The Project Gutenberg EBook of Juanita La Larga, by Juan Valera

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Title: Juanita La Larga

Author: Juan Valera

Commentator: Paulino Garagorri, prologue

Release Date: August 8, 2005 [EBook #16484]
[Date last updated: February 22, 2011]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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JUAN VALERA




JUANITA LA LARGA

PROLOGO DE PAULINO GARAGORRI

SALVAT EDITORES, S.A.

1982 Salvat Editores, S.A.
Impreso en:
Grficas Estella, S.A. Estella (Navarra)-1983
I.S.B.N. 84-345-8003-9 (obra completa)
I.S.B.N. 84-345-8011-X (tomo 8)
Depsito Legal: NA-40-1983
Printed in Spain
Edicin Integra especialmente autorizada
para BIBLIOTECA BSICA SALVAT




PROLOGO


Don Juan Valera no fue solamente novelista. Escribi mucho, Algo de
todo, segn reza el ttulo de uno de sus libros, y lo hizo a despecho de
vacilaciones y desengaos. Varias veces me di ya por vencido, y hasta
por muerto; mas, apenas dej de ser escritor, cuando reviv como tal
bajo diversa forma. Primero fui poeta; luego periodista; luego crtico;
luego aspir a filsofo; luego tuve mis intenciones y conatos de
dramaturgo, y al cabo trat de figurar como novelista.... Bajo esta
ltima forma es como la gente me ha recibido menos mal; pero, aun as,
no las tengo todas conmigo. Hoy, Valera es un autor clsico reconocido
en toda historia de nuestra literatura, pero la frase final de la cita
transcrita no es slo frmula de buena crianza para evitar la propia
ponderacin, sino confidencia ntima de un hombre que ha corrido mucho
pero sin asiento ni rumbo seguro. Pues, adems de tantear la carrera de
escritor, cultivando tan diversos gneros literarios, empe su tiempo
en otras profesiones. En su larga vida (muere cumplidos los ochenta y
uno) residi muchos aos fuera de Espaa--en Npoles, Lisboa, Ro,
Dresde, Mosc, Francfort, Washington, Bruselas, Viena--, con cargos
diplomticos que le confera o retiraba el Gobierno segn estuviese
regido por amigos o enemigos polticos. Y l quiso y logr intervenir
activamente en la poltica, como diputado en varias legislaturas, y aun
lleg a Subsecretario de Estado, pero por muy poco tiempo y al favor de
la Revolucin de Septiembre de 1868, tan gloriosa como fugaz. Tena,
adems, algo de hacienda propia, heredada, en tierras de Crdoba, con lo
que a veces sala de apuros y otras se vea envuelto en obligaciones.
Cas ya cuarentn con una joven a la que doblaba en edad y cuyo
carcter result poco acordado a sus gustos. Mi casa--escribe a un
amigo--es el rigor de las desdichas. No me ha valido la posicin que
aqu tengo (de embajador, en Lisboa), los dineros, tal vez ms de lo
conveniente, que gasto, ni nada, para que mi mujer est alegre y
satisfecha y no me muela.... En suma, yo estoy archifastidiado. No se
case usted nunca. Razn tuvo la Iglesia catlica en establecer el
celibato para los clrigos, y clrigos somos usted y yo (Valera se
diriga a Menndez Pelayo). Su vida fue, pues, movediza, con parntesis
y alternativas, y a los giros de la biografa personal hay que sumar los
grandes cambios que en la sociedad espaola le toc presenciar y
compartir, desde el siniestro Fernando VII--naci en 1824--a las
frivolidades de don Alfonso XIII--muere en 1905--. Sufri, adems,
algunos pesares acerbos: la muerte de su hijo primognito y predilecto,
cuando l estaba lejos y solo, en Washington; el caso de una distinguida
joven americana tan perdidamente enamorada, cuando l tena cumplidos
los sesenta aos, que se suicid al abandonar Valera aquellas tierras.
Y, sin embargo, creo difcil hallar en toda la literatura castellana un
autor que pueda ofrecer tantas pginas risueas, divertidas y penetradas
por un amor a la vida que anega las desventuras y limitaciones
inevitables en una comprensin optimista que, al cabo, valora ms la
complacencia en lo realmente existente que en los defectos y ausencias
que se echan de menos. No es que don Juan Valera fuese hombre bondadoso
y contentadizo; por el contrario, sus dotes de crtico, su inteligencia
penetrante e irnica fueron superlativas, aunque embozadas, porque el
tiempo que le toc vivir lo requera. Pero siempre el _panfilismo_--el
amor a todo--, como l deca, sobrenada en sus pginas. Y
principalmente en su labor, tarda, de novelista.

Las novelas de Valera aparecen en dos etapas. En la primera, en los
cinco aos que median entre 1874 y 1879, se publican _Pepita Jimnez_,
_Las ilusiones del doctor Faustino_, _El comendador Mendoza_, _Pasarse
de listo_ y _Doa Luz_, en una racha de excepcional intensidad; tena
Valera por entonces entre cincuenta y cincuenta y cinco aos, y en la
dedicatoria que antepuso a _El comendador Mendoza_ figuran las
confidencias que cit al comienzo. De haber continuado a ese aire, don
Juan Valera hubiese escrito tanto como Galds--el ms grande de los
novelistas espaoles, y no slo en cantidad--y su vida y su obra seran
otras. Mas, a pesar del esfuerzo del autor y de la benvola aceptacin
del pblico, las cuentas domsticas no cuadraban, se acentuaba la
escasez de metales preciosos y, al amparo de otra oportunidad, Valera
volvi a la diplomacia. Son los aos de Lisboa, Washington, Bruselas,
Viena. En Viena cumplir los setenta aos, pero al siguiente sale
Sagasta y entra Cnovas al Gobierno, y Valera se considero obligado a
dimitir del que sera su ltimo cargo. Vuelto a Madrid, de nuevo se pone
seguidamente a escribir, o a dictar al amanuense cuando pierde la vista,
y continuar sin tregua hasta el fin de sus das. En esta ltima etapa,
su primer libro ser, precisamente, Juanita la Larga (1895); luego
_Genio y figura_ (1897) y _Morsamor_ (1899), adems de componer otros
varios libros, y aun otra novela, de edicin pstuma e inacabada, _Elisa
la malaguea_.

Las novelas fueron, pues, frutos tardos en la vida de Valera y
resultado de dos etapas distantes y relativamente breves. Sin embargo,
su inspiracin no proceda de factores azarosos ni circunstanciales. En
rigor, y salvando las excepciones que lo confirman, cabe decir que una y
otra vez Valera escribi y reescribi principalmente una sola novela, la
biografa de un determinado tipo de mujer, situada en un ambiente que no
procede de experiencias en tierras y con gentes extraas, ni siquiera en
Madrid, sino el de su tierra natal, la ciudad de Cabra, y el municipio
prximo de Doa Menca; en ambos lugares es donde sus padres tenan
alguna propiedad y l pas en ellos su infancia y mocedad. Luego los
visit poco, pero abrig siempre el propsito de retirarse a Cabra solo
y con sus libros, a escribir y leer, y ocupar as sus postrimeras. Unas
estancias con ocasin de la vendimia, en torno al ao 72, debieron
refrescarle emociones y sucesos vividos, y de ese renacimiento de
impresiones aejas sali precisamente la primera racha de sus novelas.
Para la segunda bastaron los recuerdos. Otro elemento se reitera
igualmente en sus novelas: el amor, difcil, entre el varn bastante
maduro y la mujer todava en agraz.

Entre las pginas ms felices de Valera figuran las que ttulo La
cordobesa, descripcin y anlisis precioso de la mujer de su tierra.
Pues bien, el hroe de sus novelas es precisamente una serie de
cordobesas a las que vemos vivir en el marco andaluz y lugareo que les
presta sus gracias y sus lmites. Las novelas de Valera estn llenas de
detalles, sin duda observados en la realidad, y no slo detalles de
objetos y lugares, sino de gentes y aun personas reales. Sin embargo,
Valera, al explayarse en el plano terico, sola insistir en los
ilimitados fueros de la fantasa y en la postura del arte por el arte.
Frente al naturalismo zolesco y frente a otros realismos ms castizos,
estimaba que la novela no ha de recluirse en lo verosmil ni contener
una intencin moralizante. Mediante esas afirmaciones amparaba, adems,
a sus propias novelas, en las que presuma de libre invencin y libres
de tesis. Pero, aludiendo en particular a Juanita la Larga, escriba:
No s si este libro es novela o no. Lo he escrito con poqusimo arte,
combinando recuerdos de mi primera mocedad y aun de mi niez, pasada en
tal o cual lugar de la provincia de Crdoba. A fin de tener libre campo
en que fingir una accin, no determino el lugar en que la accin pasa e
invento uno, dndole nombre supuesto; pero yo creo que los usos y
costumbres, los caracteres, las pasiones y hasta los lances de mi relato
han podido suceder, naturalmente, y tal vez han sucedido, siendo yo, en
cierto modo, ms bien historiador fiel y veraz que novelista rico de
imaginacin y de inventiva. Si no fuese porque ahora est muy de moda
este gnero de novelas, copia exacta de la realidad y no creacin del
espritu potico, yo dara poqusimo valor a mi obra. No lo tiene
tampoco porque trate de demostrar una tesis metafsica, psicolgica,
social, poltica o religiosa. Juanita la Larga no propende a demostrar
ni demuestra cosa alguna. Su mrito, si lo tuviese, ha de estar en que
divierta. Y todava agrega: Mi libro puede considerarse como un espejo
o reproduccin fotogrfica de nombres y de cosas de la provincia en que
yo he nacido. Es decir, que, al cabo, en esta obra de plena madurez,
reconoce el predominio de la vena realista, pero mantiene que en ella no
pretende demostrar nada oculto ni reservado.

Y, sin embargo, la aventura reiteradamente encarnada en ese determinado
tipo de mujer que Valera, se complace en describir y animar constituye,
a mi entender, una tesis y su viviente demostracin. Contra el pesimismo
y el determinismo propios del naturalismo, Valera nos mostrar un mundo
en el que la libre decisin y el optimismo alcanzan el triunfo. Todas
sus heronas tienen algo grave--a los ojos de la sociedad de su
tiempo--que hacerse perdonar. Y lo que Valera nos muestra es, por as
decirlo, de lo que es capaz una mujer si tiene resolucin y buenas
hechuras. Pobreza extrema y vileza de nacimiento cierran el horizonte
de Juanita, hija de Juana la Larga, y le prohben, por ejemplo, vestirse
de seda, mas se trata de una criatura indmita y... el lector va a verla
actuar por s mismo en las pginas que siguen, y no debo adelantarle las
sorpresas que le esperan. Pero Valera profesaba ciertamente la religin
del arte, y esa y otras tesis se hacen casi invisibles tras las
peripecias de los personajes y la prosa admirable que constituye su
sobrehaz y su atractivo.

Es opinin compartida--a la que, en esta oportunidad, me sumo--que
_Juanita la Larga_ es la mejor entre las novelas que escribi Valera. La
multiplicidad de los personajes con relieve en la trama, sin mengua del
protagonismo de la herona; las sucesivas transformaciones de la
situacin, que sin interrupcin reinician y amplan la historia; el
razonable reparto de bondad y malicia entre los que hacen el
papel--inevitable--de buenos y malos; la perfeccin que alcanzan algunos
de los cliss, ya ensayados por el autor en anteriores producciones, son
algunas de entre las razones que lo justifican, y a las que me cabe
aludir en las contadas lneas de este prlogo.

_PAULINO GARAGORRI_




I


Cierto amigo mo, diputado novel, cuyo nombre no pongo aqu porque no
viene al caso, estaba entusiasmadsimo con su distrito y singularmente
con el lugar donde tena su mayor fuerza, lugar que nosotros
designaremos con el nombre de Villalegre. Esta rica, aunque pequea
poblacin de Andaluca, estaba muy floreciente entonces, porque sus
frtiles viedos, que an no haba destruido la filoxera, producan
exquisitos vinos, que iban a venderse a Jerez para convenirse en
jerezanos.

No era Villalegre la cabeza del partido judicial, ni oficialmente la
poblacin ms importante del distrito electoral de nuestro amigo; pero
cuantos all tenan voto estaban tan subordinados a un grande elector,
que todos votaban unnimes y, segn suele decirse, volcaban el _puchero_
en favor de la persona que el gran elector designaba. Ya se comprende
que esta unanimidad daba a Villalegre, en todas las elecciones, la ms
extraordinaria preponderancia.

Agradecido nuestro amigo al cacique de Villalegre, que se llamaba don
Andrs Rubio, le pona por las nubes y nos le citaba como prueba y
ejemplo de que la fortuna no es ciega y de que concede su favor a quien
es digno de l, pero con cierta limitacin, o sea sin salir del crculo
en que vive y muestra su valer la persona afortunada.

Sin duda, don Andrs Rubio, si hubiera vivido en Roma en los primeros
siglos de la era cristiana, hubiera sido un Marco Aurelio o un Trajano;
pero como viva en Villalegre y en nuestra edad, se content y se
aquiet con ser el cacique, o ms bien el Csar o el emperador de
Villalegre, donde ejerca mero y mixto imperio y donde le acataban todos
obedecindole gustosos.

El diputado novel, no obstante, ensalzaba ms a otro sujeto del
distrito, porque sin l no se mostraba la omnipotencia bienhechora de
don Andrs Rubio. As como Felipe II, Luis XIV, el papa Len X y casi
todos los grandes soberanos han tenido un ministro favorito y constante,
sin el cual tal vez no hubieran desplegado su maravillosa actitud ni
hubieran obtenido la hegemona para su patria, don Andrs Rubio tena
tambin su ministro que, dentro del pequeo crculo donde funcionaba,
era un Bismarck o un Cavour. Se llamaba este personaje don Francisco
Lpez y era secretario del Ayuntamiento, pero nadie le llamaba sino don
Paco.

Aunque haba cumplido ya cincuenta y tres aos, estaba tan bien
conservado que pareca mucho ms joven. Era alto, enjuto de carnes, gil
y recio, con poqusimas canas an, atusados y negros los bigotes y la
barba, muy atildado y pulcro en toda su persona y traje, y con ojos
zarcos, expresivos y grandes. No le faltaba ni muela ni diente, que los
tena sanos, firmes y muy blancos e iguales.

Pasaba don Paco por hombre de amensima y regocijada conversacin,
salpicada de chistes con que haca rer sin ofender mucho ni lastimar al
prjimo, y por hbil narrador de historias, porque conoca perfectamente
la vida y milagros, los lances de amor y fortuna y la riqueza y la
pobreza de cuantos seres humanos respiraban y vivan en Villalegre y en
veinte leguas a la redonda.

Esto, en lo tocante al agrado. Para lo til, don Paco vala ms: era un
verdadero facttum. Como en el pueblo, si bien haba dos licenciados y
tres doctores en Derecho, eran abogados _Peperris_, o sea, de secano,
todos acudan a don Paco, que rbula y jurisperito, saba ms de leyes
que el que las invent, y los ayudaba a componer o compona cualquier
pedimento o alegato sobre negocio litigioso de algn empeo y cuanta.

El escribano era un zoquete, que haba heredado la escribana de su
padre, y que sin las luces y la colaboracin de don Paco apenas se
atreva a redactar ni testamento, ni contrato matrimonial, de
arrendamiento o de compraventa, ni escritura de particiones. El alcalde
y los concejales, rsticos labradores, por lo comn, a quienes don
Andrs Rubio haca elegir o nombrar, le estaban sometidos y devotos, y
como no entendan de reglamentos ni de disposiciones legales sobre
administracin y hacienda, don Paco era quien reparta las
contribuciones y lo dispona todo. Cuidaba al mismo tiempo de la
limpieza de la villa, de la conservacin de las Casas Consistoriales y
dems edificios pblicos y del buen orden y abastecimiento de la
carnicera y de los mercados de granos, legumbres y frutas; y era tan
campechano y dicharachero, que alcanzaba envidiable favor entre los
hortelanos y verduleras, quienes solan enviar a su casa, para su
regalo, segn la estacin, ya higos almibarados, ya tiernas lechugas, ya
exquisitas ciruelas claudias o ya los melones ms aromticos y dulces.

El carnicero estaba con don Paco a partir un pin, y de seguro que si
alguna becerrita se perniquebraba y haba que matarla, lo que es los
sesos, la lengua y lo mejorcito del lomo no se presentaba en otra mesa
sino en la de don Paco, a no ser en la de su hija, de quien hablaremos
despus.

Asombrosa era la actividad de don Paco, pero distaba mucho de ser
estril. Con tantos oficios floreca l y medraba que era una bendicin
del Cielo, y aunque haba empezado en su mocedad por no poseer ms que
el da y la noche, haba acabado por ser propietario de buenas fincas.
Posea dos hazas en el ruedo, de tres fanegas la una. La otra slo tena
una fanega y cinco celemines; pero como all en lo antiguo haba estado
el cementerio en aquel sitio, la tierra era muy generosa y produca los
garbanzos ms mantecosos y ms gordos y tiernos que se coman en toda la
provincia, y en cuya comparacin eran balines los celebrados garbanzos
de Alfarnate. Posea tambin don Paco quince aranzadas de olivar, cuyos
olivos no eran ningunos cantacucos, sino muy frondosos y que llevaban
casi todos los aos abundante cosecha de aceitunas, siendo famosas las
gordales, que l haca aliar muy bien, y que, segn los peritos en esta
materia, sobrepujaban a las ms sabrosas aceitunas de Crdoba, tan
celebradas ya en _La gatomaquia_ por el Fnix de los Ingenios, Lope de
Vega.

Por ltimo, posea don Paco la casa en que viva, donde no faltaban
bodega con diez tinajas de las mejores de Lucena, un pequeo lagar y una
candiotera con ms de veinte pipas entre chicas y grandes. Para llenar
las pipas y las tinajas era don Paco dueo de un hermoso majuelo, que
casi tena seis fanegas de extensin; y aunque su producto no bastaba,
sola l comprar mosto en tiempo de la vendimia, o ms bien comprar uva,
que pisaba en el lagar de su casa.

Era sta de las buenas del pueblo, con corral donde haba muchas
gallinas, y con patio enlosado y lleno de macetas de albahaca, brusco,
evnimo, miramelindos, dompedros y otras flores.

Claro est que para las faenas rsticas del lagar, del trasiego del vino
y de la confeccin del aceite, hombres y bestias entraban por una
puertecilla falsa que haba en el corral. En suma, la casa era tal y tan
cmoda y seoril, que si la hubiera alquilado don Paco, en vez de
vivirla, no hubiese faltado quien le diese por ella cuatrocientos reales
al ao, limpios de polvo y paja, esto es, pagando la contribucin el
inquilino.

Menester es confesar que todo este florecimiento tena una terrible
contra: la dependencia de don Andrs Rubio, dependencia de que era
imposible o por lo menos dificilsimo zafarse.

Por tiles y habilidosos que los hombres sean, y por muy aptos para
todo, no se me negar que rara vez llegan a ser de todo punto
necesarios, singularmente cuando hay por cima de ellos un hombre de
voluntad enrgica y de incontrastable podero a quien sirven y de cuyo
capricho y merced estn como colgados. Don Andrs Rubio haba, digmoslo
as, hecho a don Paco; y as como le haba hecho, poda deshacerle. No
le faltaran para ello persona o personas que reemplazasen a don Paco,
repartindose sus empleos, si una sola no era bastante a desempearlos
todos con igual eficacia y tino.

Don Paco tena plena conciencia de lo que deba y de lo que poda
esperar y temer an de don Andrs; de suerte que tanto por gratitud
cuanto por prudencia previsora, le serva con la mayor lealtad y celo y
procuraba complacerle siempre. Don Paco, sin embargo, no recelaba mucho
perder su elevada posicin y su envidiable privanza. Adems de contar
con su rarsimo mrito, estaba agarrado a muy buenas aldabas.




II


Viudo haca ya ms de veinte aos, tena una hija de veintiocho, que
haba sido la ms real moza de todo el lugar, y que era entonces la
seora ms elegante, empingorotada y guapa que en l haba, culminando y
resplandeciendo por su edad, por su belleza y por su aristocrtica
posicin, como el sol en el meridiano. Haca ya diez aos que ella haba
logrado cautivar la voluntad del ms ilustre caballero del pueblo, del
mayorazgo don Alvaro Roldn, con quien se haba casado y de quien haba
tenido la friolera de siete robustos y florecientes vstagos entre hijos
e hijas.

El tal don Alvaro viva an con todo el aparato y la pompa que suelen
desplegar los nobles lugareos. Su casa era la mejor que haba en
Villalegre, con una puerta principal adornada, a un lado y a otro, de
magnficas columnas de piedra berroquea, estriadas y con capiteles
corintios. Sobre la puerta estaba el escudo de armas, de piedra tambin,
donde figuraban leones y perros, calderas, barcos y castillos y multitud
de monstruos y de otros objetos simblicos que para los versados en la
utilsima ciencia del blasn daban claro testimonio de su antigedad y
sublimidad de su prosapia.

Decan las malas lenguas, y en los lugares nunca faltan, que don Alvaro
estaba atrasado, que tena hipotecadas algunas de sus mejores fincas y
que deba bastante dinero; pero yo las supongo hablillas calumniosas,
porque l viva como si nada debiese. Le servan muchos criados,
constantes unos y entrantes y salientes otros; y como era aficionadsimo
a la caza, no le faltaban una jaura de galgos, podencos y pachones, y
dos hbiles cazadores o escopetas negras, que solan acompaarle.

En la casa haba jardn, y adems un desmesurado corraln, donde, para
mayor recreo y gala, no se encerraban slo gallinas y pavos, sino, en
apartados recintos, venados y corzos trados vivos de Sierra Morena, y
por ltimo, amarrado a fuerte cadena de hierro, por temor a sus
travesuras y ferocidades, un enorme mono que haba enviado de Marruecos
un capitn de Infantera, primo del seor.

Doa Ins, que as se llamaba la hija de don Paco, venerada esposa de
don Alvaro Roldn, tena tambin muchos costosos caprichos de varios
gneros. Se vesta con lujo y elegancia no comunes en los lugares;
sustentaba canarios, loros y cotorras; era golossima y delicada de
paladar, y los mejores platos de carne y los almbares ms apetitosos se
coman en su mesa. El chocolate, que se elaboraba en su casa dos veces al
ao, gozaba de nombrada en toda la comarca.

Como don Alvaro Roldn estaba ausente ms de la mitad del tiempo, ya
cazando conejos, perdices y liebres, ya en distantes monteras, ya en
las ferias ms concurridas de los cuatro reinos andaluces, doa Ins se
quedaba sola, pero tena para distraerse varios recursos, adems de la
lectura de libros serios.

Su criada favorita, llamada Serafina, era una verdadera joya, lo que se
llama un estuche. Saba tocar la guitarra rasgueando y de punteo;
cantaba como una calandria, tanto las melanclicas playeras como el
regocijado fandango. Su memoria era rico arsenal o archivo de coplas,
tiernas o picantes, en que la casta musa popular no siempre mereca el
mencionado calificativo con que algunos la designaban.

No se entienda por esto que doa Ins gustase de conversaciones libres y
escabrosas. Cuanto no era lcito y puro en el pensamiento y en la
palabra ofenda sus odos de austera matrona; pero en un lugar hay que
sufrir tales libertades o hay que aparentar que no se oyen. El propio
don Alvaro no era nada mirado en el hablar, ni menos an lo eran las
personas que le rodeaban. Valga para ejemplo cierto mozo, de unos quince
aos de edad, hijo del aperador y favorito de don Alvaro, que este tena
siempre en casa para que entretuviese a los nios. Como el aperador era
Calvo de apellido, al mozo le apellidaban Calvete. Y para que se vea lo
mucho que hubo de sufrir en ocasiones la pulcritud de doa Ins, he de
citar un caso que de Calvete me han referido.

Antes que cumpliese dos aos el primognito de los Roldanes, logr
Calvete ensearle a pronunciar con la mayor perfeccin cierto vocablo de
tres slabas en que hay una aspiracin muy fuerte. Encantado con su
triunfo pedaggico, corri por toda la casa gritando como un loco:

--Seor don Alvaro! Ya lo dice claro! El seorito lo dice claro!

Doa Ins se disgust y rabi, pero don Alvaro qued ms encantado que
Calvete y le dio en albricias un dobln de a cuatro duros, despus que
el nio dijo delante de l la palabreja y l admir el aprovechamiento y
la precocidad del discpulo y la virtud didctica del maestro.

Amigas tena pocas doa Ins, porque casi todas las hidalguillas y
labradoras de la poblacin estaban muy por bajo de ella en
entendimiento, ilustracin, finura y riqueza.

Quien ms acompaaba, por consiguiente, en su soledad a la seora doa
Ins era el cacique don Andrs Rubio, embobado con el afable trato de
ella y cautivo de su discrecin y de su hermosura. Daba esto ocasin a
que los maldicientes supusiesen y dijesen mil picardas. Pero quin en
este mundo est libre de una mala lengua y de un testigo falso? Cmo la
gente grosera de un lugar ha de comprender la amistad refinada y
platnica de dos espritus selectos? El seor cura prroco era de los
pocos que verdaderamente la comprendan, y as encontraba muy bien
aquella amistad, y acaso daba gracias a Dios de que existiese, porque
redundaba en bien de los pobres y de la iglesia, a quien doa Ins y
don Andrs, puestos de acuerdo, hacan muchos presentes y limosnas.

Era el cura prroco un fraile exclaustrado de Santo Domingo, muy severo
en su moral, muy religioso y muy amigo del orden, de la disciplina y del
respeto a la jerarqua social. Casi siempre en sus plticas, en sus
conversaciones particulares y en los sermones, que predicaba con
frecuencia porque era excelente predicador, clamaba mucho contra la
falta de religin y contra la impiedad que va cundiendo por todas
partes, con lo cual los ricos pierden la caridad y los pobres la
resignacin y la paciencia, y en unos y en otros germinan y fermentan
los vicios, las malas pasiones y las peores costumbres.

El padre Anselmo, que as se llamaba el cura prroco, admiraba de buena
fe a la seora doa Ins como a un modelo de profunda fe religiosa y de
distincin aristocrtica. Era el tipo ideal realizado de la gran seora,
tal como l se la imaginaba. Ni siquiera le faltaban a doa Ins
ocasiones en que ejercitar las raras virtudes del prudente disimulo para
no dar escndalos, de la santa conformidad con la voluntad de Dios y de
la longanimidad benigna para perdonar las ofensas. Bien saba toda la
gente del lugar los malos pasos en que don Alvaro Roldn sola andar
metido. A menudo, sobre todo en las ferias, jugaba al monte y hasta al
ca; y lo que es peor, era tan desgraciado o tan torpe, que casi
siempre perda. Para consolarse apelaba a un lastimoso recurso: gustaba
de empinar el codo, y aunque tena un vino regocijado y manso, siempre
era grandsimo tormento para una dama tan en sus puntos tener a su lado
y como compaero a un borracho.

Por ltimo, aquel empecatado de don Alvaro, aunque tena tan egregia y
bella esposa, se dejaba llevar a menudo de las ms villanas
inclinaciones, y en una o en otra de sus dos magnficas caseras alojaba
con mal disimulado recato a alguna daifa, por lo comn forastera, que
haba conocido y con quien haba simpatizado, ya en esta feria, ya en la
otra.

Como se ve, don Alvaro distaba mucho de ser un modelo de perfeccin. El
padre Anselmo no ignoraba sus extravos, contribuyendo esto a hacer ms
respetable a sus ojos a la prudente y sufrida seora.

Era tal la distincin aristocrtica de doa Ins, que, sin poder
remediarlo, hasta en su padre encontraba cierta vulgar ordinariez que la
afliga no poco; pero como doa Ins tena muy presentes los
mandamientos de la Ley de Dios y los observaba con exactitud rigurosa,
nunca dejaba de honrar a su padre como deba, si bien procuraba honrarle
desde lejos y no verle con frecuencia, a fin de no perder las ilusiones.

En suma, don Andrs el cacique era la nica persona que por naturaleza
estaba a la altura de doa Ins y era capaz de comprenderla y admirarla.
Y digo por naturaleza, porque el padre Anselmo, aunque por naturaleza
era entendido, estaba, adems, tan ayudado y tan ilustrado con la gracia
de Dios, que comprenda como nadie el valor y las excelencias de doa
Ins, y era muy digno de su trato familiar, teniendo con ella
piadossimos coloquios, en los cuales se desataba contra la abominable
corrupcin de nuestro siglo y contra la blasfema incredulidad que
prevalece en el da y que se va apoderando de todos los espritus.




III


Sin el menor artificio he presentado ya a mis personajes, a varios de
los personajes principales que han de figurar en la presente historia;
pero me quedan dos todava, de los cuales conviene dar previamente
alguna noticia.

Don Paco, segn hemos dicho, era un hombre enciclopdico, de varias
aptitudes y habilidades; la mano derecha del cacique y la subordinada
inteligencia que haca que en el lugar la soberana voluntad del cacique
se respetase y cumpliese.

Haba, sin embargo, en Villalegre otra persona, que en ms pequea
esfera y en ms reducidos trminos, si no competa, se acercaba mucho al
mrito de don Paco por la multitud de sus conocimientos y habilidades y
por lo hacendosa y lista que era.

Hablo aqu de la famossima Juana la Larga. Imposible parece que esta
mujer atinase a hacer bien tantas cosas diversas. Ella trabajaba mucho,
pero no se ha de negar que con fruto. Tena casa propia, sin lagar y sin
bodega, pero en lo restante casi tan buena como la de don Paco. Careca
de olivares y de vias, pero haba hecho algunos ahorrillos, que, segn
la voz pblica, pasaban de doce mil reales, y que iban creciendo como la
espuma, porque los tena dados a rdito a personas muy de fiar, y al
diez por ciento al ao, porque como era mujer muy temerosa de Dios, de
muy estrecha conciencia y muy caritativa, no quera pasar por usurera.

En sus diferentes oficios, Juana la Larga ganaba por trmino medio, y
segn los clculos ms juiciosos, sobre ocho reales al da, o dgase
cerca de tres mil cada ao. Y esto sin contar las adehalas, propinas,
regalos y obsequios que reciba a menudo. Bien es verdad que todo y ms
se lo mereca ella.

Nadie era ms a propsito para dirigir una matanza de cerdos. Salaba los
jamones con singular habilidad. El adobo con que preparaba los lomos
antes de frerlos en manteca era sabroso y delicadsimo, y tea la
manteca de un rojo dorado que hechizaba la vista, daba delicado perfume
y despertaba el apetito de la persona ms desganada cuando entraba por
sus narices y por sus ojos. Sus longanizas, morcillas, morcones y
embuchados dejaban muy atrs a lo mejor que en este gnero se condimenta
en Extremadura. Y tena tan hbil mano para todo que hasta cuando
derreta las mantecas sacaba los ms saladitos y crujientes chicharrones
que se han comido nunca. As es que los labradores ricos y otras
personas desahogadas y de buen gusto se disputaban a Juana la Larga para
que fuese a la casa de ellos a hacer la matanza.

En lo tocante a repostera no era nada inferior; y casi todo el ao, y
particularmente en tres solemnes pocas, no saba ella cmo acudir a las
mil partes adonde la llamaban: antes de Pascua de Navidad, a fin de
confeccionar las chucheras y delicadezas que las personas pudientes y
sibarticas suelen entonces mandar hacer para su regalo; por ejemplo,
los hojaldres y las clebres empanadas con boquerones y picadillo de
tomate y cebolla que se toman por all con el chocolate. Haca, tambin,
como nadie, tortillas de azcar y polvorones que se dejaban muy atrs a
los tan encomiados de Morn; roscos de huevo y de vino, y mucha variedad
de bizcochos y de almbares.

Si Juana no hubiera sabido tanto de otras cosas, se hubiera podido
asegurar que era una especialidad maravillosa para las frutas de sartn;
de modo que en los das que preceden a la Semana Santa no daba paz a la
mano ni a la mente, acudiendo a las casas de los hermanos mayores de las
cofradas para hacer las esponjosas hojuelas, los gajorros y los
exquisitos pestios, que se deshacan en la boca y con los cuales se
regalaban los apstoles, los nazarenos, el santo rey David y todos los
dems profetas y personajes gloriosos del Antiguo y del Nuevo Testamento
que figuraban en las deliciosas procesiones que por all se estilan.

No estaba ociosa Juana ni careca de conveniente habilidad para
emplearla en la estacin de la vendimia. Sus arropes no tenan rival en
toda aquella provincia, y lo mismo puede decirse de sus excelentes
gachas de mosto. En otoo, por ser cuando se dan los mejores frutos, se
castran las colmenas y est fresca la miel, se empleaba Juana en hacer
carne de membrillo y de manzana, gran variedad de turrones y legtimo y
esponjado pionate, cuyos gruesos y dorados granos quedaban ligados con
la olorosa miel bien batida.

Fuera de esto, Juana se pintaba sola para disponer cualquier pipiripao o
banquete que deba o quera dar algn seor del pueblo, ya con ocasin
de boda o bautizo, ya para obsequiar al diputado, al seor gobernador o
al propio obispo si vena a visitar la villa.

Y no se crea que Juana saba slo hacer los guisos locales, sino que
tambin haba importado y aadido a la cocina indgena no pocos platos
forasteros de ms o menos remotos pases, entre las cuales platos o
manjares descollaban los celebrrimos bizcochos de yema, que slo hacan
unas monjas de Ecija, de cuyo secreto tradicional no se comprende por
qu arte o maa prodigiosa ella haba sabido apoderarse. Confeccionaba,
por ltimo, varios platos de origen francs, cuyos nombres enrevesados
haban venido a modificarse ponindose de acuerdo con la pronunciacin
espaola. As, por ejemplo, chuletas a la _balsamela_, lenguados
_inglatines_ y angulas fritas con salmorejo trtaro.

No era todo esto lo ms admirable. Lo ms admirable era que Juana, sobre
ser la ms sabia cocinera y repostera del lugar, era tambin su primera
modista.

Casi siempre tena una o dos oficialas que cosan para ella, y ella
cortaba vestidos con tanto arte y primor como Worth o la Doucet en la
capital de Francia.

Las seoras y seoritas ms pudientes y aficionadas al lujo acudan,
pues, a Juana para sus trajes de empeo, cuando haba que lucirlos ya en
una boda, ya en una feria o ya en el baile que sola darse en las
Consistoriales el da del Santo Patrn.

Juana, por ltimo, no era slo sabia y operosa en las artes del deleite,
sino que ejerca tambin, aunque no estaba examinada ni tena ttulo, un
menester o profesin de la ms alta importancia social.

Era peritsima y agilsima para ayudar a cualquier mujer en los ms
duros trances de Lucina, y muchas se confiaban y se entregaban a ella,
porque jams se le haba desgraciado ninguna criatura, y porque la madre
como no fuese muy enclenque, a los seis o siete das de salir de su
cuidado estaba ya en pie, y a menudo iba a misa, y si se presentaba la
ocasin bailaba el bolero.

Con todas estas habilidades y excelencias, Juana la Larga no poda menos
de ser querida y estimada en Villalegre, consiguiendo que su severa y
ms alta sociedad o _high-life_ le hubiese perdonado un desliz o
tropiezo que tuvo en sus mocedades.




IV


En el momento en que va a empezar la accin de esta verdadera historia,
Juana tendra unos cuarenta aos muy cumplidos, si bien conservaba an
restos de su antigua belleza, que haba sido notable cuando ella tena
veinte aos; pero como entonces era muy pobre y no haba descubierto ni
mostrado sus grandes habilidades, no encontr, a pesar de su mrito,
novio que le acomodase, y tuvo que permanecer soltera.

A lo que se cuenta, cierto oficial de Caballera que vino por aquellos
lugares a comprar caballos para la Remonta, y que era guapsimo y muy
gracioso y divertido, se enamor de Juana y logr enamorarla. No se sabe
si le dio palabra de casamiento o no se la dio; pero lo cierto es que el
bueno del oficial tuvo que irse a la guerra civil, que arda en las
Provincias Vascongadas, y all le mat una bala carlista, que le
agujere el crneo y se le entr en los sesos.

Juana qued, pues, semiviuda. Pstuma o no pstuma, tuvo una nia
preciosa, a quien dieron en la pila bautismal el mismo nombre que a su
madre. El vulgo aadi despus al nombre el mismo epteto, por donde
esta nia, que ser la principal herona de nuestra historia, vino a ser
apellidada Juanita la Larga.

Su madre la cri con gran cario y esmero, sin recatarse y sin disimular
que ella era su hija, lo cual hubiera sido en aquel lugar, donde todo se
saba, el ms intil de los disimulos. Juana cri, pues, a sus pechos a
Juanita; siempre la llamaba hija, y Juanita desde que empez a hablar,
llamaba a Juana madre a boca llena.

Esto era considerado como una gran desvergenza entre las personas
severas del lugar, que clamaban contra el escndalo y mal ejemplo; pero
poco a poco todos se fueron acostumbrando, y al cabo de algunos aos
nada pareca ms natural ni ms justo sino que Juanita fuese hija de
Juana, a la cual no faltaron tampoco defensores, ya razonables, ya
fervorosos, que alababan el cario y la devocin maternal de la madre a
la hija, y que cuando eran algo maldicientes no dejaban de comparar a
Juana con otras que pasaban por honradsimas y que hasta tenan la
insolencia de presumir de casi santas. De ellas se murmuraba, con ms o
menos fundamento, que haban tenido tambin fruto, y no de bendicin,
del cual se haban desprendido o envindole a la Inclusa o sabe Dios o
el diablo de qu otra manera.

El epteto de Larga dado a Juanita no era slo por herencia; sino que
era tambin por conquista.

Juanita, a los diecisiete aos, haba espigado tanto, que era la moza
ms alta y ms esbelta que haba en el lugar. Algo de la sangre belicosa
del oficial de Caballera se haba infundido en ella, y la crianza libre
y hombruna que haba recibido haba desarrollado su agilidad y sus
bros. Cuando andaba tena un aire marcial, al par que gracioso; corra
como un gamo; tiraba pedradas con tanto tino que mataba los gorriones, y
de un brinco se plantaba sobre el lomo del mulo ms resabiado o del
potro ms cerril. Y no a horcajadas, porque esto no lo consenta su
decoro y su esttica natural e inconsciente, sino sentada, lo cual es
ms difcil; haca trotar y galopar a la bestia, espolendola con los
talones o azotndola con el extremo del ronzal o de la jquima, cuando
la tena y no iba a pelo, sin brida ni rienda de ninguna clase.

Los primeros aos de la mocedad de Juanita haban sido dificultosos,
porque su madre no haba alcanzado an la extraordinaria reputacin de
que despus gozaba, no tena el bienestar y la riqueza de que ya hemos
hablado.

Juanita no fue nunca a la miga, pero su madre le ense a coser y a
bordar primorosamente; y el maestro de escuela, que le tom mucho
cario, la ense a leer y a escribir gratis en sus ratos de ocio.

Desde que tuvo nueve aos, Juanita fue de grande auxilio a su madre, que
hasta mucho ms tarde no se dio el lujo de tener una sirvienta.

Juanita barra y aljofifaba, fregaba los platos, enjalbegaba algunos
cuartos y la fachada de la casa, que era la ms limpia de la poblacin,
y hasta agarraba su cantarillo e iba por agua a la milagrosa fuente del
ejido, cuyo cao verta un chorro tan grueso como el brazo de un hombre
robusto, siendo tal la abundancia del agua, que con ella se regaban
muchsimas huertas y se hacan frondosos, amenos y deleitables los
alrededores de Villalegre, contribuyendo no poco a que la villa
mereciese este nombre.

El agua, adems, era exquisita por su transparencia y pureza, como
filtrada por entre rocas de los cercanos cerros, y tena muy grato sabor
y muy saludables condiciones. La gente del pueblo le atribua, por
ltimo, algunas prodigiosas cualidades, calificndola de muy _vinagreta_
y de muy _triguera_. Quera significar con esto que el arriero que
compraba en Villalegre vinagre de yema, por lo comn muy fuerte, llenaba
slo dos tercios de la cavidad de la corambre, y la acababa de llenar
por la maana temprano, antes de emprender su viaje, mitigando y
suavizando con el agua de la fuente la fortaleza y acritud del lquido,
y ganndose as, desde luego, un treinta y tres por ciento, aunque
vendiese el vinagre al mismo precio en que lo haba comprado.

Era tambin _triguera_ el agua de la fuente, porque sus raras cualidades
consentan, aunque era difcil operacin y que deba hacerse con gran
sigilo, que valindose de una escoba de palma enana, se rociase con ella
el trigo que se iba a vender, dejndolo expuesto al sol para que se
secase. As el trigo reciba mejor sabor, y aunque por fuera quedaba
seco, guardaba por dentro algo del lquido, y se esponjaba y creca en
peso y en volumen.

Todava esta fuente tena otro mrito y prestaba otro notable servicio,
porque, adems de un gran pilar en que iban a beber y beban todas las
bestias de carga y de labor y los toros, vacas y bueyes, y adems de
otro pilar bajo, que sola ser abrevadero del ganado lanar y de cerda,
llenaba con sus cristalinas ondas un espacioso albercn cercado de muros
que lo ocultaban a la vista de los transentes, adonde iban las mujeres
a lavar la ropa, remangadas las enaguas hasta los muslos y metidas en el
agua hasta la rodilla, como por all es uso, aun en el rigor del
invierno. Frondosos y gigantescos lamos negros y pinos y mimbreras
circundan la fuente y hacen aquel sitio umbro y deleitoso. Al pie de
los mejores rboles hay poyos hechos de piedra y de barro y cubiertos de
losas, en los cuales suelen sentarse los caballeros y las seoras que
salen de paseo. Casi todas las tardes se arma all tertulia y grata
conversacin, siendo los ms constantes el escribano, el boticario,
nuestro don Paco y el seor cura, quien al toque de oraciones recita el
_Angelus Domini_, al que responden todos quitndose el sombrero y
santigundose y persignndose.

En torno del pilar charlan las mozas que vienen por agua, cada cual con
su cantarillo, y suelen hacer el papel de Rebecas con cuantos arrieros
Eliezeres acuden all para que beban, si no sus camellos, sus muas y
sus borricos. Tambin al lado y dentro del albercn, y a poca distancia
de l, donde hay un vallado o seto vivo de zarzamoras, granados y
madreselvas, que limita y defiende las huertas, y sobre el cual seto se
pone a secar la ropa lavada, se extiende y dilata la tertulia
democrtica y popular con mucha charla, risotadas, jaleos y retozos,
pues no faltan nunca zagalones y hasta hombres ya maduros que acuden por
all atrados por las muchachas, como acuden los gorriones al trigo.




V


Juana la Larga, segn queda indicado, gracias a su constante actividad,
buen orden y economa, en todo lo cual su hija la ayudaba con
inteligencia y celo, haba mejorado de posicin y de fortuna. Tena una
criada muy trabajadora, que barra y fregaba, y bajo la direccin de las
seoras guisaba tambin, dejando a estas el tiempo libre para ejercer
sus lucrativos oficios. El oficio principal de Juanita era coser y
bordar, para lo cual haba desplegado aptitud superior a la de su madre.

Juanita no tena que emplearse en ms bajas ocupaciones. Sin embargo,
ora fuese por candorosa coquetera, o sea por deseo de lucir la
gallarda de su persona, deseo de que no se daba cuenta, ora porque
Juanita necesitase del ejercicio corporal y de mostrar y desplegar la
energa de su sana naturaleza, Juanita, aun cumplidos ya los diecisiete
aos, gustaba de ir por agua a la fuente del ejido, allanndose a veces,
a pesar de la desahogada posicin de su madre y de ella, a ir al
albercn a lavar alguna ropa, cuando la ropa era fina y tema ella, o
aparentaba temer, que manos ms rudas que las suyas la estropeasen.

La verdad era que esto de ir al albercn y a la fuente, ms que fatiga
era recreo y solaz para Juanita, la cual diverta a las otras muchachas
con sus agudos dichos y felices ocurrencias, las haca rer a casquillo
quitado y gozaba de popularidad y favor entre ellas.

Era ya Juanita una guapa moza en toda la extensin de la palabra. Las
faenas caseras no haban estropeado sus lindas y bien torneadas manos, y
ni el sol ni el aire haban bronceado su tez triguea. Su pelo negro,
con reflejos azules, estaba bien cuidado y limpio. No pona en l ni
aceite de almendras dulces ni blandurilla de ninguna clase, sino agua
sola con alguna infusin de hierbas olorosas para lavarlo mejor. Lo
llevaba recogido muy alto, sobre el colodrillo, en trenza, que, atada
luego, formaba un moo en figura de dos tringulos equilteros, que se
tocaban en uno de los vrtices.

Como Juanita deca que cabeza loca no quiere toca, casi siempre iba a
la fuente sin pauelo en la cabeza, luciendo as el primor y la
pulcritud de su peinado y dejando ver lo bien plantada que estaba la
cabeza sobre su airoso cuello, slo sombreado por algunos ricillos
menudos que se sustraan a la cautividad en que tena el moo los ms
largos cabellos. Por delante, recogido el pelo, dejaba ver la tersa
frente, recta y chiquita, y sobre las sienes tena grandes rizos
sostenidos con horquillas que llaman por all _caracoles_, por debajo de
los cuales haba una suave patillita, que no fijaba contra la cara con
zaragatona o pepitas de membrillo, como hacen otras muchachas, sino que
dejaba flotar libremente en vagas sortijas o ms bien alcayatas donde
colgar corazones.

La misma libertad en que se haba criado, y el constante ejercicio
corporal, ya en tiles faenas, ya en juegos ms de muchacho que de nia,
haban hecho que Juanita, aunque no tena la santa ignorancia ni haba
vivido con el recogimiento que recomiendan y procuran otras madres
celosas, no hubiese pensado todava en cosas de amor. Era buscada,
requebrada y solicitada por no pocos mozos; pero, brava y arisca, saba
despedir huspedes, imponer respeto y tener a raya a los ms atrevidos.

Slo se le conoca una inclinacin que desde la niez persista en ella
con constancia; pero esta inclinacin, al menos por su parte, ms que de
afecto amoroso tena trazas de fraternal cario. Quien lo inspiraba,
compartindolo sin duda por menos inocente estilo, era Antouelo, el
hijo del maestro herrador y sobrino del cacique, quien tena en el lugar
muy humilde parentela.

Antouelo era un mocetn gentil y robusto, muy simptico, aunque de
cortos alcances, y decidido para todo, y singularmente para admirar a
Juanita, a quien consideraba y respetaba, sometiendo a ella toda su
voluntad como por virtud de fascinacin o de hechizos.




VI


Entregado don Paco a sus constantes y diversos quehaceres, no o no haba
pensado en casarse por segunda vez, sino que nunca haba tenido
amoros, o, al menos, si alguno haba tenido, haba sido con tan
maravilloso recato, que nadie se haba enterado de ello en Villalegre,
lo cual es una inverosimilitud extraordinaria, porque en aquel lugar
apenas haba persona, y menos an si era de tanta importancia y viso
como don Paco, que pudiera hacer o decir cosa alguna que no se supiese.
Hasta los mismos pensamientos se adivinaban all, se divulgaban y se
comentaban, como el pensador no pensase con mucho disimulo y muy para
dentro. Debemos, pues, creer que don Paco no haba tenido amoros, a no
ser muy efmeros y livianos, y que ni siquiera, durante su larga viudez,
haba pensado en semejante cosa.

Tena, sin embargo, notable aptitud y tino para conocer y admirar la
belleza femenina, y haca ya meses que, casi sin reparar en ello y muy
involuntariamente, cuando estaba de tertulia con el escribano y el
boticario y con otros seores en los poyos que haba junto a la fuente,
sus ojos se fijaban con amorosa delectacin en Juanita la Larga, que an
sola venir a llenar su cntaro y a estar all de charla con las otras
muchachas mientras que le llegase su turno.

Indudablemente, don Paco haba empezado a sentir hacia Juanita viva
inclinacin, que era difcil de dominar; pero se le pas bastante tiempo
sin dar muestra exterior de que la senta, anhelando acaso ocultrsela a
s mismo por razones que l se daba.

Fundado en la propia modestia, que le haca formar un pobre concepto de
su persona, hallaba que con sus cincuenta y tres aos, treinta y seis
ms que Juanita, no poda ya enamorar a la muchacha, la cual o
desdeara su cario o slo por inters se movera a correspondele.
Pensaba luego que Juanita, aunque en aparente libertad, estaba muy
vigilada por su madre, y como madre e hija vivan con cierto desahogo,
no era de presumir que, si l tuviese intenciones pecaminosas, ellas
cediesen, sino que en todo caso cederan _in facie Ecclesiae_ y llevando
al cura por delante.

La idea de casamiento aterrorizaba a don Paco, y no porque en absoluto
le repugnase estar casado, sino porque su hija, la seora doa Ins, le
inspiraba un entraable cario, mezclado de terror, y porque ella era
tan imperiosa como brava, y sin duda se pondra hecha una furia del
Averno si su padre le diese madrastra, sobre todo de tan ruin posicin,
y si a los siete nietos que ella le haba dado, y a los que calculaba
que podran venir todava persistiendo ella en su actitud productora,
quitase l la esperanza de heredar el majuelo, el olivar y la casa, y de
gozar en vida suya de no poco de lo que l fuese granjeando con sus
varias artes. Temblaba don Paco de incurrir en el enojo de su hija, y
aunque temblaba principalmente por el mismo enojo, no dejaba de recelar
sus malas consecuencias.

Bien conoca l que no haba en el lugar una persona, ni varias juntas,
que pudieran reemplazarle con xito en sus diferentes empleos; pero el
mundo no estaba yermo ni falto de hombres de Estado rsticos, los cuales
podran buscarse y traerse de fuera del lugar para que a l le
reemplazaran. Y bien conoca tambin que su hija era punto menos que
omnipotente, porque tena subyugadas ambas potestades, la temporal y la
espiritual.

El padre Anselmo la tena por una santa y por una doctora, y cuanto ella
deca era para l, sin poderlo remediar, un legtimo corolario de los
Evangelios y de las Epstolas. El padre Anselmo sera capaz de
excomulgar a quien ella le mandase. Y en lo tocante al brazo secular,
era evidentsimo que doa Ins le tena sujeto a sus caprichos y que
aplastara con todo su peso a quien ella quisiese.

Don Paco, en esta disposicin de nimo, razonablemente motivada, aunque
no hemos de negar que l era dulce, pacfico y algo dbil de carcter,
adelantaba en su imaginacin los casos futuros, y presuponindose ya
prendado de Juanita, declarado y aceptado, vea un tropel de males que
salan del corazn enfurecido de doa Ins como de nueva caja de
Pandora.

Pesaban tanto en su espritu estas consideraciones, que, notando que su
aficin oculta iba creciendo, procuraba, o ms bien se propona huir de
la vista de Juanita, no pasar por su calle para no verla en el portal o
asomada a la ventana; y no ir a la tertulia de los poyetes, bajo los
lamos, para no tener que admirarla cuando charlaba con las dems
zagalonas o con los mozos en la fuente del ejido, o cuando suba o
bajaba gallardamente, con el cntaro apoyado en la cadera, por la
cuestecilla que se extiende desde la fuente hasta el lugar.

A pesar de sus prudentes propsitos de retraimiento, una fuerza, al
parecer superior a su voluntad, le llevaba a veces a pasar por delante
de la casa de Juanita ms de lo que era necesario, a ir a la iglesia
cuando l saba que iba a ella con su madre a misa o a sus devociones, y
a acudir a la tertulia de los poyetes casi todas las tardes.

Para Juanita, que se haba pasado todo el da cosiendo y bordando en
casa, era pretexto solaz o de paseo el ir casi al anochecer a la fuente
por agua. Su madre encontraba que en la posicin algo seoril,
desahogada y decorosa en que ya imaginaba hallarse, y atendido el
desenvolvimiento fsico de Juanita, que haba llegado a transformarse de
muchachuela en una magnfica y real moza, no estaba bien y era darse
poqusimo tono el ir por agua a la fuente como la ms plebeya y humilde
pelafustana. Pero a Juanita le diverta este ejercicio, y tena una
voluntad indmita. A las observaciones que su madre le haca daba odos
de mercader; acariciaba a su madre para vencer su oposicin y disipar su
disgusto, y segua yendo a la fuente a pesar de todas las observaciones.




VII


Una tarde del mes de mayo, Juanita se entretuvo en la fuente en larga y
alegre conversacin con otras muchachas.

Ya anochecido suba con su cntaro lleno por la cuesta, que en aquel
momento estaba sola.

La tertulia de los poyetes sola, en primavera y en verano, durar hasta
las nimas, hora en que los tertulianos se retiraban para cenar y
acostarse.

Aquel da don Paco haba estado haciendo esfuerzos o, como si dijramos,
gimnasia con su voluntad para no ir a la tertulia y ver a Juanita. La
lucha entre su voluntad razonable y su inclinacin haba durado
bastante. Al fin, la voluntad sometida llev, aunque tarde, a la
tertulia de los poyetes a toda la persona de don Paco.

