedras que le caan bajo la mano. Lo que la empujaba era el miedo de su
propia culpabilidad.

--Y esa noble resolucin de renunciamiento que haba tomado pocos das
antes?

Por el rostro ajado del anciano pas una sonrisa, la sonrisa del hombre
que comprende y perdona. Repuso:

--El antiguo proverbio de que el camino del infierno est empedrado de
buenas intenciones, se encuentra justificado sin duda una vez ms aqu,
pero no toca sino someramente el asunto que nos ocupa. La resolucin que
Olga tom entonces fue una ltima tentativa, desgraciada desde luego,
para conciliar el afecto que deba a Marta con el amor que t
despertabas en ella, para establecer la paz entre la sed de felicidad,
ardiente, irresistible, que la devoraba, y la necesidad de permanecer
fiel a su hermana. Era el medio menos natural que pudiera elegir, pues
el renunciamiento, la muda resignacin, no eran su fuerte. Y luego, un
destino cruel ha querido que, a pesar de su gran inteligencia, de su
enrgica voluntad, se viera arrastrada a una falta, que es la ms comn
y la ms cobarde del mundo, una falta que he ledo en un nmero infinito
de rostros cuando he sido llamado a atender enfermos graves. Ese es,
hijo mo, uno de los lados ms obscuros de la naturaleza humana, un
resto de bestialidad que subsiste en nuestro mundo civilizado. Aun las
naturalezas sensibles y delicadas como la de Olga, no estn exentas de
l; es verdad que eso las mata, mientras que las almas ms groseras se
contentan con disimular y rechazar dentro de s mismas, el secreto que,
solicitado por la luz del da, tiende a escaparse de las recnditas
profundidades de la conciencia. Espera, voy a precisar. Un da fui a
visitar a un anciano enfermo, rico propietario, a quien no le quedaba
mucho tiempo que vivir. A su cabecera se hallaba su hijo mayor, un
hombre de cuarenta aos, ms o menos, que desde haca ya mucho tiempo
desempeaba en propiedades extraas las funciones de administrador, y
cuya prometida amenazaba envejecer y consumirse en la espera. Aqul era
un honrado y buen hijo, que no haba hecho dao a una mosca, que amaba
cordialmente a su padre y que se habra ruborizado de desear el menor
mal a su enemigo ms mortal. Sin embargo, en la angustia secreta y
sombra que se pint en sus facciones cuando inclin mi odo sobre el
pecho del anciano, le claramente este deseo: Oh, si se muriera! Otra
vez, me llamaron de la casa de una seora que, casada en segundas
nupcias, era feliz. En su dicha no haba ms que una sombra: su marido
no poda sufrir al hijo del primer matrimonio. Una arruga surcaba su
frente tan pronto como se trataba de esa criaturita, y ella, como amaba
apasionadamente a su marido y tema que le tomara aversin a ella misma
a causa del nio, se lo ocultaba lo ms que poda. El nio se enferm
con escarlatina. Encontr a la madre de rodillas junto a la cama y
derramando amargas lgrimas. Temblaba por esa frgil existencia: acaso
no haba nacido de su seno? Pero su marido entr, y en la mirada
inquieta, vacilante que ella dirigi a la cuna, se lea distintamente:
Si t murieras sera la felicidad para m. Podra citarte ejemplos
infinitos, en que los celos, la codicia, la necesidad de independencia,
la pasin de los viajes y de la libertad, el amor, han preparado y
desarrollado ese deseo terrible y criminal, que se alza de repente,
sombro y gigantesco, en un corazn humano que hasta entonces no haba
conocido ms que la luz y el amor. Por fortuna, ya hoy no causa grandes
estragos. En los tiempos de la antigua barbarie, en que las pasiones se
saciaban sin conocer obstculos, la accin ayudaba al pensamiento.
Cuando un miembro de una familia haca sombra a otro, el veneno y el
pual imperaban sencillamente. La historia, la literatura estn llenas
de asesinatos de ese gnero, y Shakespeare, ese gran conocedor de las
almas, no presenta, por decirlo as, otro tema trgico que el asesinato
entre parientes. Hoy todo se ha suavizado, y cuando la lucha por la
existencia penetra en el crculo de la familia, se contenta uno, en las
horas sombras, con desear a la persona que incomoda seis pies de tierra
sobre el cuerpo. Ese deseo, es el asesinato de otros tiempos, atenuado
por las nuevas costumbres. Ah tienes, chico; te he pronunciado un largo
discurso y si tu sangre se ha calmado mientras tanto, he conseguido mi
objeto.