La pcara casualidad hizo que al bajar don Paco subiese Juanita, segn
hemos dicho.

Era ya de noche. El cielo estaba despejado, pero sin luna. Las
estrellas, si resplandecan en el ter infinito, vertan muy dbil luz
sobre la tierra. Acrecentaban la oscuridad, en el punto en que ambos se
encontraron, algunos frondosos rboles que all haba y el alto vallado
de zarzamoras y de otros arbustos que se extenda a un lado y a otro por
casi todo el camino.

Juanita era muy distrada e iba adems pensando en sus travesuras de
muchacha. Don Paco era tambin distrado. El mismo no saba en qu
estaba pensando. Era, adems, algo corto de vista.

Lo cierto es que no repararon uno en otro al venir en opuestas
direcciones, ni oyeron el ruido de los pasos. Chocaron, pues, y se
dieron un buen empelln.

--Caramba, hombre--dijo Juanita--, mire usted por dnde va y no camine a
ciegas; por poco me tira el cntaro.

Don Paco, que conoci a Juanita por la voz, contest con mucha dulzura:

--Perdona, hija ma! Te he hecho dao? Ella, que tambin conoci a don
Paco en seguida, replic riendo:

--Qu dao me ha de haber hecho usted? Pues qu, soy yo acaso de
alfeique?

--No, hija. Bien slida y firme me pareces. Si en algo eres de
alfeique, no es por lo quebradiza, sino por lo dulce.--Entonces ser
turrn de Alicante: dulce, pero duro.

--Y vaya si me ha parecido duro.

--Si advirti usted dureza, hablar slo de su dulzura por adivinanza.

--Pues qu, no podra yo probarla?

--Ya est usted viejo, don Paco, y no podra meterle el diente.

--Pues te equivocas, que yo no estoy tan viejo, y tengo los dientes tan
cabales y fuertes, que si se tratase de mordiscos, hasta en una piedra
los dara. Pero yo no quiero emplear contigo sino ms blandas y amorosas
demostraciones.

--Ea, quite usted all, seor don Paco! Qu demostraciones ha de hacer
usted, si puede ser mi abuelo?

Y como don Paco segua plantado delante atajndole el camino, Juanita
continu:

--Vamos, djeme usted pasar. Si parece usted un espantajo. Qu dira la
gente si le ve y le oye hablar aqu y requebrar en la oscuridad a una
mocita? Capaz ser de decir que ha perdido usted la chaveta y que no
sirve para secretario del Ayuntamiento y consejero de don Andrs.

Don Paco se apart entonces y dej pasar a Juanita; pero en vez de
dirigirse hacia la fuente, se volvi, siguindola, hacia el lugar.

--Qu hace usted, seor? Por qu no va a su tertulia? Todava estn en
los poyetes el seor cura, el boticario y el escribano. Vyase usted a
hablar con ellos.

--Ya es tarde, pronto se volver y desisto de ir hasta all. Prefiero
volver charlando contigo.

--Y de qu hemos de charlar nosotros? Yo no s decir sino tonteras. No
he ledo los libros y papeles que usted lee, y como no le hable de los
guisos que mi madre hace o de mis bordados y costuras, no s de qu
hablar a su merced.

--Hablame de lo que hablas a Antouelo cuando ests con l de palique.

--Yo no s lo que es palique, ni s si estoy o no estoy a veces de
palique con Antouelo. Lo que s es que yo no puedo decir a su merced
las cosas que a l le digo.

--Y qu le dices?

--Pues no quiere usted saber poco! Ni el padre Anselmo, que es mi
confesor, pregunta tanto.

--Algo de muy interesante y misterioso tendr lo que dices a Antouelo,
cuando ni al padre Anselmo se lo confiesas.

--No se lo confieso porque no es pecado, que si fuera pecado se lo
confesara. Y no se lo cuento tampoco, porque a l no le importa nada, y
a usted debe importarle menos que a l.

A todo esto, como iban a buen paso ambos interlocutores, haban ya
subido la cuesta y se hallaban en el altozano, a la entrada del lugar,
donde estn la iglesia parroquial y las primeras casas.

--Djeme su merced ahora--dijo Juanita--y no venga, con perjuicio de su
autoridad, acompaando a una chicuela que lleva un cntaro. Pues no se
enojara poco la seora doa Ins, que tiene tantos humos, si viese a su
seor padre sirviendo de escolta, no a una princesa como ella, sino a
una pobrecita trabajadora!

--Qu haba de decir? Dira que yo te estaba encomendando algn
trabajo.

--No es sta hora ni ocasin para eso, y, por otra parte, no es a m,
sino a mi madre, a quien los trabajos se encargan. Acuda usted a ella si
algo quiere encargar.

Y diciendo esto, apresur el paso, hizo a don Paco un gesto imperativo,
marcndole la calle por donde deba irse y ella se fue por otra que
formaba ngulo recto con la que don Paco deba seguir.




VIII


Mucho cavil don Paco sobre aquel dilogo, midiendo e interpretando la
palabras de Juanita.

Le haba llamado abuelo, pero con amable risa. Todos los hombres,
abuelos y nietos, solemos prometrnoslas felices y casi siempre nos
inclinamos a dar la ms favorable interpretacin a cuanto dicen las
mujeres que pretendemos.

No se poda dudar, por ser cuestin de una ciencia tan exacta como la
aritmtica, que l hubiera podido ser el abuelo de Juanita. Don Paco
haca este clculo:

--Yo tengo cincuenta y tres aos. De diecisiete a cincuenta y tres van
treinta y seis; a los diecinueve aos bien pude yo haber tenido una
hija, y esta hija bien pudo haberse casado y tener a Juanita a los
diecisiete.

Despus sumaba don Paco:

--Diecinueve ms diecisiete, ms otros diecisiete que tiene Juanita
ahora, son cincuenta y tres, que es mi edad; luego muy descansadamente
pudiera ser yo el abuelo de esa pcara muchacha. _Eppur_, _si
muove_--prosegua, pues era hombre erudito hasta cierto punto, saba un
poco de italiano porque haba odo cantar muchas peras y conoca las
palabras que se atribuyen a Galileo, as como varias otras sentencias
expresadas en la lengua de Dante; verbigracia: _Chi va piano, va sano e
va lontano_.

La primera sentencia, aplicada a su situacin, quera significar que l,
a pesar de poder ser el abuelo de Juanita, quera y poda ser otra cosa
muy diferente; y la segunda sentencia, que tambin recordaba don Paco,
quera significar que l deba ir con tiento, con pies de plomo y sin
precipitarse, porque no se gan Zamora en una hora y porque la muchacha
no era muy arisca en el fondo, ni, probablemente, tan firme y dura de
entraas como, merced al encontrn que haba tenido con ella, le
constaba que era de firme y dura en su juvenil superficie. Adems, las
esperanzas, lejos de desvanecerse, crecan en su pecho, hallndose ms
inverosmil abuelo que inverosmil amante. Para corroborar esta
lisonjera afirmacin, se contemplaba don Paco en el espejo en que sola
afeitarse, el cual, aunque era pequeo, no lo era tanto que no reflejase
casi toda su persona. El exclamaba al verla, como el pastor Coridn de
Virgilio o como el Marramaquiz, de Lope:

          Pues no soy tan feo!

Y, verdaderamente, no era feo don Paco, ni pareca viejo tampoco.

A las ltimas palabras de Juanita les dio don Paco una interpretacin
lisonjera, pero acaso ms comprometida de lo que l deseaba.

Al indicarle la muchacha que hablase con su madre y que le encargase la
obra de costura que ella deba hacer, no estaba claro que Juanita se
mostraba propicia a entrar en cierto gnero de relaciones, aunque no a
hurto, sino a sabiendas y con beneplcito de la autoridad materna?

Como quiera que fuese, don Paco, sintindose prendado de Juanita, se
allanaba a pasar por todo; pero se propuso, como hombre prudente, no
aventurarse ms de lo necesario y no soltar prenda por lo pronto.

A que l entrase en relaciones serias con Juanita y conducentes a la
_buena fin_ se oponan dos consideraciones: era la primera la excesiva,
sospechosa e ntima familiaridad que tena Juanita con Antouelo, el
hijo del herrador, y era la segunda la casi seguridad del furioso enojo
de doa Ins cuando llegase a saber que l tena un compromiso serio con
Juanita. Doa Ins inspiraba a su padre terror pnico, y siempre trataba
de huir de su enojo como de una espada desnuda.

Su decidida aficin a la muchacha saltaba, no obstante, por encima de
los obstculos, como un corcel generoso salta la valla que se le ha
puesto para atajar su carrera.

En resolucin, combatido don Paco por harto contrarios sentimientos,
aunque se propuso no desistir de la empresa que haba formado de manera
muy vaga, se propuso tambin proceder con la mayor cautela y ser lo ms
ladino que pudiese, aunque en estos negocios no le suceda como en los
negocios del Municipio, y el ser ladino no era su fuerte.

As discurriendo, pas don Paco revista a su ropa blanca. Vio que slo
tena media docena de camisas bastante estropeadas y con muchos
zurcidos. Y como esto era muy poco para l, persona de extremado aseo,
que, cosa rara en un pequeo lugar!, se pona limpia tres veces a la
semana, decidi que estaba justificadsimo el mandar que le hiciesen
media docena de camisas nuevas, que le hacan muchsima falta, Y quin
haba de hacerlas mejor que Juanita, que era la costurera ms hbil de
Villalegre? Y quin haba de cortarlas mejor que su madre, la cual, lo
mismo que con el mango de la sartn en la izquierda y la paleta en la
diestra, era una mujer inspirada con las tijeras en la mano y con
cualquier tela extendida sobre la mesa y marcada ya artsticamente con
lpiz o con jaboncillo de sastre?

Al da siguiente, decidido ya don Paco, acudi muy de maana a casa de
Juana la Larga, y le mand hacer seis hermosas camisas de madapoln con
puos y pechera de hilo, ajustndolas a treinta reales cada una. Para
ganarse la voluntad y excitar el celo de ambas Juanas, les llev don
Paco, envuelto en un pauelo y sin que los profanos viesen lo que
llevaba, un cestillo lleno de fresas, fruta muy rara en el lugar, y para
mayor esplendidez sac, adems, del bolsillo del holgado chaquetn que
sola vestir a diario, nada menos que tres bollos del exquisito
chocolate que sola hacer doa Ins en su casa, y del cual haba
regalado a su padre una docena de bollos de cuatro onzas cada uno.

Juana la Larga, que era muy golosa y muy aficionada a que la
obsequiasen, acept el presente con gratitud y complacencia; pero como
no era larga solamente de cuerpo, sino que lo era tambin de previsin,
y, si vale decirlo as, de olfato mental, al punto oli y cal la
intenciones que don Paco traa y sobre las cuales haba ya sospechado
algo.




IX


Reza el refrn, que honra y provecho no caben en un saco; pero Juana la
Larga, sobre ser honrada, rayando su honradez en austeridad para que se
borrase la mala impresin de sus deslices juveniles, era adems, una
matrona llena de discrecin y de juicio, y saba que el mencionado
refrn se equivocaba a menudo. Para ella, en el caso que se le acababa
de presentar, en vez de no caber en un saco, el provecho no poda ser
sin la honra, y la honra tena que producir naturalmente el provecho.

Si Juanita se dejaba camelar a tontas y a locas, se expona a dar al
traste con su reputacin y a ser el blanco de las ms feroces
murmuraciones y a perder siempre la esperanza de hallar un buen marido.
Y todo ello por unas cuantas chucheras y regalillos de mala muerte.
Mientras que si Juanita acertaba a ser rgida sin disgustar y ahuyentar
al pretendiente, pero sin otorgarle tampoco el menor favor de
importancia antes que el cura diese en la iglesia el pasaporte para los
favores, convirtindolos en actos de deber y cargas de justicia, harto
posible era que don Paco se emberrenchinase hasta tal punto que entrase
por el aro, rompiendo todo el tejido de dificultades que al aro pusiesen
doa Ins y otras personas, y elevando a Juanita a ser legtimamente la
seora del personaje ms importante del lugar, despus de don Andrs
Rubio, el cacique.

Con tales pensamientos en la mente, a par que con notable destreza, y
desarrollando la cinta que estaba enrollada en una carretilla, tom
Juana a don Paco las medidas convenientes. Estuvo con l ms dulce que
una arropa, y aunque le dijo que no tena que venir a su casa para
probarse la primera camisa, porque cuando estuviese medio hecha o
hilvanada se la enviara para la prueba, le convid a que algunas
noches, de nueve a once, cuando no tuviese nada mejor que hacer,
viniese, s quera, un rato de tertulia a su casa, porque ni ella ni
Juanita gustaban de acostarse temprano, y aunque estaban casi siempre
solas, velaban hasta las doce. Juanita cosa o bordaba; pero como esto
se hace con las manos, su lengua quedaba expedita y charlaba ms que una
cotorra.

--Yo--aada Juana la Larga--no coso ni bordo de noche, porque tengo la
vista perdida, y as estoy mano sobre mano o paso las cuentas de m
rosario y rezo. Si alguna vez est usted de mal humor, podemos echar
juntos cuatro o cinco manos de tute, que yo s que a usted le agrada. A
m me agrada tambin, pero mi mala suerte y mis cortos medios no me
permiten jugarlo ms que a real cada juego. Y aun as, si se le da a una
muy mal, bien puede perder veinte o treinta reales en una noche, como
quien no quiere la cosa.

Ya se comprende que don Paco acept el convite y fue de tertulia a casa
de Juana; al principio, de cuando en cuando; al cabo de poco tiempo,
todas las noches. Casi siempre jugaba al tute y perda. Sus prdidas
podan evaluarse, una noche con otra, en una peseta diaria. Todo, no
obstante, lo daba don Paco por bien empleado.

Las camisas estuvieron pronto concluidas y don Paco qued muy
satisfecho. En la vida se haba puesto otras que mejor le sentasen.

No las hubiera hecho ms lindas el camisero ms acreditado de Pars. Las
lustrosas pecheras no hacan una arruga; los cuellos eran derechos, a la
diplomtica, y los puos muy bonitos y para los botones que en el da se
estilan, Juana le regal, en compensacin de los muchos regalos que de
l reciba, un par de botones preciosos de plata sobredorada que merc
en la tienda del _Murciano_, tienda bien abastecida, y donde, segn
dicen por all, haba de cuanto Dios cri y de cuanto puede imaginar,
forjar, tejer y confeccionar la industria humana: naipes, fsforos,
telas de seda, lana y algodn, especiera, quesos, garbanzos y
habichuelas, ajonjol, matalahva y otras semillas. Casi eran los nicos
artculos que all faltaban las carnes de vaca y de carnero y toda la
pasmosa variedad de sabrosos productos que resultan de la matanza y
sacrificio de los cerdos.

Ya estuviesen hablando don Paco y Juana, ya estuviesen jugando al tute,
Juanita rara vez suspenda su costura o su bordado; pero, sin
suspenderlos, sola tomar parte en la conversacin del modo ms
agradable. Nadie vena a interrumpir esta tertulia de los tres, salvo
Antouelo, que escamaba mucho a don Paco y le llenaba de sobresalto y de
mal humor.

Creca este de punto porque mientras que don Paco estaba jugando al tute
y Juana le acusaba las cuarenta, Antouelo se sentaba muy cerca de
Juanita, en el otro extremo de la sala donde ella cosa, y ambos
cuchicheaban con mucha animacin y en voz tan baja, que don Paco no
poda pescar ni palabra de lo que decan. Con esto se pona como sobre
ascuas y muy alborotado y triste, sin que para ocultarlo le valiese el
disimulo.

Entonces don Paco jugaba peor: sola tener rey y caballo del mismo palo
y se le olvidaba acusar veinte, o bien, si Juana le jugaba un oro y l
tena el as o el tres, se lo guardaba y no lo echaba. As es que las
noches en que vena Antouelo a la tertulia, sobre la desazn que daba a
don Paco, le haca perder un par de pesetas y hasta tres a veces.

Viniese o no viniese Antouelo a la tertulia, Juana la Larga estaba
siempre presente. Don Pablo no hallaba modo de hablar a solas con
Juanita, ni de abandonar a la madre e imitar a Antouelo enredndose en
cuchicheos con la hija.

Alguna vez que lo intent, hablando bajo a Juanita, esta le contest
alto, haciendo la conversacin general y despojndola de todo misterio.

Bien hubiera querido don Paco, cuando Antouelo vena, rodear las cosas
de suerte que le obligase a entretener a la madre, hablando o jugando al
tute con ella; pero Antouelo aseguraba que no saba jugar al tute y
daba a entender que nada tena que decir a Juana.

Con frecuencia sala don Paco tan cargado de esta tertulia, que se
propona y casi resolva no volver a ella o, al menos, ir poco a poco
retirndose. Pero ya haba tomado la maldita costumbre de ir, y todas
las noches, si lo retardaba algo, empezaban al toque de nimas a
hormiguearle y bullirle los pies, y ellos mismos, pronuncindose y
rebelndose contra su voluntad, le llevaban a escape y como por encanto
a casa de ambas Juanas.




X


Pronto notaron todos los vecinos, cundiendo la noticia por el resto de
la poblacin, las constantes visitas nocturnas de don Paco; pero como
Antouelo sola ir tambin, y entre don Paco y Juanita haba tan grande
desproporcin de edad, la gente murmuradora lo explic todo suponiendo
que Antouelo era novio de Juanita, y que don Paco tena o trataba de
tener relaciones amorosas con la madre, la cual, a pesar de sus cuarenta
y cinco aos y de los muchos trabajos y disgustos que haba pasado en
esta vida, apenas tena canas, y estaba gil, esbelta, y aunque de
pocas, de bien puestas, frescas, apretadas y al parecer jugosas carnes.

La austeridad esquiva de Juana la Larga durante muchos aos, desde que
tuvo su juvenil tropiezo, no pudo en esta ocasin eximirla de la
maledicencia. La gente deca que al fin se haba dejado tentar y lo daba
todo por hecho. Cuando vea la gente que Antouelo y don Paco iban a las
nueve a la casa y permanecan all hasta cerca de las doce, no juzgaba
aquella tertulia tan inocente como era en realidad, y la calificaba de
amor por partida doble.

Las bromas que sobre ello dieron a don Paco algunos de sus amigos le
soliviantaron bastante.

As es que, excitado, si bien no tena derecho para pedir explicaciones,
con ms o menos disimulados rodeos, y cuando Antouelo no estaba
presente, se atrevi a pedirlas y a indagar por qu vena Antouelo con
tanta frecuencia y de qu trataba con Juanita en sus largos apartes y
cuchicheos.

Ambas Juanas, sin alterarse en manera alguna y como la cosa ms natural
y sencilla, lo explicaban todo, afirmando que Juanita y Antouelo eran
exactamente de la misma edad, se haban criado juntos desde que estaban
en paales y podan considerarse como hermanos.

Aadan ambas que Antouelo era travieso y muy tronera, que daba a su
padre grandes desazones, que de l podan temerse mayores males an y
que a Juanita ni remotamente le convena para novio; pero ella no
acertaba a prescindir del cario fraternal que le tena, ni a prohibirle
que viniese a verla, ni a dejar de darle buenos consejos y
amonestaciones, los cuales eran el asunto de los cuchicheos.

Don Paco aparentaba aquietarse al or tal explicacin; pero en realidad
no se aquietaba; y mostrando el verdadero inters que el buen nombre de
Juanita le inspiraba, insinuaba que, aunque todo fuese moral e
inocentsimo, convena, a fin de evitar el qu dirn, no recibir a
Antouelo con tanta frecuencia.

Los sermones que predicaba don Paco, ms que morales conducentes a
observar el decoro de Juanita, no se puede decir que fueron predicados
en desierto. Poco a poco dejaron de menudear las visitas de Antouelo;
sus cuchicheos con Juanita se acortaron, y al fin, cuchicheos y visitas
vinieron a ser raros.

Esto dio nimo a don Paco. Crey notar que se prestaba dcil odo a sus
cariosas reprimendas, y se atrevi a predicar tambin sobre otro punto.

En extremo gustaba l de ver a Juanita charlar en la fuente o subir la
cuesta con el cantarillo en la cadera o con la ropa ya lavada sobre la
gentil cabeza, ms airosa y gallarda que una ninfa del verde bosque, y
ms majestuosa que la propia princesa Nausicaa, que tambin lavaba la
ropa cuando, sin desconcharse ni echar las nfulas por el suelo, solan
hacerlo las princesas, all en los siglos de oro.

Don Paco, que tena, segn hemos apuntado ya, entendimiento de amor de
hermosura, se quedaba extasiado contemplando el andar de la moza, que no
tena el liviano, provocativo y sucio movimiento de caderas y los
pasitos menudos que suelen tener las chulas, sino que era un andar
sereno, a grandes pasos, noble y lleno de gracia, como sin duda deba de
andar Diana Cazadora, o la misma Venus al revelarse al hijo de Anquises
en las selvas que rodeaban a Cartago.

En Villalegre se gastaban corss, y hasta era Juana la Larga quien mejor
los haca; pero la indmita Juanita nunca quiso meterse en semejante
apretura ni llevar aquel cilicio que para nada necesitaba ella y que
entenda que hubiera desfigurado su cuerpo. Slo llevaba, entre el
ligero vestido de percal y sobre la camisa y enaguas blancas un justillo
o corpio sin hierros ni ballenas, cosa que bastaba a ceir la estrecha
y virginal cintura, dejando libre lo dems que, derecho y firme, no haba
menester de sostn ni apoyo.

En el espritu de don Paco pudo, sin embargo, ms que el deleite de ver
a Juanita en la fuente o volviendo del albercn, la idea de que, estando
ya muy remotos los siglos de oro, no era posible imitar a la princesa
Nausicaa, sin rebajarse o avillanarse demasiado; y as, aconsej y
amonest tantas veces y con tan discretas razones a Juanita para que no
fuese a la fuente, apoyndole siempre la madre de ella, que Juanita
cedi, al cabo, y dej de ir a la fuente y al albercn, retrayndose,
adems, de otros varios ejercicios y faenas que no son propios de una
seorita.




XI


Doa Ins Lpez de Roldn distaba mucho de ser una lugarea vulgar y
adocenada. Era, por el contrario, distinguidsima; y en su tanto de
mritos mirados, o sea guardando la debida proporcin, pudiramos
calificarla de una princesa de Lieveo o de una madame Rcamier aldeana.
Su vida no pasaba ociosa, sino empleada en obras casi siempre buenas y
en fructuosos afanes. Su caridad para con los pobres era muy elogiada,
ayudndola en este ejercicio el seor don Andrs Rubio. No descuidaba
ella por eso el gobierno de su casa, que estaba saltando de limpia, y
todo muy en orden, a pesar de los siete chiquillos que tena, el mayor
de ocho aos; pero como la casa era muy grande, a los cinco mayores,
entregados a una mujer ya anciana y de toda confianza, los tena en el
extremo opuesto de aquel en que estaba ella, a fin de que no turbasen
con sus chillidos y gritera, ya sus solitarias meditaciones, ya sus
lecturas, ya sus interesantes coloquios con el padre Anselmo, con el
cacique o con alguna persona de fuste que viniese a visitarla.

A las nueve de la noche en verano, y a las ocho o antes en invierno,
mandaba acostar a los nios, y desde entonces, hasta las once, y a veces
hasta ms tarde, tena tertulia, en la cual se discreteaba, y a la cual
rara vez asista el seor Roldn, que no presuma ni poda presumir de
discreto, y a quien las discreciones de su mujer pasmaban y
enorgullecan, pero al mismo tiempo le excitaban al sueo.

En las horas que le dejaban libre los afanes y cuidados de la casa y aun
de la administracin de la hacienda, de la que suavemente haba
despojado a su marido por no considerarle capaz, doa Ins sola
ocuparse en lecturas que adornaban y levantaban su espritu. Rara vez
perda su tiempo en leer novelas, condenndolas por inspidas o
inmorales y libidinosas. De la poesa no era muy partidaria tampoco, y
sin plagiar a Platn, porque no saba que Platn lo hubiese preceptuado,
desterraba de su casa y familia a casi todos los poetas como corruptores
de las buenas costumbres y enemigos de la verdadera religin y de la paz
que debe reinar en las bien concertadas repblicas; pero en cambio,
doa Ins lea Historia de Espaa y de otros pases y, sobre todo,
muchos libros de devocin. El cura la admiraba tanto al orle hablar de
teologa que, mentalmente, adornaba sus espaldas con la muceta y su
cabeza con el bonete y la borla.

Era tan grande la actividad de doa Ins, que a pesar de tan varias
ocupaciones, an le quedaba tiempo para satisfacer su anhelo de
enterarse a fondo de la historia contempornea y local, que tena para
ella ms atractivos que la Historia Universal o de pocas y pases
remotos.

Para conocer bien esta historia contempornea y local y ejercer sobre
los hechos la ms severa crtica, se vala doa Ins de diferentes
medios, siendo el ms importante una criada antigua, que haca recados,
que entraba y sala por todas partes y que se llamaba Crispina, mula en
su favor y privanza de Serafina, la doncella.

Gracias a Crispina, doa Ins estaba al corriente de los noviazgos que
haba en el pueblo, de las pendencias y de los amores, de las amistades
y enemistades, de lo que se gastaba en vestir en cada casa, de lo que
este deba y de lo que aquel haba dado a premio, y hasta de lo que
coma o gastaba en comer cada familia. A los que coman bien, doa Ins
los censuraba por su glotonera y despilfarro, y a los que coman poco y
mal, los calificaba de miserables, de hambrones y de perecientes.

No tard, por consiguiente, doa Ins en tener noticia de las aficiones
de su padre y de sus visitas o tertulias en casa de ambas Juanas.
Muchsimo la molest esta grosera bellaquera, que tan duramente la
apellidaba; pero disimul y se report durante muchos das, sin decir
nada a su padre. Doa Ins estaba muy adelantada en sus concebidas
esperanzas de octavo vstago, y en tal delicada situacin se cuidaba
mucho y procuraba no alterarse por ningn motivo, para que las dichas
esperanzas no se frustraran o se torcieran ruinmente, realizndose de un
modo prematuro, con deterioro y quebranto de su salud. Pero aunque doa
Ins no dijo por lo pronto nada a don Paco, se la tena guardada y
segua observando y averiguando por medio de Crispina, en la creencia de
que era a Juana y no a Juanita a quien su padre pretenda o cortejaba.

Esta creencia mitigaba no poco el disgusto de doa Ins, porgue no poda
entrar en su cabeza que su padre intentase jams contraer segundas
nupcias con Juana la Larga. As es que lo que censuraba en este muy
speramente era la inmoralidad y el escndalo de unas relaciones
amorosas contradas por hombre que tena ms de medio siglo y que iba a
ser pronto por octava vez abuelo. La enojaba tambin la condicin harto
plebeya del objeto de los amores de su padre, los cuales, si no dignos
de aplauso, la hubieran parecido dignos de disculpa a haber sido con
alguna hidalga recatada y de su posicin, como haba dos o tres en el
lugar, que, segn pensaba doa Ins, hubieran abierto a don Paco, si l
hubiera llamado a la puerta de ellas pidiendo entrada. No se cansaba,
pues, doa Ins de censurar las ruines inclinaciones de su padre. Le
dola asimismo que su padre gustase tanto en obsequiar a Juana la Larga,
suponiendo, segn las noticias que le trajo Crispina, que gastaba mucho
ms de lo que ganaba.

--Conque juega al tute con ella?

--S, seora--contest Crispina--. Y ya por echarla de fino, ya porque
est embobado y embelesado mirando a Juana con ojos de carnero a medio
morir y sin atender al juego, lo cierto es que Juana le pela, ganndole
diez o doce reales cada noche. Adems, los regalos de don Paco llueven
sin descampar sobre aquella casa; ya enva un pavo, ya una docena de
morcillas, ya fruta, ya parte del chocolate que le regala su merced,
hecho por el hombre que viene expresamente desde Crdoba a hacerlo a
esta casa.

Lo de que don Paco hubiese regalado tambin parte de su chocolate irrit
ferozmente a doa Ins; lo consider una verdadera profanacin y casi le
hizo perder los estribos; pero al fin pens en la situacin en que se
encontraba, ya fuera de cuenta, y logr reportarse. Su moderacin y sus
cuidados no fueron intiles.

El 29 de junio, da de San Pedro Apstol, sinti doa Ins desde muy de
maana los primeros dolores, y con gran facilidad dio a luz en aquel
mismo da a un hermoso nio. La madre y el seor Roldn decidieron que
deba llamarse Pedro, en honor del Prncipe de los apstoles en cuyo da
haba nacido y del que eran muy devotos. El seor don Andrs Rubio
prometi tener al infante en sus brazos en la pila bautismal. Y como el
infante fue robustsimo y el mdico asegurase que no corra peligro su
vida, retardaron su bautismo hasta mediados del mes de julio, as porque
ya estara levantada la seora doa Ins y podra asistir a las fiestas
que se hiciesen, como porque para entonces se realizara la anunciada
visita del seor obispo, el cual, a ms de confirmar a todos los
muchachos que no lo estuviesen, les hara la honra de bautizar al futuro
Periquito.

El obispo sera hospedado en casa de los seores de Roldn los tres o
cuatro das que estuviese en Villalegre. Doa Ins, por tanto, pensando
en los preparativos y en todos los medios que haba de emplear para
hacer con lucimiento recepcin tan honrosa, persever en refrenar su ira
contra Juana la Larga, a quien imaginaba seductora de su padre. Y
disimulando el odio que le haba tomado, no quiso dejar de valerse de
ella en ocasin de tanto empeo. Ya la haba llamado el da del
alumbramiento, porque bien saba por experiencia que no haba en el
mundo conocido ms hbil comadre que Juana.

Y como tampoco haba por all mujer tan dispuesta para preparar y
dirigir los festines, con tiempo comprometi a Juana a fin de que desde
dos das antes de la llegada del obispo se viniese a su casa, sin volver
a la casa propia sino para dormir, y lo preparase y dirigiese todo.
Juana prometi hacerlo as y lo cumpli muy gustosa.




XII


La vspera de la llegada del obispo, que fue el 15 de julio, vspera
tambin de la Virgen del Carmen, Juana haba trabajado ya mucho, sudando
el quilo para condimentar los manjares y las golosinas, y hasta para
disponer el aparato y la magnificencia que haban de desplegarse en la
recepcin y en el hospedaje de su seora ilustrsima, y en el refresco
y ambig que haba de darse en aquella casa a todo lo ms granado e
ilustre de la villa, despus de terminadas las cristianas ceremonias de
la confirmacin y del bautismo. En ella, doa Ins iba a dar al seor
obispo ms trabajo que nadie, pues tena siete chiquillos no confirmados
an, y uno todava _moro_, como apellidan en Andaluca a todo ser humano
antes de recibir el agua sacramental que le trae al gremio de la
Iglesia.

La noche del 15 de julio haca muchsimo calor. A eso de las nueve, don
Paco, segn costumbre, se fue de tertulia a casa de Juana la Larga; pero
Juana segua trabajando an en la de los seores de Roldn, y Juanita
estaba sola con la criada, tomando el fresco en la reja de su sala baja.

La vio don Paco, y lleg a hablarle antes de dirigirse a la puerta.
Juanita, despus de los saludos de costumbre, dijo a don Paco, que
pretenda que le abriese:

--Mi madre no ha vuelto an. No s cundo volver. Estando yo sola no
me atrevo a abrir a usted la puerta y a dejarle entrar. La gente murmura
ya contra nosotros, y murmurar mil veces ms si yo tal cosa hiciera.
Vyase usted, pues, y perdneme que no le reciba.

Ninguna objecin acert a poner don Paco, convencido de lo puesta en
razn que estaba Juanita. Solamente le dijo:

--Ya que no me recibes, no te vayas de la reja y habla conmigo un rato.
Aunque la gente nos vea, qu podrn decir?

--Podrn decir que usted no viene a rezar el rosario conmigo; podrn
creer que yo interesadamente alboroto a usted y le levanto de cascos, y
podrn censurar que pudiendo ser yo nietecita de usted, tire a ser su
novia y tal vez su amiga. Con esta suposicin me sacarn todos el
pellejo a trdigas; y si llega a odos de su hija de usted, mi seora
doa Ins Lpez de Roldn y otras hierbas, que usted y yo estamos aqu
pelando la pava, ser capaz de venir, aunque se halla delicada y
convaleciente, y nos pelar o nos desollar a ambos, ya que no enve por
aqu al seor cura acompaado del monaguillo, con el caldero y el hisopo
del agua bendita, no para que nos case, sino para que nos roce y
refresque con ella, sacndonos los demonios del cuerpo.

--Vamos, Juanita, no seas mala ni digas disparates. No es tan fiero el
len como lo pintan. Y si t gustases un poquito de m, y mi
conversacin te divirtiese en vez de fastidiarte, no tendras tanto
miedo de la maledicencia, ni de los furores de mi hija, ni de los
exorcismos del cura.

--Y de dnde saca usted que yo no guste de tener con usted un rato de
palique? Pocas cosas encuentro yo ms divertidas que la conversacin de
usted, y adems siempre aprendo algo y gano oyndole hablar. Yo soy
ignorante, casi cerril; pero, si el amor propio no me engaa, me parece
que no soy tonta. Comprendo, pues, y aprecio el agrado y valor que
tienen sus palabras.

--Entonces, cmo es que no me quieres?

--Entendmonos. De qu suerte de quereres se trata?

--De amor.

--Ya esa es harina de otro costal. Si el amor es como el que tiene el
padre Anselmo a su breviario, como el que tiene doa Ins a sus libros
devotos o como el que tiene usted a las leyes o a los reglamentos que
estudia, mi amor es evidente y yo quiero a usted como ustedes quieren
esos libros. No menos que ustedes se deleitan en leerlos, me deleito yo
en or a usted cuando habla.

--Pero, traidora Juanita, t me lisonjeas y me matas a la vez. Yo no
quiero instruirte, sino enamorarte. No aspiro a ser tu libro, sino tu
novio.

--Jess, Mara y Jos. Est usted loco, don Paco? En qu vendra a
parar, qu fin que no fuera desastroso podra tener ese noviazgo? No le
tiemblan a usted las carnes al figurarse la estrepitosa cencerrada que
nos daran si nos casramos? Y si el noviazgo no terminase en
casamiento, adnde ira yo a ocultar mi vergenza, arrojada de este
pueblo por seductora de seores ancianos?

Lo de la ancianidad, tantas veces repetido, ofendi mucho a don Paco en
aquella ocasin, y muy picado, y con tono desabrido, exclam haciendo
demostracin de retirarse:

--Veo que presientes graves peligros. No quiero que te expongas a ellos
por mi culpa. Adis, Juanita.

--Detngase usted, don Paco; no se vaya usted enojado contra m. No
conoce usted muy a las claras que yo le quiero de corazn y que mi mayor
placer es verle y hablarle? Como soy franca y leal, procuro no retener a
usted con esperanzas vanas. Mucho me pesara de que usted me acusase un
da de que yo le engaaba. Por esto digo a usted que de amor no le
quiero y me parece que no le querr nunca. Pero lo que es por amistad,
debe usted contar conmigo hasta la pared de enfrente. Por qu no se
contenta usted con esa amistad? Por qu me pide usted lo que no puedo
ni debo darle? No sera flojo el alboroto que se armara en el pueblo si
usted y yo fusemos novios y s el noviazgo se supiese.

Don Paco se atrevi a decir entonces, en mala hora y con poco acierto:

--Pues qu necesidad hay de que nuestro noviazgo se sepa?

--Y usted, por quin me toma para insinuar ese sigilo, dado que sea
posible? Slo se oculta lo poco decente, y, por tanto, yo no he de
ocultar nada aunque pueda. Si me decidiese yo a ser novia de usted,
sera por considerarlo bueno y honrado, y en vez de ocultarlo como fea
mancha, lo pregonara y lo dejara ver a todos con ms orgullo que si
ensease una joya, jactndome de ello, en vez de andar con tapujos. Ya
sabe usted mi modo de pensar. Nada ms tenemos que decirnos. Ahora, lo
repito, vyase usted y djeme tranquila. Malo es siempre dar que hablar;
pero dar que hablar sin motivo es malo y tonto.

Don Paco depuso el enojo, no acert a responder a Juanita con ninguna
frase concertada y se fue, despidindose de ella resignado y triste.




XIII


Pasaron das y vino el obispo, como se esperaba.

Su seora ilustrsima bautiz a los nios _moros_, que aguardaban su
venida, como los padres del Limbo el santo advenimiento, y confirm a
los no confirmados, que se contaban a centenares, entre ellos no pocos
harto talludos.

Doa Ins se luci dando hospedaje al seor obispo, y este se fue del
lugar muy maravillado y gozoso de la magnificencia y primor con que all
se viva.

Libre ya doa Ins de tanta extraordinaria faena, se consagr con mayor
atencin al estudio de la historia contempornea, y al cabo, auxiliada
por los datos que le suministraba Crispina, y valindose de su rara
sagacidad, vino a comprender que no era a la madre, sino a la hija, a
quien cortejaba don Paco. Su furor fue entonces muy grande; pero por lo
mismo se call y no atorment a su padre con insinuaciones ni bromas. El
asunto no se prestaba a bromas ni a medios trminos. La ira de doa Ins
haba de estallar y manifestarse de una manera ms seria cuando
estuviese completamente convencida de la locura de su padre, pues de tal
la calificaba.

Don Paco, entre tanto, si bien daba ya menos pretexto a la murmuracin,
se senta ms enamorado que nunca de Juanita. Pensaba en sus dulces
desdenes, recapacitaba sobre ellos, haca doloroso examen de conciencia
y miraba y cataba la herida de su corazn, como un enfermo contempla con
amargo deleite la llaga o el cncer que le lastima y en el que prev la
causa de su muerte.

Toda la vida haba sido don Paco el hombre ms positivo y menos
romntico que puede imaginarse. Aquel imprevisto sentimentalismo que se
le haba metido en las entraas y se las abrasaba, le pareca tan
ridculo que, a par que le afectaba dolorosamente, le haca rer cuando
estaba a solas, con risa descompuesta y que sola terminar en algo a
modo de ataque de nervios.

Don Paco dej, pues, de ir todas las noches a casa de ambas Juanas; ya
no vea a Juanita en la fuente y sola, porque l mismo haba predicado
para que no fuese, y, sin embargo, no acertaba a sustraerse a la
obsesin que Juanita le causaba de continuo, presente siempre a los
perspicaces ojos de su espritu, as en la vigilia como en el sueo.

Por dicha, no le atormentaban los celos. Juanita zapateaba, donosa o
duramente, a cuantos mozos la pretendan, y lo que es Antouelo iba ya
con menos frecuencia a casa de Juanita. Segn en el lugar se sonaba,
andaba l muy extraviado, frecuentando las tabernas en harto malas
compaas y pasando muchas noches en francachelas y jaranas. Villalegre
no era el nico teatro de sus proezas, sino que, a pesar de las
amonestaciones y reprensiones de su padre, a menudo muy duras, se sola
ir de parranda al campo o algunos lugares cercanos, y en dos o tres das
no apareca por su casa.

Don Paco no tena, pues, rivales. Pareca completamente dueo del campo;
pero el campo estaba tan bien atrincherado, que don Paco no lograba
entrar en l y se quedaba fuera como los otros. No desisti por eso de
ir por las noches a casa de ambas Juanas, aunque no de diario.

Como de costumbre, jugaba al tute con la madre; como de costumbre,
hablaba con Juanita en conversacin general, y Juanita hablaba
igualmente y le oa muy atenta manifestndose finsima amiga suya y
hasta su admiradora; pero, como de costumbre tambin, las miradas
ardientes y los mal reprimidos suspiros de don Paco pasaban sin ser
notados y eran machacar en hierro fro, o hacan un efecto muy contrario
al que don Paco deseaba, poniendo a Juanita seria y de mal humor,
turbando su franca alegra y refrenando sus expansiones amistosas.

De esta suerte, poco venturosa y triunfante para don Paco, se pasaron
algunos das y llegaron los ltimos del mes de julio.

Haca un calor insufrible. Durante el da los pajaritos se asaban en el
aire cuando no hallaban sombra en que guarecerse. Durante la noche
refrescaba bastante. En el claro y sereno cielo resplandecan la luna y
multitud de estrellas, que, en vez de envolverlo en un manto negro, lo
tean de azul con luminosos rasgos de plata y refulgentes bordados de
oro.

Ambas Juanas no reciban a don Paco en la sala, sino en el patio, donde
se gozaba de mucha frescura y ola a los dompedros, que daban su ms
rico olor por la noche, a la albahaca y a la hierba luisa, que haba en
no pocos arriates y macetas, y a los jazmines y a las rosas de
enredadera, que en Andaluca llaman de _pitimin_, y que trepan por las
rejas de las ventanas, en los cuartos del primer piso, donde dorman
Juanita y su madre.

En aquel sitio, tan encantador como modesto, era recibido don Paco.
Todava all, a la luz de un bruido veln de Lucena, de refulgente
azfar, se jugaba al tute en una mesilla porttil, pero no con la
persistencia que bajo techado. Otras distracciones, casi siempre
gastronmicas, suplan la falta del juego. Juana, que era tan
industriosa, sola hacer helado en una pequea cantimplora que tena;
pero con ms frecuencia se entretena comiendo ora piones, ora
almendras y garbanzos tostados, ora flores de maz, que Juanita tena la
habilidad de hacer saltar muy bien en la sartn, y ora altramuces y, a
veces, hasta palmitos cuando los arrieros los traan de la provincia de
Mlaga, porque en la de Crdoba no se cran.

Estas rsticas semicenas, dignas de ser celebradas por don Francisco
Gregorio de Salas en su famoso _Observatorio_, deleitaban ms a don Paco
que hubieran podido deleitarle las antiguas cenas de Trimalcin o de
Apicio y las modernas de la Maison Dore o del Caf Ingls en Pars,
parecindole mejor aquellos groseros alimentos que la ambrosa que comen
las deidades del Olimpo, ya que Juanita, comindolos, les comunicaba
cierta celestial u olmpica naturaleza. Dichas chucheras, apndices de
la verdadera cena que cada uno haba tomado ya en su casa antes de
empezar la tertulia, probaban adems, cuando las dos Juanas y don Paco
se las coman, sin el menor susto y sin ninguna mala resulta, que
nuestros tres hroes posean tres estmagos de los ms sanos, eficaces y
potentes que hay en el mundo.

Una noche en que estaban aquellas seoras muy familiares, conversables y
benignas con don Paco, se atrevi este a ofrecer algo que pensaba en
ofrecer tiempo haca, sin acabar de decidirse por temor de que no
aceptasen su obsequio.

Desechado el temor, dijo al cabo:

--De hoy en ocho das, el cuatro de agosto, habr grandes fiestas en
este pueblo. Habr procesin, feria, velada, funcin de iglesia y
sermn, que predicar el padre Anselmo, contando y celebrando la vida y
milagros del glorioso Santo Domingo de Guzmn, nuestro patrono y abogado
en el cielo. Tengo yo una pieza de tela de seda, flexible y rica, por el
estilo de la de estos mantones que llaman de espumilla o de Manila.
Carece de bordados y es de color verde oscuro. Me la envi meses ha de
regalo mi sobrino Jacinto, que est en Filipinas empleado en Hacienda.
Tiempo hay todava de hacer con esta tela un precioso vestido de mujer.
Y quin lo llevara con ms garbo y lucimiento que Juanita, si aceptase
mi presente? La tela es pintiparada para hacer el traje, y si ustedes
quieren darse prisa, an tienen tiempo de sobra.

Madre e hija dieron mil gracias a don Paco por su buena intencin,
mostrando repugnancia en aceptar por el qu dirn y sosteniendo que
cuando viesen a Juanita con traje tan lujoso todo el lugar se
alborotara, adivinara que la seda era regalo de don Paco y l y ellas
daran una estruendosa campanada.

Nada contest don Paco a tan juiciosos razonamientos; pero hizo algo ms
elocuente y persuasivo. Tom de una silla un paquete que haba trado
recatadamente envuelto en un pauelo, y desdoblndolo, mostr la tela a
la luz del veln.

Ambas mujeres admiraron aquella hermosura; la calificaron de divina. Los
ojos y el alma se les iban en pos de la tela. En suma, no pudieron
resistir y aceptaron el obsequio. Juana quiso mostrarse ms difcil y
Juanita tuvo que ceder y que aceptar antes que ella.

No bien se fue don Paco, a eso de las doce, Juanita dijo a su madre.

--Yo no he sabido resistir. La tela es encantadora. Lo que ms me agrada
de ella es su flexibilidad, porque no tiene tiesura como otras sedas. Se
ceir muy bien al cuerpo y se podr dar mucho vuelo a las faldas, que
formarn pliegues muy graciosos. Vamos..., he cado en la tentacin.
Qu no van a murmurar y a morder las envidiosas cuando me vean tan
peripuesta y tan guapa ir a la funcin de iglesia el da de Santo
Domingo? Porque t, mam, irs con tu mantilla de tul bordado, y me
emprestars o me regalars la otra que tienes de madroos, que me est
como pintada. Varias veces la he sacado del fondo del arca y me la he
probado, mirndome al espejo. Mucho van a rabiar cuando me vean tan maja
las hijas del escribano, que gastan tanta fantasa como si fueran dos
marquesas, aunque son dos esperpentos y van siempre mal pergeadas.

--S, hija; pues la menor est tan escuchimizada que parece una lombriz
de cao sucio, y la otra es tan pequeuela y tan gorda como una bolita.
Si llega a casarse, a tener hijos y a engordar ms, perder la forma de
mujer y se convertir en cochinillo de San Antn. Pero, dejando esto a
un lado, yo no las tengo todas conmigo. Despertaremos la ms tremenda
envidia y nos pondrn como un regalado trapo.

--Pecho al agua y preparmonos para la lucha. Qu podrn decir de m?
Que don Paco me viste? Pues yo voy a vestir a don Paco..., y patas.
Mira: con mis ahorrillos ir maana a la tienda del _Murciano_ y
comprar pao de Tarrasa o del mejor que tenga. Calcula t cuntas
varas se necesitan. El tiene gabina, castora o como se llame; pero su
levita, aunque no se la pone ms que diez o doce veces al ao, est ya
desvergonzada de puro rada. Sin chistar, con mucho sigilo, vamos t y
yo a hacerle una levita nueva, segn el ltimo figurn de _La Moda
Elegante e Ilustrada_ que recibiste de Madrid el otro da. Como t
tienes las medidas de don Paco y eres muy hbil, la levita, sin
probrsela ni nada, le caer muy bien, y ya vers con qu majestad y con
qu chiste la luce en la procesin, cuando marche en ella entre los
dems seores del Ayuntamiento. As no ser yo sola, sino l tambin,
quien estrene prenda en tan solemne da.

--Pero, muchacha, eso que dices no es apagar el fuego, sino echarle lea
para que arda ms. Si han de murmurar como uno al verte con el vestido
nuevo, murmurarn como dos al ver con levita nueva a don Paco.

--Pues que murmuren. Lo que yo me propongo al regalar la levita, adems
de la satisfaccin que me cause el obsequiar a don Paco, es que nadie me
acuse, y sobre todo, que no me acuse yo misma de tener el vestido sin
dar en pago algo equivalente.

Decididas as las cosas, al otro da se compr el pao. Juana cort con
segura destreza la levita y el traje de mujer, y madre e hija y dos
oficialas trabajaron con tal ahnco, que el tres de agosto, vspera del
santo, levita y vestido de mujer estaban terminados.




XIV


Cuando aquella noche vino don Paco de tertulia, le dieron la sorpresa de
ensearle la levita.

El casi se enoj, y hasta se le saltaron las lgrimas de puro
agradecido.

En el patio mismo se prob la levita; le hicieron dar con ella cuatro o
cinco paseos, y ambas mujeres encontraron que con la levita estaba don
Paco muy airoso; y eso que no se vea todo el efecto, porque no haba
trado la gabina, sino el hongo, como de costumbre, y la levita y el
hongo no armonizan bien.

Animados ya los tres y de buen humor, dijo don Paco:

--No comprendo por qu gustan ustedes tanto de la soledad y estn tan
retradas. La plaza esta noche estar animadsima. Todo el mundo habr
acudido a la verbena y a ver los fuegos, que dicen que sern
magnficos. Empezarn en punto de las once, y como habr muchos cohetes
y dos o tres soles o ruedas, y a lo ltimo un gran castillo, que
terminar con un espantoso trueno gordo, durar la fiesta hasta despus
de medianoche. La gente quiere que el trueno gordo estalle en el momento
mismo que empiece el da del santo, y espera que el santo lo oiga desde
el cielo y se alegre de que sus patrocinados le saluden y feliciten.
Por qu no se animan ustedes y van a gozar de todo esto? Iremos juntos.
Yo las acompaar.

--Bien quisiera yo ir--contest Juana--; pero temo que nos pongan como
chupa de dmine cuando nos vean reunidos.

--Pues mira, mam, deja que nos pongan como les de la gana; a m me sale
de adentro el ir, y no quiero andar con repulgos. Vamos all, y arda
Troya. Como estamos, vamos bien, sin nada en la cabeza; no tenemos ms
que echar a andar.

Sin hacer ms reparos, los tres se fueron en seguida a la velada y feria
que haba en la plaza, la cual, con los muchos farolillos y candilejas
que la iluminaban, pareca una ascua de oro; y por el bullicio y por la
muchedumbre de gente, que casi la llenaba, era un hormiguero de seres
humanos.

En los balcones, en las ventanas y en las puertas de las casas, las
personas de ms edad y fuste estaban sentadas en sillas.

Las jvenes se paseaban o se paraban a contemplar las tiendas de
mercaderes ambulantes que se extendan por la plaza y por dos o tres
calles de las que en la plaza desembocan.

Las tiendas a las que se agolpaba ms gente eran las de juguetes y
muecos. Apenas haba chicuelo que no fuese obsequiado por sus padres o
por los amigos de sus padres con un pito, con una trompeta o con un
tambor. Y como casi todos desplegaban en seguida su capacidad musical en
los instrumentos que les haban mercado, el aire resonaba con marcial y
alegre, aunque algo discordante armona. Ni faltaban en las tiendas de
muecos trompas marinas, siempretiesos, sables y fusiles de madera y de
latn, y especialmente Santos Domingos de diversos tamaos, todos de
barro cocido y pintados de vivsimos colores. Estas imgenes eran las
que ms se vendan, porque el santo inspiraba en el pueblo devocin
fervorosa.

El ambiente estaba embalsamado por el aroma del aceite frito de ms de
quince buoleras, donde gitanas viejas y mozas frean y despachaban de
continuo esponjados buuelos, que unas personas se coman all mismo con
aguardiente o con chocolate y otras se los llevaban a su casa,
ensartados todos en un largo, flexible y verde junco.

Ni faltaban all tampoco puestos de exquisitas frutas; pero los que ms
atraan la atencin de los chicuelos eran los de almecinas, ya que,
adems del gusto de comrselas, proporcionaban la diversin de ejercitar
la puntera tirando al blanco. Cada muchacho que compraba almecinas
compraba tambin un canuto de caa, cerbatana por donde, despus de
haberse comido la poca y negra carne de la fruta, disparaba soplando el
huesecillo redondo y duro. Estos proyectiles corran silbando por el
aire como las balas en una reida batalla, salvo que eran mucho ms
inocentes, pues apenas hacan dao, si por una maldita y rara casualidad
no acertaban a darle a alguien en un ojo, pues entonces bien podan
dejarle tuerto. Caso tan lastimoso, sin embargo, rara vez ocurre, y, por
consiguiente, la muchedumbre se paseaba tranquila en medio de aquel
feroz tiroteo. Haba, por ltimo, en la feria nocturna siete u ocho
mesillas de turrn, y hasta tres confiteras, donde lo que con ms
abundancia se despachaba eran las yemas, los roscos de huevo y las
batatas confitadas.

Se cuenta que cuando algn campesino que presume de muy rumboso quiere
obsequiar a su novia o a la muchacha a quien va acompaando, se dirige
al confitero y le pide yemas o batatas.

--Cuntas quiere usted?--dice el confitero poniendo en uno de los
platillos del peso la pesa de cuartern.

--Eche usted _jierro_--responde el galn.

El confitero pone la pesa de media libra.

--Eche usted ms _jierro_--repite varias veces el galn, y el confitero
va echando casi todas las pesas.

Pero siempre la muchacha, llena de exquisita delicadeza, y con los ms
modestos remilgos, alega la dificultad que hay en trasladar a casa tanta
balumba y pesadumbre de confites, y asegura que no se los podr comer en
una o dos semanas, y que se pondrn agrios, secos o rancios. En fin,
ella est tan elocuente, que el galn, aunque al principio se resiste
llamando a la muchacha dama de la media almendra, al cabo se deja
convencer, pero no de repente, sino poquito a poco; y segn va entrando
el convencimiento en su nimo y ella sigue hablando, l la interrumpe a
trechos diciendo al confitero:

--Quite usted _jierro_.

Y de esta suerte acaba por no quedar en el platillo de las pesas ms que
la de cuartern, y a veces la de dos onzas.

Para que no careciere la velada de ningn atractivo, hubo en ella
tambin una banda de msica militar, que se haba conservado desde la
poca en que hubo milicianos nacionales, gracias a los desvelos y
esfuerzos de don Andrs Rubio, que haba sido comandante de la milicia.
Los ocho msicos de que constaba la banda vestan an, cuando iban a
tocar de ceremonia, el antiguo uniforme de la extinguida institucin
defensora de nuestras libertades. Eran los msicos menestrales o
jornaleros de los ms listos; no tocaban mal, y siempre el Municipio les
pagaba un buen estipendio: seis y hasta ocho reales a cada uno. De este
modo se libertaba Villalegre del tributo a que estaba sometida en lo
antiguo, haciendo venir de la ciudad vecina, siempre que haba funcin,
a los msicos, a quienes apellidaban en el lugar _tragalentejas_.

Don Paco pase a sus amigas por toda la feria, dando no poco que
murmurar, segn haban previsto.

Como ellas eran ms finas que los jornaleros, ninguno se acercaba a
hablarles, y como estaban en ms humilde posicin que las ricas
labradoras, propietarias e hidalgas, la aristocracia las desdeaba. El
nacimiento ilegtimo de Juanita haca mayor este aislamiento. Juanita no
tena ya una amiga. Entre los mozos, como haba desdeado a muchos, los
pobres no se le acercaban por ofendidos o tmidos, y los ricachos, que
si ella hubiera sido fcil hubieran porfiado por visitarla en su casa,
teman desconcharse o rebajarse acompandola en pblico. Antouelo era
el nico galn que an se complaca en acompaar a Juanita; pero
Antouelo andaba entonces muy extraviado y se hallaba ausente en una de
sus correras por los lugares cercanos.

Las mozas que solan ir por agua a la fuente del ejido, y los arrieros,
pastores y porquerizos que acudan a dar agua al ganado, considerando
que desde que Juanita dej de ir all se daba tono de seora, no se
atrevan ya ni a saludarla.

Toda la noche, o sea hasta que los fuegos terminaron, que fue ya cerca
de la una, madre e hija permanecieron en la plaza, y hubieran estado sin
otro acompaante que don Paco, si don Pascual, el maestro de escuela, no
se hubiera unido tambin a ellas.

Era don Pascual un soltern de ms de sesenta aos, delicado de salud,
flaco y pequeo de cuerpo, pero inteligente y dulce de carcter.

Desde que Juanita tuvo seis aos don Pascual, prendado de su despejo y
de su viveza, se haba esmerado en ensearle a leer y escribir, algo de
cuentas y otros conocimientos elementales.

Juanita haba tenido en el maestro de escuela un admirador constante y
til, porque haba sido para ella, a falta de aya, ayo gratuito y
celossimo.

Ella, en cambio, haca mucho honor a su maestro, pues tomando sus
lecciones en horas de asueto y cuando la escuela estaba desierta de
muchachos, sali discpula tan aventajada, que avergonzaba a casi todos
los que a la escuela asistan.

Nadie saba mejor que ella el Catecismo de Ripalda y el Eptome de la
gramtica. Nadie conoca mejor las cuatro reglas.

Haba aprendido tambin Juanita algo de geografa y de historia; y ya,
cuando apenas tena nueve aos, recitaba con mucha gracia varios
antiguos romances y no pocas fbulas de Samaniego.

Tiempo haca que don Pascual no visitaba a Juanita ni a su madre.

Primero, las frecuentes visitas de Antouelo le haban espantado.
Despus le retrajo ms de ir a casa de las dos Juanas el saber que tanto
las frecuentaba don Paco. Tal vez supuso el bueno del maestro que
Antouelo y don Paco bastaban en aquella casa, y que si l iba estara
de non y sera un estorbo.

Aquella noche pas por acaso don Pascual cerca de Juanita, y esta se
dirigi a l dicindole:

--Buenas noches, maestro. Qu le hemos hecho a usted, que tan caro se
vende y que nos tiene tan olvidadas?

Fueron tantas las cordiales zalameras de la muchacha, que la
preocupacin de que l pudiera ser estorbo se le borr por completo del
magn y acompa a ambas mujeres durante toda la velada, siendo el
cuarto personaje del grupo.

Ya paseaban los cuatro, ya se sentaban en los bancos de piedra que hay
en la plaza. Siempre estaban o iban en medio las dos mujeres, y
alternando, a un lado y otro, ambos galanes.

Ellos quisieron obsequiarlas con confites, pero ninguna de las dos
consinti tamao despilfarro. Para que don Paco no lo tomase a desaire,
dej Juana que le comprase un buen puado de cacahuetes y cotufas, que
se ech en el bolsillo y que iba comiendo. Juanita, que gustaba mucho de
las castaas, como la Amarilis de Virgilio, se avino a que don Pascual
le comprase un cuartern de pilongas, que tambin se iba comiendo sin el
menor melindre.

A don Pascual le bast con una que ella le dio con fineza, porque como
don Pascual no tena dientes, no la poda roer ni mascar y la tuvo hora
y media en la boca, tratando en balde de ablandarla, y recordando que
sin duda por eso, as como por su baratura, se llaman las castaas
pilongas caramelos de cadete. Agradablemente pasaron, pues, la velada, y
fueron de los que ms gozaron en ella, sin perdonar los fuegos con los
que la velada termin, y que estuvieron esplndidos.


Los galanes, ya cerca de la una, acompaaron a ambas Juanas hasta la
puerta de su casa.

Cada mochuelo a su olivo, como suele decirse. Todos en el lugar se
retiraron a dormir y trataron de dormir profundamente y de prisa, a fin
de estar listos y bien apercibidos, desde muy temprano, para las
magnficas fiestas que haba de haber al da siguiente.




XV


Desde el amanecer empez a solemnizarse el 4 de agosto de manera
estruendosa con repique general de campanas.

Multitud de gente, tanto de la villa como de no pocos lugares cercanos,
circulaba por la va pblica, acuda a la plaza, donde segua la feria
como en la noche antes, o se agolpaba en la carretera por donde haba de
ir la procesin, saliendo de la iglesia de Santo Domingo, que era la
parroquia, y volviendo a entrar en ella despus de haber dado gentil
paseo por las calles principales. Estas haban sido bien barridas y
alfombradas luego de juncia y gayomba. Aguardando ver pasar la procesin
se hallaban muchas personas en las puertas, ventanas y balcones,
pendientes de cuyas rejas y barandas lucan vistosas colgaduras de
damasco encarnado, verde y amarillo, o de colchas de algodn estampado
con enormes floripondios y orladas de rizados y cndidos faralaes.

La poblacin toda estaba de gala. Los hombres, bien afeitados, pues la
vspera quedaron abiertas las barberas y afeita que afeita hasta muy
dadas las doce. Los seores ms importantes y ricos, cuantos reciban el
tratamiento de don, estaban de levita y castora, hasta con frac dos o
tres, el escribano entre ellos. Los jornaleros, de camisa limpia y con
sus mejores ropas; si eran jvenes, iban en cuerpo, pero con chivata o
larga vara de membrillo, oliva o fresno; y si eran ya mayores de edad,
con capa, para el conveniente decoro, por ser por all la capa el traje
de etiqueta, del que no se puede prescindir, aunque se achicharre o
derrita el humano linaje, como era entonces el caso, porque el sol
haca chiribitas.

Las mujeres de todas las clases sociales haban sacado sus trapitos de
cristianar para adornarse aquel da. Ninguna iba con la cabeza
descubierta. Todas, s no tenan mantilla, llevaban mantones de lana
ligera, o bien pauelos que denominaban all _seticos_, o sea percal
lustrossimo, que imita la seda. Las damas pudientes, ya provectas,
vestan trajes negros u oscuros de tafetn, de sarga malaguea o de
alepn o de cbica; y las seoritas, sus hijas, iban con trajes de
muselina o de otras telas areas y vaporosas, pero ninguna sin mantilla,
ora de tul bordado, ora de blonda catalana o manchega. Sobre la pulidez
y el aseo del peinado, y como matorral a pie de enhiesta torre,
relucan, junto a las peinetas de carey, las moas de jazmines, la
albahaca y otras hierbas de olor, y las rosas y los claveles rojos,
amarillos, blancos y disciplinados.

Las flores abundaban en Villalegre, gracias a la fuente del ejido, cuyas
milagrosas propiedades ya hemos elogiado, y gracias tambin a otros
caudalosos veneros, que brotan entre rocas al pie de la inmediata
sierra, y a varias norias y a no pocos pozos de agua dulce, con los
cuales se riegan huertos, macetas y arriates.

Por entre los hierros de las cancelas que haba en las mejores casas se
vean los floridos patios, en algunos de los cuales los naranjos y las
acacias prestaban grata sombra. Las plantas enredaderas trepaban por las
paredes y formaban tupido cortinaje en las ventanas del primer piso.

En el centro del patio, o refrescaba el ambiente un surtidor que caa en
roja taza de bruido jaspe, o se levantaba gran pirmide de tiestos,
formando compacta masa de flores y verdura.

Las liblulas y las inquietas mariposas revoloteaban en torno, y las
avispas y las abejas zumbaban buscando miel.

El territorio o trmino de Villalegre confina con la campia, donde
todas son tierras de pan llevar o baldos incultos, sin huertas, ni
olivares, ni viedos. Si algo verdea por aquellos campos es tal cual
melonar en las hondonadas. Todo lo dems es en aquella estacin pajizo,
ya sembrado, ya barbecho, ya rastrojos, los cuales arden como yesca y
suelen quemarse para fecundar el suelo. Las plantas que se elevan ms
por all y dan mayor sombra son las pitas. Son las ms leosas y
arborescentes los cardos y los girasoles. As es que en los hogares se
guisa con cierto producto animal, que no slo da calor, sino perfume,
salvando por el aire una o dos leguas de distancia, de suerte que las
poblaciones se huelen mucho antes de llegar a ellas, y aun de
columbrarse en el horizonte sus campanarios.

Los gorriones, los jilgueros, las golondrinas y otras cien especies de
pintados y alegres pajarillos salen a la campia con el alba, a coger
semillas, cigarrones y otros bichos con que alimentarse; pero todos
anidan en el trmino de Villalegre, y vuelven a l, despus de sus
excursiones, para guarecerse en sus cotos y umbras, para beber en sus
cristalinos arroyos y acequias, y para regocijar aquel oasis con sus
chirridos, trinos y gorjeos.

Aquel da, que era en extremo caluroso, o no haban salido las aves a
merodear o haban vuelto tempranito, y trinando y piando, mientras que
arrullaban trtolas y palomas, hacan salva y msica al Santo Patrono,
as en los alrededores como dentro de la misma villa.

Para mayor ornato y esplendor se haban erigido en ella seis triunfales
arcos de lozano y verde follaje.

La procesin sali en buen orden de la iglesia a las ocho en punto de la
maana. Rompan la marcha el sacristn y los monaguillos, que llevaban
el estandarte, la manga de la parroquia y dos cruces de plata, a uno y
otro lado de la manga. Despus muchsima cera, esto es, multitud de
hombres con velas encendidas caminaban en dos hileras. A trechos
aparecan, conducidas en andas, hasta seis imgenes de santos, todas
policromas, de barro o de madera. La quinta imagen era la de Santo
Domingo. Su cara, severa y hermosa. Sobre su inspirada frente reluca
una estrella de plata sobredorada. Con su mano derecha echaba el santo
bendiciones. A sus pies haba un perro, muy bien figurado, que llevaba
entre los dientes una antorcha, al parecer encendida, con la cual, segn
el sueo de Santa Juana de Asas, abrasaba e ilustraba el mundo en amor y
en conocimiento de Dios. Caminaban luego las dos filas de hombres con
velas ardiendo, y por ltimo vena una bella efigie de la Virgen, que
estaba sobre los cuernos de la luna, la cual luna era de plata, lo mismo
que la corona que llevaba la Santsima Celestial Seora.

Era su manto de raso azul celeste, todo l bordado tambin de plata, y
que haba costado un dineral. Tena la Virgen en el brazo izquierdo,
apoyado contra el corazn, a un precioso Nio Jess con la bola del
mundo, que ostentaba la cruz en lo ms alto. En la mano derecha llevaba
la Virgen el escapulario del Carmen.

Iban delante de la Virgen, con dalmticas e incensarios, dos diconos,
que por all llaman _jumeones_.

En mitad de los _jumeones_ descollaba el hermano mayor de la cofrada,
con tnica de seda azul sobre el frac, y empuando larga prtiga de
plata. Este hermano mayor era nada menos que el marido de doa Ins y
yerno de don Paco, el ilustre don Alvaro Roldn, uno de cuyos
antepasados haba costeado la imagen de la Virgen, as como la de Santo
Domingo, obras ambas de Montas, segn se jactaban de ello los
naturales de Villalegre.

En pos de la Virgen, revestido de riqusima capa pluvial, apareca el
padre Anselmo, y en torno de l varios capellanes, as indgenas como
forasteros, con roquetes y sobrepellices, sueltos algunos de ellos, y
otros seis sosteniendo los argentinos varales del magnfico palio,
debajo del cual se contoneaba con la debida prosopopeya el ya mencionado
cura prroco.

Inmediatamente marchaban los individuos del Ayuntamiento, con el alcalde
a la cabeza, el cual llevaba bengala con puo y borlas de oro. El
secretario, don Paco, estaba al lado del alcalde, con su levita nueva,
elegantsimo, y excitando la envidia de otros seores cuyas levitas o
fraques eran viejos, fuera de moda, y algunos muy pelados, y ya que no
con remiendos y rasgones, con picaduras de polilla, zurcidos chapuceros
y tal cual lamparn o mancha de pringue o aceite, no menos conspicua que
las que not y censur el Cid en el hbito del monje don Bermudo.

El cacique, don Andrs Rubio, brillaba en la procesin por su ausencia.

Cercado de una caterva de muchachos, se mostraba luego el hombre ms
forzudo del lugar, con la bandera del santo, cuya asta era largusima.
La bandera estaba hecha de retazos cuadrados de tafetn de diversos y
vivsimos colores. Y era la gala que aquel jayn, cuando haba para ello
espacio bastante, porque el pao de la bandera tena lo menos cuatro
varas en cuadro, revolotease la bandera girndola en torno, paralela al
suelo, de modo que, agachndose los muchachos y hasta algunos hombres y
mujeres, eran por ella cobijados y benditos. Esta operacin del
revoloteo y el cobijo iba siempre acompaada de un precipitado redoble
de tambor, tocado por un tamborilero hasta cierto punto eclesistico y
consagrado a aquel menester.

No cerraba la procesin ninguna tropa de veras, porque en el pueblo,
desde que se haba extinguido la milicia nacional, no haba soldados.
Slo haba dos guardias civiles. Sin embargo, en lugar de los
_tragalentejas_; que solan venir en lo antiguo de una ciudad cercana,
iban los msicos municipales casi siempre tocando y vistiendo an el
uniforme de la extinguida milicia.

No contentos con esto los del lugar y considerando y sabiendo, ms o
menos confusamente, que el Santo Patrono haba tenido algo de guerrero,
quisieron que aquella pompa fuese ms militar, y tuvieron una felicsima
idea. A los soldados romanos que salen all en las procesiones de Semana
Santa les pusieron en el pecho cruces de terciopelo carmes y los
convirtieron de perseguidores de Cristo en perseguidores de herejes de
los que los amigos del santo haban metido en costura. Los soldados
romanos estaban vestidos con mucha propiedad, porque en el pueblo haba
un santo nacido en l, el cual santo perteneci a la Legin Tebana; y
como en compaa de una de sus canillas, hallada en las catacumbas, vino
de Roma su imagen, el traje que llevaba sirvi de modelo para hacer los
de los soldados romanos.

En cuanto al traje de los judos, era tan fantstico, que poda valer
para cualquier poca, si bien tena el inconveniente de ser tan rico y
primoroso, que slo los seoritos ms acaudalados del pueblo lo podan
costear; as es que haba pocos judos, muchos menos que soldados
romanos; mas no por eso se sometan del todo, sino que de cuando en
cuando se enredaban a trancazos con los cruzados, armando muy graciosas
escaramuzas o simulacros de pelea, con los cuales el pueblo se rea y
era como el sainete o parte cmica de la procesin.

Debemos advertir que estos judos herejes, tan elegantes en el vestir,
gastaban ciertas espantosas cartulas, con enormes narices, a veces como
berenjenas amoratadas y llenas de verrugas, porque los judos de los
tiempos antiguos eran ms feos que los de ahora, si bien entonces tenan
la mar de dinero, cuando se vestan con tanto lujo.

La devota muchedumbre no vea pasar la procesin en reverente y mustio
silencio, sino con alborozo y algazara, prorrumpiendo en nutridos y
sonoros vivas, entre los cuales se oan a veces proposiciones
candorosamente heterodoxas y aun un poco blasfemas de puro
entusisticas, como, por ejemplo: Viva nuestro glorioso Patriarca, que
joroba a todos los demonios! Viva nuestro Santo Patrono, que achica a
todos los otros santos!

Para colmo de la devocin y muestras de jbilo, varios mozos tenan
escopetas y trabucos, y disparaban tiros sin bala ni perdigones, pero
con mucha plvora y muy apretada por el taco, a fin de que retumbase ms
el tronido. En suma, la procesin no dej nada que desear. El pblico
qued muy satisfecho.




XVI


A las diez se cant la misa mayor con rgano, que lo hay all muy bueno,
y no sucede lo que en Tocina y en otros lugares de la Andaluca baja,
donde dicen que, a falta de rgano, tocan la guitarra en la iglesia. De
esto no respondemos. Puede que sea una calumnia. Lo contamos porque lo
hemos odo contar.

La Virgen estaba ya de nuevo ocupando su camarn en el altar mayor, cuyo
retablo, todo de madera tallada y dorada, suba hasta la cumbre del
bside, y era caprichoso y atrevido desate del estilo churrigueresco:
complicado laberinto de retorcidos tallos, colosal hojarasca, frutas,
armas, monstruos simblicos y rosetones, por los cuales asomaban sus
infantiles y aladas cabezas los ngeles y los serafines.

A la derecha, y sobre otro altar, estaba ya tambin en su nicho el Santo
Patrono.

Ambos altares resplandecan con muchsimas velas y hachones ardiendo, y
ramilletes de flores y festones y guirnaldas de arrayn, laurel y
limonero los engalanaban.

Las paredes del templo, si bien blanqueaban sin mcula por el reciente
enjalbiego, se vean en parte cubiertas de rojo damasco, aunque el
damasco era poco, y era ms el filipichn que lo remeda.

A ambos lados del altar de Santo Domingo admiraban los fieles multitud
de exvotos, claro testimonio de la potencia milagrosa de su celestial
abogado. All piernas, ojos, brazos y hasta nios completos, y bastantes
tablitas pintadas al leo, donde el milagro se representaba, y por medio
de un largo letrero escrito al pie quedaba explicado.

La multitud llenaba el templo. En el centro, las mujeres, de rodillas o
sentadas en el suelo, se abanicaban casi todas. El movimiento de los
abanicos de diversos colores alegraba la vista. Alrededor estaban los
hombres, en pie. Slo ocupaban algunos escaos de nogal los seores del
Ayuntamiento y el cacique don Andrs, que vino a la iglesia, aunque no a
la procesin.

Las miradas de los asistentes se fijaban con pasmo en el pecho del
cacique, donde aquel da brillaba por vez primera la placa de oro,
diamantes y rubes y lustrosa banda de una gran cruz que el Gobierno
acababa de concederle en premio de sus eminentes servicios.

Ambas Juanas, que tampoco haban estado en la procesin, porque la
haban visto pasar por delante de su casa, sita en la carrera,
aparecieron en la iglesia cuando ya empezaba la misa. Involuntario y
general murmullo de admiracin se escap entonces del pecho de los
hombres. La madre iba delante abrindose paso con los codos. Detrs
vena la hija, hecha un sol, con su lindo vestido de seda chinesca, su
mantilla de madroos, su alta peineta de concha y un montn de claveles
junto a la peineta. Como el vestido era alto, Juanita no llevaba pauelo
y mostraba toda la gallarda y esbeltez de su talle. Pareca la seora
principal, la reina de aquella funcin, y apenas podan comprender sus
compatriotas que fuese ella misma la moza que haca poco iba con un
cntaro por agua a la fuente. Era marcial y decidido su paso, pero al
mismo tiempo majestuoso y modesto.

En la mano, que, en vez de emplearse en humildes y rudos trabajos
domsticos, se dira que haba estado conservada entre algodones, como
delicada joven, tena un pericn que manejaba con mucha gracia.

El asombro que caus su entrada en la iglesia bien se puede decir que
durante tres o cuatro minutos turb el orden y la tranquilidad que all
reinaba. El maestro de escuela, hombre ledo y que saba de memoria el
Romancero, record a este propsito, hablando a la oreja de un concejal,
el efecto que hizo entrada semejante en la ermita de San Simn de cierta
nia sevillana, alborotando hasta a los monagos y a los sacristanes,
quienes

          en vez de decir amn,
          decan amor, amor.

Tan disparatado triunfo no cogi de susto a doa Ins. Ya tena ella
averiguada la transformacin de Juanita de zagalona rstica en algo que
presuma de dama, y ya saba, merced a las investigaciones de Cristina,
que Juanita iba a lucir aquel da un maravilloso traje de lo ms a la
moda y seoril que se haba visto nunca en aquel lugar y en muchas
leguas a la redonda. El xito sobrepuj, no obstante, todos los
presentimientos y temores de doa Ins. Aunque todava estaba guapa, a
pesar de los ocho vstagos que haba tenido, se sinti en el fondo del
alma, inferior a Juanita en hermosura; no dej de notar, con profunda
mortificacin, que Juanita estaba vestida con mejor gusto que ella;
hasta en la distincin, aunque doa Ins se preciaba de muy distinguida,
tuvo recelos de que Juanita le llevaba ventaja. Apenas se daba cuenta la
seora de Roldn del arte o de la adivinacin con que una chicuela que
se haba criado entre pillera andrajosa y casi en medio de la calle,
como vaca sin cencerro, se haba hecho sujeto capaz de tan repentina
elegancia.

Como Juana la Larga iba tan engreda y tan ufana con el asombroso
esplendor y con la rara belleza de su nia, no busc para ponerse con
ella de rodillas un sitio muy apartado, sino el mejor y ms visible.
Ambas mujeres fueron a plantificarse en un pequeo claro, inmediato a
los escaos en que estaba el Ayuntamiento y don Paco y don Andrs; claro
que el respeto y la humildad de otras mujeres haban contribuido a
formar, y en cuyo lmite, no distante, se hallaba doa Ins Lpez de
Roldn, la cual tom aquella intrusin por desaforado atrevimiento, y
ardi en sed de imponerle pronto y severo castigo.

Al efecto haba ya prevenido al padre Anselmo, y le tena muy
sobreexcitado contra Juanita y contra su madre.

El padre Anselmo distaba mucho de ser malo y de ser ignorante. Saba no
poco de teologa dogmtica y de moral, y posea notable despejo y
prodigiosa facundia; pero era terco, persistente en las opiniones que
una vez aceptaba, y desconocedor de los asuntos mundanos. Doa Ins,
adems, le tena sorbidos los sesos. Doa Ins le infunda una veneracin
y un cario alambicadamente espirituales, que la convertan para l en
orculo. Era el devoto afecto que se filtra y se cuela a menudo en el
virtuoso corazn de los ancianos: amor sin deseo y sin vicio; lo que
hasta llamndose platonismo escandalizara al mismo que lo siente; lo
que es tan sutil, tan etreo y tan limpio como aquel semidivino sentir
que describe y pinta con rasgos luminosos el conde Baltasar Castiglione
en las ltimas ureas pginas de su _Cortesano_.

El padre Anselmo jams haba ledo este libro y no haba cado ni poda
caer en que senta inclinacin tan dulce; pero sin tener conciencia de
ello reverenciaba a doa Ins como si fuera ngel o santa. Estaba ciego
para todos los defectos y pecados de ella, y no vea o no crea ver en
ella sino virtudes: la prudencia, la caridad, el recogimiento y la
piedad religiosa. Para el padre Anselmo era doa Ins modelo de casadas
y de madres de familia y dechado ejemplar de seoras distinguidas y
doctas. En todo cuanto le dijo acerca de Juanita no advirti otro
intento que el de evitar o reprimir el escndalo y el mal ejemplo que en
el lugar se estaba ya dando.

Influido por estas ideas, haba preparado el sermn que predic aquel
da y que versaba, con aplicacin a las circunstancias, sobre el mismo
tema que l gustaba de tratar siempre: sobre la corrupcin de nuestro
siglo y sobre sus sntomas ominosos, que son alternativamente efectos y
causas. Porque la falta de religin hace que se hunda la moralidad, como
edificio cuyos cimientos se socavan, mientras que el excesivo regalo y
el esmerado atildamiento del cuerpo apartan a las almas de toda seria
meditacin diablicamente hacia lo temporal y caduco, y abrasndolas en
el infernal apetito de poseerlo y de gozarlo. De aqu la ambicin, la
codicia y la lascivia, red que Satans nos tiende, cebo con que nos
atrae y anzuelo con que nos pesca y nos lleva consigo para devorarnos.
La incredulidad y la hereja nacen de la molicie y del lujo, y por la
ambicin y la codicia, cunden, se propagan y lo inficionan todo.

El padre ilustr su doctrina con citas histricas. Los albigenses, a
quienes convirti Santo Domingo con ayuda de Simn de Monfort, haban
cado en abominable hereja porque se entregaban a los festines,
elegancias y malas pasiones. Una pcara mujer que sedujo a Martn Lutero
tuvo la culpa de que se hiciese protestante media Europa. Y la perversa
Ana Bolena fue el medio de que se vali el diablo para apoderarse de los
ingleses, que eran antes fervorosos catlicos. La codicia haba sido,
sin embargo, peor que la lascivia, ya que, si bien toda revolucin
hertica o impa empezaba con deportes, amoros y relajacin de
costumbres, siempre era la codicia la que lograba que triunfase,
convirtiendo la revolucin en cucaa, en cuyo extremo superior se ponan
los bienes de la Iglesia.

--Tal vez--aada el padre--las personas honradas y pacficas andarn
ahora muy confiadas imaginando que ya acab la era de las revoluciones,
porque la Iglesia es pobre y no tiene bienes que le quiten; pero ay,
cun lastimosamente se equivocan! A falta de bienes de la Iglesia se
pondrn, o se ponen ya en lo alto de la cucaa, los bienes de los
particulares ricos. Y an habr menos escrpulos para incautarse de
ellos, como ahora dicen, porque la incautacin (socorrida palabra para
no emplear otra muy dura que cuadrara mejor) no ser sacrlega.

Entonces el padre habl del socialismo, refutndolo y procurando
demostrar que cada una de sus utopas es sueo y delirio insano. Segn
l, siempre habr pobres y ricos, y figurndose ya la revolucin social
triunfante, dio por ineludible resultado que los que ahora son ricos
queden pobres; que algunos de los pobres ms listos y audaces se hagan
ricos y que la muchedumbre de los pobres se aumente en nmero y padezca
mayor miseria, porque gran porcin de la riqueza se habr consumido o
destruido con las huelgas, alborotos y guerras civiles. En cambio, si el
orden establecido se conserva y se cuida de que nadie se haga rico
burlando el Cdigo Penal, todos trabajarn y se ingeniarn decentemente,
por donde crecern la riqueza y el bienestar; y los ricos sern ms
ricos y sern ms, y los pobres sern menos pobres y menesterosos; y
llegar el da, all en lo por venir, en que los pobres estn mejor
tratados que los ricos de ahora. Pero ahora y entonces habr clases y
jerarquas sociales, y ser justo que se respeten, porque las hay hasta
en el cielo.

Aqu declam mucho el padre contra el feroz empeo que muestran hoy
tantas personas por salir de su clase y elevarse sin mrito suficiente:
el tendero, slo porque se enriquece, pretende ser marqus; el usurero,
duque; el sargento, general, sin ir a la guerra, y las mozuelas
desvergonzadas, damas y grandes seoras. Contra todos estos abusos
disert con vehemencia, o ms bien lanz centellas y rayos, discurriendo
ms por extenso sobre el lujo femenino y encareciendo los males que de
l proceden.

Al cuerpecito de una nia presumida y muy ataviada lo llam colmena de
Lucifer, cuya miel endulza el veneno, y de donde salen las abejas y los
znganos de punzantes aguijones, o sea un maldito enjambre de vicios,
pecados y sandeces.

Adems de escandalizar con aquel lujo y de provocar a los hombres hasta
en los lugares sagrados, turbando el sosiego de los espritus e
impidiendo su elevacin, se gasta para sustentar dicho lujo ms de lo
que honradamente se gana; se aceptan regalos de los pretendientes y se
les sonsaca el dinero. Dejndose ir, pues, por pendiente tan
resbaladiza, las muchachas pobres que se ponen muy majas dan con
facilidad en busconas. Bien lo comprendi as--dijo el padre--la sabia
y gloriosa reina doa Isabel la Catlica, cuando se indign al ver en
unas fiestas que hubo en Segovia a ciertas aventureras vestidas de seda,
y prohibi el uso de la seda a las que no fuesen hidalgas y
ricashembras, lo cual fue providencia discretsima y moralizadora.

En suma, el padre Anselmo estuvo muy bien aquel da: censur el vicio
sin censurar al vicio, y no design ni aludi a nadie.

De esto se encarg la maliciosa envidia de las mujeres, excitada con
disimulo por doa Ins. Todas hicieron a la emperejilada Juanita blanco
de sus insolentes miradas. La consideracin del origen ilegtimo de la
muchacha vino a corroborar la creencia de que era pecadora. Cada cual
record all en sus adentros alguna de las varias sentencias vulgares
que sostienen como verdad la transmisin de la culpa por medio de la
sangre: de tal palo, tal astilla; la cabra tira al monte; quien lo
hereda, no lo hurta; de casta le viene al galgo el ser rabilargo, y as
la madre, as la hija y as la manta que las cobija.

No pecaban las dos Juanas por encogidas ni por medrosas; pero apenas
pudieron resistir la muda y formidable tempestad que descarg sobre
ellas. Aparentemente estaba ms conmovida la madre. Juanita no mostr
perder la serenidad y el reposo. Su orgullo y el convencimiento de que
no haba incurrido en grave falta la sostuvieron. El dolor, no obstante,
y la clera por la inmerecida afrenta baaron sus mejillas en ms
encendido carmn. Y bajando ella la vista, vel con los prpados y las
rizadas y largas pestaas la luz de sus ojos, que dos mal reprimidas
lgrimas humedecieron.

Al terminar la funcin acertaron madre e hija a escabullirse sin ser
notadas y a volver precipitadamente a su casa.




XVII


Juanita se dej caer desmadejada en un silln de brazos. Juana paseaba,
yendo y volviendo a largos pasos en su salita, como leona en su jaula.

--Habrse visto--exclamaba--mayor descoco! Vaya... las mantesonas, las
pu...ercas! Pues si durase an la prohibicin de seda, cul de ellas la
llevara sin contrabando? Mejores hidalgas y ricashembras nos d Dios.
De seda y muy de seda iban las dos hijas del escribano, pero aunque la
mona se vista de seda, mona se queda. Son ms feas que noche de
truenos. Y de dnde han sacado su hidalgua? Quiz no sabremos que son
hijas de la Frasquita, a quien Dios haya perdonado. Era viuda del
cagarrache del molino de Don Andrs cuando la pretendi y la tom por
mujer el escribano. Y por qu la tom por mujer? Para remediarse,
porque ella haba allegado bastante dinero con un gran corral de
gallinas, y ms an con su habilidad para aviar pollos. Aunque iba a la
chita callando y no gastaba pito, la llamaban la _gabacha_. Qu tacto
en aquellos dedos verdugos! A escape entrecoga ella como con alicates
lo que andaba buscando a tientas en los pobres animalitos, y los dejaba
aviados por docenas, sin que se le desgraciase ninguno en la operacin.
Luego los cebada y pona gordsimos y los venda muy caros. Yo
preguntara al padre Anselmo si oficio tan cruel es propio de
ricashembras.

Juanita se recobr pronto de su momentneo abatimiento, y dijo:

--Mira, mam, no me hables de las hijas del escribano. No las quiero
mal. Si me miraban con descaro y con susto, fue de puro tontas.

--Pues, hija ma, no s de qu haban de asustarse. En la menor no se
reparaba, porque es tan chiquituela y consumida, que parece un gusarapo;
pero la mayor bien llamativa estaba. Vestida de colorado y tan gorda,
pareca un tomate enorme con patas. Y luego, qu desvergenza! Durante
toda la misa estuvo su novio a la vera de ella, todava de judo, como
haba figurado en la procesin. Buena hidalgua est la de Pepito, el
hijo del albardonero! En vez de mercarle traje tan costoso, su padre
debi hacerle una albarda, que no le vendra mal. Aunque ha vuelto de
Granada licenciado en leyes, sigue tan burro como se fue, salvo que
rebuzna en latn y larga las coces ajustadas a Derecho. Pero, en fin, t
tienes razn. No debemos quejarnos de ellos. Debemos despreciarlos. El
arrastrado del padre Anselmo tiene la culpa de todo.

--No maldigas del padre--replic Juanita--. Es un bendito, espejo de
santidad. Mucho de lo que dijo en el sermn era juicioso. Y si incurri
en exageraciones, bien s yo por qu. La Reina Catlica prohibira sin
duda la seda porque en su tiempo se entenderan las cosas de muy otra
manera que en el da, y adems porque la seda costara entonces un ojo
de la cara y arruinara al pas. En fin, yo no s por qu prohibi la
reina la seda. Acaso no sea verdad que la prohibiese. Pero si lo es o no
lo es, a m qu me importa? Yo no me quejo de la reina ni del cura. De
quien me quejo es de aquella embustera gazmoa de doa Ins, que es la
que ha armado contra m todo este gatuperio. Ella me las pagar. Voto a
Cristo que me las pagar!

Y levantndose entonces de la silla se dirigi hacia su madre con los
ojos echando chispas, y haciendo la cruz como para persignarse, dijo
solemnemente:

--Por esta cruz lo juro: yo me vengar. Ella se acordar de mi durante
toda su asquerosa vida o me han de borrar el nombre que tengo.

--S, hija ma--repuso Juana--, vngate, vngate. Nada ms natural y
razonable, pero sin hacer ninguna barrabasada. Y, sobre todo, no jures,
que es pecado mortal. Vngate sin juramento; con cachaza y mala
intencin.

--Pierde cuidado. No me faltar cachaza. He de disimular ms y he de ser
ms hipocritona que esa indina. Mala intencin es lo que no tengo; mi
intencin siempre ser buena.

Al llegar a este punto de su interesante dilogo, ambas interlocutoras
oyeron en la calle terrible estruendo de voces, silbidos y carreras. Se
asomaron a la ventana y miraron por la celosa. Apenas tuvieron tiempo
de ver pasar atropellada muchedumbre de gente, y una vaca brava, atada a
una larga y recia soga, de la que tiraban catorce o quince mozos de los
ms robustos y giles. Otros mozos aguijoneaban y enfurecan a la vaca,
apalendola con las chivatas y punzndola por detrs con pitacos o
bohordos de pita.

No siguieron mirando las Juanas lo que ocurra en la calle, porque ms
conmovedor espectculo se ofreci de repente a sus ojos dentro de la
sala misma. Apareci don Paco, a quien la criada haba abierto la
puerta, con una gran pelota colorada entre los brazos. Pronto
reconocieron en aquella pelota a la hija mayor del escribano, que vena
desmayada y con acardenalado y gordo chichn en la frente. Las mejillas
y las narices las traa embadurnadas en una sustancia amarilla y
pegajosa a la que las moscas acudan. Al pronto dio no poco que
sospechar tal sustancia, pero luego se supo que eran yemas
despachurradas.

En un cucurucho, que le haba feriado el novio, las llevaba doa
Nicolasita, y no se rompi las narices porque al caer dio con ellas
sobre las yemas.

Embelesada con la conversacin de su novio, que iba a su lado, con la
cartula en la cabeza como montera y casi tan majo como ella, y seguida
de su padre y de su hermanita, haban estado todos en la plaza, donde
Pepito se haba despilfarrado feriando los dulces. All se haban
olvidado por completo de que formaba parte del programa de los regocijos
y festejos con que se celebraba el da del Santo, un toro de cuerda, que
entonces fue vaca, como hemos dicho.

Al pasar un grupo por la calle donde ambas Juanas vivan, oyeron de
repente el alboroto y vieron el tropel de los que huan de la vaca, y
hasta entonces no recordaron el peligro a que se haban expuesto.

El escribano, sin pensar en sus hijas, con frac y todo, se subi por los
hierros de una reja y logr ponerse en salvo. La hermanita menor, que
era muy ligera, tal vez por ser tan ruin y enjuta de carnes, se subi
tambin a otra reja, donde pareca un mico.

El novio estuvo muy caballeroso y quiso imitar a Edgardo, el hroe de la
novela de Walter Scott, _Luca de Lammermoor_, que l haba ledo; pero
la vaca no entenda de heroicidades y le derrib al suelo, dndole un
empelln con el testuz. Por fortuna, la vaca no le hizo dao ni caso,
porque slo llamaba su atencin y la atraa poderosamente aquella masa
redonda y colorada que corra delante de ella agitando mucho las faldas.
Como la calle estaba cubierta de gayomba y de juncia y con muchas gotas
de cera que haban cado al pasar la procesin, el piso resbalaba
demasiado. No es, pues, de extraar que resbalase doa Nicolasita y
diese en el suelo de hocicos. Gracias a las dos libras de yemas que se
interpusieron entre su cara y las piedras no se despampan la pobre.
Slo se hizo en la frente el chichn ya mencionado. Su terror fue
inmenso y causa de su desmayo. All, en su fantasa febricitante, crey
sentir el cuerno que penetraba traidoramente en sus delicadsimas
carnes, ya por un lado, ya por otro; y como por el terror, y antes que
sobreviniese el soponcio, le dio la pataleta, agitaba la falda roja y
llamaba al toro, o digamos a la vaca, que se le vena encima.

La fuerza de los mozos que la detuvieron tirando de la cuerda impidi
que hubiese aquel da un desastre y que la funcin acabase en tragedia.

Don Paco, que vena por all para visitar a sus amigas, al ver desmayada
a doa Nicolasita, la levant en sus brazos y se refugi en casa de
ellas.

Cuando ambas se enteraron de lo sucedido, olvidando el enojo, cumplieron
piadosamente con las leyes de la hospitalidad. Hicieron volver de su
desmayo a la vctima de la vaca, aplicando a sus narices vinagre muy
fuerte; con el mismo vinagre aguado le pusieron compresas en el chichn
y se lo vendaron con un pauelo blanco, de suerte que doa Nicolasita
pareca un Cupido. Y, por ltimo, le lavaron la cara y le quitaron la
costra y churretes de yemas.

Don Paco auxili en todo esto a las dos caritativas mujeres.

El escribano, Pepito y la hermana menor recobrados ya del susto,
vinieron a la puerta a llamar a doa Nicolasita, la cual, restablecida
tambin, sali en busca de ellos, sin dar ocasin ni tiempo a que
entrasen.

Tal vez pudo creerse que esta precipitacin en la partida y el no entrar
en la casa los otros haba sido de puro avergonzado; pero como doa
Nicolasita no dio las gracias sino de un modo muy seco, y Juana y
Juanita estaban escamadas, ambas lo atribuyeron a desdn y a estpido
recelo de rebajarse y contaminarse en el trato de ellas.

Ms amostazada entonces que nunca Juana la Larga, aprovechndose de un
momento en que Juanita haba subido a su cuarto, habl a don Paco de
esta manera:

--Seor don Paco, de sobra habr visto usted la afrenta que nos han
hecho. Su hija de usted, mi seora doa Ins, tiene la culpa de todo. Se
le figura que le tenemos a usted engatusado, y que le queremos chupar y
le chupamos los parneses. Harto sabe usted que eso no es verdad. Mi nia
acept el corte de vestido y algn que otro regalo; pero los hemos
pagado, si no con creces, en lo justo. La levita que lleva usted puesta
bien vale la seda que mi hija ha lucido hoy y que tanto jaleo ha
causado. Nosotras queremos mucho a usted, como buenas amigas; pero no le
queremos tanto para que por usted nos sacrifiquemos; si seguimos
recibindole nos tendrn por unas perdidas, y hasta sern capaces de
echarnos del lugar. A Juanita le divierte mucho la conversacin de
usted; pero yo no quiero conversacin que a nada conduce y que nos puede
salir muy cara. Conque, con pena lo digo, y sin pensamiento de
ofenderle, transponga usted, y no vuelva a parecer por esta casa, al
menos hasta que cambien las circunstancias, s es que cambian algn da,
y s no cambian, no parezca usted nunca.

Don Paco se compungi y se aturdi al or este discurso y no acert a
dar contestacin. Algo tartamudeaba; pero la resuelta Juana no le dejaba
decir palabra. Le empuj hacia la puerta y le ech a la calle antes que
volviese su hija.




XVIII


Atolondrado don Paco con los sucesos de aquel da, y ms an con la
expulsin de que acababa de ser objeto, no saba qu camino tomar ni a
qu carta quedarse, y maquinalmente se fue a su casa a meditar y a hacer
examen de conciencia. Lo primero que not fue que la tena muy limpia.
No era ningn delito, aunque pudiese pasar por extravagancia, el que
estuviese enamorado de aquella muchacha que poda ser su nieta. El haber
ido a su casa todas las noches durante algunas semanas apenas le pareca
imprudente y digno de censura. De Juanita formaba, sucesiva y a veces
simultneamente, distintos conceptos, como s en el fondo del ser de
ella hubiese algo de misterioso e indescifrable. De sobra reconoca l
que Juanita, si no le haba dado calabazas, era porque l no se haba
declarado en regla; pero con sus bromas de llamarle abuelo y con la maa
que ella empleaba para que l no le hablase al odo y para esquivar el
estar a solas con l, harto claro se vea que no quera admitirle por
novio ni por amante. Sin embargo, sera esto clculo o ladino instinto
de mujer para cautivarle mejor o para entretenerle con esperanzas vagas?
Tambin recordaba don Paco los cuchicheos de Juanita con Antouelo y se
pona celoso.

Si estara ella prendada de Antouelo, y considerando que como novio no
le convena, pensara en plantarle y en decidirse al fin por don Paco,
como mejor partido y conveniencia? Si titubeara ella entre su propio
gusto y lo que su madre, sin duda, le aconsejaba? Como quiera que fuese,
don Paco tena estampada en las telas del juicio la imagen de Juanita, y
cada vez le pareca ms hermosa y ms deseable. Harto bien notaba que ni
su madre ni ella haban tratado jams de medrar a su costa de un modo
pecaminoso e ilegtimo. La madre acaso le deseaba para yerno. Lo que es
la hija, hasta entonces no haba mostrado desearle, ni menos buscarle
para amante ni para marido. El haba hecho todos los avances. Culpa suya
era todo aquel furor suscitado contra las dos mujeres, del cual no le
caba la menor duda de que doa Ins era promovedora. Consideraba luego
don Paco, y esto le lisonjeaba y le pona muy orondo, que Juanita, ya
que no le amase, se deleitaba con su conversacin, le rea los chistes,
le aplauda las discreciones, y oyndole hablar, se mostraba muy atenta
y como pendiente de sus labios.

En aquella casa, de donde le haban echado, no haba recibido sino
honestos y amistosos favores, en pago de los cuales, y fuese por lo que
fuese, acababan de recibir ambas mujeres un agravio sangriento, para el
cual se crea l obligado de hallar satisfaccin. Exaltado por estas
cavilaciones, se decidi don Paco a ir a ver a su hija, a explicarle con
franqueza y lealtad lo que haba pasado y a pedirle cuentas de su
maligna conducta.

De mucho valor tena que revestirse para atreverse a dar aquel paso.
Doa Ins, con su severidad y su tiesura, casi le infunda miedo; pero
le venci la vergenza, hizo cuanto pudo para apartarlo de s, y se
dirigi, con todos los bros que pudo recoger y acumular en su nimo, a
casa de la seora doa Ins Lpez Roldn, a quien saba l que hallara
sola a la hora de la siesta.

En casa de doa Ins se coma entonces a las dos de la tarde. Don
Alvaro, cuando no estaba en el campo, se acostaba en seguida, y como
coma bastante y beba ms del exquisito vino que se cra por all, y
que es mejor que el de Jerez, con perdn sea dicho, se tenda en su cama
y estaba roncando hasta las cuatro o las cinco de la tarde.

A los nios se los llevaban Serafina, el ama, y Calvete al otro extremo
de la casa, donde no molestaban con su ruido. Doa Ins se quedaba
entonces sola en su estrado o en su despacho, ya haciendo cuentas, ya
entregada a sus oraciones, ya leyendo algn libro de devocin o de
historia.

El cacique don Andrs y otros personajes importantes del lugar no venan
de visita o de tertulia sino por la noche. Las malas lenguas pueden
decir cuanto se les antoja, los mal pensados pueden suponer las mayores
diabluras; pero lo cierto es que doa Ins era recatadsima y, o bien
tena razn el padre Anselmo y era una Lucrecia cristiana, o bien saba,
con prodigioso artificio, practicar aquel famoso precepto que dice: Si
no eres casta, s cauta. De aqu que doa Ins pudiese erguir muy alta
la frente y calificar de brutal y grosera calumnia la ms leve
insinuacin que contra su honestidad se atreviese a hacer algn
deslenguado.

Muy entretenida se hallaba entonces leyendo la vida de Santo Domingo,
porque a causa de la funcin de iglesia no haba ledo aquel da muy de
maana el _Ao cristiano_, como tena de costumbre, cuando entr
Serafina a anunciar que don Paco llegaba a visitarla. Don Paco tena
entrada franca en aquella casa; pero Serafina le anunci para tener
prevenida a su ama. Apenas transcurri un minuto entre el anuncio y la
entrada de don Paco diciendo buenos das.

--Buenos das d Dios a usted, seor padre--dijo doa Ins, levantndose
de la silla, acudiendo respetuosamente a su padre para besarle la mano y
convidndole a sentarse, como se sent, en un silln, frente a ella.

--Dichosos los ojos que ven a usted--prosigui doa Ins--. Hace no s
cuntas semanas que no pone usted los pies aqu. Qu negocios le traen
a usted tan ocupado? Qu le ha cado a usted que hacer que no le deja
siquiera una hora o dos libres por la noche para venir a mi tertulia,
verme y darme el gusto de que yo le vea, echar algunas manos de tresillo
o tener un rato de agradable conversacin con el padre Anselmo y con los
dems seores que honran mi casa con su presencia?

Estas cariosas quejas parecan todas sin intencin y como nacidas del
filial afecto; pero al mismo tiempo era un cruel interrogatorio, que
turb a don Paco, y al que tuvo que hacer un esfuerzo para contestar. De
nada vala el disimulo. Era menester contestar con franqueza, y don
Paco, armndose de valor, contest de esta suerte;

--Tienes razn en quejarte, hija ma. Hace tiempo que no vengo a tu
tertulia, qu quieres? Acaso han sido chocheces, extravagancias de
viejo; pero yo haba tomado la maa de ir a otra tertulia ms modesta y
menos elegante que la tuya, y que, sin embargo, lo confieso, tena para
m singular atractivo.

--Vlgame Dios, seor padre! Lo haba odo decir, pero no lo haba
querido creer hasta que lo oigo de su boca. Extrao me parece que una
persona de la posicin, de la gravedad y de los conocimientos de usted
se deleite rebajndose y dando conversacin, durante horas enteras, a
dos mujeres tan ordinarias y tan poco edificantes como las Juanas; pero
ms extrao es todava que no sea la conversacin de usted y su tertulia
con ellas solas, sino que haya usted tenido casi siempre por contertulio
a Antouelo, el hijo del herrador, el ms pillete y el ms zafio de
todos los mozos de este lugar. Singular tertulia! Buen par de parejas
estaban ustedes! La verdad..., yo no saba qu decir cuando me hablaban
de esto. Aseguraban unos que Antouelo es el novio, o sabe Dios qu, de
la Juanita, y le endosaban a usted a la Juana. Otros afirmaban que usted
pretenda a Juanita; pero entonces, en qu se empleaba, qu papel haca
el celebrrimo Antouelo? Eran ustedes rivales? Confiese usted que ha
sido una locura, un disparate, lo que ha estado usted haciendo. No niego
yo que la Juanita es guapa, aunque ms que de honrada mocita tiene
trazas de desaforada marimacho o de desenfrenada potranca. Pero aunque
fuese Juanita la propia diosa Venus, deba usted (perdneme, seor
padre, si se lo digo, por el inters y el amor que me inspira), deba
usted no avillanarse yendo a diario a su casa. Pecado y vicio sera ir
all solo y como favorecido vencedor; pero ir en competencia con
Antouelo, francamente, yo no acierto a calificarlo. Lo mejor que se
puede decir es que ha sido un delirio. Vuelva usted en su juicio; deje
de visitar a esas mujeres, y todos trataremos en el pueblo de hacer
olvidar que usted las ha visitado pretendiendo a una de ellas, hasta
ahora tal vez en balde. Si ha pecado slo con la intencin, no por eso
es menor el pecado. Al contrario, ya que no para las personas piadosas y
timoratas, para gente vulgar y profana es pecado ms feo. No se ofenda
usted si me atrevo a declararlo, con harto dolor lo declaro: la
ridiculez le acompaa.

Casi todo el valor de que se haba armado don Paco a fin de hablar a su
hija y de quejarse de su conducta, cay derribado a los pies de la
seora de Roldn. Sus contundentes razones abrumaban a su padre como una
lluvia de acicalados chuzos, cuyas puntas se le clavaban en el corazn.
Mirando todo por el lado potico, se explicaba satisfactoriamente:
Juanita era el recato, la virtud, el talento y la modestia en persona.
Era, adems, hermosa como una ideal virgen espartana, como la propia
Diana Cazadora, rica en salud y gallarda; esbelta, fuerte y gil; con
todos los atractivos de la ms casta, limpia y juvenil hermosura. Si
Antouelo, que era un perdido, iba all y trataba con la mayor
familiaridad a Juanita, esto consista en que Antouelo se haba criado
con ella desde la infancia; en que ella le miraba y candorosamente le
quera como a un hermano, y en que procuraba evitar que se extravase y
cayese en el precipicio.

La propia madre de Juanita, aunque haba tenido en su mocedad lo que
llaman en aquellos lugares un tropiezo, estaba-ya purificada por la vida
ejemplar que haba hecho despus y por el honroso trabajo con que haba
logrado sustentarse y criar y conservar el fruto de sus desventurados
amores. Todo esto y ms poda valer como respuesta a las observaciones
de doa Ins. Pero lo cierto era que, despojado el caso de este tinte
potico, y tal como el prosaico vulgo poda entenderlo, doa Ins tena
razn que le sobraba. Para la generalidad de los habitantes de
Villalegre, Juanita no era ms que la mozuela del cntaro, la hija
ilegtima de Juana la Larga, la chica que haba corrido y jugado con los
pilletes en medio de las calles hasta la edad de nueve o diez aos, y la
que despus haba conservado una sospechosa e ntima amistad con
Antouelo, el cual pasaba entre todos por un tunante de la peor especie.

De aqu el desairado y mal papel que una persona de los aos, de la
seriedad y la importancia de don Paco no poda menos de hacer en
apariencia, o bien siendo rival de Antouelo, o bien de acuerdo con l
para cortejar a la madre uno y a la hija el otro. Reponindose, no
obstante, de la consternacin que el tremendo discurso de doa Ins le
haba causado, y por lo mismo que ella con su feroz acometida le
acorralaba y, como suele decirse, le pona entre la espada y la pared,
don Paco habl, al fin, con energa, y dijo de esta suerte:

--La gente podr decir lo que le d la gana. Yo me ro de la gente,
porque lo que dice es injusto. Tal vez me acusen las apariencias. En
realidad, no hay culpa, ni falta, ni desdoro en lo que he hecho. Mi
yerno ser un seor muy noble, pero yo no lo soy, y al tratarme con los
plebeyos, me trato con mis iguales. Slo se puede exigir de m que sean
decentes las personas que trato, y no hay el menor motivo para afirmar
que las Juanas no lo sean. La vista y la conversacin de Juanita me
deleitaban, y por eso he estado yendo a casa de Juanita todas las
noches. Soy mayor que t en edad, saber y gobierno. S lo que me hago.
No necesito de gua. No quiero ni debo aguantar tus sermones. Me basta
con aguantar el que nos ha echado hoy el padre Anselmo, inocente tal
vez, pero que t y otras mujeres envidiosas habis envenenado con
vuestra malicia.