--Entonces, la condenas sencillamente?--dijo Roberto, con angustia.

--No condeno a nadie, hijo mo--respondi el anciano con una sonrisa
grave,--y aun menos que a otra, a una naturaleza honrada como lo era la
de Olga. Ella encontr el valor de confesar, a s misma y a aquel a
quien ms amaba, el crimen que cometi: eso basta para elevarla por
sobre el resto de la humanidad. Porque ese deseo de que hablamos, si es
el pecado mental ms horroroso de que el espritu humano pueda hacerse
culpable, es tambin el ms secreto. No hay amigo que lo confe a su
amigo, ni un marido que lo murmure a su compaera en el silencio y la
obscuridad de la noche, ni un penitente que se atreva a decirlo a su
confesor; la oracin misma, que nace en el ms profundo arrepentimiento
y sube hacia el Cielo, lo pasa fraudulentamente en silencio. Dios tiene
derecho a saberlo todo, todo, excepto esa infamia. Nacida en las
tinieblas y el horror, tiene que desaparecer en la vergenza y el
silencio. Hay an ms! Ese deseo es la nica falta que escapa
generalmente a la justicia del mundo exterior, as como a la sancin de
la conciencia en el fondo del corazn, porque stas no tienen para ella
ni expiacin, ni castigo. En ese caso, el inexorable juez que todo
hombre lleva en s mismo, se deja comprar y corromper. Miles de hombres
que han cometido por lo menos una vez esa bajeza, no por ello dejan de
seguir viviendo contentos, engordan con perfecta tranquilidad de
espritu, felices del cumplimiento de su deseo, que se apresuran a
olvidar tan pronto como se ha realizado. El alma lo reabsorbe, como el
cuerpo reabsorbe la materia mrbida tan pronto como la causa del mal ha
desaparecido. Se pierde sin dejar huellas, en el montn de las virtudes
sociales y personales, el silencio lo aniquila. Muy lejos estoy de decir
que condeno a esos hombres; qu sera del mundo si todos los que, al
mirarse en un espejo, descubren una verruga en su cara, fueran por
desesperacin a cortarse la cabeza? Los hombres que te he pintado estn
bien constituidos y pertenecen al trmino medio de la humanidad; su
naturaleza, llamada feliz, es capaz de soportar un golpe y vaya si se
inquietan de tener aqu y all alguna mancha que los desluce! Olga
estaba hecha de un barro menos grosero, su sistema nervioso no
necesitaba choques tan violentos, y lo que en otros no producira ms
que una simple picazn, a ella le haca el efecto de un latigazo. Esas
naturalezas tienen con frecuencia algo de enfermizo, se inclinan hacia
la hipocondra y la histeria, y su vida efectiva est dominada por
imaginaciones que toman ordinariamente a los ojos de los dems el
carcter de ideas fijas. Y, sin embargo, todo en ellas obedece a leyes
rigurosas; hasta se puede decir que su organismo funciona con ms
precisin que el del comn de los mortales, y si se les pusiera bajo
vidrio como a las delicadas balanzas de los qumicos, se les vera
ejecutar maravillas. Los hombres dotados de esa extrema sensibilidad,
tienen en general una cierta debilidad de voluntad que les hace
replegarse en s mismos al menor contacto extrao, y tanto mejor para
ellos, pues as estn al abrigo de los choques violentos del mundo que
los rodea y que no seran capaces de soportar, pero ay de aquellos a
quienes una voluntad indomable, un carcter violento y apasionado,
arrastran directamente al centro de los escollos y de las zarzas! Puede
suceder entonces que una espina que ha quedado en la llaga, y de la cual
otros apenas habran hecho caso, se convierta para ellos en una flecha
envenenada que les roer el cuerpo y el alma hasta que sucumba... Vaya,
basta de charla! He aqu dos o tres hojas ms. Escucha! Vamos a saber
cmo se muere de un deseo.