--Dios mo!--interrumpi doa Ins--. Esto solo me faltaba: que llegue
la ceguedad de usted hasta suponer que yo envidio a esa hija... de su
madre! Lo ocurrido es muy natural; la desvergonzada mozuela se ha
encajado en la iglesia, no vestida humildemente, segn su clase, sino
con el lujo escandaloso de las mujeres cortesanas que bullen en las
grandes ciudades y que son la perdicin de los hombres. De dnde ha
salido el traje que llevaba puesto? Aqu nadie lo ignora. Era regalo de
usted.

--No he de negar yo que era regalo mo. Ella lo acept por no
desairarme; pero como me ha dado en cambio prenda de ms valor, nadie
puede decir que se viste a mi costa. Juanita se viste bien o mal con lo
que gana trabajando de modo honrado y lcito, y no estando vigentes en
el da la pragmtica contra la seda ni ningunas otras leyes suntuarias,
no slo de seda, sino de oro y de perlas puede vestirse Juanita si tiene
dinero para comprar el vestido y si se le antoja engalanarse con l.

--Si el respeto que a usted debo no anudase m lengua--replic doa
Ins--, me atrevera a decir que est usted loco de atar. Cmo defender
el escndalo, la campanada que ha dado esa chica, transformada de
repente en princesa, como en los cuentos de hadas? Tiene chiste el que
le haya dado a usted la levita. Ya se la cobrar con usura. Las puntadas
de ella y las morcillas y longanizas que sabe hacer su madre no bastan
para costear levitas a los caballeros, y para seguir emperejilndose con
ricos trajes y mantillas de madroos, como dicen que en Madrid van a los
toros las damas de alto copete y las majas de rumbo. El da menos
pensado, no slo para ir tan pomposas, sino para comer, faltar dinero a
las Juanas, y entonces acudirn a usted y a otros a fin de retenerle, y
como no podrn dar en cambio levitas, harto sabe el diablo lo que darn,
s ya no lo han dado.

--Ni han dado ni darn lo que no debe darse--exclam don Paco, perdiendo
ya los estribos--. Lo que yo te aseguro es que si Juanita quiere darme
su mano, yo la aceptar gustoso, y t tendrs que respetarla como madre.

--Jess, Mara y Jos!, respetar yo a ese arrapiezo.... Se me caera la
cara de vergenza si hiciera usted semejante disparate.

--Pues slo de Juanita depende que no lo haga. Y como no es posible, sin
que nos peleemos, continuar esta conversacin, me voy y te dejo. Adis,
hija.

--Seor padre, vaya usted con Dios y El le ilumine para que no contine
usted desatinando tan lastimosamente.

Don Paco sali con precipitacin y muy enojado de casa de su hija, y no
qued ella menos furiosa.




XIX


El sermn del padre Anselmo se coment y se interpret por todo el lugar
en perjuicio de ambas Juanas. Nadie sac la cara por ellas, salvo el
maestro de escuela, aquella noche, en la Casilla.

La Casilla era y es todava en algunos lugares el Casino y el Ateneo
primitivos y castizos.

Por lo general, y as suceda en Villalegre, la Casilla estaba en sala
relativamente cmoda y espaciosa, detrs de la botica. All se lean los
peridicos, se fumaba, se charlaba y se jugaba malilla, al tresillo, al
truquiflor y al tute, y tal vez al ajedrez, al una a la domin y a las
damas.

Don Policarpo, el boticario de Villalegre, haca muy bien los honores
del establecimiento, donde concurran casi todos los personajes del
lugar, a despecho de las mujeres, que eran devotas y que abominaban del
boticario, porque lejos de estar en olor de santidad, alcanzaba la poco
envidiable fama de descredo y materialista. Siempre haba permanecido
soltero; tena una lengua como un hacha, con la que destrozaba las
reputaciones; y en su maligno rostro, en sus ojos vivarachos y algo
bizcos, en su nariz aguilea y en su boca sumida y burlona se revelaba
cierta diablica y punzante travesura.

En el pueblo se referan estupendas singularidades sobre sus doctrinas y
facultades cientficas, sosteniendo muchos que no todo lo que l haca y
deca era natural, sino en gran parte por inspiracin y con auxilio del
demonio; por lo cual, al hablar de s propio, declaraba l que, si
hubiese Inquisicin an, ya no vivira, porque le hubieran quemado vivo.
Era dogma suyo que todas las cosas son lo mismo, y que la diferencia de
ellas es ms aparente que real y ms somera que profunda. Produce la
diferencia de las cosas una fuerza que vive y se agita en ellas,
ocultando la raz de su ser, y que, segn sus varios efectos y
operaciones ya se llama calor, ya luz, ya electricidad, ya magnetismo,
de donde transformaciones y mudanzas y vida y muerte. Esta fuerza era el
dios de don Policarpo. Por l se jactaba de estar posedo y de ser
energmeno.

Para hacer milagros por su medio y en su nombre no tena don Policarpo
vara de virtudes; pero, en cambio, tena una recia, puntiaguda y
largusima ua en el dedo meique de la mano derecha, la cual ua le
serva de ordinario como mondadientes. Las damas se llenaban de terror
cuando la vean, como si viesen la de Satans en persona. Se deca que
el boticario ya magnetizaba, adormeca y sujetaba a su voluntad a las
gentes, despidiendo por dicha ua fluido magntico, ya se electrizaba
todo, restregando con rapidez sus pies contra una piel de lobo, y
lanzaba por dicha ua un chorro o penacho de chispas azuladas y
luminosas. Y no faltaba quien aadiese, jurando haberlo visto, que slo
con acercar la ua, cuando estaba l bien cargado y saturado de
electricidad, encenda un candil o disparaba un caoncito muy cuco que
se usaba para esta experiencia.

Yo no respondo de que hubiese o no algo de exagerado en tales
afirmaciones; pero como quiera que fuese, el boticario, aunque
aborrecido de las damas, a lo que deba de contribuir su fealdad nada
comn, era persona divertida y hospitalaria.

Ninguna noche faltaban en la tertulia de su casa ocho o diez
tertulianos. No iba el cura por culpa de la impiedad con que all se
hablaba; pero iban el mdico, dos o tres concejales, el propio seor
alcalde, varios de los mayores contribuyentes y don Pascual, el maestro
de escuela.

Don Policarpo coment el sermn de aquel da con maliciosa agudeza,
sosteniendo irnicamente que el padre tena razn.

--S, seores--dijo--; ya no hay bienes de la Iglesia que repartir. El
reparto se ha hecho mal y entre pocas personas que se han enriquecido.
La futura revolucin tendr, pues, por objeto apoderarse de otros bienes
y repartirlos con mayor equidad entre todos los pobres.

El maestro de escuela, que era liberal e individualista, respondi de
este modo:

--No es exacto que la revolucin haya despojado inicuamente de sus
bienes a la Iglesia. Si se los ha expropiado, bien la indemniza. El
Estado puede expropiar, indemnizando, para utilidad pblica. Sin
embargo, aunque no hubiera tal indemnizacin, el caso no es idntico.
Ninguna asociacin tiene por s los derechos radicales e
imprescriptibles de los individuos que la componen. El Estado es
asociacin suprema, a la cual estn sometidas las otras, sin que puedan
existir en contra suya. Y si el Estado es rbitro de la vida de ellas,
cmo no ha de serlo de lo que poseen? Lejos de caminar hacia el
socialismo, yo creo que la civilizacin propende a extender y afirmar
ms cada da los derechos individuales. Quin se atrever a decir hoy,
si no est loco rematado, que el Gobierno o el rey, por respetado y
poderoso que sea, es seor de vidas y haciendas?

--No nos venga usted con sofismas--interrumpi el boticario--. Si cada
uno de los individuos que se asocian tienen singularmente derechos
imprescriptibles, incluso el de asociarse, y si no hay rey ni roque que
pueda despojar a nadie a su antojo de la hacienda y de la vida, cmo se
explica que no persista en la suma lo que preexista aisladamente en
cada uno de los sumandos?

Apuradillo se vio el maestro de escuela para impugnar el nuevo argumento
del boticario; pero lo impugn al fin con razones, si no juiciosas,
agudas.

Por dicha, los que estaban all presentes eran propietarios ms o menos
ricos, y varios de ellos haban comprado bienes de la Iglesia. Todos,
por consiguiente, hallaron que don Pascual discurra mejor que Soln y
que Licurgo; se pusieron de su lado, dejaron al boticario solo, y
trataron de sofocar su voz y de aturdirle a fuerza de gritos.

Don Policarpo no se dejaba convencer ni intimidar fcilmente, pero todos
se cansaron de chillar y se pusieron roncos, terminando por cansancio
una disputa en que los extremos se haban tocado y en que la impiedad
atea haba estado de acuerdo con el ms fervoroso catolicismo. Hubo un
entreacto: un rato no corto de sosiego. Despus recay de nuevo la
conversacin sobre el sermn de aquel da, sobre el desenfrenado lujo de
las mujeres y sobre las elegancias de Juanita la Larga.

En este punto, el maestro de escuela impugn igualmente el sermn y
defendi con ms calor, ahnco y acierto a Juanita.

--Es--deca--una muchacha discreta, honrada y trabajadora. Dios la ha
hecho hermossima, y casi, casi estoy por decir que no slo tiene
derecho, sino que tiene el deber de acicalarse y de realzar y mostrar la
hermosura que Dios le ha dado. Lo contrario sera ingratitud para con
Dios y desdear lo que ensea la parbola de los cinco talentos. Y
extrao mucho que ustedes, que han estado conmigo defendiendo la
propiedad individual, se vuelvan ahora contra m y se pongan del lado de
don Policarpo para impugnar dicha propiedad. Pues qu, si Juanita tiene
dinero, por qu no ha de gastarlo en cuanto se le antoje y vestirse
como una reina? Y qu le falta a ella para ser reina o para ser
emperatriz?

Movido el boticario por su espritu malicioso, e impulsados los dems
por el odio y envidia de sus mujeres, respondan, si no con buen
discurso, con desvergenzas y con burlas a cuanto don Pascual alegaba.

Juana la Larga fue declarada una largartona de primera fuerza; Juanita,
una moza extraviada que estaba ya pervirtiendo y corrompiendo las buenas
costumbres, y don Paco, un viejo chinadsimo, a quien hija y madre
ponan en ridculo e iban a chupar cuanto posea.

En lo ms recio de la disputa acert a entrar en la botica el seor don
Paco, y antes de llegar a la trastienda tuvo el disgusto de or y de
comprender los horrores que all se propalaban.

Todos se callaron, porque cara a cara no queran ofenderle. La herida,
con todo, estaba ya hecha. Se dio otro giro a la conversacin. Se habl
de cosas distintas. Y don Paco hall lo ms prudente no dar a entender
que haba odo, y no traer de nuevo la conversacin a tema para l tan
enojoso.

A fin de disimular, trat de aparecer sereno y alegre; habl de las
novedades polticas; se congratul de que don Andrs Rubio acabase de
obtener una gran cruz y fuese ya excelentsimo; y, por ltimo, ech unas
cuantas manos de tute con el maestro de escuela.

Embrom al boticario diciendo que no crea en la fuerza electrizadora de
su ua; y el boticario, a fin de convencerle, le prometi que el da
menos pensado, cuando estuviese l bien dispuesto, le llamara y hara
delante de l la experiencia de encender el candil y de disparar el
caonazo.

Don Paco se haba reportado, disimulando su pena y su enojo; pero no
bien volvi a su casa, la pena le arranc lgrimas y el enojo le hizo
crispar los puos como s estuviese delante algn enemigo a quien dar de
pualadas.

No poda, sin embargo, reir con la poblacin entera. Su hija era la ms
culpada, y l la haba sufrido. Por ms que cavilaba, no vea otro modo
de vengarse, de castigar a su hija y de adquirir el derecho e imponerse
el deber de defender a Juanita contra todos que el de ofrecerle su mano
y casarse con ella.

Ay de aquel que se atreviese entonces a decir nada ofensivo contra
Juanita, aunque ella estrenase cada da otro vestido de seda!

Pens bien en todo, interrog a su corazn-, y su corazn le respondi
que estaba perdidamente enamorado de la muchacha.

Entonces no se par don Paco en ms reflexiones; fue a su bufete y
escribi a la seora doa Juana Gutirrez (suprimiendo el alias de la
_Larga_) una grave epstola pidiendo en forma la mano de su hija.

Llam en seguida al alguacil y pregonero, que le serva al mismo tiempo
de criado y ayuda de cmara, y le encarg que al da siguiente, y muy de
maana, llevase aquel pliego cerrado a Juana la Larga y se lo entregase
en mano propia.


Hecho esto, se acost y durmi con alguna tranquilidad, como quien ha
cumplido un deber, y con alguna satisfaccin, como quien ha puesto una
pica en Flandes.




XX


Juana la Larga se llen de jbilo cuando, a las siete de la maana,
recibi la carta y la deletre con no poca fatiga, porque, si bien saba
leer, no lea de corrido y le estorbaba lo negro.

No era Juana muy reflexiva ni previsora, y no pens en las dificultades;
slo pens en el triunfo que ella y su hija, en su sentir, haban
alcanzado. Acudi, pues, a la sala baja, donde Juanita estaba cosiendo,
y con el mayor alborozo le dio parte de lo que ocurra.

Como comentario, la madre no saba sino exclamar:

--Qu victoria! Todas esas perras, cochinas, van a reventar cuando lo
sepan.

--Pues oye, mam--contest Juanita con el mayor reposo--: yo no quiero
que nadie reviente; lo mejor es que no lo sepa nadie.

--Qu quieres decir con eso, muchacha?

--Lo que quiero decir es que nosotros, t, l y yo, seramos los
reventados si hicisemos tal desatino. No lo sufrira doa Ins; y el
cura y el cacique, la Iglesia y el Estado, lo temporal y lo eterno,
caeran sobre nosotros y nos aplastaran. Nos echaran del lugar a
patadas. Y quin sabe si en otro lugar lograramos, y cunto tiempo
tardaramos en lograr, t la reputacin y clientela que aqu tienes, yo
tanta costura, y don Paco el poder que aqu alcanza y su mangoneo
provechoso, debido en mucha parte a su capacidad, pero no menos an a la
sombra y al apoyo de don Andrs, con quien priva.

--Y de dnde sacas t esos ageros tan angustiosos?

--No es menester ser profeta ni adivino para sacarlos. Y adems, ni yo
estoy enamorada de don Paco, ni l quiz est enamorado de m. Para qu
el casorio? Qu vamos ganando en ello? No comprendes que si me pide es
por un extremo de delicadeza? Yo se lo agradezco; me lisonjea mucho la
prueba de aprecio que me da; pero no paso de agradecida y de lisonjeada.
Porque ha venido a casa de tertulia, y porque me ha regalado el traje, y
porque las malas lenguas murmuran, piensa l remediar el mal casndose
conmigo. Pues entonces la misma razn hay para que contigo se case,
porque tambin de l y de ti dijeron, o para que me case yo con el hijo
del herrador, ya que ms y peor han hablado de mis relaciones con l que
de mi relaciones con don Paco. Nada, mam: todo eso es una tontera, o
una prueba, si quieres, de que el bueno de don Paco es un caballero
cabal, aunque no tenga los leones, los pajarracos y los otros
chirimbolos que tiene su yerno en el escudo.

--Y si t, hija ma, reconoces y confiesas que don Paco es todo un
caballero, por qu no le tomas por marido?

--Porque no quiero casarme por clculo; porque aunque quisiese casarme
por clculo, este clculo de ahora estara muy mal hecho, y, sobre todo,
porque yo por nada del mundo he de aprovecharme de la caballerosidad
generosa de ese hombre para cogerle la palabra y satisfacer mi vanidad y
mi ambicin, ya que amor no le tengo. Su trato me deleita; celebro su
discrecin; le oigo hablar con gusto; pero de esto a desear ser suya y
casarme con l hay todava mucha distancia. No quiero salvarla de un
brinco. Aqu, para entre nosotras, algunas veces he sentido inclinacin
a ir por esa senda, a andar ese camino, y sabe Dios si lo hubiera andado
sin estos tropezones que ha habido; pero, en fin, an no lo he andado.

--Ay nia, con qu tiquis miquis y sutilezas te me descuelgas! Cmo se
conoce el saber de que don Pascual te ha atiborrado la mollera! Si
parece cuanto dices tomado de esos libros que don Pascual te da a leer.
Pero, en fin, qu contestamos a la carta de don Paco? Yo har lo que t
desees, porque el asunto ms importa a ti que a m y porque t sabes ms
que Lepe.

--Pues qu hemos de contestar sino darle las gracias y decirle que
nones?

--Y a quin le toca escribir eso? Creo que debo escribir yo... y dorar
la pldora. Yo no lograr poner el oro con m pluma. T lo pondrs. T
irs diciendo y yo ir escribiendo, aunque hago letras que parecen
garrapatos. Ay!, y ms en el da, porque mi escribir ha cado en
desuso. Desde que muri tu padre en la guerra contra los carlistas, yo
no escribo sino las cuentas.

--Con buena o con mala letra, es menester que t escribas la carta; yo
te la ir dictando.

--Hoy todava no. Es acaso pualada de pcaro? Quin nos corre? Antes
de dar un paso tan importante, conviene que lo medites y consultes con
la almohada. No es mucho veinticuatro horas de trmino. Hoy no escribo.
Maana, si todava te aterras a la opinin que ahora tienes, escribir,
aunque me pese, lo que t me digas.

Juanita estaba segura de que no haba de variar su resolucin por mucho
que lo meditase. Tuvo, no obstante, que ceder a los ruegos de Juana y
aguard hasta el da siguiente, en el cual, dividindose el trabajo,
segn queda dicho, fabricaron entre ambas la carta, que, por su
trascendencia e influjo en los ulteriores sucesos de esta sencilla y
verdadera historia, hemos de consignar aqu.

La carta deca como sigue:

     Seor don Paco: Muy ufanas estamos mi hija y yo de la honra que
     usted nos hace en la carta que acabo de recibir. Se lo agradecemos
     con toda el alma. La nia le quiere a usted mucho y le estima ms;
     pero declara que no puede ni debe aceptar lo que usted propone.
     Cree ella que fue una imprudencia de su parte ir al sermn vestida
     como una princesa, para azuzar ms en contra suya a la gente, que
     ya deseaba morderla. Todo el lugar est ahora sublevado. Mal
     remedio sera la boda. Aumentaran la sublevacin y el motn. Su
     Hija de usted se pondra a la cabeza. Nosotros no podramos
     resistir. Los tres tendramos que irnos con la msica a otra parte.
     En fin, don Paco, Juanita sostiene que sera la boda una locura.
     Dice, por ltimo, que ella no manda en su corazn, que la
     diferencia de edad es grande entre ustedes y no quiere a usted de
     amor, aunque le profesa la amistad ms fina. Sera, pues, muy feo
     de parte de ella abusar de la generosidad de usted para satisfacer
     su ambicin o su vanidad casndose por clculo, y tambin sera muy
     tonto, porque el clculo estara mal hecho.

     Lo mejor y lo ms discreto es que ustedes no se casen y que nadie
     sepa que ha dado usted este paso. Doa Ins nos odiara si
     aceptsemos la proposicin de usted; pero tambin nos odiar y nos
     declarar ms la guerra si averigua que no aceptamos, pareciendo
     como que desdeamos a su padre con infundada soberbia. Importa,
     pues, ocultar todo esto.

     Ah devuelvo a usted su carta. Rsguela y rasgue la ma, a fin de
     que no quede prueba escrita de lo ocurrido, y conserve usted en su
     memoria grato recuerdo de nosotras. Crea en nuestra profunda
     gratitud y mande a su afectsima amiga y constante servidora,
     q.b.s.m.,

     _Juana Gutirrez_.




XXI


Don Paco se sinti lastimado y encantado a la vez con la lectura de la
carta, que calific de muy discreta y que mir como dictada por Juanita.

S ella le hubiera aceptado por marido, el contento de don Paco hubiera
sido grande, pero menor su estimacin del valor de Juanita que el que
era entonces al recibir las calabazas. Acaso una vaga sospecha de que
Juanita aprovechaba la ocasin hubiera aguado el contento de ver que
ella le aceptaba. Si en extremo le dola que ella declarase que no le
amaba, no poda menos de aplaudir la lealtad de la declaracin. Don Paco
estaba conforme en lo tocante al aprecio de las circunstancias que se
oponan a la boda y que la hacan aparecer a toda juiciosa previsin
como fuente de disgustos y de males.


De aqu que sus sentimientos al leer la carta fuesen de dolor y de
mortificacin de amor propio por el desamor de Juanita; de admiracin y
aplauso por la prudente conducta de la muchacha, y de mayor cario hacia
ella, as por la noble franqueza con que expona las causas que
justificaban su desdn, como por las amistosas dulzuras con que
procuraba suavizarlo.

Conoci tambin don Paco que importaba mucho que su peticin y la
subsiguiente repulsa no llegaran a saberse, y aunque no tuvo valor para
rasgar o quemar lo que l escribi y la contestacin de Juana, guard
ambos documentos en el ms secreto escondite de su escritorio.

Trat, adems, de hacerse superior a su pena y de ver si olvidaba a
Juanita, o al menos si segua querindola con calma y con cierta
tibieza, a fin de esperar sin impacientarse que Dios mejorase las horas,
ya que la esperanza es lo ltimo que se pierde en esta vida.

Y por lo pronto, o bien para conseguir el olvido o bien para enfriar o
entibiar su fervorosa pasin, resolvi no volver a poner los pies en
casa de Juanita y evitar su encuentro en la iglesia, en las calles y en
la plaza.

Juanita, entre tanto, como era poco amiga de la sociedad y gustaba mucho
de la conversacin de don Paco, se afliga del aislamiento y deploraba
el sacrificio que haba tenido que hacer. All, en el fondo de su alma,
cuando estaba a solas con su conciencia, y con el notabilsimo despejo y
la serenidad imparcial con que ella lo miraba todo, haca repetidas
veces las sutiles reflexiones que trataremos de expresar aqu en el
siguiente soliloquio:

Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el da desgobernada y muy a
tontas y a locas. Mi madre, Dios me perdone si la ofendo, tiene poco
juicio, aunque bien puede ser que lo pierda por el entraable amor que
me tiene. Lo cierto es que entre las dos hemos hecho una infinidad de
tonteras. Justo es que las paguemos. No debo quejarme. En primer lugar,
siendo yo mocita casadera, y si no ocupando cierta posicin, aspirando a
ocuparla, deb dejar de ir por agua a la fuente y a lavar al albercn.
Deb darme ms tono. Y ya que no me lo di, an fue mayor disparate el
querer de repente transformarme en dama y eclipsar y aturdir y excitar
la envidia y la rabia del seoro mujeril de este lugar. Todava mi
sbita transformacin hubiera podido tener buen xito si atino a ganarme
antes la buena voluntad de la muy poderosa e ilustre seora doa Ins
Lpez de Roldn. Pero, lejos de eso, lo que hice fue provocar su enojo.
Si el trato de don Paco me agradaba y me diverta, jams he pensado yo
en casarme con l, y aqu viene bien que yo lamente otra locura ma,
otra completsima falta de cautela en mi madre y en m. A qu fin
recibir de tertulia todas las noches a don Paco, sola a veces y a veces
en compaa de Antouelo, lo que casi es peor? Lo hacamos porque nos
daba la real gana, sin atender a que somos pobres y a que la gana de los
pobres no es real, sino sbdita que necesita someterse y hasta morir sin
hallar satisfaccin, a fin de no exponerse a muy crueles castigos.
Nuestra tertulia era muy inocente; bien puedo sostener que ms inocente
que la de doa Ins. Cmo evitar, no obstante, que doa Ins supiese y
hasta creyese de buena fe mil abominaciones, excitada por esa chismosa
de Crispina, que todo lo huele y cuando no lo huele lo inventa? Ella,
sin duda, le dira primero que Antouelo era mi amigo y don Paco el de
mam, y despus, que yo me haba apoderado de los dos, de uno para el
gusto y del otro para el gasto, y que yo me estaba comiendo las mil
chucheras que l me traa de regalo y hasta el exquisito y sin par
chocolate que se fabrica en casa de ella. Comprendo lo furiosa que doa
Ins se pondra, y ms an al sospechar que don Paco pudiera casarse
conmigo, porque doa Ins quiere heredar o que hereden sus hijos los
ahorros y las finquillas que don Paco va reuniendo, para lo cual importa
que don Paco no se case, o bien que se case con una hidalga viuda que yo
me s y que le dara cierto lustre aristocrtico, y de seguro no le
dara hijos, porque est ya pasada y huera, y el caso de Abrahn y de
Sara no se repite.

As, y si no en los trminos de que me valgo, en trminos muy parecidos,
discurra Juanita a sus solas. Luego continuaba:

Es indispensable que yo me enmiende y que ajuste mi conducta a la razn
y a la conveniencia. Debo tener doble juicio, por mi madre y por m. Y
ya que (esto no puede negarse) soy cndida como la paloma, no est bien
que me olvide de la otra mitad de la sentencia evanglica que he odo
decir tantas veces al padre Anselmo en sus sermones. Por tanto, en lo
sucesivo me propongo ser astuta y prudente como la serpiente. La vida de
zagalona rstica no hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios me libre
tambin de recaer en la mala tentacin de presumir de princesa. Nada de
volver con la cabeza al aire y con el cntaro por esos andurriales; y
nada tampoco de ponerme el magnfico vestido de seda mientras no gane
posicin, autoridad y ttulo duradero, suficiente y legtimo, para
tamaa audacia. Ahora me conviene seguir por un justo trmino medio:
salir poco de casa, coser y bordar mucho e ir con frecuencia a la
iglesia, a misa y a mis devociones, muy humilde, con vestidito de
percal, y cobijada as, borrar la mala impresin que necia o
inocentemente he causado, y hasta llegar a adquirir reputacin de
santa.

Aqu no poda menos de sonrerse Juanita, a pesar de lo fastidiada que
estaba, y luego prosegua:

Cierto que yo no soy mala y que amo a Dios sobre todas las cosas y que
me complazco en darle adoracin y culto; pero tambin, qu diantres!,
por qu no confesarlo?, tambin me amo y me doy culto a m misma. Quiz
sea pecado. Lo que debo hacer es que este segundo culto, para no
escandalizar a nadie, no sea pblico, sino misterioso. En lo exterior he
de parecer como una beata pobre; mas por qu he de privarme del placer
de cuidar, de asear y de pulir con el mayor esmero este cuerpecito que
Dios me ha dado? Sin que nadie lo sospeche, he de cuidarlo y he de
lavarlo como si fuera el de una infanta de Espaa. Qu horror, cielos
santos, s llegase a saberlo, por ejemplo, Julin el arriero! Yo le o
contar en la fuente mientras daba agua a sus mulos, y hacindose cruces,
la indignacin que le caus, cuando serva en Crdoba a una marquesa, el
averiguar, estando l en la cocina, que llevaban a dicha seora un
enorme lebrillo y dos grandes jarros de agua a su cuarto. "Qu haras
t--le pregunt una chica--si tu mujer emplease tambin un lebrillo por
el estilo?" "Pues yo--contest l--agarrara una vara y la pondra negra
a varazos, por indecente y por mantesona." Necesario es que yo haga un
misterio de mi limpieza, si no quiero que me excomulgue Julin y la
mayora de mis compatricios que discurren como l. Mas no por eso he de
dejar de ser limpia. Adems, quiero ser cuidadosa y muy regalada en mi
ropa blanca interior. En los ratos de ocio, con mis ahorrillos y cuando
no cosa para la calle, he de hacerme camisas finas y enaguas bordadas
como no las use mejores una archiduquesa de Austria. Tapado todo ello
con el mezquino traje exterior, me parecer a la violeta, que, escondida
entre las verdes hojas y tal vez entre feos hierbajos, no deja conocer
que exista como no sea al que tenga la nariz muy fina y por su delicado
olor la descubra. Ser como aquel personaje de cierto romance que recita
don Pascual, el cual personaje vesta de peregrino y llevaba una
esclavina

          que no valan un reale;
          debajo llevaba otra
          que vala una ciudade.

Juanita, al citar estos versos y al aplicrselos, se olvidaba de sus
melancolas y soltaba una carcajada.

--De qu te res, nia?--le dijo una vez su madre--. Pues no es cosa de
risa lo que nos est sucediendo.

--S, mam; es cosa de risa. Mejor es rer que rabiar. Cuando las cosas
se toman a risa, las penas que causan se mitigan o se consuelan.

Juanita no se content con pensar y con proponerse cuanto queda dicho,
sino que lo cumpli todo con la mayor exactitud y perseverancia.

Pasaron muchos meses.

El cambio de Juanita empez a notarse y a celebrarse entre las personas
ms devotas del lugar. El padre Anselmo, singularmente, y sin poderlo
remediar, a despecho de su humildad cristiana y del menosprecio de s
mismo, sinti un noble orgullo y se dio a entender que haba hecho la
ms repentina y milagrosa conversin, deteniendo a aquella joven y
simptica pecadora al borde del abismo en que iba ya a precipitarse.




XXII


Su rehabilitacin cost a Juanita largo tiempo, y adems no pocos
sacrificios, trabajos y esfuerzos de voluntad.

Fue lo ms duro para ella el tener que vivir, sobre todo al principio,
en soledad completa.


Se aburra, y a menudo recelaba que iba a enfermar de ictericia. No
poda ni quera retroceder y charlar de nuevo y reanudar amistades con
las mozuelas que antes haba tratado, las cuales, ofendidas ya, le
daran acaso mil sofiones; ni menos poda intimar, aunque lo desease,
con las hidalgas y con las hijas de los labradores ricos, que se
preciaban de seoritas y que huiran de ella, as por la humilde
posicin de su madre como por su ilegtimo nacimiento y por la mala fama
que le haban dado en el lugar, y que entre todos sus habitantes cunda.

Juanita tuvo que perder hasta la amistad y el trato de Antouelo. Y esto
no slo para no seguir dando pbulo a la maledicencia, sino tambin
porque Antouelo estuvo muy tonto y ella se vio en la precisin de
despedirle con cajas destempladas y para siempre.

Dos das despus de haber predicado el padre Anselmo su famoso sermn,
Antouelo volvi de sus correras. Entonces no se hablaba en el lugar
sino del escndalo que Juanita haba dado y de la severa y merecida
leccin que del padre Anselmo haba recibido.

Ya en la plaza, ya a la sombra de algunos lamos que estn en el
altozano, cerca de la iglesia, y donde se rene y platica la gente moza,
varios amigos y conocidos embromaron pesadamente a Antouelo por el
papel desairado y ridculo que suponan que haba hecho reverenciando,
sirviendo y adorando casi como una deidad a una mozuela que le desdeaba
y que aceptaba, quin sabe hasta qu punto, los regalos y el amor de un
rival dichoso.

Las relaciones entre Juanita y Antouelo tal vez parecern inverosmiles
a quien piense someramente en ello; pero yo creo que son ms naturales y
frecuentes de lo que se imagina.

Desde la infancia haban vivido en la mayor intimidad Antouelo y
Juanita.

Con cortsima diferencia, tenan la misma edad, y poda asegurarse que
se haban criado juntos. El era zafio, mal educado, travieso y atrevido;
tena pocos alcances y una voluntad tan realenga, que ni a su padre se
someta; peto en estos mismos defectos se fundaba la amistad de Juanita
hacia l. Juanita haba adquirido y conservaba tai imperio sobre aquel
muchacho, que lograba que la respetase, temiese y obedeciese como un
perro a su amo.

A ella no se le pas jams por la imaginacin el querer a Antouelo como
una mujer quiere a un hombre. Y l, como por una parte la tena por un
ser superior y por otra parte sus instintos amorosos eran vulgarsimos,
procuraba emplearlos y satisfacerlos en ms fciles objetos, y sin darse
cuenta de ello, e ignorando su esencia y su nombre, consagraba a Juanita
un afecto puro, ideal y platnico. Sentimientos tales, si bien se
recapacita, no son extraos al alma de los ms vulgares sujetos. Todos o
casi todos los hombres tienen sed, tienen necesidad de venerar y de
adorar algo. El espiritual, el sabio, el discreto, comprende con
facilidad y adora a una entidad metafsica; a Dios, a la virtud o a la
ciencia. Pero el rudo, el que apenas sabe sino confusamente lo que es
ciencia, lo que es virtud y lo que es Dios, consagra sin reflexionar ese
afecto, en l casi instintivo, a un dolo visible, corpreo, de bulto.

Juanita era este dolo para Antouelo. Juanita era tambin su orculo.
El oa con religioso respeto sus advertencias y amonestaciones, y de
buena fe se prometa y prometa al pronto tomarlas para pauta de su
conducta. Siempre que Antouelo se hallaba en la presencia de Juanita,
se senta avasallado por su influjo, deslumbrado por su superior
inteligencia y ligado a la voluntad de ella. Por desgracia, no bien
Antouelo se hallaba ausente de Juanita, el influjo bienhechor
desapareca, y los instintos brutales y las malas pasiones acudan en
tropel y desataban o rompan las ligaduras y arrojaban al olvido los
buenos consejos y preceptos que Juanita le haba dado. Antouelo, lejos
de la fascinacin y del encanto que casi milagrosamente le haban
conservado como ser racional, se converta en un estpido y en un
perdido.

A pesar de la ineficacia, por falta de duracin, de su poder purificante
sobre el alma de Antouelo, Juanita le quera, se interesaba por l y
senta halagado su orgullo al dominarle, aunque fuera momentneamente.

Para dar una idea exacta de la inclinacin de Juanita hacia aquel mozo,
dir que se pareca a la que yo he visto que tienen ciertas grandes
seoras ya por un alano, ya por un mastn corpulento y poderoso que hay
en casa de ellas, que inspira terror a las visitas, que parece capaz de
derribar a un hombre de un manotazo y de destrozarle de un mordisco, y
que, sin embargo, se echa con la mayor humildad a las plantas de su ama
y siente inexplicable placer si ella con su blanca mano le toca la
cabeza o con el pie le sacude o le pisa.

En la ocasin de que vamos hablando, las feroces burlas de sus camaradas
haban transformado a Antouelo; su domesticidad y mansedumbre haban
desaparecido: ya no era perro, sino lobo.

Traa muy estudiado el discurso, si puede llamarse discurso lo que iba a
decir; y a fin de que no se le borrara de la memoria o se le enmaraara
en el caletre, deseaba descargarse de l como quien suelta un peso y
decirlo sin prembulos. La ocasin se present propicia a su deseo.

Juana estaba en la cocina, y Antouelo hall sola a Juanita cosiendo en
la sala. Vena l con el entrecejo fruncido y con marcadas seales en
toda la cara de muy terrible enojo. Apenas se saludaron l y ella,
Antouelo dijo:

--Vengo a quejarme de ti, a decirte que me has engaado. Por culpa tuya
he estado haciendo el tonto, y no quiero hacerlo ms.

--Pues, hijo mo--dijo ella riendo--, yo no s cmo te las compondrs
para no seguir haciendo el tonto. Lo que yo s es que no tengo la culpa
de que lo hayas sido hasta ahora, y menos s an en qu y cundo te he
engaado.

--Me has engaado fingindote santa, para que yo, embaucado, te adorase,
cuando no eres santa, sino una mala mujer. Por todo el lugar no se habla
de otra cosa sino de tus relaciones con don Paco, y de que te mantiene y
te viste.

--Y has credo t esas calumnias? Y en vez de defenderme y de
enfurecerte contra los calumniadores te enfureces contra m? Juanita
dej escapar irreflexiblemente estas ltimas frases. Luego se reprimi y
procur enmendarlas. Crea bruto a Antouelo, pero no lo crea cobarde.

Si dej de defenderla fue, no por cobarda, sino por maliciosa necesidad
que acepta lo malo como cierto. De todos modos, ms vala as. Mucho
hubiera contrariado a Juanita que por sacar la cara por ella hubiera
reido Antouelo, resultando tal vez de la ria heridas o mayores
desgracias, que hubieran empeorado la situacin.

Juanita aadi entonces:

--Bien pensado, hiciste bien en no defenderme. He sido imprudentsima.
Los que no me conocen tienen algn fundamento para acusarme. Las
apariencias me condenan. Yo me resigno y perdono a los que me acusan.
Perdnalos t tambin, pero no los creas. T, que me conoces de toda la
vida; t, que sabes con qu pureza de afecto, con qu ternura de hermana
te he querido y te quiero an, no debes, no puedes creer esas infamias;
pues qu, no comprendes que yo soy capaz de querer a don Paco por el
mismo estilo que a ti te quiero?

--Esa es grilla, esa es grilla--replic Antouelo--. T, con tus
sutilezas y mentiras, quieres volverme tarumba; pero no lo conseguirs.
Te burlas de m porque me crees bobo. No quiero callar. Aunque me pongas
el dedo en la boca, te morder y no callar. En adelante no quiero ser
tu juguete. Quien te conozca, que te compre. Me han abierto los ojos. Ya
te conozco. Eres una tramoyana y una perdida. Y tu madre es peor que t.

La ltima frase la deca Antouelo para desafiar tambin la clera de
Juana, que entraba en la sala de vuelta de la cocina.

--Ay nia, nia!--dijo Juana--. Qu paciencia la tuya! Por qu
aguantas los insultos de este animal de bellota, las coces de este mulo
resabiado?

--Seora--replic Antouelo--, mire usted lo que dice y no se
desvergence conmigo, si no quiere que me olvide yo de que es mujer y le
ponga las peras a cuarto o la emplume, como merece.

Al or esto Juana ya no contest palabra, pero se precipit sobre el que
tan atrozmente la ofenda Juanita se interpuso entre su madre y el mozo,
a fin de evitar la lucha.

--Vete, vete al punto de esta casa y no vuelvas ms en tu vida. Para m
has muerto. Quiero olvidar hasta el santo de tu nombre. No tengo que
darte cuenta de mi conducta. Nada me importa ni me aflige el ruin
concepto que formes de m. Vete.

Y diciendo y haciendo, interpuesta siempre entre su madre y el mozo,
recelosa de que se empeasen en un combate tragicmico, fue empujando
con suavidad a Antouelo hasta la puerta de la calle. Ella misma levant
el picaporte, abri la puerta y ech de su casa al amigo de toda la
vida. Al hacer esto, en el rostro de Juanita se mostraba ms bien la
tristeza que la clera; Antouelo, al mirarla tan digna, amain en su
furor, no persisti en sus improperios, y se fue cabizbajo y silencioso.




XXIII


Al disgusto de vivir aisladas ambas Juanas se aada otro no menor y ms
positivo.

Al principio se difundi tanto la idea de que Juana haba llevado su
complacencia inmoral hasta ser tercera de su hija, que la llamaban menos
para trabajar en las casas principales por el temor de que fuese ella la
propia Celestina resucitada y tratara de pervertir a las Melibeas de
dichas casas. No obstante, y como ya he dicho, aquella malsima
situacin se fue poco a poco suavizando. Adems, eran tan notorios y tan
irreemplazables el arte y la inspiracin de Juana para dirigir una
matanza, para hacer arrope, pionate, empanadas y tortas, y para
preparar festines, que las personas de gusto y de medios desecharon los
recelosos escrpulos, y, ponindoles el correctivo de estar a la mira y
ojo avizor para que Juana no ejerciese sus presuntas artes
_proxenticas_, siguieron llamndola a trabajar a sus casas; y los
ingresos y rentas de Juana, que haban disminuido, volvieron a su estado
normal, aunque no se aumentaron.

El recogimiento y la austeridad de Juanita al fin surtieron efecto. La
idea que el padre Anselmo concibi de que haba logrado convertir a
aquella pecadora incipiente y de atraer al aprisco a la ovejita
descarriada antes que cayese entre las uas y la boca del lobo, fue
adquiriendo resonancia y eco entre el vulgo. Juanita fue, pues, mirada,
si no como paloma sin mancilla, como Magdalena arrepentida y penitente,
no de la culpa, sino del conato.

Transcurri ms de un ao antes que Juanita, a fuerza de ingenio y de
fatigas, lograse resultado tan brillante.

La rgida doa Ins era la ms difcil de ablandar. No quera creer en
la virtud de la muchacha, y sospechaba que era todo hipocresa.

Cuando llegaban a odos de Juanita noticias de la terca incredulidad de
doa Ins y de que la sospechaba de hipcrita, Juanita deca para s:
No es mal sastre el que conoce el pao; y sin arredrarse segua por el
camino que se haba trazado.

Lleg en esto el invierno, y doa Ins quiso vestir a todos sus nios
con buena ropa de abrigo; Juanita alcanzaba ya alta reputacin de
costurera. Todo lo que pudiesen hacer Serafina y otras del lugar era una
chapucera cursi si se comparaba con las confecciones de nuestra
herona, que estaba al corriente de las ltimas modas de Pars, que
reciba los figurines y que, ajustndose a ellos, sin encadenar
servilmente su fantasa a una imitacin minuciosa, ideaba, trazaba,
cortaba y haca trajes para las mujeres, dignos de figurar en los
salones de la corte y de ser descritos por _Montecristo_ o por
_Asmodeo_, y para los nios y nias no inferiores por su gracia y por su
chic a aquellos con que la prole de un milord opulento o de un banquero
ingls se engalana.

Ruego al lector que me d entero crdito y que no imagine que son
ponderaciones andaluzas, o que mis simpatas hacia Juanita me ciegan. Lo
que digo es la verdad exacta, pura y no exagerada. Yo he estado en
Villalegre, he visto algunos trajes hechos por Juanita y me he quedado
estupefacto. Y cuenta que yo tengo buen gusto. Todo el mundo lo sabe.

En fin, doa Ins se dio a pensar y a repensar en lo muy preciosos que
estaran sus nios con los trajes que Juanita les hiciese; venci la
repugnancia que senta contra ella, la llam a su casa y le encomend
trajes para todos, segn la edad y el sexo de cada uno.

Fue Juanita a casa de doa Ins tan pobre y modestamente vestida como si
saliese de un beaterio, y tan modosita en el hablar, en la voz y en los
modales, que pareca, sin visos ni asomos de afectacin, una criatura
serfica.

Esto, sin duda, hubo ya de entreabrirle o de ponerle entornadas las
puertas del corazn de doa Ins, la cual saba mucho y pensara y dira
en su interior.

--Si no lo finge, en verdad que es muy buena esta muchacha; y s lo
finge, sabe ms que Cardona: es admirable su fingimiento.

As, doa Ins se predispuso ya favorablemente.

Su favor vala mucho, y doa Ins acert a cobrrselo por instinto.
Tambin hay su poco de gorronera en los grandes y poderosos de la
tierra. Viene o propsito esta sentencia, porque doa Ins pag el
trabajo de Juanita en la tercera parte de lo que vala, aun en aquel
lugar donde se trabaja barato, y pag las otras dos terceras partes en
el favor tan deseado y apetecido que empez entonces a alcanzar la linda
costurera.

Los nios, con los trajes hechos por Juanita, salieron tan bien vestidos
el 1 de noviembre, da de Todos los Santos, que daba gloria verlos, y la
gente los miraba y los segua en la calle. La vanidad maternal de doa
Ins qued muy satisfecha. Ni la propia Cornelia se ufan ms cuando
enseaba a sus Gracos. Pero doa Ins fue ms all de Cornelia: no se
content con lucir a sus hijos, sino que se propuso competir con ellos y
aun superarlos en indumentaria, y decidi que Juanita tambin la
vistiese.

Juanita se prest a todo con el mejor talante y prodigioso acierto e
hizo a doa Ins corss y varios trajes.

Nacieron de aqu la confianza y alguna familiaridad, hasta donde es
lcito y decoroso que la familiaridad se entable entre una dama
principal y una trabajadora plebeya; pero al fin, como doa Ins tena
que mostrarse a Juanita en paos menores para probarse corss y
vestidos, qu mucho que la confianza naciese y creciese?

Juanita supo despus, con lentitud y por sus pasos contados, darse tal
maa, que doa Ins, que ya le haba confiado su cuerpo para que lo
vistiese, empez a confiarle tambin y a descubrirle su espritu, aunque
slo hasta cierto punto, porque el espritu de doa Ins, segn pensaba
Juanita, acaso con malicia sobrada, tena ms conchas que un galpago y
jams se desnudaba y se descubra por completo.

Juanita tena una voz melodiosa y clara y saba leer muy bien, lo cual
es bastante raro, dando a lo que lea entonacin y sentido. Pronto atin
a mostrar a doa Ins que ella posea habilidad tan til, y no tard
doa Ins, que se fatigaba algo leyendo, en tomar a Juanita por
lectora.

Claro est que doa Ins, que era mstica muy elevada en sus
pensamientos y un tanto cuanto asceta, aunque ms en lo especulativo que
en lo prctico, haca que Juanita le leyese vidas de santos y libros
devotos y morales como _Monte Calvario_, _Gracias de la gracia_, _Gritos
del infierno_, _Espejo de religiosos_, _Casos raros de vicios y virtudes
y Estragos de la lujuria_.

Era doa Ins aficionadsima a disertar y a convencer a sus oyentes y
contradictores cuando disertaba. Si por algo se dola de haber nacido
mujer, era por no poder transformarse en predicador o en catedrtico.

Juanita supo con tanto pulso seguirle el humor, que no se callaba ni lo
aceptaba todo desde luego, sino que impugnaba algo sus tesis y discursos
para darle ocasin de que hablase ms y desplegase su elocuencia, a la
cual acababa por ceder, reconocindose vencida. De esta suerte se
alegraba y se exaltaba el nimo de doa Ins, corroborando la creencia
que ella tena en su virtud persuasiva y en su saber y talento, y
hacindole creer, adems, que despus de ella, aunque a muy razonable
distancia, no haba en todo Villalegre, salvo quiz el padre Anselmo,
persona ms talentosa y ms sabia que Juanita.

La privanza de esta con doa Ins lleg al fin a su colmo.

En presencia de cualquier persona, Juanita segua atendindola con el
mayor respeto y dndole el tratamiento de _su merced_; pero en momentos
de expansin, una vez que Juanita la oy atentsimamente, impugn sus
razones y termin por ceder a ellas, doa Ins, entusiasmada, se allan
hasta el extremo de mandarle que cuando estuviesen las dos solitas la
tutease.

Estas prodigiosas conquistas de la paciente y despejada muchacha le
prestaron desde luego confianza en s misma, y pudieron darle mucha
honra, s ella entendiese que la necesitaba; mas apenas le dieron
material provechoso, que era de lo que ms necesidad tena.

Pensaba doa Ins que no haba mejor ni ms esplndida paga que su
afecto. Supona tal la elevacin de alma de Juanita, que hubiera sido
injuriarla ofrecerle dinero. Un ochavo ms que doa Ins le hubiese dado
sobre el jornal que de ordinario ganaba, hubiera parecido una limosna.
No era delicado socorrer a Juanita como a una pordiosera.

Y despus de estos razonamientos tan juiciosos, como doa Ins no pagaba
a Juanita sino lo que cosa, y no le pagaba, para no humillarla, ni las
horas que empleaba leyndole libros ni el tiempo que perda escuchando
sus disertaciones, resultaba doa Ins, por obra y gracia de lo mirada
que era, tena lectora y auditorio y acompaante de balde.




XXIV


La gloriosa servidumbre en que Juanita haba llegado a ponerse, si no
era til, era molesta en extremo, porque la amistad de doa Ins no
poda ser ms exigente ni ms imperativa. Y mientras ms rebosaba
entusiasmo y ternura, ms se recrudeca tambin en exigencia y en
imperio.

Haba das en que no le quedaba a Juanita ni hora libre ni momento de
sosiego. Doa Ins la llamaba y se vala de ella para todo.

En los lugares, al menos hace algunos aos, pues no s si habrn variado
las costumbres, nunca sala una seora principal de visita o de paseo
sin llevar a una acompaante. Juanita tuvo, por consiguiente, a ms de
leer y de escuchar disertaciones, que acompaar a doa Ins en sus
visitas y en sus paseos. Y cuando a esta se le antojaba de sbito
visitar o pasear y no tena a Juanita en casa, iba a buscarla a la suya,
hacindose acompaar hasta all por Serafina.

En los paseos rara vez lea o haca leer doa Ins; pero, convertida en
filsofa peripattica, disertaba de lo lindo, siempre sobre religin,
moral, menosprecio del mundo, alabanza del recogimiento y de la
conversin interior y aspiraciones a lo sobrenatural y divino.

Conviene que se sepa que doa Ins tena un carcter tan dominante, que
no se aquietaba ni se satisfaca como no decidiese y gobernase cuanto
hay que decidir y gobernar.

Ella designaba el nombre que haba de recibir en la pila bautismal cada
villalegrino que naciese; ella decretaba, despus de estudiar aptitudes,
capacidades y recursos, el oficio que cada cual haba de aprender y
ejercer, y ella escoga marido para cuantas nias casaderas vivan en el
pueblo y pertenecan a familias merecedoras por algn ttulo de su
atencin y cuidado.

El concepto que formaba doa Ins del universo visible y de cuantas
cosas hay en l y en l se sustentan, era concepto ms pesimista que el
del propio Schopenhauer; pero el de doa Ins estaba dulcificado por dos
potencias benficas y fecundas que haba en su alma. Ella podra ser, o
era, ms o menos pecadora. Yo no he llegado a ponerlo bien en claro, de
suerte que, al ir escribiendo esta historia, lo probable es que lo deje
turbio o nebuloso. De cualquier modo que fuese, y sin escudriar los
secretos de doa Ins en lo tocante a la conducta, aseguro con evidencia
que ella, en lo terico, sin afectacin ni mentira, tena la ms
acendrada fe religiosa. Con esta fe, y con las otras dos consoladoras y
divinas virtudes que de ella nacen, doa Ins iluminaba el mundo,
hermosendolo con celestiales resplandores.

Toda deformidad moral, todo vicio, toda dolencia, la fealdad fsica, las
enfermedades, la miseria, el dolor y la muerte se despojaban en su
pensamiento de horror y de amargura al considerar que deben sufrirse por
el amor de Dios, y desvanecerse y disiparse, como la oscuridad de la
noche cuando aparece la aurora, ante la esperanza de lo trascendente y
de lo ultramontano. Para doa Ins, este mundo en que vivimos era un
valle de lgrimas y un transitorio lugar de prueba, indispensable camino
para otra vida mejor. La presente, pues, aunque fuese muy mala, no era
nunca mala, ya que en ella, si se padeca con resignacin, mientras ms
se padeciese, mejor y ms abundante cosecha se recoga y se atesoraba de
frutos que no se corrompen y de riquezas que nadie roba. Y como doa
Ins no gustaba de quedarse atrs en nada, sino de adelantarse en todo,
y ser tambin importante cosechera de los mencionados frutos y riquezas,
muy candorosamente estaba persuadida de que padeca o haba padecido
mucho ejerciendo y luciendo su paciencia, compitiendo un poquito con Job
y granjendose los medios de ir al cielo derechita, sin tropezar en
rama, ya se entiende que contando con la misericordia de Dios, que le
perdonara sus pecados, si los tena, pues, segn ya he dicho, no lo
sabemos.

La otra potencia de que se vala doa Ins, sin estudio, espontnea y
sencillamente para blanquear y hasta para dorar la tenebrosa negrura de
su concepto _schopenhaueriano_ del mundo, era el sentimiento vivsimo y
atinado, fuente inexhausta de puros deleites, con que perciba su alma
toda belleza, tanto espiritual cuanto corprea. Llamar a esto buen gusto
me parece poco. El buen gusto, por lo general, es pasivo y estril. En
doa Ins alcanzaba actividad creadora. La visin de la belleza
concebida por doa Ins reluca en las profundidades de su alma y creaba
all otro universo ideal, semejante al exterior universo, salvo que de
l todo mal y toda mengua haban sido expulsados.

Como se ve, no era doa Ins mujer adocenada, sino persona memorable, o
dgase digna de la historia, por lo cual me complazco yo en ponerla en
la ma.

Doa Ins, y perdone el po lector si me repito, a pesar de sus ocho
vstagos, estaba an muy guapa; en lo mejor de su edad, bien cuidada,
alimentada y vestida.

El asomo de rivalidad que brot en su alma, el da de la intempestiva y
pomposa aparicin de Juanita en la iglesia, haba desaparecido
enteramente, merced a la humildad de la muchacha y a la sumisin con que
la acataba y serva. Desechados as los celos, la mente y el corazn de
doa Ins dieron entrada franca al afecto y a la admiracin de la
bondad, del talento y de la hermosura de que Juanita estaba dotada.

No haba primor en Juanita que doa Ins no advirtiese, celebrase y
ponderase. Lleg a notar, a pesar del pobre paolito con que se cubra
la chica espalda y pecho, la admirable perfeccin de toda aquella sana y
virginal estructura. De su rostro no quiero ni puedo decir ms sino que
le pareca el de un ngel. Y, por ltimo, pona en Juanita casi, casi
tanta discrecin, ingenio y bondad como en ella misma. En suma, doa
Ins miraba y estudiaba a Juanita como el sabio crtico, buen gramtico
y mejor esttico mira y estudia un bello poema, o como el gran conocedor
y perito en las artes plsticas mira y estudia una obra maestra de
escultura.

Cualquiera imaginar que, llegadas las cosas a este punto, Juanita
podra apoderarse de la voluntad de doa Ins y hacer de ella lo que le
diese la gana; pero sucedi lo contraro. Frecuentemente recelaba
Juanita que se le iba a acabar la paciencia, y all en sus adentros
deca: Peor est que estaba. A fin de que se comprenda el fundamento
que tena Juanita para decir que estaba peor, pondr aqu uno de los
discursos que doa Ins, con frecuencia, le diriga:

--Hija ma--exclamaba--, hay en las condiciones y circunstancias que han
de influir en tu destino cierta contradiccin que puede ser causa de mil
desventuras. Por tu belleza, por tu talento y por la elevacin moral de
tu alma mereces casarte con un prncipe, dechado de todas las
perfecciones. Por tu desventurado nacimiento, por la clase humilde a que
perteneces y por la pobreza que te obliga a residir en este lugar,
tendrs que quedarte soltera o tendrs que casarte con un labrador rudo
y zafio. Si te quedas soltera, de continuo te vers expuesta a los tiros
de la envidia y a las emponzoadas mordeduras de la calumnia, y te
rodearn, adems, groseras seducciones, a alguna de las cuales quin
sabe si ceders en un momento de flaqueza, porque todas somos dbiles y
ninguna puede estar segura de no tropezar y de no caer si en un solo
momento la deja Dios de su mano y no la sostiene con su gracia. Pues no
digo nada si, movida por la vanidad o por pasiones ms tiernas y propias
de tus verdes aos, y cegada por ellas hasta desconocer la ruindad del
sujeto que te enamora, te casas al fin con un hombre de tu clase, con
algn palurdo de esta tierra. Qu desgracia la tuya entonces! Pronto
llegara el desengao! Vaya..., me horrorizo de pensar en ello. Sera
una profanacin. Sera un sacrilegio nefando. Cmo entregar tanto
tesoro a quien sera incapaz de comprenderlo y de saber lo que vale? En
mi sentir, sera locura semejante a la de echar ramilletes de flores, en
vez de paja y cebada, en el pesebre del mulo, o la de derramar perlas en
la pocilga del marrano en vez de un celemn de bellotas. Por otra parte,
hija ma, cuntos disgustos, desvelos y cuidados no vendrn sobre ti
con el matrimonio? Quiero prescindir de que tu marido acaso sera pobre;
y si era tambin torpe y holgazn, tendras que matarte trabajando para
mantenerle; y quiero prescindir de los sobresaltos y penas que te daran
tus hijos, si los tenas. Lo ms espantoso..., aunque no lo s por
experiencia, me horripilo de imaginarlo..., es si descubras en tu
consorte vicios y miserias que le hiciesen aborrecido y que hasta asco
te causasen. Acudira entonces a tu espritu, obsesin diablica!, un
pensamiento pertinaz que puede conducir a los mayores pecados. Figrate
t que pensase y discurriese como ser racional y filantrpico la
turquesa en que se forman las balas: qu desesperacin no tendra de
que la empleasen tan en perjuicio de la Humanidad! Pues no es menor la
rabia de la esposa que, cuando va a ser madre, recela que ha de dar al
mundo como copias exactas de la ruindad o de la perversidad de su
marido. Tan horrible pensamiento la inclinar a ser infiel o la
arrastrar a la locura.

Esto, con adornos y variantes, era lo que deca doa Ins casi de diario
a su amiga y acompaante, sentando premisas, pero sin sacar por lo
pronto consecuencia alguna.

Otras veces le describa con viveza y con sombros colores la corrupcin
de nuestro siglo, el bajo nivel en que estaban las almas, las
mezquindades y maldades del mundo y lo agradable y lo conveniente que
sera retirarse de l, en vista de que no puede satisfacer ninguna de
nuestras nobles aspiraciones.

Afirmaba doa Ins que ella haba deseado y deseaba siempre buscar un
santo retiro; pero ya que no poda ser por las mil obligaciones que
haba contrado y que le era indispensable cumplir por enojosas que
fuesen; porque tena hijos que criar y educar, marido de que cuidar y
hacienda que ir conservando y mejorando, a fin de transmitirla a los que
haban de heredar un nombre ilustre, que deslustraran al quedar
hurfanos y abatidos por la villana pobreza.

En resolucin, doa Ins quiso persuadir a Juanita, y me parece que
hasta logr persuadirse ella misma, de que deseaba ser monja, de que por
imposibilidad no lo era y de que haca un sacrificio en no serlo.

De todo ello acab por deducir y por declarar, como lgica solucin, que
Juanita deba huir de los peligros, miserias y adversidades de esta
sociedad corrompida, la cual no mereca gozar de su presencia, y que
deba refugiarse en el claustro mientras permaneciese en la tierra, ya
que la tierra no la mereca y ya que por su valer, para el cielo, sin
duda, estaba predestinada.

A pesar de las vehementes y sabias exhortaciones de doa Ins, Juanita
distaba ms cada da de hallar peligroso el mundo (maldito el miedo que
le tena ella), no lograba persuadirse de que la sociedad fuese tan
viciosa y tan mala, ni de que el enamorarse y el casarse pudieran
acarrear tamaas desventuras. De aqu que no tuviese la menor
inclinacin ni vocacin a la vida monstica. Pero como a doa Ins se le
haba puesto en la cabeza que ella fuese monja, y cuando formaba un plan
era punto menos que imposible hacerla desistir, la pobre Juanita se vea
muy apurada.

A cada momento senta el conato de echarlo todo a rodar y de declarar a
doa Ins que Dios no la llamaba por el camino por donde ella quera que
fuese. Se contena, no obstante, a fin de no armar la de Dios es Cristo,
de no perder en un minuto cuanto haba conseguido trabajando ms de un
ao y de no verse de nuevo en guerra con los poderes constituidos y con
toda la poblacin que respetaba y obedeca a dichos poderes.

Juanita no dijo que s; no acept lo del monjo, pero no dijo que no;
pronunci frases vagas o se call y baj la cabeza.

Tomando doa Ins para regla de interpretacin el refrn de quien calla
otorga, dio por sentado que Juanita estaba decidida a entrar en un
convento, y ya, en su fantasa entusistica, se la representaba santa,
cuya vida se intercalara en las ediciones futuras del _Ao Cristiano_.
Doa Ins dio parte de este triunfo al padre Anselmo, quien se llen de
piadoso jbilo, y aun se sinti lisonjeado al prever que l figurara en
la vida de la nueva santa como el instrumento de que se vala el Cielo
para convertirla y glorificarla.




XXV


Por dicha no se apresuraba doa Ins para que el plan del monjo de
Juanita se realizase, y as le daba tiempo de apercibirse a la rebelin
con fuerza bastante para sacudir el yugo sin menoscabo de sus intereses
y proyectos.

Si bien doa Ins senta y confesaba que iba a hacer un inmenso
sacrificio al desprenderse de Juanita, nica mujer que la comprenda en
el mundo y que poda ser su compaera, en manera alguna quera
prescindir de este sacrificio, que le dara honra entre los mortales y
que Dios lo tendra en cuenta para pagrselo en el cielo. Persista,
pues, con firmeza en su plan, pero lo retardaba, y mientras lo retardaba
lo iba completando en sus pormenores, consultndolo todo con el padre
Anselmo.

Decidi doa Ins pagar ella el dote de Juanita. Sobre lo que vacilaba
an era sobre el convento en que deba ponerla. Despus de haber
desechado muchos, pens en uno que hay en Ecija, con cuya abadesa se
carteaba, porque era all donde se hacan los clebres bizcochos de yema
imitados por Juana la Larga. Afirmaba doa Ins que toda persona que
tena buen paladar reconoca al punto la imitacin de Juana, porque
careca del _quid divinum_ que hay en los legtimos, prestndoles tan
soberano sabor, que si con grosero y material supuesto pudisemos
imaginar que los querubines, cuando bajan a la tierra con algn mensaje
de arriba, tienen el capricho o se allanan a comer algo, sin duda que no
comeran otra cosa que los tales bizcochos de yema hechos por las
mencionadas monjas.

A despecho de tan importantes motivos, no sabemos por qu doa Ins
desisti de que Juanita fuera al convento de Ecija, y hubo de fijarse al
fin en las Comendadoras de Santiago, en Granada, donde, si no se hacen
aquellos peregrinos e inimitables bizcochos, se hacen los mejores
almbares de toda Andaluca. Mientras trazaba y preparaba doa Ins todo
esto en favor de Juanita, de quien se haba declarado protectora y
directora, su cario hacia la protegida y la discpula iba creciendo ms
y ms, dando de s raras muestras y combinndose en l lo sagrado y lo
profano.

Un da estuvo doa Ins tan sentimental, que deshizo el peinado de
Juanita, admir su abundante, undosa y suave mata de pelo, la bes
varias veces, calific de horrible desacato el que las manos rudas e
impuras de un campesino lograsen tocarla y enredar los dedos en ella, y
se la figur ya como cortada al pie del altar el da en que Juanita
profesase, rogndole que para entonces se la legase a ella, porque ella
la conservara como reliquia del ms subido precio.

Juanita agradeci mucho esta lisonjera peticin de doa Ins, y, casi
con lgrimas de gratitud en los ojos, prometi a doa Ins que la mata
de pelo sera suya cuando se la cortase.

Merced a tantas entrevistas y confidencias de las dos amigas, Juanita
estaba casi todas las tardes en casa de doa Ins, no yndose de su lado
o de su casa hasta pasada la hora en que solan venir los seores de la
tertulia.

Algunos de estos vean a Juanita en la antesala, y como all estaba sin
cubrirse la cabeza y sin ocultar y dar sombra a la cara, con el mantn
muy echado hacia adelante, segn el recato y el beaterio lo exigen,
Juanita, sin poderlo evitar, no les pareca saco de paja, y a menudo la
miraban por estilo pecaminoso.

Quien ms se adelant en esto fue el propio amo de la casa, el seor don
Alvaro Roldn, que era muy tentado de la risa. En varias ocasiones,
hallando a Juanita sola, la requebr con ms fervor que chiste y finura,
y Juanita, que vea en aquel caballero sujeto a propsito para descargar
su mal humor, le responda siempre con feroz desabrimiento o con
sangrienta burla. Y como don Alvaro ni por esas se desengaase y se
atreviese un da a dar a la muchacha una palmadita en la cara, ella le
dijo mirndole de arriba abajo con desprecio y enojo:

--Las manos quietas, seor don Alvaro. Contntese usted con tocar el
violn, y a m no me toque. Pues no faltara ms! Ser menester que me
queje yo a doa Ins de la insolencia de usted? Para que una mocita
decente est tranquila en esta casa, necesitar la seora atar a usted
con una cadena al lado del mono?

Don Alvaro, que era tmido, blandengue y avezado a la servidumbre,
recel que Juanita armase un alboroto, le cobr miedo y desisti de su
amorosa empresa.

Haba al mismo tiempo, ya se entiende que en otras ocasiones y apartes,
otro personaje ms emprendedor y menos asustadizo. Fue este el propio y
respetado cacique de Villalegre: el excelentsimo seor don Andrs
Rubio.

Tambin don Andrs, que no faltaba nunca a la tertulia, encontr no
pocas veces a Juanita, ya en la antesala, ya en los corredores, ya en la
escalera, ya en el zagun cuando ella se iba.

Don Andrs haba admirado mucho a Juanita el da en que ella se mostr
imprudentemente tan engalanada en la iglesia, y haba conservado de ella
muy buena impresin. No la defendi en la tertulia por no contradecir a
doa Ins y por no censurar indirectamente la excesiva severidad del
padre Anselmo contra el lujo de las mujeres; pero all en su interior no
vio nunca malicia en lo que Juanita haba hecho, y se limit a
calificarlo de inoportuna ligereza, de que la madre era ms culpable que
la hija. De suerte que don Andrs no crey en su arrepentimiento y en su
deseo de ser monja.

Don Andrs conoca el carcter de doa Ins y daba por evidente que doa
Ins, as como en un principio haba hecho vctima a Juanita de su
enojo, imaginndosela, aunque en cierne, una desaforada pecadora,
despus, trocado el enojo en estimacin, admiracin y cario, se
propona, con el mejor intento y por su mana de gobernarlo y de
arreglarlo todo, hacer vctima a Juanita empujndola a la santidad por
un camino que ella no tena ganas de seguir.

As predispuesto, don Andrs empez por mirar a Juanita con cierta
benigna curiosidad cuando casualmente pasaba cerca de ella y la hallaba
sola. Despus, sin reflexionar en lo que haca, don Andrs y quin sabe
si la muchacha misma, ya que hasta la ms inocente suele dejarse guiar
por endiablados instintos, prestaron auxilio a la casualidad y la
convirtieron en providencia, hallndose casi todos los das y pasando
tan cerca de ella, que casi tropezaban o se tocaban.

Es natural que Juanita no se escondiese ni huyese, porque ni ella era
medrosa ni don Andrs era el bu ni una fiera.

Don Andrs era un caballero muy bien educado, pulcro y finsimo,
soltero, que no haba cumplido an cuarenta aos, y verdadero amo y
seor de Villalegre, donde haca ya ocho aos que reinaba con lo que
podemos calificar de despotismo ilustrado.

No me incumbe aprobar ni reprobar aqu el despotismo, aunque sea con
ilustracin, ni mostrame partidario o adversario del cacicazgo. Yo tomo
y empleo el vocablo en cierta acepcin, como generalmente se emplea,
aunque siento que contenga implcita una injuria para las poblaciones en
que hay cacique, porque es suponerlas salvajes, y no quiero calificar de
tales a los de Villalegre. Desecho, pues, la suposicin implcita y
acepto y empleo los vocablos de cacique y cacicazgo como los ms
usados y adecuados para expresar la condicin de don Andrs y el poder
que en Villalegre ejerca. El haba heredado este poder de su padre y
luego le haba mejorado y engrandecido mucho, ayudado por la actividad y
variadas aptitudes de don Paco, y aun por los consejos e inspiraciones
de doa Ins, quien, segn se deca, ya con malicia, ya con sencillo
aplauso, era la ninfa Egeria de aquel Numa.

El, antes de retirarse al lugar despus de la muerte de su padre para
cuidar de la hacienda y hacer vida de labriego, desengaado y harto del
estruendo de las grandes ciudades y de sus pompas vanas, haba pasado
mucho tiempo en Madrid, en cuya Universidad haba hecho sus estudios, y
hasta haba viajado algo por Francia, Italia e Inglaterra.

Era, por tanto, don Andrs un cacique archiculto y como hay pocos. Y
conviniendo yo en esto con mi entusistico amigo el diputado novel,
afirmo que si todos los caciques fueran como don Andrs, sera gran
ventura que cada pueblo tuviese su cacique; todo en cada pueblo estara
bien aseado y mejor cuidado; dara gusto andar por sus paseos y por sus
caminos; el maestro de escuela no se morira de hambre, y se gozara de
tan ordenada libertad, que el boticario podra ser impunemente, como don
Policarpo, brujo y ateo, sin que por esto se suprimiesen ni dejasen de
celebrarse con devocin, entusiasmo y regocijo hasta las ms candorosas
procesiones, aunque hubiese en ellas judos, soldados romanos, Longinos
con lanza y lazarillo despus de quedarse ciego, paso de Abrahn y
apstoles y profetas.

Todas estas tradicionales, artsticas y pintorescas manifestaciones de
la piedad religiosa encantaban ms a don Andrs que al ms sencillo
devoto de todos los habitantes de Villalegre, y por su gusto no se
suprima nada, sino que se aumentaba y se mejoraba bastante.

Tal era el cacique don Andrs Rubio, inclinado a admirar todo lo bello y
candoroso. Cmo, pues, no haba de admirar tambin a Juanita, dejndose
llevar de su irreflexiva admiracin a modo de quien se desliza y cae sin
sentir por un suave declive?




XXVI


Era ya a mediados del mes de enero, y haca todo el fro que puede hacer
en aquel clima tan benigno.

La tertulia de doa Ins estaba ms animada y concurrida que nunca,
sobre todo los jueves, da de gran recepcin. En la sala haba una
hermosa chimenea de campana, sobre la cual, as como en la puerta de la
casa, reluca el escudo de armas de la familia. En el hogar, saliente y
no empotrado en la pared, alegraban la vista con sus llamas y daban
grato calor la pasta de orujo, los secos sarmientos y la lea de encina
y de olivo.

Abundaban all los muebles cmodos, y nunca faltaba, por lo menos, una
mesa de tresillo.

De diario eran tertulianos constantes el padre Anselmo y don Andrs. Y
lo era, as mismo, el mdico, ya bastante viejo y chapado a la antigua,
hombre de pocas palabras, pero sapientsimo tresillista, que sola hacer
el cuarto en la mesa cuando doa Ins jugaba. A fin de tener esta
satisfaccin honrosa, y tal vez para ganar algunos reales, porque se
jugaba a diez por cada cien tantos, y l ganaba casi siempre, se
violentaba el mdico hasta el extremo de afeitarse un da s y otro no,
y dejar en la antesala la capa y el sombrero, sin entrar con la capa
sobre los hombros, cuando no embozado y con el sombrero encasquetado
hasta las cejas, segn sola entrar en las dems casas donde iba de
visita. Tan profundo era el respeto que doa Ins le inspiraba!

Los jueves la concurrencia era mucho mayor y sola haber dos y aun tres
mesas de tresillo. Venan el alcalde, cuatro o cinco de los mayores
contribuyentes y el tendero murciano don Ramn, que era la persona ms
acaudalada del lugar despus de don Andrs. Venan, por ltimo, don
Pascual, el maestro de escuela, y don Policarpo, el boticario.

Doa Ins haba mostrado cierta repugnancia a que el boticario viniese;
pero don Andrs haba conseguido vencerla, no sin prometer antes leer al
boticario la cartilla para que no se desmandase ni dejase escapar alguna
barbaridad impa o librepensadora. Don Andrs le dijo que l respetaba
como nadie la libertad de conciencia y de enseanza; pero que si quera
gozar de la tertulia de los seores de Roldn, deba ser como los
catedrticos pagados por el Gobierno, que si son prudentes y juiciosos,
se guardan sus impiedades para mejor ocasin, y en la ctedra, que es su
tertulia de doa Ins, son muy comedidos y procuran no decir nada que
ofenda las creencias de quien los paga o de quien los recibe.

El boticario, que tena mucha gana de ir a la tertulia, acept las
condiciones, y siempre que fue se dej el libre pensamiento en su casa,
aunque no pudo dejarse ni quiso cortarse su endiablada y taumatrgica
ua.

Durante mucho tiempo fue doa Ins la nica seora que en la tertulia
haba. Pareca aquello un club de caballeros con una seora presidenta.

Haca poco tiempo, no obstante, que se haba introducido una
sorprendente novedad.

A la tertulia de los jueves primero, y ms tarde a las de diario,
asista otra seora. Era esta la noble viuda doa Agustina Sols y
Montes de Allende el Agua, matrona de treinta y pico de aos, aunque
lozana, fresca, graciosa, de buenas carnes y mejor parecer, y con
veintiocho o treinta mil reales de renta sobre poco o ms o menos.

No era menester ser un lince para comprender que doa Ins, cuando
consenta que hubiese otra dama en su tertulia, y aun gustaba de ello,
era porque haba decidido y decretado casarla con su padre, don Paco.

Doa Agustina estaba tan satisfecha de aquella inusitada distincin y
tan agradecida y sumisa a doa Ins, que sin dificultad recibiera en su
corazn, como la blanda cera recibe el sello, el nombre, la imagen y el
afecto de la persona que doa Ins quisiese grabar en l. Y era tanto
ms fcil este grabado cuanto que don Paco no slo estaba muy de recibo,
sino que tena hermosa presencia y la merecida reputacin de ser el
hombre ms entendido y discreto de Villalegre. Adems, doa Agustina--y
doa Ins lo saba de buena tinta--estaba harta de viudez y de tener el
corazn vaco o como tabla rasa y lisa, y deseaba hallar algo digno de
que en l se grabase.

Tal vez para buscarlo se compona y se atildaba con esmero, y hasta
haba ido a varias ferias y romeras en otras poblaciones; pero todo
haba sido en balde y no haba hallado hasta entonces sujeto que le
petara.

Doa Ins esperaba con fundamento que le petara don Paco. Y como
necesitaba para esto que don Paco la viese, hablase con ella y estuviese
muy fino, doa Ins, que antes de concebir este proyecto de boda no se
empeaba mucho en que viniese su padre a la tertulia, le excitaba ahora
y casi le mandaba, con el desenfado imperatorio tan propio de ella, que
no dejase de venir ninguna noche.

Don Paco obedeca y vena, de suerte que de diario Juanita le vea
entrar, cuando ella estaba en la antesala, si bien don Paco, desdeado
y despedido, no se detena a hablar con ella y pasaba de largo,
limitndose a decir buenas noches.

Juanita contestaba al saludo con fingida indiferencia; pero a
hurtadillas miraba a su antiguo pretendiente, y cada vez que le miraba
le encontraba mejor. El tinte de melancola que se mostraba en su
semblante le haca parecer ms digno y ms hermoso. Juanita imaginaba,
ufanndose, que el amor de l, aunque mal pagado, haba ennoblecido y
hermoseado su alma y sus facciones, desterrando de ellas aquella vulgar
expresin que sola tener antes, cuando l, exento de amor sublime y
poco venturoso, luca su ingenio diciendo chuscadas a menudo
chocarreras.

As, y no muy poco a poco, sino de prisa, reconoci Juanita que el
aprecio y la amistad que siempre le haba inspirado don Paco se
convertan en amor, y que el amor aumentaba a pesar de tener ms de
medio siglo su objeto.

Influa muchsimo en este aumento el recelo que Juanita tena de perder
a su desdeado adorador, de que este acabase por sanar de su pasin
desgraciada y de que al fin cediese a las insinuaciones o casi mandatos
de su hija.

Dice un precepto vulgar: Lo que no quieras comer djalo cocer. Pero
apenas hay hembra que cumpla con tal precepto cuando se aplica a cosa de
amores. Juanita no lo hubiera cumplido aunque no hubiera amado ya a don
Paco. La consolaba y la hechizaba tener aquella vctima constante y ver
arder aquel corazn, cual perpetuo holocausto, en aras de su hermosura.
Aun cuando ella no hubiese aceptado el sacrificio, se hubiese afligido
mucho de que viniese doa Agustina y le robase el corazn sacrificado.
Mayor era an la afliccin de Juanita al notar que el sacrificio de don
Paco le era cada da ms agradable. Tentaciones tena a menudo de
detener a don Paco cuando pasaba por la antesala, de decirle que se
arrepenta de haberle escrito la carta despidindole y de encomendarle
que no entregase a doa Agustina el corazn, porque ella le quera para
s y le cuidara con ms regalo y mimo que ninguna otra mujer de la
tierra.

Cuando Juanita vea pasar por la antesala a doa Agustina, que iba muy
pomposa a la tertulia, la sangre del valiente oficial de Caballera que
circulaba en sus venas se alborotaba toda, y necesitaba ella del dominio
que tena sobre s para contener sus mpetus y no araar a doa
Agustina. Otras veces, recordando ciertas maas, usos y costumbres que
haba tenido en su venturosa y libre niez, senta el prurito de agarrar
a aquella seora y, segn sola hacer _in tilo tempore_ con otras nias
de su edad y aun mayores, alzarle las faldas y darle una buena mano de
azotes.

Pero si Juanita era brava, tambin era discretsima; y firme en sus
propsitos de ser prudente, se refrenaba y se venca. Por coincidencia,
y aunque ella no hubiese ledo el soneto de Lope, conceba imgenes
pastoriles y acaso se figuraba a doa Agustina como a una _mayorala_ o
_rabadana_ que llevaba en pos de s, atado con un cordn, el manso que
ella, la zagala Juanita, haba cuidado con esmero, dndole de su sal a
puados. Y entonces se le antojaba decir a doa Agustina: Suelta el
manso, que es mo; djalo en libertad, y vers cmo viene a m.

          Que an tienen sal las manos de su dueo.

Sin embargo, Juanita se limitaba a cavilar y a recelar, permaneciendo
inactiva. Todo lo que entonces hubiese hecho en contradiccin con los
dos proyectos de doa Ins del casamiento de su padre y del monjo de
ella, hubiera sido la ms audaz rebelin contra la tirana de la reina
absoluta de Villalegre, y a don Paco y a ella los hubiera puesto en
peligro de tener que emigrar, como Adn y Eva, expulsados del Paraso.

Por otra parte, Juanita era tan orgullosa, que por ms que le doliese el
recelo de que doa Agustina le quitase a don Paco, no quera, llamndole
a s, acudir al punto a evitarlo y quedarse con la duda de que l, no
llamado, hubiese podido ceder y entregarse a otro dueo.




XXVII


Como en el lugar entenda todo el mundo que cualquier decreto de doa
Ins infaliblemente haba de cumplirse, y como se divulg que estaba
decretado el casamiento de don Paco y de doa Agustina, apenas qued
persona que no lo diese ya por cosa hecha. No s encarecer cuan
fieramente soliviantaba esto y enojaba a Juanita.

Todava, sin embargo, disculpaba a don Paco recordando que ella le haba
despedido y que l no tena que guardarle fidelidad. Pensaba en que l
observaba quiz un prudente disimulo parecido al que ella observaba; y
de esta suerte se avena a perdonarle que no se rebelase contra doa
Ins; que fuese tan obediente que de diario viniese a la tertulia; que
no pocas noches, segn Juanita averigu, cumpliendo don Paco con el
mandato de su hija, acompaase a doa Agustina hasta su domicilio, para
que no fuese sola con la criada que vena en su busca, y que tal vez se
mostrase corts y galante con doa Agustina para que doa Ins no
rabiara.

Con tal moderacin discurra a veces Juanita, pero con ms frecuencia
perda la moderacin y se pona hecha un veneno.

Entonces calificaba a don Paco de inconsecuente, de voluble y de
interesado; procuraba aborrecerle o despreciarle, y se senta
predispuesta, tentada y ansiosa de tomar represalias.

Don Andrs Rubio, entre tanto, segua viniendo todas las noches en casa
de doa Ins, y Juanita, con no aprendida coquetera, le echaba miradas
extraas, miradas de aquellas que parecen escritura misteriosa, donde la
misma persona que ha escrito ignora o tiene idea confusa de la
revelacin que hace y donde el que lee cree leer la revelacin y concibe
dulces esperanzas.

De las miradas se pasa a las palabras con suma facilidad, y don Andrs,
procurando hallar siempre sola a Juanita, se acercaba a ella al ir a
entrar en la tertulia y le disparaba a boca de jarro, como si fuera su
boca la ametralladora del dios Cupido, un diluvio de flores y una
descarga cerrada de piropos ardientes.

Ella, ms cauta en el hablar que en el mirar, ya bajaba los ojos y se
esquivaba sin responder, ya responda con desvo, si bien templado y
dulcificado por el respeto y por la afectuosa consideracin que
personaje de tantas campanillas no poda menos de inspirarle. Tampoco
atinaba Juanita a disimular el contento consolador que tamaa lisonja y
tales halagos ponan en su pecho.

--Reprtese vuecencia--deca--, y no se burle de una pobrecita muchacha.
Cmo he de creer yo que guste vuecencia de mi ordinariez cuando
vuecencia est acostumbrado a tantas delicadezas y a tantas finuras?
Vuecencia ha dado prueba de tan buen gusto, que... vamos, yo no quiero
creer que tenga ahora estragado el paladar. Djeme, seor, sosegada; no
trate de sacarme de mis casillas. Jess!, bonita se pondra doa Ins
s llegase a entender que vuecencia andaba requebrndome y que yo le oa
faltando al decoro que se debe a esta casa tan respetable.

Y con estas palabras o con otras por el estilo se apartaba Juanita de
don Andrs y se iba a otro extremo de la antesala.

Cuando don Andrs la persegua, Juanita se fugaba por los corredores.

Don Andrs cesaba en su persecucin para evitar que le viesen.

Deplorando lo poco o nada que adelantaba en la campaa en que se haba
empeado, y no queriendo ser otro Fabio Cunctator, apel a ms eficaz
estrategia y se apercibi para emboscadas y asaltos. En vez de buscar a
Juanita en la antesala, la aguard en el zagun, sin entrar en la casa
hasta que saliese Juanita para irse a dormir a la suya.

Juanita no tema a nadie ni nadie se le atreva, y se iba sola, aunque
las calles estuviesen oscuras. Su casa, adems, no estaba lejos.

Don Andrs no quiso hacerse el encontradizo; confes con franqueza que
la estaba aguardando y la acompa varias noches seguidas, aunque ella
siempre lo repugnaba.

Pasmosos fueron el arte que emple Juanita y el ingenio y la energa de
voluntad que supo desplegar para tener a raya a don Andrs y conseguir,
sin romper con l por completo, que no se viniese a las manos. El genio
de ella, de ordinario alegre y burln, y la facilidad que tena para
echarlo todo a broma le valieron de mucho en aquellas circunstancias
difciles. Porque, a la verdad, ella no quera que don Andrs se
extralimitase, pero no quera tampoco que se le fuese, y era arduo
problema y cuestin de milagroso equilibrio el mantenerse sin caer ni a
un lado ni a otro, yendo sin balancn como por una maroma de cuerda
tirante.

A cada requiebro, a cada proposicin que don Andrs le haca, Juanita
contestaba con un chiste o con un tan incoherente disparate, que don
Andrs, aunque mortificado y chafado, no poda tomarlo a mal y tena que
rerse.

Juanita, al verse acompaada por don Andrs, apresuraba el paso, y en
cuatro brincos se plantaba en la puerta de su casa. Don Andrs pugnaba
entonces por entrar.

--Huy! Huy!--exclamaba Juanita--. Est dejado vuecencia de la mano de
Dios? Pues sera curioso que entrase a jugar al tute con mi mam, que
an est despierta con ansia. Cmo puede querer vuecencia, en lugar de
hacer con doa Ins una partida de tresillo, hacerle conmigo una partida
serrana? Vlgame Santo Domingo, nuestro patrono! Yo no me lo
perdonara.

--Por Dios, no seas retrechera; djame entrar, djame entrar, encanto de
mis ojos.

--Cielo santo y qu cosas dice vuecencia! Qu lenguaje emplea! Ese
debe de ser el mal lenguaje del demonio, del que tanto habla el
venerable padre maestro fray Juan de Avila en un libro que me hace leer
mi seora doa Ins para prepararme a monja.

--Y t quieres serlo?

--All lo veremos. A menudo se me antoja que la vocacin me acude, sobre
todo al ver los peligros que rodean a una infeliz criatura desvalida y
tonta como yo. Pero, en fin, aunque tonta, yo no quiero ser ingrata con
doa Ins, que me gua por el mejor camino y que me va a pagar el dote
para entrar en el claustro.

--Y qu ingratitud sera la tuya? En qu ofenderas a doa Ins si me
quisieses?

--Le parece a vuecencia que sera la ofensa chica si yo desconcertase
su plan de hacer de m una santa y si me transformase?... Vamos, vyase
vuecencia a la tertulia de doa Ins y no sea pesado.

Juanita repiqueteaba entonces estrepitosamente el aldabn de su puerta,
y no bien la entreabra o su madre o la criada, se colaba ella, cerraba
de golpe y casi daba a don Andrs con la puerta en los hocicos.

Con estos lances, tratos y conversaciones, don Andrs se emberrenchinaba
ms cada da, y su circunspeccin iba desapareciendo. Fuerza es
confesar, aunque no redunde en alabanza de Juanita, que esta no
desengaaba ni zapeaba a don Andrs por completo y que se deleitaba en
retenerle y en provocarle con sus retrecheras.

Es cierto que reconociendo Juanita que era peligroso dejarse acompaar
por don Andrs todas las noches, espi con maa el momento en que don
Andrs no la aguardaba en el zagun, y en lo sucesivo logr escaparse
siempre a su casa sin ser por don Andrs acompaada.

Cuando pasaron muchas noches escapndose siempre ella, apesadumbrado don
Andrs, exaltado y como fuera de s, le dio las ms sentidas quejas,
hallndola sola en la antesala. La vehemencia de los sentimientos del
cacique se revelaba en su precipitado discurso, en su gesto, en su
ademn y en su acento conmovido. Sin reparar en nada levant la voz.

--Por las nimas benditas!--dijo la moza--; tmplese vuecencia y mire
por s, ya que no mire por m, y no promueva aqu un alboroto ridculo y
se convierta en la fbula del lugar y sea la comidilla de todos los
maldicientes.

--Nada me importan los maldicientes si t me bendices como yo te
bendigo. Bendita seas mil y mil veces, y bendita sea la madre que te
pari.

Y diciendo esto, sin atender a ms razones, se ech como loco sobre
ella, y tan de repente, que ella no pudo sustraerse a sus abrazos y a
sus besos. Cinco o seis, que en el nmero no estn de acuerdo los
historiadores, le plant en las frescas mejillas, que se pusieron rojas
como la grana. Y no contento, le busc la boca para besrsela, y se la
hall y se la bes.

No estuvieron sus labios junto a los de ella el tiempo que los de don
Tristn de Leons y la reina Iseo, de los que dice el antiguo romance:


          Tanto estuvieron unidos
          cuanto una misa rezada.


Al contrario, no bien se recobr Juanita del susto y de la sorpresa,
puso una cara tan feroz que daba miedo, a pesar de ser tan hermosa, y
agarrando con ambas manos por los hombros a don Andrs, le sacudi lejos
de s con tal fuerza, que vacil como ebrio y falt poco para que cayese
por tierra. Poco antes haba entrado don Paco en la antesala; de suerte
que si vio el empujn, vio tambin los besos que lo haban motivado.

Qu haba de hacer don Paco? Hizo como s nada hubiese visto. Y l y
don Andrs entraron en la tertulia segn costumbre.




XXVIII


Al da siguiente ocurri en Villalegre un caso que sorprendi y dio
mucho que hablar.

Ni por el Ayuntamiento, ni por casa del alcalde, ni por la escribana,
ni por parte alguna pareci don Paco, que de diario acuda a todas para
desempear sus varias funciones. Fueron a casa de l, y tampoco le
hallaron all. El alguacil y su mujer, que le servan y cuidaban, no
saban cmo ni cundo se haba ido y no daban razn de su paradero.

Pas todo el da sin que don Paco volviese y sin que se averiguase dnde
estaba, y creci el asombro. Nadie acertaba a explicar la causa de
aquella desaparicin. Mucho tiempo haca que por aquella comarca, merced
al bienestar y prosperidad que reinaban y a la benemrita Guardia Civil,
no se hablaba de bandidos y secuestradores.

Dnde, pues, estaba metido don Paco?

La gente se lo preguntaba y no se daba contestacin satisfactoria.

Los amigos, y simultneamente don Andrs Rubio, se mostraban inquietos.
Slo no se alteraba doa Ins. Su carcter estoico y su resignada y
cristiana conformidad con la voluntad del Altsimo conservaban casi
siempre inalterable la tranquilidad de su alma. Doa Ins, adems, no
vea nada alarmante en el suceso, y a ella misma y a sus amigos don
Andrs y el padre Anselmo se lo explicaba del modo ms natural. Supona
y deca con sigilo que su seor padre, aunque estaba sano y bueno y
tena ms facha de mozo que de anciano, haba empezado a envejecer,
claudicar y flaquear por el meollo; culpa quiz de lo mucho que con l
trabajaba y estudiaba. Ello era que, segn doa Ins, su padre, desde
haca tiempo, daba frecuentes aunque ligeros indicios de extravagancia y
de chochez prematura. Tal era la causa que hallaba doa Ins para la
desaparicin de don Paco. Y afirmando que sin ms razn que su capricho
se haba ido paseando y tal vez vagaba por los desiertos y cercanos
cerros, pronosticaba que cuando se cansase de vagar volvera a la
poblacin como tal cosa.

Ni en toda aquella noche ni durante el da inmediato se cumpli, sin
embargo, el pronstico de doa Ins.

Cuando volvi Juanita a su casa, entre nueve y diez de la noche, don
Paco an no haba parecido.

Juanita, que no era estoica ni tan buena cristiana como doa Ins,
estaba angustiadsima y llena de inquietud y de zozobra, por ms que
hasta entonces lo haba disimulado.

Cuando se vio a solas con su madre, no pudo contenerse ms y le abri el
corazn buscando consuelo.

--Don Paco no ha parecido--le dijo--. Mi corazn presiente mil
desventuras.

--No te atormentes--contest la madre--; don Paco parecer. Qu puede
haberle sucedido?

--Que s yo? Nada te he dicho, mam; hasta hoy me lo he callado todo.
Ahora necesito desahogarme y voy a confesrtelo. Soy una mujer
miserable, indigna, necia. Pude tenerlo por mo y le desde. Ya que le
pierdo, y quiz para siempre, conozco cunto vale, y le amo;
perdidamente le amo. Y para que veas mi indignidad y mi vileza, amndole
le he faltado: he atravesado su corazn con el pual venenoso de los
celos. Yo tengo la culpa, y don Andrs est disculpado. Yo le atraje, yo
le provoqu, yo le trastorn el juicio, y s me falt al respeto, hizo
lo que yo mereca.

--Nia, no comprendo bien lo que dices. O es que no estoy en autos, o es
que t disparatas.

--No disparato ahora, pero he disparatado antes. Repito que he provocado
a don Andrs para vengarme de doa Ins y para dar picn a don Paco. Yo
estaba celosa. Tem que l se rindiese a doa Agustina. No comprend
cunto me quera l. Ahora lo comprendo. Y ve t ah lo que son las
mujeres: me halaga, me lisonjea creer que me ama tanto, y esta creencia
es al mismo tiempo causa de mi pena y del remordimiento que me destroza
el alma. Nada s de fijo; pero en mi cabeza me lo imagino todo. Sin duda
l me espiaba, y en la oscuridad de las calles me vio y me reconoci, o
me oy charlar y rer con don Andrs, que me acompa varias noches. Y
l, lleno de sospechas y apesadumbrado de creerme liviana, sigui
espindome, y anteanoche, en la misma antesala de doa Ins, me
sorprendi cuando don Andrs me abrazaba y me cubra de besos la cara y
hasta la boca. Yo le rechac con furia; pero don Paco pudo suponer, y de
seguro supuso, que mi furia era fingida porque l haba entrado y porque
yo le haba visto y trataba de aparentar inocencia. Sabes t lo que yo
temo? Pues temo que don Paco, juzgando una perdida a la mujer que era
objeto de su adoracin, se ha ido desesperado sabe Dios dnde.

--De todo eso tiene la culpa--interpuso Juana--esa perra doa Ins; esa
degollante, que no pagara sino quemada viva o frita en aceite.

--Te aseguro, mam, que no s cmo la aguanto an; pero si esto no para
en bien y ocurre algn estropicio, quien la va a quemar y a frer soy yo
con estas manos. No; no soy manca todava. La desollar, la matar, la
descuartizar. No creas t que va a quedarse riendo.

Juana, al ver tan exaltada a su hija, temi la posibilidad de un delito,
y exclam como persona precavida y juiciosa:

--Prudencia, nia, prudencia; no te aconsejar yo que la perdones. Bueno
es ganar el cielo, pero gnalo por otro medio y no con el perdn de
quien te injuria. Dios es tan misericordioso que nos abre mil caminos
para llegar a l. Toma, pues, otro y no sigas el de la mansedumbre.
Conviene hacerse respetar y temer. Conviene que sepan quin eres. Lo que
yo te aconsejo es que tengas mucho cuidado con lo que haces, porque si
t castigas a doa Ins sin precaucin, la justicia te empapelara como
un ochavo de especias, y hasta te podra meter en la crcel o enviarte a
presidio.

--No pretendas asustarme. Si ocurre una desgracia, yo no me paro en
pelillos; la pincho como a una rata, la arao y le retuerzo el
pescuezo. Lo hara yo en un arrebato de locura y no sera responsable.

--No seras--replic Juana--; pero te tendran por loca y te encerraran
en el _manoscomio_, _monomomio_ o como se llame; yo me morira de pena
de verte all.

--Pues qu he de hacer, mam, para castigar bien a doa Ins sin que t
te mueras de pena?

--Lo que debes hacer, ya que tienes con ella tanta satisfaccin y trato
ntimo, es cogerla sin testigos y entre cuatro paredes, darle all tus
quejas, leerle la sentencia y ejecutarla en seguida.

--Y qu quieres que ejecute?

--Acurdate de tu destreza de cuando nia, de cuando con la clera
herva ya en tus venas la sangre belicosa de tu heroico padre: agarra a
doa Ins, descorre el teln y rmale tal solfeo en el _nobilsimo
transportn_, que se lo pongas como un nobilsimo tomate. Ya vers cmo
lo sufre, se calla y no acude a los tribunales. Una seorona de tantos
dengues y de tantos pelendengues no ha de tener la sinvergencera de
ensear el cuerpo del delito al Jurado ni a los oidores.

Al or los sabios consejos de su mam, Juanita mitig su clera, y a
pesar del dolor que tena no pudo menos de rerse, figurndose a doa
Ins, con toda su majestad y entono, azotada e inulta. Luego dijo:

--Aun sin propasarme hasta el extremo de la azotaina, y aun sin cometer
ningn crimen, he de castigarla valindome de la lengua, que ha de
lanzar contra ella palabras que le abrasen el pecho. Ha de lanzar mi
lengua ms rayos de fuego que la ua del boticario. Cada una de las
palabras que yo le diga ha de ser como ua ponzoosa de alacrn que le
desgarre y envenene las entraas.

La iracunda exaltacin de Juanita no poda sostenerse y se troc pronto
en abatimiento y desconsuelo.

--Ay Dios mo!--exclam--. Ay Mara Santsima de mi alma! Qu va a
ser de m si hace l alguna tontera muy gorda, se tira por un tajo o se
mete fraile? Entonces s que tendr yo que meterme monja. Pero yo no
quiero meterme monja. Yo no quiero cortarme el pelo y regalrselo a doa
Ins. Un esportn de basura ser lo que yo le regale.

Y diciendo esto, rompi Juanita en el ms desesperado llanto. Abundantes
lgrimas brotaron de sus ojos y corran por su hermosa cara; pareca que
iban a ahogarla los sollozos y se ech por el suelo, cubrindose el
rostro con ambas manos y exhalando profundos gemidos.

La madre, que estaba acostumbrada a los furores de Juanita, no haba
tenido muy dolorosa inquietud al verla furiosa; pero como Juanita era
muy dura para llorar, y como su madre no le haba visto verter una sola
lgrima desde que ella tomaba, cuando nia, alguna que otra perrera, su
llanto de entonces conmovi y afligi sobre manera a Juana.

--No llores--le dijo--. Dios har que parezca don Paco, y ni l ser
fraile ni t sers monja, como no entris en el mismo convento y celda.

En suma, Juana, llorando ella tambin, a pesar suyo, hizo prodigiosos
esfuerzos para calmar a su hija, levantarla del suelo y llevarla a que
se acostase en su cama. Al fin lo consigui, la bes con mucho cario en
la frente, y dejndola bien arropada y acurrucada, se sali de la alcoba
diciendo:

--Amanecer Dios y medraremos.




XXIX


No quiero tener por ms tiempo suspenso y sobresaltado al lector y en
incertidumbre sobre la suerte de don Paco.

Nuestro hroe, en efecto, haba tenido el ms cruel desengao al ver
primero a Juanita, acompaada por don Andrs, atravesar a oscuras las
calles, charlando y riendo, y despus al presenciar la ltima parte del
coloquio de la antesala y el animadsimo fin que tuvo en los abrazos y
en los besos.

No quera conceder en su espritu que Juanita fuese una pirujilla, y, no
obstante, tena que dar crdito a sus ojos.

Muy triste y muy callado y taciturno estuvo toda aquella noche en la
tertulia de su hija. Jug al tresillo para no tener que hablar; hizo
malas jugadas y hasta renuncios, por lo embargado que le traan sus
melanclicas cavilaciones; apenas jug una vez sin hacer puesta o
recibir codillo, y perdi quinientos tantos, equivalentes a cincuenta
reales.

De mal humor se volvi a su casa antes que nadie se fuese.

En balde procur dormir. No pudo en toda la noche pegar los ojos. Los
ms negros pensamientos caan sobre su alma, como se abate sobre un
cadver famlica bandada de grajos y a picotazos le destrozan y le
comen.

Por lo mismo que l, durante toda la vida, haba sido tan formal, tan
sereno y tan poco apasionado, extraaba y deploraba ahora el verse presa
de una pasin vehemente y sin ventura. Se enfureca, y discurrindolo
bien, no hallaba a nadie contra quien descargar su furor con algn
fundamento. Juanita le haba despedido; no era ni su mujer, ni su
querida, ni su novia. Bien poda hacer de su capa un sayo sin ofenderle.
Y menos le ofenda an don Andrs, el cual sospechara acaso que l
haba tenido, haca ms de un ao, relaciones con la muchacha; pero en
aquel momento le crea, segn los informes que le daba doa Ins,
decidido pretendiente y casi futuro esposo de la fresca viuda doa
Agustina Sols y Montes de Allende el Agua.

Don Paco se consideraba obligado a echar la absolucin a Juanita y a don
Andrs. Y, sin embargo, contra toda razn y contra toda justicia, senta
el prurito de buscar a Juanita, ponerla como hoja de perejil y darle una
soba, o bien de armar disputa a su valedor y protector el cacique y, con
un pretexto cualquiera, romperle la crisma.

Todo esto, segn la pasin se lo iba sugiriendo y segn iba pasando y
volviendo a pasar por su cerebro como un tropel de diablos que giran en
danza frentica, no consenta que lograse un instante su reposo. En vez
de dormir se revolcaba en la cama, y sus nervios excitados le hacan dar
brincos.

A pesar de todo, se encontraba ms cmico que trgico, y se echaba a
rer, aunque con la risa que apellidan sardnica, no por una hierba,
sino porque--segn haba odo contar--entre los antiguos sardos se rean
as los que eran atormentados y quemados de feroz y sardesca manera en
honor de los dolos.

Juanita era el dolo ante el cual el amor y los celos, sacerdotes y
ministros del altar de ella, atormentaban y quemaban a don Paco. Como no
poda sufrirse, pens con insistencia en matarse, y luego sus doctrinas
y sus sentimientos religiosos y morales acudan a impedirlo. Y no bien
lo impedan, don Paco se burlaba de s mismo y se despreciaba,
presumiendo que lo que llamaba l religin y moral fuese cobarda acaso.

Despus de aquel tempestuoso insomnio, que convirti en siglos las
horas, don Paco se levant del lecho y se visti antes que llegase la
del alba.

Abri la ventana de su cuarto y vio amanecer.

La frescura del aire matutino entibi, a su parecer, aquella a modo de
fiebre que en sus venas arda. Y como no se hallaba bien en tan
estrecho recinto y anhelaba ancho espacio por donde tender la mirada, y
para techumbre toda la bveda del cielo, determin salir, no slo de la
casa, sino tambin de la poblacin, e irse sin rumbo ni propsito, a la
ventura, pero lejos de los hombres y por los sitios ms esquivos y
solitarios.

Se fue sin que despertasen ni le viesen el alguacil y su mujer. Tuvo, no
obstante, serenidad y calma relativa. No huy como un loco, y tom su
sombrero y su bastn, o ms bien el garrote que de bastn le serva.

Adems, como se preparaba para larga peregrinacin, aunque sin saber
adonde, y como a pesar de que pensaba a menudo en el suicidio no pens
en que fuese por hambre, ya que en medio de sus mayores pesares y
quebrantos nunca haba perdido el apetito, tom sus alforjas, coloc en
ellas alguna ropa blanca y los vveres que pudo hallar, se las ech al
hombro y se puso en camino, a paso redoblado, casi corriendo, como si
enemigos invisibles le persiguieran.

Pronto recorri algunas sendas de las que dividen las huertas que hay en
torno de la villa. La primavera, con todas sus galas, mostraba all
entonces su hermosura y sus atractivos. En el borde de las acequias, por
donde corra con grato murmullo al lado de la senda el agua fresca y
clara, haba violetas y mil silvestres y tempranas flores que daban olor
delicioso. Los manzanos y otros frutales estaban tambin en flor. Y la
hierba nueva en el suelo y los tiernos renuevos en los lamos y en otros
rboles lo esmaltaban todo de alegre y brillante verdura. Los pajarillos
cantaban; el sol naciente doraba ya con vivo resplandor los ms altos
picos de los montes, y un ligero vientecillo doblegaba la hierba y
agitaba con leve susurro el alto follaje.

Don Paco caminaba tan embebecido en sus malos y negros pensamientos, que
en nada de esto reparaba.

No tard en salir de las huertas y en encontrarse entre olivares y
viedos; pero l hua de los hombres; no quera ver a nadie ni que nadie
le viese, y tom por las menos frecuentadas veredas, dirigindose hacia
la sierra peascosa, donde la escasez de capa vegetal no permite el
cultivo, donde no hay gente y donde est pelada la tierra o slo
cubierta a trechos de maleza y speras jaras, de amargas retamas, de
tomillo oloroso y de ruines acebuches, chaparros y quejigos.

Aunque le fatig algo su precipitada carrera, don Paco no se detuvo a
reposar, sentndose en una pea, hasta que dio por seguro que se
hallaba en completa soledad, casi en el yermo, sin que nadie le viese,
le oyese y le perturbase.

Apenas se sent, se dira que los horribles recuerdos que le haban
arrojado de la villa, que venan persiguindole y que se haban quedado
algo atrs, le dieron alcance y empezaron a picarle y a morderle otra
vez. Recordaba con rabia la dependencia servil con que el inters y la
gratitud le tenan ligado al cacique, el yugo antinatural que le haba
impuesto su hija, los desdenes que Juanita le haba prodigado y los
favores con que a don Andrs regalaba. Pens despus en la burla de que
sera objeto por parte de todos sus compatriotas cuando se enterasen de
lo que pasaba en su alma, y se levant con precipitacin para huir ms
lejos y a ms esquivos lugares.

Casi corriendo baj por una cuesta muy pendiente y vino a encontrarse,
despus de media hora de marcha, en una estrecha caada que se extenda
entre dos cerros formando declive. Iba saltando por l un arroyuelo y
sonando al chocar en las piedras. El arroyuelo, al llegar a sitio llano
y ms hondo, se dilataba en remanso circundado de espadaa y de verdes
juncos. Algunos alerces y gran abundancia de mimbrones daban sombra a
aquel lugar y lo hermoseaban frondosas adelfas, cubiertas de sus flores
rojas, y no pocos espinos, escaramujos y rosales silvestres, llenos de
blancas y encarnadas mosquetas.

Sitio tan apacible convidaba al reposo, y convidaba a beber el agua
limpia del remanso, cuya haz tranquila, rizndose un poco, delataba la
mansa corriente o que el agua no estaba estancada y sin renovarse.

El sol, que se haba elevado ya sobre el horizonte y se acercaba al
cnit, difunda mucho calor y luz sobre la tierra; y don Paco, buscando
sombra, vino a sentarse en un ribazo y se puso a contemplar el agua
antes de beberla.

En medio de su contemplacin, sinti cierta angustia y escarabajeo en su
estmago, porque haca cerca de veinte horas que no haba comido, haba
andado mucho y no haba dormido nada. En suma, fuerza es confesarlo, don
Paco tuvo hambre.

Mir a todos lados, como si fuese a cometer un crimen, muy receloso de
que alguien pudiera verle, y convencido ya de que su soledad no poda
ser mayor, meti la mano en las alforjas y sac de aqu una blanca
rosquilla y un bulto envuelto, bien envuelto, en un antiguo nmero de
_El Imparcial_.

Qu haba en este envoltorio? El historiador no debe ocultar nada. En
el envoltorio que despleg don Paco haba media docena de hermosos
pedazos de lomo de cerdo, gruesos como el puo, de los que Juana la
Larga haba adobado y frito; de los que con el alio de organo,
pimiento molido, comino y qu s yo qu otras especias, ya calentados en
la propia manteca entre la que se conservan en orzas, ya extrados de la
manteca y fiambres, seducen a las criaturas ms desesperadas y afligidas
y les dicen: comedme!

Don Paco se prepar a obedecer el irresistible mandato; pero pensando en
aquel mismo instante en que Juana la Larga, la madre de quien causaba su
tormento, era quien haba guisado aquel lomo, las ms tristes memorias
se le recrudecieron, y con una magra entre los dedos, al ir ya a tirar
un bocado, se le atragantaron en la garganta los dos tan sabidos versos
de Garcilaso que dicen:


          Oh dulces prendas por mi mal halladas,
          dulces y alegres cuando Dios quera!


No quiso Dios, a pesar de todo, que don Paco las hallase por su mal.
Aunque se le saltaron las lgrimas pudo ms el apetito. Ganas tuvo
tambin, en su desesperacin, de que las magras se le volviesen veneno;
pero, en fin, l se comi dos y tambin la rosquilla.