XXII


Qu sucedi despus? Mi memoria no ha conservado de ello sino un
recuerdo confuso.

Me acuerdo que de repente lanc un grito que hizo estremecer a la misma
Marta, que me arroj junto a su cama y que, apoderndome de sus manos
ardientes, grit en un aliento: Slvame, slvame, despirtate!

Y despus me encontr en mi cuarto, adonde Roberto me haba llevado.
Cmo describir mi espanto cuando reconoc en el espejo mi cara
descompuesta, cubierta por el sudor de la angustia, la carcajada que
solt, el horror que me caus mi propia risa, mientras que,
desfalleciente, oa resonar en mis odos el deseo, repetido por todas
partes por mil voces celosas que se rean burlonamente y cuchicheaban:

Oh, si ella muriera!

Cmo describir aquello, sin desencadenar contra m todos los fantasmas
de esa noche mortal?

Veo todava claramente al mdico que inclinaba sobre m su rostro amigo,
lo veo darme algo de beber, algo amargo, y despus... nada ms.

Los primeros resplandores del alba aparecan plidos por las ventanas
cuando me despert. Me dola la cabeza y cuando dirig en torno mo una
mirada vaga, cre ver enfrente, trazadas en el yeso de la pared, las
palabras:

Oh, si ella muriera!

Sent un calofro y me vino este pensamiento: Si Marta se muere ahora,
ser tu deseo lo que la habr muerto.

Me levant vivamente y me acerqu al espejo.

He ah, pues, la cara de una persona que desea la muerte de su
hermana--dije al ver reflejado mi lvido semblante.

Y, sintiendo bruscamente asco de m misma, di un golpe al vidrio con el
puo; los dedos me sangraron, pero el espejo no se rompi.

Insensata de m! No saba que en lo sucesivo el mundo entero no sera
para m sino el espejo de mi crimen.

Pero quiz no muera! Ese pensamiento, que se despert de pronto en mi
cerebro, esparci en l una oleada de luz tal, que cerr los ojos como
cegada.

Y luego o de nuevo gritar en m: Marta morir y ser tu deseo lo que
la habr muerto! Apret los dientes y apoyndome en la pared me
arrastr hasta el cuarto de la enferma.

Llegu a la puerta y al no or el menor ruido en el interior, me dije:
Ya no encontrars sino un cadver.

No, todava viva, pero la muerte haba puesto ya en ese rostro la marca
de sus garras.

El cartlago de la nariz se destacaba ms, los labios, entreabiertos,
dejaban ver los dientes inclinados, los ojos casi desaparecan en el
fondo de sus azuladas cavidades.

A sus pies estaban Roberto y el anciano mdico. Roberto se ocultaba el
rostro entre las manos; los sollozos sacudan su cuerpo. El anciano fij
en m su mirada penetrante; por un instante cre otra vez que lea hasta
el fondo de mi alma y que mi falta se exhiba abiertamente ante l.
Pero, cuando al verme tambalear, acudi para sostenerme en sus brazos,
vi que era slo la mirada del mdico la que haba fijado en m.

--Cunto tiempo vivir todava?--pregunt, cerrando los ojos.

--Est en agona!

En ese momento sent que algo se helaba en m y tomaba la rigidez de una
piedra; en ese momento, la esperanza muri en m, y con ella la fe en m
misma, la creencia en la dicha y en el bien. Una gran calma rein en
todo mi ser. La muerte, que se cerna sobre la cama, haba tocado
tambin mi cuerpo con sus negras alas. Con la lucidez de una vidente, vi
desarrollarse, sin velo, ante mis ojos, lo que me quedaba de existencia.
En lo sucesivo iba a pasar por esta tierra como una muerta, como una
muerta iba a tomarle apego a la vida, y como una muerta iba a ver
acercarse a m la felicidad que, sin embargo, haba perdido para
siempre.

Roberto se adelant y me bes; le dej hacer tranquilamente, estaba
insensible.