Hubo un momento en que ech de menos el vino y deplor no haber trado
la bota. Luego se resign y bebi agua, bajando la boca hasta la
superficie del remanso.

Por ltimo, como estaba molido de tanto andar, velar y rabiar, y senta
en lo exterior el calor del sol y en lo interior el calor del lomo y de
la rosquilla, a pesar de su enorme pesadumbre, fue vencido por el sueo
y se confort durmiendo profundamente la siesta, durante la cual sus
desventuras y sus penas se dira que se haban sumergido en aquel arroyo
como si fuese el Leteo.




XXX


Cuando despert don Paco de su prolongado sueo, el sol se inclinaba
hacia Occidente; el da estaba expirando.

Las vacilaciones que haban atormentado a don Paco volvieron a
atormentarle con mayor fuerza mientras ms tiempo pasaba. Su fuga del
lugar le pareca, y no sin razn, que deba de haber sido notada por
todos y mirada con extraeza. A l, que ejerca tantos oficios, le
habran echado de menos en muchos puntos.

Se le figuraba que, como no haba pedido licencia a nadie, y como su
inusitada desaparicin careca de causa confesada por l, todos sus
compatricios se esforzaran por hallar esta causa y acabaran por
suponerla un acto de desesperacin o de despecho. Nadie dejara de
lamentar su fuga s l no volva al lugar; pero si volva, la compasin
se transformara inevitablemente en burla y rechifla.

No quedara un solo sujeto que no le preguntase con sorna qu haba ido
a hacer al yermo y por qu lo dejaba tan pronto, arrepentido de ser
anacoreta. Y los que sospechasen, y no dudaba l que algunos
sospecharan, que haba querido suicidarse, tomaran a risa lo del
suicidio y atribuiran a miedo el que no se hubiese realizado.

Imaginaba l que, vuelto al lugar, no podra sufrir su nueva situacin,
porque se le figurara que se mofaban de l cuando le mirasen a la cara.

Si se fue, diran, porque haba aqu algo que no poda aguantar, por
qu vuelve ahora, se resigna y lo aguanta?

Don Andrs, sobre todo, le despreciara y le escarnecera, all en sus
adentros, calculando que la fuga haba sido por lo de los besos a
Juanita y que ahora volva muy resignado a llevarlos con paciencia y
hasta a verlos dar de nuevo.

A Juanita misma se la presentaba muy afligida por lo pronto, llena de
remordimientos porque era o iba a ser motivo u ocasin de su muerte y
muy inclinada a derramar lgrimas a la memoria de l o sobre su ignorada
tumba, si es que le enterraban y ella saba dnde y no estaba lejos;
pero si Juanita le vea otra vez tan campante, y en las calles de
Villalegre, acudiendo a sus ordinarios quehaceres, ya en la tertulia de
doa Ins haciendo la corte a doa Agustina, Juanita le tendra por la
persona ms ruin y cuitada del orbe. Juanita se mofara de l, y don
Paco se estremeca al pensar slo en la posibilidad de semejante
vilipendio.

Era, sin embargo, muy duro matarse sin gana y slo para que la gente
tome a uno en serio, le compadezca y no le embrome.

Hubo momentos en que si don Paco hubiera tenido un revlver, acaso, en
contravencin de todos sus preceptos religiosos y de todas sus sanas
filosofas, se hubiera pegado un tiro; pero, afortunadamente, don Paco
no gastaba armas de fuego y no llevaba ni pistola ni escopeta en aquella
disparatada excursin que estaba haciendo, perseguido por los celos
como Orestes por las Furias. Una vez se le ocurri encaramarse en la
cima de un escarpado peasco, precipitarse desde all de cabeza y
hacerse una tortilla. Pero si no quedaba muerto al punto y slo se
rompa un brazo, una pierna o las dos, no le dolera mucho, y
quedndose vivo aadira los dolores fsicos a los dolores morales de
que haba querido libertarse?

Rumiando con amargura todo lo dicho, anduvo don Paco sin reparar el
camino que llevaba, hasta que le sorprendi la noche, oscura como boca
de lobo. Ni luna ni estrellas se vean en el cielo, cubierto de densas
nubes. Llova recio y relampagueaba y tronaba.

Nuestro peregrino advirti con pena que estaba hecho una sopa, y temi
que la muerte, que anhelaba y repugnaba al mismo tiempo, pudiera
sobrevenir por la humedad esgrimiendo, en lugar de guadaa, reumas y
pulmonas.

A la luz de los relmpagos descubri que haba llegado a una extensa
nava, entre las cumbres de dos cercanos cerros. Haba en la nava mucho
heno, grama abundante y a trechos intrincados matorrales, en que
tropezaba, o alta hierba que suba hasta sus muslos, porque no haba
senda o porque la haba perdido.

De pronto oy mugidos, y al resplandor fugaz de los relmpagos crey
entrever un gran tinglado o cobertizo, debajo del cual se movan bultos
mugidores, que eran sin duda toros bravos, cabestros, becerros y vacas.

--Hombre del demonio--dijo una bronca voz--, qu viene usted a hacer
por aqu a estas horas y con esta tormenta tan fuerte?

Don Paco, ocultando el lugar de donde era y sin declarar su nombre, dijo
que yendo de camino se haba extraviado, no saba dnde estaba y buscaba
albergue en que pasar la noche.

El boyero, que era piadoso, movido a compasin por la lamentable voz de
don Paco, sali de debajo del cobertizo, vino a l, le tom de la mano y
le sirvi de gua.

As dieron ambos buen rodeo y llegaron a una choza bastante capaz,
donde, al amor de la lumbre y en torno de una gran chimenea que tena
poco que envidiar a la de doa Ins, aunque careca de escudo de armas,
haba otros dos pastores, viejos ya, y un chiquillo de diez o doce aos,
que deba de ser hijo del gua de don Paco.

En el hogar arda un monte de lea, con cuyo calor pudo don Paco
secarse los vestidos, porque le ofrecieron, y l acept, un banquillo
para que se sentase cerca del fuego.

Apartada de l, sobre un poco de rescoldo y en una trbede se apareca
una olla, exhalando a travs de la rota y agujereada tapadera espesos y
olorosos vapores, con no s qu de restaurante, lo cual produjo en las
narices de don Paco sensacin muy grata, porque con tanto andar se le
haba bajado a los pies el almuerzo. Era lo que haba en la olla un
guiso de habas gordas y tiernas, con lonjas de tocino y cornetillas
picantes que haban de hacerlo suculento y sabroso.

Los pastores, as como le haban dado techo amigo donde abrigarse de la
lluvia y pasar la noche, le ofrecieron tambin su rstica cena.

El rubor tino las mejillas de don Paco al ir a aceptarla; pero no fue
tan descorts ni tan abstinente que no la aceptase, la agradeciese y aun
se aprovechase de ella, compitiendo en apetito con los boyeros.

Sin querer le avergonzaron tambin por otro estilo con su leal
franqueza. A l, que se ocultaba y menta, le contaron cuanto haba que
contar de la vida de ellos y de sus lances de fortuna, y de los sucesos
de la pequea cortijada, no muy lejos de all, de que eran naturales.
Ponderaron tambin la ferocidad de los toros que ellos cuidaban, se
quejaron de la poca reputacin que tenan y an pronosticaron que al fin
haban de abrirse camino hasta la magnfica plaza de Madrid, donde
competiran con los de Veragua y los de Miura matando caballos a
porrillo y metiendo en puo los animosos corazones de _Lagartijo_ y de
_Frascuelo_.

Terminada la cena y la conversacin, todos se acostaron sobre sendos
montones de hierba seca y durmieron como unos patriarcas.

Don Paco se despert y levant al rayar el da imitando a los que le
albergaban. Supuso, para salir del paso, que iba a Crdoba; en este
supuesto los boyeros le indicaron el camino que deba seguir.

Se despidi don Paco mostrndose agradecidsimo, y pronto se alej de la
nava, marchando de prisa por la senda que le haban indicado.

A solas otra vez consigo mismo, los negros pensamientos resurgieron de
las profundidades de su alma y volvieron a atormentarle.

Como l reflexionaba mucho, se estudiaba y se suma en el abismo de su
propia conciencia, procur explicarse el singular fenmeno que en ella
se estaba presentando. Entonces crey percibir que l hasta muy tarde,
hasta ya viejo, haba empleado y gastado la vida en ganarse la vida y
haba carecido, acaso por dicha, de desahogo y de vagar para fingirse
primores ideales y ponrselos ante los ojos del alma, como atractivo de
su deseo. Toda aspiracin suya haba sido hasta entonces modesta,
prosaica y pacficamente asequible; pero Juanita haba venido en mal
hora a turbar su calma y a aguijonear su fantasa para que remontase el
vuelo a muy altas regiones, donde, si bien haba ms luz, haba tambin
tempestades que su alma pacfica y slo acostumbrada al sosiego apenas
poda sufrir.

En resolucin, don Paco vino a creer que la aparicin tarda de lo
ideal, casi muerta ya su juventud, y el nacimiento pstumo de
aspiraciones que slo por ella deben ser fomentadas, era lo que le traa
tan desatinado, tan infeliz y tan loco. Volver al lugar en aquel estado
de nimo, con menos pretexto para volverse que el que haba tenido para
irse, le haran sin duda objeto del escarnio de todos sus amigos
conocidos, como no hiciese la atrocidad de matar a dos o tres, y l, que
era blando de condicin, se consideraba incapaz de ello. Por otra parte,
y mientras en Villalegre permaneciese, juzgaba l que sera ya intil
para todo y que no valdra ni para secretario de Ayuntamiento, ni para
consejero de don Andrs, ni para colaborador del escribano, ni para
pasante de los abogados Peperris.

En consecuencia de estos no articulados discursos, decidi al cabo:
decidi desterrarse para siempre de su patria e ir a otras villas o
ciudades en busca de reposo y de mejor fortuna.

Slo as lograra curarse de su amor por la pcara e indigna Juanita,
hacer pie y caminar por lo firme, en vez de ir por las nubes o de nadar
por el ter, y sin matarse y sin matar a nadie, sino siendo til al
prjimo, ser de nuevo respetado y querido de las gentes.

Ya que los boyeros le haban indicado el camino para ir a Crdoba, don
Paco, menos alborotado que el da anterior, sigui en aquella direccin,
pues camino no haba. Las estrechas sendas eran muchas, y l a la
ventura las tomaba, slo procurando hunde la vista de todo ser humano,
porque an tena vergenza de que le viesen.

Ora andando, ora parndose a reposar, se le pas todo el da y lleg su
segunda noche de vagabundo. No saba dnde se hallaba; pero crey que se
despertaba en l una vaga reminiscencia de aquellos sitios. Era una
dilatada dehesa o coto, donde haba de haber abundancia de conejos y
liebres. El terreno era quebrado y cubierto de matas o monte bajo. Slo
a trechos descollaban algunos pinos, hayas y encinas.

Pronto la oscuridad lo envolvi todo. Aunque no llova, estaba muy
nublado, y l distingua confusamente los objetos. El silencio era
profundo. Lo rompa slo, de cuando en cuando, tal cual rfaga de viento
suave que agitaba las hojas, o alguna liebre que brincaba o atravesaba
corriendo por entre las matas.

No s cmo reconoci o crey reconocer don Paco que se hallaba en aquel
momento ms cerca de Villalegre; que se hallaba a menos de dos leguas de
distancia, en un coto propiedad de don Andrs y donde don Andrs sola
venir a cazar.

Se afirm ms en esta idea al ver de pronto una lucecita que a cierta
distancia brillaba en las tinieblas, segn sucede a menudo a los nios
cuando en los cuentos de hadas se extravan en un bosque.

Don Paco era valeroso y no propenda, sin ser incrdulo, a recelar
frecuentes y medrosas apariciones de vestigios, de almas del otro mundo
o de otros seres sobrenaturales. En aquella ocasin, sin embargo, tuvo
su poquito de miedo, pero lo venci y camin resuelto y derecho hacia la
luz para ver lo que era.

Se haba fundado su miedo en que reconoci que la luz sala de la casita
del viejo guarda del coto, el cual haba muerto la vspera de la salida
de don Paco de Villalegre, y era muy poco probable que don Andrs
hubiese nombrado en seguida a otro guarda para donde apenas haba cosa
que guardar. La casilla, en opinin de don Paco, tena que estar
desierta. Quin haba encendido luz y estaba en la casilla? Sera el
alma en pena del viejo guarda, que tena fama de haber sido ms que
travieso en sus mocedades y hasta bandolero acogido a indulto?

Don Paco se arm de valor y se dirigi a averiguarlo, contento de
tropezar con una aventura que de sus desventuras le distrajese.




XXXI


Sin hacer ruido, lleg don Paco a la casilla y vio que la puerta estaba
cerrada con cerrojo que haba por dentro. La luz sala por un ventanucho
pequeo, donde en vez de vidrio haba estirado un trapo sucio para
resguardo contra la lluvia y el fro. Con el estorbo del trapo no se
podan ver los objetos de dentro; pero don Paco se aproxim y repar en
el trapo tres o cuatro agujeros. Aplic el ojo al ms cercano, que era
bastante capaz, y lo que vio por all, antes de reflexionar y de
explicrselo, le llen de susto. Imagin que vea a Lucifer en persona,
aunque vestido de campesino andaluz, con sombrero calas, chaquetn,
zahones y polainas. La cara del as vestido era casi negra, inmvil, con
espantosa y ancha boca y con colosales narices llenas de verrugas y en
forma de pico de loro. Don Paco se tranquiliz, no obstante, al
reconocer que aquello era una cartula de las que se ponen los judos en
las procesiones de Villalegre.

El enmascarado guardaba silencio y estaba sentado en una silla, apoyados
los codos en una vieja y mugrienta mesa de pino.

En otra silla estaba enfrente otra persona, en quien reconoci al punto
don Paco a don Ramn, el tendero murciano de su lugar, el hombre ms
rico despus de don Andrs y el ms desaforado hablador que por entonces
exista en nuestro planeta.

Don Ramn era pequeuelo, viejo y flaco; pero tena mucho espritu y
agallas y no se acoquinaba por poco.

Not don Paco que tena las manos atadas con un cordel a la espalda, y
dedujo que le haban llevado all y que le retenan por violencia.
Pronto las mismas palabras del tendero murciano, tan prdigo de ellas,
confirmaron la deduccin de don Paco.

--Hombre o demonio--deca--, quienquiera que seas, apidate de m y no
me atormentes sin fruto. Cmo haba yo de imaginar, al volver esta
tarde desde mi casero al pueblo, que no dista ms que un cuarto de
legua, que haba de topar contigo y con tu compaero, emboscados entre
las mimbreras del arroyo del Hondn, y que me habais de traer por
fuerza a este lugar? Yo no sospechaba que hubiese secuestradores en el
da, y caminaba muy seguro. Convncete, hombre: la ganancia que habais
de hacer ya la habis hecho. No tratis ahora de lograr ms ganancia. La
codicia rompe el saco. A m me mataris, pero tambin a vosotros os
darn garrote.

El enmascarado persisti en su silencio, y a lo del garrote slo
respondi con un ronquido, especie de interjeccin que en aquella tierra
se usa. Don Ramn continu:

--No acierto a explicarme por dnde llegasteis a averiguar que acababa
yo de vender mi mejor vino a los jerezanos y que llevaba doce mil reales
en el bolsillo. Pero, en fin, ya tenis los doce mil reales. Por qu no
os contentis? Valindoos de ese tintero de cuerno que traais
preparado me habis hecho escribir a mi mujer para que entregue dos mil
duros si no quiere que me ahorquen.

--Y te ahorcaremos y te descuartizaremos como no los entregues--dijo el
enmascarado con voz disimulada y extraa.

--Pues bien: podis ahorcarme y descuartizarme ya, sin seguir
molindome, porque mi mujer, y vaya si la conozco!, antes que entregar
los dineros entregar mi vida y la de todos sus parientes, aunque nos
quiera y nos llore despus a moco tendido. Oye: has visto t la
tragedia de Guzmn el Bueno?

El enmascarado no dijo que s ni que no; se limit a dar otro ronquido.
Don Ramn continu:

--Pues Guzmn el Bueno, para no entregar a Tarifa, envi a los moros un
cuchillo con que degollasen a su hijo muy amado. Los dineros son la
Tarifa de mi mujer, y no los entregar aunque me degollis. Lo que no
har tampoco, echando con esto la zancadilla a Guzmn el Bueno, es el
gasto intil de enviaros el cuchillo, aunque sea el peor de la cocina.
Ya lo tendris vosotros, sin que ella lo enve, para abrirme una gatera
en las tripas. Pero seamos razonables: qu vais a conseguir con eso?
Compadcete de m. Mira tambin por ti y no seas imprudente. Har ya dos
horas que m mujer me habr echado de menos, y aun antes de recibir la
carta que lleva tu compaero, y que no s cmo ni quin pondr en sus
manos, habr armado ella una revolucin en el lugar, habr tocado a
rebato, y la pareja de la Guardia Civil y muchos criados mos andarn ya
buscndome. No tientes ms a Dios. Ponme en libertad. Djame ir en mi
mulita y yo te lo pagar si no quieres aguardar a que Dios te lo pague.

El enmascarado sigui sin contestar, aunque dando ms ronquidos.

--No oyes que yo lo pagar? Sobre los doce mil reales que t y tu
compaero os habis repartido, yo puedo darte otros ocho mil si me dejas
libre.

--Y cmo?--dijo entonces el enmascarado--. Dnde llevas escondidos
esos ocho mil reales?

--No seas tonto, hijo mo, no seas tonto. Dnde quieres que los lleve?
Yo no tena ms que lo que ya habis tomado; pero tengo un medio seguro
de recompensar tu buena accin.

--Y cul?

Don Ramn titube entonces. El deseo de seducir al de la cartula y
salir pronto de aquel mal paso, satisfaciendo su afn de hablar, de
contarlo todo y aun de lucirse, porque era muy jactancioso, luchaba en
su alma con el temor de empeorar la situacin en que se hallaba,
sobreexcitando la codicia del bandido.

La mana de hablar pudo ms, al fin, que toda otra consideracin
juiciosa, y don Ramn explic que haba un ingenioso procedimiento por
cuya virtud tena l y pona dinero donde le daba la gana. Bastaba para
ello que l escribiese en un papelito determinada cantidad, diciendo
_pguese_ y firmando. Cualquiera persona que llevase este papelito en la
faltriquera bien poda estar segura de que era como s llevase la
cantidad expresada.

Don Ramn, impulsado por su locuacidad y su fachenda, no supo lo que se
dijo.... Su explicacin de lo que era un cheque o libranza al portador
entusiasm al bandido, el cual le mand al punto con amenazas que all
mismo, y en el acto, por valor de dos mil duros, le escribiese y le
firmase un cheque.

El tendero murciano conoci la tontera que haba hecho, pero conoci
igualmente que tena fcil enmienda, y explic al de la cartula que los
papelitos que all escribiese y firmase ningn valor tendran, porque
haban de ir, para que valiesen, en hojas dispuestas de cierto modo y
arrancadas de un librejo que l se haba dejado en casa.

Nada le vali con todo para apaciguar al de la cartula. O por poner en
duda que fuesen indispensables tales hojas o por despecho de que se las
hubiese dejado en casa y no las trajese all, el bandido, sin atender a
razones y diciendo repetidas veces escrbeme el papelito, se puso a
maltratar a pezcozones al infeliz maniatado.

Don Paco no pudo sufrir ms: fue corriendo a la puerta de la casilla,
por fortuna vieja y desvencijada, y descargando sobre ella con todos sus
bros un diluvio de patadas, de puetazos y garrotazos, consigui en
pocos segundos arrancarla de los goznes y derribarla por el suelo con
estrepitoso sacudimiento, que hizo retemblar las paredes.

El bandido se sobrecogi de terror porque imagin al principio que el
viejo guarda, o lleno de envidia por la ventura que otros iban a lograr,
o enojado porque le profanaban su mansin, donde el da antes haba
estado todava de cuerpo presente, vena ahora capitaneando una legin
de demonios para llevrselo al infierno.

Qu criatura mortal poda aparecer a aquellas horas y en tan apartado
sitio?

El bandido, no obstante, se recobr del susto y acudi a la defensa.

Ech mano del trabuco, que tena en un rincn de la estancia, y fue al
cuarto contiguo, donde haba cado la puerta y estaba la entrada.

All apenas se vea, porque la nica luz era la de un candil atado en la
otra estancia a una tomiza que penda de una viga del techo; pero el de
la cartula vio el bulto de un hombre que se precipitaba sobre l, y le
dijo:

--Tente o mueres!

Y le apunt con el trabuco.

Todo ello fue con rapidez maravillosa. Don Paco estaba ya casi encima
del bandido, y al mismo tiempo que ste disparaba, le sacudi tan
tremendo garrotazo en el brazo izquierdo, que le hizo soltar el arma y
dar con ella en el suelo.

El tiro sali antes, pero torcida ya la direccin, las postas, sin tocar
a don Paco, fueron a agujerear el muro.

El de la cartula retrocedi para evitar nuevo golpe, y aunque magullado
por el que haba recibido, sac de la faja que rodeaba su cintura una
truculenta navaja de Albacete, de las de virola y golpetillo, de las que
llevan la inscripcin:


          Si esta vbora te pica
          no hay remedio en la botica;


la abri con el temeroso ruido que produce la rodaja al encajar en el
muelle, y se lanz otra vez sobre su adversario; pero el bandido estaba
ya falto de serenidad y quebrantado por el dolor del primer golpe. No
supo ser certero y en balde abanic el ambiente con su mortfero
instrumento.

Don Paco, sereno y decidido, se apart a un lado, brinc y salv el
bulto y sacudi otra vez tan fiero garrotazo en los lomos del de la
cartula, que le hizo caer en el suelo boca abajo.

Tendido ya en el suelo el bandido, don Paco se ensa algo, y sin
compasin le dio cuatro o cinco palos ms.

Como no se quejaba ni rebulla, don Paco le crey muerto. Se agach, no
obstante, con precaucin y le quit de la mano la navaja.

En seguida lleg don Paco a donde estaba don Ramn, que le reconoci, y
con viva efusin le dio las gracias.

Don Paco desat el cordel que mantena a don Ramn amarrado.

--Almbreme usted con el candil--le dijo--. Voy a ver si ha muerto ese
hombre.

A la luz del candil se lleg don Paco al que estaba boca abajo tendido
por el suelo y le puso boca arriba. La cartula se le haba cado.

Don Paco y don Ramn se quedaron absortos al reconocer a Antouelo.




XXXII


Por dicha no haba recibido ningn garrotazo en la cabeza; pero estaba
derrengado, molido y lleno de contusiones.

Seguro ya de que viva, y por instigacin del tendero murciano, que no
se aquietaba hasta recobrar, en parte al menos, el dinero robado, don
Paco registr a Antouelo y le encontr cuatro mil reales, que devolvi
a su dueo.

Los otros ocho mil se los haba llevado el compaero de Antouelo, el
cual, por director y maestro en el arte, haba tomado doble porcin de
botn.

Antouelo senta agudos dolores; no formulaba palabra alguna, pero
lanzaba gemidos lastimeros.

Don Paco se apresur a salir de all, volviendo cuanto antes al lugar
con el libertado y el vencido.

La poderosa mula de don Ramn, aparejada an con muy cmoda y ancha
albarda, se hallaba en un corralejo o pequeo cercado contiguo a la
casilla.

Sac don Paco la mula, hizo que montase en ella su dueo y levantando
despus a Antouelo, que apenas se poda mover, y llevndole en peso con
alguna dificultad, le plant a las ancas. El carg luego con el trabuco
y la navaja, trofeos de su victoria, y echando delante la mula y su
doble carga se dirigi hacia el lugar.

Al ir caminando daba infinitas gracias a Dios porque le haba puesto en
ocasin de castigar un delito y de evitar otros mayores, y porque le
haba proporcionado un medio de volver a la patria con justo motivo y
sin ningn sonrojo.

Aunque caminaron despacio, llegaron al lugar entre una y dos de la
noche, sin hallar a nadie en el camino.

Inquieto don Andrs por la suerte de don Paco, haba enviado en balde a
muchas personas para que le buscasen. Tambin la tendera haba enviado
gente en busca de su marido. Todos con mal xito se haban vuelto al
lugar antes de medianoche.

Cuando mucho ms tarde entraron en l don Paco y su comitiva, los
villalegrinos estaban durmiendo.

Don Paco, procurando y logrando no llamar la atencin, dej a Antouelo
a la puerta del herrador, su padre. Libre ya don Ramn del poco
agradable socio de montura, se despidi de don Paco con nuevas y
fervorosas manifestaciones de gratitud y se larg a su casa.

Don Paco se fue a reposar a la suya.

Como el mdico estaba viejo y averiado y tena no poco que hacer, don
Policarpo ejerca tambin, con sentimiento del mdico, la medicina y la
ciruga. El herrador le llam al punto para que curase a su hijo.

Don Policarpo le atendi muy bien y pronostic que le curara pronto,
porque sus contusiones, si bien en extremo dolorosas, no eran de peligro
ni daban que temer por su vida.

Apenas amaneci, don Policarpo, sabedor de que don Andrs estaba
inquietsimo por la suerte de su amigo o como si dijramos de su
ministro, fue a casa del cacique, que se despertaba con el alba, y le
pidi albricias y le dio la buena nueva de que don Paco haba parecido.
Como el boticario slo haba visto al magullado Antouelo y no saba
bien lo ocurrido, hizo su composicin de lugar, y fantase y dijo a don
Andrs que entre don Paco y Antouelo haba habido una muy reida pelea,
sin duda por los bellos ojos de Juanita; que la pelea haba sido en
mitad del campo, durante la noche; que don Paco haba quedado ileso y
que el pobre Antouelo estaba tal que se lo poda comer con cuchara,
pero que l, con su ciencia y sus cuidados, le sanara muy pronto.

Don Andrs se holg mucho de que hubiese vuelto sano y salvo el
secretario del Ayuntamiento, que le era utilsimo y a quien profesaba
ms amistad que a nadie.

No por eso quiso llamar a don Paco ni ir a verle en seguida, turbando el
reposo de que sin duda haba menester; pero no crey en el duelo o
pendencia que don Policarpo haba supuesto y contado.

Don Andrs, aunque muy estimulado por la curiosidad, se arm de
paciencia y de calma y aguard dos o tres horas antes de dar un paso
para descubrir lo cierto.

Bien saba l que el mayor amigo y confidente de don Paco era el maestro
de escuela, y a eso de las ocho, cuando ya la escuela haba empezado y
don Pascual deba de estar en ella, don Andrs le envi a llamar a su
casa.

El mozo que llev el recado volvi diciendo que don Pascual haba salido
al rayar el alba, que no haba vuelto an, que los nios estaban dando
la leccin con el ayudante y que no bien volviese don Pascual y supiese
que don Andrs le llamaba, ira a verle al punto.




XXXIII


Don Paco, despus de vagar en la soledad por espacio de dos das y
despus de tantas penas, emociones y lances, anhel para desahogo
confiarse por completo con alguien. Y con quin mejor que con el
maestro de escuela, hombre de bien, sigiloso y tan excelente y
desinteresado amigo, primero de Juanita y de l ms tarde?

La mujer del alguacil fue, pues, a llamar a don Pascual de parte de don
Paco.

Don Pascual vino y don Paco se lo cont todo. No le dio ninguna comisin
ni embajada para Juanita; pero don Pascual, por una benvola usurpacin
de atribuciones y de empleo, se declar l mismo y se nombr embajador,
se fue a ver a Juanita que, desvelada y triste, se acababa de levantar y
le refiri con fidelidad minuciosa los furores y penas de don Paco, sus
celos, su desesperacin, sus propsitos de suicidio o de extraamiento
perpetuo, y, por ltimo, el combate de la casilla, el delito de
Antouelo, los golpes que ste haba recibido, as como su vuelta y la
de don Paco a Villalegre.

Cont tambin que el tendero murciano y su mujer, con ms impaciente
furia, no se conformaban con callarse sin delatar a Antouelo y sin
enviarle a presidio, si no se les devolvan en el trmino de tres das
los ocho mil reales que no haban recobrado y que el cmplice de
Antouelo se haba llevado consigo.

Segn informes adquiridos y comunicados por don Paco, Antouelo por nada
del mundo dira el nombre y la condicin del forastero que haba
cometido con l el delito.

Por otra parte, aunque Antouelo le delatase, de nada valdra esto para
recobrar los ocho mil reales por medio de la Justicia, sin envolver en
el proceso al hijo del herrador y condenarle y perderle.

El afecto profundo y extrao, como de madre o como de hermana, que
Juanita haba sentido por Antouelo toda su vida, renaci entonces con
vehemencia en su corazn, olvidndose de los groseros agravios con que
la haba ofendido aquel mozo.

Juanita se propuso salvarle, lograr que se echase tierra al asunto y
evitar su deshonra y su ida a presidio, aunque para ello fuera menester
buscar los ocho mil reales en el mismo infierno.

A esta penosa agitacin de Juanita se contrapona en su alma otra
agitacin dulcsima, otro sentir, en vez de aflictivo, delicioso y
beatificante, que aumentaba y enardeca su amor al saberlo tan bien
pagado, y que lisonjeaba su orgullo. A pesar del dolor y del sobresalto
que la conducta criminal de Antouelo y sus consecuencias le causaban,
Juanita se juzg venturosa, y sin duda lo era.

Slo faltaba ya, y urga y no daba un instante de espera, el desengaar
a don Paco, el persuadirle de que ella era inocente, y el convencerle de
que ella le amaba.

Ya don Pascual, en su largo coloquio con don Paco, haba hecho esfuerzos
para convencerle de la inocencia de Juanita. Don Pascual le asegur que
l conoca muy bien el noble y leal carcter de ella y cuan virtuosa y
honrada haba sido siempre en medio de la completa libertad en que haba
vivido, sin que su madre la vigilase y la tuviese siempre a su lado.

Su madre haba tenido que ir a las casas donde la llamaban a trabajar,
dejando a Juanita con una criada o completamente sola cuando ni criada
tenan. Juanita, adems, sin que nadie la acompaase ni mirase por ella,
haba pasado de la niez a la mocedad en medio de las calles y en trato
y conversacin con toda clase de personas.

Nadie, sin embargo, se le haba atrevido, porque ella saba hacerse
respetar, y ni las personas maldicientes haban formulado nunca contra
ella una acusacin fundada que pudiera, en manera alguna, deslustrar su
decoro.

Lo que don Paco haba visto, lo que haba causado su enojo y su
desesperacin no era, por consiguiente, culpa de Juanita, sino
inmotivado atrevimiento de don Andrs, quien, si algo logr por
sorpresa, fue rechazado violentamente en seguida.

Don Pascual sostena, adems, que Juanita no haba provocado la audaz
acometida de don Andrs, a la que daba por nica causa el engreimiento
del cacique y su conviccin de que todo haba de rendirse a su voluntad
y ser propicio a su deseo.

No bien se enter Juanita de todo esto oyendo hablar al maestro de
escuela, procur que terminase la visita y que ste se fuera.

Cuando se vio sola, sin hablar a su madre para no perder tiempo, tom el
paoln, se lo ech de cualquier modo en la cabeza y se fue a casa de
don Paco, escapada.




XXXIV


Lleg Juanita a la casa, llam a la puerta y sali a abrirle la mujer
del alguacil. Juanita le dijo:

--Est don Paco en casa? Est levantado y solo? Necesito verle y
hablarle sin tardanza.

--Solo y levantado est en la sala de arriba--dijo la mujer del
alguacil.

Sin aguardar ms contestacin ni ms permiso, Juanita apart a un lado a
su interlocutora, ech a correr, subi las escaleras, dej el manto en
un banco de la antesalita y entr destocada en la sala donde estaba don
Paco.

La sorpresa y el jbilo de ste fueron indescriptibles, por ms que
estuviese receloso an de que en los atrevimientos de don Andrs la
coquetera de Juanita haba entrado por algo. Agradecido a la visita no
esperada, don Paco se mostr muy fino, pero disimul su alegra y
procur poner el rostro lo ms grave y severo que pudo.

--No ests enfurruado conmigo--dijo Juanita, tutendole por primera
vez--. Yo estaba celosa de doa Agustina y enojada contra ti con tan
poca razn como t ests ahora enojado; yo quera darte picn. Soy leal.
Confieso mi culpa y me arrepiento de ella. Es cierto; provoqu a don
Andrs sin reflexionar lo que haca. Perdnamelo. Me bes por sorpresa,
pero lo rechac con furia. Te lo juro; creme; te lo juro por la
salvacin de mi alma; no le rechac porque t entraste, y ms duramente
lo hubiera rechazado yo si t no entras. Vengo a decrtelo para que me
perdones, porque te amo. Quiero que lo sepas: estoy arrepentida de
haberte despedido y me muero por ti y no puedo vivir sin ti.

Qu haba de hacer don Paco sino ufanarse, enternecerse, derretirse y
perdonarlo todo al or tan dulces y apasionadas frases en tan linda y
fresca boca? No saba, sin embargo, qu decir ni qu hacer, y, como
generalmente ocurre en tales ocasiones, dijo no pocas tonteras.

--Apenas puedo creer--dijo--que no repares ya en mi vejez, que no
pienses en que puedo ser tu abuelo y que me quieras como aseguras.
Pretendes, acaso, burlarte de m y trastornarme el juicio? Te propones
halagarme con la esperanza de una felicidad que no me atrevera yo a
concebir en sueos, para matarme luego desvanecindola?

--No, vida ma; yo no quiero desvanecer tu esperanza, sino realizarla.
Yo quiero darte la felicidad, si juzgas felicidad el que yo sea tuya. Si
no me desprecias, si me perdonas, si no me crees indigna, nos casaremos,
aunque rabie doa Ins de que yo no sea monja, aunque don Andrs te
retire su favor, aunque se nos haga imposible la permanencia en este
pueblo y aunque tengamos que irnos por ah, acaso a vivir
miserablemente. No lo dudes; si fuese posible que don Andrs se prendase
de m hasta el extremo de querer casarse conmigo, yo le despreciara por
amor tuyo, aunque fueses t mil veces ms pobre de lo que eres; yo le
cantara la copla que dice:


            Ms vale un jaleo prob
          y unos pimientos asaos
          que no tener un usa
          esaboro a su lao.


Don Paco, al or esto, apenas pudo ya contenerse y ocultar su emocin.
Un estremecimiento delicioso agit sus venas, como si por ellas
corriesen luz y fuego en vez de sangre. Estuvo a punto de echarse a los
pies de Juanita y besrselos, pero an se report y dijo:

--Quiero creer, creo en tu sinceridad de este momento. Mi modestia, con
todo, me induce a temer que tal vez te alucinas, que tal vez t misma te
engaas, que tal vez te arrepientas del paso que das ahora. Eres tan
hermosa, que puedes ambicionar cuanto se te antoje. Y don Andrs no es
un usa desabono como el de la copla; es una persona inteligente,
estimada y respetada por todos: mejor y mucho ms joven que yo.

--Ser todo lo que t quieras; mas para m t eres el ms inteligente,
el ms joven y el ms guapo.

Todava, escudado por su humildad, trat don Paco de ocultar que estaba
ya satisfecho, que haba depuesto su enojo y que sus recelos se haban
disipado. Con menos seriedad, sonriendo y entre veras y burlas, dijo;

--Me fo de ti; conozco que hablas con el corazn. No, no piensas en
engaarme; pero, sin duda, t misma te engaas. Y para poner ms a
prueba la vehemencia y la firmeza del amor de Juanita, aadi luego:

--Es inverosmil que t, si don Andrs, como parece evidente, est
enamoradsimo de ti, le desdees y me prefieras y me ames ahora, cuando
antes, que no tenas a don Andrs, era a m a quien despreciabas. Pues
qu, ignoras que yo soy un pobre diablo, dependiente de l, y que l es
poderoso, rico, respetado y temido aqu, estimado y favorecido por el
Gobierno y caballero gran cruz con excelencia y todo?

--Y qu me importa a m su excelencia? A ti y no a l debi el Gobierno
dar la gran cruz, ya que todo lo bueno que se hace en este lugar eres t
quien lo hace.

Call un momento y prosigui con dulce risa, como quien de sbito tiene
una idea que le agrada:

--Esta injusticia quiero remediarla yo; pero necesito antes que t me
proclames y me jures por tu reina. S mi sbdito fiel. Somteteme.
Jrame por tu reina y tu reina te premiar. Jrame.

Don Paco se someti sin ms resistencia. Se hinc de rodillas a los pies
de ella y exclam entusiasmado:

--Te juro!

Juanita, impulsada irresistiblemente por la idea rara que haba
concebido, apart con gran rapidez el paolillo, que llevaba al pecho,
prendido con alfileres, sac sus tijeras del bolsillo del delantal y se
desabroch dos o tres corchetes del vestido. Don Paco, siempre de
hinojos, la contemplaba embelesado y curioso.

Ella introdujo los dedos por bajo el vestido y desat un listoncillo de
seda azul que le cea al pecho la limpia camisa. Tir de l y la sac
de la jareta, calada y bordada, trabajo primoroso de su diestra mano.
Cort, por ltimo, con las tijeras un buen pedazo del listoncillo y se
lo puso a don Paco en el ojal del chaquetn, afirmndolo con una lazada.

--Yo te concedo, en atencin a tus altos mritos y servicios--dijo con
solemnidad--, esta bonita condecoracin, que vale mil veces ms que la
que tiene don Andrs, y te declaro mi caballero y gran cruz de la orden
de los celos disipados. Por eso es azul el listoncillo, como las flores
del romero.

Don Paco se levant sin pizca de celos, porque todo se convirti en
amor, y dijo:

--T me citaste una copla; no quiero ser menos; voy a citar otra, aunque
tenga que llamarte en ella no por tu nombre, sino como se llama la madre
de tu santo:


            Las flores del romero
          nia Isabel,
          hoy son flores azules,
          maana sern miel.


--Y si han de ser miel maana, no es mejor que lo sean en este mismo
instante?

Don Paco se acerc a Juanita para besarla.

Ella le separ con suavidad y se esquiv ponindose muy seria y
exclamando:

--Djame. No te llegues a m. Resptame como a tu reina y como mi
caballero que eres. Las flores del romero sern miel en su da; ahora,
no. Ve maana a mi casa, a las diez y media de la noche. All hablaremos
con mi madre. Adis.

Juanita se dirigi para salir haca la puerta de la sala. Ya en la
puerta, volvi la cara, mir a don Paco, se dio a escape ms de treinta
besos en la palma de la mano, sopl en ellos y se los envi a su amigo
por el aire.

--De cerca y sin alas los quiero yo.

--Ya les cortaremos las alas. En cuantito no sea pecado mortal, los
tendrs de cerca hasta que te hartes.

Y dicho esto, recogi el mantn en la antesala, baj brincando por la
escalera y se puso en la calle.




XXXV


En medio de su alegra por haberse reconciliado con don Paco, por estar
segura de su amor y resuelta a casarse con l, aunque doa Ins y el
cacique se opusiesen y tuvieran ella, su novio y su madre que ser
vctimas de la clera de tan poderosos seores, Juanita senta profunda
pena por la suerte de Antouelo. Su delito le daba horror y no quera
volver a verle ni hablarle en la vida; pero le amaba an con cario de
hermana y presenta que ello acibarara con algo como remordimiento las
mayores venturas que pudiera alcanzar s no evitaba que Antouelo fuera
procesado, deshonrado pblicamente y condenado a presidio. Con egosmo
amoroso, slo del amor mutuo que don Paco y ella se tenan, haba ella
hablado con don Paco. Ya en la calle y separada de l, Juanita volvi a
pensar en Antouelo y a cavilar en un medio de salvarle sin que nadie le
diese auxilio y siendo ella su nica salvadora.

Con este propsito se present en casa del tendero murciano, que la
recibi estando con su mujer, doa Encarnacin, solos en la trastienda.

No llor Juanita, porque tena muy hondas las lgrimas y rara vez
lloraba; pero con acento conmovedor y apasionado les rog que se
callasen sobre lo ocurrido, prometindoles que en el trmino de seis
meses ella les dara los ocho mil reales que el forastero se haba
llevado. Contaba para esto con la voluntad de su madre, de la cual
estaba cierta de disponer como de su propia voluntad. Su madre tena
dado a premio dinero bastante para salir de aquel compromiso, y en el
trmino marcado de los seis meses poda cobrar dicho dinero. Su madre,
adems, era propietaria de la casa en que vivan, y si bien la casa
estaba fuertemente gravada con un censo, todava poda producir,
vendindola, muy cerca de los mencionados ocho mil reales.

Doa Encarnacin habl antes que su marido, y dijo al or aquellas
proposiciones:

--T estas loca, hija ma, y yo supongo que ni tu locura ser contagiosa
ni se la pegars a tu madre. Imperdonable estupidez sera que ambas os
arruinaseis por salvar a un pillastre. Anda, djale que vaya a presidio.
Aquel es su trmino natural e inevitable. Si ahora le salvaseis, en
seguida volvera a hacer de las suyas y a dar nuevo motivo para que le
apretasen el pescuezo. Vuestro sacrificio no slo sera intil, sino
tambin perjudicial.

--Los consejos de usted--contest Juanita--, y perdone usted que se lo
diga, son aqu los intiles. Contra mi firme resolucin no hay consejo
que valga. No son consejos, sino dinero o crdito lo que yo necesito. Si
tuviera yo en mi arca los ocho mil reales, los hubiera trado y se los
hubiera dado a ustedes en cambio de un papel, firmado por ustedes, donde
declarasen que Antouelo nada les deba y que no tenan contra l la
menor queja.

No tengo dinero, peco estoy segura de poder reunirlo antes de seis
meses. Quieren ustedes firmar el documento de que he hablado
desistiendo de toda queja contra Antouelo y recibir en cambio otro
documento en que yo me comprometa a pagar los ocho mil reales? Este es
el asunto, y no hay para qu andarse por las ramas. Conteste usted, don
Ramn, y diga que s o que no.

--Pues mira, Juanita--contest el interpelado--, yo digo que no, porque
no quiero ser cmplice de tu locura y porque un papel firmado por ti,
que eres menor de edad, no vale un pitoche.

--El pagar, aunque apenas tengo veinte aos, valdra tanto como si yo
tuviese treinta. Nunca he faltado a mi palabra escrita. Para cumplir el
compromiso que contrajese me vendera yo si no tuviera dinero.

A don Ramn se le encandilaban algo los ojos, a pesar de que doa
Encarnacin estaba presente, y dej escapar estas palabras:

--Si t te vendieses, aunque en el lugar son casi todos pobres, yo no
dudo de que tendras los ocho mil reales; pero yo no quiero que t te
vendas.

--Ni yo tampoco--replic la muchacha--. Lo dije por decir. Fue una
ponderacin. Los bienes de mi madre son mos; ella me quiere con toda su
alma y har por m los mayores sacrificios. No dude usted, pues, de que
dentro de seis meses tendr los ocho mil reales que ahora me preste, sin
necesidad de que yo me venda para pagrselos.

Doa Encarnacin le interrumpi entonces diciendo:

--Juanita, nosotros tenemos tan buena opinin de ti, que estamos seguros
de la sinceridad y de la firmeza con que prometes pagar; pero si dentro
de seis meses no allegas los dineros, o porque tu madre, querindote
mucho, no quiere darlos, o porque no os pagan vuestros deudores y no
logris vender la casa, tu sinceridad y tu firmeza nada valdrn
pecuniariamente, aunque moralmente valgan mucho. Tu misma moralidad para
este asunto de los dineros, en vez de ser una garanta, es un indicio
claro del peligro que corremos, si te lo prestamos, de no volverlos a
ver nunca.

--S, hija ma--interpuso don Ramn--; si en este caso me hipotecases tu
inmoralidad en vez de hipotecarme tu moralidad, estara yo ms seguro de
cobrar el dinero. Sera una prenda pretoria que dara ricos productos
por mal que se administrase.

Juanita advirti que el tendero murciano trataba de tomarle el pelo,
valindose de una expresin que ahora se emplea en estilo chusco, y,
como era poco sufrida, empez a perder la paciencia y dijo bajando la
voz, pero aguzando cada una de sus palabras como si fuese una lanceta:

--Es, djese usted de bromas insolentes, to marrano. Piense usted bien
mi proposicin y ver que le tiene cuenta. Si acude a la Justicia, quiz
tendr el gusto de ver en presidio a Antouelo; pero de fijo que no ver
nunca los ocho mil reales. En cambio, si los da ahora por recibidos y
acepta el pagar que yo le firme, dentro de medio ao o antes, y esto es
tan claro como el sol que nos alumbra, recuperar sus ocho mil reales y
adems los intereses que me ponga por ellos, porque yo no quiero que me
los adelante por mi linda cara.

--Aunque me insultes llamndome to marrano, me permitirs que al menos
por tu linda cara te perdone el insulto. Tambin me mueve tu linda cara,
y no las mezquinas reflexiones que has hecho por m, a prestarte los
ocho mil reales si me prometes que tu madre ha de conformarse con el
contrato. De todos modos, ya comprenders t, porque tienes sobrado
talento, aunque eres inexperta, que yo corro mucho peligro al hacer el
prstamo; que el dao emergente no es flojo, y que, por tanto, tampoco
pueden ser flojos los intereses. No obstante, yo aspiro a que, en vez de
llamarme marrano, me llames generoso y esplndido. Asmbrate.

Doa Encarnacin, que hasta entonces haba reprimido la clera,
sufriendo el insulto hecho al enclenque de su marido, por temor de andar
a la gresca con Juanita y aun de quedar vencida y aporreada, no pudo ya
contenerse al ver y al or a su marido tan melifluo y tan predispuesto a
ser dadivoso, y le interrumpi exclamando:

--No te derritas, hombre; no te vuelvas una jalea, no me obligues a que
sea yo quien te llame to marrano. Atiende a lo que haces, y ya que te
expones tanto prestando los dineros, que sea con algn fruto.

--Yo no me derrito, yo atiendo a lo que hago--contest don Ramn--; pero
en vez de responder a las injurias con otras injurias quiero ser
magnnimo y responder con favores y beneficios. Juanita, yo doy por
recibidos los ocho mil reales que me robaron con tal que t me firmes
un pagar, que vencer dentro de seis meses, por la expresada cantidad,
ms un pequeo tanto por ciento.

--Mil gracias, seor don Ramn--dijo Juanita--. Escriba usted los dos
documentos. Yo me llevar, firmado por usted, el que me asegure que
Antouelo quedar libre, y firmar y dejar en poder de usted el que
declare que le soy deudora.

--Est bien. No hay ms que hablar--dijo don Ramn. Y yendo a su
escritorio redact los dos documentos en un periquete. En el pagar se
comprometa Juanita a pagar, en el trmino de seis meses, la cantidad de
diez mil reales.

--Ya ves mi moderacin--dijo el tendero murciano al presentar a la
muchacha el documento para que lo firmase--. Me limito a cobrarte slo
un veinticinco por ciento, a pesar del peligro que corro de quedarme sin
mi dinero, porque, a despecho de todos tus buenos propsitos, no tengas
un ochavo dentro de los seis meses y tengamos que renovar el pagar, lo
cual me traera grandsimos perjuicios.

--Ya lo creo--dijo doa Encarnacin--; como que ahora andamos engolfados
en negocios tan productivos, que ganamos un ciento por ciento al ao.
Creme, Juanita: prestndote los ocho mil reales nos exponemos a
quedarnos sin ellos, y adems a perder otro veinticinco por ciento, o
sea, otros dos mil reales, que hubiramos ganado dando a los ocho mil
ms lucrativo empleo; pero, en fin, qu se ha de hacer? Mi seor esposo
pierde la chaveta cuando ve un palmito como el tuyo.

--Sea como sea--dijo Juanita--, agradezco a ustedes mucho el favor que
me hacen. Y guardndose en la faltriquera el otro documento despus de
habero ledo y estimado que estaba bien, se despidi de los mercaderes
y se fue a su casa.




XXXVI


Arrebatado yo por la corriente de los sucesos, por la importancia que
les doy y por la rapidez con que quiero narrarlos, he descuidado la
cronologa. Est vaga y confusa y conviene fijarla un poco.

Nada ms fcil. Baste decir para ello que el da de la fuga de don Paco
acert a ser Domingo de Ramos.

Como don Paco vag todo aquel da y el siguiente, resulta que volvi a
Villalegre al empezar el Martes Santo.

Son tales las preocupaciones y el embeleso de todos los habitantes de
Villalegre durante aquella semana, que nadie hubiera notado ni la
desaparicin ni la vuelta de don Paco si no hubiera sido el personaje
tan notable, tan activo y que por lo comn andaba siempre en todo.

Lo que no se hubiese sabido, ni aun en tiempos normales, eran las causas
de su ida y de su vuelta. Los celos siguieron sepultados en el ms
profundo silencio por los que los causaron y los padecieron: por don
Andrs, Juanita y don Paco. Y los delitos de Antouelo y los medios que
don Paco emple para remediar unos y frustrar otros hubo inters en
callarlos, y se logr que los callaran el tendero y su mujer, nicas
personas a quienes interesaba decirlos.

Slo se saba que Antouelo haba vuelto apaleado; pero, a pesar de los
comentarios que se hacan, nadie atinaba con el motivo y pocos
sospechaban quin haba sido el autor del apaleo.

El tiempo aquel era el menos a propsito para que en Villalegre fijase
el vulgo su atencin en lance alguno, por extraordinario que fuese, de
la vida real contempornea. La atencin general estaba embelesada y
suspendida por la pasmosa representacin simblico-dramtica que iba a
verificarse durante cuatro das consecutivos, teniendo por actores a la
mitad o quiz a ms de la mitad de los hombres, y por espectadores a la
otra mitad de ellos, a todas las mujeres y nios y a no pocos
forasteros.

Las procesiones de Semana Santa empiezan el mircoles y terminan el
sbado. Yo, pues, las he visto en mi niez en otra poblacin donde son
muy parecidas a las de Villalegre, conservo de ellas el ms potico
recuerdo, por donde imagino que las personas que las censuran carecen de
facultades estticas o las tienen embotadas. Hasta la rudeza campesina
de algunos accidentes presta a la representacin de que hablo candoroso
hechizo.

Acaso haba accidentes o episodios en dicha representacin en que lo
sagrado y lo profano, lo serio y lo chistoso y lo trgico y lo cmico
desentonaban algo. Celosos y discretos obispos han hecho sin duda muy
bien en suprimir estas discordancias o salidas de tono; pero lo esencial
de la representacin, que consta de procesiones y _pasos_, sigue todava
y hubiera sido lstima suprimirlo; hubiera sido un crimen de lesa poesa
popular.

A mi ver, hasta en corregir, atildar y perfeccionar lo que se hace,
aunque no niego que se presta al atildamiento y a la mejora, es menester
andarse con tiento. Puede ocurrir, si es lcito que yo me valga de un
smil literario, lo que ocurre con un escrito en verso o prosa cuando el
autor, por el prurito de acicalar el estilo, manosea, soba y marchita lo
que escribi y lo deja mustio, lamido y sin espontaneidad ni gracia.

Conviene, adems, para ver aquello con fruto y penetrar su hondo
sentido, prescindir de refinamientos y de ideas de lujo y de exactitud
indumentaria, adquiridas en ciudades ms ricas y populosas. Slo as, y
reflexionndolo bien, se percibe lo sublime y lo bello de la verdad
dogmtica que bajo el velo del smbolo resplandece.

Menester es que no se arredre por lo spero de la corteza el que anhele
gozar del dulce alimento que para el espritu ella cela y contiene.

La representacin no se limita a ofrecer al pueblo un trasunto de la
pasin y muerte de Cristo y de la redencin del mundo, sino que en
cierto modo abarca todo el plan divino y providencial de la Historia,
como el famoso discurso de Bossuet.

Los seres humanos, sin duda, no se juzgan dignos de representar a los
seres divinos, ni se creen idneos para ello, y temen profanar la accin
interviniendo en ella inmediatamente. De aqu que todos los momentos del
alto misterio de la redencin se figuren por medio de imgenes que se
llevan en andas, y cuyos movimientos silenciosos y solemnes va
explicando un predicador desde un plpito erigido en medio de la plaza y
que la muchedumbre rodea. Slo hablan los seres humanos. Los
sobrehumanos callan, salvo algunos ngeles que cantan lo que dicen.

As, por ejemplo, el pregonero desde el balcn de las Casas
Consistoriales lee en voz alta la sentencia que condena a Jess a muerte
afrentosa en una cruz, y entre dos ladrones, por enemigo del Csar y por
otros muchos delitos.

El predicador exclama entonces:

--Calla, falso pregonero; calla, viperina lengua, y oye la voz del
ngel, que dice....

En seguida aparece en otro balcn de la casa mejor que est enfrente del
Ayuntamiento el nio de seis o siete aos ms bonito, ms inteligente y
de ms dulce voz que en el lugar hay; y primorosamente vestido de ngel,
con tonelete de raso blanco bordado de estrellitas de oro, con
refulgentes y extendidas alas y con corona de flores, canta una sencilla
y sublime contraesencia, que comienza diciendo: Esta es la justicia
que manda hacer el Eterno Padre....