Luego me sent muy cerca de la cama de mi hermana y la mir, esperando
la muerte.

Segua con atencin todos los sntomas de aquella lenta agona. Me
pareca que mi conciencia estaba fuera de m y que me vea a m misma
sentada como una estatua de piedra, con los ojos fijos en el rostro de
la moribunda.

No tuve el menor alucinamiento, no me hice el menor reproche bajo la
accin de la fiebre, y nada vino desde entonces a perturbar el curso de
mis pensamientos. Vea claramente que mi deseo no poda en realidad
darle la muerte, y sin embargo, para m, para mi conciencia, era slo mi
deseo lo que la haba muerto.

As, pues, yo estaba sentada junto a la cama de mi vctima, esperando su
muerte, que era tambin la ma.

Aquello dur mucho. Pasaron las horas del da; Marta viva todava. Su
pulso no lata ya desde haca rato, su corazn pareca paralizado, pero
su respiracin continuaba siempre ligera y rpida. Mientras yo dorma,
bajo el efecto de la morfina, le haba hecho, como ltimo recurso de
salvacin, una inyeccin de almizcle para reanimar una vez ms sus
fuerzas: aquello era lo que la sostena en ese momento. Pero el olor de
almizcle mezclado con los vapores de fenol que llenaba la habitacin
como un cuerpo ponderable y palpable, me pesaba sobre la nuca y me
aplastaba las sienes. A cada aspiracin me pareca absorber unos
cuerpos pesados que me hinchaban.

Por la tarde, los padres de Roberto vinieron. Yo, que todava la vspera
no haba demostrado a la ta ms que orgullo y desprecio, le bes
humildemente la mano. Aquello era el principio de la expiacin que me
haba impuesto en el lecho de muerte de Marta, y que no deba concluir
sino con mi vida.

Lleg la noche: Marta segua respirando. Con la boca muy abierta, los
ojos empaados cubiertos de una capa de mucosidades, me miraba
fijamente. Su cuerpo pareca achicarse cada vez ms, yaca todo
encogida: casi pareca que no se atreva a ocupar en la muerte el lugar,
muy modesto sin embargo, que ocupaba en vida.

La ta llenaba la casa con sus intolerables sollozos, los dems tambin
lloraban; yo sola no tena lgrimas.

Cuando a eso de las once, Marta exhal el ltimo suspiro, me acometi un
acceso de locura furiosa.




XXIII


En este instante llego de casa de Roberto.

Este se ha mostrado afectuoso y bueno para conmigo; he visto brillar en
sus ojos una tmida ternura, medio velada, que mi corazn ha bebido con
avidez. Me parece que una nueva primavera se acerca: la risa y la
alegra se despiertan en mi corazn, y, cuando cierro los ojos, veo
bailar en torno mo dorados rayos de sol.

Pero basta de pensamientos de felicidad, basta de cobarda! Si llega a
amarme, tanto peor para l! No me he prestado a ello; no por cierto!
Sera tan despreciable como una mujer perdida si hubiera hecho eso.
Desde mi curacin, durante ms de un ao, he dirigido su casa con
lealtad y probidad, sin pretender agradarle, sin desear serle
indispensable. Y, sin embargo, he llegado a serlo. Mi seora ta ha
tenido que reconocerlo ella misma, ella que casi me impone su
hospitalidad, no obstante el odio que profesa a mi persona. Es demasiado
buena ama de casa, para no saber que, sin m, el hogar de su hijo se
habra arruinado durante esos das de duelo, en que Roberto, absorbido
por su inmenso dolor, permaneca inerte, indiferente a todo, aun al
nio. Sin m el pobre pequeuelo estara desde hace tiempo bajo tierra.
No enumerar todo lo que he hecho durante ese tiempo, todo lo que ha
producido mi trabajo: en verdad no me conviene desempear el papel de
farisea.

Tampoco hablar de expiacin; esta es una palabra demasiado pomposa,
detrs de la cual no se oculta ordinariamente sino una miserable
mentira, una vana ilusin. Cmo borrar la mancha que me ha mancillado?
Se expa una falta trgica, se expa hasta un gran crimen; pero una
infamia como la que yo he cometido, es un borrn del cual el alma no
puede lavarse.

Si por lo menos pudiera ignorar qu secreto vela en el fondo de mi
corazn!

Por qu quera en otros tiempos permanecer pura ante mi conciencia, si
no era para poder pertenecerle un da? Como si el eterno destino no
hubiera alzado l mismo entre nosotros una muralla que, desde el fondo
de la tumba de Marta, se eleva hasta los astros.

Y, si alguna vez un demonio le soplara en el odo el consejo de extender
la mano hacia m, podra hacer de otro modo que rechazarlo como a un
loco temerario? Pero eso no suceder: he sabido tenerlo a distancia. Que
crea que lo desdeo, que crea que estoy encerrada dentro de mi orgullo y
de mi egosmo: sabr guardar el secreto de mi corazn.

Si tan slo no existiera!

Ms de una vez, sobre todo durante la noche, mientras mis miradas se
pierden en la obscuridad, un deseo se apodera de m con una violencia
tan extravagante, que me parece que va a aniquilarme. Me invade como la
embriaguez de la fiebre, ofusca mis sentidos y me hace hervir la sangre
en las venas: es el deseo de descansar, una vez tan siquiera, entre sus
brazos para llorar en ellos a mis anchas, porque desde aquellas noches
las lgrimas se han secado en m. Me ha sido imposible llorar desde ese
da en que encontr a Marta tendida en su lecho de dolor.




XXIV


Quince das despus.

Es un hecho, Roberto me ama. Ha venido a pedir mi mano. Ahora s que hay
una expiacin. Ah, si estas torturas no purificaran!

Jess; ya no tengo en vos la ingenua fe de la infancia, pero habis sido
hombre, habis sufrido como yo; os imploro... pero no, esto es locura,
vuelve en ti, mujer, clmate. Acaso no hay un descanso eterno en el
cual puedes refugiarte libremente, si te faltan las fuerzas para
sobrellevar los dolores de esta existencia? Quin te lo impide?

Me ama; lo he conseguido. Pero, para que me amara, ha sido necesario que
Marta pereciera y que yo me perdiera en un abismo de crimen y de
vergenza, del cual ningn poder del Cielo ni de la tierra podra
arrancarme.

Estoy muerta; muertos tambin deben estar mis deseos y mis esperanzas; y
a mi sangre que se rebela, hierve y se agita cuando pienso en l, sabr
calmarla por fuerza, si no...

Oh, qu actitud tena delante de m! Las palabras salan lentas y
tmidamente de sus labios; sus miradas plaideras, que parecan implorar
socorro, buscaban las mas y sin embargo apenas osaban desprenderse del
suelo; en su embarazo, enroscaba entre sus dedos la extremidad de su
barba y golpeaba con el pie cuando no poda encontrar la palabra justa.
Oh, pobre nio grande, amado mo! No viste que todo mi ser me
precipitaba a tus brazos y arda por permanecer en ellos eternamente?
No viste que mis labios temblaban de deseo de posarse en los tuyos y de
quedarse suspendidos de ellos hasta mi ltimo suspiro?

No viste nada de eso?

Debiste, pues, dar fe a las palabras que te dije, casi sin tener
conciencia de ello. Mi corazn las ignora completamente; te lo juro. Te
amo y te amar hasta mi ltimo pensamiento, y el ltimo aliento que se
escapar de mis labios ser tu nombre.

Y cmo has podido creer en el pretexto que te di? Dejarte a una mujer
rica! A ti para quin querra mendigar por los caminos, por quin
querra gastarme los ojos, hacerme sangrar los dedos cosiendo si lo
necesitaras!

Te acuerdas de aquella noche, en casa de mis padres, cuando aspirabas a
la mano de Marta? Cmo puedes, si la recuerdas, hacerme la injuria de
aceptar mi miserable excusa!

Y cuando me diste la mano al decirme adis, por qu me dirigiste una
mirada tan triste, tan humilde? No sabas que esa mirada me torturara
sin cesar, noche y da, como el reproche de una grave falta que he
cometido para contigo?