Luego explica, con enrgica concisin que no se opone a la claridad, los
misterios de la encarnacin y de la redencin, cuando en la plenitud de
los tiempos se une el Verbo increado con la humana naturaleza,
glorificndola y hacindola digna del cielo, padeciendo en ella y por
ella, a fin de lavar sus culpas.

Slo hechos meramente naturales, en que intervienen personajes
secundarios, son representados por hombres.

Hay uno, no obstante, que es muy trascendental y que tambin los hombres
representan. Es la prefiguracin, el reflejo proftico del sacrificio
del Hijo por el Padre; es el sacrificio de Isaac por Abrahn en la
cumbre del monte Moria, y que otro ngel impide. El monte est
representado en medio de la plaza por un tablado cubierto de verdura.
Abrahn e Isaac no hablan; slo accionan. Cuando Abrahn tiene ya
levantada la cuchilla para sacrificar a su hijo, el ngel le detiene
cantando un romance. Isaac recibe entonces la palma del martirio, que
ostenta en las procesiones de los das siguientes. Abrahn sacrifica un
cordero, segn los antiguos ritos.

Los principales personajes del Antiguo Testamento discurren en la
procesin silenciosos y solemnes, como si la Historia Sagrada tomase
cuerpo y apareciese ante nuestros ojos en visin ideal. Qu daa a la
mente infantil y a la rstica buena fe que no se ajuste con exactitud
esta visin a la verdad arqueolgica, y que en ella no se desplieguen el
lujo y la pompa, si la imaginacin del vulgo los pone all con creces? A
su vista aparecen, y van pasando, Elas, Ezequiel, Daniel, Isaas, Ams
y los dems profetas, as como los reyes, jueces y prncipes:
Melquisedec, David, Moiss, Salomn, y qu s yo cuntos ms. Todos
llevan el rostro inmvil de la cartula, y en las potencias, aureola o
nimbo que coronan sus cabezas, inscrito el nombre de cada uno.
Distnguense, adems, por los atributos que en sus manos tienen: David
lleva el arpa; Salomn, un modelo del templo, y Moiss, las Tablas de la
Ley.

Como los profetas hicieron vida spera y penitente, y no se cuidaron
mucho del primor y de la elegancia en el vestir, se llaman los
_ensabanados_, porque sus tnicas y mantos estn hechos con sbanas. Y,
por el contrario, los monarcas y grandes seores se engalanan con todo
el lujo que pueden, llevando por tnica los mejores vestidos de sus
mujeres o de sus novias, y por mantos las colchas ms ricas de las
camas, por lo cual se llaman los _encolchados_.

Conforme va pasando cada procesin, que suele permanecer tres o cuatro
horas en la calle, se ejecutan pasillos, que casi siempre explica un
nazareno cantando una saeta.

Para prevenir y llamar la atencin del pblico hacia cada pasillo, otros
dos o tres nazarenos hacen sonar las trompetas con melanclico y
prolongado acento. As, pongo por caso, cuando los evangelistas van
escribiendo en unas tablillas lo que pasa y unos judos tunantes vienen
por detrs haciendo muchas muecas y contorsiones y les roban los
estilos, los evangelistas, resignados y tristes, abren entonces los
brazos y se ponen en cruz. Las trompetas resuenan otra vez para dar el
pasillo por terminado.

Cosas hay de cierto primor artstico y de bien inspirada delicadeza. As
la cruz que llevan en andas, grande y negra, como de bano bruido con
remates primorosos de plata, sin Cristo en ella, que ya se supone
resucitado y en el cielo, de la que penden siete anchas cintas verdes,
blancas y rojas, de los tres colores de las virtudes teologales. Del
extremo de cada cinta va asido un nio o un grupo de nios,
representando todos en su conjunto y muy lindamente los siete
sacramentos de la Santa Iglesia.

Otros nios con vestiduras talares y con alas de querubines llevan en
sus hombros el arca de la alianza, como recuerdo de la ley antigua,
anterior a la Buena Nueva y la ley de gracia.

En fin, para mi gusto todo est tan bien, que si no fuera por el temor
de que me tildasen de impertinente y de extenderme demasiado en
descripciones impropias de este lugar, seguira relatando sin cansarme y
con deleite artstico cuanto se representa en Villalegre en aquellos
cuatro das.

Baste indicar aqu que el Viernes Santo, al anochecer, se celebra el
santo entierro, en el que no parecen ya las figuras simblicas de los
personajes de la antigua ley; slo hay nazarenos, hermanos de Cruz,
llevando cada cual a cuestas la suya y haciendo gala de que sea pesada y
grande, y soldados romanos y no pocos judos, convertidos ya, en prueba
de lo cual llevan en las manos sendos rosarios y van rezando
devotamente. Hay, por ltimo, muchos hombres y nios piadosos que
alumbran el entierro con velas.

Pero la procesin ms solemne y conmovedora es la que se verifica el
Sbado Santo, desde las nueve de la maana hasta medioda.

En ella sale nicamente la imagen de Mara Santsima de la Soledad, que
es como el paladin de la villa y que se custodia y venera en el templo
ms antiguo que existe all, al otro extremo de la nueva parroquia, en
la cumbre del cerro que domina la poblacin, en la Acrpolis, como si
dijramos, y al lado del abandonado castillo del duque, desde donde ste
sala con su mesnada a combatir a los moros fronterizos y a entrar en
algarada por las tierras granadinas.

Aquella imagen es una obra maestra del arte cristiano en la poca de su
mayor florecimiento en Espaa. Es cierto que se puede decir que el
escultor no hizo ms que la cabeza y las manos; el pensamiento puro y
celestial y el medio por cuya virtud puede convertirse en accin el
pensamiento.

Pero aquellas manos y aquel rostro son de admirable belleza. Aquel
rostro parece divino, combinndose en l la expresin del dolor ms
profundo y la humilde conformidad con la voluntad del Altsimo. Los ojos
de la Virgen son hermosos y dulces; el llanto los humedece. En las
mejillas de la imagen hay dos o tres lgrimas como el roco en las
rosas.

En el resto de la imagen no se advierte forma ni dibujo de cuerpo de
mujer. Todo est cubierto de un riqusimo y extenso manto de terciopelo
bordado de oro.

El artista, al representar el _Eterno femenino_, la fusin en el dolor
de las dos excelencias de la mujer, como virgen y madre, se dira que
huy de lo corpreo y slo quiso prestar forma visible al espritu.

Sobre los adornos y bordados de la tnica de la Virgen se ven las
empuaduras de las siete espadas que le traspasan el pecho.

En la procesin del Sbado Santo, todos los personajes del Antiguo
Testamento y los judos y los soldados romanos se desvanecen y se
eclipsan ante la divina imagen de la Virgen. Slo la acompaan el clero
y la muchedumbre piadosa con innumerables velas y cirios encendidos.

Con devocin y recogimiento anda la procesin el camino marcado; pero
apenas vuelve y entra de nuevo en su iglesia, todas las campanas de la
villa tocan a gloria con estruendoso repique; un toro de cuerda muy
bravo sale a la calle, y los aficionados lo lidian y capean; en la
crcel se da libertad a un preso, que hace de Barrabs, y en varios
sitios a propsito, donde hay poco peligro de matar a nadie, se ahorcan
sendos Judas, o sea, grandes muecos de trapo, rellenos de estopa y de
triquitraques, contra los cuales disparan tiros los mozos que tienen
escopeta, hasta que los Judas arden dando muchos triquitracazos y
tronidos. De esta suerte terminan con el regocijo de la resurreccin del
Seor las interesantes fiestas de Semana Santa.




XXXVII


Todo estaba revuelto aquel da en la parte baja de la casa del cacique.
Se entregaba la gente a diversos trabajos para preparar una gran fiesta
que haba de realizarse al otro da, Mircoles Santo. La procesin,
prembulo de las otras, y que deba ser en dicho mircoles por la tarde,
era dirigida y costeada todos los aos por el seor don Andrs Rubio,
hermano mayor de la ms importante Cofrada.

Haban de salir en esta procesin tres obras maestras de escultura, tan
pesada cualquiera de ellas que para llevarlas en andas por las calles
era menester un ejrcito de nazarenos.

La primera escultura representa al Seor de la Pollinita; Jess cabalga
sobre el humilde animal y entra triunfante en Jerusaln.

El pueblo, compuesto de gran nmero de nazarenos, de soldados romanos y
de judos, deba marchar delante de la referida imagen con palmas y con
grandes y frondosas ramas de olivo.

Despus, precedida de todos los _ensabanados_, _encolchados_ y jumeones
que se pudiese, tena que salir la _Cena_, cuyo peso es enorme, pues
consta la imagen completa de trece figuras de tamao natural, y de la
mesa, que algo pesa tambin y que va cubierta y adornada de flores, de
las ms exquisitas frutas que desde el otoo han podido conservarse
hasta aquel da con el mayor esmero, y de un elevado y complicadsimo
ramillete de dulces, donde echa el resto el ms listo e ingenioso de los
confiteros.

En pos de la _Cena_, y precedida tambin de mucha gente, haba de salir
la _Oracin del Huerto_, donde Cristo ora de rodillas; un ngel que
quiere estar en el aire, pero que se apoya en el ramaje de un olivo,
ofrece a Cristo el cliz de la amargura, y los discpulos yacen por
tierra dormidos.

Terminada la procesin, el seor don Andrs tena que echar el bodegn
por la ventana y dar de cenar a los apstoles, a los profetas, a los
antiguos personajes bblicos, a la plebe de Jerusaln, a los nazarenos y
a la guarnicin romana.

Las tres obras de escultura de que hemos hablado estaban ya expuestas
al pblico el martes, no en las iglesias, sino en una inmensa sala baja
entapizada de rojo damasco, adornada de cornucopias, flores y verdura, e
iluminada por la noche con profusin de velas de cera.

Para cuidar de todo esto haba elegido don Andrs a Juana la Larga,
quien en los dos das del martes y del mircoles apenas poda salir de
casa de don Andrs e ir a la suya, a no ser a la hora de recogerse a
dormir.

El mircoles, singularmente, el trabajo de Juana era atroz. Ella deba
condicionar para toda aquella tropa la esplndida cena de vigilia.
Habra potaje de garbanzos con espinacas; como principal plato de
resistencia, bacalao en sobrehsa; y como plato ligero o de chanza
delicada, una exquisita alborona, que pudiese celebrar, si resucitase,
el mismo famoso cocinero de Bagdad, que la invent, dndole el nombre de
la bella Alborn, sultana favorita del califa Harun Al Raschid, hroe de
_Las mil y una noches_, princesa a quien dicho cocinero tuvo la honra de
dedicarla.

Claro est que para postre no haban de faltar los ineludibles pestios
y que haba de abundar el vino para apagar la sed que causa la sal
conservada en el bacalao, a pesar del remojo, y al picante de las mil
ristras de guindillas y de cornetas que en tal da se consumen.

Se esperaba, adems, que llegase a tiempo de Mlaga mucho cazn fresco,
que Juana guisara y hara servir a todos, o bien solamente a los
apstoles, profetas y reyes, si no llegaba cazn suficiente para el
vulgo.

Por ltimo, Juana haba prometido hacer un plato de su invencin, con el
que la gente menuda se chupa por all los dedos de gusto; plato que
tiene la singularidad de remedar, en cuanto cabe en lo humano, el
milagro del pan y peces, pues con dos docenas de huevos y media hogaza
para pan rallado se hartan cien hombres, gracias al sabroso ajilimjili
en que ella rehogaba las livianas tortillas despus de haberlas frito, y
en cuyo caldo se remoja pan y se convierte en sopas, que se engullen con
deleite. A este plato de su invencin Juana dio el nombre de
_hartabellacos_.

Prometa la cena del mircoles ser muy divertida, amenizndola con sus
chistes un criado muy gracioso que tena don Andrs y que haca en todas
las procesiones el papel de Longino, soldado fanfarrn y galante antes
de dar la sacrlega lanzada y ciego despus, que persigue al lazarillo,
el cual se le escapa y le hace en las procesiones mil burlas y
perreras.

Lamentan algunas personas, pero yo no puedo menos de aplaudirlo en vez
de lamentarlo, que el seor obispo haya prohibido desde hace mucho
tiempo que salga en las procesiones otro personaje que sala antes, mil
veces ms cmico que Longino. Era este personaje Jos, el hijo de Jacob,
porque, segn deca el vulgo, no era ni fu ni fa. No era _ensabanado_,
porque, como primer ministro y favorito que haba sido de Faran, no
poda vestirse pobremente con sbanas. Y no era tampoco _encolchado_,
porque iba slo con la tnica y no llevaba colcha, o sea, manto o capa,
a fin de indicar que la mujer de Putifar se haba quedado con ella. El
que haca de Jos sola ser el ms chusco de los campesinos, que
aparentaba asustarse al ver muchachas bonitas en los balcones, y ya se
tapaba los ojos para no verlas, ya hua haciendo contorsiones y dando
chillidos.

Menester es confesar que hizo muy bien el seor obispo en prohibir la
aparicin de esta figura, dado que sea exacto lo que se cuenta y que no
se exageren los melindres y chistes del fingido casto Jos. Comoquiera
que ello sea, el punto se puede pasar por alto, porque no es de los
esenciales en esta historia.

Lo esencial es que Juanita tuvo que pasarse sola y sin su madre casi los
dos das enteros y tuvo que esperar hasta las diez de la noche del
Mircoles Santo para poder hablar a su madre con reposo.

Por eso Juanita haba citado a don Paco en casa de ella para media hora
despus, para las diez y media.

Ahora me incumbe referir aqu, sin ms digresiones, los casos memorables
en que intervino Juanita hasta que lleg dicha hora.




XXXVIII


Don Andrs Rubio, en medio del jaleo y trastorno que haba en su casa,
estaba tranquilo sin mezclarse en cosa alguna. Sus dependientes y
criados, con la hacendossima Juana a la cabeza, cuidaban de todo y se
esforzaban a porfa para que saliese con el mayor lucimiento.

Como la casa era tan espaciosa que a no ser por su sencilla rustiquez y
carencia de adornos arquitectnicos, pudiera pasar por palacio, don
Andrs, refugiado en sus habitaciones del piso principal, se sustraa al
bullicio, y, segn he indicado ya, estaba tranquilo.

Encindase, con todo, que esta tranquilidad no era mental, sino
corprea. Mentalmente el cacique estaba agitadsimo. Por medio del
maestro de escuela, a quien haba hecho venir y con quien haba hablado,
saba ya cuanto el maestro de escuela saba.

Don Pascual, creyendo hacer un bien a sus amigos, haba revelado a don
Andrs los celos y la desesperacin de don Paco, causa de su fuga; lo
que a don Paco haba ocurrido en sus dos das de campo; el amor de
Juanita, tan enamorada de l como l de ella, y el sentimentalismo de
Juanita en favor de Antouelo y su deseo vehemente de salvarle hallando
los ocho mil reales para tapar la boca del tendero murciano.

Hasta aqu saba don Pascual, y hasta aqu supo don Andrs, sin llegar a
saber lo del pagar ni la visita de Juanita a don Paco, que fueron
sucesos posteriores y que don Pascual ignoraba. Don Andrs, por
experiencia propia, no era muy inclinado a creer en la virtud de las
mujeres. No tena tampoco motivo alguno para hacer de Juanita una
excepcin honrosa. Al contrario, la juzgaba desenvuelta, provocativa y
educada en plena libertad por una madre ordinaria e ignorante, de la
clase ms baja de la sociedad y antigua pecadora ms o menos
arrepentida.

Como hombre a quien la elevada posicin no vena de abolengo, porque su
padre y l se haban levantado por saber y esfuerzos sobre la plebe a
que pertenecan, don Andrs, sin poderlo remediar, y ms bien a causa
que a pesar de su entendimiento, tena peor opinin de la gente menuda
que aquellos que desde tiempo inmemorial o despus de una larga serie de
antepasados ilustres descuellan entre el vulgo. Suelen estos atribuir la
superioridad que tienen y el acatamiento que se les da a circunstancias
dichosas: a haber nacido donde han nacido; a una ficcin social y legal
de que en lo ntimo de su alma no pueden jactarse. De aqu que sean
modestos en el fondo y que por naturaleza consideren igual o superior a
ellos a la ms nfima y cuitada criatura humana. Por el contrario, don
Andrs, como no pocas otras personas que por ellas mismas se encumbran,
se senta muy superior a cuantos prjimos le rodeaban. Y como l era,
adems, inteligente escrutador del valer propio, y se encontraba, aunque
apenas osaba confesrselo, con no pocos defectos o vicios, no poda
menos de atribuir o de conceder muchsimos ms a cuantas personas miraba
en torno de l, dominndolas y humillndolas.

As predispuesto y valindose de los datos que ya tena, traz don
Andrs en su mente el carcter de Juanita y compuso a su manera la
historia de la muchacha.

Para explicarse el empeo que ella formaba en salvar al hijo del
herrador, dio por cierto que haba sido muy prematuramente su amiga. Y
en el amor de Juanita a don Paco no vio ms que el plan de casarse con
el hombre ms importante que despus de l haba en la villa.

Ambos planes repugnaban extraordinariamente al cacique. Querer salvar a
Antouelo, aunque Antouelo fuese su pariente ms o menos lejano, le
pareca detestable y absurda aberracin. Lo que convena era la
condenacin de Antouelo para escarmiento de otros pcaros y para
seguridad y descanso de las personas pacficas y honradas. Don Andrs
haba censurado siempre la compasin malsana que los criminales suelen
inspirar en nuestro pas y haba apludido la impaciente severidad con
que los yanquis linchan sin escrpulo a quien la justicia anda reacia en
dar el merecido castigo.

El casamiento de don Paco con Juanita le pareca an mayor
monstruosidad. Acaso en un principio Juanita gustara de don Paco, pero
pronto sentira la desproporcin de edad, porque la de don Paco era
triple que la de ella, de suerte que don Andrs prevea y deploraba
profticamente que Juanita acabara por poner en ridculo al ilustre
secretario del Ayuntamiento y por hacerle muy desgraciado. Por otra
parte, don Andrs temblaba al pensar en el furor de doa Ins cuando
descubriese que Juanita, con su hipocresa y sus embustes, la haba
estado engaando, y que en vez de meterse monja se casaba con don Paco,
y daba por madrastra a ella, enlazada ya con la familia ms noble de
toda aquella comarca despus de la familia del duque, a la hija
ilegtima de una mondonguera.

Doa Ins, si tal cosa se realizase, sera capaz de tener un ataque de
rabia o de estallar como una bomba.

Calculaba don Andrs que l poda prestar dos muy importantes servicios:
uno, a doa Ins, impidiendo que su padre la avergonzase casndose con
una muchacha de tan ruin y humilde clase, y otro a don Paco, abrindole
los ojos, para que al fin comprendiese que Juanita no le quera sino por
inters, y que l no deba casarse con ella por ser indigna de su
cario.

El desengao sera cruel para don Paco; pero don Andrs se disculpaba la
crueldad recordando aquello de quien bien te quiere te har llorar y
lo otro de la letra con sangre entra.

Al prestar estos dos servicios no se le ocultaba a don Andrs lo mucho
que l se expona. Se expona, por una parte, a que doa Ins llegase a
saber que l quera seducir o haba seducido a Juanita, lo cual
enfurecera a doa Ins por dos razones: porque contrariaba sus planes
msticos de que Juanita fuese monja y porque desluca o manchaba el
amor, sin duda platnico, con que el propio don Andrs la estaba, haca
ms de siete aos, complaciendo, tal vez poetizndole la vida y
consolndola de tener un marido tan perdulario. Y se expona, adems, a
que don Paco no quisiese aguantar la leccin, prescindiese de todos los
favores que le deba y le buscase camorra.

Don Andrs no se arredraba ante la previsin de un duelo. Manejaba bien
la espada y la pistola, y don Paco no saba de esgrima y jams haba
tomado una pistola en la mano; pero bien poda don Paco, como lugareo
que era y nada acostumbrado a perfiles y a ceremonias, perder un da la
cabeza y romprsela a l, porque tena la mano pesada y manejaba bien el
garrote, de lo cual, aunque pacfico, haba dado ya diversas pruebas,
adems de la que sali tan cara a Antouelo.

La primera vez huy don Paco porque se juzgaba desdeado de Juanita y
razonablemente no poda darse por ofendido ni de que ella favoreciese a
otro, ni tampoco del amante favorecido.

El caso era muy diferente; don Andrs, aunque no lo saba, sospechaba
que Juanita y don Paco se veran o se habran visto y estaran de
acuerdo. Cualquier favor, por consiguiente, que a l hiciera Juanita
sera una infidelidad de esta, y para don Paco un agravio, que
probablemente no se resignara a sufrir y del que resolvera tomar
venganza.

A pesar de tales inconvenientes, don Andrs no se arredraba. Se senta
picado de que a l, omnipotente en Villalegre, se le desdease de aquel
modo. El mismo desdn estimulaba ms su deseo. Hasta por amor propio
quera a toda costa triunfar de Juanita. Ardua era la empresa, pero l
no se la figuraba tan ardua. Juanita haba coqueteado con l y le haba
provocado. Era cierto que, cuando la bes en la antesala, ella le
rechaz con furia; pero no fue, acaso, furia fingida porque entr don
Paco y le vio entrar ella? Don Andrs dio por seguro que fue furia
fingida.

Ya veremos--deca para s--si me rechaza donde y cuando est ella
segura de que no entrar don Paco a interrumpirnos.

A pesar de su momentnea rivalidad, don Andrs quera de corazn a don
Paco, reconoca todo su mrito, apreciaba todos sus servicios y distaba
mucho de querer hacerle el menor dao. Lejos de eso, lo que anhelaba
era desengaarle en sazn y oponerse a su absurda boda.

De todos modos, a fin de precaverle contra el peligro de que don Paco no
gustase de ser desengaado, y de que en un instante de celosa locura
llegase al extremo de apelar al garrote, don Andrs, que de ordinario no
llevaba armas, tom un pequeo revlver de seis tiros y se lo guard en
la faltriquera.

Antes de salir de casa, a eso de las diez de la maana, habl don Andrs
con el criado de mayor confianza y ms listo que tena. Era su
secretario, su ayuda de cmara, su confidente favorito y al mismo tiempo
su bufn, porque tena mucho chiste: baste decir que haca de Longino en
las procesiones.

Don Andrs, recomendndole el ms profundo sigilo y la mayor cautela,
hubo de hablarle as:

--Deseo y necesito tener una entrevista a solas con cierta persona, que
de seguro no querr venir a mi casa, al menos la vez primera, aunque
despus aprenda el camino y venga con gusto. Posible es tambin que
dicha persona se niegue a recibirme si yo directamente, o valindome de
ti, pido a ella que me reciba. Importa, pues, que t te dirijas a la
criada de dicha persona y ganes su voluntad, con presentes o comoquiera
que sea, para que ella hable con su ama y la convenza y la incline a
darme la cita. Quiero que esto sea en todo el da de hoy o en el de
maana, hasta las nueve de la noche. Durante este tiempo la ocasin es
propicia y conviene no perderla. Acaso ocurra que la persona que yo
pretendo me cite no se preste a confesar que accede a la cita y gusta de
aparentar que yo, por traicin de su criada, entro, a pesar suyo, en su
casa y la sorprendo. Para que nadie se entere, porque no quiero
disgustar ni ofender a nadie, debe ser la cita, y debo ir yo a ella,
despus de anochecido.

--Y quin es la persona que ha de citar a vuecencia y que gasta tanto
melindre?--se atrevi a preguntar Longino.

--Pues la persona--contest don Andrs bajando ms la voz--es Juanita la
Larga.

Muy sorprendido se mostr Longino al or esto, lo cual agrad sobre
manera a don Andrs, porque era prueba evidente del misterio y del
disimulo con que l hasta entonces haba perseguido a la muchacha.
Cuando Longino no haba sospechado lo ms leve, era indudable que nadie
en el lugar lo sospechaba, y que el secreto hasta entonces se haba
guardado entre don Paco, l y ella.

Muy satisfecho Longino del encargo delicadsimo que su seor acababa de
confiarle, prometi hacer prodigios de destreza para que nada se
divulgase y para que todo se lograse. Inform, adems, a su amo de que
Rafaela, la criada de ambas Juanas, a quien l conoca, era muy callada,
muy lista y muy experimentada, porque frisaba ya en los cincuenta aos y
la haba corrido en su mocedad, y si bien la Fortuna siempre le haba
sido adversa, ella saba dnde le apretaba el zapato.

--Otro gallo le cantara--dijo Longino--y no estara de fregona si la
Fortuna no fuese tan caprichosa y tan ciega.

Terminado este coloquio, todava antes de salir de casa tuvo don Andrs
otra conversacin interesante.

Quien habl con l fue una mujer que entraba a verle con frecuencia y
que le traa y llevaba recados de la seora doa Ins Lpez de Roldn,
sin duda para los negocios y obras de caridad que ellos trataban y
hacan juntos.

La interlocutora de don Andrs, ya comprender el lector que fue
Serafina.

Vena a decirle que su ama quera hablar con l y que le rogaba que
fuese a su casa a la hora de la siesta.

Tan preocupado estaba don Andrs que, por ms que el menor deseo de doa
Ins fuese para l soberano mandato, se excus de ir por la multitud de
quehaceres que le agobiaban y slo prometi ir a la tertulia por la
noche.

Para que doa Ins se entretuviese en su soledad o en compaa de
Juanita la Larga, dio don Andrs a Serafina dos bellsimos libros
devotos que acababan de reimprimirse en Madrid, y que el librero Fe le
enviaba, sabedor de las inclinaciones ascticas y msticas de la seora
principal de Villalegre. Eran estos dos libros _Tratado de la
tribulacin_, de fray Pedro de Ribadeneyra, y _La conquista del reino de
Dios_, de fray Juan de los Angeles.

Serafina dio a entender a don Andrs que su ama tena grandsima
curiosidad de saber quin haba apaleado a Antouelo y por qu motivo. Y
juzgando don Andrs que la verdad era el mejor disimulo en este caso,
cont a Serafina, para que se lo refiriese a su ama, que don Paco,
despus de haber vagado por extravagancia y capricho, descubri el
secuestro del tendero murciano, y que para libertarle, y aun para
defender la propia vida, tuvo que apalear al hijo del herrador, sin
conocerle hasta despus, porque llevaba cartula. Todo se explicaba as
con la misma verdad, y don Andrs alejaba de la mente de doa Ins hasta
la menor sospecha.




XXXIX


Juanita, despus de haber declarado su amor a don Paco y despus de
tener por seguro que no procesaran a Antouelo, se puso tan contenta y
se aquiet de tal suerte, que desisti de todo propsito de venganza
contra doa Ins, a pesar de lo mucho que doa Ins la haba molido. Se
arrepinti tambin de su prolongado disimulo y se propuso, sin
retardarlo ya ms que hasta el da siguiente, mircoles, entre diez y
once de la noche, hacer pblico su noviazgo y su futuro casamiento con
don Paco.

Hasta entonces tena ella una vaga esperanza de poder preparar el nimo
de doa Ins, a fin de evitar su enojo; pero si esto no se lograba,
Juanita estaba decidida, contando con la decisin de don Paco, a
arrostrar el enojo de doa Ins y el de todo el mundo y a hacer su gusto
casndose, aunque ella, su futuro y su madre tuvieran que abandonar por
insufrible el pueblo de Villalegre, perdiendo la posicin que en l
gozaban.

A Juana la haba visto un breve instante; pero confiaba tan poco en su
circunspeccin y en la serenidad de su juicio, que no se atrevi a
decirle nada ni a informarla de sus proyectos de repente y sin prembulo
alguno. Aguard, pues, hasta el da siguiente, cuando su madre volviese
ya de casa de don Andrs despus de concluido su trabajo, a la hora en
que haba citado a don Paco, para que l tambin hablase a su madre y
los tres se pusiesen de acuerdo.

Entre tanto, Juanita crey prudente y decoroso no ver a don Paco, y
violentndose, le impuso la condicin de que no la buscase ni tratase de
verla. Juanita tena tantos negocios que arreglar y tantas cosas en que
pensar y que hacer, que no quera que por lo pronto la distrajesen de
ello sus amores. Era Juanita devotsima de la Virgen de la Soledad, y
subi a la iglesia que est cerca del castillo y donde se venera su
imagen a darle gracias por los beneficios ya recibidos y a rogarle
fervorosamente para que le fortaleciese en sus propsitos, que ella
crea santos y buenos.

Casi toda la gente estaba en la parte baja y llana de la villa. La parte
alta, donde est el castillo y la antigua iglesia, se hallaba aquel da
muy solitaria.

Juanita or largo rato en el templo, casi desierto. Al salir de l tuvo
la desagradable sorpresa de encontrarse con don Andrs, que la haba
espiado, que la haba visto subir, que la haba seguido, y que la
aguardaba a la puerta.

Grandes fueron la desazn y el sobresalto de la muchacha. Aunque ella
crea haber disipado todos los celos de don Paco y haberle inspirado
confianza bastante para que no la vigilara, todava temi que don Paco,
o la viese en compaa de don Andrs o supiese por alguien que iba en su
compaa, y aunque contra ella no formase queja, acabase por ofenderse
de la obstinacin con que don Andrs la persegua y rompiese con l de
una manera estruendosa.

Su desazn y sus temores se acrecentaron al ver que don Andrs se acerc
a ella; la acompa mientras bajaba la cuesta, la requebr con ms
fervor que respeto, le record los besos de la antesala y le hizo las
ms atrevidas proposiciones. Como don Andrs ignoraba el concierto de
Juanita con el tendero murciano, venci su repugnancia a dejar impunes
ciertos delitos, y entre otras ofertas, hizo a Juanita la de dar los
ocho mil reales para que no fuese acusado Antouelo.

--Ya no necesito el dinero, seor don Andrs--dijo Juanita--. Don Ramn
ha recuperado lo que se le deba y ha prometido callarse. Ahora yo
suplico a vuecencia que me deje y no me persiga, y que no me ofenda
proponindome lo que no puede ser. Y si vuecencia no se retrae de
seguirme por m respeto, porque yo se lo suplico con humildad,
retrigase por el temor de ofender a personas que le son queridas.

--Yo no temo que esas personas se ofendan.

--Pues yo s lo temo. Temo que se ofenda mi seora doa Ins, a quien
bien quiero y a quien debo mil favores. Y temo ms an que se ofenda don
Paco, quien..., fuera disimulo, ya es tiempo de que lo sepa vuecencia si
no lo sabe..., es mi novio.

--Y cmo--dijo don Andrs--recelas t que don Paco se escape otra vez y
se vaya a vagar por esos andurriales?

--Mucho me pesara--replic Juanita--de que hiciese tal cosa; pero en
esta nueva ocasin no sera eso lo que l hara, sino algo que yo
lamentara mil veces ms. Yo quiero que l y vuecencia, a quien debe l
tantos favores, sigan siendo buenos amigos. Para ello es indispensable
que se reporte vuecencia y no me falte.

--Al contrario--dijo don Andrs sonriendo con sonrisa algo forzada--.
Quien me falta eres t. Dame una cita para verte en tu casa a solas y ya
vers cmo no te falto. Todo ser con recato y sigilo. Nada sabrn ni
don Paco ni doa Ins, y no tendrn de qu quejarse ni de ti ni de m.

Llegaban en esto a la plaza, despus de haber bajado la cuesta. Juanita,
sin hacer atencin a las ltimas palabras de don Andrs, y temerosa de
que la vieran con l, porque all haba mucha gente, exclam con cierta
angustia:

--Por amor de Dios, seor don Andrs, djeme vuecencia en paz y no se
comprometa ni me comprometa.

Don Andrs conoci sin duda que tena razn la muchacha; cedi a su
splica y se apart de ella. Juanita volvi sola a su casa,
afligidsima, descorazonada y humillada al ver cuan poco respeto
infunda.

Era mayor su humillacin al considerar que en aquellos dos das ltimos
hasta el idiota de don Alvaro, a pesar de los sofiones de que haba sido
objeto, haba vuelto a las andadas, mostrndose con ella insolente y
atrevido.

Luego que entr Juanita en su cuarto, cerr los puos con clera, se
ech boca abajo en la cama y solloz con; amargura.




XL


Era doa Ins Lpez de Roldn personaje de carcter tan enrevesado y
complejo, que a menudo me arrepiento de haberla sacado a relucir como
una de las dos heronas de esta historia, porque hallo difcil
describirla bien y transmitir a mis lectores concepto igual al que tengo
formado de ella, investigando y dilucidando con claridad el mvil de sus
pasiones y de sus actos.

Ella misma, como era reflexiva y pensadora, y como en sus ratos de ocio,
que no eran pocos, haba ledo y aprendido bastante, se afanaba por
lograr el propio conocimiento y lo encontraba harto oscuro.

Las doctrinas de esto que llaman teosofa, novsima en Europa, aunque
antiqusimas en la India, no haban aportado an por Villalegre, y doa
Ins no poda, fundndose en ellas, suponer que su ser ntimo constaba
de siete diversos principios; pero doa Ins saba que Platn daba, poco
ms o menos, tres almas a todo ser humano. Hacindose, pues, platnica,
se puso a sospechar que ella tena tres almas.


Confirm sus sospechas y casi las convirti en certidumbre el ver que,
lejos de tener algo de mrito aquel pensamiento, concordaba en cierto
modo con la ms sana y catlica filosofa.

Uno de los libros que con frecuencia y gusto lea doa Ins era el que
escribi el iluminado y exttico varn fray Miguel de la Fuente acerca
de _Las tres vidas del hombre_. De aqu que no titubease doa Ins en
compaginar que tena tres vidas. Yo tambin lo imagino, y casi me atrevo
a darlo por seguro. Slo de esta suerte atino a entrever el tenebroso
enigma de su figura moral y de su extraa condicin y naturaleza.

Haba en doa Ins tres energas o poderes distintos, escalonados y
sobrepuestos, ora de acuerdo los tres, ora independientes y en guerra,
aunque formando, durante esta vida mortal, la unidad inseparable de su
singular individuo.

Para cada uno de estos poderes se haba buscado doa Ins un ministro, o
si se quiere, una ministra. Para su alma sensual, que entenda y se
empleaba en las cosas y negocios corpreos y vulgares, tena a Crispina,
que la pona al corriente de todos los sucesos del lugar sin elevacin
ni trascendencia. Para su alma sentimental, concupiscible, irascible y
discursiva; para su facultad y aptitud de aborrecer, amar y calcular,
sobre todo en relacin con lo temporal visible, tena a la discreta
criada Serafina. Y para el alma pura o pice del alma para la suprema
porcin de entendimiento y del afecto, porcin toda espiritual y divina,
simple inteligencia o mente, haba estado doa Ins sin ministra durante
largos aos, hasta que por ltimo la haba hallado o la haba credo
hallar en Juanita la Larga, a quien tan injustamente despreci y odi de
odas y al verla por vez primera.

Fue como perla que se descubre en un muladar y que se estima ms cuando
el que la descubre se persuade de que es fina. Fue flor como hallada en
tierra inculta, fuera de la cerca del huerto que se cultiva, por eso
mismo sorprende y enamora ms, celndola quien la posee por el temor de
que la huelle y pisotee a su paso algn animal inmundo.

As se comprende, en mi sentir, el amor y celoso cuidado con que doa
Ins miraba a Juanita, que era ya para ella lo ms ideal de cuanto poda
concebir en lo humano.

Tal vez doa Ins reconoca con dolor que su propia alma suprema se
haba inficionado e impurificado un tanto por culpa de circunstancias
exteriores que haban hecho prevalecer y triunfar en varios puntos las
otras dos almas, inferior y media. Y a fin de que no se le inficionase
tambin el alma pura y superior de la amiga y ministra que haba
encontrado y que era su regalo y consuelo, quera doa Ins que Juanita
fuese monja, o sea, transplantar la flor del campo abierto y sin defensa
al huerto cerrado y defendido; pero como al propio tiempo se complaca
y deleitaba con tener a Juanita cerca de s, vacilaba an y retardaba el
da en, que pensaba obligar a Juanita a retirarse al claustro.

En el momento presente de nuestra historia prevaleca en doa Ins el
empeo de empujar a Juanita hacia el monjo. Prevea para ella peligros
inminentes y ansiaba salvarla, aun a costa de privarse de su agradable
presencia y de su dulce trato.

Se comprender qu clase de peligros tema la seora de Roldn si
echamos una ligera ojeada retrospectiva y ponemos al lector en
antecedentes.

Dios me libre de ser calumniador y de pecar de malicioso. Quiz fuesen
ponzoosas hablillas de la malvada lengua del boticario, a lo que
parece, acrrimo enemigo de Serafina.

Serafina, que era tambin burlona y maldiciente, murmuraba, y haciendo
mucha befa haba referido por todas partes que la hija menor del
escribano, de cuya mala salud y ruin catadura se ha dado ya cuenta,
estaba prendada del boticario y le deseaba como marido, aunque slo
fuese para no ser menos que su hermana mayor, doa Nicolasa, la cual iba
pronto a casarse con Pepito, el hijo del albardonero, famoso doctor en
leyes. Slo se aguardaba para celebrar la boda que el diputado sacase al
novio un empleo de diez o doce mil reales que le haban pedido haca ms
de un ao. Doa Nicolasita estaba ms impaciente que nadie; echaba mil
maldiciones al diputado, deca que no serva de nada y conspiraba para
que en las prximas elecciones eligiesen a otro que sacase empleos con
ms facilidad y prontitud.

Entre tanto, o de veras o fingindolo, haba enfermado su hermana menor,
y el boticario, que con permiso del mdico visitaba tambin y tena
bastantes igualas, era quien asista a la enfermita, y tena que
visitarla dos veces al da o por lo menos de diario.

Don Policarpo no se daba por entendido de la verdadera enfermedad y
distaba mucho de querer aplicarle el conveniente remedio.

La iguala que tena con el escribano era de las ms cuantiosas del
lugar: cada ao cincuenta reales. Esto, no obstante, le pareca muy poco
para pagar tanta visita, por lo cual, segn Serafina, el boticario
buscaba compensacin recetando mucho y obligando al escribano a gastar
su dinero en potingues de los que l elaboraba en su casa.

Yo me inclino a presumir que, ofendido el boticario por las burlas de
Serafina sobre el mencionado negocio, divulg contra ella lo que voy a
contar como me lo han contado, sin responder de que sea verdad,
exageracin o mentira.

A lo que parece, don Alvaro Roldn, que andaba antes extraviadsimo,
lejos de su casa, muy a menudo en otras poblaciones entregado a mil
liviandades y francachelas y gastndose los dineros con doncellitas
andantes que hospedaba en sus caseras, se haba vuelto sedentario,
casero, morigerado y mucho ms econmico. El pcaro del boticario
colgaba a Serafina el milagro de esta conversin, y aun se atreva a
sostener que la seora doa Ins haca la vista gorda y no se percataba
de tal milagro, cuya comodidad y baratura no poda menos de celebrar en
el fondo del alma.

Como quiera que fuese, la verdad es que Serafina, que jams not que don
Andrs persiguiese a Juanita, aunque si lo hubiera notado no lo hubiera
dicho, porque no le convena decirlo, not muy bien los atrevimientos de
don Alvaro y sus persecuciones a Juanita, y enojada y temerosa de una
usurpacin de atribuciones, acudi a doa Ins con el soplo.

Al principio no dio doa Ins grande importancia a la acusacin; pero en
aquellos ltimos das la renov Serafina con tal vehemencia e
insistencia, que doa Ins se puso sobre ascuas.

Se puso como se pondra apasionada jardinera si viese que un sapo u otro
bicho feo y viscoso tratara de deshojar o marchitar la planta florida
que ms la deleitase.

Doa Ins estaba furiosa contra el sapo y llena de miedo tambin de que,
interviniendo el diablo, que todo lo aasca, pudiese conseguir el sapo
su detestable propsito. La misma inocencia de Juanita y la libertad y
el abandono en que viva, sin el arrimo y el consejo que suele prestar la
prudencia de una madre, aumentaban el sobresalto de doa Ins. De aqu
que ahora estuviera impaciente por consumar su sacrificio de separarse
de la muchacha envindola a un convento cuanto antes mejor.




XLI


De harto mal talante, y a fin de no faltar a la costumbre convertida ya
en deber, Juanita acudi a casa de doa Ins para las lecturas y
coloquios que ambas tenan a solas.

Aquella tarde no hubo lectura, a pesar de los nuevos libros devotos que
doa Ins haba recibido.

La agitacin de la ilustre seora no le consenta leer ni tratar de
nada que no estuviese en inmediata relacin con el punto o que no fuese
el punto mismo que la traa tan inquieta y azarada.

Lo que hizo doa Ins fue extremarse con Juanita en demostraciones de
cario. Ella misma se calific de pastora y apellid a Juanita inocente
cordera, dndole a entender, casi con lgrimas y con entrecortados
suspiros, el fundado temor que la afliga de verla entre las uas y los
dientes del lobo. Persistiendo en su metfora pastoril, exclam:

--S, hija ma; mi dolor sera inmenso si por imprevisin y descuido te
dejase yo caer entre las garras de la infame bestia que anhela devorarte
y viese el cndido velln de la cordera teido en sangre y manchado con
la impura baba del monstruo. Es menester que yo te defienda y te ponga
en salvo. Por m sola no puedo vigilarte. Lo que puedo hacer, y har, es
conducirte pronto al redil, donde irs dcil y estars segura. No
acierto a encarecer, ni t acertars a figurarte cuan inmenso ser mi
sacrificio al separarme de ti, porque eres mi consuelo y mi encanto.
Pero Dios quiere que nos separemos y tendr que conformarme con su
voluntad.

Juanita, ms sorprendida que asustada, abra mucho los ojos y no saba
qu responder ni qu pensar de todo aquello. Segua silenciosa y slo
deca para s:

Qu monstruo ser este que, segn doa Ins, trata de devorarme?
Sabr ella que don Andrs me persigue y me solicita, y le llamar por
eso monstruo e infame bestia? Como quiera que ello sea, yo no me atrevo
an a decirle que no me da la gana de ir al redil y que fuera de l, y
sin pastora ni nada, ya cuidar que no me coma el lobo. Lo mejor, por lo
pronto, es callarme y aguantar sus majaderas. El redil est lejos an y
ya tendr ocasin de sublevarme, de arrancar el cayado de manos de la
pastora y hasta de sacudirle con l s se obstina en guiarme y en
disponer de m a su antojo.

Con esta bien meditada resolucin, Juanita iba, sin embargo, agotndose.
Bien podramos asegurar que a Juanita no le quedaba ya paciencia ni para
veinticuatro horas. Mucho le dola no sacar al fin la menor ventaja de
su sufrimiento y de su disimulo durante ao y medio, y tener que
retroceder al estado de guerra y a la situacin en que despus del
sermn del padre Anselmo se haba colocado. Por esto determin sufrir
an y esperar hasta el siguiente da.

Despus de despedirse de doa Ins a las siete de la noche para volver a
su casa, Juanita se encontr en la antesala con el seor don Alvaro, el
cual vino hacia ella con suma galantera, y le dijo:

--Ingrata, cruel hechizo de mi vida, por qu eres tan tonta y tan
terca? Quireme y amnsate. No sabes lo que te pierdes con no quererme.

--Qu he de perder yo, so peal?--contest Juanita dndole un bufido,
porque all no haba la menor razn para que ella refrenase su clera.

Baj las escaleras, y antes de salir a la calle se encontr en el zagun
con don Andrs, que estaba aguardndola en acecho y que intent
retenerla asiendo su cintura.

Con ligereza se escap Juanita sin que don Andrs la tocara, y se puso
en la calle de un brinco. Don Andrs la sigui.

--Djeme en paz vuecencia--dijo ella--; no sea pesado, no sea
imprudente. Mire que puede salirle mal este juego.

--Hola, hola! Te me vienes con amenazas?

--No son amenazas, son advertencias amistosas, seor don Andrs. Yo no
pretendo asustarle, sino persuadirle de que tiene ya dueo lo que
vuecencia pretende poseer por un liviano capricho o por antojo de un
momento.

--No quiero yo--replic don Andrs con insolencia--privar al dueo de su
propiedad. Imagnatela como un hermoso jardn. Dejar de ser suyo y
perder el jardn su lozana y sus primores porque un forastero de buen
gusto y sigiloso entre en l por algunos momentos o de cuando en cuando
y goce de sus flores, de su verdura y de sus galas?

--Seor don Andrs, el jardn de que aqu se trata no tiene verduras ni
flores sino para su amo. Para los dems, sin excluir a vuecencia, slo
tiene ortigas, aulagas, cardillos y cardos ajonjeros. Conque as no
suene vuecencia con entrar en l para deleitarse, porque se expone a
quedar preso y pegado con el ajonje, y a salir respingando, picado por
las ortigas y todo cubierto de pinchos y de pas.

Mientras hablaba as y mortificaba a don Andrs, Juanita apretaba el
paso, y cuando estuvo ya cerca de su casa dio una carrerita, lleg a
ella, abri a escape con la llave que guardaba en el bolsillo y cerr la
puerta de golpe.

Tratando de distraer su mal humor, Juanita se puso a coser con
precipitacin, como si tuviese que terminar una tarea.

Rafaela, la vieja criada, entraba y sala con frecuencia en la sala
baja, donde se hallaba Juanita, y abandonando la cocina dejaba ver que
tena mucha gana de enredar conversacin con la joven. Le habl varias
veces, pero distrada Juanita por sus pensamientos, slo responda con
monoslabos, sin dar pbulo a la conversacin, y la conversacin
expiraba.

Rafaela se qued una vez mirando en silencio la costura de la joven, y
luego dijo:

--Ay, nia, qu pena me da de verte tan afanada trabajando siempre! Tu
madre tambin trabaja mucho. Y qu ganan ustedes con esto? Muy poco. El
trabajo de las mujeres est muy mal pagado. Es casi imposible el ahorro.
Lo comido por lo servido. Vienen las enfermedades y la vejez y traen
consigo la miseria. Entonces solemos arrepentimos de no haber sabido
aprovecha la juventud y de haber desperdiciado las buenas ocasiones.

--Veo que ests muy sentenciosa, Rafaela--interpuso Juanita--. Qu
quieres indicarme con eso?

--Pues quiero indicar que t vives con mil apuros, te cansas la vista y
te estropeas las manos trabajando, y dejas que tu madre trabaje tambin
como un azacn. Y todo para qu? Para vivir pobremente, comer mal y
andar por esas calles hecha un guiapo, cubierta la cabeza con un
mantoncillo de mala muerte, cuando si t quisieras podras ir vestida
como una reina y ser la envidia de las ms encopetadas y ricas seoras
de este lugar, sin que la propia doa Ins dejara de contarse en el
nmero de las envidiosas.

--Y cmo he de hacer yo ese milagro?--pregunt Juanita.

--Nada hay ms fcil--contest Rafaela--. Estamos solas y te hablar sin
rodeos. Hay un hombre, el ms poderoso del lugar, que se pirra por tus
pedazos. Con tu sandunga le tienes embobado, y con tu desdn le tienes
frito. Todo depende de ti. Deja de ser arisca, pronuncia una sola
palabra y tendrs cuanto quieras.

Disimulando su enojo con una sonrisa, dijo entonces la muchacha:

--Y qu palabra es esa que he de pronunciar? Qu conjuro es ese que ha
de poner en mis manos por arte mgico tan pasmosas riquezas? Quin es
el hechicero que acudir a mi evocacin y que ser tan generoso conmigo?

--Pues quin ha de ser, nia?--contest Rafaela al ver o al imaginar
que se reciban sin enojo sus insinuaciones--, Quin ha de ser sino el
propio excelentsimo seor don Andrs Rubio?

--Y por dnde lo sabes t? Quin te encomend que me vinieses con ese
recado?

--Me lo encomend..., nada ms natural..., el confidente de don Andrs.
Me lo encomend Longino.

--Ahora lo comprendo: como Longino es tan bromista ha querido darnos una
broma, porque supongo que no me tomar por Cristo ni pensar en darme la
lanzada.

--Ni lanzada ni broma. Longino te mira con el mayor respeto porque eres
el dolo de su seor, y pretende con toda seriedad, que recibas a su
seor en tu santuario.

--Pues mira, Rafaela--contest Juanita--, di a Longino con toda seriedad
tambin, que es un galopn sin vergenza, y que l y su amo vayan a
escardar cebollinos.

--No te alteres, hija; no te subas a la parra--dijo Rafaela al ver
enojada a Juanita--. Qu se pierde ni qu ofensa se te hace en tentar
el vado?

--Mejor ser que tiente usted al diablo, ta bruja. Arre, fuera de
aqu; mntese usted en el escobn y transponga al aquelarre!

--No es para tanto furor. Yo te lo propona por tu bien y sin inters
alguno. De desagradecidos est el infierno lleno.

Rafaela se fue a la cocina refunfuando.

Juana volvi poco despus de casa del cacique.

Juanita sigui guardando silencio, sin decirle nada de lo ocurrido.

Aquella noche estuvo Juanita inquieta y desvelada. Su orgullo, en su
sentir humillado, le hera el corazn y no le dejaba dormir. Conque no
podra ella, por s misma y libre, hacerse respetar? Sera menester
acudir a don Paco para que la defendiera, comprometindose? Tendra
razn doa Ins en aconsejarle que fuese monja? Eran tan viles sus
antecedentes que no podra ella ser estimada y acatada sino bajo la
proteccin y tutela de un hombre generoso que le tendiese la mano y la
sacase del fango en que al parecer haba vivido?

Estas y otras semejantes reflexiones atormentaban horriblemente a la
muchacha y espoleaban su soberbia.

Triste y ojerosa se levant apenas fue de da.

Dos o tres horas estuvo cavilando, rabiando y formando distintos
proyectos.

Varias veces pens en ir a ver a don Paco, a quien haba prohibido venir
a verla hasta las diez y media de la noche, y a quien se haba
propuesto no ver antes. Pens contarle la insolente pretensin de don
Andrs para que don Paco le tuviese a raya; pero pronto desisti de tan
cobarde propsito.

Al fin, como Juanita era muy devota, tom su mantn y se fue a rezar a
la iglesia, esperando encontrar all inspiracin y consuelo.

Juana se haba ido ya de nuevo a casa de don Andrs a continuar sus
ocupaciones culinarias y sus preparativos de la gran cena.

No ya esta vez en la iglesia de la Soledad, que est en lo alto del
cerro, sino en la nueva parroquia, antiguo convento de Santo Domingo,
donde fue tan maltratada por el sermn, Juanita estuvo rezando
fervorosamente durante mucho tiempo.

Al salir de la iglesia para volver a su casa se encontr con Longino de
manos a boca. Longino se acerc a ella, la salud con socarrona finura y
le dijo en voz baja, casi al odo:

--No sea usted tan dura y tan sin entraas. No deje morir a quien se
muere por usted de mal de amores. Dle la cita que humildemente le pide.

Juanita dio un paso atrs, como quien se aparta de objeto que le inspira
asco, y lanz a Longino una mirada de soberano desprecio.

Longino no la comprendi.

Despus, con todo sosiego y con toda la frescura de quien ha tomado una
resolucin firme y sabe lo que dice y lo que hace, Juanita contest:

--Diga usted a su amo que le aguardo esta noche en m casa, a las ocho
en punto. Rafaela abrir la puerta. Yo estar sola en la sala alta.




XLII


Don Paco pas varias veces aquel da por la puerta de la casa de
Juanita, pero no se atrevi a entrar en ella antes de la hora convenida.

Aunque Juanita le vio no quiso llamarle ni hablarle, tal vez por temor
de revelar involuntariamente cosas que quera tener calladas.

Hasta las cuatro de la tarde estuvo sin salir de casa, cosiendo con la
mayor tranquilidad.

Entonces llam a Rafaela y le dijo:

--Oye, Rafaela: he mudado de opinin. Tus razones me han convencido.
Esta noche recibir al seor don Andrs. Ya est avisado, y creo que no
faltar. Estte a la mira t; brele, si es posible, antes que llame, y
dile que suba a la sala alta, donde yo le aguardo. T no subirs ni
acudirs, suceda lo que suceda. Hasta que no vuelva mi madre ha de
parecer como si no hubiese nadie en esta casa, sino yo y el seor
Andrs. Me has comprendido?

--Te he comprendido, y har como lo dices--contest Rafaela.

En seguida se march Juanita a pasar la tarde con doa Ins, segn tena
por costumbre.

Con gran devocin y serenidad ley a su madrina no pocas devociones y
rezos propios de la Semana Santa, en que estaban.

Quiso en seguida doa Ins preparar y adoctrinar a Juanita para el
monjo, y echando mano a las obras del padre maestro Juan de Avila, a
que ella era muy aficionada, le ley, con comentarios y anotaciones de
su cosecha, prrafos y aun captulos enteros del muy edificante tratado
que el mencionado padre escribi para una monja, explanando profusamente
aquellas palabras del santo rey David, que dicen: Oye, hija, e inclina
tu oreja y olvida tu pueblo y la casa de tu madre--aqu pona doa Ins
madre en vez de padre, para que viniese mejor a cuento--, y codiciar el
rey tu hermosura. Claro est que este rey era Cristo con quien quera
doa Ins que Juanita se desposase.