No, amigo mo, eres el nico ser en el mundo que nada tenga que
reprocharme. He procedido lealmente contigo, y hoy ms que nunca,
aunque jams hayas sido ms indignamente engaado que hoy!

Si tan slo pudiera decirte cunto te amo! Con qu placer morira en
el acto! Colgarme una sola vez de tu cuello, ocultar una vez mi cabeza
en tu hombro y llorar lgrimas de sangre!

No me vuelvas a mirar as, mi querido nio grande, como para hacer creer
que te he desdeado con razn, que te he encontrado demasiado simple y
demasiado indigno de m, pues, mira, no s lo que hara!

Que Dios te preserve de m y de mi amor!




XXV


Ocho das despus.

Al fin se ha realizado mi deseo! Me he arrojado en sus brazos, me he
embriagado con sus besos, he llorado hasta la saciedad sobre su hombro.

Estoy serena, enteramente serena, he probado todo lo que la vida poda
todava ofrecer de felicidad a una pecadora como yo.

Y ahora?

Desde hace horas, me encuentro frente a esta ltima y grave cuestin:
huir o morir!

Es necesario que me decida esta misma noche por una u otra de estas
alternativas, pues Roberto vendr maana para llevarme a la tumba de
Marta.

Antes que seguirlo all, prefiero morir. Aun admito que lleve la
hipocresa hasta no caer de rodillas sobre esa tumba para confesarle
todo; admito que el horror que me inspirara a m misma, no me ahogue,
que encuentre el miserable valor de casarme con l; qu existencia
llevara a su lado?

Para qu aferrarse a una dicha que uno mismo ha hecho imposible desde
mucho tiempo atrs? Pasara por esta tierra semejante a una pobre
criminal a quien se lleva a la muerte, eternamente torturada por el
temor de descubrirme a sus ojos y, a pesar de eso, llena del deseo de
gritar mi falta al mundo entero. Cmo podra dormir en ese lecho que he
deseado ver que mi hermana abandonara para bajar a la tumba! Cmo vivir
entre esas paredes en que todava estn inscritas en letras de fuego
esas palabras: Oh, si ella muere!

Voy a razonar framente conmigo misma, como conviene a una persona que
hace el balance de su vida.

Ser su esposa? Eso es imposible, bien lo s.

Huir? Qu hara en medio de extraos? Los conozco; conozco a los
hombres y los desprecio. Ellos me han hecho dao, seguirn hacindome
sufrir. Todo lo que me queda de fe, de amor y de esperanza, no descansa
ya ms que en l.

Pues bien, morir? Los frascos de morfina estn ah, en salvo en el
fondo de mi gaveta; un presentimiento me deca que algn da los
necesitara, cuando los reservaba secretamente, a despecho de las
rdenes de mi anciano to el doctor. Las pocas horas de sueo que he
perdido me sern devueltas as al cntuplo.

Escribir todava una carta a mi to; l ser mi heredero y mi
confidente. Quiz podr disimular mi suicidio y hacer que Roberto no lo
sospeche.

A l, ni una palabra de despedida. Esto es doloroso; pero es necesario
que sea as.

* * *

He salido furtivamente y he corrido a poner la carta en el buzn. El
sereno anunciaba la media noche. Qu desierto y obscuro est el mundo!
El viento pasa estremecindose por los tilos; aqu y all brilla
tristemente una luz que parece alumbrar secretos dolores.

Por el camino avanza un hombre ebrio que exhala sordos gruidos y quiere
atacarme. En torno mo las tinieblas, la miseria y la rudeza; en mi alma
el remordimiento y una pasin que jams se saciar, he ah lo que me
reservaba el porvenir. En verdad, nada tiene ya que ofrecerme esta vida.

Mucho se habla y se escribe sobre las angustias de la muerte: yo no
siento indicios de ellas. Me encuentro bien ahora, despus de haber
llorado a mi gusto. Las lgrimas que no podan darse libre curso, me
ponan en el pecho un peso aplastador.--Y dicen que llorar da sueo.
Buenas noches!


FIN





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the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
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1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
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the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
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States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
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This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
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with this eBook or online at www.gutenberg.org

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from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
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or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
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     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
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     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
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1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
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1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

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received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
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providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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