En extremo alab y ponder doa Ins los elevados pensamientos de
Juanita; pero aadi que, a pesar de esos pensamientos elevados, podan
brotar en su alma imaginaciones feas, de cuyas importunidades y peligros
deba defenderse.

El engreimiento y la soberbia son muy malos, enojan mucho al Cielo y tal
vez hacen que el Cielo, para castigarnos, para humillarnos o para
probarnos mejor, permita que los enemigos del alma le den feroces
ataques en la parte baja, mientras que su porcin elevadsima se cree
punto menos que glorificada y en ntimos coloquios y en unin estrecha
con lo divino. As Moiss, para ejemplo de esto, se hallaba en la cumbre
del Sina conversando con el Altsimo, y la plebe, entre tanto, se le
alborot all abajo, y se puso a adorar los dolos y se entreg a
liviandades y torpezas. En vista de lo cual doa Ins aconsej a Juanita
que desconfiase de sus bros y que no se juzgase muy aprovechada y
segura de su poder sobre la plebe sediciosa ni muy adelantada en el
camino de la perfeccin, pues aunque siguiese el camino, bien podan
estar emboscados cerca de l y salirle al encuentro ladrones, que
intentasen robarle la joya de la castidad. Para la custodia de esta
joya, tanto ms que la fortaleza, importan la modestia y el constante
cuidado.

Conviene no desechar el temor de perderla, y conviene huir del peligro,
porque quien ama el peligro en l perece.

Como doa Ins era muy elocuente, y los puntos susodichos se prestan a
variadas amplificaciones, el discurso de doa Ins, interrumpido a
trechos por Juanita, ms que para acortarlo para avivarlo, dur hasta
despus de las siete, que era lo que Juanita deseaba.

Cercana ya la hora en que haba citado a don Andrs, Juanita consider
indispensable hacer a su amiga gravsimas revelaciones.

--He odo con la debida atencin--dijo la muchacha--todo lo que acabas
de decirme, y te confieso que estoy atribulada y amedrentada.

--Y cul es la causa, hija ma, de tu tribulacin y de tu susto?

--Pues..., fuera vergenza...; a ti, que eres mi gua, debo confesarlo
todo. Tus consejos y advertencias de hoy vienen ya tarde. El
engreimiento y la soberbia se han apoderado de m y me han hecho pecar
acaso mortalmente.

--Y cmo es eso?--interrumpi doa Ins, sorprendida y sobresaltada.

--Te dir la verdad--contest Juanita--. Yo no he querido huir del
peligro, sino buscarlo y arrostrarlo para triunfar de l. No he querido
siquiera considerarlo peligro y lo he despreciado. Es ms la necia y
constante amenaza me ha hecho perder la paciencia, y yo misma, para
acabar de una vez, he emplazado, citado y llamado a singular combate al
enemigo, que me tiene ya frita y harta de or sus bravatas y
provocaciones.

--No te entiendo, explcate bien. De qu bravatas hablas? Quin es el
enemigo que te provoca?

--Es el enemigo un caballero principal, tan audaz como rico, el cual
entiende que no debe haber obstculo que se le oponga ni voluntad que se
resista.

Muy potica y elevada idea daban las palabras de la muchacha del
caballero su enemigo; pero doa Ins supuso que la elevacin y la poesa
eran obra de la imaginacin de la muchacha, y despojando el concepto de
las mencionadas cualidades, pens reconocer en l, sin la menor duda, a
su marido, don Alvaro, de cuyas pretensiones estaba ya informada por
Serafina y de cuyos atrevimientos andaba recelosa. Por algo a modo de
pudor no excit a Juanita a que pronunciase el nombre del atrevido. Ella
crea saberlo sin que Juanita lo pronunciara.

Inquieta doa Ins, procur investigar lo que ms le importaba y dijo:

--Pero qu cita es esa a que aludes? A qu duelo, a qu singular
combate te preparas?

--Har un esfuerzo--replic la muchacha--; todo, todo lo sabrs, aunque
me condenes por audaz o me tengas por loca. El hombre de que te he
hablado me asedia, me acosa y viene a m en la calle, en la iglesia y en
tu misma casa y me hace las ms insolentes proposiciones. Espera
deslumbrarme y seducirme y que le rinda mi albedro. La fatuidad con que
l presume y se jacta de lograr todo esto, me ha humillado, me ha vejado
y me ha ofendido. Quiero vengarme y me vengar. Quiero desengaar a ese
hombre y le desengaar con el ms duro desengao. Por s mismo y por
medio de viles terceros se obstina en que yo le reciba a solas en mi
casa, y me pide una cita. Cansada yo de negrsela, sin conseguir que
desista, que me respete, que forme de m la opinin que debe y que me
trate como se trata a una mujer honrada, he accedido a la cita para que
venga y vea y sepa quin soy, y para tratarle como merece.

--Animas benditas!--exclam doa Ins, ponindose las manos en la
cabeza--. T no sabes lo que has hecho. Eso es aventuradsimo. Aunque
sepas resistir, aunque no caigas en la tentacin ni peques, no ves que
te expones a echar tu reputacin por los suelos y a que ese malvado
seductor te venza, y si no te vence se vengue de ti deshonrndote y
suponiendo que logr lo que deseaba? No adviertes cuan indecoroso es
para una doncella conceder esas citas, aun cuando sea con el fin de
quedar en ellas triunfante? Qu horrores no estar l pensando de ti
desde el momento en que le concediste la cita? Es indispensable que le
enves a decir que te arrepientes y que la cita ya no tendr lugar.

Juanita conoci que el momento era llegado en que tena que echar a
rodar su humildad y obediencia, declarndose independiente de su maestra
y amiga y manifestando lo enrgico e indmito de su voluntad, que a nada
ni a nadie se doblegaba.

Puesta en pie y yendo hacia doa Ins, le dijo:

--T no me conoces todava. Yo no me arrepiento ni cejo. Bueno fuera que
creyese el tal seor que yo haba tenido un momento de debilidad y que
luego me haba arrepentido. No adviertes que de ese modo me confesaba
yo culpada, si no del delito, del conato? No; yo no soy dbil. T te has
empeado en creerme cordera, y soy leona. Por el extrao afecto que me
has cobrado me requiebras y crees linsojearme comparndome a la Sulamita
y llamndome suave y graciosa como Jerusaln. Ya vers t que tambin
soy terrible como un escuadrn de Caballera que carga a galope sobre el
enemigo.

Juanita, cerca de doa Ins, la fascinaba mirndola con ojos felinos,
cuya luz roja pareca mezcla de fuego y de sangre.

Luego prosigui:

--Y qu decoro es ese al que me recomiendas que no falte? Quin
reconoce ese decoro en la mal nacida como yo, en la hija de una mujer
que lava mondongos y hace morcillas para ganar su sustento? Todos me
menosprecian, me tratan mal y piensan peor de m. Hasta ahora lo he
sufrido; pero ya se me agot el sufrimiento. He de ser atroz si es
necesario. En los mismos libros que t me has hecho leer no se ensalza
slo la servil mansedumbre de Rut, sino ms, si cabe, la ferocidad de
Judit, que degella al capitn de los asirios, y la espantosa hazaa de
Jahel, que atraviesa con martillo y clavo las sienes de Sisara.

Notando Juanita que doa Ins se asustaba un poco al verla y al orla
tan brbaramente bblica, prosigui sonriendo:

--Pero no te apures ni te sobrecojas. No ser menester tocar en tales
extremos; no llegar la sangre al ro. Aunque ser severa la leccin que
yo d, no pasar a ser tragedia, y quedar en sainete.

--Pero qu piensas hacer, hija ma? Qu frenes es el tuyo?--pregunt
doa Ins, muy conmovida y cariosa.

--Ya lo vers, si quieres--contest Juanita--. Todo lo tengo pensado;
mas no has de saberlo como no lo veas.

--Y cmo? Y dnde?

--Ven conmigo a mi casa. Slo faltan algunos minutos para que llegue la
hora de la cita. Con tu presencia me infundirs valor.

--Eso ya es otra cosa--respondi doa Ins.

Doa Ins pens, sin duda, en el rato de gusto que iba a tener
contribuyendo a chasquear a don Alvaro, que acudira muy ufano a la cita
y se encontrara en ella a su austera consorte.

En efecto, si el lance pasaba as, ms que tragedia sera sainete.

Doa Ins perdi el miedo y sinti la irresistible tentacin de ver el
sainete y aun de hacer en l uno de los principales papeles.

--Est bien, Juanita--dijo--. Ir en tu compaa y te prestar mi
auxilio. Muy fina prueba de mi amistad te dar con esto, porque yo
tambin puedo comprometerme.

--Entendmonos--repuso Juanita--. Yo no quiero tu auxilio. Qu mrito
tendra entonces mi victoria? T no te comprometers, porque te quedars
escondida y nadie sabr que has estado en mi casa. Y tampoco te
expondrs a ningn percance, porque vers los toros desde el andamio.

--S..., pero explcate...; no me hagas ir a ciegas...; explcate....

--Se va a pasar la hora. Urge ir a mi casa. No hay tiempo para darte
explicaciones, ni t las necesitas. Ea, despchate. Toma un mantn,
chalo bien a la cara para que no te la vean. La gente anda embelesada
con la procesin, que probablemente termina en este momento, y no
reparar ni en ti ni en m.

Y hablando de esta suerte, la misma Juanita busc un mantn, se lo puso
a doa Ins en la cabeza y, llevndola por delante de s, la empuj y la
hizo andar.

Dominada doa Ins por aquella imperiosa criatura, se dej llevar por
ella.

Ambas llegaron a casa de Juanita. Esta, para que Rafaela no viese que
entraba en su casa acompaada de otra persona, abri la puerta con la
llave que tena en el bolsillo.

Las dos mujeres, calladas y de puntillas, subieron a la sala alta.

Faltaban ya pocos minutos para dar las ocho.

La alcoba en que dorma Juanita no tena ms luz que la que entraba por
un ventanillo redondo, abierto sobre la puerta de la alcoba que daba
salida a la sala. En esta, y no en la alcoba, donde no haba espacio
bastante, se lavaba, se peinaba y se vesta Juanita todas las maanas.
En la alcoba apenas haba ms muebles que la cama, una mesita de noche,
un armario para vestidos y tres sillas.

Juanita llev a doa Ins a la alcoba.

--T, subida en una silla, vers por ese ventanuco todo lo que pase.
Acaso no tengas poco de qu admirarte y de qu rerte.

Dicho esto, sali Juanita de la alcoba y dej en ella a doa Ins como
presa, cerrando de sbito la puerta y echando por fuera la llave.

--Qu haces?--exclam doa Ins--. Qu necedad es la tuya? Por qu me
encierras?

Juanita contest riendo:

--Te encierro para estar segura de tu neutralidad. No te quiero por
aliada, sino por testigo. Cllate y mira.

Doa Ins, bastante enojada, replic todava:

--Abreme. Tendr que arrepentirme de haberme fiado de ti? Qu burlas
son estas?

--Perdname, perdname--dijo Juanita con voz suplicante y dulce--. T
eres m madrina, mi protectora y yo no quiero ni debo burlarme de ti. No
dudes que conviene lo que hago. Cllate, por Dios. Ten paciencia. Mira y
observa sin hablar. Cllate. Oigo ruido. Nuestro hombre ha entrado en
casa. Ya sube por la escalera. Chitn! Si l sospecha que hay alguien
aqu, dars un escndalo y hars una tontera.

Doa Ins se resign y se call.

Pocos segundos despus entr don Andrs Rubio en la sala.




XLIII


Juanita no se arrepenta nunca de lo que haba hecho, despus de haberlo
reflexionado bien o mal; pero si su voluntad era firme y hasta terca, su
entendimiento vacilaba y cambiaba a menudo, porque, sucesivamente cuando
no al mismo tiempo, vea el pro y el contra de todas las cosas.

Al hallarse en presencia de don Andrs le asaltaron dudas y sinti algo
como remordimiento.

Hasta qu punto--pens--me puedo permitir la burla que quiero hacer a
este hombre, y hasta qu punto se la tiene merecida? He sido
suficientemente acosada para llegar a este extremo?

Como si ella misma se contestase, y sin dar tiempo a que don Andrs
dijese palabra, Juanita habl de esta suerte:--Perdone vuecencia, seor
don Andrs, si le he atrado a mi casa con algo que puede calificarse de
engao. Me pidi vuecencia una cita amorosa, y yo se la he concedido....

--Pues entonces--dijo don Andrs--no es mi perdn, sino infinitas
gracias lo que tengo que darte.

--As sera--dijo la muchacha--si yo, desmintiendo la lealtad de mi
carcter, no hubiese en esta ocasin engaado a vuecencia.

Don Andrs era un hombre de mucha calma y de bastante mundo. Presumi
que la muchacha quera hacerse valer, ir cediendo poco a poco y no
declararse, desde luego, vencida. Tom, pues, una silla y se sent con
mucho reposo, apercibindose a or lo que la muchacha dijese y hasta a
contestarle discutiendo tranquilamente con ella. Aunque la discusin y
el coloquio durasen media hora, seran el andante de un do y haran ms
vivo y ms grato el _allegro_ que vendra despus.

Echados estos clculos y ajustando a ellos su conducta, don Andrs dijo:

--Veo con sorpresa que he venido a hacer aqu el extrao papel de tu
confesor. Te me confiesas desleal y engaosa. Qu quieres? Feos pecados
son esos; pero la pecadora es tan bonita, que yo la perdonar y la
absolver si se arrepiente.

--De nada tengo que arrepentirme. Lo que he hecho lo he hecho porque no
poda por menos. Vuecencia me persegua, me comprometa, me expona y se
expona a s mismo a tener un lance con mi novio. He sido leal y no he
ocultado a vuecencia que tengo novio y que le quiero y que por nada y
por nadie del mundo le faltar nunca. Vuecencia ha sabido por mi boca
que ese novio mo es su amigo de toda la vida. Si l debe a vuecencia
muchos favores, tambin vuecencia se los debe. Y si esto no le arredra,
y si no desiste de perseguirme y solicitarme, quin es aqu el desleal
y engaoso, vuecencia o yo?

--No hay de mi parte--contest don Andrs--ni deslealtad ni engao. El
lazo reciente que a don Paco te une bien puede desatarse con la misma
prontitud con que se ha atado. Ni a l ni a ti os conviene. A l y a ti
os sirvo y os valgo interviniendo para que el lazo se rompa. Quiz le
dolera a l por lo pronto, pero ms tarde me lo agradecera. Ms tarde
sentira la satisfaccin de verse libre de un absurdo compromiso.

--El compromiso--exclam Juanita enojada--no es absurdo ni repentino.
Hace ya cerca de dos aos que l me ama de amor, que me respeta cuando
todos me desdeaban, que me trata como a una seora y como a una santa
cuando todos me juzgaban una perdida, que no ha sentido vergenza ni ha
vacilado en ofrecerme su mano y en darme su nombre, que aun vindose
desdeado por m ha seguido amndome y que me ha celado, y creyndome
pocos das ha prendada de otro hombre o harto liviana para concederle
favores, ha faltado poco para que se muera de pena. Qu hay, pues, de
absurdo ni de repentino en este compromiso? Yo le quiero, y sera la ms
ingrata de las mujeres si no le quisiese. Yo le amo desde hace tiempo,
aunque hasta ayer no se lo he declarado y no le he dicho que soy suya.
Suya soy ahora y lo ser siempre, y sera yo muy vil si slo con el
pensamiento y si slo por un leve instante quebrantase la fe que le
tengo prometida.

--Todo esto estar muy bien. No vengo aqu a discutirlo contigo. Ni para
que t me lo digas ni para que yo lo discuta te he pedido yo y t me has
concedido la cita. Yo no soy un personaje ridculo y t no tienes
derecho para querer hacerme objeto de una necia burla.

--Yo estaba exasperada, seor don Andrs, y si alguna falta hubo en m,
harta disculpa tiene. Por mi humilde cuna, por mi baja condicin social,
todos me despreciaban, incluso vuecencia. Confieso que he querido
vengarme de este desprecio, y aun convertirlo en acto de aprecio,
haciendo sentir a vuecencia que valgo ms de lo que imagina.

--Ah est tu equivocacin, Juanita--dijo don Andrs--. Yo no he credo
que te menospreciaba y que te humillaba al requebrarte. Sobre poco ms o
menos, tan plebeyo soy yo como t y tan humilde es mi cuna como la tuya.
Si tu madre se emplea en adobar cerdos, mi padre, antes de hacerse rico
como arriero y como labrador, guard los cerdos en sus primeros aos,
porque fue porquerizo. Conque ya ves que nada nos debemos. Ya ves que es
una tontera imaginar que yo te he solicitado por la bajeza de tu
extraccin. Lo mismo te hubiera solicitado y te hubiera perseguido,
porque me enamoras, aunque fueses una reina extraviada por estos
andurriales o la princesa heredera del mayor imperio del mundo. Adems,
t eres libre y yo tambin lo soy. A qu juramentos, a qu deberes
hubiramos faltado querindonos? Me habas t dado seriamente parte de
tu compromiso con don Paco? No podra yo suponer que era una coquetera
sin formalidad ni consecuencia? Desengate: t has querido mofarte de
m sin motivo alguno; t has querido vengar en m agravios, imaginados o
reales, que otros y no yo te han hecho. A decir verdad, t debiste
enamorar al padre Anselmo y atraerle a esta cita, si es que la cita
sigue siendo de burla. El y no yo fue quien reprob que te vistieses de
seda. Lo que es yo, aprob y aplaud el verte tan bien vestida. Y por
mi gusto cada da estrenaras t trajes mejores y ms lujosos.

Juanita se aturdi un poco con esta no esperada salida del seor don
Andrs.

Casi recel que l tena razn y que ella se haba conducido irreflexiva
y arrebatadamente.

Al fin habl as:

--Yo no voy a sostener ahora que he procedido contra vuecencia con
motivo bastante. Lo que digo es que estaba, y an estoy, fuera de m.
Nada me importara que me considerasen con la obligacin de no vestirme
ni de seda, ni de lana, ni de algodn siquiera, sino de esparto. Lo que
me importa es que me respeten. Qu segundo pecado original es el mo,
que no hay bautismo que lave? Qu mancha indeleble ha cado sobre m
que no hay nada que limpie? Qu vicio innato hay en mi sangre del que
yo no puedo purificarla? Por qu se supone tal mi flaqueza que necesite
yo refugiarme en un convento para resistir las seducciones y los
peligros del mundo? Crea vuecencia, seor don Andrs, que, aunque yo
tuviera vocacin de monja, la perdera si imaginase que era para huir de
peligros que desprecio y que me siento capaz de arrostrar con el mayor
denuedo.

Don Andrs se sonri, hall graciosa y algo disparatada a Juanita al
orla quejarse y lamentarse de aquel modo, y le dijo con dulzura:

--Pero, hija ma, con todo eso que dices slo me pruebas que ests
quejosa de doa Ins. Qujate enhorabuena y no me hagas a m
responsable. Ni yo quiero que te metas monja, sino todo lo contrario, ni
por ms que miro alrededor de ti descubro los peligros que te cercan. Yo
no deseo que te vengues de doa Ins ni de nadie; pero, en todo caso, de
ella y no de m tendrs razn para vengarte. Y perdona, adems, que sea
franco contigo y que te acuse de un pecado constante y aun prolijo en
ti: tu hipocresa tenaz. Ha tiempo que debiste tener el valor de no
fingirte mstica y devota, si no lo eras, y de decrselo a doa Ins y
no seguir engandola. En tu franqueza pudo haber peligro, aunque t lo
exagerabas; pero ya que te jactas de valiente, debiste hacer cara a ese
peligro sin apartarlo de ti por medio de una falsa.

Juanita se mordi los labios, se compungi un poco y empez a sospechar
que, en vez de dar una leccin, era ella quien iba a recibirla. Pronto,
no obstante, se repuso. La misma dureza de la acusacin le hizo ver ms
clara su injusticia.

Juanita no haba tomado asiento como don Andrs. En pie se agitaba,
hablaba e iba de un lado a otro.

Parndose y encarndose con don Andrs, le dijo:

--Cun injustamente me acusa vuecencia de hipcrita y de falsa! Qu
haba de hacer yo? La aprobacin y el aplauso que vuecencia dice que me
daba eran tan ocultos como intiles; eran la carabina de Ambrosio. La
reprobacin general cay sobre m y sobre mi madre, y vuecencia no
protest ni volvi por nosotras. Se supuso que yo era una perdida. Huy
la gente de m para evitar el contagio, como si yo tuviera la peste.
Hasta ese desventurado de Antouelo me insult y me abandon. Slo don
Paco fue constante en amarme y en respetarme. Pero, repito, qu haba
yo de hacer? Si yo apreciaba todo el valer de don Paco, an no le amaba
de amor. Poda yo abusar entonces de su caballerosidad y tomarle por
marido y por escudo, arrastrndole conmigo al basurero en que todos los
del lugar me haban echado? Si yo fuese en realidad una perdida o
tuviese inclinacin a serlo, me cree vuecencia tan estpida que ignore
lo que valdra y lo que alcanzara si a tal oficio me dedicase? Al verme
en aquel humillante aislamiento por haber querido lucir entre patanes la
gallarda de mi persona, en vez de quedarme aqu y de ser hipcrita y
falsa, como vuecencia dice, me hubiera ido a Madrid, a Barcelona, quin
sabe si a Pars, donde se entiende lo que es hermoso y elegante y se
paga bien cuando se pone a la venta, y hace tiempo que vivira yo en un
palacio y andara en coche y gastara en una semana ms de lo que vale
todo el caudal de vuecencia bien dividido. Pues qu ventaja he sacado
yo de la hipocresa de que vuecencia me acusa? Vivir con ms apuros y
con ms miseria que antes, emplear m tiempo en or discursos de doa
Ins y en leer con ella libros devotos y no haber logrado hasta ahora
con todo ello sino la amistad de doa Ins, que yo apreciara infinito
si ella me la diese incondicionalmente y sin sujetarme a sus tirnicos
caprichos. Tambin he logrado con mi hipocresa llamar hacia m la
tarda atencin de vuecencia, que ahora, y no antes, me aprueba y me
aplaude, pero de un modo segn el cual no quiero yo ser aprobada ni
aplaudida.

--Juanita--dijo don Andrs--, yo no he venido aqu a disputar contigo.
Tendrs razn en estar quejosa de todo el gnero humano, pero de m
debes estar menos quejosa que de nadie.

Mi pecado, si lo hubo, fue de tardanza. No volv por ti a tiempo; ahora
estoy dispuesto a enmendarme; pero quireme. No gustas t de que te
respeten? Pues yo tambin gusto de ser respetado. No debo sufrir que de
m hagas tu juguete.

--Yo soy una chica de tan buen humor, que, por fortuna, huyo de lo
trgico y todo lo tomo a risa. Y ms vale as, porque mis compatricios
me han desesperado tanto, que si yo lo hubiese tomado ms por lo serio,
hubiera sido cosa de armarme de una caja de fsforos y de una lata de
petrleo y de pegar fuego al lugar. Conque as, mejor es que yo tome a
vuecencia por juguete que no me le pegue fuego.

--Prefiero el fuego a la burla que ahora quieres hacer de m.

--Cunto yerra al decir eso el seor don Andrs--dijo Juanita casi
cariosamente--. Por qu ha de tenerse por burlado un hombre de noble
corazn, si en vez de lograr los fciles favores y de gozar de las
compradas caricias de una mujer sin vergenza, se halla con una mujer
digna y honrada que anhela merecer y obtener su estimacin, que le
brinda con su ms fervorosa amistad y que le tiende confiadamente las
manos?

Al hablar as con verdadera efusin, Juanita tendi, en efecto, las
manos a don Andrs. Don Andrs las tom entre las suyas.

Juanita apareci entonces tan confiada y tan hermosa a los ojos del
cacique, que este le dijo:

--Por qu tu amistad solamente? Por qu no tu amor? Ambos somos
libres. Amndonos no tendremos que engaar a nadie. No tendremos que
disimular ni que ocultar nuestro amor como un delito, como un robo.

--Eso no puede ser; yo no amo a vuecencia de amor--contest Juanita--.
Yo amo de amor a otro hombre--y desprendi sus manos de las de don
Andrs, que an las retena.

Durante todo este coloquio, doa Ins miraba por la claraboya, y a
menudo senta la comenzn de tomar parte en l, hablando desde all;
pero el temor de lo ridculo enfrenaba su lengua.




XLIV


Don Andrs perdi entonces su circunspeccin y su calma. No pudo
contenerse ms.

--mame--dijo.

Y se abalanz a Juanita y la ci con fuerza entre sus brazos.

Juanita record en aquel trance toda su antigua destreza en la lucha,
cuando se peleaba con los muchachos a brazo partido y los tumbaba en
medio del arroyo. Ella tambin se abraz a don Andrs, le puso la barba
en el pecho, le empuj al mismo tiempo en sus espaldas con las manos de
ella y le ech una zancadilla tan hbil, que le derrib al suelo.

Con maravillosa rapidez apart Juanita sus manos y su cuerpo del cuerpo
del enemigo, derribado, y qued erguida sobre l, con la rodilla derecha
en tierra y con la rodilla izquierda sobre el estmago y el pecho de don
Andrs, donde pesaba y oprima como pujante prensa de hierro.

Con la mano izquierda haba Juanita agarrado a don Andrs por el
pescuezo para que no levantase la cabeza, y con la mano derecha tena
asido su siniestro brazo.

Juanita estaba as tan guapa, que se pareca, aunque sin alas, al propio
arcngel San Miguel dando una soba al diablo.

Don Andrs la contemplaba con tal embeleso, que apenas senta enojo de
verse vencido. Y como era hombre muy versado en fbulas y en narraciones
verdicas, trajo a su pensamiento, para que quedasen eclipsadas por
Juanita, a Pentesilea, a Clorinda y a Bradamante y a otras mujeres
heroicas que han florecido en el mundo, desde el Ebro, glorioso por las
zaragozanas, hasta el claro Termodonte, en cuyas frtiles orillas
reinaron las amazonas.

Por acaso se toc don Andrs con la diestra, que tena libre, en el
bolsillo del chaquetn y not con amargura los medios intiles que en l
traa: de conquista, de ofensa y de defensa. Traa all un cartucho con
veinticinco onzas peluconas de Fernando VI y de Carlos III, dignas hoy
por su rareza de figurar en el ms rico gabinete de numismtica. Y traa
asimismo el revlver de seis tiros, bien preparado y cargado; pero como
hubiera sido felona villana emplearlo contra una mujer, lo dej all
reposar tranquilo para mejor ocasin.

Entre tanto, y todo esto fue en menos tiempo que el que yo empleo en
decirlo, la mencionada mano libre se hizo atrevida; pero contra todo
atrevimiento son valladar y estorbo los bros del alma, y estos valieron
bien a la gallarda vencedora.

Al sentir el insolente contacto, el rubor tino sus mejillas; brillaron
como ascuas sus ojos, la ira troc en espantosa su linda cara.

Aterrorizaba doa Ins, sac la cabeza fuera del ventanuco y empez a
gritar; pero nadie poda orla, y menos an don Andrs, que no estaba
para or ni ver cosa alguna.

Juanita le apretaba el cuello con ambas manos, hacindole sacar tres
pulgadas de lengua fuera de la boca, como perro jadeante.

Harto le pesaba tener que matarle. No haba previsto Juanita que pudiese
llegar a aquel extremo; pero, puesta en l, estaba resuelta a todo por
ms que le pesase.

Apeando a don Andrs el ya inoportuno tratamiento de vuecencia, le dijo:

--Rndete, o mueres!

Nada contest don Andrs, porque no poda contestar. Lo que hizo fue
retirar la diestra atrevida.

Afloj entonces Juanita el dogal que tena echado al cuello del cacique,
y le dijo:

--Te rindes a discrecin? Te declaras vencido?

--Me declaro vencido; haz de m lo que quieras.

--Aprobars y aplaudirs ahora que yo me case con don Paco, y sers en
la boda su padrino?

--Aprobar, aplaudir y ser padrino en la boda.

--Sers, adems, constante y bondadoso amigo mo, sin guardarme rencor
y pagndome como debes la amistad pura que yo te profeso y la estimacin
con que te miro?

--Ser tu mejor amigo, como lo mereces.

Juanita, entonces, se levant de un brinco, dejando libre a don Andrs,
que se levant tambin, algo maltrecho, mohno y humillado por la
derrota.

Trocada as en piedad la clera, Juanita hizo esfuerzos de imaginacin,
y entre cndida y maliciosa invent desatinos para disimular o explicar
su triunfo.

--No te aflijas--dijo--. Lo que te pasa le hubiera pasado a un jayn: al
propio Goliat. No soy yo quien te ha vencido, sino el demonio que
ahogaba a los impuros novios o amantes de la que fue luego mujer de
Tobas, a fin de guardarla entera para l. Sin duda, don Paco, que es
muy devoto de San Rafael, Patrono de Crdoba, hall al tal demonio en el
desierto en que ha estado, y con el auxilio del arcngel le desat y le
envi a esta casa para que me defendiese. Por l estuviste poco ha, y
volveras a estar si de nuevo te desmandaras, muy a punto de morir
ahorcado como un zorzal entre mis dedos, convertidos en percha. Pero no
pienses ms en eso. Qu lstima si hubiera dado yo, sin querer, un da
de luto a la ya entonces mal llamada Villalegre! Ahora no debemos pensar
sino en el gran placer que hay en renovar amistades despus de una brava
batalla. Aqu no ha habido ni vencido ni vencedor. Digamos ambos a la
vez, t a m y yo a ti:


          Valiente eres, capitn,
          y corts como valiente;
          con tu espada y con tu trato
          me has cautivado dos veces.


T eres mi cautivo y yo quiero ser tu cautiva; es decir, ms amiga tuya
que antes.

Y diciendo as, tendi de nuevo ambas manos a don Andrs, ms
cariosamente y con mayor confianza que la vez primera. Luego aadi:

--Ahora vete con Dios y vuelve por aqu dentro de poco, a las diez y
media, para que, en presencia de mi madre y de varios amigos, se
celebren con don Paco mis esponsales.

--Volver como deseas. Antes de irme te dejar aqu, para rescate de mi
pariente Antouelo, a quien tanto o ms que t tengo obligacin de
proteger, los ocho mil reales que hay que dar al tendero murciano.

--Ya est arreglado eso. No necesito los ocho mil reales.

--Pues aunque no los necesites, qudate con ellos, y t y don Pablo
contad con otros ocho mil ms, que os dar como regalo de boda.

Dicho esto se fue don Andrs a la calle, no sin besar galantemente, al
despedirse, la linda mano que haba estado a punto de estrangularle.

Apenas sali don Andrs, Juanita abri la puerta de su alcoba, donde,
como en chiquero, haba estado doa Ins encerrada. Sali esta de all
algo atontada y muda de espanto. Sali igualmente muy mansa y muy
benigna, y aunque perdidas sus ilusiones respecto al misticismo de
Juanita, casi tan prendada ahora de su patente bizarra como antes de su
misticismo, ya convertido en humo.

De todos modos, doa Ins sigui admirando la virtud de Juanita, y aun
form desde all en adelante sobre su casta entereza un concepto muy
superior al que tenemos de las antiguas heronas que nos ponen por
modelo las historias sagradas y profanas.

Doa Ins, discurriendo sobre esto, pens que al fin y al cabo Susana
slo tuvo que defenderse de dos viejos petates y no de un hombre guapo,
rico y joven an, como el cacique. Lucrecia, a lo que doa Ins
entenda, sucumbi, aunque se mat despus. Y en cuanto a Timoclea, tan
ensalzada por Plutarco, y a la que el macedn Alejandro concedi su
admiracin, todava doa Ins tena ms que criticar, porque Timoclea,
durante el saco de Tebas, no acert a defenderse del capitn de los
tracios, y slo despus le mat arrojndole a un pozo, porque aquel
brbaro le pidi dinero; de suerte que, si se lo hubiera dado, en vez de
pedrselo, l hubiera quedado vivo y la anterior violencia impune.

Razn tena, pues, doa Ins en seguir admirando a Juanita; en decirle,
como le dijo, que se alegrara de tenerla por madre poltica; en
desistir con gusto de que Juanita se hiciese monja para que no eclipsase
a la Monja Alfrez y fuese la Monja Generala, y en ofrecerle para el
regalo de su boda la cantidad que pensaba dar para la dote de su monjo.

Llamada por Juanita, acudi Rafaela, que se qued estupefacta y
boquiabierta al ver all a doa Ins, a quien acompa a su casa. Doa
Ins prometi volver con don Alvaro a las diez y media.




XLV


Cuando Juanita se qued sola se lav la cara y las manos, se alis el
pelo y sac del armario el famoso vestido de seda regalo de don Paco.

Ella haba tenido cuidado de refrescarlo y de modificarlo, dejndola a
la moda del da. Con tela que tena de sobra el corte, y que ella haba
guardado, se haba hecho un nuevo corpio de medio escote, a propsito
para recepciones y tertulias. Se puso este vestido, se mir al espejo y
qued muy satisfecha encontrndose bien.

Al volver Rafaela y al ver a Juanita vestida de gala, tuvo nuevo motivo
de admiracin.

Juanita y la criada encendieron despus los tres velones que tenan,
cada uno con cuatro mecheros.

Encendieron adems veinte o veintids velas de cera, y lo iluminaron
todo tan ricamente, que la casa pareca aderezada para una solemne
fiesta.

A poco lleg Juana la Larga, no trastornada, porque era sobria y
prudente, pero algo sobreexcitada y de buen humor por haber presidido
la oppara cena en casa de don Andrs Rubio, cenando entre el rey David
y San Pedro.

Al ver Juana la Larga la iluminacin que en su casa haba, y cuyo fin
ignoraba, recel por un instante que se haba excedido en beber vino y
que a causa de aquel exceso vea tantas luces.

Pronto la tranquiliz Juanita explicndoselo todo.

Juana se puso ms contenta que unas pascuas.

No bien dieron las diez y media entraron casi a la vez todos los
convidados. Eran estos doa Ins y don Alvaro, don Andrs Rubio, el
maestro de escuela don Pascual, el tendero murciano y doa Encarnacin,
su mujer; el padre Anselmo y don Paco, personaje principal de la fiesta.
Vena este hecho un brinquillo, muy bien afeitado y peinado, con la
levita nueva, regalo y obra de Juanita, y en el ojal con la
condecoracin azul que ella le haba concedido.

Todos estaban ya informados de lo que iba a suceder, unos directamente
por Juanita, segn ya hemos visto, y otros por medio del maestro de
escuela, a quien Juanita haba dado el encargo de convidarlos. No
fueron, pues, indispensables ni discursos ni explicaciones. Rein all
muy cordial alegra.

Rafaela, auxiliada por Calvete, a quien llam para este fin, sirvi un
delicado piscolabis. Para los que no haban cenado o tenan suficiente
capacidad estomacal hubo chocolate con hojaldres y con torta de aceite;
y para todos, mostachones, roscos y bizcochos de espumilla con mistela y
dos o tres clases de rosolis.

Cuando cundi el regocijo y se aument la animacin de todos, Juanita
los form en crculo, asidos de las manos, y se puso a cantar con mucha
gracia y con muy afinada y buena voz, aunque no haba estudiado msica,
el clebre cantar del conde de Cabra:


            Yo no quiero al conde de Cabra,
          conde Cabra, triste de m!,
          que a quien quiero solamente,
          solamente es, ay!, a ti.


Al cantar ese ay!, a ti, Juanita mir con ojos muy dulces a don Paco.
Luego sigui cantando:


            Arroz con leche,
          me quiero casar
          con un guapo mozo
          de porte real.

Y tocando con sus manos en los hombros de cuantos haba en el corro, sin
excluir al cura, que la miraba complacido, Juanita fue diciendo:

--Ni con este, ni con este, ni con este.

Al llegar a don Paco, que dej Juanita para lo ltimo, dijo: Sino con
este, y le dio un abrazo muy apretado.

Don Paco la tom por la cintura, la chill, la aup y la levant a pulso
dos o tres veces en el aire.

Todos aplaudieron y gritaron:

--Que vivan los novios!

Anunciada ya la boda para lo ms pronto posible, los futuros esposos
fueron felicitados.

El padre Anselmo, viendo que don Andrs y los seores de Roldn hacan
regalos muy lucidos, no quiso ser menos, hasta donde sus recursos lo
consintieran. Y con el fin de que su regalo tuviese el significado de
retractacin y palinodia, prometi hacer venir de Madrid un lujoso corte
para un vestido de seda.

El maestro don Pascual estaba harto mal de dinero, pero tena buenos
libros, y quiso dar inmediatamente, para regalo, a Juanita algunos tomos
de la Biblioteca de Ribadeneyra, entre ellos _El Romancero general_ y
las _Comedias_ Tirso, a cuyas heronas era Juanita muy semejante por lo
desenfadada y traviesa.

Don Ramn, que traa en cartera el pagar para que Juana lo refrendase y
pusiese en l su visto bueno, en vez de dar o prometer, recibi, por lo
pronto, las veinticinco onzas peluconas, o sean los ocho mil reales.
Pero don Ramn se sinti estimulado a competir y hasta a vencer su
generosidad a los otros. Dijo al odo a su mujer el prurito que senta
de ser generoso y doa Encarnacin tuvo que dominarse para no araarle.
La generosidad triunf, a pesar de todo, en el corazn del tendero
murciano.

--Juanita--dijo--, yo te doy dos mil reales para que te merques un
hermoso brazalete de oro, diamantes y perlas.

Al hablar as, don Ramn devolvi a Juanita el pagar que ella haba
firmado. En seguida aadi:

--Segn el pagar, t me eres deudora de diez mil reales, y como me has
dado ocho mil, me debes dos mil an. Yo te los perdono.

La generosidad de don Ramn fue solemnizada por toda la concurrencia con
los ms ruidosos aplausos.

       *       *       *       *       *

Veinte das despus de lo que acabamos de contar se celebraron las bodas
de Juanita y don Paco.

Los mozos del lugar no prescindieron de la cencerrada que deba darse a
don Paco como viudo.

El y Juanita la oyeron cmoda y alegremente desde la casa y alcoba de
don Paco, donde Juanita estaba ya, sin que hasta la una de la noche los
molestase el desvelo que poda causar aquel ruido. Ces este al fin,
convirtindose en vivas y aclamaciones, merced a la simpata que
inspiraban los novios y a una arroba de vino generoso y a bastantes
hornazos y bollos que el alguacil y su mujer repartieron entre los
tocadores de los cencerros.

As don Paco se durmi al fin con reposo y merced al silencio, y tambin
se durmi Juanita, a la vera suya, como mansa cordera y no como fiera
leona; suave y graciosa como Jerusaln y no terrible como un escuadrn
de Caballera.

       *       *       *       *       *




EPILOGO


Despus de los sucesos referidos han pasado seis o siete aos.

Posible es, por ms que a m no me apesadumbre, que los personajes
principales que en esta historia figuran a nadie interesen; pero como yo
he tenido que tratar con ellos y que describir sus caracteres, les he
cobrado bastante aficin, despertando en mi alma curioso inters la
situacin y trmino en que hoy se hallan.

Interrogado por m el diputado novel a quien debo el relato, me ha
comunicado las noticias que voy a transcribir como contera o remate,
aunque los crticos lo tachen de superfluo.

Don Paco sigue gozando de la privanza del cacique y gobernando en su
nombre cuanto hay que gobernar en la villa. Juanita, casada con l, le
adora, le mima y le ha dado dos hermossimos pimpollos: una nia, que se
llama Juanita la Larga, tercera de este nombre y apellido, y que promete
valer tanto como su madre, porque ya es muy linda, picotera y graciosa;
y un Ricardito, como su abuelo materno, que es un diablejo, gil,
robusto y bullicioso, por lo que sus padres le destinan a que sea,
tambin como su abuelo, oficial de Caballera.

Juanita no ha embarnecido. Est gallarda y bonita como siempre. Se viste
de seda, sin que el padre Anselmo la censure en sus sermones, y parece
una princesa encantada, pues no pasan das por ella. Tampoco envejece
don Paco, porque la felicidad mantiene, conserva y hasta remoza, y l es
feliz de veras.

El pobre don Alvaro de Roldn es el que est muy averiado. Hace ya
tiempo que se qued lelo, paraltico y con los dedos engarabitados. No
se sabe si es falta de la lengua o de algn otro rgano del aparato
vocal; pero lo cierto es que ya no puede decir ni dice, sino:

--Ta, ta, ta, ta, ta.

Doa Ins le cuida con esmero y cario de esposa; pero como es tan
moralizadora y tan conmocionante, le reprende a menudo con suavidad.

Cuando, a pesar de su deplorable situacin, a Serafina, que le cuida, la
mira con ojos encandilados y lo ve doa Ins, esta le dice:


--Es posible, Alvarito, que no te abandone el demonio que te posee? El
vicio, que huye de todo tu cuerpo, se te mete en la cabeza y no te deja!
Da asco y vergenza!

--Ta, ta, ta, ta, ta!--contesta don Alvaro. Si por seas se queja del
estmago o del vientre, que le muge como si tuviera all, no una
borrega, sino dos o tres becerras, doa Ins exclama:

--Si te lo tengo dicho mil y mil veces: siempre has sido un glotn de
siete suelas; pero ya, hijo mo, no ests para eso. Tus fuerzas
digestivas son muy pocas. Menester es que te moderes y que seas sobrio
si no quieres reventar el da menos pensado.

Y don Alvaro responde:

--Ta, ta, ta, ta, ta!

Calvete, que ha pasado de zagaln a ser un mozo muy gentil y brioso, que
es al mismo tiempo travieso y ms malo que la quina, viendo que don
Alvaro no puede quejarse de sus travesuras, ya que ni habla ni escribe,
se deleita a menudo en ponerle furioso.

Para ello acude a Serafina, que est muy frescachona y floreciente y que
sigue tan regocijada como en su primera juventud. En las barbas de don
Alvaro se pone el bellaco de Calvete a retozar amorosamente con
Serafina; y don Alvaro, fuera de s, con espumarajos en la boca, grita
como un energmeno:

--Ta, ta, ta, ta, ta!

Y cada ta, por el tono con que don Alvaro lo suelta, parece un centn
de blasfemia y una letana de maldiciones.

Doa Ins suele acudir entonces, y dice:

--Por qu chillas tanto, diantre de hombre? Lo que t padeces nada vale
en comparacin de la hiel y vinagre que dieron a Cristo. Piensas t que
chill nunca Job en el muladar tanto como t chillas ahora? Sufre y
ganars el cielo!

--Ta, ta, ta, ta, ta!--dice don Alvaro, algo resignado. Doa Ins suele
tambin moverse a compasin y dice a Calvete:

--Muchacho!, haz alguna de tus chuscadas para que el seor se distraiga
y regocije.

Y contesta Calvete:

--Pues si las hago a manta y el seor rabia y chilla ms. Como est tan
jaquecoso....

Y exclama don Alvaro:

--Ta, ta, ta, ta, ta!

Se cuenta en el lugar--casi no queremos creerlo--que cuando est don
Alvaro muy mal y siente fsicamente muchos dolores arma tan incesante y
fatigosa retahla de ta, ta, ta, que aburre a todo el mundo, alborota
la casa y hace que doa Ins pierda la circunspeccin y la paciencia que
ella suele recomendar, llegando una o dos veces hasta decir a su marido:

--Cllate, hombre indigno, y padece por el amor de Dios, que no sin
justo motivo te castiga. No te veras as s no hubieras tenido una vida
tan depravada. Y, al fin, yo creo que te quejas un poco de vicio. T
tienes miedo porque piensas que te vas a morir. Ya, ya; bien pesado has
sido para todo y me parece que vas a serlo tambin para morirte.

Y como don Alvaro contesta con acento muy triste: Ta, ta, ta, ta,
ta!, el noble corazn de su esposa se enternece; y arrepentida ella de
las frases duras que se le han escapado, se acerca a don Alvaro con
cario, y para funcin de desagravios le da un blando cogotazo, le pasa
la blanca mano por la papada y le pega en las narices un amoroso
capirotazo.

Don Alvaro sonre consolado, y, beatificado, exclama:

--Ta, ta, ta, ta, ta!

As va tirando an el ilustre descendiente, segn pretende su
ejecutoria, del ms heroico de los doce pares.

En cuanto a doa Ins, afirma mi amigo el diputado que est hermosa y
fresca todava, y que pudiera hacer el papel de Anglica, aunque algo
metida en carnes. Conserva todas sus virtudes, incluso la prolfica, y
en estos ltimos aos ha conseguido que los vstagos de su ilustre casa
lleguen a la docena.

El cacique permanece soltero e imperando en el lugar con la sabidura y
la moderacin de los Antonios en Roma.

La seora doa Agustina Sols y Montes de Allende el Agua ha sufrido con
resignacin algunos reveses de fortuna. Entre otros, ha perdido un
pleito de importancia. Sus rentas han quedado reducidas a menos de la
mitad. Apenas tendr ahora doce mil reales al ao. La disminucin de sus
rentas, en vez de disminuir, ha aumentado sus ganas de casarse. Ha
buscado compaa domstica que la consuele. Y tal vez por no encontrar
partido mejor ha apechugado con el boticario don Policarpo, el cual, si
bien es feo, es inteligente y tan gracioso que nadie debe maravillarse
de que seduzca y enamore con su labia a una mujer de talento. Doa
Agustina, adems, se manifiesta muy ufana de haber vencido la
repugnancia al matrimonio de tan pertinaz soltern, y lo que es ms
trascendental, de haber trado al gremio de los fieles a aquel impo
extraviado, que ahora va a misa y cumple con todos los preceptos.

A lo que se presume, desde que doa Agustina empez a mostrrsele
propicia, don Policarpo discurri sobre poco ms o menos de esta suerte:

No se comprende ni se explica cmo el proceso evolutivo del ser, aunque
haya durado millones de aos, por el concurso fortuito de los tomos, y
por su fatal y ciego prurito y constante tendencia a la perfeccin, ha
podido aparecer sobre nuestro planeta, despus de prolongadsima serie
de transformaciones, un mamfero tan primoroso y apetecible como doa
Agustina, dotado, adems, de claro entendimiento y de voluntad tan
benigna y con el portentoso don de la palabra, que le sirve para
transmitir las ideas agradables en contestacin a las que salen de mi
cabeza y a las voliciones de mi corazn. Acrecienta lo inexplicable de
este prodigio, si no presuponemos una Providencia personal y
sapientsima que todo lo dirige, el que posea an el mencionado mamfero
doce mil reales de renta y el que se vista y calce con sumo primor,
elegancia y decoro, lo cual implica, por un lado, el desenvolvimiento de
la sociedad a travs de los siglos para crear las leyes, para hacer que
haya herencia y propiedades individuales; e implica por otro lado, segn
se comprende muy bien cuando se estudia la economa poltica, la
multitud de milagros del comercio, de la industria, de las artes
textiles, indumentarias y de curtidos de cueros, y otras mil agudas
invenciones, como la divisin del trabajo y como el objeto que vale por
s y representa adems y mide con exactitud lo que valen los otros
objetos, facilitando la circulacin y los cambios, sobre todo si se le
aade cierto descubrimiento ms sutil an, o sea, la virtud
representativa de todo lo que vale por algo que por s vale poco o nada
y que se llama crdito, difcil de adquirir, no obstante, pues yo
carezco de l, aunque lo deseo. La primera causa de todo lo cual es
absurdo que sea el acaso, sino una potencia suprema y anterior a todo,
la cual dio el impulso inicial al linaje humano, le marc el camino y
gui con orden su marcha por la interminable senda del progreso.

Esto o algo por el estilo pensaba don Policarpo, y era creyente.

En aras de su amor a doa Agustina y de su renaciente fe, se cort
aquella ua maldita del dedo meique, vara de virtudes de Satans, y no
volvi a electrizar, ni a magnetizar, ni a encender candiles, ni a tirar
caonazos con ella.

Se cort la ua como se cortan los toreros la coleta cuando dejan de
torear y se retiran a la vida privada.

Se cort la ua despojndose de sus fuerzas taumatrgicas y
teratolgicas, por obra y gracia de las tijeras de doa Agustina, que
fue la piadosa Dalila de este Sansn de nuevo cuo.

Doa Agustina, sobre un fondo de raso color de prpura, para que
resaltase mejor, coloc y guard la ua como trofeo de su victoria en un
passe-partout muy bonito que coloc en su alcoba.

Por bajo de la ua quiso poner un letrero explicatorio, y rog a don
Andrs que lo pusiese. Don Andrs, que, como ya sabemos era muy erudito
y que as mismo era algo guasn, record el cambio glorioso de Napolen
I en los ltimos aos de su vida, y no creyendo menos glorioso el cambio
del boticario, le aplic los versos de Manzoni y escribi de buena
letra, por bajo de la ua y defendido todo por un cristal:


            _Bella_, _immortal_, _benfica_,
          _fede ai trionfi avezza_,
          _scrivi ancor questo_.

Juana la Larga es dichossima al ver la felicidad de su hija y de su
yerno; adora a sus nietecillos, los consiente, los mima y les re todas
las gracias, hasta las ms pesadas y olorosas.

Para que se cren robustos, despus que los ha amamantado Juanita, Juana
los desteta con chorizos, longaniza y asadura de cerdo.

Su actividad culinaria no decae, a pesar de su edad. Sigue haciendo la
matanza, la carne de membrillo, el arrope y las frutas de sartn en las
casas ms principales. Ha importado nuevos guisos en la cocina local y
hasta inventado dos o tres, con sorpresa y general aplauso de los
gastrnomos.

El padre Anselmo est achacosillo y muy viejo, pero alegre y sereno con
la esperanza de su trnsito a mejor vida. Ya no le pesa, antes se
regocija, de que Juanita no sea monja, porque la quiere mucho y se le
cae la baba cuando la ve tan hermosa y cuando oye su dulce voz y sus
discretas razones.

Doa Ins, no obstante, sigue siendo su preferida, por lo mstica que es
y por la mucha teologa que sabe.

Por ltimo, el diputado novel ha pedido y recibido con frecuencia las
noticias que de Antouelo se tienen en el lugar. All en el Ro de la
Plata adonde el cacique le oblig a que emigrase, se dedic al comercio
y prosper mucho. Aunque nunca quiso inscribirse en el Consulado, por
ahorrarse tres o cuatro duros, acudi con frecuencia a la Legacin
pidiendo que Espaa reclamase diplomticamente en su favor contra mil
agravios y danos que del Gobierno argentino haba recibido, y que
exigiese, con amenazas de bombardeo, que dicho Gobierno le diera una
indemnizacin muy cuantiosa. Pero ni le indemnizaron de nada ni por amor
suyo hubo bombardeo, y l adquiri tan mala reputacin y crdito, que
consider prudente irse a Cuba. Ya en La Habana, como es mozo gentil y
de rostro blanco y sonrosado, logr cautivar el sensible corazn de una
rica heredera, muy subidita de color. Casado con ella, vivi con tanta
pompa y decoro, dando comidas y saraos y paseando en quitrn, acompaado
de su mujer, tan ricamente vestida que pareca la reina de Saba, que se
empe, hipotec los predios urbanos y rsticos y acab por tener ms
deudas que pelos en la cabeza.

A lo que parece, a fin de consolarle y de remediarse, se ha hecho ahora
partidario de la independencia de la Perla de las Antillas, y ya suea
con ser en Cuba libre un dictador como el doctor Francia en el Paraguay
o como Rosas en Buenos Aires, o un emperador como Faustino I en Hait,
aunque tenga que tiznarse con holln; ya con ms modestia, forma un plan
que muchas personas creen desatino, aunque tal vez no lo sea. Espera que
por filibustero y laborante le secuestren los bienes, porque entonces,
segn dice, se ir a Nueva York, se har ciudadano de la gran Repblica,
y, nuevo Coriolano espaol, obligar a su ingrata patria a darle una
indemnizacin _di primo cartello_. Aunque tenga que ceder a los
Fabricios, Cincinatos y Catones de escalera abajo y de quinta clase, que
acaso haya en las orillas del Potomac, las cuatro quintas partes de lo
que se extraiga a la paciente y semiforzada longanimidad de Espaa,
siempre le quedar otra quinta parte, con la cual podr vivir como un
prncipe en una magnfica casa de la Quinta Avenida. All brillar su
morena consorte, que habla ya el idioma de Shakespeare y de Milton,
como la ms ilustrada _talkative_ y _funny_ inglesita.


          De la fecunda zona,
          que al sol enamorado circunscribe
          el vago curso, y cuanto ser se anima
          en cada vario clima,
          acariciada de su luz, concibe.






End of the Project Gutenberg EBook of Juanita La Larga, by Juan Valera

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